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Sesshomaru entra en la gran suite de la décima planta del Hotel Náutico, deja la maleta junto a la cama, abre las puertas correderas y sale a la terraza para contemplar las impresionantes vistas.

El hotel había abierto sus puertas el verano anterior; él había supervisado personalmente todos los trabajos de apertura mientras Kagura se pasaba el día tomando el sol en la piscina y lanzando miradas insinuantes a todo hombre con el que se cruzaba. Aquél había sido el último verano que habían pasado juntos. A su vuelta a Moscú había puesto fin a su relación con ella.

Naturalmente, Kagura no aceptó la decisión, y no porque le molestase que la hubiese tomado de forma unilateral, ella tomaba decisiones unilaterales cada vez que le apetecía llevarse a la cama a alguien, sino porque renunciar a Sesshomaru significaba renunciar a lo que más valoraba de él: su cartera.

Una cartera rebosante que la despertaba en mitad de la noche cuando estaba en otros brazos y la hacía saltar de la cama y volver a su lado con la mayor premura.

¿Me estás dejando, Taisho? - había dicho frunciendo sus increíbles cejas negras.

Sí, Kagura, quiero dejarlo.

¡Oh, vamos, no digas tonterías! Tú y yo estamos hechos el uno para el otro, Sesshomaru - Se levantó del sofá y se acercó lentamente a él, que miraba la ciudad tras los ventanales de su apartamento-.

¿Qué pasa, tienes a otra? Ya sabes que yo no soy una mujer celosa. ¿Por qué no seguir como hasta ahora, Sesshomaru? Tú y yo nos entendemos bien - dijo mientras sus manos acariciaban su cintura y su estómago y comenzaban a bajar peligrosamente.

No quiero seguir, Kagura, y espero que lo aceptes. - Se apartó de ella y fue hacia las bebidas, donde comenzó a servirse una lentamente.

Los gritos no se hicieron esperar. - ¡No puedes dejarme! ¡No puedes!

Sesshomaru suspiró profundamente. Las escenas de Kagura ya no le impresionaban, se tomó la copa despacio observando a aquella mujer increíblemente guapa. Siempre le había recordado un poco a la madrastra de Blancanieves, pero en aquel preciso momento tenía más aspecto de madrastra que nunca.

Su pelo negro como la noche, sus impresionantes ojos color carmesí y sus pestañas kilométricas, por no hablar de su escultural cuerpo que le había atraído como un imán desde el mismo momento en que puso sus ojos sobre ella, le conferían el aspecto de una auténtica princesa de cuentos infantiles.

Pero en sus ojos no había asomo de inocencia, en ellos sólo había algo que él conocía bien: ambición. Sí, Sesshomaru sabía ver en los ojos de la gente, y los de Kagura le mostraron su interior en muy poco tiempo, pero cuando pensó en dejarla ocurrió algo que trastocó todos sus planes.

Un rumor, llevado por el viento, atravesó todo Moscú y llegó hasta sus oídos: «El chino se ha encaprichado de Kagura, y jura que no parará hasta conseguirla». Y, dado que Sesshomaru era un hombre rencoroso y vengativo, decidió que no le dejaría vía libre a su "amigo" hasta que le hubiera hecho sufrir un poco.

No quiero seguir contigo, Kagura.

¡No digas tonterías, me necesitas! - gritó ella agarrándole de la camisa.

¡Se ha terminado! -zanjó Sesshomaru, la apartó y salió del apartamento.

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Recorrió el pasillo que le separaba del apartamento de Miroku, quien abrió la puerta con una copa espumosa en la mano y una sonrisa en los labios al ver su cara de entierro.

¿Qué, cómo se lo ha tomado? - preguntó volviendo a la cocina para seguir preparando la cena.

Pues como me esperaba, mal. - Sesshomaru se dejó caer en el sofá con un suspiro.

Ya, bueno, tienes que darle tiempo para que lo acepte.

Kagura no está acostumbrada a que la rechacen. No creo que lo acepte nunca, su orgullo se lo impide, así que lo más probable es que, para salvaguardarlo un poco, esta misma noche se lance alos brazos del futbolista.

