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Advertencia:
Este capitulo y los que siguen pueden tener contenido de creencias religiosas, aclaro que no es con el propósito de ofenderlos. Es parte de la historia original que he decidido mantener.
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Mis dos ángeles aparecieron en mi vida el día en que enterré a Kaede. Tan pronto metieron el féretro en nicho, sentí un leve cosquilleo sobre los hombros. Los levanté y los froté contra mi cara pensando que no era más que frío, pero un extraño aleteo se produjo entonces alrededor de mi cabeza.
Parpadeé varias veces con fuerza mientras me decía que el cansancio de los últimos meses me estaba pasando factura y me olvidé de ello en cuanto salí del cementerio. Pero esa noche... volvieron para quedarse.
Los vi a través de la bruma de mis sueños, cogidos de la mano y mirándome tiernamente con una sonrisa en los labios. Me dije que mis pesadillas estaban dando paso a extrañas apariciones y me revolví inquieta entre las sábanas... cuando comenzaron a hablar.
No te asustes, cariño - dijo el de las alas blancas -. Hemos venido para ayudarte, nos envía Kaede... Bueno, en realidad, nos manda el jefe, pero por mediación de ella, no quiere que estés sola.
¡Ya te dije que no era buena idea! - dijo el otro, el de las plumas negras, al ver que mi frente comenzaba a perlarse de sudor -. ¡Más vale que nos vayamos, hay gente que nos necesita más que ella!
¡Oh, no, no, no, de eso nada! Le hacemos mucha falta, él lo ha dicho y dicho está, aquí estamos y aquí nos quedaremos. Replico el otro.
¡La vamos a volver majara!
¡Oh no, la vamos a ayudar! - Me desperté de golpe en la oscuridad de mi habitación y allí, a los pies de mi cama, estaban ellos, sentados, mirándome expectantes. Encendí la lámpara de la mesilla y me froté los ojos con fuerza, intentando que los restos del sueño desapareciesen, pero, cuanto más me los frotaba, con mayor nitidez los veía. El ángel de las plumas negras comenzó a hablar al tiempo que mi corazón empezaba a latir descontrolado.
Yo no era partidario de venir, hay gente que nos necesita más que tú, pero el jefe se ha empeñado. Dijo que no quería seguir oyendo los lamentos de Kaede y mucho menos sus reproches y sus quejas, así que, por favor, no te resistas o tendremos que volver sin cumplir nuestra misión y nos abrirán expediente.
¡Y para mí sería el primero! - dijo el de las alas blancas abriendo mucho los ojos.
Me disponía a contestar, pero los restos de cordura que aún existían en mi cerebro me hicieron cerrar la boca de golpe. Aparté la ropa de la cama con decisión y, sin mirarlos, salí disparada hacia la cocina, donde mi cafetera esperaba instrucciones.
Cuando el café comenzó a salir inundando mi pequeño mundo de su agradable aroma, bajo la claridad del fluorescente empecé a recuperar la calma y la sensación de realidad que me hacían falta, pero en cuanto me senté en el sofá y encendí la televisión... ellos volvieron, se colocaron sobre mis hombros y me miraron muy serios.
Mi cabeza se movía a derecha e izquierda sin que yo se lo mandase mientras mis ojos intentaban asimilar lo que estaban viendo.
No te resistas, por favor, será peor - dijo el de las plumas negras -. Nos vamos a quedar, te guste o no, porque al fin y al cabo no somos más que unos simples mandados, cumplimos órdenes.
¡Oh, sí, sí, y las órdenes hay que cumplirlas! - dijo el de las plumas blancas asintiendo vehemente con la cabeza mientras su diminuta coronita se movía y amenazaba peligrosamente con caerse.
Pero ¿qué quieren de mí? - Las palabras salieron de mi boca en el mismo instante en que la cordura abandonaba definitivamente mi cabeza.
Sólo queremos ayudarte, nada más. Kaede ha dicho que necesitas amigos, que sólo tienes a Sango y ella está... demasiado ocupada con su vida, ¿verdad?
¡Oh, sí, mi querida Sango! - dije mirando concentrada mi café humeante -. Su hermano Kohaku está enfermo, muy enfermo, y ella... ¡Oh, Dios, pero ¿qué hago hablando sola! - exclamé levantándome del sofá y comenzando a pasear desesperada por mi pequeño salón.
