RECORDANDO

Una vez que terminé mis labores en la boutique, salí prácticamente disparada de ahí, sin siquiera despedirme de nadie. Había quedado en salir con Adele y otros de los chicos a beber un par de tragos en "Perdition", nuestro bar favorito, pero en esos momentos lo único que realmente me importaba era estar sola. Además, cuando mi amiga se enterara que Erick se iba a llevar a la bolsa la enorme comisión de todo lo que había comprado Alice, iba a hacer un berrinche espantoso; no tanto porque yo hubiera cedido mi ganancia, sino porque no se la pasé a ella. Pero Erick la necesitaba más que nadie en esos momentos; él y Kevin, su pareja, acababan de ser padres de un par de adorables trillizos y junto con los bebés, a sus vidas habían llegado un montón de gastos por triplicado. Eso sin contar que al haber tenido que recurrir a una "madre de alquiler" para cumplir su sueño de ser padres, les había dejado prácticamente con la cuenta corriente en ceros, pues el procedimiento dista de ser precisamente económico. Así que si esto fuera una especie de concurso titulado "¿Quién necesita más el dinero?", Erick ganaría la competencia de calle.

"Le ayudas porque quieres que disfrute sin preocupaciones lo que tú jamás podrás volver a vivir", resonó con crueldad ese pensamiento en mi mente. Rápidamente lo reprimí mientras tomaba el largo abrigo negro y cubría mi cabeza con un grueso gorro de lana, ocultando mi cabello. No sabía si me cruzaría o no con alguno de esos molestos periodistas o no, pero preferí tomar precauciones. Todavía me sentía bastante inquieta por ese "¿será verdad lo que salió en la revisa sobre ella?", que había escuchado esa tarde en boca de la ex novia de Jordan. Desde que me habían involucrado con su muerte, habría evitado a toda costa acercarme los stands de periódicos y revistas o mirar los noticieros. Prefería mantenerme totalmente desconectada del mundo a ver mi rostro en las páginas de los tabloides. Maldije una vez más mi mala suerte por verme implicada en el asunto, y aún más cuando recordé que, según la tía Alice, la muerte de Jordan estaba relacionada de alguna forma con esta nueva aparición de los Vulturi.

Nada más poner un pie fuera del edificio que albergaba a la elegante tienda, una ráfaga de aire helado me golpeó de lleno en el rostro, recordándome que a pesar de que podía resistir las inclemencias del clima mejor que cualquiera de los transeúntes que me rodeaban, aún así había una gran parte de mi que no dejaba de ser humana y vulnerable. Volví a ajustar nuevamente el cinturón del abrigo y empecé a caminar sin rumbo fijo. Era temprano aún, la ciudad apenas empezaba a despertar a la vida nocturna. La gente iba y venía como una marabunta descontrolada, rodeándome, atrapándome en su ir y venir, pero yo me sentí una vez más tan sola y perdida. Ver a mi tía había avivado un montón de recuerdos que había luchado por enterrar con desesperación, y ahora amenazaban con resurgir con la fuerza devastadora de un huracán.

Caminé con el rostro gacho, haciendo un esfuerzo que rayaba en lo imposible en mantener mi mente en blanco, luchando para que ninguno de los recuerdos que tenía fuertemente aprisionados saliera a la superficie aún. No quería que mi quiebre emocional se diera en plena calle y a la vista de cualquiera. Para cuando me di cuenta, había llegado a la estación del metro de la Avenida Lexington y la calle 68. Pagué el ticket y esperé paciente la llegada del transporte que me llevaría hasta mi pequeño apartamento en Bedford Park, en el Bronx. Durante el trayecto a casa, me concentré en un montón de detalles intrascendentes: llevar la ropa a la lavandería, pagar la factura del teléfono, levantarme temprano el próximo sábado para ir al Meatpacking District para recoger mi dotación semanal de sangre de cerdo y vaca (ya no iba nunca de cacería. Aún cuando había logrado mantener bajo control mi naturaleza vampírica, la sed era algo inherente a mí; así que para tener a la "bestia" domada, había optado por consumir sangre que me suministraba un carnicero del Meatpacking. El sabor no era el mismo, pero servía para mi propósito.)

Me concentré en todo eso y más mientras hacía mi rutinario trayecto de regreso a casa. Llegué al edificio color café desvaído de seis pisos, introduje la llave en la cerradura de la puerta de acceso principal y subí con calma los setenta y cinco escalones que había hasta el tercer piso, donde estaba mi pequeño departamento (por enésima vez, el elevador se había descompuesto). Abrí la puerta y ni siquiera me molesté en encender la luz, ¿para qué? En primera, el departamento era bastante pequeño (una especie de sala-comedor, una mini cocina, un baño y una habitación era todo lo que abarcaba), apenas si estaba amueblado por un sillón, un televisor, una mesa y un par de sillas (sin contar la cama doble de mi habitación, el único "lujo" que me había concedido), así que era poco probable que me tropezara con algo; además, era perfectamente capaz de ver en la oscuridad, aunque algunas luces del exterior se colaban a través de una ventana que daba a las escaleras de emergencia.

Sentía los músculos engarrotados, tensos. Sabía que se debía en gran medida al encuentro con Alice más que al hecho de haberme dedicado a desempacar y acomodar casi toda la mercancía nueva durante la mayor parte de mi jornada laboral. Dejé mi bolso con descuido sobre el sillón al igual que el abrigo y en tres pasos me metí a mi habitación. Tomé un conjunto deportivo en terciopelo negro, una camiseta manga larga blanca y una muda de ropa interior antes de darme una ducha con agua caliente. Quería relajarme, desconectarme de toda la locura que me había estado rodeando últimamente, y si era posible, hacer de cuenta que la visita de la tía Alice no había sido más que otra de mis recurrentes pesadillas. En el fondo, sabía que era una batalla perdida, pero aún así me aferraba obstinadamente a no dejar escapar ni uno solo de mis recuerdos.

