Notas de la Autora:

Y aquí está la parte final! Perdón por haberlos hecho esperar tanto, pero mejor tarde que nunca, no? En Venezuela el 2 de febrero, es el día de la Candelaria, y es el día oficial en el que se quitan todas las decoraciones de navidad y se le da una buena despedida a las vacaciones y al año viejo. Pretendamos que esto fue intencional, sí? xD Espero que les guste y que si tienen algún tipo de comentario bueno o malo, no duden en expresarlo. Muchas gracias por tomarse el tiempo para leer.

Besos :)


De alguna manera ahora todo resultaba extraño. Había sido insólito el volver a ver aquellas caras que en algún momento había estado dispuesto a olvidar. Había sido extrañamente bizarro, pero no podía decir que me arrepentía del todo de ello. Dicen que el asesino siempre vuelve al escenario del crimen, dicen que la víctima solía volver a enfrentar sus miedos. En ese momento me había sentido como mártir y como verdugo. Era curioso el volver a sentir aquello en el estómago, aquella sensación que en algún momento había sido costumbre de culpabilidad, de derrota, de no poder ser lo suficientemente bueno, y a la misma vez, el sentimiento de una nueva independencia, de una nueva victoria. Pero es que dicen también que la sangre es menos densa que el agua.

Los había dejado. Y desde el momento que lo había hecho, no había vuelto a pensar en ellos. No había habido necesidad, y eso lo resentía, pero a la misma vez me hacía no caber en mí de la felicidad porque significaba que había encontrado algo más. Me había convertido en un ermitaño, en un forajido, en un desconocido que se creaba su propia suerte y recorría su propio camino serpenteante creado por el mundo que se había abierto ante mí por aquella casualidad, por aquella esperanza, por aquella alternativa. Había perdido mi hogar, y desde aquel momento, no me había molestado en pensar en ello, en valorarlo, y en decidirme a ser un espíritu libre, sin tener ningún lugar a donde volver.

Pero eso eran tonterías, ¿no era así? Todo el mundo necesita un hogar, todas esas palabrerías acerca de las ataduras y los espíritus libres sólo la tenían cuatro personas, o los niños mimados que querían dárselas de rebeldes, los anarquistas que en verdad no tienen idea de lo que están diciendo, los hippies drogados que buscan más un porro que un yogui o aquellos que evitan las responsabilidades. Y no me gustaba pensar en mí como ninguno de esos.

Todo el mundo tiene hogar, todo el mundo debe de tenerlo. Era estúpidamente obvio y recordaba a Maka diciéndomelo en una discusión previa que habíamos tenido, seguramente cuando me había negado a pagar mi parte del condominio. Pero aquello no era mi hogar, ¿o sí? ¿Qué era el hogar? ¿Sangre? ¿Un apartamento con cocina empotrada, dos habitaciones y un baño? ¿Un lugar donde pasar navidades? Tenía que ser algo más. Todo el mundo lo tenía, todo el mundo debía tenerlo. Sin embargo, ahora, ¿dónde estaba el mío?

El aire fresco de invierno me pegó en la cara y después de horas bajo aquella calefacción de aire reciclado lo agradecí encarecidamente. Bostecé silentemente envuelto en cavilaciones estúpidamente eternas mientras efectuaba los últimos saludos y me despedía de la casa que me había visto… no vamos a decir crecer, digamos vivir.

-Por fin.- Alcé los brazos, celebrando mi victoria.

No pude evitar suspirar en cuanto la zona se vio libre del peligro y nos encontramos de nuevo en la calle, bajo el frío mortal de diciembre y con el cuerpo agotado de sonreír forzadamente, pero felices aún así.

-No fue tan malo después de todo.- Opinó Maka, somnolienta por la hora, pues no se solía acostar después de las nueve y media.

-¿No?- Me observó para asegurarse. Le devolví una sonrisa incierta y un encogimiento de hombros.

Bueno, por supuesto que no había sido tan malo para ella. Para mí habían sido los siete escalones del purgatorio. Pero podía haber ido peor, sin embargo, me gustaba convencerme. Por lo menos a mi familia le gustaba Maka, y viceversa y no habíamos terminado en una pelea brutal de esas que nos caracterizaban frente a la pobre invitada.

Suspiré de nuevo.

-¿No?-Me sonrió Maka, intentando convencerme de alguna manera de las retorcidas suyas.

