Incluso de día, y aunque esté cubierto de bosque, el monte Karasuyama se perfila negro como un cuervo a la distancia. Pero ya hace más de una hora desde que las chicas lo vieran así. Ahora recorren las larguísimas escaleras esculpidas en la roca oscura del monte, que avanzan sinuosas entre los árboles desnudos y los peñones filosos hasta desaparecer con la promesa del templo de la montaña.
-No vamos a llegar. ¿Por qué tuviste que despertarte tan tarde, Shirogawa?
-Pero si todavía es de día...- bosteza Yuri aún mareada por el cambio de horario.
Kanako lleva una chaqueta de cuero negro sobre una blusa ancha y esponjosa, un pantalón ajustado con un corte en la pierna izquierda, y botas militares hasta por debajo de la rodilla. Su cintura es rodeada por tres correas de anchos y texturas distintas. Yuri, en cambio, sigue utilizando el mismo uniforme de colegio y lleva aún oculto, bajo su blusa, el medallón de la flor de loto. La primera acelera el paso impaciente, mientras la segunda se tambalea cansada.
Sin embargo, volteando una esquina más, pasan por debajo de una cuerda de la que cuelgan hechizos de papel y se encuentran frente al tori, el gran portal de madera roja. Más allá, una amplia meseta de roca oscura y desnivelada, rodeada de grandes árboles que en esta época del año han perdido todas sus hojas y dejan intuir entre sus troncos el abismo que apenas ocultan. Las chicas han quedado sin aliento tanto por el esfuerzo de la subida como por lo impactante del paisaje. Ninguna de las dos puede decir palabra por lo repentino de la visión. Intentando no tropezarse con el accidentado suelo de roca natural, empiezan a avanzar hacia el otro extremo, donde espera una pequeña y parca construcción de madera con techo de cuatro aguas y algunas linternas de papel. La estructura apenas tiene unos 15 metros de ancho y es opacada por el inmenso pico negro que se alza detrás de ella. Su oscuridad pareciera vibrar con vida propia. Yuri alza el rostro, doblando el cuello completamente hacia atrás para alcanzar a verlo. ¿Es esa la voz que la ha estado llamando? No la reconoce de ninguna parte. Quizás aquel gran bulto hacia el norte parecieran las alas, o el peñón hacia el sur el pico de un cuervo con la cabeza encogida. Pero desde otro ángulo parece completamente otra cosa. Los pasos de Kanako entre las rocas resuenan, pues son el único sonido que se produce en todo el lugar.
-Oye- murmura-, vamos a ver si hay alguien en el templo.
Se acercan a la puerta corrediza de madera y la encuentran tan solo entreabierta. Por más que tocan, nadie se acerca, así que acaban haciéndola a un lado entre las dos y pasando a las sombras silenciosas del interior. Entre la oscuridad distinguen nudos de formas extrañas, velas apagadas, algunas más derretidas que otras, todas entremezcladas en su desorden; fotografías enmarcadas de rostros desconocidos que observan en blanco y negro desde el más allá; figuras negras con formas de personas, formas de aves, y formas que confunden ambas cosas. Los ojos de Kanako se pierden entre la penumbra indescifrable.
-¿Cómo se leen estos Kanjis?- pregunta Yuri.
Ha tomado una de las fotografías entre las manos, una fotografía de una chica de su edad que en la parte inferior de su marco tiene un nombre inscrito.
-Hirose Megumi- musita Kanako incrédula-. ¿Cómo la encontraste? ¿Y por qué tienen esas cosas acá? Se supone que es un templo, no un cementerio... Bueno, pon eso en su sitio, no deberíamos estarlo manoseando...
-Hai, lo siento...
Yuri vuelve avergonzada y torpe a dejar la fotografía en cualquier lugar y casi la deja caer.
-¿Quieres encender una vela?- sugiere Kanako, buscando en los bolsillos de su casaca de cuero. Saca una pieza pequeña de cera y una caja de fósforos casi vacía- Yo lo sostengo, tú toma los fósforos.
Yuri sonríe y toma la caja, pero casi se quema al encenderlos y tiene que intentar tres veces antes de poder iluminar la vela. Luego Kanako aplaude solemnemente con las manos, y su amiga la imita. Otras velas aledañas también se encienden poco a poco, quizás por el contagio de la flama cercana. De pronto, todas flaquean como por un fuerte viento. Pero no hay ninguna corriente en este viejo cuarto de aire estancado y olor a madera.
-Mejor ya vámonos, se va a hacer tarde.
