Me llaman desde el cuarto de baño, y tan pronto mis ojos los ven, comienzan a pestañear con rapidez, intentando percibir como real lo que saben que no lo es. MAB está escondido tras la mampara de la ducha con una máscara antigás. MAM está sentado en el váter fumándose tranquilamente un cigarro.

Me dejo caer en una silla mientras mis ojos buscan con desesperación el neceser, donde guardo mi pequeño alijo de cordura. Pero cuando estiro la mano en busca de la pastilla que recomponga mis alterados nervios, mi ángel malo comienza a chasquear la lengua.

MAM: Eso no te servirá absolutamente de nada, seguiremos aquí te tomes las pastillas que te tomes, así que es mejor que no pierdas el tiempo. Tenemos que hablar contigo, bueno, tengo que hablar contigo, porque ése se ha vuelto un poco aprensivo y ya ves a qué extremos llega. Me temo que es un caso perdido, cuando volvamos tendré que pedir otro compañero — dice, muy serio, dando una profunda calada — Hemos estado valorando la situación que te ha traído hasta aquí y hemos llegado a algunas conclusiones que queremos compartir contigo… que quiero compartir contigo.

Entierro la cara entre las manos mientras siento que mi corazón se salta varios latidos y en mis piernas empieza a aparecer un conocido hormigueo.

MAM: No te sugestiones que será peor, si piensas que vas a tener un ataque de pánico ten por seguro que lo tendrás. Echa la cabeza hacia atrás y respira despacio, aceptando que estamos aquí y que no nos vamos a ir hasta que nos escuches. Desde que hemos llegado a las islas has estado intentando espantarnos como si fuéramos molestos mosquitos, y no los somos. Supongo que no debe de ser agradable tenernos cerca todo el día, sobre todo a ése, pero es lo que hay, y yo ya estoy un poco harto de tener que hacerme un sitio en tu vida para que me escuches, así que me vas a escuchar de principio a fin ¿Entendido?

Asiento, tiene la mirada tan vidriosa que no me atrevo a llevarle la contraria por muy imaginario que sea.

MAM: Bien, pues aprovechando la claridad que proporcionan algunas drogas a la mente, como esta que tengo entre mis dedos y que tanto estoy disfrutando, he puesto a trabajar mi materia gris, cual, si fuera Sherlock Holmes, para localizar el origen del problema y proponerte una solución. Tu problema se llama Naraku, y hasta que Naraku no desaparezca de tu vida, el problema no se resolverá, así que la solución es fácil: ¡tienes que matar a Naraku!.

MAB: ¿Te has vuelto completamente loco? ¿Quieres, que acabe en la cárcel? ¿Cómo se te ocurre decirle semejante barbaridad? — grita al tiempo que se quita la máscara antigás y la lanza por los aires.

MAM: No es ninguna barbaridad. O lo hace ella, o él se la cargará tarde o temprano, así de claro.

MAB: La solución a un conflicto nunca puede ser la violencia. La violencia sólo engendra más violencia, lo sabe todo el mundo, hasta tú deberías saberlo.

MAM: La violencia, mi querido amigo, está justificada en un caso: en el de defensa propia.

MAB: Pero tú no le dices que se defienda, le dices que lo mate.

MAM: Es que para defenderse de él se lo tiene que cargar. Naraku es como una serpiente que sólo dejará de moverse si le cortas la cabeza, así que…hay que cortársela.

Ya no puedo seguir escuchándolos, me levanto tambaleante y salgo del baño en medio de una bruma de humo que me parece totalmente real. Y con «mi sombra» a la espalda me dirijo a los ascensores con paso inseguro. ¡Matar a Naraku! Pero ¿qué clase de ángeles me ha enviado el cielo? ¿Esto no será una interferencia del demonio que quiere hacer de las suyas y divertirse un rato a mi costa? ¡Oh, Dios, tengo la cabeza a punto de explotar! En el vestíbulo me lanzo hacia las grandes puertas giratorias, necesito aire, pero «mi sombra» se interpone entre ellas y yo y, levantando las manos, me para en seco.

No debe salir del hotel, no es seguro.

Estoy al borde del llanto, así que me lanzo hacia el jardín interior intentando serenar mi mente del esperpento que acabo de presenciar. Un teléfono suena tras un árbol. ¡Ahí está Sesshomaru preguntando dónde me he metido! Uno de los hombres de negro le contesta en voz baja y en su extraño idioma mientras sigo caminando por este paraíso en busca de un lugar alejado donde poder serenar mi alma. Me siento en un banco y enciendo un cigarrillo. ¡Matar a Naraku!

¿Sería yo capaz de hacer algo así? Me da la risa sólo de pensarlo. Cada vez que le tengo cerca me cuesta trabajo hasta respirar, así que imaginarme echándome sobre él y acabando con su vida no hace sino provocarme una gran risa, risa que naturalmente desemboca en un llanto incontrolable. Los nervios son así.

