La espalda de Kanako es una pequeña bola negra frente al enceguecedor brillo del ocaso color de fuego que estalla entre los cerros. La chica está sentada al borde del techo del colegio. Recoge sus piernas, que calzan las mallas negras del uniforme, dobladas entre sus brazos. El cerquillo negro y recto entrecubre sus ojos, resguardándolos del excesivo brillo del sol. Su compañera, en cambio, se acerca desde atrás tapándose el rostro con un gesto de dolor. Avanza lenta y dudosa, tropezando con los trastos que se han almacenado en el techo del colegio.

-Vaya, Shirogawa-san. Con que al fin me encontraste. Sí, siempre vengo aquí durante los recreos. Nadie de la clase podría llegar a este lugar. Son todos unos idiotas.

La chica bajo el nombre de Shirogawa Yuri ahora comprende por qué siguió a la merced de las demás chicas del salón a pesar de que parecía tener una amiga. Desde aquí puede ver el patio trasero y la cisterna de la que rescató el medallón en forma de loto que ahora pende de su cuello.

-Inmundos mortales. Son todos patéticos e inútiles- murmura Kanako.

-¿Que yo qué?- pregunta Yuri confundida.

-Tú nada. Prefiero seguir pensando que no eres una asquerosa humana como ellos.

-¡Pero sí soy humana! ¡De veras!

-Lo que sea- sonríe Kanako irónica- Oye, sobre esa Academia Cross que decías, parece que no existe.

-No- insiste Yuri contrariada-. Tiene que existir.

-¿Cómo puedes estar tan segura? En internet no sale nada, nadie la conoce. Ni siquiera está en el almanaque de academias de la biblioteca.

Pero ella tiene una fuerte sensación de que tiene que haber sido ese nombre el que le ha dejado una marca profunda. Sí, una marca blanca, más de olvido que de recuerdo, pero por ello mismo más inolvidable.

-Yo sé que existe. Mi hermano está ahí.

-Debe ser un lugar bien remoto. Quizá está en otra dimensión, una escuela para muertos vivientes o algo así...

-¿De veras lo crees?

-No sé. Pero iré contigo si algún día la encuentras.

-¿De veras? ¿Me lo prometes?

-¿Qué necesitas? ¿Un pacto de sangre? Ya te dije que sí. Iremos juntas a la Academia Cross. A ver a tu hermano.

Yuri despliega una gran sonrisa infantil de satisfacción. Kanako sólo tuerce una sonrisa leve e inclinada que parece sarcástica, pero es su mejor forma de expresar la felicidad. En el fondo, sigue desconfiando de su propia felicidad, un sentimiento con el que no está muy familiarizada. Luego, ambas recuerdan una preocupación más.

-Y tu hermano, ¿cómo está?- pregunta Yuri.

-Igual- dice Kanako parcamente-. Dicen que necesita más donaciones de sangre. Al menos no es genético, aunque hayan creído que fuera anemia. No me afecta. Debe ser porque no comió bien. Él dice que sí, pero yo no le creo nada. No fue algo repentino como dicen. Seguro antes sólo estaba disimulando.

Mientras su compañera escucha, ve su sombra alargarse en el brillo del sol crepitante. Se reconoce más en esa silueta oscura que en el nombre de Shirogawa Yuri. Ella sabe lo que pasó con el hermano de Kanako, sabe a dónde fue su sangre y la de varios de sus compañeros de clase. ¿Estaría traicionando a su única amiga? ¿No debería hacerlo? ¿Podría negar que fue la experiencia más deliciosa que recuerda haber tenido? Durante la semana que siguió durmiendo en casa de los Fujiro, el hermano mayor le permitió a la invitada acercársele sin reparos. Quizás intentó darle el cariño que su hermana menor nunca le había recibido con agrado. Pero esto sólo logró que la chica lo deseara más. Era cuestión de tiempo hasta encontrar el momento apropiado. Y entonces, no lo pudo dejar ir. El sabor de la sangre fresca, el sabor del miedo y lo inapropiado; era mucho más excitante de lo que se había atrevido a soñar. En esa sombra negra sobre el pavimento ahora reconoce venas de sangre caliente, reconoce una silueta voluptuosa, empieza a reconocer sus propias fantasías, que son incluso más grandes de lo que la sombra ha alcanzado a crecer antes de que el sol se extinga del todo. Pero frente a Fujiro Kanako sigue parada la blanca Shirogawa Yuri, con una cara inocente de preocupación. Sobre las dos ya se ciñe la noche mientras las luces de la ciudad recién empiezan a encenderse.