Cerré el chorro de agua y me vestí con lentitud, concentrándome en la tarea como si se tratara de una micro-neurocirugía. Mientras me ponía crema humectante en los brazos, con mi mano derecha toqué la grotesca cicatriz, o mejor dicho, las grotescas cicatrices que bajaban desde la parte trasera de mi hombro izquierdo hasta la parte oculta del antebrazo, a unos diez centímetros del doblez del codo; eran cuatro líneas irregulares que permitían imaginar claramente cómo se había visto mi piel desgarrada dejando en algunas partes incluso expuesto parte del hueso, eran más blancas que el esto de mi piel pero no por eso dejaban de tener un aspecto desagradable, razón por la que ya no usaba ropa de mangas cortas; un breve recuerdo del por qué y del cómo de esas marcas me hizo torcer el gesto, pero rápidamente deseché la imagen, sin sentirme todavía lista para enfrentarme a mis propios fantasmas. Me desenredé la suave melena con los dedos, un gesto que reflejaba mi creciente ansiedad; de pronto me sentía inquieta, asfixiada entre las paredes de mi pequeño departamento. Era una contradicción, lo sabía: no soportaba la sensación de claustrofobia, pero tampoco quería estar fuera esa noche.

Empecé a caminar de un lado al otro, como fiera enjaulada mientras escuchaba el sonido de mi móvil que me indicaba que tenía nuevos mensajes de textos. Me acerqué a donde había dejado mi bolso y saqué el pequeño aparato. Tenía dos mensajes de Adele, quien me preguntaba que dónde rayos me había metido y si pensaba unirme a ella y los demás en "Perdition"; había otro mensaje más, uno de V.J., un modelo que frecuentemente trabajaba para la firma de la boutique donde yo laboraba y con el que de vez en cuando me veía cuando necesitaba estar con alguien sin necesidad de promesas ni el peligro de perder el corazón. Había pasado, ¿cuánto?, ¿cuatro o seis meses desde la última vez que le había visto? No estaba segura, pero lo bueno de V.J es que a él no parecían molestarle mis cicatrices o por lo menos fingía no hacerlo. A pesar de ser un chico monísimo, nunca se había puesto quisquilloso con esa falta de perfección de mi cuerpo (como otros sí lo habían hecho. Por ejemplo, Adele, a quien consideraba lo más parecido a una amiga, alguna vez me había comparado con un exclusivo vestido de alta costura al que se le había corrido un hilo: a pesar de ser precioso a primera vista y deseado por todos, una vez que veías su defecto, perdía todo atractivo). V.J tenía una mente simple y sin complicaciones, capaz de arrancarte una sonrisa. Me pedía vernos la noche siguiente, pero ni siguiera me digné a responderle a él o a Adele, no me sentía de humor ni siquiera para ello.

Apagué el teléfono y saqué la cajetilla de cigarros de la bolsa junto con el encendedor. Arrastré una silla cerca de la ventana y la abrí, mientras encendía el primero de muchos cigarrillos que fumaría esa noche, oh sí, porque estaba segura que así sería. Cuando me sentía tan ansiosa como en esos momentos, era capaz de terminarme casi dos cajetillas de un tirón.

"Nos están cazando", eso había dicho tía Alice.

"…Y no sólo vienen tras la familia, sino por todos aquellos que alguna vez han sido nuestros aliados…"

"…Ellos vienen por ti. Lo que ha sucedido con tu… amigo no es ninguna casualidad…"

Cada una de esas palabras de mi tía retumbaba con fuerza en mi cabeza, al tiempo que le daba largas caladas al cigarro. Uno a uno de los rostros de nuestros amigos y aliados fueron pasando por mi cabeza. Los tíos de Denalí, el clan de la tía Zafrina, Siobhan,... todos ellos habían acudido a nuestro llamado cuando los habíamos necesitado. El pobre y temeroso Alistair, que al final su pavor lo había hecho huir antes de la llegada de los Vulturi, había pagado simplemente por su amistad con los Cullen.

"Nos están cazando"

¿Incluiría también a los quileutes…?

–¡No! – dije con voz estrangulada de miedo, pero no había quién me escuchara. Recordé los rostros de Seth, de Quil, de… de Jacob. Y los ojos se me llenaron de lágrimas.

El mismo sentimiento pesado y lúgubre empezó a instalarse en mí, el mismo que aparecía cuando recordaba a La Push y su gente. Hacía ya tanto tiempo que me había ido de ahí, dejando tanto dolor e infelicidad a mi paso… Había creído que al irme, por fin ellos podrían vivir en paz, por fin habría algo de tranquilidad en la reserva. Pero era como una maldición, era como si por el simple hecho de haber cruzado nuestros caminos, con eso hubiera sido más que suficiente para quedar malditos.

Cerré los ojos mientras daba una nueva calada al cigarrillo y sin poder contener más el torrente de imágenes, algunos de esos fragmentos de mi pasado empezaron a relucir en mi mente…

Aquella noche en Forks, cuando tío Emmett salió enloquecido en busca de venganza por la muerte de tía Rose, mis padres y yo logramos detenerlo. No fue fácil, pero logramos hacerlo entrar en razón, aunque al final, el tío terminó marchándose un par de semanas más adelante. A pesar de los ruegos de la abuela Esme, de las palabras razonables del abuelo Carlisle, de los discursos casi malhumorados de mi papá o de lo que pudiéramos decir el resto de la familia, nada le hizo cambiar de opinión.