Cuando los nervios me dan una tregua, probablemente porque ya no tienen energías suficientes para seguir descontrolando más, vuelvo a entrar y me acomodo en la barra del bar. Mientras me tomo mi relajante particular, observo la ebullición en la que el hotel está sumergido. Se preparan para la gran fiesta espectáculo de esta noche y todo el mundo parece muy atareado. Primero habrá una cena, tras la que actuarán malabaristas, magos y payasos para los niños, a lo que seguirá un baile. Están montando los escenarios en la zona de las piscinas, y la recepción es un trajín de gente yendo y viniendo sin descanso, cuando veo aparecer a Shoga.

¿Te puedo acompañar? Necesito un café.

Claro, siéntate. ¿Y los niños?

Kana está en la peluquería. He tenido que comprarle un vestido nuevo para la fiesta y ahora quiere que le hagan un peinado de princesa. No sé cómo darte las gracias, Kag, de verdad, has sido un auténtico ángel. Kana te adora y el cuento de princesas ha sido la cereza del pastel; anoche me dijo que quiere que seas su profe el próximo curso porque tú le enseñarás a leer, y ha amenazado con no ir al colegio en caso contrario. Vas a tener que hablar con ella de ese tema… — dice en un susurro — Y Shippo… ¡Oh, eso es lo más increíble de todo! ¡Shippo está leyendo! No ha soltado el libro desde que lo abrió. ¿Tú sabes las veces que le he dicho a mi hijo que lea? Estoy harta de repetírselo. En el colegio nos han dado una lista de libros juveniles, se los he comprado todos y no ha abierto ninguno y llegas tú y… ¡zas, suena la flauta! ¿Cómo lo haces? Debes de ser una maestra increíble. Qué pena que no puedan estar contigo, qué pena.

Muchas gracias — digo poniéndome roja como un tomate — Me encantan los niños, y la verdad es que los tuyos son estupendos.

Tú sí que eres estupenda — dice con un profundo suspiro — ¿No tienes hijos?

No.

Bueno, ya los tendrás. Y hablando de ESO. ¿Dónde está él?

Pues ya debería estar aquí, parece que esta retrasado. Tenía una reunión con el director del hotel.

A ese hombre le gustas de verdad, Kagome. — Le miro anonadada — ¡Oh! No me mires así, salta a la vista que está loco por ti. Por cierto, ten cuidado con esa rubia que anda por ahí pavoneándose. Si se le presenta la más mínima oportunidad, se le lanza a la yugular.

Sí, el otro día lo intentó en el ascensor y delante de mí.

¡Pero qué asquerosa es!

Nos giramos en los taburetes al oír a los lejos una vocecilla inconfundible. Kanna llega de la mano de su hermano pegando brincos como un saltamontes y con unos adornos en el pelo que la hacen parecer una auténtica princesa de cuento; está sencillamente hermosa.

¿Por qué no ha ido papá a recogerla? — pregunta la madre.

No lo sé — dice Shippo dedicándome una tímida sonrisa — Dijo que tenía trabajo y me pidió que me encargara yo. No me lo vas a creer, mamá, me lo pidió POR FAVOR.

¿Cómo que tenía trabajo? ¡Si estamos de vacaciones!

Ya, pues dijo que era urgente.

No habría ninguna rubia cerca, ¿no?

¡Vamos, mamá, no digas locuras! — protesta el niño sacudiendo la cabeza — ¡Ya me he terminado el libro! — me dice un poco colorado.

¿Y qué tal, te ha gustado?

Sí, me ha gustado mucho, está genial ¿Conoces otro que esté bien?

La madre se gira en el taburete para que no vea su boca abierta y sus ojos desorbitados.

Claro, puedo recomendarte algunos títulos. ¿Quieres anotarlos? — Shippo comienza a hacerlo con no muy buena letra — Oye, puede que unos te gusten y otros no, los libros son como la fruta, a veces tiene muy buena pinta por fuera y luego no sabe a nada.

Alguno de estos creo que lo tengo en casa. Mamá, este que no tengo ¿lo puedo comprar?

Sí, hijo, claro que sí, puedes comprar todos los que quieras — responde la madre, y acto seguido llama al camarero y se pide un coñac doble. Tengo que hacer esfuerzos para contener la risa.

¿Cómo se llama ese libo, Shippo? ¿Es de pincesas? — pregunta Kanna

¿Cómo va a ser de princesas? ¡Eso es de chicas! Se llama Momo… ¿De qué trata, Kag?

Es de fantasía, de imaginación, de extraños mundos que habitan en nuestro planeta y de seres aún más extraños todavía.

¿Como Harry Potter? — pregunta abriendo mucho los ojos.