-Bueno…-Dí mi brazo a torcer mientras me guardaba mis manos temblorosas por el frío en mis bolsillos. Tenía que admitirlo, porque de no haberlo hecho, hubiese significado que Maka estaba equivocada. Y Maka nunca se equivocaba, siempre se aseguraba de eso.

-Si exageras. Ni que fuesen tan insoportables.

La miré incrédulo. El llamarles "Insoportables" a mis progenitores era una indulgencia, creo que hasta se habrían sentido halagados. Decidí no decir nada, primero porque no tenía ganas de discutir un tema cuyo final era obvio (De nuevo, ella SIEMPRE tenía que tener la razón) y segundo porque el frío no me permitía pensar con coherencia.

- Me cayeron bien tus padres. –Continuó mi amiga, mientras avanzábamos por la acera, para luego agregar con un tono de voz especial.-Y también Wes.

Como si no me hubiese dado cuenta. Dejé escapar una cínica carcajada sin poder evitarlo, para luego voltear a ver cómo se coloreaba violentamente.

-Por supuesto, ¿Qué mujer no adora a Wes?- Dije con una sonrisa burlona.- Había pensado mejor de ti, Maka, jamás pensé que fueses como el resto. Me decepcionaste.

Mi compañera frunció los labios y rápidamente y sin avisar, la provocación tuvo el efecto esperado. Sin embargo tenía que admitir que aquella vez no me había dolido tanto como había admitido, suponía que porque mis músculos habían comenzado a dormirse.

Me sobé el cuello con el ceño fruncido mientras la observaba caminar enfrente de mí con el paso seguro y tarareando un aguinaldo.

-Menos mal que ya se terminó todo.- Sonrió resignada y en aquel momento me di cuenta de lo cansino que también había resultado para ella la velada.

Troté para alcanzarla y al observarla de reojo caí en la cuenta de cómo intentaba ocultar el temblor en sus brazos. Debía de haber sido muy tonto como para no haberme dado cuenta antes, si yo tenía frío, Maka y su vestido-fiestero-negro-todo-glamour-cero-práctico debían de estar helados. Siseé con suavidad, aquello era tan típico. A menudo se me olvidaba que ella era Maka la invencible.

Sin decir mucho le ofrecí mi chaqueta.

-No, no hace falta.- Le restó importancia con un gesto de la mano, como si cosas tan terrenales no estuviesen a su nivel. Estaba temblando, pero su orgullo femenino (Que en algún rincón del Maka-universo serían ideales feministas) le impedía aceptar.

-¡Si es difícil hacer de caballero contigo, mujer!- Protesté chasqueando la lengua.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos, hasta que me volteó los ojos y accedió de mala gana ruborizada por alguna extraña razón.

La calle estaba vacía. Todo el mundo estaba en sus hogares celebrando aquel otro año de navidad. Aquel otro año de familia, de regalos envueltos, de tarjetas con música de Target y con ambientador de pino prefabricado. Nadie estaba en la calle. Todos los autos estaban estacionados, y nosotros paseábamos por allí, tomando riesgos, bordeando la acera, saltando sobre las líneas amarillas, y disfrutando de aquel momento de complicidad silenciosa, de cansancio común.

-Al principio estaba nerviosa,- Comenzó a decir de nuevo mi amiga, que no se había cansado todavía del tema, y que al parecer tenía muchas ganas de hablar.-Pero creo que salió bien, ¿Verdad?

¿Bien? Tenía que estar bromeando, a ella le había ido excelente, ella había estado en su salsa, había conquistado sin querer aquí y allá y se había portado de la manera más encantadora que jamás hubiese pensado que existiese (Por lo menos con ellos,… yo había obtenido una versión ligeramente distinta).

-¿Bien?-Murmuré escépticamente, mientras levantaba las manos hacia el cielo como si estuviese implorando por misericordia.- ¡Te adoran! ¡Van a estar años chinchándome para que me case contigo o algo!

Maka me dio un empujoncito peculiar, mientras sonreía como excusándose.

-En algún momento tenía que conocer a tu familia.- Susurró. Tenía las mejillas sonrojadas, creía yo, por el frío.

-Sí, supongo.- Admití un tanto a la fuerza. Intentando convencerme a mí mismo.

Hubiese sido mucho más fácil que aquel encuentro nunca hubiese ocurrido. Aunque tal vez como decía ella mientras más temprano mejor, no dudaba que de haberlo sabido yo, hubiese pospuesto aquel cataclismo hasta último momento.