Emmett no volvió a ser ni la sombra de lo que alguna vez fue. No recuerdo haberlo visto siquiera sonreír ni un solo momento. Durante los primeros días, parecía una especie de zombie, alguien vacío por dentro (si es que se podía describir así a un vampiro); aunque es parte de la naturaleza de un vampiro poder permanecer sin moverse si así lo desea por largos periodos de tiempo, mi tío era… ¿cómo explicarlo? No hablaba, no se movía, no le importaba lo que sucedía o no a su alrededor. Era como una especie de mueble más en la casa. Después, se había vuelto completamente hosco, malhumorado. Secretamente, de todos, él siempre había sido mi tío favorito, con el primero que corría a contarle mis travesuras y secretos, pero después de la muerte de Rose, el aura a su alrededor se había tornado demasiado oscura, tanto que ni siquiera me sentía capaz de mirarle a la cara. Había algo en su mirada que me hacía sentir terriblemente culpable.

Un día, Emmett anunció que se iba. Así sin más.

–Por favor, hijo… –rogó compungida mi abuela.

–Tengo que hacerlo. Debo hacerlo… –pronunció mi tío en el umbral de la puerta, sin volver el rostro siguiera. Y en menos de lo que dura un latido, su figura desapareció, dejando una profunda tristeza en la familia. La abuela estaba destrozada, había perdido dos hijos en un muy poco tiempo; sabíamos a donde se dirigía tío Emmett y esta vez no hubo poder humano o sobrenatural que lo detuviera, estaba determinado a meterse a la boca del lobo. Y era casi seguro que no saliera bien librado de su osadía.

La partida del mi tío y el peligro al que inevitablemente se exponía, era como una piedra más en el enorme saco de culpas que cargaba a cuestas.

–Lo que pasó con Rose no es culpa tuya. –me repetía una y otra vez mi padre con preocupación. Yo sabía que él estaba monitoreando constantemente mis pensamientos, intranquilo por mí; no es que me lo hubiera dicho, pero yo conocía a mis padres lo bastante como para saber que era parte de su naturaleza y con la habilidad que papá tenía para sondear en nuestras mentes, era imposible que algo se le escapara. Así que tuve que aprender a fingir incluso en mis pensamientos, tuve que aprender a poner buena cara, porque lo último que quería era causarles más preocupaciones o dolores de cabeza.

Empecé a desarrollar una obsesión casi maniática por hacer felices a todos. Quería complacerlos a como diera lugar, cualquiera que fuera lo que necesitaran o quisieran de mi, yo se los daría. Mucho tiempo después entendí que era una forma de desahogar el sentimiento de culpa que había desarrollado a causa de todos los destrozos que había provocado desde el día que había sido capturada en el bosque por Awka y los otros. Así que cuando la familia anunció que teníamos que abandonar Forks, a pesar de que la idea no me gustaba, me limité aceptarlo con resignación mientras preparaba mi equipaje.

Dejar Forks y al abuelo Charlie me costó el alma. Me sentía culpable porque sabía que el abuelo había sufrido el pre-infarto a raíz de mi desaparición y porque a mamá le dolía dejar al abuelo solo en esas condiciones. Pero no podíamos quedarnos ya que era peligroso si alguien veía a alguno de los Cullen o a mi madre y los reconocía, entonces podrían empezar a sospechar y descubrir nuestro secreto; tampoco podíamos quedarnos porque aunque Jacob había dicho que el tratado entre los quileutes y mi familia seguía vigente, había algunos miembros de la manada que estaban más que dispuestos en encajarnos el diente. Seth era el único que no nos había vuelto la espalda y gracias a él era que sabíamos cómo estaba la situación en la reserva.

–Tenemos que irnos. Tenemos que poner distancia y tiempo de por medio entre los quileutes y nosotros… Todavía las heridas están muy recientes como para intentar un acercamiento. Hay que darles tiempo. –Había dicho papá a modo de respuesta la única vez que insinué que no estaba del todo de acuerdo en abandonar Forks. –Me duele mucho todo esto, los he llegado a considerar mis amigos después de tanto tiempo pero… No quiero exponer a nadie de la familia a más peligros, mucho menos a ti, princesa. Lo entiendes, ¿verdad? –Asentí delicadamente mientras papá me besaba con dulzura en la coronilla. No podía rebatirle eso, la seguridad de la familia era primero.

Buscamos todas las alternativas posibles para que el abuelo Charlie no tuviera que pasar su convalecencia lejos de la familia; incluso estudiamos la posibilidad de que él se mudara una temporada con nosotros, pero cuando mis padres y yo se lo mencionamos, el abuelo Charlie abrió los ojos como plato y dijo: –No, gracias pero no.

Aunque el mensaje completo era: "No, gracias pero no. Yo no quiero saberlo todo, no necesito que me lo digan todo, pero eso no quiere decir que sea un tonto y no haya descubierto la verdad. A mi déjenme fuera de las cosas sobrenaturales".

Así que lo más viable que encontramos fue dejarle dos enfermeras para que le cuidaran las 24 horas del día, además de una persona que se encargara de hacerle la limpieza de la casa y prepararle la comida según las indicaciones del médico. Como mamá no soportaba la idea de no poder estar pendiente de él todo el tiempo, la casa del abuelo se vio equipada con la más alta tecnología en comunicaciones: conexión a Internet de alta velocidad, dos laptops de alta tecnología con lo último para videoconferencias, un par de teléfonos que permitían video-llamadas. No sabía cómo rayos el abuelo iba a lidiar con tanto aparatejo, pero era la mejor opción para estar lo más cerca posible a pesar de la distancia.

Inclusive, el abuelo Carlisle tomó la decisión de que la familia se mudara a Beaumont, Canadá para estar lo más cerca posible del abuelo, pues después de todo él también era parte del clan.

–Y en la familia se cuidan los unos a los otros –había dicho con decisión.

