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Viernes 13, octubre de 1989
El despertador sonó sin detenerse, una y mil veces, como siempre… y él simplemente dio un zarpazo estirando el brazo afuera de la cama, los "cinco minutos más" eran una doctrina de vida para Kanon, el problema era que esos minutos extras se convertían paulatinamente en una hora, al final, acababa levantado más a fuerza que de ganas por Saga.
Saga el buen estudiante.
En efecto, cuando había pasado ya una hora desde que sonó la primera vez el despertador, Saga abrió de golpe la puerta de su habitación, la madera crujió como tantas otras veces al estrellarse en la pared y el poster de Kiss fue a dar al piso.
—¿No te piensas levantar? ¡Otra vez tarde! ¡Siempre es lo mismo contigo, plasta inútil! —le gritó fastidiado.
—Ya voy, ya voy…
Observó a detalle cada objeto en la habitación, cada lugar, a su hermano ahí de pie en el marco de la puerta con los brazos en jarras.
Todo parecía haber vuelto a la normalidad…
¿Nada había pasado? ¿Era todo una serie de pesadillas?
Se sentó en la cama y se rascó la cabeza.
—¿Te vas a quedar ahí como imbécil? Yo me voy… —su hermano gemelo, aquel al que detestaba con su aire de superioridad, con su personalidad controladora, dio la vuelta.
Se puso a toda prisa los jeans deslavados, jaló la camiseta que tenía más a la mano, la del emblema de los Beatles, tomó los Converse negros y los calzó. Lavó el rostro y los dientes, medio acomodó el largo y desordenado cabello, si es posible, más de lo normal.
Tomó la mochila y bajó corriendo las escaleras: todo estaba normal.
Parecía que al fin había terminado la pesadilla y los raros sucesos que le regresaban día tras día… al mismo día.
Cerró la puerta tras de sí y corrió para alcanzar a Saga, él estaba en la parada con los audífonos puestos, escuchando su Walkman, reproduciendo el nuevo casete de Queen, en silencio como siempre cuando salían por las mañanas.
Subieron al autobús y se sentaron al final del mismo.
Saga, con tal de no hacer plática con él, sacó de su mochila el cubo Rubik, y empezó a girar sus caras para todos lados, tratando de completar aunque fuese un solo color antes de llegar a la universidad.
Kanon le quitó los audífonos.
—¿Qué carajo quieres? —rugió el otro.
—¿Qué día es hoy?
—No me jodas, estás de broma… —y al ver que sus ojos inquirían honestamente dejó escapar un bufido de sus labios—. Viernes… viernes trece por cierto, ¿quieres el año también?, 1989, octubre… —ironizó.
Kanon palideció…
No había logrado escapar… seguía atrapado en ese maldito viernes trece de octubre de 1989… pero ambos estaban vivos.
—¿Qué sucede? —inquirió el otro.
—¿La fiesta…?
—¡Ah! Debí suponerlo… sí la fiesta de hoy… en cuanto salgamos hay que comprar cervezas y algunas frituras, bastantes frituras… ¿qué hay con ello?
—Nada…
—Estás raro, más que de costumbre… no me digas: otra vez estás con más de la mitad de las materias suspendidas…
—No, de hecho no…
—¡Fabuloso!
—He tenido pesadillas…
—¿Pesadillas?
—Sí, pesadillas, días enteros de pesadillas…
—¿Estás fumando hierba por las noches? —preguntó realmente preocupado.
—No… son pesadillas atroces… y al despertar es como si no hubiese pasado el tiempo y yo regresara al mismo lugar, al mismo día… —murmuró en voz baja.
—Deberías hacer lo mismo que en la película, la de A Nightmare on Elm Street —dijo riendo—. Ya sabes, salir triunfante de la pesadilla, en tu sueño… vencer el miedo y eso…
—¿Crees que funcione?
—No lo sé, tal vez sí.
Kanon sabía que repetiría la misma historia, ese día, que otra vez volvería a la noche de la fiesta y que el anciano tocaría la puerta de la casa para decirle algo ininteligible… pero dentro de esa enferma repetición ya había identificado que el abrir y cerrar de las puertas de la casa era como el abrir y cerrar de un portal bizarro en donde sus peores miedos le atacaban… y sus ocultos deseos también…
¿Era un deseo oculto que… todo eso sucediera?
No quiso indagar más en su frágil psique.
Si estaba en lo correcto, el anciano… tal vez era una especie de mensajero… un nigromante que anunciaba el desdoblamiento de dimensiones… y si una vez abiertas las puertas… las dimensiones cambiaban dentro de la casa… la solución era salir de ahí…
¡Era todo como un cuento de locos!
Pero esa era su única esperanza.