Mi compañera pareció darse cuenta de mi respuesta ambigua y mi expresión dubitativa, y se dispuso a convencerme de lo contrario.

-Claro que tenía que ser así, soy tu meister, tengo todo el derecho.- Levantó la nariz con aquel arrojo petulante y con las manos sobre las caderas.

Psss. ¿Qué se creía? De vez en cuando dejaba escapar aquellos arranques de "Meister" en los cuales yo debía de obedecerla en todo. Yo la dejaba ser, que se creyese su pequeña mentirilla piadosa no hacía demasiado daño y así por lo menos me dejaba en paz por un rato. Me miró con un brillo especial en los ojos. Ya podía intuir por donde iba la cosa. Sin embargo me encontré sorprendido por el matiz que tomó su discurso poco después (Debía de recordar desde luego que Maka estaba cansada y tal vez un poco bebida).

-Y además era necesario,-Continuó suavemente.-Después de todo soy tu amiga especial.

Amiga especial, ¿Qué quería decir eso exactamente? Tal vez ella también había tomado demasiado ponche, o habría cedido a las insistencias de mi padre o de Wes. Aquel tono coqueto no parecía de Maka. Para nada. Y aunque me asustaba un poco, no podía dejar de decir que no me resultaba del todo desagradable.

-Soy Soul, ¿Recuerdas?- Arqueé las cejas, mientras la miraba fijamente con el ceño fruncido.-No Wes. Soul.

-Lo sé, imbécil.- Volvió la Maka de siempre con una sonrisa torcida.

-Heh.-Dejé escapar una pequeña risa de alivio. Por alguna razón aquello me había inquietado y sacado de mis cabales, durante un momento había pensado que…

Nada. Mejor nada.

-Y en cuanto a derechos y deberes…-Continuó mi incansable amiga con el mismo tonito.- Creo que es mi deber decirte que percibí que tienes serios problemas con tu familia.

La observé escéptico. Hum. No había tenido que ser muy observadora como para darse cuenta de eso, pensé que había quedado claro cuando había estado gritando horrorizado durante dos días al enterarme de que Maka había aceptado la invitación de mis padres a pasar navidad con ellos.

-¿Eres Freud ahora?- Gruñí mientras le volteaba los ojos.

-Es en serio.- Se detuvo con el entrecejo fruncido, mirándome de brazos cruzados.

Suspiré resignado.

-Bah. Nada que no se resuelva con unas buenas dosis de mantenerme alejado.- Continué con mi camino, restándole importancia a su preocupación matutina, intuición femenina o cualquier cosa que fuese eso.

Volteé a mirarla. Se había quedado en el sitio y me miraba escépticamente.

-Sabes que puedes decirme lo que sea.- Levantó una ceja. No parecía un comentario amistoso, aunque sabía que había intentado que sonase así, sino una exigencia amenazadora de que si no le decía exactamente lo que pasaba por mi mente (Que no era mucho, pues no había nada que explicar a decir verdad) me las vería.

-Ahora no, Maka.- Bufé, mientras seguía caminando por la calle desierta.

Cuando pensaba que se iba a quedar allí toda la noche observando mi espalda con una mirada fulminante, oí sus tacones siguiéndome. "No voltees, Soul." Me dije a mí mismo. "Sin importar lo que pase no voltees, caerás en sus redes." Aceleré el paso sin darme cuenta, sabiendo lo que me esperaba pero aún así no pude evitar darme la vuelta para encontrarme con su cara enfurruñada a un palmo de distancia. Oh no. Ya iba a empezar con uno de sus tests que salían en "Vanidades" o algo.

-Siempre me haces eso.- Se lamentó, y por primera vez se me ocurrió que podría estar genuinamente preocupada.-¿No podrías por una vez en tu vida confiar en mí un poco?

Tragué grueso y rehuí su mirada reprochadora.

-Confío en ti.-Dije justificándome, y mi voz salió en un hilillo. No estaba acostumbrado a decir ese tipo de cosas y aún menos a ella.

Bueno, relativamente, completé la frase en mi mente. No confiaba en que pudiese cocinar una buena cena, o que pudiese poner a funcionar la lavadora sin dañar toda la ropa irreparablemente.

Maka frunció los labios ofendida, como si me hubiese leído el pensamiento, o pensase que estaba mintiendo.