El abuelo Charlie protestó todo lo que quiso porque se le hacía una locura gastar un dineral en él, y sobre todo, un dinero que no provenía de su cuenta ni que había ganado con su trabajo. Mamá y yo tuvimos que emplearnos a fondo para convencerle que nos dejara hacer las cosas a nuestro modo.

–Papá, es esto o es que nos dejes de ver definitivamente –había dicho mamá un poco exasperada. Nada más escuchar las palabras de mi madre, el abuelo puso ojos tristes, como los de un cachorrito abandonado y yo me solté a llorar como una tonta, sintiéndome culpable incluso de eso.

–¿Nunca volvería a verlas?

–No, claro que no… pero por un tiempo vamos a tener que evitar regresar a Forks. Y puesto que tú no quieres venir con nosotros… por favor, papá. Hazlo por mí, hazlo por Renesmee. Ya es bastante duro decirte "adiós" las pocas veces que nos visitas y llega el momento en que tienes que regresar; no tienes idea de cuanto me duele tener que irme cuando me necesitas…

–No me estoy muriendo –dijo con terquedad mi abuelo –Ni soy un viejo decrépito que necesita niñeras las veinticuatro horas del día. Puedo cuidarme perfectamente bien yo solo, siempre lo he hecho…

–Papá, por favor…

–Abuelito, por favor, ¿si? Estos días han sido bastante… difíciles para todos nosotros. Lo que pasó con tía Rose, el que se haya ido tío Emmett… –la voz se me quebró, impidiéndome seguir hablando.

–Y lo de Jacob… –terminó por mi –Lo sé, cariño, no ha sido fácil para nadie.

–No soportaría que te pasara algo malo mientras tenemos que estar lejos de aquí… por favor abuelito, déjanos cuidarte, aunque sea a nuestra manera.

–Está bien, está bien, me rindo. Haremos las cosas a su manera… –había dicho el abuelo dándose por vencido, pues las lágrimas estaban en el número uno de su larga lista de cosas que le incomodaban.

Por otro lado, dejar a Jacob tampoco fue fácil, pero ¿cómo contradecir los deseos de mis padres? Como dije antes, era una maniática de la idea de portarme bien, ser la hija, la sobrina, la nieta modelo, hacer felices a todos a como diera lugar y sin causar problemas. Sabía que intentar buscarlo en La Push podía ser tomado como una provocación por parte de Leah o Paul (y lo último que deseaba era causar más problemas y fricciones en ambos bandos), así que me armé de valor y le llamé por teléfono. Marqué el número de su móvil, pues estaba segura que si llamaba directamente al de su casa alguien más podría responder y negarse a comunicarme con él. Seth me lo había advertido.

Esperé el repiqueteo del teléfono; por fin, al quinto sonido, contestó.

–¿Si? –su voz sonaba entre seca y sorprendida. Probablemente había reconocido en el indicador de llamadas el número del teléfono de mi madre.

–Soy yo…

–Nessie…

–Renesmee –Corregí impulsivamente. Desde que había vuelto, había pedido que me llamaran por mi nombre completo, pues mi mote se me hacía bastante infantil. Sentía que había crecido y cambiado tanto en tan poco tiempo, que el "Nessie" se me antojaba inadecuado y forzado

–Renesmee… Yo, no pensé que volverías a llamar alguna vez.

–Lo siento… sé que debí llamar antes, pero… han pasado algunas cosas y… No sé, también quise darte tiempo, no quería molestarte o causar más problemas en la manada.

Se hizo un silencio absoluto a ambos lados de la línea. Esperé que dijera algo, pero se quedó callado. Incluso creí que se había cortado la llamada.

–¿Cómo estás? –dije por rellenar el incómodo silencio.

–Bien.

Silencio nuevamente. No era fácil, nunca se me había dado el pedir perdón ni el cargar con sentimientos de culpa, y en esos momentos los que cargaba eran tan pesados como una montaña.

Gracias a Seth, que se había convertido en mis ojos y oídos con todo lo respectivo a Jake, supe que había estado internado en la clínica durante dos semanas, pues a pesar de que tenía una capacidad para sanar extraordinaria, lo último que deseaban los quileutes eran levantar sospechas sobre su doble naturaleza. Así pues, a pesar de la renuencia de Jacob, se quedó pacientemente durante esos catorce días, siempre acompañado de algún miembro de su familia o de la manada, tanto para hacerle compañía, tanto para evitar cualquier contacto conmigo o con mi familia. Una vez fuera del hospital, le trasladaron a su casa y no supe más de él. Seth se limitaba a decirme que estaba bien, que estaba haciendo un esfuerzo por recuperarse y que incluso, Jacob estaba consultando con la Doctora Emma Young la mejor opción en cuanto a la rehabilitación a seguir; estaba determinado a recuperar la capacidad de andar cuanto antes.

Hubiera querido estar ahí, apoyarle, tomar mi parte de culpa en esa historia tan complicada que se le venía en cima. Yo era la causante de que Jacob hubiera recibido esas heridas que le habían puesto en la silla de ruedas. Había sido una malagradecida con él, nunca había visto ni apreciado todos los sacrificios que había tenido que hacer para estar a mi lado, nunca había comprendido realmente todo lo que Jacob había dado sin recibir nada a cambio más que dolor y traición de mi parte.

–Yo… –volví a intentarlo una vez más, nerviosa –Jacob, lo siento mucho, perdóname, jamás hubiera querido…

–¿Para qué has llamado? –me interrumpió secamente –¿Para decirme que te vas?

–¿Lo sabes? –dije con sorpresa. –¿Quién te lo ha dicho?

–Me lo suponía… ¿Te vas con él?

–¿Cómo?

–Que si has decidido irte con… no sé como se llama, pero ese que se apareció la noche que regresaste.