-Seguro ya se pondrá bien- titubea Yuri.

-Ni que me importara- sisea Kanako, casi agresiva-. Ya, vamos, ya nos tiramos bastante de la clase.

Se pone de pie rápidamente y se dirige hacia la bajada. Yuri, en cambio, observa fascinada el panorama en la nítida noche. La vista desde el techo abarca gran parte de la ciudad y también se distingue claramente la inmensa forma negra y magnética del monte de la ciudad. Pero algo más la lleva a dar la vuelta y seguir corriendo a su compañera hacia el pasillo de la escuela.

-Espera, Kanako-san. Siento haberte preocupado. De veras.

Yuri hace una pequeña reverencia en medio del pasillo vacío y silencioso. Quizás todavía queda algo de remordimiento en ella y en el fondo se intenta disculpar por mucho más de lo que su amiga podría entender. Incluso si volviera y volverá a hacerlo, quisiera, de alguna forma, reparar también el daño que no era su intención. Kanako no da ninguna respuesta, sólo entra silenciosa al salón, donde la profesora ya ha llenado la pizarra con datos históricos complicados.

-Shirogawa-san- le pregunta la profesora al entrar- ¿qué consecuencias tiene la sobrepoblación mundial?

-Ah... ¿la de humanos? Ah... Pues hay más comida...

-Deje de andar con la cabeza en las nubes y siéntese, Shirogawa-san.

-Hai, sensei- acata Yuri, rodeada de las risas de sus compañeros.

En cuanto terminan las clases, Yuri y Kanako salen juntas. Caminan rápidas y silenciosas hasta la estación, toman el tren y se sientan una junto a la otra sin decir palabra. El tren se pone en marcha y Yuri mira por la ventana pasar los edificios, las calles, y por fin reaparece a la distancia el gran monte negro, y esta vez vuelve a sentir el leve escalofrío de la cadena deslizándose alrededor de su cuello.

-Kanako-san, tú te sabes todas las historias de fantasmas, ¿verdad?

-Me sé varias, supongo...

-¿Sabes qué hay en el monte Karasugawa?

-Es un jinja, un templo shintoísta. Ahí habita un espíritu en forma de cuervo, pero no es un cuervo, creo. Nadie sabe realmente qué es. Bueno, la cosa es que hubo un incidente con una chica del colegio, creo que se llamaba Hirose.

-¿Qué clase de chica era, esta Hirose-san?

-Pues habrá tenido 16 cuando sucedió. Era una de esas logísticas. Organizó varios de los clubs estudiantiles y el consejo para la representación de los alumnos, por eso se hizo famosa. La verdad le interesaba más que nada el club de té, era muy budista. Su problema fue que resultó tan logística que cuando un chico se enamoró de ella, lo rechazó incluso si ella en el fondo lo quería. También pensaba que le desviaría de su camino de pureza, pero no se terminaba de decidir porque no podía negar sus sentimientos. Entonces, cuando pasaba una noche por la ladera del monte, se desvió del camino por tomar un atajo y, mientras pensaba en sus dilemas, acabó perdiéndose. Ahí fue que el espíritu del cuervo la encontró. Ella le pidió que le ayude a resolver sus dilemas, que le ayudara a olvidarse del amor y a dejar atrás este mundo, y el espíritu se la comió, como un cuervo come carroña.

-¿De veras?- Yuri mira a Kanako boquiabierta y consternada. No se puede negar que es una excelente narradora.

-Bueno, eso dicen. Oye, pero ¿qué estación es esta? ¡Ya nos pasamos!

-¡Rayos! ¡Lo siento, Kanako-san!

Ambas bajan corriendo para tomar el metro en la dirección opuesta, y regresando una estación ya están de vuelta en casa. Finalmente, se acuestan una junto a la otra en el cuarto siempre desordenado de Kanako.

-Oye- dice la anfitriona, luego de apagar la luz- si quieres el sábado por la tarde vamos al monte Karasuyama. ¿Te atreves?

-Sí- dice Yuri decidida-. Tengo que ir.