¿El futbolista?

Sí, Miroku, el futbolista, el que se ha estado tirando en los últimos meses.

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Sesshomaru respira profundamente el aire de las islas, que tanto le gusta, cuando su móvil comienza a sonar de nuevo. El nombre KAGURA aparece una vez más en la pantalla; rechaza la llamada y se guarda el móvil en el bolsillo. No, Kagura no se da por vencida, y menos ahora, que el escándalo del futbolista, pillado en actitud más que sospechosa con un compañero de vestuario, está copando todas las portadas de la prensa sensacionalista rusa.

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Ante la cinta transportadora y esperando una maleta que no llega, paso un nuevo bochorno, de esos que una no busca pero que aparecen de repente y te dan en toda la cara poniéndotela de todos los colores imaginables.

Y es aquí, ante la cinta del equipaje, donde descubro que la GLOBALIZACIÓN existe realmente, que no es una palabra rara que los eruditos se hayan inventado para parecer más eruditos, no, existe de verdad, y está aquí, ante mis ojos, en forma de maleta. Todas iguales, los mismos colores, los mismos diseños, las mismas cremalleras...

Cuando veo llegar una que se parece a la mía estiro imprudentemente la mano hacia ella. La rubia despampanante que iba en el asiento de delante se lanza hacia mí cual pantera en celo y me la quita de las manos.

Naturalmente, me aparto al momento, no vaya a ser que me lance un zarpazo que me lleve a urgencias en mi primer día de vacaciones, porque lo que tiene no son uñas, sino zarpas. ¿Cómo la habrán dejado subir al avión con semejantes armas de destrucción masiva?

¡Eh! ¿Qué haces? ¡Esta maleta es mía! - me grita con rabia.

Lo siento, es que la mía es igual. - Es lo único que se me ocurre decir mientras no puedo evitar ponerme roja como un tomate ¡Mis colores y yo! ¡Vienen conmigo a todas partes, todo lo que me rodea parece venir a pares!

MAB: Es el signo de la raza humana, hombre-mujer, día-noche, cielo-infierno... Todo en la naturaleza tiene su contrapunto, todo.

MAM: Hasta que se inventaron los tríos, claro.

La veo marcharse sobre sus altísimos tacones mientras me digo que ser tan guapa debería estar prohibido: pelo brillante color rubio, piernas bronceadas e interminables, cinturón ancho, falda escasa... Vamos, lo que se dice una rubia de infarto.

Y mientras el bamboleo de sus caderas hace volver la cabeza a todo hombre que se la cruza, mi poco sobrepeso y yo seguimos ante la cinta transportadora esperando una maleta que no llega. ¿Me la habrán perdido? ¡Ya sería la cereza del pastel para semejante vuelo!

Pero no, el destino ha decidido no darme un nuevo susto: mi maleta se acerca silenciosamente en la cinta, solitaria, tan solitaria como yo. Es tanta la emoción que siento al verla que no puedo evitar una exclamación.

¡Aquí estás! Pero ¿qué te han hecho? Si parece que te haya pasado por encima una manada deelefantes.

MAB: Venga, sé comprensiva, ¿cuánto crees que les pagan a los maleteros? Una miseria. Da gracias de que no te la hayan mandado a China de paseo.

¡Ay, calla, no me lo recuerdes! Las imágenes vuelven a mi mente con la claridad de aquel día.

La madre de Naraku nos había organizado la luna de miel, a las islas Fiyi nada menos, probablemente porque el nombre le pareció muy chic o simplemente porque se dijo que estaban lejos y así nos perdía de vista.

Bueno, fuera por lo que fuese, hacia allí nos dirigimos, y fue en el preciso momento en que descubrimos que una de nuestras maletas había desaparecido, cuando yo comencé a descubrir al hombre con el que me había casado. Ante el mostrador de reclamaciones, Naraku mostró su cara, su verdadera cara, la que yo no conocía, la que yo ni imaginaba. Fue tremendamente impactante verle en estado puro y ... a partir de entonces todo fue a peor.

MAB: Venga, ya está, olvídalo. Ha sido culpa mía por sacar el tema.