"Stan", dijo una vocecita tortuosa en mi cabeza.

A través de su voz pude distinguir la nota de amargura y celos que acompañaban las palabras de Jacob. ¡Diablos!, ¿Por qué parecía que lo único que podía causarle era dolor? ¿Qué no se suponía que si éramos almas gemelas, nuestro destino tenía que estar teñido de amor, esperanza y alegría? Entonces, ¿en qué estaba fallando?

"En a pesar de lo que digas, a pesar de lo que quieres creer, hay una parte de ti que no le pertenece a Jacob y ni siquiera a ti."

–¿Y? ¿Vas a responder? –el tono frío a través del auricular me sacó de mis cavilaciones.

–Me marcho con mi familia. Creen que es lo mejor en estos momentos, poner tiempo y distancia de por medio entre todos nosotros para dar tiempo a que se curen las heridas.

–¿Y él? –insistió.

–Él… –reprimí el deseo de pronunciar su nombre. Era parte de la especie de terapia que me había auto-impuesto para superar mi historia con él; estaba decidida a evitar cualquier cosa que evocara su imagen, los recuerdos de todo lo que vivimos… Por lealtad a Jacob, al destino que tenía que cumplir, por mi propia salud mental, tenía que hacerlo. Tenía que arrancar cada recuerdo, cada imagen, cada sensación. Debía hacerlo. –No volveremos a verlo. Se ha ido.

–¿Por qué?

–Porque así tenía que ser. –contesté forzadamente

–¿Por qué? –repitió nuevamente.

–Jacob, ¿de verdad quieres hablar de eso…? –dije entre incrédula y desesperada. No me gustaba tocar ese tema, ni siquiera conmigo misma. Mis padres y la tía Alice, cada quién a su manera, habían tratado de abordar el tema de lo mío con Stanislav, pero yo me había rehusado a hablar de ello. Era un asunto prohibido. –Simplemente no hay nada de qué hablar. El que él haya llegado a Forks se debió a que… simplemente se sintió como… Ayudarnos esa noche era una forma de expiar sus culpas. Estaba arrepentido por su participación en los planes de los Vulturi y unirse a nosotros en la batalla fue su forma de compensarnos por lo que había hecho.

Un nuevo silencio tenso. No estaba siendo fácil, no es que hubiera imagino que iba a ser una llamada sencilla, pero tampoco me esperaba algo así, aunque me lo mereciera con justicia.

–Jacob, me hubiera gustado poder decirte "hasta luego" cara a cara, no tener que despedirnos así… Incluso quisiera poder quedarme a tu lado.

–¿Y por qué habrías de hacerlo? ¿Por qué "hasta luego" y no un simple y definitivo "adiós"?

–¡Porque ese es nuestro destino! Porque se supone que así deberían de ser las cosas y no… –dije un tanto desesperada –Jacob, no tienes idea de cuánto me duele todo esto, cuanto… no pienso decirte "adiós" nunca, ¿me entiendes? A menos que tú me lo pidas. –sentía un enorme nudo en la garganta –¿Eso es lo que quieres? ¿Quieres que me vaya de tu vida para siempre?

–Eso no es justo, Nessie… Sabes cuánto te amo.

–No, no lo sé… nunca me lo has dicho.

–¿Entonces? –pronuncié después de otro largo silencio –¿qué va a ser, Jake?

–Supongo que esto debimos hablarlo antes, en otro momento y cara a cara, no por medio del teléfono –escuché como emitía un largo suspiro al otro lado del auricular –Tal vez sea lo mejor

–¿El qué?

–Estar un tiempo separados. Tienen razón, necesitamos tiempo y distancia para curar nuestras heridas, aunque lo mío es más literal que nada. –dijo como tratando de hacer una broma. Torcí el gesto, pues no había tenido oportunidad de ver a Jake en la silla de ruedas, sólo me lo había imaginado ahí y con eso bastaba para que el corazón se me encogiera de angustia. –Creo que por primera vez en mi vida necesito concentrarme en mí únicamente; en estos momentos necesito tomarme un tiempo, un respiro entre los míos para enfocarme en recuperarme de lo sucedido en la batalla.

–Jacob, perdóname…

–Renesmé, por favor, no vuelvas a pedirme perdón. Si vuelvo a escuchar esa palabra de nuevo, te juro que voy a gritar… Lo que me pasó, bueno, fueron "gajes del oficio", cualquiera pudo haberme hecho daño.

–Pero fui yo quien lo hizo, no cualquiera…

–¡Basta! No te culpo de nada, Seth me ha explicado todo lo de la especie de trance en el que te encontrabas, lo de la pérdida de memoria… Son cosas que pasan en el campo de batalla. Incluso, creo que entiendo lo tuyo con él…

Ahora fui yo la que se quedó callada, sin saber qué decir. Si Jacob no quería hablar del tema de cómo resultó herido, entonces yo no quería tocar el tema de… de aquél.

–¿Cuándo se marchan?

–Mañana a primera hora.

–¿Tan pronto?

–No podemos quedarnos más tiempo. Alguien podría reconocer a alguno de mi familia y… ya sabes, hay que proteger nuestro secreto.

–Sí, lo sé… Entonces, supongo que esto es el adiós.

–No, solo un "hasta luego". Cuando las cosas se calmen un poco, cuando nuestras vidas tomen un poco de orden, regresaré por ti. Te lo prometo, voy a luchar por nosotros, por nuestra historia, por lo que debe de ser.

–Haces que suene como una sentencia.

–No, estás equivocado. No es una sentencia, es nuestro destino.

–Cuídate, por favor.

–Lo haré. Y tú también… ¡Dios!, quisiera quedarme contigo, el irme me hace sentir como una traidora, como una rata que abandona el barco cuando se hunde.

