Ultimo capítulo c: sin mucho que decir; este es mi favorito por estar relacionado al pasado de los medabots. Espero que les guste~


El mensajero. Capítulo 4.

Atardecía mientras Kiemo se aproximaba al lugar de encuentro. No había nadie más que un único medabot esperando bajo el mismo árbol, pero no se trataba de la compañera del líder de batalla. En cuanto escuchó sus pasos cerca, ella se volvió y acercó un poco, llevando su mano a su frente y saludando a su superior.

Señor—empezó respetuosamente—, informes del frente.

Te escucho.

El enemigo ha desplegado una tropa que se moviliza rápido hacia el río Narube. Estarán allí esta tarde; van comandados por el coronel Shoku.

El medabot amarillo cerró con fuerza su puño. Shoku era el coronel preferido de su enemigo Kanno; fuerte, veloz y muy astuto. El medabot blanco se presentaba ante Kiemo como su segundo peor enemigo.

Yo mismo me haré cargo—sentenció el líder del oeste.

Ella asintió con la cabeza y continuó hablando.

Nuestro prisionero se niega a decir nada. Lleva tres días encerrado y bajo ningún método hemos conseguido que suelte una sola palabra.

Lo hará a su debido momento. No hay espíritu inquebrantable. Sigan con el procedimiento.

Sí, mi señor. Me retiro.

La medabot voladora le despidió con una leve reverencia y se volvió para marchar. En cuanto comenzaba a ajustar sus comandos para iniciar el vuelo, Kiemo pudo escuchar que además programaba una canción que él alcanzó a escuchar casi imperceptiblemente, pero le resultó familiar.

Soldado—le detuvo, antes de que se marchara.

Ella se detuvo en seco y regresó al suelo, lista para recibir nuevas órdenes.

Tu nombre—pidió él—; no lo recuerdo.

GoldWing, señor—respondió, solícitamente.

¿Y el de tu compañero?

BlueWing. Es mi hermano mayor.

Han estado haciendo un muy buen trabajo ustedes dos—le felicitó su líder, para quitar un poco lo extraño de la anterior pregunta—. Me encargaré de que reciban su honor cuando acabemos esta guerra.

Ayudar a terminar esta guerra y dar la victoria para los guerreros del oeste es suficiente honor para nosotros, señor—dijo la medabot agachando la cabeza.

Kiemo admiró su temple y la despidió. En cuanto estuvo solo, se quedó pensando en cosas que le resultaron bastante confusas. Recordaba otro nombre en GoldWing y también otra personalidad; una más dulce y divertida que no encajaba dentro de la determinada y seria con la que había estado hablando hacía poco. Se preguntó qué serían aquellos raros recuerdos y si es que tal vez estaría inventando cosas.

Por su parte, GoldWing regresó a la base en donde se encontraba su hermano mayor interrogando al prisionero. Descendió y atravesó los puntos de control hasta entrar en el espacio cerrado donde se encontraba el medabot negro, apenas dibujado entre las sombras del lugar. En el suelo yacía el espía que el coronel Auto había capturado, y que por órdenes de su líder, era ahora sometido a un tortuoso interrogatorio. La medabot hizo un esfuerzo por contener sus emociones: el medabot apresado estaba en sus últimas condiciones, estropeado y destruido al punto de que sus piezas y líquidos internos caían dolorosamente al suelo de piedra contra el cual se sujetaba. Se obligó a mantenerse fuerte y habló al otro:

¿Ha dicho algo?

Nada—respondió el mayor con su voz grave y cierto matiz de furia—. Parece que en el este fabrican a los estúpidos con el mejor material.

BlueWing levantó al espía con un fuerte impacto de su brazo derecho, golpeándolo contra la pared y sujetándolo allí mismo con la punta de sus cañones en su cara. El otro solo pudo soltar un quejido, sin siquiera poder intentar defenderse.

La junta de Kanno y sus generales—volvió a repetir el medabot negro por centésima vez— ¿Cuándo y donde tendrá lugar?

El medabot azul no dijo nada, solo permaneció quieto y con los ojos fuertemente cerrados. BlueWing no esperó más de unos pocos segundos antes de arrojar con violencia a su enemigo contra el suelo, aporrearlo una y otra vez contra las paredes adyacentes, y aplastar con la fuerza de sus cañones el pecho y la cabeza del otro, arrancándole piezas a su carcasa azul. GoldWing se sobrecogió con cada impacto, pero no había nada que pudiera o se atreviera a hacer.

