— Atrás, o su madre se despide de este mundo — dijo de nueva cuenta el desconocido, y ambos gemelos retrocedieron pocos pasos, únicamente por instinto y algo de terror de perder también a su madre, ya que por lo que habían entendido con todo el dolor de sus corazones, su padre había muerto a manos de aquellos posibles ladrones.
Nathaniel guardó en uno de los bolsos vacíos del cinturón, los cuchillos que sostenía con ambas manos. Alzó estas, para demostrar que estaba desarmado, al menos por el momento. Caminó nuevamente hacia su madre, teniendo cuidado de cada uno de sus pasos y sintió su corazón estrujarse cuando el encapuchado se movió un poco lejos, girando su cuerpo con levedad a la izquierda, y por tanto, el de su madre igual, quien se limitó a soltar un chillido casi inaudible. La mujer sabía que tenía que hacer todo lo que estuviera a su alcance para que sus hijos no se preocuparan mucho más de lo que ya estaban. El menor de los Hughes tragó saliva algo nervioso, y detuvo su andar estando a medio metro de poder rozar el vientre su madre si estiraba el brazo y se inclinaba poco.
— ¿Qué demonios haces? — susurró su gemela, mientras sus dos manos apretaban el mango de la catana, atrayendo ésta a su propio pecho. Solo pudo apreciar la sonrisa atípica de su hermano que quería transmitir un claro "todo estará bien, solo confía". Respiró hondo y asintió, para después guardar la catana en su funda, y colgarla a su espalda.
Las miradas de los mellizos reflejaban muchas emociones, y su madre solo podía apreciar aquellos curiosos ojos de sus dos hijos, sin importarle realmente la situación en la que estaba. Si bien en el Capitolio todo lo extravagante era conocido, los ojos de sus hijos nunca podrían compararse con las cosas tan ridículas que los capitolences hacían por estética. Ellos tenían joyas por ojos, y es que ahí el fuego y el hielo se unían en uno solo, creando un mirar perfecto por parte de ambos chicos. Un mirar que su madre siempre podría apreciar como su bote salvavidas en un mar de desesperación, como en el que estaba flotando en ese instante.
—Deja a mi madre ir, y te daremos a cambio lo que quieras — habló el pelirrojo menor, tratando de negociar con el tipo, solo para ver vivir a su madre por más tiempo. Sabía que no tenían la gran cosa ahí en su pequeño hogar a las afueras del Capitolio donde no había tantos disturbios como en el centro, pero algo era algo.
Una estruendosa risa se escuchó por el patio de la casa, en el que, recién notaban los gemelos, todas las trampas habían sido burladas. Y eso, sinceramente, era muy difícil de lograr, así que Nathaniel supuso esa había sido una estrategia planeada de más de unos tres días, como mínimo, ya que había una infinidad de trampas en ese patio. La presión en el cuello de la mujer se hizo más fuerte, pero no había sangre aún.
— Creen que queremos su estúpida comida... — dijo volteándose a los demás encapuchados, quienes solo hicieron bulla, haciendo sentir a ambos chicos bastante pequeños a comparación del gran grupo — pero si lo que deseamos es dejarlos sin padres, ustedes nos dejaron sin hijos. Se llama venganza, pequeños hijos de perra, y pronto… ¡Ustedes morirán en una maldita arena como ellos!
Los ojos del encapuchado se hicieron visibles, estaban rojos, como si hubiera llorado mucho últimamente, su tez era morena. "Distrito 11", pensó Nathaniel en seguida. Retrocedió un paso junto a su gemela y su mano izquierda se dirigió nuevamente a su cinturón, sacando de este una pequeña, pero afilada daga. Escuchó el inconfundible sonido del filo de la catana siendo desenfundado y pegó su espalda a la de su gemela. Vaya que estaban rodeados de personas, en un asunto que solo podía acabar de dos formas: con la vida, o con la muerte.
El cuchillo pasó filoso por el cuello de su madre, y un gritó agudo sonó por el lugar, provocando la ira de los gemelos. Nathaniel frunció el ceño y sin pensárselo dos veces lanzó la daga, dando de lleno en el hombro del desconocido que había cortado superficialmente el cuello de su madre, provocando ahora un grito de él. Nadie podía hacerle eso, nadie tenía el derecho de lastimar así a su madre, ni siquiera ella misma.
— No vuelvas a lastimar a mi madre! — Amenazó lleno de furia el chico, acercándose al tipo con un nuevo cuchillo entre las manos— Nat, cuida a mamá.
