Aclaraciones:

Narrado en segunda persona.

‹‹Pensamientos personaje.››

"Voz interna."

Palabra obscenas y escenas sexuales descriptivas.


Capítulo III

Principio de recuerdos pasados.


Si bien es cierto que la curiosidad juega un papel primordial en tu vida, la que te ha metido en innumerable cantidad de problemas, no significaba que te gobernara completamente. No. Para ti, era más importante tener una respuesta que respaldara todos los ataques de tu madre. Tu autodefensa era inteligente, pero tu madre, testaruda.

Es algo que debes hacer hijo, ya lo hemos hablado con Hiashi y está de acuerdo en que Hinata y tú se comprometan.

La voz de tu madre se parecía mucho a la de Karin, aunque su maternidad estaba presente, a ti se te hacía una fingida mueca teatral que solo te molestaba más de lo que te creías posible.

Mamá, ya no quiero seguir hablando de esto…

Tú ya le habías advertido, estabas cansado, agotado del mismo tema.

Pero hijo…

¡No mamá! — gritaste finalmente, fuera de sí, ya llegaste a tu límite… (o casi) — ¡¿Es que acaso no entiendes que no me interesa?! Tengo 17 años mamá, apenas voy a entrar a la universidad y tú ya quieres casarme.

Kushina se quedó mirándote, con esa carita de víctima y ojos llorosos que ya no te conmovían, ya no más…

Naruto, respeta a tu madre, ella solo quiere lo mejor para ti.

Oh, solo eso te faltaba. En cuanto escuchaste a Seichiro entrometerse… fue como si te crisparan los nervios de repente. Te enderezaste y lo miraste, su alta figura no igualaba a la de tu padre, y su cuerpo semi-atlético tampoco. Sí, se parecía mucho a Kakashi. No por nada eran hermanos, con la única diferencia que tenía el cabello mucho más largo, casi blanco en lugar de gris y los ojos verde oscuro, casi como los jades de Sakura.

Era un hombre elegante, educado en alta cuna y con modales excepcionales. Adinerado. Tal y como a su madre le gustaban…

No te metas Seichiro, esto es entre mi madre y yo.

Tu respuesta pareció mosquearlo un poco. Otra pequeña diferencia entre Kakashi y él, Seichiro no podía controlar sus emociones. Su hermano menor sí.

Y es mi esposa, tengo todo el derecho de reprenderte.

La contestación del hombre solamente te sulfuró mucho más.

Mi padre se llama Minato Namikaze, así que no te metas no es tu asunto.

Tu respuesta lo molestó a un más, pues lo decías con tanto orgullo y con una sonrisa provocadora que era evidente que tu única finalidad era provocarlo.

Maldito mocoso…

¡No, Seichiro! — gritó tu madre, alarmada.

Te levantó la mano, dispuesto a golpearte y tú se la detuviste.

"Podemos darle una lección…"

Aquella voz en tu mente… de nuevo…

"Podemos librarnos de esta basura."

‹‹Me gustaría, si no quisiera tanto a mi madre.››

Y aquella voz en tu interior bufó descontenta, pero sonrió intrínseco, pues había comenzado a germinar.

No te atrevas… no respondo de mí sí me pones una mano encima.

Prácticamente le gruñiste, con la mirada afilada y furiosa. Lo que no notaste, fue como la pupila de Seichiro se dilató producto del miedo… pues aunque tú no podías verte, tu expresión decía más de lo que acababas de emitir. Y eso asustó a ese hombre que se infiltró en tu familia y la destruyó.

No, tu familia ya había sido destruida… pero por alguien más.

Naruto… — llamó tu madre, entre lágrimas y drama.

La miraste, con mucho enojo, con mucha rabia…

No voy a casarme con Hinata, no cometeré tu mismo error 'mamá'.

Dicho eso, le soltaste bruscamente la mano a Seichiro, no sin antes asegurarte de que le doliera lo suficiente la muñeca para que le recordara de por vida que no debía atreverse a tocarte jamás. Sin esperar más saliste de la sala, en primer lugar fue un gran error bajar y ahora te dabas cuenta que debías comenzar a confiar más en tus instintos que en tu sentido del deber y la responsabilidad.