¡Responde!—exigió el hermano mayor, con su rugido haciendo eco en el lugar.

El otro siguió callado y con los ojos cerrados, temblando de miedo y dolor. BlueWing estuvo por propinarle otra paliza, pero las manos de su hermana en su brazo le detuvieron de actuar.

Es suficiente, hermano—dijo, con los ojos bajos y la voz apenas en un susurro—. Dale tiempo a que se reponga un poco y piense en si realmente quiere seguir viviendo o soportando para siempre este martirio. En este estado no se da cuenta de nada. Míralo.

El ave oscura observó al espía, quien estaba prácticamente desmayado. Le dejó caer al suelo y se volvió para salir del lugar.

Vamos—llamó a su compañera.

Ella observó al prisionero una última vez y luego siguió a su hermano fuera del lugar. Los guardias se encargaron de dejar al enemigo en una celda solitaria pocos minutos después.

Al anochecer, Rinorak conseguía por fin ponerse de pie y analizar su nuevo estado. Su brazo izquierdo colgaba inerte, pero no tenía forma de arrancárselo sin afectar otros de sus componentes. El problema radicaba en que aparte del peso muerto, tenía salidas eléctricas y de aceite que le hacían perder más rápido su energía, sin contar que si algún cable cargado hacía contacto, él mismo volaría en pedazos.

"Sería lo más fácil…"—pensó.

Sin embargo, la muerte no le atraía demasiado. Extrañaba a su familia y amigos de la región del este, y soñaba con ver algún día la guerra acabada. Sus posibilidades de volver a verlos se acababan en donde los barrotes de su celda comenzaba.

Oye—escuchó una voz familiar que le llamaba.

Se hecho a temblar completamente y volvió la cabeza de una vez.

Al otro lado de la celda se encontraba una de sus carceleras; la medabot con forma de ave, par del medabot oscuro. Rinorak retrocedió.

No te asustes, no he venido a hacerte daño—dijo ella con una voz amable y silenciosa, para no llamar la atención de nadie.

Él no quería confiarse, mucho menos de quien le había traído hasta el lugar y era contraparte de aquel medabot que se había convertido en el nuevo señor de sus pesadillas. Le temía a BlueWing más de lo que temía al legendario Kiemo. Se decía muchas cosas sobre aquel peligroso líder del oeste, pero entre ninguna de ellas figuraba la crueldad directa contra sus rivales.

La medabot traía una caja pequeña entre sus manos. La dejó en el suelo, la abrió y entre los barrotes le estiró algo al prisionero. Se trataba de una herramienta muy común que cortaba los tubos de envío de aceite, ejercía presión en la zona cortada y luego la sellaba con calor. Rinorak se extrañó mucho de que se la estuviera entregando.

De prisa. Los guardias vendrán en cualquier momento—le apuró ella.

El medabot confió en que no se trataría de alguna trampa y aceptó la herramienta. La aplicó en su brazo izquierdo, en los tubos de acero por donde salía el aceite ennegrecido, presionó con su otra mano y en poco el aceite dejó de caer.

Gracias—murmuró él, devolviéndole el aparato.

Ella expresó una sonrisa en sus ojos celestes y guardó la herramienta. Luego le entregó unas pinzas con las que Rinorak se deshizo de algunos cables peligrosos que estaban sueltos. Ella volvió a guardar todo y a cerrar la caja.

¿Por qué me ayudas?—preguntó él sin poder comprenderlo.

Mi hermano es un buen medabot—excusó ella, aferrada a los barrotes—. Él ama mucho a su nación y a su gente, tanto como nuestro líder; pero es ese amor exagerado el que le hace odiar de igual forma a quienes atentan contra nuestro país, y le hace cometer salvajismos como este…—dijo muy apenada y mirando el estado del prisionero.

Rinorak no dijo nada, solo se quedó mirando al suelo. En los pocos segundos de silencio que precedieron, el medabot azul se quedó pensando en lo extraño de aquella situación: nunca lo imaginó.

Por favor—pidió ella de pronto y levantando la cabeza—, dale a mi hermano la información que te está pidiendo.

¡Como me pides eso!—exclamó él, anonadado.

Ya no puedo soportar el cómo te está tratando. Está obsesionado con obtener las respuestas de ti, y si no se las entregas, te las quitará a la fuerza desfragmentando tus discos y el núcleo de tu medalla. Si lo hace… ¡nunca podrás volver a estar en un meda-cuerpo! ¡Desaparecerás para siempre y él obtendrá la información de todos modos!