–¿Crees que soy una causa perdida? –dijo con un tono entre sarcástico y sorprendido.

–¡No!, ¡No!, ¡No!. –repliqué rápidamente –No quise decir que tú… no, claro que te vas a poner bien. Sólo que…

–Entiendo lo que quisiste decir. No pasa nada, es más, aunque ustedes no planearan irse, yo te hubiera pedido que no nos viéramos por un tiempo.

–¿Por qué? –pregunté sorprendida, con la voz una octava más aguda

–Exactamente por las razones que se van: necesito tiempo para recuperarme, necesito estar solo para reencontrar mi camino, para recuperar lo que antes fui.

–¿Eso significa que ya no te importo?

–No, claro que no. Pase lo que pase, siempre serás la única para mí. Y por lo mismo, por lo que me importas creo que tú también necesitas ese tiempo a solas. Toda la locura que te tocó vivir al lado de los Vulturi debió trastocar tu vida de una forma que probablemente ni siquiera te imaginas; tú también debes reencontrarte, acomodar cada cosa en su sitio.

–Y después, ¿qué? ¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Cuánto tiempo debe durar esta separación?

–Lo que pase o lo que dure, vamos a dejárselo al destino. Si es nuestro destino estar juntos, lo estaremos, sino… bueno, supongo que incluso las leyendas de mi pueblo se pueden equivocar.

–¿Te refieres a la impronta?

–Sí… en fin, es tarde y me siento cansado. Tal vez sería buena idea que me vaya a descansar un poco.

–Supongo…

–Cuídate, por favor, ¿quieres?

–Lo haré.

–¡Ah! Y recuerda algo, la imprimación no es una obligación. Recuerda que siempre tienes la posibilidad de elegir. Hasta luego, Renesmee.

Colgó, sin dejarme oportunidad siquiera de decir algo más. Me quedé mirando un rato el móvil antes de cerrar la tapa, sin estar segura que realmente que irme fuera una buena idea, o por lo menos así me lo decía mi instinto, pero ¡qué diablos! Últimamente mi instinto estaba realmente errático y me había metido en demasiados líos.

Parpadeé ligeramente, regresando al presente.

Jacob. Había dos grandes remordimientos en mi vida, uno de ellos llevaba tatuado el nombre de Jacob Black en letras mayúsculas; había querido hacerlo feliz con toda desesperación y en mi intento sólo había logrado arrastrarnos al más grande tormento.

Y no sólo a él. Yo había sido como una especie de "beso de la muerte" para varios más: tía Rose, tío Eleazar, Sam, Embry, Colin, Tía, Benjamin; ellos habían muerto por mí; Emmett, Leah, Emma, ellos habían perdido aquellos que amaban gracias a mí, Quil estuvo a punto de hacerlo. Incluso mi familia había tenido que aprender a vivir con esas pérdidas. Lo intentamos, fingimos hacerlo, pero nada fue igual… había tanto que lidiar. Y yo no fui capaz de hacerle frente, simplemente fui ignorando todo aquello que dolía, lo fui enterrando en lo más profundo de mí, porque si no pensaba en ello, si pretendía que no había pasado entonces no podía hacerme daño.

"…Y no sólo vienen tras la familia, sino por todos aquellos que alguna vez han sido nuestros aliados…"

Levanté la mirada pesarosa hacia el cielo, contemplando la luna oscura que lo coronaba, sin una sola estrella de compañía. Era como si la noche misma estuviera envuelta en el mismo halo de abatimiento y melancolía que me dominaba en esos momentos.

Si los Vulturi estaban decididos a continuar con su guerra contra nosotros, tal vez en esos precisos momentos, estarían tras la caza de alguno de ellos. Tal vez alguno de mis antiguos amigos estaba luchando por su propia existencia. Cerré los ojos con fuerza y mi traicionera mente trajo la imagen de una espectacular vampiresa de piel de ébano y atemorizantes ojos carmesí.

"Neema"

Pero no era precisamente su recuerdo lo que me inquietó, sino algo o mejor dijo alguien que irremediablemente asociaba a ella. Alguien en quien nunca, bajo ninguna circunstancia me permitía pensar. Alguien que aún podía hacer que el corazón me latiera desbocadamente en un segundo y al siguiente, provocarme una profunda sensación de vacío en el pecho.

Durante años había evitado siquiera pensar en su nombre, porque al hacerlo era como una traición más a Jacob. Había aprendido a olvidar su nombre, a olvidar su sonrisa, a olvidar la forma en que fruncía el ceño cuando estaba furioso o su mordaz sentido del humor con aquellos que le sacaban de quicio. Sí, había aprendido a hacerlo por respeto a Jacob, y aún cuando había terminado dejándolo, me había obligado a seguir con esa costumbre. No pensar en él, no hablar de él.

Dejé la colilla de mi décimo cigarro en el cenicero que había puesto sobre mi muslo izquierdo y me mesé el cabello, nerviosa. Tal vez superficialmente en mi mente me estuviera debatiendo entre ir al encuentro con tía Alice a su hotel o no, pero en lo profundo sabía que era una lucha perdida, pues al final sólo había una cosa que terminaría haciendo.

Sin detenerme a pensarlo más, me puse de pié, tomé el abrigo y el bolso y salí de mi departamento decidida a enfrentar de una buena vez lo que se venía. No me interesó que fueran pasadas las dos de la mañana, ir en pantuflas de peluche negro o que en un par de horas tuviera que estar fresca, radiante y presentable para trabajar en la boutique, en esos momentos, en mi cabeza había cosas más importantes que resolver.

–Er…. Buenas noches –dije cuando el hombre de la recepción me lanzó una larga mirada cargada con un mensaje del tipo "este no es refugio para desamparados". –Busco a… –me detuve un momento, preguntándome cuál sería el sobrenombre que estaría usando tía Alice en el hotel. No me había dicho bajo cual se habría registrado, sólo me había pedido que acudiera en su encuentro.