Llegó la noche…
El timbre sonó, se escuchó muy a lo lejos, con la música a todo volumen, los gritos, la gente moviéndose de un lado a otro. Hay que decirlo, la fiesta se había salido un poco de control, un poco… bastante. Lo que empezó como una reunión de algunos amigos de la universidad, acabó como la fiesta de la década en la casa al final de la calle Gold Lake en Northampton, la casa de los Stefanes.
Es más, en la estación de radio local habían anunciado la fiesta.
De ser sólo ocho en la casa, acabaron siendo más de una treintena.
All the bazaar men by the Nile
They got the money on a bet
Gold crocodiles (oh whey oh)
They snap their teeth on your cigarette
Foreign types with the hookah pipes say
Ay oh whey oh, ay oh whey oh
Walk like an Egyptian(1)
Esta vez estaba preparado, ya sabía que era lo que seguía en esa mala película suya, se sabía las escenas y conocía que era lo que tenía que hacer, mientras Saga estaba buscando una cerveza en la cocina él esperaba pacientemente… si no podían mantener la puerta cerrada para evitar ese incomprensible salto en las dimensiones… podían salir de ahí…
El timbre sonó una vez más…
Alcanzó a Saga en la cocina…
—Acompáñame a la puerta…
—¿Te da miedo abrirle a un desconocido? —dijo riendo de su hermano.
—Algo hay de eso…
Kanon lo llevó literalmente arrastrando por el brazo, abrió la puerta y encontró al anciano, al conocido anunciador de los terrores nocturnos.
Como las otras noches le contemplaba con su único ojo funcional, su cráneo pulido brillaba y llevaba el traje de pajarita.
—¿Quién es usted? —preguntó extrañado Saga.
—No tiene fin —contestó el anciano para caminar a toda prisa por la calle mientras echaba un vistazo a ambos hermanos.
El corazón de Kanon latía con fuerza, sentía el pulso en los oídos, tiró del brazo de Saga y salió con él cerrando la puerta de la casa tras ellos, luego lo arrastró hacia la calle.
—¿Qué diablos…? ¡Acabas de cerrar la puerta! ¡No traigo las llaves! ¡Menuda gracia, Kanon! —profirió indignado.
Kanon guardó silencio, lo sostenía todavía del brazo, esperó unos minutos.
No dijo nada…
Sólo esperó…
Cuando ya el anciano había desaparecido al doblar la calle, se acercó a la puerta y tocó, seguido de Saga…
El corazón le palpitaba de una manera proverbial…
La puerta se abrió…
La música a todo volumen les recibió, eso y uno de sus propios amigos que se encontraba lo suficientemente borracho como para poder articular palabra alguna.
Kanon dejó escapar el aire de sus pulmones, cuando su gemelo estaba por cruzar la puerta, Kanon lo detuvo, lo asió por el brazo.
—Espera…
—¿Ahora qué?
Entró primero, llevando a su par tras él, agarrado, siempre agarrado del brazo derecho, como si con ello pudiese cerciorarse de que no pasaría nada y de que no se volverían locos…
No sucedió nada… la fiesta continuaba, la gente bailaba, se emborrachaban…
Tuvo un ataque de risa…
Un sincero ataque de risa hasta que las lágrimas se le escaparon por la emoción…
Saga simplemente lo miraba pensando que en verdad Kanon estaba fuera de sí esa noche…
—¡Se acabó! ¡Simplemente se acabó! —gritó triunfante.
—Seguro… si me sigues apretando el brazo así, el que acabará manco seré yo…
…
…
Cuando Kanon abrió los ojos era ya de día, la radio estaba tocando, la estación local daba la hora y fecha… sábado 14 de octubre de 1989, ensanchó la sonrisa hasta que al moverse en la cama el brazo le dolió…
Seguramente se había quedado dormido encima de él, quiso sacarlo de entre las cobijas, y al hacerlo se dio cuenta de algo pesado tenía en él, abrió las cobijas arrojándolas a un lado…
Gritó desgarradoramente, casi aulló…
Agarrado firmemente a su propio brazo tenía el brazo cercenado de Saga, de su hermano gemelo… lo sabía porque llevaba la sortija de plata que nunca se quitaba.
La carne estaba desgarrada, seca, lo mismo que los resto de sangre negruzca en las sábanas blancas.
Se arrancó como pudo el tercer brazo y lo arrojó al piso… presa del frenesí salió corriendo, bajó las escaleras…
—¡No funcionó! ¡Nada funcionó! —murmuraba como un desquiciado.
Delante de la puerta lo único que quedaba era una mancha gigantesca de sangre, charcos formados por coágulos…
Olía a sangre… olía a miedo…
Nunca lo pudo salvar… tal vez es que realmente nunca lo quiso salvar…
Pero era sábado 14 de octubre de 1989…
(1)La canción que escuchan es Walk like an Egyptian, de The Bangles, incluida en el álbum Different Light, 1986.
FIN
