Harry Potter y sus secuaces pertenecen a J.K. Rowling. Moi solo escribe por diversión :D

Título: ¡Sí, su majestad!

Personajes: Draco Malfoy/Harry Potter.

Capítulos: 4/5

Advertencias: AU (Universo alterno)/Slash/Lime. Esta breve historia narra a Harry y Draco encontrándo en otro mundo muy distinto al planteado por J.K., relaciones homosexuales, tonterías, y muchas otras cosas raras que podrían crearte un profundo trauma si no estás acostumbrado a este tipo de lectura. Así que si entraste aquí por un fatídico error… ¡Huye lo más pronto posible! Dicho está. Sobre advertencia no hay engaño.


¡Sí, su majestad!

Por:

PukitChan

Capítulo IV

Un juramento inquebrantable

Harry se deslizó al interior de la bañera llena de agua tibia sintiéndose extraño, casi indiferente consigo mismo. La última vez que sintió aquella molesta sensación en su pecho había sido casi cinco años atrás, y de eso no le que quedaban más que pequeños fragmentos escondidos en un punto oscuro de su inflexible memoria. Se intentó decir, y no por primera vez desde que comenzó a vivir en ese palacio, que no tenía sentido analizar sentimientos irrecuperables. Después de todo, Blaise tenía razón: él solo tenía que centrarse en cuidar a quien iba a ser para siempre su rey.

Unas manos rodearon sus hombros mientras unos labios calientes y gruesos besaban con ternura su nuca. La tibia respiración le provocaba unas ligeras cosquillas, pero no se apartó sino que, al contrario, se recargó ligeramente en el hombro que estaba detrás de él.

—¿Recuerdas la noche que nos conocimos, Harry? —susurró la voz ronca y pausada del príncipe, muy cerca de su piel—. Hacía mucho frío y estabas ridículamente envuelto entre muchas mantas, aunque eso no conseguía que dejaras de temblar. Tus ojos estaban rojos e hinchados, y la cicatriz de tu rostro aún sangraba. Eras el niño más extraño que había visto en mi vida.

Harry ladeó ligeramente su rostro para ver la expresión de Blaise. El príncipe, sentado en una silla que estaba justo detrás de la bañera, permanecía serio, como siempre que hablaban de esa noche, aunque, al igual que muchas otras cosas de su pasado, los recuerdos de Harry eran difíciles e incomprensibles. La noche en la que sus padres lo habían abrazado, asegurándole que todo estaría bien, era un recuerdo borroso, como si alguien hubiera derramado tinta sobre él.

—Recuerdo que te asusté —murmuró Harry, sonriendo involuntariamente ante el gruñido que indignación que soltó Blaise, porque ambos sabían que era verdad.

—Me asustó el movimiento de los guardias —se justificó, revolviéndole el cabello azabache, en una curiosa muestra de un hábito de su infancia—. Todos estaban gritando y dando órdenes mientras mi padre le insistía a tu padrino que debía atender sus heridas. Fue una visión muy impactante para el pequeño e inocente príncipe que fui.

—¿…Por qué estamos hablando de esto? —cuestionó Harry, bajando su mirada hacia el agua. No le gustaba pensar en su padrino, en la sonrisa de su rostro y la calidez de su cuerpo la última vez que lo abrazó, diciéndole adiós, haciéndole prometer que algún día sería el noble príncipe que sus padres habrían criado, porque ambos sabían que ellos no estarían allí para verlo.

Blaise acomodó su frente sobre la nuca de Harry, sintiendo el suave movimiento de su respiración. Sus manos bajaron hacia los costados, acariciando la piel desnuda y húmeda de su dorso, deslizando las yemas de sus dedos por donde las gotas de agua habían creado senderos en él. Suspiró sutilmente cuando sintió la piel de Harry estremecerse bajo su hábil contacto. Sin embargo, se apartó. El movimiento fue discreto y casi imposible de notar, pero Blaise sintió a la perfección la manera en la que Harry se alejaba, rechazando sus caricias. En realidad era normal que lo hiciera, pero aquella noche le irritó de sobremanera al príncipe. ¿Acaso era por Draco?

—¿Harry?

—Tienes que cenar con el señor Malfoy—añadió con el tono de voz que siempre empleaba cuando Blaise no quería hacer algo que era importante—. Te está esperando.

