Aclaraciones:
Narrado en segunda persona.
‹‹Pensamientos personaje.››
"Voz interna."
Palabra obscenas y escenas sexuales descriptivas.
Capítulo II
Tratamiento ambulatorio.
Haber abierto tu boca pudo haberte condenado, pero Kakashi se mantuvo en su asiento, sereno, mirándote como si lo que le estabas diciendo fuese lo más normal del mundo. Cuando tu mundo interno estaba totalmente alterado a tu realidad.
— ¿Te has estado tomando el medicamento?
Asentiste rápidamente y repetidas veces, como si ese movimiento desesperado transmitiera todo tu trastorno.
— Lo he tomado, pero creo que ya no es suficiente… ¡Necesito algo más fuerte!
Kakashi soltó un suspiro y tú lo miraste con una desesperación que posiblemente se escaparía de tus ojos y le abrazaría, si pudiese hacerlo en ese instante. Lo viste cerrar la revista y tirarla con un movimiento leve y suave, el sonido del chasquido al tocar la madera se oyó sordo y silbante. Tus ojos azules continuaron esperando, prestos y angustiosos.
— Kurama no surge solo porque sí, Naruto. Algo debió suscitarlo, ¿qué fue? — te preguntó el galeno, con su marcada tranquilidad y ese toque de indiferencia inesperada, habitual y práctico.
Como su ser pragmático.
Para ti, su pregunta fue obvia, por lo que inmediatamente extrajiste de tu mochila una tarjeta de San Valentín y la tiraste en la mesa, cayó sobre la revista.
— Léela.
El sobre que resguardaba la era rojo, viste el momento en el que Kakashi lo abrió y sacó la tarjeta con un enorme corazón en color carmesí y leyó el contenido.
Las rosas son rojas.
Las violetas azules.
Necesitarán tus dientes para identificarte…
Hatake enarcó una ceja y te miró, en sus ojos oscuros podías ver un velo de inquietud e interrogante. Muy nimia pero real.
— Se la enviaron a Sakura hace una semana. — respondiste a la pregunta muda de Kakashi.
El peli-gris miró la tarjeta, y te fijaste como detalló halando de la pequeña cuerda que tenía. Al hacerlo, tú sabías que unas manos huesudas sosteniendo un cuchillo aparecían. Era simplemente escalofriante… Y el toque en blanco y negro le daban algo adicional.
Y con adicional, entendías por aterrador.
— Rayos… ven conmigo. — Kakashi suspiró.
Se paró y con esa seguridad característica que poseía se acercó a ti, abrió la puerta y salió por ella esperando que tú lo siguieras. Él sabía que lo harías, que no te quedarías ahí. Necesitas su ayuda.
Te guió por una serie de pasillos que tú desconocías, o… tal vez no… finalmente llegaron al fondo, donde una puerta de madera con una pequeña ventana de vidrio se visualizaba. Unas letras estaban escritas en ella y decía: MORGUE.
Un escalofrío te recorrió la espalda, si tan solo eso no te recordara tantas cosas…
— Entra.
Kakashi te dijo, tú ni siquiera notaste cuando abrió y se introdujo en la helada habitación. El olor a medicamento y otras cosas te golpeó de lleno en cuanto entraste, te mareaste de entrada y el estómago se te revolvió. No habías comido y ese olor te daba náuseas.
— Quiero que veas esto. — indicó Hatake, dirigiéndose hacia uno de los contenedores con puerta metálica.
Se paró frente a uno de los depósitos y te miró, esperando a que tú te acercarás. Tomaste tu decisión, nunca habías sido un cobarde. Y ya era hora de que comenzaras a dejar de actuar como niño chiquito. Así que, con paso decidido y cauteloso, te acercaste al contenedor, Kakashi lo abrió en cuanto lo hiciste.
Lo que viste… hizo que te diera unas horribles náuseas, tuviste que taparte la boca porque sentiste el ácido corroer tu garganta y pronto se te escaparía por la boca… desviaste la mirada y te diste la vuelta. Necesitabas un respiro, pero el olor nauseabundo del cadáver te recordaba que no podías huir, ni para inhalar pureza ambiental.
Respiraste, el olor a formaldehído se te impregnó en la nariz y los pulmones hasta hacer que te ardieran terriblemente. Cerraste los ojos y luego te diste la vuelta, los abriste y miraste a Kakashi.
— Llegó hace una semana. — te dijo Hatake, tú volviste la vista hacia el cadáver.