Pero sí confiaba en ella para otras cosas. Podía confiar en ella, en su valentía, en su audacia, en su inteligencia, podía confiar en su poca prudencia, en su manera de hacer lo correcto. Podía confiar en ella como compañera, podía confiar en ella como amigo, podía confiar en ella de maneras que serían incapaz de describir. Y de alguna manera confiaba en que ella siempre iba a estar allí, y aunque nunca se lo admitiese, aquello era lo que me brindaba mayor seguridad.

Sabía que me costaría y sabía que podía contarle todo. Sabía que ella escucharía. Sabía que ella lloraría conmigo. Sabía que se mantendría allí. Sabía que me sostendría. Sabía que nuestro vínculo era ya ahora demasiado fuerte como para dar vuelta atrás. Sabía que era inevitable, y sabía que ambos estábamos asustados. Pero sabía que lo lograríamos. Sabía que quería estar con ella. Y probablemente eso era lo único que sabía con una certeza absoluta.

- Sólo que…no hay demasiado que decir.- Murmuré, intentando resultar tranquilizador.

- ¿Por qué siempre tienes que pensar que todo el mundo tiene los mismos problemas emocionales que tú tienes?-Dije dejando escapar una carcajada, mientras le revolvía el cabello con una mano y tal vez la dejaba allí más tiempo del necesario.

-Eso no es cierto.- Se justificó intentando mantenerse seria mientras una sonrisa purgaba por salir en su rostro.

-Es típicamente femenino.- Suspiré sonriente.- Y además, no estoy para discutir, es navidad.

Debió de haber sospechado. No es que se me pudiese llamar un amante de la navidad, y el que pusiese aquella festividad inventada por la Coca-cola y los inversionistas de pinos canadienses como una excusa para librarme de un tema incómodo, debió de haber hecho a Maka fruncir el ceño en incredulidad. Sin embargo, sabiendo que era imposible, y seguramente dispuesta a encasquetarme el tema más adelante, me dejó ser y simplemente suspiró mientras miraba su reloj de pulsera.

-Cierto.- Murmuró.- Ya casi son las doce…

Continuó mirando el reloj ensimismada durante unos segundos, y por primera vez se me ocurrió la idea o más bien el recordatorio de que mi compañera no era muy tolerante a la bebida, y que seguramente cada trago de champán le había ocasionado una baja de uno o dos puntos de IQ.

-¿Qué pasa?- Pregunté huraño, acercándome hasta que nuestras cabezas quedaron pegadas.

-Sólo unos segundos más…-Susurró. Las manecillas se movían con una lentitud increíble. El silencio de la noche se hizo extrañamente soportable, las estrellas brillaron aún más entre la bruma invernal y el viento que amenazaba con traer nieve bailó a nuestro alrededor.

-5…4…3…2…1…-Escuché la voz de Maka perderse en aquel helado momento.

-¿Feliz año?-Susurré.

La cara de mi compañera se irguió iluminada durante un segundo, hasta que observó mi sonrisa pícara.

-No… eso no…-Me respondió, primero incierta, luego indignada.

- Soul!-Me reprochó mientras no hacía nada para reprimir una carcajada.

-No comimos uvas, parece que este año ninguno de nuestros deseos se cumplirá.- Me encogí de hombros siguiendo el juego mientras continuaba con nuestro camino, por el medio de la calle desierta.

Maka solía ser muy supersticiosa, nos obligaba a atiborrarnos a uvas durante las doce campanadas porque tenía la idea errada de que si no lo hacíamos le pegaríamos nuestras "malas vibras" a ella que seguía el teletón al pie de la letra. Ahora no sabría que pedir, de alguna manera ya teníamos todo lo que necesitábamos y no podíamos pedir mucho más.

-Está nevando…- Me agarró mi compañera del brazo, señalando los copos de nieve que lentamente caían del cielo para perderse entre el oscuro pavimento.

Observé su cara, rojiza por el frío y el ponche, iluminada por la nieve que muy pronto se formaría entre nuestros pies.

-Eso parece.-Sonreí. Había olvidado que en Death City no nevaba y que esta sería probablemente la primera navidad que viviría mi amiga con la compañía de la nieve. Poco podía saber ella que los primeros minutos era adorable, la primera hora divertida, el primer día soportable y la primera semana… seguramente te llevaría a un suicidio seguro.

