Aún recordaba la primera de las dos flechas de tres listas negras que, momentos antes, surcara el aire para sembrar el caos. Ella seguramente habría sido su víctima; si los reflejos combinados de su padre y Shogashiro no lo hubieran impedido. En cambio, había sido su padre quien cayera, perdida toda posibilidad de sobrevivir, gracias a lo inoportuno de su acción, desprovista de toda estrategia defensiva y propiciada por la desesperación de saberla amenazada: la segunda flecha se había incrustado en el pecho del patriarca, arrebatándole la vida en un segundo.

¿Es que ahora, aparte de la deshonra que ya marcaba su existencia, también debía cargar sobre la conciencia la muerte de su padre?

Sin poder salir de su estupor permaneció mirando al hombre del velo. No podía negar que la sola visión de la cicatriz había bastado para paralizar momentáneamente su corazón. Sombra era un temido bandido, sin Daimyo, ni apellido, que asolaba los territorios circunvecinos y era un declarado enemigo del Daimyo Saotome, a cuyo ejército, en más de una ocasión había enfrentado con relativo éxito. Incluso, el misterioso guerrero se las había ingeniado para arrebatar al Daimyo Saotome el control efectivo de uno de sus territorios más prósperos: el Valle de Sato.

Sin embargo, el evidente antagonismo entre el Daimyo Saotome y Sombra, no representaba una garantía suficiente para poner en riesgo la seguridad de su hermana; aunque, podía decir con sinceridad que desconocía el sitio preciso donde Shinnosuke la había ocultado.

─No sé a dónde la llevó Shinnosuke ─respondió, enfrentando la fría mirada del hombre del velo, el mercenario más célebre de la región; sin saber cómo, consiguió imprimir a su voz la firmeza necesaria para decir─: aunque, lo más seguro es que aún permanezca en la propiedad. Desconozco las entradas a los pasadizos; así que, supongo que será usted quien deberá encontrarla.

Los ojos azul-grisáceos refulgieron peligrosamente, haciéndole comprender la osadía y temeridad de su imprudente respuesta; sin embargo, por una vez no le importó: poco importaba ya ahora que la tragedia había elegido entrar en su hogar sin llamar a la puerta.

Mientras observaba al misterioso guerrero alejarse, pensó en Akane, y en Nabiki. Ninguna de ellas había presenciado la batalla, al contrario que ella y, aunque no sabía donde se encontraban, tenía la firme esperanza de que ambas hubieran sobrevivido ¡Por todos los kamis! ¿Es que su destino iba a ser siempre presenciar cómo, uno a uno, sus seres queridos morían a manos enemigas?

En medio de la desolación que poblaba su espíritu, la comprensión inesperada de que el hombre del velo, no obstante ser un perfecto extraño, era la única esperanza para ellas, la invadió.

─Elegiste confiar, mujer, y puedo asegurarte que el destino recompensará tu decisión.

La profunda voz del guerrero resonó en su interior, alcanzando su misma alma, haciéndole preguntarse si en realidad sería tal y como él decía. Alentada por la suavidad en el tono y la neutralidad del mismo alzó la mirada, descubriendo en los ojos masculinos una expresión difícil de descifrar.

─Has sido muy valiente, el día de hoy, Kasumi Tendo ─añadió el hombre, sin dar muestras de encontrarse afectado por los acontecimientos recientes; tan frío como el mercenario a quien, indudablemente, servía. No se sorprendió de que conociera su nombre; después de lo ocurrido, nada podía sorprenderla ya.

¿Valiente? Ella no supo qué responder a eso. No se consideraba depositaria de un gran valor, jamás lo había sido y tenía suficiente madurez para admitir que el legendario espíritu guerrero de su familia había decidido obviar su legado sobre ella. No. Ella no era la Tendo que todos esperaban; ni siquiera Nabiki lo era. El destino había elegido un sólo recipiente para depositar todas las virtudes y ése era Akane, su amada hermana menor, cuyo paradero desconocía y cuya sola existencia representaba ahora, la única esperanza para el porvenir del Clan al completo.

Al pensar en ello, la desolación se apoderó de su alma mientras comprendía, de pronto, que sin Akane no habría ningún porvenir: la totalidad del clan Tendo, exceptuándolas a ella y sus hermanas, estaba aniquilada. No había sucesores ocultos en algún territorio desconocido. Al contrario que su más acérrimo enemigo, su padre no era partidario de subterfugios como el que había mantenido con vida a Ranma Saotome, el hijo único de Genma Saotome, el líder del clan que, a través de casi cinco décadas, había regido su existencia por una sola norma: el odio hacia la familia Tendo.

Ranma Saotome. El arquero de confianza del Daimyo de Kutsabara, el más afamado estratega guerrero del rumbo, el heredero de la tradición de combate indiscriminado más sanguinaria que había existido nunca... El asesino de su padre.

Ranma Saotome. Genma había ocultado a su hijo arrancándole de los brazos de su joven y vulnerable madre desde el momento de su nacimiento, y cubierto las huellas de su paradero a fin de mantenerlo fuera del alcance de sus numerosos enemigos hasta que llegara el momento de entregarle las riendas del Clan. Un cobarde y un traidor como Genma no tenía otro medio de salvaguardar su posesión más preciada: el único hijo varón legítimo que perpetuaría su linaje.