Bueno, no exactamente, cada libro es diferente. Por cierto, Shippo, ¿has leído los libros de Harry Potter?

No, porque ya he visto las pelis. Están genial.

Pero los libros son siempre mucho mejores que las películas…

¿Ah sí? ¿Por qué?

Porque cuando ves una película, ves lo que ha imaginado otra persona, el director de la peli, pero cuando lees un libro tu imaginación tiene el poder, tú tienes el poder de imaginarlo todo como quieras, como a ti te guste.

Entiendo, claro, vale, creo que voy a ir a la habitación… Creo que tengo uno de Harry Potter allí. ¿No, mamá?

Sí, hijo, sí — dice la madre dándole un buen sorbo a su copa de coñac — Te lo regalé por tu cumpleaños, hace seis meses, está en el fondo de la maleta. Lo metí por si nos encontrábamos con un hada que te tocara con su varita mágica y te decidías a leerlo… Y la hemos encontrado, ¿verdad?

¿Un hada? ¿Dónde, dónde hay un hada? — pregunta Kana, extrañada, mirando a su alrededor.

Las puertas de los ascensores se abren y de él salen el padre y Sesshomaru charlando animadamente.

Mira qué parejita viene por ahí… — dice la madre, intrigada, terminándose de golpe su copa — ¿Qué demonios está pasando aquí, Kag?

¿Cómo podría explicárselo en pocas palabras? Es imposible. Reunión con el director, Sesshomaru, policía secreta. Creo que aquí todo el mundo está al tanto de mis problemas menos ella. Kana se lanza a los brazos del padre, que la cogen al vuelo mientras su hermano se va hacia los ascensores rumbo al desconocido y fascinante mundo de los libros. Sesshomaru me rodea dulcemente con sus brazos y me da un beso mientras la madre nos mira a todos como diciendo: «¿Y yo qué? ¿A mí nadie me quiere?».

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Comemos en un restaurante del paseo marítimo y tomamos café en una preciosa plaza blanca rodeada de grandes estatuas. No como mucho, desde que Naraku ha vuelto a aparecer en mi vida no soy la misma. Sesshomaru me mira preocupado mientras me cuenta historias de cuando era pequeño y tampoco le gustaban los libros. Me encanta oírle hablar con esa voz tan grave y tan profunda y ese acento que le hace parecer de otro planeta. Oh, mi querido ruso… ¿Quién me iba a decir que te iba a conocer y que iba a… a… sí, tengo que decirlo, que me iba a enamorar de ti?

Se me llenan los ojos de lágrimas y deja de hablar, me toma entre sus brazos mientras una sorprendida camarera que ha salido a recoger una mesa se queda quieta, con las tazas en la mano y mirándole asombrada. ¡Oh, sí, mi maravilloso ruso es un hombre muy guapo y huele tan bien…! Hundo la cara en su cuello y aspiro su aroma, me embriaga su olor. Cierro los ojos y la imagen de un niño ruso arando los campos con sus padres llena mi mente. Suspiro profundamente y me calmo entre sus brazos.

Me lleva a la habitación, donde me lanzo a su cuello y mis labios recorren su piel con desesperación. Me toma entre sus brazos y me tiende sobre la cama. Le necesito tanto, le deseo tanto, necesito su amor, su olor, su cuerpo, su pasión. Comienzo a desabrocharle la camisa con prisa y él me mira atentamente, creo que puede ver en el fondo de mi alma, sí, ve mi deseo desatado y, sin quitarnos el resto de la ropa, me sube la falda, se desabrocha el pantalón, aparta mi ropa interior y me penetra hasta el fondo. Con una suavidad maravillosa me acaricia por dentro y entonces me doy cuenta de que eso es justo lo que me vuelve loca cuando me entrego a él: su cuerpo no me folla, su cuerpo me ama.

¡Te quiero, Sesshomaru! — Las palabras no salen de mi boca, salen directamente de mi alma.

Me toma en sus brazos y me acaricia por dentro y por fuera, me besa como si en ello le fuese la vida, mi boca ya no tiene secretos para él, mis pezones se endurecen con el contacto de su cuerpo, mi piel es sensible a cada una de sus caricias, a cada beso, a cada mordisco. Hunde sus manos en mi pelo y me mira a los ojos mientras entra y sale de mi interior suavemente, enlazo mis piernas en su cintura porque no quiero que se separe ni un milímetro de mí.

¡Yo también te quiero!

Pero la larga sombra que me persigue no está dispuesta a abandonar su objetivo, y mientras me entrego a la pasión más desenfrenada con un hombre venido de otro mundo para hacerme estremecer de placer, ella sigue su camino inalterable poniendo un pie delante del otro, acercándose peligrosamente y acorralándome como un auténtico animal de la sabana africana en busca de su presa.