-¿Soul?- La sentí llamándome.

-¿Hm?-Volteé, para encontrármela más cerca de lo que había pensado.

Tenía una mirada encantadora en su cara, de esas que casi nunca tenía el placer de ver y que normalmente significaba una de dos cosas: o quería algo de mí o estaba realmente furiosa. Tragué grueso, preguntándome lo que vendría a continuación.

-Tienes que conseguirme una cita con tu hermano.- Sonrió traviesamente apoyando la cabeza en mi hombro.

-Primero muerto.-Gruñí, no muy contento con la idea.

Había sido una constante en aquella cena la idea de mi hermano y Maka juntos, sin embargo cualquier pensamiento sobre aquello quedaba relegado a algún nivel de mi inconsciencia donde se comenzaba a acumular la bilis. La idea era demasiado horrorosa como para meditarla mucho rato.

Su risa poco disimulada, que me indicaba que había estado bromeando, a Dios gracias, resonó y se perdió en la oscuridad.

La nieve caía rápidamente y comenzaba a acumularse en las esquinas. Poco a poco habíamos comenzado a dejar el trazo de nuestras pisadas en la calle, como un recordatorio de todo lo que habíamos caminado y todo lo que esperaba, nos faltaba por caminar. Nos sumimos en aquel momento extraño, en aquel momento solitario, ambos con una sonrisa ausente en el rostro.

-Feliz Navidad, Soul.- La oí murmurar muy cerca de mí.

-Feliz Navidad, Maka.- Sonreí, mientras devolvía a su sitio detrás de la oreja aquel rizo rebelde contra el que había estado luchando mi amiga durante toda la tarde.

Casi sin darnos cuenta nos habíamos unido en un abrazo cálido, que poco a poco, mientras observábamos a la nieve caer, deseamos que durase eternamente.

Se decía que la vida era fácil cuando todo tu mundo cabía entre tus brazos. Pero aquello no era fácil. Aquello nunca lo sería. Podríamos habernos quedado allí toda la vida, pero había que seguir adelante. Haberla encontrado en primer lugar había sido un escape, pero había sido mucho más que eso, y la magnitud de aquello era algo que apenas comenzaba a procesar. Ya no me podía imaginar seguir sin ayuda, seguir sin ella.

Se dice también que los amigos son la familia que tú mismo eliges. Se dicen muchas cosas, pero muy pocas son tan ciertas como esa. Y en aquel momento me di cuenta que por primera vez no tenía ningún sitio de donde huir, no tenía que dejar nada, y que si la esclavitud era así, con ella, que así fuese. Sin querer, la abracé más fuerte de lo que nunca había hecho en mi vida y mientras el invierno tomaba forma a nuestro alrededor, el aire decembrino nos incapacitaba a pensar en algo más que la mutua compañía y de pronto sentía en mi pecho todas las viejas heridas curarse, ambos dejamos de tener tanto frío.

-Vamos a casa.- Oí susurrar a Maka.

-Suena bien por mí.- Admití derrotado, con aquella sonrisa que todavía no había podido desterrar de mi cara.

Había vuelto a vivir durante una noche aquella vida, aquella posterior despedida, aquel retorno a mi hogar, aquel abandono y aquella salvación. Y ella había sido la única constante de todo aquello.

Había sido una noche extraña. Había sido un momento inolvidable. Había sido una nevada que llevaríamos grabados por siempre en nuestro interior como el inicio de todo.

Había dejado mi casa años atrás, había confiado en que me convertiría en un espíritu libre de ataduras. Y entonces llegó otra vez a mí mente aquella pregunta que me había hecho antes. De alguna manera la idea volver a la calidez del apartamento me había dado aquella satisfacción en la boca del estómago, de alguna manera aquello había vuelto a pasar, de alguna manera, mi hogar volvía a existir, y la sola idea de que fuese algo mío propio que nada ni nadie pudiese quitarme, y que siempre estaría allí me hacía tener ilusiones, me hacía querer luchar por ello.

Continué caminando con una sonrisa en la cara, queriendo llegar al apartamento, impaciente porque la vida siguiese, la navidad que no había resultado tan terrible terminase, y que aquella noche tan extraña viviese en la eternidad de nuestro recuerdo hasta el fin de los tiempos. Caminé hacia casa, aunque sabía que mi hogar siempre sería cualquier sitio donde estuviese ella.

FIN


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