Y ahora ese niño había crecido, para demostrar que la legendaria crueldad Saotome corría también por sus venas. Apenas aparecer en escena, Ranma Saotome había cobrado fama como uno de los capitanes más notables del rumbo e incluso del país; y, tanto el poder de su ejército como su espada, estaban al servicio del Daimyo de Kutsabara, el gobernante al cual tanto el Clan Saotome como el mismo Clan Tendo debían obediencia.

Pensó en el hombre de ojos grisáceos que se encontraba ahora registrando cada rincón de su hogar en busca de su hermana. Si se trataba de la persona que suponía, entonces cabía suponer también que era plenamente consciente del riesgo que corría al acudir al rescate del Clan Tendo. Tanto el Clan Saotome, como la mayor parte de los clanes vasallos del Daimyo de Kutsabara, habían puesto precio a su cabeza y únicamente las montañas cercanas al Cañón de Fuego y el Valle de Sato eran territorios seguros para él y su ejército.

Apenas podía dar crédito a que Sombra hubiera abandonado la seguridad del valle y las montañas para luchar por una causa que no era la suya.

─¿Qué gana Sombra con todo esto? ─preguntó, aplacando el temor que aún pulsaba en sus entrañas en beneficio de obtener toda la información extra que pudiera. Ya no quedaba mucho por perder y, paradójicamente, cualquier detalle, por nimio que fuera, podía ayudarle a salvar demasiado.

─Eso no es de tu incumbencia, mujer ─replicó el guerrero, sus ojos azules observándola con recelo, aunque jamás sin respeto. Su mirada, colmada de concernimiento, la conmovió como no lo hacía nada desde la muerte de su esposo. Había algo en ese hombre, algo que la instaba a confiar, a pesar de todo.

─Lo es cuando es a mi hermana a quien persigue ─declaró con toda la dignidad que consiguió reunir. Sabía perfectamente que no era el momento para mostrar arrogancia; pero lo ocurrido hacía unos minutos rebasaba todo cuando hubiera experimentado en la vida. Pese a que su existencia había estado plagada de episodios sangrientos jamás se hubiera imaginado que llegaría el día en que todo cuanto conocía y amaba, aquéllo en lo que había aprendido a confiar, sería inmisericordemente aniquilado por un puñado de hombres sin alma ni honor.

─Estamos aquí para ayudar; no para causarles ningún daño ─respondió el guerrero, en perfecta calma─. Tu hermana estará a salvo si acepta la proposición de Sombra, puedes estar segura.

─¿Te atreves a dirigirte a tu amo en esa manera tan irrespetuosa? ─observó de forma un tanto agresiva e imprudente; para ella resultaba un tanto extraña la manera en que el reducido grupo se conducía: con total independencia y sin demandar, ni exhibir para con su líder, la obligada y sumisa cortesía que se le debía a cualquier comandante.

─Me atrevo a lo que haga falta ─declaró el hombre con seguridad pasmosa─: Sombra es mi amigo y estoy con él porque compartimos la misma visión del mundo; pero yo jamás admitiría servir ni ser servido, mujer. Si antes lo llamé amo fue un simple gesto de respeto, dado que és el quien está al mando por el momento, y ha sido él quien eligió exponernos a ser capturados tan sólo para salvar lo poco que queda de tu familia.

─Mi familia está destruida, guerrero ─replicó ella con desolación evidente; la realidad de lo que acababa de acontecer comenzando, por fin, a abrirse paso en su mente, ensombrecida por la tremenda impresión de la batalla─. No creo que tu amigo ─enfatizó la última palabra, no del todo convencida por la explicación del hombre─, pueda hacer algo para salvarla.

─No piensas claramente, mujer ─replicó el hombre, torciendo los labios en una mueca que parecía una sonrisa, antes de explicar─: Eventualmente, una familia puede reconstruirse, al igual que un fuerte; surgen nuevos pilares, y se suman ladrillos al muro. Mientras exista un sólo integrante, un clan tiene futuro; esa es una lección histórica: no lo olvides.

─¿No estarás insinuando... ?─aventuró Kasumi, comenzando a comprender muchas cosas, entre ellas, la razón de su padre para insistir en la ceremonia de juramento de lealtad; misma que, afortunadamente, había tenido lugar esa misma mañana: quien desposara a la heredera Tendo, tenía asegurado el dominio de las posesiones del Daimyo Tendo y asegurada, también, la lealtad de los guerreros que le debían vasallaje.

─Exacto ─fue la implacable respuesta del guerrero─. Hasta a ti te sería difícil pensar en una alianza más conveniente, mujer, ¿O no? ¿Quién mejor que Sombra para garantizar al Clan Tendo un refugio seguro y la protección de una espada competente? ¿Quién mejor que el Clan Tendo para proporcionar a Sombra el poder que necesita para enfrentar a los Daimyo?

Ante las palabras del guerrero, Kasumi Tendo sintió todo el peso de la reciente tragedia caer sobre sus hombros, plenamente segura de que la adversidad, esta vez, no estaba dispuesta a retirarse sin cobrar hasta la última gota de sangre Tendo que aún restaba: el matrimonio era algo que jamás, ninguno, ni siquiera su padre, había conseguido exigir a la heredera y salir bien librado.

Esperaba que su hermana, esta vez, se comportara de acuerdo a su posición y reflexionara en la indiscutible conveniencia de una decisión así, en vez de ceder al orgullo; aunque dudaba seriamente que sus esperanzas se materializaran.

Sólo Kamisama sabía lo que ocurriría en el momento en que Akane se enterara de los planes de su inesperado salvador.