Todas mis alertas se activan cuando Miroku llama a la puerta. Sé que no nos molestaría si no fuese importante, y la cara de mi querido ojos dorados cuando vuelve a la cama intentando aparentar que no pasa nada me lo confirma.

¿Qué pasa?

Nada — dice con una pequeña sonrisa.

¿Qué quería Miroku?

Nada, no te preocupes.

Pasa algo, Sesshomaru — digo mirándole muy seria — Si no me lo cuentas, sí que me preocuparé.

No tienes que preocuparte de nada, yo me ocupo de todo.

Sesshomaru… la base de una relación es la confianza. Si no somos sinceros el uno con el otro, no habrá confianza, y sin confianza… no hay nada.

Sus ojos se clavan en los míos y me acaricia suavemente el hombro.

Naraku está aquí.

¿Aquí? — digo incorporándome y mirándole asustada — ¿En el hotel?

No, en el hotel no, está en la isla, llegó ayer por la noche. — Se sienta y me acaricia los brazos — Está en el Windsurf, en la habitación 409, ha hecho una reserva para varios días. — Me mira muy serio y sacude la cabeza con desazón — No debería habértelo dicho, te has puesto nerviosa.

Sí, me he puesto nerviosa, no lo puedo evitar, pero te agradezco que me lo digas… Necesito saberlo, por favor… no me ocultes nada, te lo ruego.

Me pongo la bata y salgo a la terraza a fumar. ¡Naraku ha encontrado mi madriguera! ¡Ya la ha encontrado! Sabía que sólo era cuestión de tiempo, pero el saberlo no disminuye el miedo que siento. Me pregunto cuándo aparecerá ante mí para reclamar lo que cree que es suyo. Me quedo contemplando este mar que la vida ha puesto ante mis ojos mientras oigo que Sesshomaru sale tras mis pasos y se sienta en la reposera; no dice nada, sólo me observa atentamente.

Dime, Sesshomaru, ¿se ve desde aquí ese hotel?

No.

Apago el cigarrillo y me acerco a él, mis ojos recorren su cuerpo desnudo maravillándome una vez más de lo que tengo delante, desato la bata despacio mientras sus ojos me miran asombrados y me tiendo sobre él. Mis manos le recorren en lentas caricias, mis dedos se enredan en el vello de su pecho que tanto me gusta y huelo su piel mientras mis labios dejan sobre ella millones de besos. Bajo por su cuerpo hasta llegar a su sexo, excitado, duro, caliente, lo beso, lo acaricio y me lo meto en la boca mientras la suya se abre con un gran gemido de placer. Muevo mi lengua alrededor, y él, loco de deseo, no deja de pronunciar mi nombre entre gemidos.

Avísame, cariño — le digo, y sigo chupándolo y lamiéndolo como si fuese el festín más fantástico que me he dado nunca. ¡Y es que, desde que le conozco, sólo tengo hambre de él!

¡Para, nena, para!

Le saco de mi boca y sigo con la mano hasta que mi maravilloso ruso se corre impregnando mis pechos con su semilla. Sus gemidos me dejan extasiada. Cuando termina de estremecerse, me tiendo sobre él, que me abraza fuerte y me besa con pasión.

¡Oh, Kagome, me vuelves loco!

Te quiero, Sesshomaru, y nada ni nadie podrá cambiar eso.

Cuando salgo de la ducha, una preciosa caja con un gran lazo amarillo me está esperando sobre la cama. ¡Oh, mi querido ruso! Dentro hay un precioso vestido negro de lentejuelas, con la espalda descubierta y un tacto delicioso. Pero al mirar la etiqueta veo que no es de mi talla. ¡Menudo problema! Al lado, otra caja con unas preciosas sandalias negras. No doy crédito a lo que veo. ¿Cómo puede ser tan detallista y… tan espléndido?

¡Esto debe de haber costado una fortuna!

¿Te gusta? — pregunta entrando de la terraza.

Me encanta, es precioso. — ¡Pero qué desconsiderada soy! Lo he abierto sin esperarle. Me pudo la curiosidad.

Bien. — Me da un suave beso en los labios — Quizás fuese más apropiado un vestido largo, pero no quiero que te tapes esas fantásticas piernas que tienes. Ve vistiéndote, yo tengo que salir un momento.

¡A ver cómo hago para meterme en este vestido! Pero, sorprendentemente, me queda perfecto, me miro en el espejo y no podría verme más guapa.

MAB: Pues sí, estás impresionante.

MAM: Es lo que tiene tener mucho sexo, que adelgaza.

Me estoy arreglando en el baño cuando los oigo entrar, sus voces se pierden en la terraza hablando en su extraño idioma y hacia allí me encamino llevada por la curiosidad más absoluta y el mayor de los nerviosismos.

¿Qué pasa?

Estás preciosa, nena — dice Sesshomaru dándome un beso.