MAM: Pero ¿cómo se te ocurre? A ver si controlamos un poquito lo que decimos, que aquí la nena es muy suspicaz.

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¡Buenas noches, señora! - me dice el taxista con una gran sonrisa.

La primera vez que me llamaron "señora" sufrí un shock. Recuerdo perfectamente la cara de quién me llamó de semejante manera, nunca la olvidaré, era un mecánico del taller donde llevaba el coche y me lo soltó así, sin darme tiempo a prepararme.

Me lo quedé mirando un buen rato preguntándome si se encontraba bien; no recuerdo su nombre, pero su cara nunca podré olvidarla, marcó un punto de inflexión en mi vida, el paso de la juventud a la madurez. Son de esas cosas que no se olvidan nunca, como cuando te dicen que los Reyes Magos no existen, aún recuerdo la cara de mi primo y las ganas que tuve de partírsela.

El trauma que me provocó la palabra "señora" es uno de los pocos que he conseguido superar, así que cuando sale por la boca del taxista no me provoca más que una leve sonrisa de aceptación. Y así, aceptando que me encamino hacia los treinta y la realidad que me ha tocado vivir, le doy la dirección del Hotel Náutico mientras mi instinto toma el mando y hace que me gire para comprobar que no nos sigue nadie.

Me decidí por este hotel por sus flores. Sango y yo navegábamos por internet en su casa, como tantas tardes del último año, mientras Hakodoshi leía acurrucadito en el sofá, tapado con una manta, cuando la imagen apareció ante mis ojos y mi cara se iluminó de repente.

Sango estalló en grandes carcajadas porque mi afición por los hoteles es algo que nos tiene sorprendidas a ambas, no sé de dónde me viene, pero ahí está, como mis michelines que se empiezan a formar, necesito hacer ejercicio.

Las flores lo inundaban todo, parecía un auténtico vergel. Y fue mirando aquel entorno tan maravilloso, que alguien había creado de la nada, cuando me pregunté si entre tantas flores no me podría sentir como un hada, con alas y todo. La culpa de semejantes pensamientos no la tengo yo, la tiene mi psicólogo, ese al que me resistía a ir, pero al que Sango, con su insistencia, me llevó casi a rastras.

Y fue en aquella consulta tan austera, donde mi psicólogo, uno de los hombres más inteligentes que he conocido en mi vida, me dijo muy serio: "Necesitas seguridad para que puedan crecer tus alas".

En aquel momento tan trascendental de mi vida, y ante aquel hombre tan serio, mis dos ángeles comenzaron a aletear alegremente sobre mis hombros. Me revolví en el asiento, intentando que se apartasen, pero como no pude conseguirlo, hice lo único que podía hacer, cerré los ojos y asentí lentamente. No he compartido con mi médico la presencia en mi vida de estos extraños seres, ¡no quiero que me incapacite, aún soy joven!

El taxi accede al recinto del hotel bordeando la gran fuente circular en la que cientos de chorros de agua forman extrañas composiciones. Me recibe el sonido del agua y el olor del mar, de las flores, de la noche, de la libertad. Un botones muy sonriente coge mi maleta en recepción mientras mis dos ángeles comienzan su habitual discusión.

MAM: Pero ¿en qué siglo estamos? ¿Siguen existiendo los botones?.

MAB: Pues a mí me gusta, le aportan mucha clase al local, la verdad.

MAM: ¡Menuda tontería! ¿Es que la gente no sabe llevar sus maletas? Por amor de Dios, ¡si ahora todas tienen ruedas!

MAB: No es eso, es una señal de clase, de distinción, de servidumbre, de...

MAM: ¡Oh, cállate de una vez! De servidumbre, dice, vaya tontería.

Les dejo a lo suyo y sigo al botones más sonriente que he visto en mi vida hasta la décima planta. Abre la puerta de mi habitación mientras me pregunto si tendrá algo que ver con lo que anunciaban por internet... Para mi sorpresa, lo que se muestra ante mí es mucho mejor de lo que esperaba.

