Vivir de recuerdos
II
-¡Es suficiente, Ceras: detente ahora mismo!...
Estaba como poseída. Nada tenía valor en esos instantes sino el líquido rojizo que se encontraba alrededor...
De pronto, Walter la afirma férreamente con sus brazos, en su intento de apelar a la cordura...
-Ceras, por favor: detente...
Como arte de magia, el efecto se desvaneció de su organismo...
Ahora, sólo una intensa repugnancia y dolor rellenan el vacío que la cegaron por instantes y la llevaron a cometer tales atrocidades...
Walter la suelta: Ceras cae al piso, apoyándose con las manos en el charco de sangre.
-Walter, ¿qué he hecho?
-Señorita Ceras, por favor: no se atormente... Con su deber ha cumplido...
Se le queda mirando: las lágrimas le recorren el rostro.
Se tapa la cara. Tenía tanta vergüenza, por su repulsión al sentir placer de ver la sangre correr por el piso...
Ni siquiera sentía aberración por lo que había hecho, ¡por Dios!
Los mismos compañeros de armas con los que iba combatiendo... Si parecía que la vida fuese avanzando en redondo...
Una pesadilla que nunca hallaba el fin.
Golpes en la puerta: no hay respuesta alguna.
Walter inspira, intentando buscar paciencia: décima vez que llama a la puerta y no se abre...
-Señorita Ceras, por favor: necesita recuperar su energía...
No hay respuesta...
De pronto, un seco: "no deseo nada" es la respuesta.
Se rinde: bandera blanca... La terquedad ya tenía un arrastre demasiado profundo, y no era el momento propicio para hacerle entender la importancia física de ingerir alimento.
No era la ocasión...
-De nuevo se niega a ingerir alimento...
-¡Ah!... Ya lo sabe Ud., Sr. Alucard: la obstinación de la muchacha sería plausible en otras circunstancias, pero esto le va a acarrear graves consecuencias en su organismo...
-Ya veo... Ya veo- Alucard aparece: le quita de las manos el contenedor con la bolsa de sangre. Se introduce en la habitación de la muchacha, dejándole una respuesta retumbando por toda la habitación...- No te preocupes, Walter: yo me haré cargo...
Ceras se ocultaba en su cama: estaba completamente cerrada.
Alucard chasquea los dedos: la techumbre comienza a levantarse, ante la mirada atónita de la muchacha.
-¡Maestro!- Ceras se levanta con rapidez, intentando limpiar sus ojos de lo que parecían lágrimas.
-Chica policía: os veis fatal...- termina diciendo Alucard, con una sonrisa socarrona que muestra sus afilados colmillos.
-N-no diga eso, maestro: no ha sido un buen día...
-¡Ah, vamos: fue excelente! Supe de tu participación con "el ángel de la muerte": ¿experiencias?
-Maestro, no bromee conmigo...
-No estoy bromeando, Ceras...- el vampiro frunce el ceño: al parecer, no era un juego como los que estaba acostumbrado a hacer- ¿Y...?
-Nada alimentador, nada enriquecedor: no obtuve ninguna gran peripecia que contar, Maestro...- Ceras se sienta en su cama, con el rostro un tanto más compuesto.
-... Eso está muy mal: no me mientas, Ceras Victoria. He sabido, de muy buena fuente, que te alimentaste y peleaste como toda una vampiresa...
-¡Eso fue lo errado, Maestro: eran nuestros compañeros!
La cara amigable se borró completamente: Alucard perdió totalmente la paciencia...
-Exactamente, chica policía: ERAN. Cuando un vampiro los ataca, han dejado de ser seres indefensos: ¡Gouls son y siempre serán enemigos: QUE NUNCA SE OS OLVIDE!
El golpe de voz casi y la tira a la cama.
Las lágrimas amenazaban con ceder: estaba en extremo sensible como para aceptar tonos elevados de voz... mucho menos un reproche.
Alucard se golpea el rostro con la palma abierta: esa chiquilla lo sacaba de quicio...
-L-lo lamento, maestro: no volverá a repetirse...