Dime qué pasa.

Nada de lo que debas preocuparte — responde dándome otro beso.

Quiero saber qué pasa — digo frunciendo el ceño — No quiero que me dejes al margen. Sé que lo haces para no preocuparme, pero no saber me causa más preocupación todavía. Necesito que me cuentes qué pasa con Naraku.

No — dice mirándome muy serio — Creo que es mejor que no lo sepas. Yo me ocuparé de esto a mi manera.

Pero… no tienes por qué — replico también muy seria — Esto es asunto mío y debo resolverlo yo.

No — Se pone las manos en las caderas y me mira tremendamente serio — Tú no puedes resolver esto, Kagome, no puedes.

Pero es mi problema, Sesshomaru, tengo que enfrentarme a ello, tengo que…

¡No! — me interrumpe con voz dura — Ese hombre no está bien de la cabeza, Kag, yo me ocuparé de él, sé cómo tratar a los hombres como ése.

Sé que tú puedes lidiar con Naraku, Sesshomaru, lo sé, pero no quiero que lo hagas, esto es asunto mío y tengo que resolverlo yo, no tú. — Menea la cabeza con tozudez, le acaricio los brazos con suavidad — Sesshomaru, yo… tengo que tomar mis propias decisiones, aunque me equivoque… Tengo que hacerlo, necesito que lo comprendas, por favor.

No, no lo comprendo y no lo comprenderé por mucho que me lo expliques.

Pero no tienes derecho a ocultarme nada, es mi problema y quiero saber lo que ocurre.

¡Tengo todo el derecho, Kagome!

¡Y yo tengo derecho a saber qué pasa!

Nos quedamos frente a frente, retándonos, mientras Miroku revolotea a nuestro alrededor diciéndole sabe Dios qué en su extraño idioma.

Naraku tiene una invitación para la cena de esta noche — dice Sesshomaru mientras Miroku resopla desesperado — La consiguió hace unos días por medio de unos amigos y tiene toda la intención de venir, pero no debes preocuparte porque no pasará de la puerta.

Sesshomaru, espera, espera, espera — digo acariciando suavemente sus brazos — Escúchame, por favor, escúchame. Una vez me dijiste que al peligro no se le debe dar la espalda, que hay que mirarlo de frente. Tú… puedes evitar que Naraku se presente hoy aquí, pero ¿y mañana?, ¿y pasado mañana? No puedo seguir escapando de él eternamente, Sesshomaru, ya lo he hecho durante mucho tiempo y lo único que he conseguido es tener más y más miedo. No quiero seguir teniendo miedo. Por favor, Sesshomaru, no lo hagas, por favor, deja que venga, tengo que enfrentarme a esto de una vez por todas, por favor, por favor. — Le acaricio la cara; sus ojos, tan brillantes como siempre, están clavados en los míos.

¡Ni se te ocurra! — exclama Miroku al verlo dudar —. ¿Te has vuelto loco? ¡No podemos dejarlo entrar!

Por favor, Sesshomaru, por favor — digo acariciando su cara sin hacer caso de los aspavientos de Miroku — No me pasará nada estando contigo, no podrá hacerme nada, y yo… necesito enfrentarme a él, lo necesito, o esto no se acabará nunca, por favor, por favor…

¿Estás completamente segura de que eso es lo que quieres? — me pregunta muy serio.

¡Mierda! — exclama Miroku.

Sí, es lo que quiero porque es lo que tengo que hacer.

Bien, lo haremos a tu manera. Pero si la cosa se complica, yo tomaré las riendas.

Podrías haber controlado un poco tus palabras — dice Miroku, muy enfadado — ¿Cómo se te ocurre decirle que al peligro hay que mirarlo de frente? Por cierto, ésa es una frase de mi abuela.

Con ella, Miroku, pierdo el control en aspectos que ni te imaginas.

Maldición, Sesshomaru esto no va a salir bien…

¡Lo sé! Refuerza la vigilancia.

El comedor está precioso, decorado con guirnaldas de flores y globos de colores que hacen las delicias de los más pequeños, las mesas son grandes y están dispuestas con una preciosa vajilla. Sus hombres están colocados estratégicamente y el jefe de seguridad aparece a cada momento para comprobar que todo va bien. No podría sentirme más protegida y arropada, y aun así tengo miedo. Compartimos mesa con la familia y, mientras Kana ameniza la velada con su personalidad parlanchina y vivaracha, Sesshomaru no pierde detalle de quién entra y sale.

A los quince minutos del comienzo de la cena, ELLA hace su entrada triunfal. La diosa rubia está sencillamente despampanante con un vestido verde oliva que le sienta a la perfección y la cabellera recogida en un elaborado moño que espero no le hayan hecho en la peluquería del hotel. A su lado, también vestido de etiqueta…, mi ex marido.