Cuando pasaste por la puerta hacia las escaleras, visualizaste la figura de tu prima Karin escondida detrás de la puerta que daba al comedor. Sabías que siempre escuchaba las conversaciones, en especial las discusiones que tenías con tu madre y tu padrastro. Lamentabas que tuviera que verse envuelta en tanto problema desde que tu madre adquirió su custodia legal después de aquel incidente.

Solo la miraste y te marchaste. No pudiste ver el rostro y la mirada triste, pues sabía que tú la pasabas mal y que ahora podía decirse que te encontrabas en tu propio infierno personal…

Pero eso cambiaría, ya lo verías.


Naruto… tú siempre fuiste un niño muy feliz, muy vivaz y entregado a vivir. Comprometido con tu vida, pero sobre todo con tus amigos… ¿Qué te pasó? ¿Dónde está aquel niño que jugaba y reía constantemente? ¿A dónde se fue…?

Tú no podrías saberlo, a lo mejor sí pero lo ignoras por completo. Porque para ti, siempre lo mejor es dejarlo así, no profundizar en un tema sin retorno. Entrar en tu habitación era como llegar a tu escondite secreto, ese en el que nadie podía meterse sin tu consentimiento. Que nadie podía infringir sin tu permiso. Ponerte los audífonos, tirarte en la cama y escuchar música durante horas, sonatas de Chopin, Beethoven, algunos artistas muertos otros no tanto.

Cualquier ser humano normal pensaría que un chico de tu edad está más tirado al Rock Metal, a las rebeldías y locuras. Más no a la tranquilidad, o a la búsqueda de tu tranquilidad. Indagando lo que te mantiene en raciocinio y no en sentido morboso.

A lo que te mantenía en ti.

Cerraste tus ojos y te dejaste invadir por Claro de luna de Beethoven. Esa sonata, en especial, te traía una especie de serenidad bizarra. Pues por tu mente pasaban un montón de imágenes sin procesar, tu cerebro idea tantas cosas… Claro de luna, para ti, siempre fue como el preludio de una masacre sangrienta. De los cortes de carne, de la sangre derramándose y de las vísceras esparciéndose… como una película digna de Jason Voorhees, no, incluso Jason es muy suave para ti. A lo mejor Saw es más gráfica, pero incluso en esa cinematografía te recordaba que la realidad superaba a la ficción. Y que el dolor, los huesos triturados y la sangre espesa derramada, no se comparaba a lo vivido en el mundo real.

Entonces, solo entonces, abriste tus ojos con alarma y comenzaste a respirar agitadamente. Como si ese solo pensamiento despertara en ti una inusual sensación de placer… un placer mórbido, insano…

"Es lo que quieres hacer… solo que no te atreves a aceptarlo…"

‹‹!Cállate, cállate maldito! ¡Déjame en paz, fuera de mi mente, sal de mi cabeza!››

Le reclamaste, fúrico, desesperado por dejar esas ideas en el pasado. En el lado oscuro de tu cerebro, de tu mente…

"Jajajaja, imbécil, no me iré jamás."

Esa carcajada resonó en tu cabeza, en tu alma y en tu corazón como fuego incandescente quemándote cada centímetro de la piel. No, como una llaga que se expandía por tu cuerpo ardiéndote. Apuñaste tus ojos como si con eso pudieras suprimir aquella voz en tu mente.

Segundos, minutos… y la sensación no se iba de ti. Hasta que… un olor familiar y para nada excepcional te llegó, tus fosas nasales le abrieron paso y tus pulmones se llenaron del aroma a aquella para nada extraña y deliciosa flor… en tu pasado y ahora en tu presente, la reconocerías sin pensarlo. El colchón de tu cama se hundió al instante cediendo al segundo peso, accediendo al segundo cuerpo que se recargaba en la litera. Pronto unos cabellos tocaron tu brazo de forma sutil y a la vez habitual, no tan usual como te gustaría pero reconocida.