Las chicas salen del templo y, efectivamente, encuentran la meseta oscurecida, cubierta en la sombra mucho más oscura del pico negro, ahora rodeado por el ocaso. Kanako intenta dirigirse lo más pronto posible hacia la bajada, a atravesar el tori, pero Yuri no va a su paso, y en lo que demora empieza a notar las sombras que se forman entre los troncos oscuros de los cedros, pequeñas figuras. ¿Es la estatua de un zorro? ¿Es un zorro? ¿O es tan solo una roca? Más allá alguna lámpara de piedra. Hay muchas de ellas rodeando el lugar, y algo se mueve hacia aquella. Es una figura baja y retorcida. La lámpara se enciende y revela a un viejo sacerdote del templo, con un hábito gastado que algún día habrá sido blanco, y la cabeza calva descubierta.
-¡Hay que preguntarle!- exclama Yuri con urgencia.
-No, ya es muy tarde... ¡Shirogawa-san!- protesta Kanako, pero su compañera ya ha salido corriendo en dirección hacia la lámpara de piedra a la orilla del bosque, que se convierte en la única luz en la creciente oscuridad. Kanako intenta mantenerse firme en su sitio, pero acaba viendo que no hay más posibilidad que seguir a Yuri. Cuando se acerca, oye que al sacerdotes hablando de batallas antiguas, de tengus y fantasmas.
-...pero Noritaka no Kagemusha se alzó junto con el pueblo contra los abusos de aquel cruel tirano, e invocó en su ayuda a las almas de los caídos que clamaban por venganza, y en ese momento se unieron en un solo y poderoso dios. Desde entonces son protectores de la ciudad, pero por su espíritu guerrero, han pedido o cobrado algunas veces sacrificios para mantenerse vigilantes. Así, toman la vida de quienes están perdidos o descarriados, de quienes no la desean o no la merecen. La vida de aquella niña, que ella misma no apreciaba, sirvió para mantener la vida de los defensores del pueblo.
-Pero... ¿puede un alma en pena convertirse en un dios?- musita Kanako sorprendida.
-Todo se transforma en el ciclo infinito de la naturaleza- dice el sacerdote.
-Bueno es una buena historia pero... ¿Shirogawa?
Kanako mira a su lado y nota que la sombra bajo la que estaba parada Yuri hace un momento ahora es sólo un tronco seco. Ha perdido a su copañera de vista.
-¡Diablos! ¿Dónde se fue?
-Si ha sido escogida por los dioses, no podrás evitar su destino- sentencia el sacerdote.
-¡Cállate!- girta Kanako irritada, asustada- ¡Shirogawa, dónde estás! ¡Vámonos de una vez, maldita sea!
Alarmada se interna corriendo por entre los troncos, hacia el bosque oscuro. Las sombras son cada vez más confusas, el suelo es accidentado y empinado, y empieza a oir movimientos de alas y graznidos a su alrededor. Los cedros crecen en desorden entre las rocas desniveladas, y pronto Kanako ha perdido toda noción de dirección. Entonces le parece ver la silueta de su amiga, y la sensación de aleteos se hace más fuerte y los graznidos inhundan el aire. Cuando Kanako intenta acercarse, la figura de Yuri es cubierta por una ráfaga de sombras que revolotean a su alrededor y aunque corra hacia ella, se siente golpeada por un viento oscuro, garras rasguñan sus manos y rostro, y un fétido olor a carroña le impide respirar, pero estas sombras no son aves.
-¡Shirogawa!- grita Kanako, intentando mantener su paso, atravesar la oscuridad sin saber ya hacia dónde está yendo en medio de esta espiral densa y confusa, hasta que, de pronto, ésta cesa, la fuerza contra la que estaba pujando Kanako se esfuma y la deja caer en el vacío, tropezando sobre las rocas empinadas y cayendo cuesta abajo, hasta verse botada y golpeada al borde del abismo. Se frota el rostro y ve que está sangrando. Se pone de pie adolorida y luego de un rato logra encontrar las escaleras de piedra que la llevan de bajada, de regreso al pueblo y a su casa. La luz del hogar se ve más artificial que nunca. Kanako entra sigilosamente para que nadie la vea antes de que pueda quitarse su casaca sucia y rasgada, lavarse y ver su rostro magullado en el espejo del baño. Entonces se da cuenta que recién son las siete y media. Su padre está en la sala, leyendo. Su hermano sigue en el hospital, ha recibido varias transfusiones de sangre y preguntado por Shirogawa Yuri. Su padre también le pregunta a Kanako por su compañera.
-Regresó sola- miente ella.
Cansada y preocupada, intenta dormirse pronto. Para Fujiro Kanako la noche termina pronto, pero para María Kurenai, recién empieza.