Paseaste tus ojos azules por el cuerpo lleno de hematomas, podías visualizarlos desde su clavícula, hombros y lo descubierto de sus brazos, podías ver la incisión en forma de "Y" que indicaba el corte de la autopsia. Y subiste tu mirada, hasta su rostro… un escalofrío te recorrió… su cara estaba deformada a tal punto que la hinchazón no permitía ver más tremendos hematomas, morados, azules, ennegrecidos por el tiempo y quien sabe que más. Su cabeza tenía partes calvas, parecía como si se lo hubiesen arrancado a tirones, poseía mechones largos. Lo que te hizo llegar a la conclusión de que era una mujer.
— ¿Q-Qué fue lo que le pasó? — tartamudeaste, y eso te hizo golpearte mentalmente por tu debilidad.
Lo escuchaste suspirar.
— Aun no termino, mira esto. — te dijo Kakashi, sacando las manos de los bolsillos de su bata, acercándose hacia el zipper de la bolsa negra y lo abrió hasta todo su largo.
Lo que viste renovó tus ganas de vomitar…
El cuerpo de la mujer fue mutilado…. Sus senos fueron arrancados de tajo con algún objeto corto punzante, alguna navaja o quizás un cuchillo… tenía cortes por todo el cuerpo, algunos profundos otros superficiales. Al igual que más moretones en todo su cuerpo.
— Dios… — murmuraste, en voz baja pero tan audible debido al completo silencio de la habitación.
— La autopsia indica que fue golpeada hasta quebrarle los huesos y posteriormente mutilada, viva… — te mencionó el peli-gris, su voz también era baja y… triste — Los cortes son limpios, hechos con un bisturí.
Esa declaración te hizo levantar la mirada, sorprendido y asustado…
— ¿La torturaron?
Kakashi asintió ante tu cuestionamiento.
— Sin compasión.
Cerraste los ojos con pesar, significaba que fue sin compasión alguna.
— Mierda…
— Sé lo que estás pensando, es lo mismo que yo pensé cuando me enteré de esto. — suspiró Hatake, tú te tomaste de la plancha metálica y fría.
La furia comenzaba a fluir en ti, la impotencia también… ¿cómo podías sentirte mejor viendo eso? Pronto escuchaste el sonido de la cremallera al cerrarse y podías sentir la mirada del galeno sobre ti, paciente, sereno y un tanto indiferente. Como era normalmente.
— ¿Lo encontraron?
— Hace dos días. — te respondió él.
Asentiste y te soltaste de la cama metálica.
— ¿Y…?
— La única razón por la que te traje aquí, es porque tienes que aprender a enfrentar tus temores, Naruto. — te interrumpió —. Si no lo haces, posiblemente el medicamento que tomas no te hará efecto y ya sabes lo que pasará.
— ¡¿Pero cómo, dime cómo olvidar todo lo que ese tipo nos hizo?! ¡Dime! ¡¿Tú podrías, podrías olvidar a quien mató a tu hermano?!
No lo soportaste y dejaste que la ira fluyera, le miraste con furia, con molestia extrema. Él te miró, calmo. Inhaló y metió de nuevo las manos en los bolsillos.
— Dime… dime… ¿qué no quieres matar al hombre que violó a tu novia, dímelo?
En el momento en el que soltaste esas palabras, la reacción y postura de Kakashi cambiaron, fue algo automático que ni la máscara que le cubría las facciones pudieron disimular su rigidez y mandíbula contraída que formaba visible protuberancias a los lados. No podía verlo, pero estabas seguro que tenía las manos hechas puño y los nudillos emblanquecidos.
— No lo digas. — te advirtió, con la voz enronquecida y templada.
Él al igual que tú, trataba de no enfurecerse ante el recuerdo. Imágenes vivas, frescas pasaron por sus mentes. Emociones que aun a la fecha no podían evitar, tampoco olvidar. Estaban ahí, impresas en ti, en él…
— Tú sabes tan bien como yo que eso nunca se irá…
Él y tú lo sabían, muy bien, pero Kakashi decidía ignorar lo que no podía arreglar. Por mucho que quisieran hacerlo, la realidad no era tan fácil como la fantasía en la que se metían a menudo…
— Debes intentar, de ti depende que se vaya o se quede. — te contestó él.
Después de pensárselo un momento, te dijo lo que tanto querías evadir, porque tu mente te decía una cosa y tu corazón otra… en un movimiento lento lo viste acercarse de nuevo y tomar los fríos agarraderos metálicos y empujarla hacia adentro, donde el cuerpo de aquella desconocida mujer se perdió. Junto con ella, aquella sensación que te hacía volver años atrás, donde todo era vivaz, diferente… donde tenías paz, amor y tranquilidad.
Donde solo eras tú.
— Te daré un medicamento más fuerte.
‹‹Preferible lo que te adormece la paciencia a lo que te dicta la consciencia.››
— Gracias.