Una sonrisa sincera afloró en tus labios, muy afable y agradable. Unos trémulos dedos serpentearon por tu brazo izquierdo y quitaron tu audífono derecho, no abriste los ojos. Simplemente te quedaste ahí, esperando por el movimiento que ejecutarían sus dedos, no frágiles, no delicados, sino firmes e ingeniosos. Como tú.

Deja de hacerte el dormido, sé que acabas de acostarte aquí.

Reconoció inmediatamente aquella voz femenina, considerada y suave. Ya no recia y resuelta, más bien quebradiza, pero solo contigo, solo en tu presencia.

¿Te escapaste de tu casa?

Sus dedos detuvieron su caricia al instante, la escuchaste respirar profundo y luego continuar el trazo que hacía en tu barbilla.

No… — en su tono, hubo un ligero momento de duda que te hizo pensar que mentía.

Mientes, sabes que no puedes mentirme. — fue tu única, absoluta y total respuesta.

La escuchaste soltar un bufido de disgusto, no podías verla, no podías ver su lenguaje corporal y aun así sabías que mentía. Que TE mentía.

Unos minutos de absoluto y sepulcral silencio les siguieron, lapso que aprovechaste para saciarte de sus manos acariciando tu rostro, tu nariz y dibujando la línea de tu labio inferior.

Nagato ha llamado. — soltó, de repente y sin anestesia.

Eso hizo que inmediatamente abrieras tus ojos, giraras tu rostro y la observaras. Ella estaba recostada de lado, con una minifalda que dejaba ver sus torneadas y lechosas piernas, una camiseta de tirantes roja acentuaba más la blancura de su piel y la forma de sus pechos. Pero su rostro… esa hermosa cara angelical que ahora te contemplaba.

Momento sutil y prodigioso en el que te encontraste con sus orbes aceituna, no, no eran aceituna, sino verde jade.

Te ha llamado… — tú no lo preguntaste, ya lo sabías.

La fémina que te acompañaba en tu cama asintió, paulatina y temerosamente. Viste como sus ojos oscilaron ante la mención de tu primo y como el temor se reflejó de inmediato en ellos, sin reparo, sin camuflaje. Ella sabía que tú lo sabías, que estabas enterado de eso, por eso no te lo ocultaba.

¿Qué te ha dicho?

Al cuestionarle, no querías sonar exigente, no, en lo absoluto. Simplemente querías exigirle que te dijera que idiotez le había dicho tu primo. Pues estaba alarmándote y alarmándola a ella de alguna forma retorcida.

Solo que Madara-sama está de nuevo en el país, que está mucho mejor… por si nos interesaba saberlo. — te murmuró, con un tono más que bajo, entristecido y culpable.

Abriste tus ojos, sorprendido de escuchar que él hubiese vuelto al país. No después de todo lo que pasó, no después de como la vida se lo cobró de forma tan injusta. Más que sorpresa, sentiste una especie de emoción muy parecida a la que sentías cuando veías a tu padre.

¿Ha vuelto?

Tu acompañante asintió, con una media sonrisa, puesto que sabía que a ti por lo menos te hacía sentir mejor saber que alguien conocido y querido estaba de nuevo contigo.

No creí que volvería… — musitaste, incrédulo aun de tener ese conocimiento.

Pero el silencio y la poca participación de la fémina te hicieron caer en la cuenta de que algo andaba mal, algo estaba mal. Te enfocaste en ella y notaste que algo, muy aparte de todo le inquietaba.

¿Qué sucede? — preguntaste, tomándole la barbilla delicadamente haciendo que te mirara fijamente.

Tus ocelos localizaron los suyos, aquellos que alguna vez fueron brillantes y vivaces como los tuyos… ahora eran opacos y oscuros. Como los tuyos…

Que no está aquí solo porque sí. — te contestó, firme y fuertemente.

¿Crees que sea por…?

Ella asintió, sin duda.