No voy a traicionar a los míos—respondió Rinorak aferrándose a los barrotes también—. Pueden hacer de mi lo que quieran, pero no voy a decirles nada; no por mi propia voluntad.

Estando tú aquí, la información ya está en nuestro poder—siguió insistiendo ella—. Por favor, hazlo por ti.

GoldWing no solo se lo pedía por el dolor que le causaba ver al prisionero ser maltratado día a día: le preocupaba mucho el cambio que estaba sufriendo su hermano en su intento por arrancarle la confesión al espía. No sabía en qué acabaría degenerando si continuaba con sus arrebatos de violencia y furia contra él. La medabot dejó de intentarlo por aquel día, pero regresaría al siguiente y al siguiente siempre pidiendo a Rinorak que se ayudara a sí mismo y a su hermano: el resultado al final sería inminente…

Pero podrás evitar más daño.

Él se negó hasta las últimas circunstancias, pero le faltaban palabras de agradecimiento para darle a GoldWing por las pequeñas atenciones secretas que le daba y los minutos de compañía que podía permitirse antes de que los guardias aparecieran. Ella se volvió sumamente indispensable para él en aquel encierro oscuro y solitario.

Si tu hermano se enterara de que estás aquí…—pensaba a veces en voz alta.

Ella no quería ni imaginarlo, pero en su corazón albergaba la esperanza de que a su hermano no le alcanzaría la furia para intentar herirla.

Sin embargo y con el transcurso de los días y la terquedad de Rinorak ante los maltratos de BlueWing, GoldWing llegó a un punto de tristeza que le llevó a tomar una arriesgada decisión. La noche anterior al desastre, su hermano le había hablado de que para el día siguiente y si el prisionero volvía a negarse por última vez, él mismo abriría sus carcasas y le arrancaría la medalla del pecho para obtener la información de una buena vez. Sus superiores comenzaban a exasperarse ante la falta de respuestas, y era su deber el entregárselas.

¿Qué vas a hacer?—le preguntó ella esa noche, la última que se verían.

Nada—negó Rinorak con la cabeza—. No voy a decir nada. Mi lealtad está con ellos.

La medabot agachó la cabeza, derrotada por la tozudez del otro. El ver a su hermano destruyendo con sus propias manos al prisionero por quien había desarrollado cierta simpatía se había convertido en una de sus peores pesadillas, tal y como lo era para el mismo RInorak. GoldWing tomó entonces una terrible decisión.

¿Qué cosa?—exclamó BlueWing al borde de un ataque de furia y pánico.

El prisionero ha tomado a GoldWing y ha escapado usándola a ella para alejarse hasta la frontera—anunció uno de los guardias que había escuchado el derrumbe de una de las paredes de la celda y visto escapar al espía a espaldas de la mensajera.

El medabot estalló en un rugido furioso, quitó a empujones a quien encontró en su camino hacia la salida y salió despedido al máximo de su velocidad persiguiendo al miserable que se había atrevido a utilizar a su hermana para escapar. Ella le había dicho que había visitado al espía algunas veces para engañarle con su trato amable y conseguir que cooperara, pero el enemigo al parecer se había aprovechado a su vez de la cercanía que GoldWing había establecido y ahora ellos la pagaban caro.

"El tiro por la culata"—pensó BlueWing con cierto sarcasmo y rabia.

Los alcanzó a pocos kilómetros de atravesar la frontera, pero no se imaginaba que al otro lado de la línea divisoria, un equipo de cazas tenía fijada a GoldWing en la mira sin siquiera enterarse de que venía con uno de los suyos a la espalda. La medabot comenzó a descender para dejar a Rinorak cerca y para que pudiera alejarse, pero los misiles estallando cerca de ella le hicieron perder la estabilidad y precipitarse ambos a tierra. La lluvia de disparos cayó sobre ellos desde varios kilómetros de distancia.

¡Márchate de aquí!—gritó Rinorak por sobre el estruendo de las explosiones y balas— ¡Márchate, de prisa!

Ella se levantó e hizo el intento por alejarse, pero cuando apenas había conseguido pocos metros de altura, un misil le dio de lleno y la arrojó a tierra con una estela de humo tras de sí. Rinorak soltó un grito de espanto y salió corriendo en dirección de los suyos para intentar hacerles detener el ataque. Fue lo último que alcanzó a ver de GoldWing.