Mi cuerpo reacciona ante su visión de la forma en que él me enseñó: con miedo. Me pongo rígida y aparto las manos de los cubiertos, no quiero que me vea temblar. El miedo es un ser extraño que, cuando llega, lo inunda todo. No importa que estés en una cámara acorazada dentro de un refugio nuclear; él lo atraviesa. Y no importa las armas que tengas para defenderte; cuando entra, es inmune a todas. Pero lo peor del miedo es la sensación de impotencia que te queda cuando has mantenido con él una lucha cuerpo a cuerpo, la sensación de derrota que te embarga cuando le ves marcharse sonriendo, sabedor de que una vez más te ha dominado y te ha ganado. Porque el miedo, una vez consigue entrar, siempre gana.

Tres mesas me separan de mi ex marido, sólo tres mesas que parecen todo un mundo y sobre las que la energía que nos unió sigue fluctuando con la intensidad de entonces y tan descompensada como entonces. En mi dirección llegan el odio, la rabia, el rencor y la venganza; en la suya sólo llega el miedo. La sonrisa que aparece en sus labios me demuestra que lo siente, que le atraviesa la piel y se le mete en las venas; igual que entonces. La diosa rubia toma su cara entre las manos y le besa, pero, aunque sus labios le responden, sus ojos siguen posados en los míos.

No creo que ella tenga ni idea de a quién tiene a su lado; si no fuera por lo mal que me cae, podría llegar a sentir pena por ella porque ni se imagina de lo que Naraku es capaz. Ajena a mis pensamientos, la diosa rubia acaricia su cara, su hermosa cara. Sí, tengo que reconocer que Naraku es un hombre muy guapo, pero el rictus de su boca le da una expresión de crueldad que nunca había sido capaz de ver hasta ahora. Se lleva una copa de vino a los labios, vuelve a mirarme fijamente y por primera vez consigo sostenerle la mirada.

La fuerza para semejante logro me la proporcionan los casi cien hombres que velan por mí esta noche, por no hablar de mis dos ángeles que, como auténticos espadachines salidos de una novela de Pérez-Reverte, han desenvainado sus sables y los mueven en el aire buscando el mejor ángulo para clavárselo al hombre que decía amarme.

Sesshomaru me toma una mano, la acaricia lentamente, se la lleva a los labios y la besa despacio. La tensión que percibo en el cuerpo de Naraku es inmediata: apoya los brazos sobre la mesa como si estuviese haciendo auténticos esfuerzos para no saltar y lanzarse por nosotros; me recuerda a un animal africano. Es curioso que ahora me acuerde de África, allí es donde debería estar en este momento, pero aquí estoy, intentando poner en orden mi vida, una vida que un Dios ruso ha puesto del revés y que un ex marido malnacido intenta convertir de nuevo en un infierno.

La cena llega a su fin, la gente comienza a abandonar las mesas en dirección al espectáculo, cuando mi ex marido se levanta y, tomando a la diosa de la cintura, camina hacia nuestra mesa. Tan pronto da el primer paso, un ejército de hombres, con Sesshomaru a la cabeza, me rodean silenciosamente; el policía desnudo también se pone firme; dos de los muchachos se colocan a mi espalda y otros cuatro tras la de Naraku, ajeno por completo a este despliegue de hordas que me protegen. Pero a pesar de estar protegida, no puedo evitar sentir miedo. Él encarna todos mis miedos concentrados, con él aprendí a temer, con él dejé de desear, con él aprendí a perder, con él dejé de amar.

MAB: ¡Vaya! Podrías hacer una canción con esa rima.

Sé que lo dice para desdramatizar el momento y se lo agradezco. MAM intenta ponerle una zancadilla a Naraku para que estampe su cruel cara contra el suelo, pero, aunque mi imaginación es mucha, aún no ha conseguido llegar tan lejos.

¡Qué sorpresa encontrarte aquí, Kagome! — dice con una maliciosa sonrisa, apretando la cintura de la diosa rubia, que sonríe ampliamente — Te presento a Sara, es modelo, y de las buenas. Nos conocimos hace un par de días, aquí en la isla. ¿No te parece que han sido dos días maravillosos, Sara?

MAM: ¿Se puede ser más hijo de puta que este pedazo hombre?

Sara, cielo, te presento a mi ex mujer — prosigue con una sonrisa triunfal viendo la palidez de mi rostro — Veo que tú también estás acompañada, Kag. ¿No me presentas a tu amigo?

NO.

¿Cómo dices?

HE DICHO QUE NO.

¿Cómo qué no? ¿Por qué no? — dice subiendo el volumen de su voz.

PORQUE NO QUIERO.

Se queda anonadado, pero me conoce bien y percibe el nerviosismo de mi voz, así que se echa a reír y la sangre se me hiela en las venas.