La chica nombrada se limitó a asentir y corrió a donde estaba la joven mujer, arrodillada en el suelo con una mano en la herida, tratando de que la sangre dejase de salir inútilmente. Las personas que estaban ahí se acercaron a la familia, luciendo amenazantes, aunque al Hughes poco le importó, él solo pensaba en la herida de su madre y quién lo había hecho. Una patada en la cara bastó para tirar a aquel hombre y pronto el mismo pie hizo presión en la daga aún enterrada en el hombro sacando otro grito desgarrador de la garganta ajena, haciendo que todos aquellos que parecían antes amenazantes, retrocedieran varios pasos. Muchos solo podían pensar que Nathaniel estaba loco.
— Mald-dito bastardo… — alcanzó a pronunciar el hombre mientras veía a Nathaniel con una sonrisa cínica. Las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y una risa ahogada y llena de dolor sonó suave en el lugar — ustedes van a morir pronto, Paylor no detendrá su inminente destrucción.
Nathaniel volvió a presionar la herida y el quejido fue más apagado. Aquello que había mencionado había resonado varias veces ya en su mente, en sus sueños, en sus ratos libres, en sus conversaciones con su hermana. Él sabía que el hombre no mentía, pero no quería pensar en eso. No le aterraba que él tuviera que ir, le aterraba la idea de su hermana en los juegos. No estaba preparado para verla en ese maldito juego, eso ya no le gustaba, ni un poco.
La idea le caló los huesos y, antes de que el señor volviese a decir algo respecto a su muerte, Nathaniel sin ver, ya que no se atrevía realmente cuando observaba su rostro, lanzó un último cuchillo a la sien del hombre, provocando también la huida, miedo y furia de aquellos que le acompañaban. Quién les había movido hasta aquella casa, estaba ahora muerto, a manos de un chico que no esperaron sería bueno con las armas. Y sí, algunos habían sido presas de las trampas que bien habían evitado al inicio.
A los dos chicos poco les importó que tuvieran presas. El pelirrojo corrió a su madre y revisó la herida, no era grave. La ayudaron a levantarse, y ambos la dirigieron a la cocina, donde había un botiquín de emergencias del que Natasha sacó un tarro con pomada. Esa pomada era muy común antes en el Capitolio, y también en los Juegos, ya que era casi mágica. Curaba y cerraba heridas en cuestión de poco tiempo. La gemela mayor untó un poco de pomada en dos de sus delegados dedos, y con su característica suavidad, se encargó de pasar estos por el cuello de su madre, teniendo cuidado con la cortada, tratando de no lastimar más.
Skyler había dormido muy poco esa semana, a lo mucho unas 8 horas en total. Las peleas e incendios constantes no le brindaban ni un poco de tranquilidad o paz. Estaba cansada, aturdida, horrorizada, y odiaba a los distritos. Su preciado Capitolio se había reducido vilmente a casuchas mal hechas, tal como la suya. Ella sí era una niña de lujos, desde su nacimiento. Y ver cómo habían robado y demolido todo lo que había en su casa, a manos de la gente de los distritos le había dejado muy molesta.
Despertó de su siesta al escuchar la puerta de su refugio abrirse, y vio a sus dos padres entrar, sin dirigirle la mirada. De eso ya estaba acostumbrada, desde que tenía uso de razón, sus padres no le prestaban la atención debida, como si no importara. Solo cumplían sus caprichos para que se mantuviera tranquila y sin hacer desorden, y así había sido por 16 años. No le molestaba, en realidad, le daba igual. Nunca tuvo una relación buena con sus padres.
— Regresaron — mencionó la joven castaña aún viéndoles con una pequeña sonrisa, a lo que sus padres se limitaron a asentir serios, casi ignorándola. Skyler bajó su mirada y suspiró pesada, definitivamente ni el golpe de estado iba a cambiar a sus amargados padres. Seguirían sin interesarse en ella, y ella, no haría nada para cambiarlo. Ya lo había intentado un par de veces, y simplemente no lograba absolutamente nada — saldré — anunció esperando un poco de preocupación por parte de sus mayores, pero ellos ya habían ido a la pequeña recámara que tenían, y por obviedad, no le habían oído.
Empujó la puerta con su hombro y salió, encontrándose con las ruinas del Capitolio. Comenzó a caminar, básicamente iría a buscar algo de comer o ropa que robar, puesto que sus padres ahora solo veían por ellos, y otra boca más que alimentar y cuerpo que vestir, parecía hasta un problema.