–¿Sí? Es un poco tarde para buscar a alguno de nuestros clientes. Si se fija en la hora, se dará cuenta que la mayoría ya debe estar en cama.

–Sí, pero… busco a Alice Cullen –dije, probando con el nombre que comúnmente usaba mi tía. Si no, tendría que hallar la forma de colarme en el hotel y buscarla habitación pro habitación, pero la idea no me encantaba en lo absoluto. –Dijo que podía buscarla a la hora que fuera. Soy Carlie Masen y…

–Oh, un momento por favor –al pronunciar el nombre de mi tía y el mío propio, los ojos del hombrecito habían pasado del disimulado desprecio a la perplejidad y después a algo parecido a la adulación. Sospeché que mi tía había ofrecido un "incentivo extra" por permitir que yo le buscara a la hora que fuera, así que el encargado de la recepción estaría imaginándose recibir tal propina de manos de la bella Alice. El hombre tomó un telefonillo que tenía a un lado, marcó rápidamente un par de teclas y seguidamente murmuró un par de cosas a las que realmente no quise prestar atención. Desvié la mirada, estudiando el diseño del lobby del hotel. En el tiempo que tenía en la ciudad, jamás se me había ocurrido entrara un hotel de tal lujo como ese.

–Puede subir, la esperan en la suite. –Le agradecí con una suave sonrisa mientras me decía el número de la habitación y me indicaba hacia dónde y cuál elevador tomar.

El hotel estaba casi desierto a esas horas, salvo por algún desafortunado empleado que había tenido que trabajar en el horario nocturno, o por alguno que otro huésped que llegaba después de una noche de farra en la ciudad y necesitaba una buena noche de descanso después de eso. Por 959 dólares la noche, esperaba que lo consiguieran.

Me metí en el ascensor y pulsé el número de piso al que me dirigía. Vi mi reflejo en el marco de la puerta y entendí el por qué de la mirada de disgusto del hombre cuando me vio entrar por las elegantes puertas del exclusivo hotel. Sin el maquillaje ahumado que solía llevar (las sombras negras, grises y azul marinas eran mis favoritas, me hacían ver "mayor"), así a cara lavada parecía una chiquilla mal nutrida. Con el potente foco del elevador dándome de lleno, mi palidez se acentuó con intensidad, así como las profundas ojeras que cada mañana cubría esmeradamente con maquillaje. Entre las muchas cosas que había perdido ese tiempo estaba la capacidad de dormir bien, ya fuera por las pesadillas o por mis pequeños periodos de insomnio, pero la verdad es que tenía años que no sabía lo que era dormir por lo menos siete horas de un tirón.

Mi ropa tampoco me hacía un gran favor. Salvo por el abrigo, de buena calidad que me había comprado en unas rebajas el año pasado, el conjunto deportivo que usaba y la camiseta eran bastante sencillos y simples. Y ni hablar de mis pantuflas de peluche negro, regalo de un compañero de trabajo en un intercambio de regalos las navidades pasadas. Así, sin con el pelo apenas cepillado, con la cara lavada y esa ropa, parecía más una adolescente de dieciséis años fugada de casa que la mujer de 24 que aparentaba ser para aquellos que me conocían como Carlie.

El ascensor por fin se paró en el piso indicado, abriéndose las puertas lentamente ante mí. Por un momento dudé en seguir, estaba tentada a regresar por donde vine, aunque eso me costara otros 42.25 dólares en el taxi de regreso a mi departamento.

"Cobarde. Si ya llegaste hasta aquí, ¿para qué dar un paso atrás", me reprendí mi misma. Así que, respirando hondamente, di un paso fuera del ascensor y comencé a recorrer el pasillo de lustrosos pisos de mármol color arena, buscando la habitación con el número que me había indicado el hombre de la recepción.

Después de caminar un buen tramo en dirección contraria y darme cuenta, por fin llegué hasta la maciza puerta de roble de la habitación de tía Alice. Casi tímida, levanté mi mano derecha en un puño, dispuesta a tocar con suavidad, pues no deseaba despertar a alguno de los posibles vecinos de mi tía.

–Por fin llegas… –la puerta se abrió antes que siquiera pudiera golpearla una sola vez. Parpadeé sorprendida, ¿cómo sabía que había llegado si ella no podía verme?

–No puedo verte, pero puedo olerte –dijo a modo de respuesta a mi pregunta no formulada. –Y por cierto, ¿a qué rayos hueles, a parte de tu aroma natural? –dijo ciñendo el gesto con leve disgusto.

–Se llama tabaco… ¿puedo pasar? –dije. Se me hacía medio surrealista tener esa conversación en pleno umbral de su habitación, donde cualquiera podía escucharnos y quejarse en la recepción de hacer escándalo y no dejar dormir. Y lo último que necesitaba en esos instantes eran más escándalos en mi vida.

–Pasa… –dijo haciéndose ligeramente a un lado para dejarme entrar. –¿Tabaco? ¿Qué significa eso?

–Tabaco, cigarrillos… ya sabes –dije mientras me aflojaba el cinturón del abrigo. La habitación estaba caliente, imaginé que producto de un buen sistema de calefacción, nada que ver con la temperatura casi en cero grados del exterior. Era incluso extraño que no estuviera nevado en esos momentos con el frío que estaba haciendo. Sin esperar siquiera a que me lo indicara, dejé el bolso y mi abrigo sobre el mullido sofá que había en una especie de salita frente a una puerta desde donde se podía observar la enorme cama tamaño King size que coronaba la habitación.

–¿fumas? –preguntó sorprendida

–Sí, fumo, bebo y maldigo, entre otras cosas.