Más bonita de lo que se veía en las fotos, y no es una simple habitación, más bien parece una auténtica suite. La preside una enorme cama con una colcha de color azul como un mar en calma; en una esquina, dos magníficos sofás, y al fondo, tras las grandes puertas correderas que el botones está abriendo muy ceremoniosamente, está lo que más ansío: una preciosa terraza.

No podría pedir nada más. Una mesa y dos reposeras blancas; a los lados, celosías cubiertas de enredaderas, y al frente, la inmensidad del mar. Y entonces, ante la inmensidad del océano, mientras la brisa despeja mi mente y acaricia mi piel, mientras el olor del mar llena mis pulmones y el aroma de las islas entra en mi corazón y en mi alma, mis diques de contención se rompen y las lágrimas inundan mis ojos.

Han sido tantos meses de cautiverio, tantos meses de miedo, tantos meses de angustia, tantos meses de desasosiego..., que sentirme así, libre al fin, hace que me rompa por dentro. Convertí mi castillo de cuarenta metros cuadrados y sin vistas al mar en mi fortaleza, donde me sentía segura, sí, pero también prisionera, donde mi único compañero de condena era el miedo, ese que todavía sigue ahí, en mi piel, en mis células, en mi torrente sanguíneo.

El miedo más terrible que se pueda sentir aún sigue en mi interior, en mi corazón, en mi alma. Un leve carraspeo a mi espalda me devuelve a la realidad, despido al botones sonriente con una pequeña propina y comienzo a deshacer la maleta.

El camisón que Kaede me regaló cuando me casé aparece ante mis ojos y me provoca una dulce sonrisa. Me desnudo y me lo paso por la cabeza, dejo que la vaporosa tela resbale por mi piel y se ajuste a mis curvas y me siento como una princesa de cuento de hadas. Así decía Naraku que me veía cuando lo llevaba puesto: como una princesa.

Hasta el día en que me lo quitó con furia, lo desgarró y lo tiró al suelo. Naturalmente, nunca volví a ponérmelo, lo arreglé y lo guardé en el fondo de un cajón, atesorándolo como lo que era, una última caricia que Kaede me dejó para acompañar mis sueños cuando ella ya no estuviera.

Mi móvil comienza a sonar y salgo a la terraza con una sonrisa en los labios para hablar con la luz de mi vida, mi sobrina Midori, que a sus trece años recién cumplidos se plantó en mi casa una lluviosa tarde de este invierno diciéndome que tenía que hablarme de algo muy importante. "Tú no estás muerta, Tis, estás viva, y quiero que salgas de esta cárcel y que vivas. Él no tiene derecho, el que debería estar en la cárcel es él, no tú". Midori me bautizó por segunda vez cuando comenzó a hablar, me hizo mucha gracia el nombre que me puso, así que nunca le he pedido que lo cambie.

Escuchar en su boca semejantes palabras me hizo reaccionar y me dio el empuje que necesitaba para romper la rueda en la que estaba girando mi vida sin llegar a ninguna parte salvo al mismo punto de partida.

¡Hola, cariño! - digo tendiéndome en la reposera y encendiendo un cigarrillo.

¿Qué tal por África, hay muchas fieras? Mi sobrina me arranca la primera carcajada de la noche, tras la que sé llegarán muchas más, no he conocido niña más ingeniosa y divertida que ella, y además es una preciosidad.

¡Parece mentira que lleve mi sangre! Oh, vaya, si mi psicólogo me oyese diría que deje de infravalorarme. Ella y Sango son las únicas personas que saben mi verdadero destino de vacaciones, sé que Naraku me vigila, así que he hablado de mis vacaciones en África a todo el que ha querido escucharme.

Esto es una delicia, Midori, ojalá estuvieses aquí.

¡No sabes cuánto me gustaría! - dice con un profundo suspiro porque las matemáticas le han arruinado el verano.

¿Qué tal en la academia?

Bien, Tis, en la academia bien, lo malo es en casa. Mi madre me va a volver loca. Si no me ha dicho ya mil veces que se han quedado sin vacaciones por mi culpa, no me lo ha dicho ninguna.

Pues, aunque te moleste oírlo, tienes que reconocer que ésa es la realidad.