BlueWing por su parte, se quedó estático en el momento preciso en que vio a su hermana alcanzada por el misil y estrellarse en tierra. Algo dentro de él se trisó y cayó en pedazos junto con el cuerpo destruido de su hermana, y nunca pudo volver a componerse. Voló hasta ella con su nombre repitiéndose y esquivando los disparos que intentaban darle alcance. En cuanto tocó tierra, vio con espanto como su adorada compañera yacía en el suelo con la mitad de su cuerpo reducido a chatarra chamuscada, cables, chispas y aceite oscuro derramado por todas sus piezas. La llamó numerosas veces mientras la levantaba y presionaba entre sus brazos, con las armas lloviendo sobre ellos y el cielo cargándose de humo. GoldWing le apuntó con esfuerzo hacia el límite fronterizo, en donde el medabot pudo ver algo terrible: un enorme batallón se acercaba hasta el lugar y amenazaba con entrar en su tierra. Eran cientos de miles, y aparentemente habían estado allí esperando el momento preciso para dar su ataque.

Debemos…informar…—soltó ella con dificultad.

El medabot negro la sostuvo con más fuerza y se elevó, volando lo más rápido que le fue posible en dirección al punto de encuentro con su líder Kiemo. Envió un mensaje a través de su receptor avisando de su llegada inmediata al lugar y del mensaje importante que traía.

Los misiles y las bombas continuaron lloviendo a sus espaldas mientras el enemigo entraba por aquel sector. BlueWing aterrizó a los pies de su líder y la dejó a ella en el suelo. GoldWing transmitió a Kiemo la cifra de enemigos que había alcanzado a calcular durante su escape y del tipo de arma que estaban utilizando durante el ataque. El medabot amarillo se marchó para dirigir la defensa dejando a los hermanos solos y completamente desolados.

Arrodillado y sosteniendo su mano, BlueWing hablaba a su hermana tratando en lo posible de obligarla a luchar y pidiéndole perdón por haber permitido que todo eso ocurriera. Ella levantó con esfuerzo su mano y le acarició el rostro , y usando lo poco que le quedaba de vida, reprodujo desde su interior la canción que habían compartido ambos desde que tuvieran memoria, con las notas muriendo lentamente en su pecho apagado.


Alarmado por el golpe que había escuchado proveniente desde la sala, Spot se encontró con aquel extraño escenario de los cuatro medabots enfrascados en un tema que el definitivamente no podía comprender. Lo único que alcanzó a entender fue que una carta había sido abierta antes de ser entregada, y esto ya se convertía en su problema principal. Sin embargo, no pudo decir mucho mientras los cuatro robots terminaban de ajustar sus propios problemas, incomprensibles para él.

Metabee solo conocía su parte de los hechos, mientras que Ringo los suyos y Guy los propios. Mientras el medabot azul acorralado contra la pared contaba cómo había sido hecho prisionero y torturado por el BlueWing de aquella época, Ringo corroboró en algunas explicaciones con su propia versión y entre ambos reconstruyeron el pasado que esos cuatro medabots tenían en común, pero que hasta entonces desconocían. Metabee no se atrevió a abrir la boca; en primera instancia, su yo de aquella versión pasada o futurista —todavía no estaba seguro de qué rayos eran aquellos sueños, si visiones o recuerdos— era la que había obligado al par de hermanos a someter a tortura al Guy de aquella época para obtener información sobre la armada enemiga. Guy desconocía esto, pero si se enteraba era probable que guardara iguales sentimientos hacia Metabee como los que tenía ahora por Ringo. Akita sin embargo, estaba completamente ajena a todas estas explicaciones. Había sido la única del grupo que jamás había tenido algún tipo de sueño como el de los demás, pero no le costaba mucho comprender el porqué Guy había hecho lo que había hecho.

—Tú la obligaste a ir—resolló Ringo, conteniendo la misma furia que sintiera antaño al comprender todo aquello—. ¡Por tu culpa perdí a mi hermana ese día!

— ¡Yo no la obligué a ir!—exclamó Guy con miedo— ¡Ella me ayudó a salir! ¡Ella me llevó hasta la frontera! No contábamos con que habría armadas apostadas allí… ¡nunca hubiera querido que le pasara nada si me salvó de ti!—exclamó, apuntando al medabot negro.

— ¡No te creo nada!—estalló Ringo, levantando con ambas manos a Guy y golpeándolo contra la pared.

— ¡Ringo, detente!—exclamó Akita, sujetando los brazos del medabot oscuro tal y como hiciera en el pasado y consiguiendo que el otro soltara a Guy— ¡Ya basta de todo esto!