–Cuando tu padre se entere, no le va a gustar nada eso…

Me envaré inconscientemente al escuchar mencionar a mi padre.

–Tía, ¿para esto querías verme? ¿Para que te cuente de mis nuevas… aficiones? –pregunté incrédula mientras paseaba rápidamente la vista por el cuarto. Imaginé que era del mismo tamaño que mi departamento, sino es que incluso más grande. Vi el montón de bolsas con las que la tía Alice había salido esa tarde de la boutique, aunque me llamó la atención que dos de ellas estaban ladeadas y un poco revueltas, como si hubieran estado tratando de encontrar algo ahí. Mi tía no se caracterizaba por ser desordenada precisamente. Sacudí la cabeza, tantas emociones en un solo día me estaban empezando a poner medio paranoica.

–No, claro que no, pero es que Renesmee, tengo que regañarte. Fumar no es bueno.

Puse los ojos en blanco, incrédula de que hubiera atravesado medio Manhattan desde el Bronx sólo para escuchar a mi tía darme un sermón sobre los peligros del tabaquismo.

Respiré profundamente otra vez, tratando de no contestar mordazmente, como lo hacía cuando alguien se metía en un asunto que no le concernía.

"Hay alguien más en esta habitación", dije para mí. No tenía el olfato super-desarrollado de los vampiros, pero sí era lo suficientemente agudo para detectar aromas que el humano promedio no podía. Respiré nuevamente, tratando de reconocer ese efluvio. Sí, estaba segura de haberlo olido antes, pero no podía ubicar de quién se trataba.

"Tal vez es Jasper. Tal vez estés demasiado nerviosa y con todo el tiempo que ha pasado desde la última vez que lo viste, por eso no puedes reconocer su aroma".

Sí, debía de ser eso, razoné mientras me inclinaba para alcanzar la cajetilla de cigarros de la bolsa y encender uno más. Cuando estaba nerviosa, el ansia por fumar era muy grande.

Sin prestarle demasiada atención a la mueca de disgusto de Alice, le di una larga calada al cigarro, reteniendo el humo más de lo acostumbrado.

–Esta es una habitación de no fumadores.

–Lo siento. Si tienes terraza, me salgo a fumar allá.

–Lo que deberías hacer es dejar ese maldito vicio, te va a hacer daño. Serás medio vampira, pero también eres humana y no sabemos si puedes desarrollar las mismas enfermedades que el resto de las personas. ¿Quieres que te de Enfisema Pulmonar?

–¿Y por qué no? –dije con acritud. –Si eso me sirve para matarme sin que tenga que recurrir a los Vulturi o a una estaca, por mi mejor.

–¿De qué demonios estás hablando? ¿Qué quieres decir con eso?

–Que no pienso vivir una eternidad. Pienso vivir exactamente lo que viva en promedio una persona común y corriente, y si para lograr morirme tengo que fumar o beber hasta que los pulmones o el hígado se me pudran, ¿por qué no?

–¡Estas diciendo un montón de tonterías!

–No son tonterías. –Mi voz se tiño de amargura y dolor. Sí, hacía tiempo que esa idea se había aferrado en mi cabeza. –¿Para qué quiero una eternidad llena de amarguras y soledad? No puedo quedarme en un sólo lugar, no puedo echar raíces porque tengo un maldito secreto que proteger, un secreto que ni siquiera elegí tener. No puedo tener una relación con nadie porque al final le perdería, no puedo darle hijos a nadie, no puedo hacer feliz a nadie, ¿entonces, para qué la eternidad? ¡¿Para qué ser miserable cien o 500 años si puedo reducir la condena apenas a 50!?

Por primera vez en mi vida, que yo recuerde, la tía Alice se quedó sin palabras, limitándose a dirigirme una larga mirada. Yo desvié incómoda la mía hacia el piso. Era la primera vez en mucho tiempo que hablaba en voz alta de cómo me sentía por dentro, y esa pequeña confesión me hizo sentir incómodamente vulnerable.

–Empiezo a preguntarme si haberme alejado fue una buena idea…

Abrí los ojos como platos al escuchar esa voz proveniente de la puerta que estaba frente a nosotros, más no me atreví a levantar el rostro. No sabía si eran imaginaciones mías, la realidad o uno más de esos sueños que dolían tanto o más que las pesadillas.

Como si mi cuerpo se moviera por iniciativa propia, sin que mi voluntad tuviera nada qué ver, lentamente giré el cuerpo y el rostro hacia la dirección de donde provenía esa voz. Al fin había reconocido el aroma.

Me preparé para encontrarme con ese par de ojos carmesí que creí que jamás volvería a ver en esta vida; unos ojos que con un poco de suerte, en la siguiente volvería a encontrarme en su original tono azul aguamarina.

Lo que no me esperaba es que en lugar de los ojos de iris rojo, me encontré con unos de un tono que luchaba entre el café claro, el dorado y hasta el naranja. Como los de un Vampiro en proceso de vegetarianismo.

Me cubrí medio rostro con las manos, tanto para cubrir mi expresión de shock, tanto para evitar algún grito de sorpresa. No sabía a donde había ido a parar el cigarrillo de mi mano y de verdad que no me importaba en lo más mínimo en esos momentos, pues de lo único que era consciente era de él.

–¿Sta…Stanislav? –dije entre tartamuda y susurrante.

¿Qué demonios estaba haciendo ahí?

¿Por qué estaba con mi tía?

¿Estaban ellos solos?

Casi sin poder evitarlo, lo miré a él, miré a mi tía y la única y amplia cama que estaba al final de la escena.

"Renata, Heidi, Neema, Jade, Chelsea, y ¿Alice?".

Sonreí incrédula, ¿de verdad ellos…? ¡Diablos! Y yo que pensaba que ya nada podría sorprenderme.