Le dijiste, Kakashi te daba la espalda y solo ladeó su cabeza para verte y asentir, paulatino, calmo… salieron de ahí, pero ambos sabían que eso no duraría. No tanto como parecía…
Caminaron por los pasillos, tú ibas dos pasos atrás del peli-gris, con la mirada en el suelo y las manos en los bolsillos de tu pantalón. Levantaste tu mirada y viste la espalda de Kakashi, el amigo de la familia, el hermano mayor que nunca tuviste y que posiblemente la vida te dio de otra manera.
‹‹Como el que vilmente te quitaron…››
Palabras repetidas a cada instante en tu cabeza… te sacudiste con tal brutalidad que querías mandar a volar tus propios pensamientos… pero no podías. Cuando llegaron nuevamente a la sala de guardia, ni siquiera notaste el momento en el que Kakashi sacó su recetario, garabateó unas letras y te pasó la receta. Quisiste agradecerle, pero una enfermera interrumpió el momento llamándolo para una emergencia, se despidió de ti y antes de que se fuera quisiste decir…
‹‹Por cierto… tu hermano me está jodiendo…››
Pero te tragaste las palabras, no valían la pena ni siquiera pensarlas.
.
.
.
Llegaste a tu casa con un desanimo horrible, no es como que tuvieras muchas ganas de hablar con tu madre o encontrarte con su esposo, o tu padrastro para fines más simples y menos agradables. Tu casa se convirtió en un campo barreado por un montón de rencores, imposiciones y estupideces. Pura basura e idiotez.
Tu madre se convirtió en la marioneta mayor, o a lo mejor la marioneta era el otro, ya no sabías donde terminaba uno y empezaba el otro… tu madre ya no parecía tu madre. Kushina dejó de ser la mujer que admirabas cuando traicionó a tu padre, cuando le mintió, cuando le engañó vilmente por no ser lo que esperaba, o por no tener lo que quería poseer.
Tu madre pasó de ser tu madre, para ser una mujer a la que desconocías reina de la ambición y el desenfreno… o es lo que tú pensabas de ella siempre. Porque para ti no era de una mujer decente, traicionar a quien amas. Pero… ¿quién eres tú para juzgarla? ¿Eres un santo?
Cerraste con un portazo el pórtico, te importaba poco que te escucharan. Al fin y al cabo, estabas seguro que de una manera u otra terminaría buscándote para reclamarte algo. Independientemente del problema que tuvieron anoche.
Ni bien terminaste de entrar en el lobby de tu casa, tu prima salió a recibirte. Parecía estar de buen humor, muy lejos de lo que viste en los baños de las chicas en el Colegio hacía unas horas.
— Llegas tarde, tía Kushina se acaba de ir.
Su comentario te sonó más a una llamada de alivio para ti, pues Karin ya sabía de tus problemas. ¿Cuándo no? Si se escuchaban por toda la casa, las vecinas y seguro hasta llegar al portón de la residencial…
— ¡Qué novedad! Ella nunca está en casa. — mascullaste.
Para tu prima que estuvieras molesto era lógico, sin embargo, el tono sarcástico que utilizaste era nuevo. Por lo menos, para ella.
— ¿Y?
La miraste, sin comprender exactamente lo que te quería decir. Tu prima rodó los ojos, muy cansada de que siempre tuviera que explicarte cada cosa, cada movimiento o cualquier tontería que no comprendieras. Ella no lo entendía, pero tampoco sabía que tu memoria de corto plazo estaba atrofiada, no, eran las secuelas de aquel golpe que te dieron. Pese a eso, no eras ningún idiota. O por lo menos querías pensar que no estabas incapacitado de por vida.
— ¿Qué es lo que harás?
La miraste de nuevo, e hiciste una mueca de: no comprendo lo que dices. Rodó de nuevo los ojos y tú hiciste esfuerzos titánicos para no ponerlos en blanco también.
— ¡Con Hinata, idiota! — te gritó, ya fuera de sus casillas.
‹‹No es como que tuviera mucha paciencia…››
"Tú tampoco la tienes, pero quieres seguir fingiendo que puedes."
Esa molesta voz en tu cabeza, comenzó a generarte dolor y tuviste que obligarte a no hacer una mueca, a cerrar los ojos o llevarte las manos a los sentidos porque te pulsaban cual golpe reciente y duro.
‹‹¡Maldito déjame en paz!››
— ¿Qué crees que haré? — contestaste.
Negando aquel grito que le diste a esa voz maldita que no te dejaba en paz.
— No lo sé.
— Lo que haría cualquier ser sensato. — le dijiste, mientras caminabas escaleras arriba sin mirarla… no querías que aquellas sensaciones invadieran tu cuerpo de nuevo — Mandarlos a la mierda. — proferiste, enseguida te perdiste entre los pasillos.