Pero no tiene por qué ser así, ellos podrían irse y yo...

Tú tienes trece años, Midori, no puedes quedarte sola y lo sabes. - El silencio al otro lado me confirma que mi sobrina, en el fondo, es responsable -. Lo que no acabo de entender es que hayas suspendido precisamente las matemáticas, tú siempre has sido muy buena en esa asignatura.

Oh, bueno, es que este año... he tenido una distracción, Tis... ¡Una distracción con la que no contaba! - me dice bajando la voz-. ¡La culpa la ha tenido el profesor!

¡Ya, la culpa siempre es del profesor!

No, Tis, de veras, la culpa ha sido suya, sólo suya.

¿Por qué? ¿No explicaba bien?

Pues..., la verdad..., no lo sé.

¿Cómo que no lo sabes, Midori, no ibas a clase?

Sí, claro que iba, pero... no me enteraba de nada.

¿Por qué? Midori..., ¿no habrás probado las drogas? - digo incorporándome asustada.

No, nada de eso, no he probado ninguna droga, te lo prometo. Suspiro profundamente aliviada.

Tis, tú siempre me has entendido, y yo... siempre he confiado en ti, pero no sé si debo contártelo...

Midori, cariño, me estás asustando.

Oh, no, tranquila, si en realidad no es nada malo, creo. Yo... no se lo he dicho a nadie, no me he atrevido, aunque alguna vez he estado a punto de contártelo, pero al final me dio mucha vergüenza y no me atreví.

Midori, por Dios, me va a dar un ataque al corazón, ¡dímelo de una vez!

A ver, te lo voy a contar para que no te pongas paranoica y porque... por teléfono no me da tanta pena. ¡Ahí va! Verás, este año mi profesor de matemáticas no ha sido el mismo que el del año pasado.

¿No has tenido a El viejo?

No, ése pasó a mejor vida.

¿Qué? ¿Se murió?

No, se jubiló. Bueno, pues el que ha venido a sustituirle es el profesor más guapo de todo el instituto, Tis.

¡Ay, Dios! ¿No te habrás liado con un profesor?

No, no me he liado con él, pero ha tenido en mí un efecto... inesperado.

Ya entiendo, te has enamorado.

No, Tis, no me he enamorado..., me he tocado.

Abro los ojos asombrada mientras en mi pecho se forma una carcajada de alivio que dejo salir como un torrente, como una catarata, como un gran salto de agua que libera mis nervios oprimidos por la preocupación.

¡Por el amor de Dios, Modoriii! ¡Qué susto me has dado! ¡Menos mal!

Entonces... ¿no estás enfadada conmigo, Tis? ¿Lo entiendes?

Pero ¿cómo voy a estar enfadada, cariño? Lo que te pasa es normal, totalmente normal, has descubierto tu cuerpo y disfrutas de él. No tiene nada de malo, cielo.

Mi querida Midori suelta un gran suspiro de alivio al otro lado y entonces recuerdo la angustia de los trece años, cuando descubrí mi sexualidad por primera vez, el miedo, las dudas, las extrañas sensaciones que mi cuerpo me proporcionaba sin que yo supiera por qué. ¡Oh, mi pequeña princesa se ha convertido en mujer y no tiene con quién compartir sus sensaciones! Me enternece el corazón que me haga depositaria de sus miedos más íntimos.

¿Sabes? Yo no sabía lo que me estaba pasando, pero luego me metí en internet y me enteré de todo, y en internet dicen que no es nada malo.

Claro que no es nada malo, Midori al contrario. ¡Ojalá me lo hubieses contado antes, mi vida! ¿Tú madre no te había dicho nada?

¡Oh, Tis! - exclama mi sobrina, ya libre de tabúes-. ¡La muy puritana no me había explicado nada! ¿Te lo puedes creer?

Bueno, tu madre es un tanto... pudorosa.

¡Pudorosa, dices! ¡Qué magnánima eres! Mi madre es una santurrona de misa diaria, dudo mucho que haya tenido un orgasmo en toda su vida y probablemente no sepa ni dónde tiene el clítoris. Bueno - añade cuando la risa la deja hablar de nuevo- pues como he leído en internet que el chocolate es el mejor sustituto del sexo, y dado que tú aún no has encontrado pareja, te he metido en el fondo de la maleta unas tabletitas de ese que tanto te gusta, el dulce de leche.