No estás hablando sola, estás hablando con nosotros, que estaremos aquí para escucharte siempre que lo necesites - dijo el de las alas blancas mientras se columpiaba en la lámpara.
Me estoy volviendo loca, ¿es eso? - pregunté abriendo mucho los ojos.
Precisamente para que no te vuelvas loca estamos nosotros aquí. Si nos obligas a irnos, entonces sí que tu salud mental correrá un grave riesgo. Lo dijo Kaede, ¿eh?, no lo digo yo, nada más lejos de mi intención.
Tú siempre tan políticamente correcto. ¡Lo dijo Kaede, lo dijo Kaede! Sé sincero, lo dice cualquiera que vea los sueños que tiene, o sea, nosotros y todos los miembros de nuestro club - dijo el de las plumas negras haciendo equilibrios sobre mi televisor -. A alguno ha estado a punto de darle un síncope cuando ha visto esos sueños que tienes de sótanos tenebrosos y oscuros en los que pasan cosas terribles. ¡Uy! ¡Me dan escalofríos sólo de recordarlo!
Pero eso... no eran sueños -dije en un susurro sentándome de golpe en el sofá.
¿Cómo que no eran sueños? - El de las alas blancas dio un triple salto mortal y aterrizó a mi lado -. ¿Ocurrió de verdad? - Asentí mientras los ojos se me llenaban de lágrimas.
¡Mujer, tú no te casaste con un hombre, te casaste con un Hannibal Lecter! - Exclamó el de las alas negras moviendo la cabeza con pesar.
¡Oh, sí, sí, en eso estoy totalmente de acuerdo contigo! Eso no es sólo maldad, eso es sadismo. ¡Qué terrible pecado el sadismo! ¡Es monstruoso!
No sé por qué te escandalizas tanto, la verdad. Al fin y al cabo, lo creó nuestro jefe -dijo el de las alas negras -. Forma parte de la naturaleza humana, tanto lo malo como lo bueno.
Algo tendrá que ver el diablo en eso, ¿no crees?
¡Ya estamos, salió el que faltaba! Cada vez que las cosas van mal, le echáis la culpa a ése, se las lleva todas, las que le pertenecen y las que no. ¡Ya está bien de delegar responsabilidades! Hay que admitir de una vez por todas que el jefe no lo hace todo bien y que a veces, en su afán por ser progre, se pasa de la raya con el libre albedrío y no establece bien los límites, y los límites son muy importantes.
Me tomé el café que me quedaba en la taza de golpe, la dejé en el fregadero y me volví a la cama, pero cuando apagué la luz, un leve destello apareció a mis pies, me senté y los miré ya a punto de echarme a llorar.
¿Y se van a quedar aquí para siempre? - pregunté, asustada.
No, sólo mientras nos necesites - dijo el de las alas negras, escondiendo algo tras su cuerpo; él se entretenía haciendo pompas de jabón -. Y ahora, duérmete, no has dormido nada en los últimos días y te hace falta.
Me acurruqué en la cama. Miles de ideas sobrevolaban mi atormentada cabeza y empecé a darles vueltas y más vueltas, pero el sueño no llegaba, así que me incorporé y encendí la luz. El de las alas blancas seguía entretenido con sus pompas de jabón y el otro miraba una revista.
¡Oh, por Dios! ¿Quieres dormirte de una vez? - dijo cerrándola de golpe.
¿Puede verlos alguien más que yo?
No.
¿Y escucharlos?
Tampooooooco, sólo estamos aquí para ti, sólo para ti ¡Y ahora duérmete, es tarde!
Apagué la luz y me tendí mirando al techo con los ojos muy abiertos mientras me preguntaba si debería contarle a mi psicólogo la extraña aparición que acababa de tener lugar en mi vida.
No puede dormir - susurró el de las alas blancas -. Con la porción de cafeína que se ha metido entre pecho y espalda, estará despierta un buen rato. Oye, ¿qué estás leyendo? el ruido de páginas cerrándose deprisa llegó a mis oídos, pero ya no les presté atención.
Oh, Señor, lo has vuelto a hacer, ¡has vuelto a coger el Playboy! Pero ¿es que no aprenderás nunca? ¡Ya sabes que al jefe no le gustan esas cosas! ¡Te abrirán un nuevo expediente!
Bueno, pues uno más. Y no es el Playboy, es el Interviú y estaba leyendo un artículo de política.