— ¿Cómo puedes querer perdonarlo así sin más después de lo que nos hizo?—preguntó el águila negra, conteniendo su frustración.

— ¡Él no nos hizo nada! ¿Qué no lo entiendes?—preguntó. Luego bajó la cabeza tratando de calmarse—Yo no tengo esos recuerdos que dicen tener ustedes…pero creo en las palabras de Guy. Creo que fui yo quien lo ayudó a escapar, y también creo que él no tenía nada que ver en lo que me pasó a mí después.

— ¿Pero como…?

— ¿Cómo podría él haber sabido algo?—le preguntó ella a su vez—Estuvo encerrado con nosotros todo ese tiempo. Ese enemigo "del este" que ustedes dicen…ellos solo venían a dar su ataque; no les importaba si Guy o Rinorak estaban allí, solo venían a luchar. Y si él dice que yo lo ayudé a salir…es muy probable que así haya sido.

—Pero…—Ringo estaba confundido— ¿por qué harías eso? ¿Por qué nos traicionarías?

Akita cerró los ojos y buscó muy dentro de sí misma la respuesta. No le fue difícil hallarla.

—Por que si hubiera permitido que le hicieran lo que planeaban hacerle…si hubiera seguido permitiendo el daño que le hacías y que te hacías a ti mismo…habría estado siendo deshonesta conmigo misma, y habría traicionado a mis propios sentimientos.

La medabot se fue apagando poco a poco en su tristeza. Los otros tres medabot se quedaron viéndola y se conmovieron mucho de verla así de dolida; los tres la querían de distinta forma, por lo que no podían sentirse indiferentes a su pena. Ringo fue el primero en reaccionar, acercándose a ella y rodeándola con sus brazos.

—Perdona—le dijo muy apesadumbrado—. Nunca hubiera podido ver las cosas desde el punto de vista que tú tienes.

Akira se sonrojó violentamente ante el gesto. Si bien se acababa de enterar que Ringo y ella habían sido hermanos alguna vez, no es que pudiera asimilarlo con tanta facilidad si apenas llevaba conociéndolo algunos meses, y su mayor comunicación transcurría por cartas. Sin embargo, tampoco se atrevió a apartarse.

Luego, ambos medabots se separaron y se volvieron a ver a Guy. El medabot azul miró al suelo instintivamente.

—Perdona, Akita—le dijo sin atreverse a levantar la cabeza.

— ¿Por qué me pides perdón, Guy?—quiso saber ella.

—Por todo esto…por haber cambiado lo de tu carta… y por haber querido separarte de Ringo. Es solo que… ¡me asusté! ¡Creía que esas pesadillas volverían a pasar…!

—Mira, viejo—le interrumpió metabee de pronto y sabiendo que Guy se estaba echando una carga que no era suya—, si quieres echarle la culpa a alguien, cúlpame a mi.

— ¿Eh?

Tanto Guy como los otros dos medabots se volvieron a verlo. Ninguno comprendía porqué él quería tomar semejante responsabilidad. Metabee miró al techo y se llevó una mano a la cabeza.

—Miren…yo estoy tan confundido como ustedes por eso de los sueños…pero si hay algo que tengo que confesar es que, pues…bueno…yo…—le costó mucho soltarlo de una vez—Yo era ese tal Kiemo…ese del sueño de Ringo y…ahm…fui quien le dio esa orden de…ya sabes…

— ¿Obtener la información?—dijo el medabot azul.

Metabee asintió con la cabeza, cerró los ojos y esperó lo peor.

Sin embargo, Guy no reaccionó como metabee esperaba. Se quedó pensando en ello y luego se quedó viendo al escarabajo amarillo.

—Está bien—dijo sin más y llamando la atención de metabee—, no te guardo rencores por ello.

— ¿A no?—preguntó el otro muy extrañado.

—No. Era Ringo quien me daba miedo, no tú. A ti jamás te vi, solo oí hablar de ti. Aunque hayas dado es orden, bueno…

Guy se calló de golpe al ver que Ringo avanzaba un paso hacia él y se detenía en frente. Se encogió un poco, atemorizado por su sola figura. El medabot negro sin embargo levantó su brazo a mediana altura y habló:

—Soy yo quien te debe una disculpa por lo ocurrido en el pasado.

El Lon Gun se quedó viéndolo muy extrañado. Luego se quedó pensando en lo que le había dicho, pero le costaba mucho aceptar una disculpa por parte de quien había arruinado sus noches por tanto tiempo y le había hecho sentir verdadero miedo. Ringo pareció intuir esto, por lo que simplemente retrocedió.