Itachi-san dice que está muy interesado en lo que sucede, lo que nos ha venido pasando. No lo sé, Naruto, tengo un mal presentimiento…

Para ti, que dijera esas palabras era como la confirmación de algo que ya pensabas, de algo que ya razonabas desde que aquellas tarjetas comenzaron a llegar. Desde que salías del Colegio y sentías que algo te seguía, que algo te vigilaba. Podías achacarlo a tu paranoia extrema, esa que desarrollaste durante los años debido a aquel desgraciado episodio de tu vida…

Entonces deja que Itachi, Madara y Nagato se encarguen. — dijiste, sereno y bastante indiferente.

Algo no muy referente a tu personalidad hiperactiva, viva y alegre.

Pero… ¡Ah!

Cortaste tu protesta en el acto, volteándote inesperadamente y poniéndote sobre su cuerpo. Ella soltó un jadeo y abrió sus piernas inmediatamente, no tuviste que esforzarte.

Déjalos a ellos. — ordenaste, con un tono plano y requerido.

La fémina te contempló no atónita, pero sí extrañada de que no quisieras saber nada del asunto, por lo menos, de momento.

Sin embargo, tan pronto como se vieron enfrascados en aquella conversación ella tiró del cuello de tu camisa y te besó, se notaba urgida y tú no eras de los que desbordaba pasión por todos los poros. Aunque con ella, siempre había una excepción a la regla. Ya que apenas las sentiste en tu cama, tuviste una respuesta inmediata de tu cuerpo y aquella erección que había iniciado hacía ya más de 15min ahora dolía como una puta espina clavada repetidas veces en un mismo lugar en la yema de tu dedo.

Estuviste empalmado desde antes sin siquiera ponerle un dedo encima, ese era su poder. Podía someterte de forma fácil, tan sencilla que podía hacer contigo lo que quisiera, hasta rogarle si quería.

Ella era fuego, pero tú ya estabas convertido en llamarada antes de que llegara. Ahora eras brasas, solo encandilabas su mechero. Te gustaba ir lento, tocar su piel, recorrer sus piernas y apretar sus nalgas para que ella gimiera. Pero esta vez, estabas más necesitado que otras veces, y ella también lo estaba.

He oído… que te han comprometido… — alcanzó a decir entre jadeos y suspiros.

Tú abandonaste su boca y soltaste una risa, baja y perversa, malvada…

Eso dicen muchas lenguas, pero lo cierto es lo que yo decido. — contestaste y luego exclamaste — ¡Oh, mierda!

No llevaba bragas debajo de su minifalda, ¿cómo carajos subió así?

"Venía lista para ti."

Dijo aquella voz, perversa y maliciosa.

‹‹Siempre, ella siempre está lista para mí.››

Le respondiste, con una inusual y extraña arrogancia.

¡Ah!

Fue una exclamación secuencial que la fémina soltó a medida que introducías tus dedos dentro de la húmeda cavidad de su vagina. Estaba tan mojada, que ni siquiera tenías que llegar a los preliminares para poder deslizarte, y dos o tres dedos dentro bombeando no eran suficientes.

¡Carajo, te necesito ahí… dentro de mí… ahora!

Su exigencia te pareció un ruego, pues sus jadeos y exclamaciones lejos de sonar amenazantes, parecían súplicas debido al nivel placentero que alcanzaba cada toque que le das. Sin embargo, esta vez no te hiciste del rogar, no esperaste que te suplicara por invadir ese espacio impersonal reservado para alguien que se supone, debería amar.

Pero que tú habías hecho tuyo y proclamado como tu pertenencia. Como ella…

¡Ah!

Otra exclamación, más fuerte, aminorada por tus manos tapando su boca. Tu madre aun estaba abajo, tu prima en la habitación del final y posiblemente Seichiro husmeando en cualquier lugar… te deshiciste del cinturón, el botón y la bragueta en cuestión de segundos. Sacaste tu falo erecto y pulsante, lo introdujiste en su interior sin compasión ni tardanza.

Tú también soltaste una exclamación.