Sin ver la mirada sabedora de tu prima, pues ella no te desconocía totalmente, pero había partes de ti que para ella seguían siendo nuevas. Pero asumió que simplemente estabas enojado por la gran idea de tu madre, y porque en el fondo, sabía que era la mayor estupidez jamás dicha.
.
.
.
Entraste en tu habitación con desgana, no te animaba tener que bajar a cenar más tarde porque sabías que habría una segura pelea y un segundo round para tu madre. Que tú ganarías por supuesto, pero Seichiro metería el pico y todo se deformaría a tal punto que te tocaría irte con tu padre de nuevo… no es que no te guste irte con tu padre, no, en lo absoluto.
De hecho, con él te sentías más cómodo y en paz que con tu madre, más sin embargo, la custodia total era de ella y tu padre solo tenía derecho a visitas supervisadas. Eso durante tu niñez, ahora en tu adolescencia era otro el trinar de la guitarra.
"Otro motivo para odiar a tu madre."
El dolor de cabeza de nuevo… llevaste tus manos hacia la cabeza y las presionaste con mucha fuerza, como si con eso pudieras exprimirte esa voz y mandarla lejos, muy lejos de ti.
‹‹¡Dios, vete de aquí, aléjate de mí y déjame en paz!››
"Jajaja, eres un idiota y lo sabes… ya nada puede detenerme, ni ese estúpido medicamento tuyo."
Te tomaste la pastilla, sin agua, lo que te provocó ardor en la garganta y posiblemente en el estómago que te incitaría finalmente al vómito… pero tenías fe de que esa maldita voz se adormecería, se iría de tu mente por un rato.
"Ya no hay más que hacer."
Te sentenció, y tú te sentiste en el limbo…
Tu teléfono celular sonó de repente, te sacó un brinco del susto, la voz en tu cabeza se carcajeó de nuevo, burlándose de tu debilidad. Te molestó, sí, pero para ti era imperativo encontrar tu teléfono celular, el que desgraciadamente no tenías en el bolsillo sino en la carpeta de tus cuadernos.
Tan pronto como lo cogiste observaste el número, sorprendiéndote, pues decía: Privado. Tu identificador de llamadas no lo localizaba.
— ¿Hola?
Tu contestación sonó igual que tu tono de voz, inseguro. Escuchaste una risa masculina al otro lado de la bocina, te pareció conocida pero no conseguías ubicarla.
— Vaya Naruto, tiempo sin saber de ti… yo te recuerdo pero al parecer tú olvidas a la familia…
Al escuchar aquel tono profundo y de ultratumba, (aunque a lo mejor era exageración tuya), te recorrió un escalofrío pero lograste reconocerlo.
— ¿Nagato? — preguntaste, vacilante.
La respuesta fue otra risa, más fuerte y bronca.
— Exacto.
Frunciste tu ceño, si él te llamaba debía ser importante. Tanto que se aseguró de que la llamada no se rastrease por ningún medio. Conocías a tu primo, precavido, previsor y cuidadoso. Te recuerda mucho a Neji, Itachi y Kakashi. Tres mentes en una sola persona.
— ¡Qué demonios…! ¿Cómo conseguiste mi número? — le preguntaste, sorprendido.
Se río de nuevo, sabías que no se burlaba, solo le hacía gracia…
— ¿Se te olvida quién soy, Naruto?
La pregunta era obvia y tu respuesta, vaga.
— No, no lo olvido.
Contestaste escueto, como si evadir el recuerdo fuese lo mejor para tu disparatada mente.
— Que bueno que lo tengas presente. — te dijo.
Hizo una pausa en la que reinó un diminuto silencio, como aquel preludio de que lo que vendría luego sería aún más incómodo que lo que viste en la morgue.
— Necesito verte, te tengo algo que te interesará.
De pronto, el tono de Nagato cambió a uno lleno de seriedad. Tú conocías bien a tu primo, no era la persona más sociable y alegre del mundo, de hecho, era tan apartado y serio que lo creías antisocial. Todavía a pesar de tener todo los lujos, la mejor educación y unos padres amorosos.
Pero te diste cuenta a tiempo, que nada es lo que parece. Y él tenía su propia historia, como la tuya.
— ¿Es muy importante?
Le preguntaste.
— Tú me dirás si es importante para ti o no. — replicó tu primo — Así que si quieres saberlo… ya sabes dónde encontrarme.
Nagato ni siquiera esperó tu respuesta, te cortó de tajo la llamada y lo único que te acompañó fue bip de la línea. Te quedaste con la boca abierta y las palabras atoradas en la garganta.
Ibas a contestar que no, que no tenías tiempo para perderlo en bobadas. Sin embargo, tu primo sabía cómo hacerte sentir intrigado y comprometido con algo. Porque por lo menos, la curiosidad jugaba un papel primordial.
Y Nagato sabía cómo jugar…
