Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, yo sólo me divierto&juego con ellos. ^.^

Rosalie en el país de las ¿Maravillas?

Descubriendo un mundo nuevo.

La pequeña chiquilla con cara de ángel y bucles de oro asomó su pequeña cabecita en el despacho de su papá; en su mirada había un poco de temor y sus labios formaban una perfecta línea roja –por la presión que ejercían sus labios al juntarse-. Estaba espantada. Sus ojos parecía cielo, un cielo cristalino y transparente de emociones. Temor. Emoción que reflejaban sus hermosos y enormes ojos.

Miró a su padre con esa mirada que suplicaba ayuda muda. Su papá asintió mirando a su hermosa esposa diciéndole con los ojos que la disculpara.

-¿Qué pasa, querida? –preguntó el joven señor Hale mirando a su pequeña niña.

-No puedo dormir –dijo la chiquilla, con voz de ángel, frotando su ojo con su delicado puño pálido-, no entiendo lo que pasa en mi mente. Mis sueños no son comunes y no los quiero…

Dejo el final de su relato inconcluso, no quería decir más que nada. Además, su papá sabía de lo que estaba hablando, ella había tenido esta clase de sueños desde hace unos meses, ya no era algo nuevo. Pero no porque sea algo común te terminas acostumbrando a algo que no aceptas.

-Me pequeña… no te preocupes, ese mundo no es real, todo está en tu cabecita, chiquita –su padre le esbozó una radiante sonrisa. Sus ojos azules centellaron e inundaron de confianza a la pequeña niña, quien sólo pudo sonreírle para demostrarle el agradecimiento que sentía hacia él por velar sus sueños.

-Eso espero –susurró la pequeña, apoyando la cabeza en la blanca almohada.

Su papá la terminó de arropar mientras ella cerraba los ojos e intentaba dormir… dormir, dormir, dormir… era su deseo eterno, pero pocas veces lo lograba.

-Te amo, Rosie –susurró el señor Hale cuando la pequeña ya había estaba respirando acompasadamente con sus pequeños ojitos cerrados y su carita angelical.

Rosalie tan sólo tenía 4 años cuando todo esto empezó y nunca lo entendió, pero sólo se quejaba en silencio y una que otra vez con su padre. La escena anterior no se repetía todas las noches, sólo unas veces.

-Rose, no te preocupes… él va a estar bien –dijo la señora Hale, acariciando la cabellera de su pequeña y única hija de ahora seis años, mientras ésta miraba a su padre sobre su cama. Sufriendo, enfermo, cansado.

-¿Me lo prometes? –preguntó la niña, sabiendo que eso su madre no lo podía prometer, pero aún así lo tuvo que preguntar.

-No puedo prometer estrellas –dijo su madre bajando la mirada-. Lo siento.

Su madre no apreciaba tanto a la pequeña como lo hacía su padre. Puede ser que ella la hubiese parido, pero eso no las conectaba al lazo especial de madre e hija; Rosalie y su padre tenían un vínculo muy unido, ella le contaba todo y él la trataba como su princesa: eran los mejores amigos.

Su ida dolería más que todas las caídas del mundo, más que todos los golpes que alguien se pudiera dar. Dolería más que saltar desde un edificio de 30 metros más que todas las navajas enterrada al mismo tiempo en el corazón. Sería un dolor casi incurable, que ni todas las medicinas e inyecciones del mundo lograrían sanar.

-No quiero que te vayas…

Las pequeñas lágrimas aún corrían por las mejillas de Rosalie Hale al recordar a su padre. Sus ojos celestes ya no eran el perfecto cielo para todos los que la vieran. Ahora eran un cielo nublado, triste, gris.

Su madre la miró con indiferencia, con superioridad, mejor dicho. Alzó la mano y toco uno de sus bucles, acomodándolo en el lugar que a ella le parecía que era el correcto.

-Rosalie. Hoy, tu padre no está…

-Igual que ayer y antier y todos los demás días de estos once años –dijo en un suspiro Rosalie, ignorando las intenciones de hablar de su madre, quien la miro con reprocho en los ojos y el ceño fruncido.

-Calla, niña. Te he educado bien como para que ahora me vengas con tu irrespeto –le espetó la mujer.

-Perdón, madre –dijo, tenía ganas de rodar los ojos, pero se detuvo para no ser regañada nuevamente.

-Te decía, Rosalie, que tu padre no está hoy, tu cumpleaños número diecisiete –miró hacía la ventana, frunciendo un poco los labios-. Es una pena. Pero, bueno, Rosalie. Ya tienes diecisiete años, ya tenemos que buscarte marido y… bueno, parte de esta fiesta es para eso, buscar a los mejores pretendientes entre todos los presentes –sus sospechas fueron declaradas al fin por su madre. Rosalie tomó un largo suspiro, cansada de lo mismo siempre que se presentaba la ocasión.

-Sí, madre –fue lo que se limito a decir la joven.