‹‹!Ah, mierda! ¡Qué bien se siente esto!››

Lo extrañaste y añoraste tanto… las veces que la viste con él, que te imaginaste tenerla debajo de él… fueron simples torturas, desgraciadas y viles torturas mentales.

Subiste su falda hasta su cintura, bajaste el escote hasta dejar sus pechos al aire. Medianos, blandos y erectos… tu boca se hizo de esos pezones, chuparlos y mordisquearlos mientras ella agarraba tu cabello, lo jalaba y te pedía, prácticamente te suplicara que la embistieras más duro, más fuerte, más rápido…

Nada mejor que un polvo rápido, nada mejor que el sexo.


25min más tarde, aun te encontrabas en la cama, con ella. Estabas aun entre sus piernas y aunque tu miembro ya no estaba erecto seguía adentro. Tu posición y la suya era un poco inverosímil, más sin embargo, era suficiente para mantenerte unido a ella de alguna forma un poco extraña.

Sus manos te daban caricias trémulas, leves ¿y por qué no decirlo? Adormecedoras. Le escuchaste soltar un suspiro profundo, mientras frotaba tu barbilla.

He escuchado que Hinata está muy contenta por su compromiso. — te murmuró, su aliento chocó contra tu cuello y acariciaste levemente sus piernas.

¿No te he dicho que no hay compromiso ya?

Eso la pondrá muy triste…

Escuchar su voz pronunciando aquellas palabras con el tono apesadumbrado no te ayudaba mucho a tu relajación, aunque esa sesión disminuyó considerablemente tu estrés.

Lo sé. — contestaste, no pareciendo tan indiferente a la empatía humana.

No podías decírselo abiertamente, pero estabas consciente de los sentimientos de la heredera Hyuga hacia a ti. No eras estúpido, mucho menos ignorante. Simplemente observador y vacilante, o a lo mejor, inconsciente voluntariamente. Pero idiota, ni en chiste.

¿Entonces?

Su cuestionamiento te desconcertó y te hizo abrir los ojos, clavarlos en ella, en su rostro sonrosado y sudoroso. Sus ojos brillantes por el éxtasis de la lujuria experimentada.

¿Entonces qué? — preguntaste. Tu compañera simplemente hizo un movimiento de hombros ligero.

¿Qué harás?

Arrugaste el entrecejo, ¿qué podías hacer tú con una muchachita ilusionada por nada? Exactamente eso, absolutamente nada.

Nada.

Tu simpleza pareció ofenderla y te dio un golpe en la cabeza.

Au, eso duele ¿sabes?

¡No me importa! — gritó, enseguida se tapó la boca intuyendo que bien tu prima o tu madre podrían entrar por la puerta y sorprenderte.

Tú soltaste una risa humorística y burlona, por lo que ella frunció las cejas en claro desacuerdo de tu burla hacia su reprimenda.

¿Es que acaso no lo entiendes?

Antes de que ella finalizara su pregunta, tú ya te habías salido de su interior, puesto el cinturón y subido la bragueta de tu pantalón. Te quedaste boca arriba y no la viste, sabías que ese gesto le había no solo dolido sino también ofendido.

Lo entiendo perfectamente. — soltaste suspirando, agotado y cansado del mismo tema. Parecía un disco rayado, todo un problema — Pero eso no quiere decir que le vaya a dar alas a alguien, no me gusta y no soy un picaflor como Sasuke, ya deberías saberlo.

"No, pero quieres tirarte a tu prima ¿no?"

Oh, esa molesta voz taladrando tu cabeza de nuevo. Esa voz tétrica que te provocaba siempre aquellos interminables y lastimosos dolores de cabeza que te provocaban sangrados de nariz severos.

Evitaste por todos los medios llevarte los dedos a los sentidos y hacerte presión para disipar el dolor, pero sobretodo, la molestia que yacía en tu interior y que él rompía con una facilidad extraordinaria. Así inspiraste lo más hondo posible, parcialmente para que tu acompañante no notara que había algo mal, que aquello que te afectaba volvía de nuevo. Para que no se preocupara.