Si se tratara de otra persona, Blaise probablemente hubiera ordenado un castigo por todo lo que había ocurrido, pero todos sabían que a pesar de la insistencia de Harry de ser tratado como un guardia, nunca había sido totalmente así. Para los habitantes del palacio, para todo su pueblo, era uno de los más amados miembros de la familia real. El rey siempre había querido a Harry como un hijo e inclusive, mucho antes de su muerte, se encargó de que la vida del último de los Potter estuviera asegurada. Sin embargo, esos no eran los motivos que detenían la rabia de Blaise, sino algo más sencillo y simple: no soportaba que Harry lo mirara con sus ojos verdes llenos de decepción. La única ocasión que Harry lo había hecho, Blaise, por primera vez en su vida, sintió una terrible vergüenza que no creía poseer.

—No lo lastimes —murmuró—. Podrían crear juntos un magnifico reinado.

—Él fue advertido —dijo Blaise, incorporándose pero sujetando la barbilla de Harry para alzar su rostro. Al verlo, con esa expresión cansada, los ojos brillantes y los labios pálidos a causa del vapor, no pudo evitar recordar la única noche en la que estuvieron juntos—. No debes preocuparte por él.

Harry realmente lo intentó, inclusive después de que Blaise se fuera. Sin embargo, aunque dejó en pensar en Draco, sabía que él seguía escondido allí, cerca de su corazón, que latía ridículamente rápido cada vez que sus ojos se encontraban, aún si fuera por accidente o en momentos inesperados. Cuando lo vio por primera vez descendiendo de su carruaje a mitad del bosque, Harry supo que ese joven hombre de mirada arrogante y pose altiva pero hermosos ojos grises, inevitablemente llamaba su atención.

Y si fuera más versado en el arte del amor, quizás Harry habría comprendido lo que otros vieron inmediatamente, al notar que su expresión se suavizaba y una involuntaria sonrisa aparecía en sus labios cada vez que sus ojos se encontraban con los de Malfoy; estaba flechado por él.

Inclusive si Draco no estaba allí por él.

A pesar de que Harry solo podía servirle a su único rey.

Mirando sus rodillas mojadas, Harry recordó la amable sonrisa del padre de Blaise. El rey fue una las primeras personas que consiguió acceder al corazón de Harry luego de la terrible guerra que se llevó a todas las personas a las que amó.

Cerró los ojos, recordando la noche en la que salió de su país natal. Su padre, James, herido pero aún con su sonrisa eterna, había empuñado la espada con el fin de proteger a su familia. Lily y Harry, con la ayuda de Remus, consiguieron refugiarse en una cabaña escondida, aunque no por demasiado tiempo. Una horrible tormenta se desató cuando Harry se abrazó a su madre al escuchar unos horribles golpes en la puerta. Para su fortuna fue su padrino, Sirius, quien la abrió. Se suponía que todo debía estar bien porque allí estaba su padrino, pero él y su madre intercambiaron una severa mirada durante unos instantes. Luego, con lágrimas en los ojos, Lily abrazó a Harry, diciéndole cuánto lo amaban, lo querido que era y que siempre estarían con él. Harry era demasiado pequeño para saber que se trataba de una despedida, pero aun así sus emociones lo obligaron a llorar desesperadamente. Al final, Sirius se vio obligado a arrastrarlo lejos de los brazos de su madre, cubriéndolo con una manta y sentándolo frente a él cuando juntos montaron aquel extraño corcel.

Curiosamente, ese era unos de los recuerdos más vívidos de Harry: el sonido del galopar del caballo, la lluvia arreciando y Sirius diciéndole que no se preocupara, que todo estaría bien. Pero nada estuvo bien, porque Harry se descubrió llegando a un desconocido palacio mientras era atendido por unas extrañas jovencitas. Su padrino, serio como nunca antes, hablaba con un hombre que Harry más tarde reconocería como el rey del país donde habían aceptado cuidarlo.

—James y Lily… no puedo creerlo.

—Lo sé… ¿te podemos confiar a Harry?

—Será mi propio hijo.

Luego había aparecido Blaise. Indudablemente, el príncipe había sido despertado, porque cuando Harry levantó su vista para dirigirla hacia él, el niño dio un respingo asustado que terminó por alejar su sueño. Miró a las mucamas que rodeaban a Harry y se animó a acercarse, pero Harry en ese momento no entendía nada: solo sabía que su padrino lo había dejado en ese lugar desconocido, sin avisarle de su paradero a papá y mamá.

