La tierra lucía bastante húmeda, pero no debido al agua de lluvia, sino a la sangre derramada por cada leal guerrero en defensa de su honor y de su señor. Aquí y allá se veían rescoldos de lo que otrora fuera un bello y antiguo jardín, arruinado en cuestión de minutos por el descuido de los combatientes quienes, luchando por sus vidas, no habían tenido tiempo para mirar por dónde pisaban, o caían. La propiedad estaba destruída; y la familia que la poseía, exterminada; eso era lo único evidente para los testigos que permanecían con vida y se encontraban arracimados en el centro del desastre, rodeando al único superviviente de los asesinos.
─¿Dónde está la heredera? ─el que habló era un hombre joven; pero, tanto su voz como su firme postura, denotaban su liderazgo sobre el reducido grupo. Llevaba el rostro cubierto con un velo negro, y el resto de su atuendo tampoco tenía un solo toque de color.
─¡No lo sé! ─fue la pronta y esperada respuesta, el pánico evidente en el maduro rostro masculino, desprovisto ya de la máscara ritual. El guerrero interpelado, ataviado con los colores del Clan Saotome, sabía perfectamente que le aguardaba la muerte. Una muerte sin honor, por desgracia.
─Tienes que saberlo ─indicó su captor con voz fría, haciéndole entender con una simple inflexión de la voz, que no aceptaría jamás su respuesta─. Después de todo, veniste aquí para capturarla.
─¡No! ¡Yo no hice nada! ¡Juro que no sé de qué habla! ─la protesta tenía un dejo de temor demasiado intenso para escapar a la fina percepción de cualquier guerrero, y dicho miedo era justificado plenamente, puesto que el interrogado se encontraba hundido en el terror más absoluto, gracias al gélido brillo de muerte que surgía de los ojos azul-grisáceos enmarcados por el velo negro.
─Vaya ─sin perder su autoridad, ni su dureza, la voz del joven líder adquirió un tono francamente amenazante─: Nunca pensé que serías del tipo que guarda lealtad a un viejo estúpido.
─¡Le juro que no la encontré, señor! ─declaró con desesperación el cautivo; en su voz evidente el reconocimiento de su captor, el temor más intenso que nunca al comprender a quien se enfrentaba─. ¡Busqué por todas partes y ella no está aquí! ¡El patriarca conducía la defensa! ─aulló el guerrero al verse rodeado por los vencedores. Eran tan sólo cuatro hombres, pero habían conseguido acabar con más de tres decenas de los mejores guerreros. Ahora no tenía opción, sabía que la hora de su muerte había llegado. La angustia se apoderó de él al comprender su plena derrota y su deshonra.
─¡Maldición!¡No! ─gritó uno de los guerreros, pero fue demasiado tarde, incluso para alguien con sus reflejos. La flecha había surgido intempestivamente y alcanzado su objetivo.
El prisionero estaba muerto: una saeta decorada con tres listas negras incrustada en la parte posterior de su cuello, había marcado su deshonroso final.
─¡Por el Kami del Sendero! ─exclamó otro guerrero─. ¡Vamos! ─indicó, haciendo ademán de ir en persecución del enemigo, que presumiblemente permanecía oculto en el pequeño bosque que comenzaba tras la propiedad.
─¡Espera, Onno! ─llamó con frialdad el hombre cuyo rostro permanecía tras el velo─: no tiene caso perseguirle, porque estará muerto antes de que le alcancemos ─declaró con seguridad, haciéndoles comprender con esas palabras no sólo la inutilidad de sus acciones, sino que tenía perfectamene clara la identidad del señor del pequeño ejército de sanguinarios que irrumpiera esa tarde en la residencia principal del Daimyo Tendo.
La flecha de las tres listas negras permanecía erguida, enmarcada por la sangre fresca del infortunado asesino, y en las mentes de los guerreros se instaló la certeza de que había sido enviada no como vengadora del honor, sino como portadora de una advertencia silenciosa y contundente.
─Lo siento ─en labios de un feroz combatiente, armado hasta los dientes y en franca postura de ataque, la disculpa sonaba ridícula, y quizás lo mismo pensó el guerrero del velo negro, porque levantó la mano, como desechando el gesto. Su mirada recorrió el vasto jardín procurando, todos bien lo sabían, encontrar la explicación más probable del desastre ocurrido al Clan Tendo; uno de los más poderosos del rumbo.
─¿Crees que la familia escapó? ─preguntó un hombre de cabellos castaños, el mismo a quien el líder había frenado de emprender una persecución inútil. La pregunta le parecía fuera de lugar y tremendamente obvia; pero no pudo contenerse. El panorama era demasiado desolador. Lo cierto era que no tenía idea del porqué estaban ahí, luchando por algo que no les incumbía.