Para ella no era difícil conseguir a un hombre, ella era simplemente hermosa: tenía un perfecto cuerpo, que parecía que estaba tallado por los ángeles, una mirada profundo –y aunque su cielo ocular se había nublado seguía siendo completamente radiante-. Sus cabellos eran rubios y con hermosos caireles naturales. Su nariz era perfectamente recta y sus labios eran de un rojo intenso.

Además de su casi increíble físico, ella era una chico muy generosa y su padre desde siempre le había enseñado a ser cariñosa y comprometida con lo que quisiera. Era inteligente y educada, talentosa y creativa. Era una joya de chica.

Su madre asintió, dando por terminada la plática. Ellas se resumían de cruzar breves frases o simplemente palabras cortas y rápidas. Desde que el Sr. Hale se había ido de esta tierra las dos se atormentaban mucho. Ninguna podía superar su perdida.

-Hemos llegado, señoritas –anunció el chofer del carruaje, cuando abrió la puerta y les ofreció la mano para ayudarlas a bajar.

-Gracias, James –dijo Rosalie cuando sus pies tocaron la tierra.

Rosalie y su madre caminaban hombro contra hombro. Las dos iban sumamente elegantes, con sus vestidos largos el de Rosalie azul, un poco casual y sin un volado exagerado, más bien, su vestido era sumamente sencillo, pero elegante. El de su madre, por otro lado, era demasiado elegante, era un verde opaco, con volados en los hombros y un faldón abultado.

-Que hermosa está, señorita Rosalie –le susurró un joven alto, musculoso, con mirada de chico malo, pero con sonrisa de ángel: Emmett McCarty. El mejor candidato para toda chica de diecisiete años de alta sociedad.

Él era guapo, tenía unos hoyuelos perfectamente marcados en sus mejillas y una sonrisa juguetona. Sus ojos, castaños oscuros, siempre demostraban felicidad, aún en sus más míseras tristezas, podías ver un brillo en ellos. Su cuerpo era perfectamente fornido y bien dotado. Él era muy atlético, muy inteligente y buen negociante. Un joven muy tierno, cariñoso y educado.

-Gracias, señor McCarty –dijo ella, dándole una radiante sonrisa, mostrando sus blancos dientes-. Pero le he pedido un millón de veces que me diga sólo Rosalie.

-Y yo le he pedido unas tantas más que me diga Emmett, pero ninguno de los dos cumple. –Emmett le sonrió de tal modo que le podía quitar el aliento a todas las chicas presentes, pero a Rosalie no, a ella nadie.

-Empecemos desde ahora, Emmett –le dijo ella, asintiendo con la cabeza.

Pasaron unos minutos hablando antes de que la mamá de Rosalie la llamara para conversar.

-Rosalie. Te he querido informar que ya he conseguido a tu prometido –susurró con una sonrisa, pero su felicidad no llego a los ojos.

-Madre, pero yo no quiero que me escojan marido. Lo quiero escoger yo –espetó Rosalie, un poco suplicante.

-Esas son patrañas, Rosalie. Un buen marido tiene que ser juzgado por una servidora. Si tú lo escogieras ¿cómo sabría que es bueno para ti? –contradijo su madre, siempre apegándose a sus idean anticuadas.

-Porque si lo elijo es porque estoy enamorada de él –dijo Rosalie, con voz baja y triste.

Jamás se había enamorado. Lo más cercano que tenía a un amigo era Emmett McCart y no estaba muy segura de poderlo considerar como un amigo.

-Eso no importa… sólo te lastima –dijo la señora Hale.

Ella lo decía por la tristeza de su esposo difunto. Ella realmente lo amaba. Su madre lo había escogido porque sabía que estaban enamorados. Pero… la muerte fue más fuerte que él amor.

-Que tú y papá no hayan podido vivir toda su vida juntos no es un peso que yo tenga que llevar –le recordaba Rosalie, del modo más educado que podía encontrar-. Yo quiero ser feliz, madre. Así como mi padre te hizo feliz lo más que pudo, yo quiero tener un hombre a mi lado que me haga feliz…

-¡Basta, Rosalie Hale! –gritó la señora Hale mirando a su hoja con firmeza-. No quiero volver a tener esta conversación contigo. ¡He elegido ya a tu esposo y te casaras con él!

Rosalie miró a su madre con furia. Se dio media vuelta de una manera muy agraciada y se fue. Sin esperar un perdón, sin esperar palabras. Sólo se fue.

-Rosalie, ¿qué le sucede? –preguntó Emmett cuando la vio andando por los jardines sola. Abrazando su cuerpo, como queriendo mantenerlo unido con su firme abrazo.

Ella se detuvo en seco y admiró una rosa blanca, aspirando su dulce aroma y sintiendo los cálidos rayos del sol en su piel, el día era hermoso, pero su ánimo espantoso. Su madre le había arruinado un hermoso día. Vio un pajarillo volar cerca de ella y le sonrió, siguiéndolo con la mirada hasta que sus ojos toparon con los de Emmett.