Me temo que no has sabido elegir muy bien, amigo — dice mirando a Sesshomaru — No te la recomiendo. Yo ya la probé y te aseguro que me dio muchos problemas.

Sesshomaru hace un movimiento hacia delante que freno con una caricia en su brazo mientras observo sorprendida cómo Naraku retrocede. ¡No me había dado cuenta de lo pequeño que parece a su lado, creo que con una sola mano Sesshomaru podría romperle el cuello!

Vayamos a ver el espectáculo, ¿quieres? — le digo aparentando la calma que no tengo.

Pero Naraku, para quien el autocontrol es una palabra que sólo existe en los diccionarios, pierde el poco que tiene al ver mis manos acariciando su brazo y estalla como un auténtico volcán en erupción

Qué puta sigues siendo, Kagome…

El puñetazo le lanza a varios metros de distancia. No tengo tiempo de reaccionar y, cuando intento hacerlo, Miroku me lo impide.

¡No! Ahora es cosa de él.

Tirado en el suelo, Naraku se lleva la mano a la cara y mira la sangre que mana por su nariz. ¡Oh, Dios, ahora que ha visto la sangre no podrá contenerse!

Sólo te lo diré una vez — dice Sesshomaru agachándose sobre él, agarrándole de la camisa y acercando sus caras — Si vuelves a acercarte a mi mujer, te mato.

No puede haber en el mundo una voz más potente y más fría que la que sale de su boca. Le suelta con rabia y se levanta, y entonces mi ex marido, ese hombre que me ha golpeado hasta dejarme inconsciente, que me ha insultado con palabras que no quiero recordar, que me ha vejado de formas y modos inimaginables, hace lo que todo cobarde ante alguien más fuerte: se hace un ovillo tapándose la cabeza con los brazos y se queda muy quieto en espera de unos golpes que no van a llegar. Sesshomaru se aparta de él y tomandome de la mano me saca del comedor en dirección al espectáculo nocturno.

No sé cómo llego hasta la silla, pero sorprendentemente llego. Sesshomaru pide dos coñacs, me pone uno en las manos y se toma el suyo lentamente, muy despacio. Parece relajado, sí, creo que se ha quedado a gusto, pero yo no. Mientras a nuestro alrededor todo es jolgorio y alegría, mi mente bulle entre miles de preguntas sin encontrar respuestas.

¿Qué he conseguido con todo esto? Nada, no he conseguido absolutamente nada. Si Naraku me odiaba antes, ahora será mucho peor porque ya no tiene nada que perder, ni siquiera su orgullo. Ahora actuará a la desesperada, hará lo que sea para vengarse de mí y nada ni nadie podrán detenerle, ni siquiera mi querido ojos dorados.

Sesshomaru, por favor, no quiero estar aquí. ¿Podemos irnos?

¿Por qué? — pregunta mirándome por primera vez, y muy serio.

Yo… no quiero estar aquí, por favor, vámonos a la habitación.

NO.

¿Por qué?

Porque no puedes esconderte en la madriguera cada vez que ese «poco hombre» esté cerca.

Sesshomaru …, por favor… — digo acariciando su brazo, que está duro como el granito.

¡No! — Su dureza me atraviesa — ¿No querías afrontar tus miedos, Kagome? Pues bien, aquí están, afróntalos.

Pero esto… esto no es lo que yo quería…

Tampoco es lo que yo quería — dice furioso — Si hubiéramos evitado que entrara aquí, nada de esto habría pasado, nada, pero has querido hacerlo a tu manera y yo lo he respetado, ¡así que ahora afronta las consecuencias y no te escondas bajo la cama!

Nunca me había hablado con tanta rabia… Sus palabras me atraviesan y siento un nudo en la garganta que casi no me deja respirar… El espectáculo está en pleno apogeo, la gente ríe y se divierte mientras mi mundo está patas arriba y yo no sé qué hacer. Las lágrimas comienzan a salir solas. Giro la cabeza para que no las vea, aunque creo que esta vez verme llorar no le va a conmover. No he conseguido arreglar nada y encima se ha enfadado conmigo. Quizás debí hacerle caso desde el principio, quizás debí dejar que él se ocupase.

Miroku se acerca a decirle algo y su gesto se suaviza. Me mira, toma mi cara entre sus manos y me susurra al oído:

Tranquilízate, ya se ha marchado.

¡Oh, no, no se ha marchado, mi querido Dios griego! Sigue aquí, entre nosotros, separándonos, perturbándonos, y a partir de ahora será mucho peor. ¡Oh, mi dulce ojos dorados! Tú sólo crees que es un «poco hombre» enfadado, despechado, pero yo le conozco bien y sé lo cruel que puede llegar a ser, no podrías ni imaginar las cosas que me ha hecho por el simple placer de dañarme.