¡Oh, Midori! Procura que tu madre no te oiga hablar así, cariño, le daría un infarto.

¿Un infarto? Me llevaría ante el cura de la parroquia para que me practicara un exorcismo, ¡seguro!

Al otro lado de la celosía, un hombre que había salido a fumar se ha quedado con el cigarrillo a medio camino de la boca, escuchando su risa. Se acerca y, apartando las hojas de las enredaderas, la mira.

¡Oh, Señor, una mujer con curvas! Recorre sus brazos bien torneados y sus deliciosas piernas mientras el viento revuelve sus cabellos azabaches y los últimos rayos de sol parecen prendidos en sus ondas. ¡Por fin una mujer de verdad! ¿Dónde está esa risa?... ¡Ríete para mí otra vez, por favor ¿Cómo serán tus ojos? Pero ¿quién eres tú, risa bonita, quién eres?

¡Uy, pero qué escalofrío me ha entrado de repente! Qué cosa más rara..., si hace calor... Bueno, lo mejor será que termine de deshacer la maleta y coma un poquito de ese chocolate tan rico. ¡A falta de sexo...!

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Sesshomaru está preparando la segunda copa de la noche mientras Miroku sigue un partido por televisión cuando oyen el primer grito. Miroku apaga la tele y Sesshomaru deja el vaso sobre la mesa cuando oyen el segundo. Abre las puertas de la terraza cuando el tercero les llega claro como la noche.

Es en la habitación de al lado - susurra Miroku.

Apaga la luz - indica Sesshoamru saliendo a la terraza. En la oscuridad de la noche ven cómo se encienda la luz en la habitación. Se acercan sigilosamente hasta la celosía y, apartando las hojas de las enredaderas, la ven salir tambaleante, descalza y en camisón; el viento revuelve sus cabellos y su cuerpo no para de temblar.

Camina insegura hasta el borde de la terraza, donde se agarra con fuerza e intenta respirar profundamente. Entonces el llanto brota como un torrente, las lágrimas recorren su cara mientras gemidos de angustia salen de su pecho. Las piernas dejan de sostenerla y se va escurriendo hasta quedar sentada en el suelo; se abraza las rodillas haciéndose un ovillo mientras sus hombros se estremecen por el llanto, que parece no tener fin.

Oh, Señor, ¿es que nunca me voy a librar de ti, Naraku? - dice en susurros-. Pero ¿qué me has hecho, en qué me has convertido? - Levanta la cabeza y mira las estrellas-. ¿Hasta cuándo vas a estar en mis sueños, Naraku, hasta cuándo? -dice tapándose la cara con las manos y llorando más fuerte-. ¡Vete, vete, vete, déjame en paz, por favor, por favor, por favor...!

Miroku y Sesshomaru no se mueven de dónde están mientras ella sigue llorando desconsoladamente. Cuando el llanto da paso al agotamiento, se levanta despacio y vuelve a entrar. Ellos regresan a la habitación con el mismo sigilo con el que salieron. Miroku enciende las luces y mira a Sesshomaru, que se ha quedado en medio de la suite con las manos en las caderas y muy concentrado en sus pensamientos.

Caray, me temo que no vas a poder dormir mucho, Sesshoamru - dice cogiendo el vaso de la mesa y bebiéndoselo de un sorbo-. ¿Quieres que pida que la cambien de habitación?

No, ni mucho menos.

¿No?

Miroku..., esa mujer... quiero saber quién es - dice acercándose a las bebidas y preparándose otra copa.

¿Quieres conocerla? - Miroku levanta las cejas sorprendido.

Sí. Esta tarde la oí reír y tiene la risa más bonita que he escuchado nunca. Quiero conocerla... Quiero saber quién la hace llorar.

¿Te gusta?...

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Saludos especiales a:

Naoki Caos

Faby Sama

Lica

Y a todos los que leen

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Hasta la próxima.

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Gothika