—¿Quién eres? —preguntó Blaise con su expresión infantil, poniéndose en cuclillas para buscar sus ojos. Harry respondió a su mirada, pero no a su pregunta, aunque eso no pareció desanimar a Blaise, quien desde pequeño demostró cuán insistente podía ser si alguien llamaba su atención lo suficiente. Sin embargo, por más que lo intentó esa noche, no consiguió hacerlo hablar.

En ese inmenso palacio, los días transcurrieron con una espantosa lentitud para Harry. El rey fue quien le dio la noticia de la muerte de sus padres, permitiéndole llorar entre sus brazos. Conoció a la reina el día en el que recibió su espada. Ella entró en su habitación y se sentó al lado de él, en la cama, tocando con ternura su cabello azabache.

—Harry… ¿puedo llamarte así? —Él asintió. La reina, una mujer muy guapa, tenía una expresión distante, pero amable. No parecía el tipo de persona que quería forzarlo a sonreír mientras le decía que su familia ahora estaba en un lugar mejor. Tan solo por eso, a Harry ya le agradaba—. Tenemos algo que entregarte.

El «tenemos» incluía a Blaise. El niño se asomó y entró a la habitación arrastrando con ambas manos una larga espada que evidentemente era demasiado pesada para él. Harry abrió sus ojos al máximo, reconociéndola al instante: era la espada de su papá.

—Uno de los guardias la encontró —anunció Blaise con tanto orgullo que casi parecía que él la había hallado. Cuando logró llegar a la cama, la reina le ayudó a levantarla, para así colocar la espada a un lado de Harry. Blaise recargó la mitad de su cuerpo en la cama, sonriendo al ver la expresión pasmada del otro niño—. Mamá y yo creemos que debes tenerla. ¡Es una estupenda idea! ¿Verdad?

Harry no dijo nada. Sus dedos se limitaron a recorrer el intrincado diseño de la empuñadura plateada; sintió bajo su piel el relieve de las figuras talladas a mano, acompañadas por las joyas rojas, unos preciosos rubíes, que sellaban su elegante apariencia. Era la primera vez que tocaba la espada, pues siempre la había visto en las manos de su padre. Saber que por tradición ahora era suya, aunque lo entristecía, también le recordaba que sus padres no habrían querido verlo ahogarse en la tristeza.

—Gracias —musitó, tratando de que su voz transmitiera toda la sinceridad con la que estaba diciendo aquella simple palabra. Debió funcionar, porque Blaise soltó una de sus famosas risotadas que parecían despertar a los muertos. No obstante, la reina tocó la mano de Harry y cuando sus miradas se encontraron, ella exclamó:

—A partir de ahora, Harry, crecerás en este reino, pero debes decidir qué harás. Algún día, con esta espada, puedes vengar a tu familia y a tu reino. O bien, puedes levantarla para proteger a los que amas… para que nunca más te arrebaten a alguien querido. Y sin importar cuál sea tu decisión, no tienes por qué preocuparte, porque aquí nadie te juzgará. Eres libre de escoger el camino que ansíes con mayor intensidad.

Y Harry escogió. Juró lealtad al rey, a la reina y al príncipe, prometiéndose a sí mismo que nunca más perdería a quien amaba. Si entre sus manos estaba el evitarlo, si tenía que arriesgar todo de sí mismo para proteger a sus seres queridos, lo haría. Una decisión que los años terminarían convirtiéndola en una inquebrantable determinación que fue puesta a prueba cuando el príncipe y él cumplieron diecisiete años.

Después de tanto tiempo, Harry no sabía qué emoción otorgarle a aquella época. Adaptarse a un nuevo reino, donde todo era diferente, habría sido más difícil sin la presencia de Blaise. El príncipe pareció adoptarlo, primero como un cachorrito lastimado y necesitado de ayuda, para luego transformarse en su amigo. La adolescencia, y con ello mayores deberes para el príncipe heredero, acentuaron la personalidad caprichosa de Blaise. Mientras Harry se entrenaba, Blaise coqueteaba; cuando Harry aprendía tácticas de defensa ante una guerra, Blaise decidía con quién tener su primera experiencia sexual. Cuando Harry descubrió el peso que traía consigo el derramar sangre ajena, Blaise fue educado para ser oficialmente el próximo candidato al trono.

Eran mundos diferentes.