Sasuke… — le escuchaste hablar en voz baja, tanto, que de no estar cerca no hubiese podido escucharla — El que ahora se tira a Temari sin que Shikamaru lo sepa.

Su murmullo te molestó, en un momento, porque creíste que estaba triste y celosa, que por eso había llegado hasta ahí para que te la cogieras en ese momento. No obstante, de alguna forma u otra, en el fondo, sabías que para ella tanto como para ti eran solo apariencias las que debían cubrir.

Está tan podrido como su padre y la gama de ratas muertas de hambre que protege.

En tu tono no escatimaste en el asco y la furia, la podredumbre de algunas personas te daba muchas arcadas. Era verídico, por ti, por ella y por otras personas más que se vieron involucradas en aquel episodio.

Naruto…

Su voz lastimosa fue un indicio de la tristeza que sentía, ni bien dijiste lo que pensaste ella ya estaba asumiendo tu tristeza y tu culpa. Cuando ambos sabían que nadie tenía la culpa.

Déjalo, no tienes que consolarme. Sabes bien que nadie tiene la culpa, más que…

De pronto te cortaste, sus manos acudieron hacia tu rostro y lo giraron hacia ella. Abriste tus ojos y la miraste, te sonrió comprensiva y tierna, tan dulce como una gota de miel.

Lo sé. — te dijo, acarició tu mejilla y tú te abandonaste a la agradable caricia.

Soltaste otro suspiro, dándote cuenta que tenías que hacer algo que no deseabas totalmente, pero que al final terminarías por hacer.

Creo que tendré que ir con Nagato al fin de todo.

La escuchaste reír, con gracia, como muy pocas veces lo hacía. Generalmente, cuando estaba contigo.

Si hay algo importante, ¿me lo dirás?

Claro, tenlo por seguro.


Tu acompañante por fortuna se fue antes de que tú salieras de casa, y para poder hacerlo, esperaste que tu madre y tu flamante padrastro se fueran de casa a una de sus acostumbradas reuniones. A que tu prima se encerrara a escuchar música corta venas y así, solamente así poder irte de ahí.

Como siempre, como estabas acostumbrado caminaste durante el largo trayecto que te llevaría hacia la parada de autobús, de ahí el trayecto no sería más largo, cuando mucho unos 15 a 20min. Sin embargo, te bajaste tres cuadras antes y tomaste otro rumbo.

A medida que dabas los pasos hacia aquel lugar, el aire y el ambiente se te hicieron densos, pesado, frío… como si hasta el mismo clima estuviera en protesta del pasado, de la herida y el dolor.

Te paraste de repente frente a la entrada del cementerio de la ciudad. Grandes estatuas de mármol con impresionantes y perfectos diseños de ángeles adornaban la entrada, un amplio portón de rejilla metálica en color oscuro se abría para que las personas que tenían familiares reposando entraran y visitaran sus lechos. A ti no te gustaban los camposantos, jamás te gustaron. Ahora los aborrecías, aunque en el fondo sabías que al final de tu vida terminarías ahí. Reposando en una caja con tu cuerpo pudriéndose.

Sin embargo, antes no tenías un motivo para entrar a ese lugar. Ahora sí. Por lo que ni lento ni perezoso empezaste a internarte en la profundidad del panteón. Bordeaste casi todo el lugar para llegar al punto donde querías estar, o el que solía visitar. Cuando lo hiciste, finalmente se detuviste frente a una lápida en forma de tabla, adornada con cerámica negra y letras blancas grabadas con exquisita caligrafía. Ni siquiera parecía una lápida, sino más bien una invitación a mirarla. Como si ahí no yaciera un muerto…

‹‹Malditas sean las excentricidades de mi madre…››

Te dijiste interiormente, sin embargo, muy a pesar de tu disgusto por hacer de algo doloroso totalmente visto. Leíste la inscripción, como siempre lo hacías, para recordarte que nada de eso era un sueño. Que todo era real.

Menma Namikaze Uzumaki.

Hijo, hermano y amigo…

Tu realidad.