-No, no, ¡no!: no te disculpes. ¡Compórtate con algo de dignidad, por amor de!-
Ceras se le quedó mirando: el vampiro se arrepiente...
No saca nada con decirle que saque valor de alguna parte.
-Olvídalo, chica policía: sólo tómate la sangre...
-... No puedo: ya he tomado lo suficiente...- Ceras se alejaba de él, negando su mandato una y mil veces.
El vampiro se le acerca: con la mirada, hace que la mesa la aprisione contra la cama. Toma el recipiente y lo coloca frente a ella.
-Vas a tomarte esta bolsa de sangre, chica policía: de lo contrario...
-... ¿De lo contrario, qué?- musitó Ceras.
-¡¿Me estás desafiando, chica policía?!
-... ¡No, no, mi maestro: jamás lo haría!
-De lo contrario, Ceras Victoria, voy a tomar a todos los sirvientes de la mansión y les clavaré los colmillos frente a tus ojos...
El brillo en la mirada de Alucard no demostraba titubeos: de decirlo, había que tener seguridad que lo cumpliría.
Ceras tiene pavor: no deseaba seguir con esta tortura.
Alucard abre la bolsa: la sangre gotea en el plato.
La mirada de Ceras brilla al mirar el delicioso néctar correr...
Pero apenas se forja el pensamiento, desaparece: Ceras cierra los ojos y ladea la cabeza.
Los ánimos del vampiro se enervaban a niveles incontrolables...
La muchacha no daba señal de hacer lo que su amo le estaba exigiendo.
-¡Perfecto, chica policía: si no lo haces por tu voluntad, lo haré por las malas!
El vampiro la aprisiona entre sus brazos.
Toma la bolsa y se la da a beber: por poco y la ahoga...
Terminada la bolsa, Ceras hace arcadas, en pos de vomitarla en cualquier instante.
El vampiro cae en la cuenta de lo que iba a hacer...
-¡No te atrevas!
La voltea hacia sí: toma su rostro con fuerza y comienza a besarla.
Ceras queda en una sola pieza: el vampiro empuja con fuerza su lengua y llega a entrar en su boca.
No podía decirle que no, no podía resistirse:... no porque no lo deseara, sino porque era suya...
Le pertenecía al vampiro.
Alucard la empuja, haciéndole caer a la cama. Ceras gimoteaba a duras penas: no podía ni respirar...
Las manos del vampiro no eran en absoluto gentiles: le subieron de un instante a otro la falda, quitándole los interiores...
Ceras le empuja, casi inconscientemente: ¿es que acaso estaba loca?
-Maestro, ¿qué está haciendo?- Ceras estaba azorada, apenas y lograba articular palabra.
Alucard se incorpora sobre ella...
No era tiempo de explicaciones: sólo debía tomarla.
-No te daré explicaciones, chica policía: me perteneces desde que te convertí en vampiro... Puedo hacer lo que me plazca contigo.
Se quita el cinturón: apenas y se vio liberado de cualquier impedimento, entró en ella.
El dolor la recorrió hasta en la punta de los dedos: sus entrañas estaban desgarradas.
Se afirma de la espalda de Alucard: por poco y le clava las uñas en la carne.
No tenía idea desde cuándo le poseía ese deseo de pertenencia sobre ella: a la que siempre había mirado como poquita cosa, como si no existiera... Teniendo siempre su mente y su vida a disposición de su ama, jamás creyó posible el sentir alguien quien le perteneciera...
Alguien quien cumpliera sus caprichos, por muy fuertes que fueran...
Y allí estaba ella: la niñita inocentona, que le seguía a todas partes...
El movimiento comenzó: por muy rey de los no vivos que fuera, por muy poderoso e invencible que fuese, Alucard no tenía idea de lo que le estaba ocurriendo...
Un placer desbordante de cualquier imaginación recorrió todo su cuerpo.
No deseaba verla: hundió la cabeza en el resquicio de su cuello, mientras iba acompasando los vaivenes.
Un gemido ronco salió de sus labios...
Ceras estaba pasmada, adolorida...
Desquebrajada.
Su maestro quería su cuerpo: ella sólo deseaba ver si existía algo más...