─Tienen que estar aquí ─contestó con dureza un hombre alto, cuyos rasgos y acento denotaban su ascendencia China─. Nadie salió antes que el Clan Saotome llegara ─sus palabras eran correctas, e inconscientemente dejaban entrever algo de su arrogancia característica: era él quien había vigilado los movimientos de la familia desde hacía más de un mes.
Ante la última frase, los ojos azul-grisáceos del líder emitieron un misterioso resplandor. Por un instante el veterano guerrero temió por su vida; pero antes de que surgiera alguna réplica, escuchó la suave voz de una mujer, justo tras él:
─Gracias.
La muchacha era joven; posiblemente contaba unos veinte años, tal vez menos. A juzgar por su apariencia y sus modales era una de las tres hijas del patriarca Tendo, pero al verla a los ojos no pudo encontrar los "destellos de fuego" que su espía le describiera tan profusamente al informarle sobre la heredera de la tradición de combate. Más que flamas, las chispas color ámbar eran miel pura: fresca, natural, sin malicia. Aunque alguien capaz de enfrentar a cuatro aparentes asesinos con una sonrisa, bien podía ser una guerrera, el aura de calidez que la envolvía le hacía pensar que ella jamás había lastimado a ningún ser viviente durante su estancia en el mundo.
─¿Dónde está la heredera? ─al hacer la pregunta y notar el sobresalto de ella comprendió que, una vez más, había olvidado mostrar la cortesía debida. Gruñó por lo bajo; sencillamente, él y los buenos modales no congeniaban─. Lo siento ─se disculpó, al tiempo que hacía una profunda reverencia ante la joven; aunque esta no le prestó atención, puesto que ya había reparado, horrorizada, en la sangre y los cuerpos dispersos por el arruinado jardín.
Las lágrimas asomaron por los bellos ojos, mas no brotaron. Ante este sencillo gesto de fortaleza ante la adversidad él no pudo menos que admirar la indiscutible nobleza de quien, hasta ese momento, había considerado una enemiga. Su mirada siguió a la de ella escudriñando todo cuanto los rodeaba; sabía perfectamente lo que estaba sintiendo, conocía bien la pérdida y la impotencia para evitar la tragedia. Él también había sido duramente golpeado ese día.
Por un instante permitió a su entrenada mente vagar sin rumbo, repasando los sorprendentes sucesos que lo habían conducido a proteger a la familia para cuya destrucción había sido preparado cada instante de su vida consciente. Aún ahora, no encontraba razón lógica para su actuación, totalmente contraria a los principios que habían regido su existencia; pero su instinto, altamente certero, le indicaba que era la mejor decisión. El destino se encargaría de desengañarlo.
─Llegamos demasiado tarde ─la queja en la voz de Tatewaki, uno de los guerreros mas inexpertos, revelaba su estupor ante lo que había sucedido minutos atrás. Contuvo una mueca de cinismo al comprobar que ya no le temía lo suficiente para guardar silencio en su presencia; era una buena señal: detestaba el servilismo y la falta de iniciativa, pues jamás eran útiles en un combate de vida o muerte.
─Honorable señora, le ruego disculpe a mi amo por su inexcusable rudeza ─señaló con parsimonia Mu Tsu, otro de sus hombres, el de ascendencia China, y luego, reiteró la pregunta en tono mucho más aceptable─: ¿Sería tan amable de informarnos sobre el paradero de la heredera? Comprenderá que localizarla es lo único que puede salvar su vida en este momento.
─¿La heredera? ─repitió la mujer, genuinamente confundida, girándose para observar fijamente al extranjero. Su expresión demostrando lo intrigada que se encontraba. La ausencia de temor o cautela en sus ojos hizo comprender a todos que no desconfiaba de ellos.
─Akane Tendo ─indicó el líder sin mayores rodeos al tiempo que, en un insual gesto de nerviosismo, apartaba un poco el velo y la capucha, irreflexiva acción que mostró a la mujer la marca de nacimiento en su oído izquierdo, que era parte vital de su leyenda.
─¡Sombra! ─el reconocimiento fue instantáneo y los hermosos ojos se abrieron a su máximo, expresando la sorpresa desmedida por verlo de cerca. Él se maldijo interiormente por su error, que no dudaba, despertaría recelos comprensibles en su única informante. Ya habían perdido demasiado tiempo y pronto caería la noche: debían encontrar a Akane Tendo antes que lo hiciera cualquiera de los hombres del Clan Saotome.
Salvar la vida de esa desonocida era la única razón para su presencia ahí y no iba a fracasar.