Acomodó su cabello en su hombro izquierdo, ya no era tan sedoso como antes, y su castaño brillante ahora era opaco. Su caminar era lento; arrastraba sus pies por las calles del Capitolio que apenas reconocía por lo distinto que se veía todo. Lo único que le hacía sentir segura era que en el día no había tantos crímenes como en la noche, ya que había agentes del Distrito 13 resguardando ciertos lugares. Lo único que Payor quería, como había dicho en su discurso, era regresar la paz a Panem, sin necesidad de imponerse como lo había hecho Snow. Sin necesidad de los juegos.
Escuchó un ruido detrás de ella, y se volteó un poco nerviosa, esperando no encontrase nada malo. Suspiró al notar que estaba sola, o al menos eso aparentaba el lugar, viéndose desierto. Regresó su vista al camino. Iría a la plaza donde siempre paseaban los tributos de los Juegos para presentarlos ante todo el Capitolio. Sabía que ella tenía posibilidades de pasar por ahí en algunas semanas. Solo era cuestión de tiempo para que la votación se hiciera y todo Panem exigiera una nueva matanza.
A ella nunca le habían gustado los Juegos, como tal, pero su pasión era observar cada obra maestra de los estilistas de cada Distrito, y aunque fuera culpa de Katniss y Peeta todo lo que había ocurrido, no podía evitar amar cada una de las prendas que habían usado. Definitivamente extrañaba el trabajo de Cinna, pero había desaparecido de pronto. Nadie nunca supo qué le ocurrió, pero muchos rumoreaban que Snow le había mandado a matar. Y para Skyler, era comprensible el por qué.
Admiraba las creaciones de Cinna, pero estaba consciente del gran error que había cometido con el vestido de bodas de Katniss. Eso avivó demasiado la llama de la revolución, y fue poco el tiempo que se tardó el país entero para derrocar a Snow. Claro que todo había sido obra del Distrito 13, y la horrible Coin.
Llegó a la plaza y un suspiro apagado salió de sus ahora agrietados labios. Sus ojos grises reflejaban decepción y cierta melancolía, y es que, aunque su vida de antes le pareciera miserable, la prefería mil veces a la mierda por la que estaba pasando. Todo era cada vez más y más deplorable, y la chica de apellido Rockefeller no podía hacer nada para cambiarlo, de eso estaba segura. Ella era solo un minúsculo fragmento de todo lo que sucedía en el país.
Se escucharon pasos detrás de ella, coordinados como un marchar de un ejército. Se volteó en seguida, ciertamente nerviosa, y preocupada por su propio bienestar. Vio un grupo de personas con el uniforme del ejército del Distrito 13 y su primera reacción fue correr lejos de ellos, sin embargo, no reparó en que se había metido ella sola a un callejón sin salida, ya que la plaza acababa en una gran pared que daba al balcón "presidencial".
— ¡Ayuda! — gritó estando ya lejos del grupo de soldados, esperando una salvación. No estaba segura de qué es lo que le pasaría, pero no estaba dispuesta a averiguarlo. El grupo de soldados llegó junto a ella y dos de ellos se acercaron, los únicos que no tenían armas.
— Por órdenes de Paylor, usted tiene que venir con nosotros — dijo uno de los hombres, cuyo rostro estaba cubierto por un pedazo de tela. Tomó el brazo de la chica castaña, y ella se soltó de manera brusca.
— No iré a ningún lado si la instrucción la dio ella — dijo molesta, mientras su ceño se fruncía y comenzaba a caminar lejos del grupo, para después escuchar una amenaza y la carga de un arma.
— No avance más, o nos veremos obligados a disparar, señorita — dijo otra voz, haciendo que a Skyler se le helara la sangre. Se detuvo por instinto de supervivencia, y volvió a escuchar el parchar coordinado de los soldados, quienes llegaron a sus lados.
Uno de ellos, sin arma, se acercó, para tomarla de la muñeca. Sintió un piquete en el dedo y un sonido parecido a la notificación de un aparato electrónico sonó.
— Skyler Rockefeller, 15 años — dijo de nuevo el señor desarmado. Skyler sintió un escalofrío recorrerle por la espalda. Eso le daba mala espina. Se quedó callada, no quería hacer preguntas. Solo quería salir corriendo.
Se soltó nuevamente del agarre en el que le mantenían con toda la fuerza que podía utilizar, y de nuevo corrió, esta vez a la salida de la plaza. Siempre había sido rápida, y eso era una ventaja en ese caso, pero de pronto sintió nuevamente un piquete. Un dolor se hizo presente en su pantorrilla y le obligó a detenerse, mientras comenzaba a perder la consciencia. Lo último que pudo ver fue a tres de esos hombres cerca de ella, uno cargándola y entonces, las luces se apagaron.