¡No puedo más! El ruido ensordecedor está a punto de volverme loca, necesito salir de aquí, necesito serenarme, no quiero estar aquí, no quiero. Cuando ve que me levanto, me mira sorprendido y se levanta también.

No, por favor, no te levantes, sólo voy al baño.

No me escondo debajo de la cama, pero me escondo en el cuarto de baño, donde lloro como una niña. Y mientras fumo un cigarrillo me digo que todo es culpa mía, sólo mía. Sesshomaru ha hecho lo que yo le he pedido pero el resultado no ha sido el que yo esperaba. Pero… ¿qué esperaba yo realmente? ¿Es que aún espero algo de Naraku? ¿El qué? ¿Una disculpa, un reconocimiento del daño que me hizo? Él nunca reconocerá tal cosa. Entonces…, si no puedo esperar nada de Naraku…, ¿por qué he querido verle? ¿Para qué?

De repente, una idea asalta mi cabeza. ¿Es que aún siento algo por él? Sango me dijo una vez que algunas personas secuestradas experimentan el síndrome de Estocolmo: llegan a identificarse tanto con sus secuestradores que incluso los protegen y los defienden… ¿Acaso es eso lo que me está pasando? Quizás no he sido capaz de romper las cadenas que me puso… Quizás nunca pueda hacerlo. Una voz llorosa llega hasta mis oídos.

¡Se me ha manchado por tu culpa, tonto, ha sido culpa tuya! — dice Kanna entre lágrimas.

¡Vamos, enana, ya está bien de lloriquear, ha sido un accidente!

¡Mira, Kag! — exclama Kana al verme aparecer, y acto seguido se lanza a mis brazos con llanto renovado — Mira lo que me ha hecho Shippo, me ha manchado el vestido nuevo con el helado de chocolate. Ahora está feo, muy feo.

Seguro que ha sido sin querer — digo acercándola al lavabo — Lo lavaremos un poco.

¡Quiero quitármelo, quiero quitármelo! — dice al ver que la mancha no sale. Tiene un berrinche, han sido muchas emociones y está cansada.

¡Pues yo no pienso perderme el espectáculo de magia por tu culpa! ¿Me oyes? — dice su hermano, muy enfadado.

¡Oh, las peleas entre hermanos, de eso yo sé mucho!

Vamos, no se enfaden, yo te acompaño a cambiarte el vestido, ¿te parece bien? — La niña asiente entre hipidos — Y tú, Shippo, vuelve para ver a los magos, pero con una condición, tienes que pedirles a tus padres la tarjeta de la habitación, y tú, Kana, deja de llorar o la gente creerá que eres un bebé y se reirán de ti, incluso el camarero bodre.

¿El qué? — pregunta Shippo.

Nada, cosas nuestras — digo guiñándole un ojo.

Sí, cosas de chicas — añade Kana sorbiéndose los mocos.

Shippo se va en busca de la tarjeta y nos deja ante el tocador recomponiéndonos. Cojo un pañuelo y me limpio de la cara los restos de rímel; Kana me pide otro y hace el mismo gesto, cuando Shippo vuelve corriendo con la tarjeta en la mano.

¡Olvidaba que la tengo yo! — Me la da y vuelve a marcharse corriendo.

Caminamos hacia los ascensores y pienso que me ha venido bien separarme de Sesshomaru un rato. Está enfadado, realmente enfadado, y conmigo, con nadie más. Está enfadado por el modo en que he afrontado esta situación, o, mejor dicho, con el modo en que no he afrontado la situación. No he sabido hacerlo, quizás sea demasiado cobarde para enfrentarme a Naraku, a mis miedos, a mi vida, quizás no sea la persona que él creía… Le he decepcionado… ¡Oh, no, las lágrimas vuelven y no puedo pararlas!

Kag, ¿estás llorando? — pregunta Kana cuando nos paramos ante los ascensores.

Creo que sí.

¿Por qué? ¿Sesshomaru te ha hecho daño?

No, Kana, él nunca me hace daño.

Entonces ¿por qué estás tiste?

Porque la vida a veces es… muy difícil.

Sí, eso es verdad.

¿Ah sí? ¿Y qué sabes tú de la vida?

Mi madre siempre dice que la vida es como un gran pañuelo lleno de mocos. Y los mocos son asquerosos, ¿verdad que sí?

No puedo evitar una carcajada.

Sigues teniendo una risa muy bonita…

La risa se me hiela en la garganta y el frío que invade mi cuerpo sólo es comparable al que debe de existir en la estepa siberiana. Ahí está él, mirándome con ojos desorbitados que echan fuego mientras recorre mi cuerpo con deseo y su respiración descontrolada hace subir y bajar su pecho ensangrentado.

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Saludos especiales a:

Naoki Caos

Lica

Faby Sama

Y a todos los que lee, muchas gracias.

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Gothika