—Alteza, no debería estar aquí —había musitado Harry aquella noche, a las afueras del palacio. La ceremonia que se celebraba por el cumpleaños diecisiete del príncipe estaba próxima, lo que mantenía a Blaise ocupado y a la guardia en una constante vigilancia. Si bien no existían reinos que se encontraran ante una inminente guerra, de vez en cuando, y sobre todo en eventos tan importantes como ese, solían ocurrir atentados contra la familia real.

—Por los dioses, suenas como Hermione —contestó, sonriéndole ampliamente mientras estiraba su cuerpo. Blaise portaba esa noche una túnica ceremonial que, como no podía ser de otra manera, le quedaba bien. Harry lo miró de soslayo, tratando de concentrar su atención en otra cosa que no fuera Blaise. Después de tantos años juntos, conociéndose más de que lo podría considerarse normal, Harry se había enamorado del príncipe. En retrospectiva parecía lógico, e inclusive Astoria se había burlado de él al decirle que era extraño que no lo hubiera hecho antes, pero Harry no planeaba decírselo. Después de todo, él había sido testigo de todos los corazones que Blaise había destrozado.

—¿Ella sabe dónde está? No quiero que me regañe otra vez.

—Por supuesto que lo sabe —dijo, entornando los ojos, pero sin borrar su sonrisa—. La forma más rápida para que Hermione me deje en paz, es haciendo lo que debo.

Harry, nervioso, toqueteó su espada. Era más fácil fingir que no le gustaba el príncipe cuando este no se encontraba cerca. Al crecer juntos, para Blaise siempre fue fácil darse cuenta de los cambios en sus emociones, y aunque la mayoría de las veces no le molestaba, en ese momento Harry deseaba desesperadamente que no fuese así; lo último que necesitaba era volverse una víctima más de la indiferencia del príncipe.

—¿Qué te ocurre, Harry? —preguntó Blaise, tomándolo desprevenido—. Desde hace unos días, estás actuando extraño. Entiendo que cuando estamos con otros, insistas en llamarme por el título que me corresponde, pero en un momento como ahora…

A lo lejos, un sonido, similar a una campana, interrumpió no solo la oración del príncipe, sino también la calma del lugar. Durante unos segundos, Harry no reaccionó. Cuando un segundo tronido resonó, maldijo por lo bajo mientras sujetaba el brazo de Blaise.

—¡Tenemos que volver al palacio! —gritó Harry, obligando al príncipe a correr. Blaise debió notar la seriedad de su expresión, porque no protestó y siguió los veloces pasos del otro. No pasó mucho tiempo antes de que vieran como otros guardias corrían en sentido contrario, hacia las entradas, seguramente atraídos por el mismo sonido que había alertado a Harry.

—¡¿Qué está pasando?!

—¡No tenemos tiempo para averiguarlo! —contestó sin dejar de correr—. ¡Debemos comprobar si los reyes están bien! ¡Intentaré llevarlos a un lugar más seguro!

—¡Pero la guardia…!

Justo a tiempo, Harry empujó a Blaise hacia uno de los arbustos cercanos. Cubriéndole la boca con las manos, ambos observaron cómo media docena de hombres desconocidos y armados corrían hacia el palacio, alegando que su víctima primordial era la reina. Harry pudo sentir a Blaise temblar, no sabía si de miedo o de rabia, al escuchar el nombre de su madre. Sea como fuere, resultaba evidente que se trataba de un ataque masivo hacia la familia real, y tenían que llegar a tiempo a las habitaciones de los reyes, sobre todo porque en los últimos tiempos la salud del rey había empeorado.

—Tomaremos un atajo —murmuró Harry, mirando a los ojos a Blaise, quien asintió. Corrieron a través de los jardines, adentrándose al palacio por una puerta trasera que conducía a las cocinas, estremeciéndose ante el incómodo silencio que había y, que una situación como esa, no auguraba nada bueno. Avanzaron por las escaleras para llegar a un largo pasillo, y en una esquina Harry casi decapitó a Ron, que corría en sentido inverso.

—¡Tranquilo, Harry! —masculló Ron, mirándolo asustado. Harry resopló pero bajó su espada, sintiendo su corazón palpitar desbocado—. Los reyes han sido trasladados por su guardia. Tú tienes que llevar al príncipe hacia la torre. Será mejor mantenerlos separados.

—¡Pero mis padres…! —comenzó a protestar Blaise. Sin embargo, al darse cuenta de que su opinión era inútil, gruñó y comenzó a correr hacia la habitación de sus padres.