Sí, de política, seguro.
Pues sí, don perfecto, de política. ¿Quieres verlo? - dijo abriendo la revista y poniéndole delante de la cara el cuerpo desnudo de la concejala de Los Yébenes.
Pero eso... eso... ¡es una mujer desnuda! - exclamó escandalizado el de las alas blancas.
Sí, pero es una política.
¿Una política sale desnuda en el Interviú? Pero ¿adónde vamos a llegar? Hay que dar parte de esto, no podemos quedarnos con los brazos cruzados, ¡es un escándalo, un auténtico escándalo!
¿Esto te parece un escándalo? Pues cuando te enteres de lo de Berlusconi, hombre..., ¡vas a alucinar!
Subí las escalerillas del avión como lo he hecho siempre, con el corazón en un puño, la respiración acelerada y el miedo en el cuerpo. Todo el miedo acumulado en los últimos años me asaltó de repente y, con cada peldaño que ascendía, se multiplicaba por dos.
Cuando crucé la puerta y vi aquel espacio pequeño, diminuto, me pregunté si era lo que realmente quería. Tragué saliva, intenté quitarme de la cabeza la idea de dar media vuelta y salir corriendo, y caminé en busca de mi asiento.
Me senté, cerré los ojos y, mientras respiraba profundamente, comencé mi habitual diálogo silencioso con mis dos ángeles, esos que nunca me abandonan, que han tomado posiciones en mis hombros y me dan la réplica.
Oh, ¡Dios, qué miedo tengo!
Mi ángel bueno, al que decidí llamar así porque tiene las alas blancas, me miró sorprendido: ¿De qué tienes miedo? Naraku no está aquí.
Mi otro ángel, al que naturalmente tuve que llamar mi ángel malo por sus alas negras como la noche y sus comentarios mordaces, por no hablar de su mal carácter, asintió enérgicamente: Yo también tengo miedo, los pilotos tienen mala fama, he oído decir que algunos se cogen unas borracheras increíbles y que se ponen a los mandos del avión con la vista nublada.
Pero ¿cómo me puedes decir eso? ¿Qué quieres, que me ponga a gritar como una loca?
MAB (Mi ángel bueno) Reconoce que un poco loca sí que estás, y si no, mírate, estás hablando con nosotros.
Eso no es culpa mía, si hablo con ustedes es porque están aquí. ¿Por qué no se van a otro sitio?
MAM (Mi ángel malo): Porque nos necesitas, nena, no sabes cuánto nos necesitas.
¡Oh, Señor! - No pude evitar exclamar mientras me tapaba la cara con las manos y suspiraba profundamente. Entonces una mano se posó suavemente sobre mi hombro.
¿Se encuentra bien? - me preguntó la azafata amablemente.
Sí, sí, estoy bien, gracias.
¿Le da miedo volar?
Sí, me temo que sí, lo siento.
Puede estar tranquila, el comandante Daniels es un gran piloto, nunca hemos tenido ni un susto con él, se lo aseguro - dijo con una sonrisa; me dio una palmadita en el hombro y se marchó tan tranquila por el pasillo.
MAM ¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? ¿Daniels, como el whisky? ¿Esto no será una premonición, ¿verdad?, dijo mirando a MAB, que se había arrancado unas cuantas plumas y las estaba usando como abanico. Los tres comenzamos a hiperventilar peligrosamente.
Que el comandante Daniels nunca había tenido ni el más leve susto en su larga trayectoria profesional es algo que no ponía en duda, pero que en aquel vuelo que la llevaba rumbo a las maravillosas islas Canarias vivió todos los no vividos hasta entonces y alguno más es algo de lo que daba fe.
A unos cuántos miles de pies de altura, no lo supe con exactitud porque cuando dieron ese dato me tapé los oídos, uno de los motores comenzó a fallar. Quizás si no hubieran visto el humo no me habrían asustado tanto, pero mi compañero de asiento, un señor calvo y muy gordo, dio la voz de alarma cuando lo vi asomar bajo el ala izquierda.
La rubia despampanante que iba en el asiento de delante se puso a gritar como una loca, aunque en realidad el grito era mío, pero el miedo lo había dejado atrapado en mi garganta y de ahí ya no se movió. Los gritos descontrolados salían de su boca mientras sus manos, cual auténticos molinos de viento, los dispersaba por todo el habitáculo aéreo, de forma que los que estaban despiertos se despertaron aún más y los que inconscientemente se habían quedado dormidos lo hicieron de golpe.