-¿Qué le ocurre? –preguntó él.

-Mi madre –dio un largo suspiró-. Ella me quiere obligar a casarme, pero yo me opongo a esa unión. No sé con quien es ni como es. No quiero casarme con un desconocido. Quiero casarme con alguien a quien ame.

Él la miró un momento. Se veía tan pequeña y vulnerable, como cuando era pequeña y se asomaba al despacho de su papá, pidiéndole ayuda para recuperar sus sueños. Sólo que ahora su padre no estaba y Emmett sí, y aunque él no lo supiera era quien la iba a ayudar a conciliar sus sueños.

-No se preocupe –dijo, acariciando con un tanto de miedo la mejilla sonrojada de la joven doncella-. Su madre debe recapacitar sobre su felicidad. Quizá cuando conozca a su futuro marido usted pueda hacerla lograr entender que no se quiere casar con él sin antes conocerlo y, sobretodo, amarlo.

-No es sencillo amar a alguien –dijo ella, mirando con tristeza a las rosas blancas-. Y no creo hacerlo con un desconocido en el poco tiempo que sé que mi madre me podría permitir si aceptara.

-Yo nunca he dicho que lo tenga que hacer –dijo el joven McCarty-. Sólo he hecho referencia en que podría hacer recapacitar a su madre si le hace entender que no quiere casarse sin amar a alguien.

-Ella está dolida por la muerte de mi padre –dijo Rosalie dentro de un suspiro-. Y ya no cree en el amor. Es una lástima. Pero no lo hace.

-Nunca es tarde para volver a creer –le dijo Emmett mirándola directo a los ojos. Penetrándola con la mirada.

-Gracias, Emmett –le dijo, sonriéndole tenuemente.

-Exactamente ¿por qué me debe agradecer, señorita? –Emmett jugó con sus royos de galán.

-Por sacarme una sonrisa cuando las creía perdidas –le volvió a sonreír, como reafirmando sus anteriores palabras.

Ella miro al piso luego de eso y se sintió más feliz, un tanto completa más bien dicho.

-Tenemos que volver a la fiesta –le anunció Emmett a lo que ella sólo asintió.

Caminaron juntos, sus manos casi parecían tocarse por tanta cercanía.

-Rosalie –ese llamado la desconcertó un poco y la hizo parar en seco. Emmett la observo extrañado.

-¿Qué ocurre, Rosalie? –preguntó.

-Nada, nada. Vuelva a la fiesta en un minuto lo alcanzó –le dijo Rosalie, moviendo una mano indiferentemente.

-Como guste, señorita –susurró.

Aún cuando Emmett estaba caminando de regreso a la fiesta, no dejaba de mirar a la joven chica con cara de ángel de la que se alejaba cada vez más y más con cada paso que daba. Quería volver ahí y hacerle compañía pero algo que siempre le dijo su mamá que era prudente es que cuando una joven te pedía un tiempo a solas con una mirada libre de emociones, se lo tenías que conceder por más que te opusieras.

-Rosalie.

Volvió a escuchar esa escamosa voz llamándola. Se giró a todos lados, pero no encontró un dónde. Se dejo caer en el piso, rendida y asustada de lo que esa misteriosa voz podría traer consigo.

Pero, lo que ella no se esperaba cuando se sentó en la tierra fue que esta empezara a templar.

-¡Ahhh! –gritó ella, horrorizada, cuando la tierra empezó a parecer más bien arena: colándose y tragándose lo que estuviese en la superficie que en este caso, era ella-. Ayuda.

Su pedida de ayuda nunca fue escuchada por nadie, no podía ser pues la arena ya la estaba cubriendo por completo. A lo largo de sus piernas pudo notar que no se sentís la arenosa sensación, sino más bien se sentía aire. Normal.

Cuando fue tragada por la tierra completamente se dio cuenta cayó sobre su costado derecho y todos sus cabellos le cayeron directamente en la cara.

-¿Qué ocurre aquí? –preguntó en voz alta, mirando en toda la habitación-. ¿Qué es este lugar?

Miro de un lado a otro. Sólo podía ver oscuridad y frío en todo el lugar. Los mosaicos del piso están rotos y todos eran de un color –todos oscuros- y una forma diferente.

En una esquina de la habitación había un gran piano de cola y en el centro una mesita que parecía de juguete. Era todo lo que llenaba la habitación.

-¿Qué hago aquí? –preguntó en voz alta.

-Estas aquí para salvar un nuevo mundo. –Fue todo lo que obtuvo de respuesta y lo siguiente que pasó fue que se desmayó, volviendo a caer en la posición en la que estuvo cuando todo su cuerpo toco tierra.


Bueno, aquí les vengo con esta nueva historia :D originalmente la iba a hacer con Ouran High School Host Club, pero preferí con Rosalie :) quizá luego la haga con Ouran, pero, como sea. Espero que la disfruten. Adiós. Y... por favor, no sean malos, es nueva historia ¿merecera algún review?^^

₪ т.с.ωоιғ ✖