—¡Alteza! —gritó Harry, dando a conocer su posición sin querer. Afortunadamente, Harry siempre había sido más fuerte y veloz que el príncipe en ese aspecto, así que logró detenerlo a tiempo para arrojarlo hacia Ron cuando tres de los invasores llegaron hasta ellos.

Harry siempre había sido una persona tranquila que sonreía, pero esa noche, Blaise descubrió al hombre que le juró protegerlo siempre. Lo vio derramar sangre al usar su espada con una maestría mortal, porque si Harry no hubiera actuado de esa manera, evidentemente aquellos hombres los hubieran asesinado sin piedad.

Cuando Potter limpió su espada ensangrentada en sus vestimentas, volteó hacia Ron y murmuró:

—Ve con la guardia de los reyes. Yo mantendré al príncipe con vida. —El pelirrojo no vaciló; desapareció tan rápido que Blaise ni siquiera reaccionó. Harry sujetó su mano y lo guio hasta la torre sin decir una palabra. Solo cuando estuvieron a salvo, empujó al príncipe contra una pared y lo acorraló, sintiéndose furioso como nunca antes en su vida—: ¡Jamás vuelvas a hacer eso, Blaise!

El príncipe separó sus resecos labios. La mejilla de Harry estaba salpicada por la sangre, su mirada verde brillaba y había tirado su espada. Toda su atención, su rabia y sus deseos estaban centrados en él. Nunca antes Harry le había parecido tan dominante, tan fuerte y tan sublime como aquella noche.

—Harry…

—¡No! —gritó, golpeando con sus puños a la pared detrás de él—. ¡No vuelvas a hacerme esto, Blaise! ¡No quiero perderte! ¡Juré que jamás iba a perder a alguien a quien amaba, maldita sea! ¡No….!

Entonces, Blaise rodeó el cuello de Harry, atrayéndolo hacia él. Sus labios se unieron en un beso apremiante, aterrado y excitante. Ambos lucharon por tener el control, descargando la rabia que sentían, el temor de la muerte. Blaise jamás creyó que Harry, ese muchacho dulce, pudiera cambiar tanto por él.

Noches después, cuando el peligro desapareció y todo volvió a la calma, Harry se entregó a Blaise en una única ocasión. Una sola vez en lecho del príncipe, en donde se dejó llevar por la pasión, aunque a la mañana siguiente comprendió lo que muchos otros lloraron durante tanto tiempo: que el príncipe jamás sentiría amor. Sin embargo, y aunque Blaise jamás mostró interés por volver a estar juntos, se volvió posesivo con él. Y mientras los años transcurrían, trayendo más tragedias y amantes, el príncipe nunca lo soltó.

Ni siquiera ahora, cuando Draco Malfoy apareció.

.


.

Blaise Zabini se trataba de una persona interesante, y no en el buen sentido.

Esa fue la conclusión a la que llegó Draco en el cuarto día de su visita, luego de una cena llena de indirectas por parte del príncipe para llevarlo a su cama. Malfoy tenía que admitir que era bastante halagador ser el interés de Blaise, quien no tenía vergüenza en mostrar toda la sensualidad que poseía. Evidentemente, era una persona que había nacido con la habilidad de la seducción; sus palabras no eran vulgares, pero escondían detrás de sí una fuerte carga sexual. Draco nunca antes había tenido una cena tan voluptuosa como aquella, en la que cada platillo, cada bebida y cada delicioso aroma era una invitación a follar sobre la mesa.

No obstante, Draco se mantuvo estoico. Con la misma habilidad con la que el príncipe lo seducía, él lo evitaba, porque también podía jugar el juego que Blaise había iniciado. No era necesario ser un gran observador para darse cuenta de que el príncipe amaba los retos que incluían a personas difíciles de obtener. Si jugaba bien sus cartas, si Draco verdad movía los hilos a su conveniencia, entonces podría obtener, no solo un príncipe sin corazón, sino también una persona dispuesta a cumplir cualquiera de sus caprichos por solo un poco de su atención. ¿O acaso de verdad Blaise creía que era el único que sabía pasar por encima de los sentimientos de otros para su beneficio?

Porque si Draco decidía aceptaba esa locura, si debía pasar el resto de su vida en ese lugar, entonces tenía que aprender a estar un paso adelante del príncipe. Siempre en su beneficio, disfrutándose, pero usándose mutuamente.