Intentó incorporarse, pero Alucard la afirmó de las muñecas.
Incorporó la mirada fría y espeluznante hacia ella.
-No te atrevas, ni siquiera lo pienses, Ceras Victoria: el sólo hecho de que te me resistas hace que te desee aún más...
La respiración de Ceras era cada vez más acelerada: ¿por qué ella?
Chasquido de dedos por parte del vampiro: el voltaje desciende abruptamente...
Oscuridad total.
Nuevamente, el vaivén comenzaba...
El vampiro se incorporó encima de ella: tomada de las muñecas, sólo mira cómo el vampiro se introduce en ella sin piedad.
El tiempo transcurre, y el vampiro sigue con el delicioso movimiento dentro de ella.
Se recuesta nuevamente sobre ella: entra y sale de ella con más fiereza.
El movimiento adquiere fuerza sofocante: Ceras comienza a gemir...
Afirmado de sus nalgas, se introduce cada vez más en ella. El vampiro comienza a presionarle...
Al final de cuentas, logra llegar al clímax: se derrama en ella...
Ceras siente el líquido adentrarse en ella...
Un solo instante se recostó: era magnífico.
Cualquier impresión quedaba hecha jirones frente a la realidad.
-Delicioso, chica policía: no sabía que el tenerte de esta manera sería tan delicioso...
Se levanta: arregla sus ropas y se coloca el sombrero, con una sonrisa bastante macabra.
-... Bueno: nos veremos después...
El vampiro desaparece de su vista: Ceras intenta incorporarse, pero un hinco entre sus piernas la deja en el piso...
El cuerpo lo tenía hecho mierda...
Golpes en la puerta: Alucard la mira y se abre en un instante.
-Buenas noches, señor: su copa de sangre...
-Gracias, Walter: no estoy apetente.
¿Era posible que hubiera escuchado bien?
¿Alucard, inapetente y sangre dentro de una misma oración?
-Je, je... ¿Tan raro os parece?
-... Lamento las molestias, mi señor: no quería-
-Basta, Walter: suficientes palabras por hoy. Me vas a dejar estupefacto por vuestra locuacidad...
Walter sonríe, cansado: Alucard y su sentido del humor...
-... Sólo que- Alucard va hacia la ventana, con el rostro contraído en una espeluznante felicidad- he tenido demasiado ejercicio y emoción por esta noche...
El mayordomo contrajo el rostro: el vampiro estaba demasiado pensativo.
Demasiado...
Golpea a su puerta insistentemente, hasta que se percata que la habitación estaba abierta.
Frunce el ceño: a pesar de ser una muchacha que no ocultaba nada, era raro ver su habitación con la puerta abierta.
Abre un tanto la puerta, hasta que se percata de una sombra, acuclillada frente a la cama.
Walter libera los hilos: podía ser cualquiera.
Prende la luz de inmediato.
-¿Señorita Ceras?
La joven estaba cabizbaja, con las manos apoyadas en su vientre.
Al verse en compañía, se limpió los ojos y se golpeó un tanto las mejillas.
-Señor Walter: no me dé esos sustos...
-Debería de estar acostumbrada: con la cantidad de gouls que mata y mira a diario... He de parecerme a un apuesto príncipe de cuentos.
Esboza una sonrisa forzada.
Algo en su mirada denotaba angustia, terror: no se parecía en nada a la jovencita alegre que le saludaba todas las noches.
-¿Necesita algo, señorita?
-Sólo deseo darme una ducha, Walter: necesito urgentemente una...
-No se preocupe, señorita: traeré unas toallas y puede Ud. ducharse.
El agua escurría por su cuerpo.
Ovala sus manos, llevándoselas al rostro: se estruja la cara.
Se siente sucia, asquerosa: ya no le quedaba nada.
Comienza a llorar desesperada: cae lentamente por la pared del baño hasta llegar al piso...
-¿Por qué me ha hecho esto, mi maestro?... ¿Por qué?
La copa cae: resbala de sus dedos y va a dar en el piso, haciéndose añicos.
Alucard coloca su mano en la boca:
"Quizás..."
Continuará...