—Está bien si no quieres disculparme. Lo entiendo…

—No…—alcanzó a soltar Guy, todavía nervioso y confundido—yo…sí quiero perdonarte…

— ¿Qué cosa?—preguntó Ringo a su vez, confundiéndose también.

—Solo…son cosas del pasado. Cosas que ocurrieron…cosas que ninguno de nosotros haríamos de nuevo…—observó al otro fijamente a los ojos mientras preguntaba— ¿Verdad?

—Claro que no—le respondió.

Guy se volvió a ver a metabee. El medabot amarillo levantó el puño.

—Claro que no, viejo. ¡Rayos!—exclamó—Tendría que estar loco para intentar hacer algo de lo que hice alguna vez en ese raro mundo de sueños.

—Cualquiera de nosotros—dijo el medabot negro también.

—Yo lo haría de nuevo.

Los tres medabots se volvieron a ver a Akita, quien sonreía amistosamente como era su costumbre y contagiando su sonrisa a los otros también. Ringo volvió a ofrecerle su disculpa a Guy, quien la aceptó. Luego, el Fly Eagle se acercó a metabee.

—También a ti te debo una disculpa por el golpe que te di.

Metabee lo había olvidado. Echó vapor por los cañones y apuntó a la cara del otro.

— ¡No te disculpo de nada, viejo!—exclamó— ¡Me dolió mucho, y además me dejaste una abolladura! ¿Sabes cuanto me va a costar repararla? ¡Muchísimo dinero! Y no es que mi medaguerrero me esté ayudando mucho con el asunto del dinero. ¿Por qué crees que estoy trabajando de cartero en primer lugar?

Los otros tres medabots se largaron a reír ante la pataleta de metabee, pero la diversión se les terminó muy rápido en cuanto Spot, quien había esperado silenciosa y pacientemente detrás del mesón, pudo hablar por fin.

— ¡Tu trabajo como repartidor de cartas se termina aquí y ahora!

— ¿Eehhh?—exclamó el escarabajo sin poder creérselo— ¿Pero porqué?

—Abriste una carta y rompiste las reglas de la empresa, y tú, Guy—se volvió a ver al medabot azul—, no solo lo secundaste en abrir la carta, ¡encima te atreviste a cambiar su contenido!

— ¡Pero…!

— ¡Los dos están despedidos!


Metabee llegó tarde a casa ese día. Akita celebró un concierto de varias horas arriba del edificio donde siempre cantaba, con metabee, Guy y Ringo como sus espectadores. Estuvieron conversando toda la tarde y se enteraron de muchas cosas, como que Ringo había compuesto la melodía de la canción que recordaba de ese sueño, pero Akita solo conseguía recordar la letra. Quedaron de juntarse nuevamente los cuatro para escuchar el resultado de la música de ambos. Ringo les contó además que había conocido a Akita por casualidad, cuando había salido junto a su medaguerrera Martha al centro de la ciudad y él la había escuchado cantando a ella en lo alto del edificio. Como la letra le tocara profundo en los sentimientos que tenía guardados, se atrevió a dejarle una carta debajo del altavoz y así fue como ambos habían iniciado su amistad por correspondencia, aunque se habían reunido apenas un par de veces. Ahora que las cosas estaban más claras para ambos, ya tenían planeado juntarse todas las veces que fuera posible.

—Lastima que perdieran el trabajo, chicos—se lamentó Akita.

—No importa—dijo Guy, tratando de restarle importancia al asunto—. Alcancé a juntar mucho dinero este año—terminó, acariciando su lata de café llena de monedas, sin contar las que ya se había llevado a casa meses antes.

—Habla por ti, viejo—se lamentó metabee con su lata de frijoles apenas hasta la mitad con monedas.

Los cuatro medabots suspiraron a la vez y los otros tres palmearon la espalda del más afectado. Al menos ahora tenía nuevos amigos, y los amigos podían ser más difíciles de conseguir que el dinero.

— ¿De donde sacaré dinero ahora para mis chucherías?—se preguntaba el escarabajo amarillo sin poder hacerse a la idea, tal y como estaba la primera vez.

Tuvo que aguantarse las burlas de su medaguerrero cuando días después, le tocara disfrazarse de caja de leche y saludar a los clientes que pasaban por la tienda.

FIN


Espero que les haya gustado y me dejen sus reviews ^^