Tal fue el revuelo que organizó, que el comandante tuvo que salir de la cabina para decirle a aquella histérica que no pasaba nada, que el avión podía seguir volando sin ningún problema y que todo estaba bajo control.
MAB se arañaba la cara mientras gemía profundamente: Pero ¿quién coño está a los mandos, quién coño está a los mandos, quién coño está a los mandos?
Una vez que el avión y la rubia se estabilizaron, me relajé en mi asiento e intenté serenar mi alma, pero los primeros relámpagos que iluminaron el interior me hicieron despertar de mi letargo. Miré por la ventanilla y luego a mi compañero de asiento, que sudaba a mares y trataba de no arrancar los reposabrazos a los que sus manos, cual garras de una fiera salvaje, se aferraban sin piedad. Me preguntaba si resistirían semejante fuerza de la naturaleza cuando MAM miró hacia fuera y chasqueó la lengua.
MAM Pues si no aguantan el envite de sus manos, difícilmente aguantarán el envite de la madre naturaleza, te lo aseguro. La fuerza de la naturaleza es descomunal, un simple rayo... y nos vamos a pique. - Dijo inclinando el dedo pulgar hacia abajo.
Entonces se produjo la apoteosis. Los bandazos que daba el avión en medio de la tormenta hicieron que las mascarillas empezasen a caer del techo. Aquello fue una hecatombe, si algún avión ha estado cerca del desgobierno más absoluto y del amotinamiento total, fue ese en el que me encontraba.
La rubia despampanante fue la cabecilla del descontrol, sus gritos pusieron fuera de sí a los demás pasajeros, y sus carreras por el pasillo del avión buscando una salida de emergencia habrían sido graciosas si yo no las hubiese visto también desde dentro.
Dos azafatos, ahora llamados auxiliares de vuelo, nombre que en este caso les venía al pedir de boca, la agarraron por los brazos, la obligaron a sentarse en su asiento y la amenazaron con atarla si no se controlaba. Medida tan extrema no fue necesaria porque las sacudidas que comenzó a sufrir el avión la obligaron a permanecer sentada. Mientras, mi compañero sudoroso me cogió una mano, la apretó con fuerza y comenzó a rezar.
Cuando salimos de la tormenta, con las mascarillas bailando sobre las cabezas, respiramos aliviados. Claro que entonces no sabíamos que en aquel preciso momento el comandante Daniels estaba enfrentándose a un nuevo contratiempo: el avión se quedaba sin combustible.
Y mientras nosotros, ajenos al nuevo drama que se vivía en cabina, intentábamos no relajar el esfínter para no ser el hazmerreír del resto del pasaje, el comandante se comunicaba con la torre de control pidiendo desesperadamente una pista en la que aterrizar aquel monstruo que en unas pocas horas le había robado varios años de vida.
Tomamos tierra al toque del séptimo de caballería, momento en que mi compañero de asiento decidió soltar mi mano, que recuperó su circulación sanguínea normal. Los últimos acordes de las trompetas nos devolvieron a la realidad, sacándonos del estado de shock en que habíamos caído.
Bajé las escalerillas del avión agarrándome con fuerza a la barandilla porque mis piernas amenazaban peligrosamente con abandonar la función para la que fueron creadas. Pisé tierra en el mismo momento en que mi ángel malo me daba un codazo, me giré y entonces la vi. Por una ventanilla muy pequeña de la cabina de los pilotos, salió una mano sosteniendo un cigarrillo encendido que temblaba de forma incontrolable.
MAM ¡De la que nos hemos librado, nena! Recuerda ese nombre: Daniels, Daniels, Daniels.
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Perdonen por el cambio tan drástico entre un capitulo y otro -_-'
Lo de: MAB (Mi Angel Bueno) y MAM (Mi Angel Malo) sera simplificado para que no sea repetitivo y asi se sepa de quien se trata con facilidad, eso de Angeles (no me convencia mucho) pero he decidido dejarlo, le da un toque divertido a la historia. Yo lo veo como el lado de cada uno posee, ya sabe el bueno y el malo ;3.
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Saludos especiales:
Faby Sama
Lica
Naoki Caos
Y a todos los que leen
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Hasta la próxima
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Gothika