¿Qué en ello podría salir mal, si ambos estaban de acuerdo?

—Escuché que Blaise está molesto contigo… ¿Debería preocuparme?

Draco detuvo sus pasos. Al dirigirse hacia su habitación, con una maldita erección entre las piernas que se negaba a irse, no esperaba encontrarse a alguien en el pasillo. Después de todo, era tarde y estaba convencido de que no había muchas rondas nocturnas en ese lado del castillo. Aun así, logró detenerse y evitar ser visto antes de girar en una esquina, de donde procedía la tranquila voz de Astoria.

—Está bien, es mejor que nos mantengamos alejados —respondió la voz de Potter.

Con una mueca dibujándose en su rostro, Draco no pudo evitar preguntarse por qué estaba escondiéndose. Ese era el único camino que conocía para regresar a su habitación, así que no era su culpa si escuchaba e interrumpía aquella conversación. Era culpa de Potter y Astoria por hablar en un sitio público, donde cualquiera podía aparecer inesperadamente.

—Harry…

—Le dije que lo tratara con cuidado, solo eso. Hacen una buena pareja, ¿verdad? Cuando la reina llegue estará muy complacida.

—Harry —insistió Astoria.

—Estoy diciendo la verdad —murmuró.

—¿Te gusta?

—¿Qué?

—¿Te duele que lo escoja a él y no a ti?

Draco levantó la ceja al escuchar la última pregunta. ¿Potter estaba enamorado del príncipe? Si lo pensaba un poco, tenía sentido. Desde que lo conoció, no había hecho otra cosa más que defenderlo. Además, durante los últimos días, lo evitaba. Draco notó que Potter había dejado de comer con ellos y se limitaba a cuidar al príncipe cuando él no estaba presente. Siempre que Blaise le sugería pasar la tarde juntos, el guardia se marchaba, dejando a cargo a otro hombre. La razón de ese comportamiento, probablemente se debía a ello; al hecho de que Harry estaba enamorado del príncipe, y no soportaba verlo cerca de Draco.

—No tiene nada que ver con eso, Astoria.

—Si lo repites cincuenta veces más —murmuró ella, y su voz vaya que sonaba divertida—, quizá logres convencerte de que estás diciendo la verdad.

Algo en el interior de Draco se removió. Al principio, había creído que Potter lo evitaba porque finalmente había comprendido cuál era su lugar en ese castillo, pero ahora al escuchar esa conversación, todo parecía ser diferente. ¿Así que no soportaba su presencia? ¿Así que las palabras que le dijo durante el único desayuno que compartieron eran falsas? Maldito Potter. Draco en realidad no le agradaba; seguramente había mantenido esa conversación con él solo para analizarlo. ¿De modo que no quería verlo? Entonces lo fastidiaría de esa forma: estaría cerca de Potter para recordarle en todo momento que a él sería quien le serviría en el futuro.

—Buenas noches —masculló Draco, apareciendo con toda la casualidad que fue capaz de actuar, como si no hubiera escuchado nada. Astoria probablemente no le creería, pero el idiota de Potter sí.

—Hola, señor Malfoy —saludó la mujer, esbozando una sonrisa irónica—. Es una hermosa noche para pasear, ¿no cree?

—Lo es —contestó, mirando a Potter, quien había palidecido hasta el punto de ser preocupante—. Aunque ahora me dirigió hacia mi habitación.

—Es una pena, señor Malfoy —respondió Astoria, con toda la intención de alguien que estaba planeando algo—. Las estrellas de esta noche se ven más brillantes que cualquier otro día en el año. ¿No le gustaría ir a la Torre de las Noches del palacio? Es uno de los más hermosos espectáculos que nuestro pueblo puede ofrecerle. —Luego, ella palmeó la espalda de su acompañante para hacerlo reaccionar y añadió—: Harry se dirigía allí.

—¡Astoria! —dijo el aludido, pero reaccionó demasiado lento. Draco se había cruzado de brazos mientras una sonrisa, muy parecida a la de la mujer, se había dibujado en sus labios. Por el simple hecho de estar rodeado por ellos, Harry sentía escalofríos en su espalda.

—Me gustaría acompañarte, Potter —dijo Draco—. Creo que sería muy interesante.

—Sin duda —concordó Astoria, soltando una risita, pero acomodando su vestido—. Entonces, señores, les dejaré solos para que lo disfruten.

A Draco realmente no le importó quedarse solo con Potter. De hecho, podía decir que disfrutaba de su caminar tan mecánico y la incomodidad que le transmitía. Le gustaba incordiarlo y ser la causa de un tropiezo en su vida; resultaba extrañamente placentero el saber que su mera presencia era capaz de alterarlo de esa manera.

—Su nombre… —murmuró Harry, tocándose el brazo. ¿Es que no podía quedarse quieto?

—¿Tienes algún problema con mi nombre?

—¡No! —dijo rápidamente—. Quiero decir… demonios. Me refiero a que su nombre se deriva de una constelación, ¿no?

Draco se sorprendió, pero no lo demostró. No pensaba que alguien como Potter supiera un detalle como ese. Además, no entendía por qué la conversación se había desviado de esa manera.

—¿Tienes algún problema con los nombres de las estrellas? —cuestionó mientras subían las largas escaleras que los llevarían a la famosa torre. Harry negó con la cabeza, pero el comentario pareció causarle gracia.

—Me parece interesante —respondió—. Suena el nombre que una importante y ancestral familia le pondría a su heredero.

—Porque así es, Potter —aseveró entornando los ojos. De verdad que ese hombre era un completo idiota.

—Sí, por supuesto —exclamó, deteniéndose ante una puerta que abrió para darle el paso a Draco, quien se maravilló ante la estructura de la habitación. Era un lugar diseñado, no solo para ver las estrellas, sino también para estudiarlas.

—¿Eres el único que viene aquí? —preguntó Draco, caminando por la habitación circular, donde cincos telescopios, todos orientados en diferentes posiciones, esperaban ser utilizados.

—También Hermione y el príncipe… pero, en esencia, soy el único que la utiliza.

—Me parecen que son demasiados privilegios para un simple guardia —comentó, esperando su reacción. Si Potter era el amante del príncipe, eso explicaría por qué todos parecían adorarlo.

Harry se ruborizó. Sus mejillas adquirieron tanto color que por un instante Draco creyó que la temperatura de la noche había aumentado. Sin embargo, el moreno no respondió a observación, sino que se limitó a caminar hacia uno de los telescopios, encogiéndose de hombros cuando murmuró:

—Le preguntaba por su nombre porque desde aquí se alcanza a apreciar su constelación… el Dragón.

Frunciendo el ceño, Draco se acercó hacia el objeto que tocaba Harry. Tras lanzarle una mirada desconfiada que pareció aumentar la sonrisa del otro, se inclinó para observar a través del telescopio, que obviamente estaba calibrado para ver esa constelación en específico.

—Es una de mis constelaciones favoritas —susurró Harry, acercándose a la orilla de la torre para ver hacia el cielo, sin necesidad de un telescopio. Tal como Astoria lo había dicho, las estrellas parecían brillar más esa noche.

—¿Por qué? —preguntó Draco, al separarse del telescopio. Harry cerró los ojos y sonrió.

—¿Quizá porque su historia dice que murió protegiendo lo que debía cuidar por siempre?

Hubo un silencio, aunque esta vez no fue incómodo. Draco se acercó una vez más a Harry (tenía la acertada sensación de que el guardia evitaba que entre ellos hubiera alguna clase de contacto físico), y solo cuando lo miró, con ese cabello revuelto, con esas facciones tranquilas y esos ojos verdes brillando con amabilidad, supo que quizás estaba un poco equivocado en sus deducciones.

—¿Por qué me evitas? —preguntó sin poder contenerse—. Dices que te agrado, pero te escondes como un gatito asustado cada vez que nos encontramos. ¿Qué clase de lógica es esa, Potter? Te recuerdo que quizás me vuelva rey de este país…

Algo en sus palabras molestó a Potter, quien apretó sus puños y tensó su cuerpo.

—Entonces aceptarás la petición del príncipe —dijo, y para Draco casi sonó como un reproche. Aunque, ¿por qué Potter tendría que reprocharle algo?

—¿Y perder la oportunidad de tenerte a mis pies? —masculló maliciosamente—. ¿Por qué habría de rechazarla? ¿O acaso tienes una razón por la cual debería negarme?

Harry lo miró. Sus ojos verdes, que curiosamente parecían reflejar las estrellas, ahogaron las palabras de Draco. Nadie nunca lo había mirado de esa manera: como si le reclamara algo, como si quisiera detenerlo porque sabía que estaba cometiendo la estupidez más grande de su vida. Al final, solo murmuró:

—No me tendrías a tus pies, al menos no siendo la pareja del príncipe. Todo lo que soy le pertenece solamente Blaise Zabini.

—¿Eres su amante? —cuestionó, sin saber por qué esas palabras le supieron tan amargas… hasta que Harry sonrió como si hubiera contado el mejor de los chistes.

—No soy su pareja. Yo lo protejo.

—¿Hasta qué momento continuarás con esa estúpida historia? ¡Es obvio que no eres un guardia!

—Lo soy —insistió—. Aquí lo soy.

Las palabras de Harry tenían un secreto, Draco lo sabía. Entrecerró sus ojos, deseando golpear a ese estúpido hombre hasta que le dijera la verdad, pero al mismo tiempo, quería simplemente rendirse ante sus ridículas conversaciones. Y era extraño, se dijo, porque en sus charlas con el príncipe, Blaise despertaba sus instintos más básicos y sexuales, lo hacía desearlo hasta el punto de la desesperación, pero con Harry… maldita sea, con Potter todo era confuso, complicado y estúpido, porque su mente no tenía por qué perder el tiempo de esa manera. Simplemente no existían razones que fuesen lo suficientemente válidas como para estar allí, mirando hacia esos ojos verdes en lugar del hermoso cielo estrellado…

—Nadie folla tan bien, Potter. No para tener la lealtad que tú tienes hacia él.

Harry se carcajeó. A Draco le sorprendía que hubiera caído ante un comentario como tan simple como ese; sin duda, era un completo imbécil.

Y aun así, una pequeña y absurda parte de su mente que el rubio se negaba a escuchar, insistía en decirle que Draco en realidad prefería estar allí, mirando al tonto de Potter, y no en la cama de Blaise Zabini.

Aún si eso le augurara cientos de problemas.

Sobre todo porque Blaise estaba escuchándolos detrás de esa puerta.


Autora al habla:

¡Hola a todos! \0/ Debo admitir que el capítulo lo finalicé el viernes, pero las festividades se atravesaron en mi camino, jajaja. ¡Pero aquí está el nuevo capítulo, directo para ustedes! Antes de llegar al final, quería mostrar un poco de la relación de Blaise y Harry, y cómo son las cosas entre ellos. Harry estuvo enamorado de Blaise, pero nunca fue una relación o se sintió correspondido. Y bueno, a veces Blaise se aprovecha, jajajaja. Eso sí, adoré escribir un momento entre Draco y Harry, porque ellos básicamente se sienten atraídos sin saberlo o sin determinarlo. Juajuajua. Ya me dirán ustedes qué opinan del capítulo. ¡Muchísimas gracias por todos sus ánimos! :D

Lizbeth; Jajajaja, prometo que prontico habrá un acercamiento más grande entre Harry y Draco, porque a fin de cuentas se lo merecen, porque aunque no parezca, realmente ellos no pueden dejar de buscarse. Aunque puede que Blaise se interponga durante unos minutos, pero te aseguro que todo terminará bien. ¡Siempre terminan bien mis historias! O bueno, más o menos bien, jajajajaa. Además, todas las dudas serán resueltas muy pronto. Y, sobre el arete y el tatuaje, en el último capítulo, Harry nos contará un poco más de ellos. ¡Muchas gracias por leerme, un beso! ;D

Musshi; ¡hola! Oh, entonces es bueno decir que te he sorprendido con la historia, jejejeje. ¡Perdona por la espera, pero ya estamos de vuelta con un capítulo un poquito más largo! ¡Gracias, un besote! :D

Perla; eh, pero esta no tendrá tanto, sobre todo porque solo me queda un capítulo para que finalice, jajaajajaja xDDD. Como ves, sí hubo un poco de las ideas de Draco con respecto a lo que está ocurriendo, si en el fondo es un buenazo. ¡Gracias! ¡Te quiero, preciosa!

¡Muchas gracias a coptesita, Paulinafujoshi, Amai Star of Darkness, Acantha-27, Annilina, sombra88, Christine C, dragon de mala fe, Perla, Izlandi, musshi, lovre11, xonyaa11, Ying Fa Malfoy de Potter, StrawberryBlack, lizbethshawol, FanFiker-FanFinal, mellitacullen, DarkPotterMalfoy, LangStarku, Kokoa Kirkland, I'm Dreams of a Violet Rose por sus reviews!

¡Excelente semana! ¡Os quiero! :D