Capítulo 2: Los fantasmas que todo lo vieron.
La llamada de su hija para avisarle que no podría acudir a su esperada "iniciación" en el mundo de la muerte, como ella solía llamarle, le causó un gran alivio, más aún la que él le hizo a su esposa anunciándole que no llegaría a casa en al menos un dos pues una escena en Chloride Mining Town, un pequeño pueblo minero ubicado a 145 kilómetros de Las Vegas requería su presencia.
Mientras manejaba por la autopista U.S. 93 pensaba en aquel hombre y en aquella niña, los únicos testigos vivientes de sus crímenes, los únicos que lograron vivir un tiempo más, los otros habían muerto al instante de ver su cara. Jeffrey Atwood, detective de homicidios de la Ciudad de San Francisco lo había visto huir de una escena y había jurado darle caza antes de que volviera a cometer otro crimen, jamás hubiese imaginado que la victima sería él.
Le gustaba hacerse creer a sí mismo que nadie jamás lo había visto, pero no había mentira más grande, pues dos fantasmas de su pasado lo perseguían aún, uno había muerto en sus manos pero aún lo torturaba en pesadillas, el otro seguía rondando por la tierra, en algún lugar lejano, a salvo de los peligros de sus sangrientas manos. Algún día te encontraré Tracy Atwood, algún día volverás a ver mis ojos como aquella noche cuando viste cómo le volaba la cabeza a tu padre y huiste de mí sin que pudiera encontrarte
El vehiculo agarró un bache lo que provocó que volviera a la realidad cuando sintió la irregularidad en el camino, sus murallas se hacían cada vez más débiles, las idas a Alcohólicos Anónimos ya no le resultaban igual de útiles que antes, "Para cada afección hay un tratamiento" y era evidente que para la suya... esas terapias enfocadas a curar la adicción al alcohol no le eran 100% eficaces.
Aquella carretera llena de baches le recordaba a su vida, llena de escollos, idas y vueltas, senderos ocultos, atajos y salidas rápidas.
Una infancia difícil, sus inicios en el crimen, su primera victima, su huida, su boda y su hija; la segunda etapa de su miserable vida había sido planeada meticulosamente, intentando crear una especie de espejismo que ocultara su verdadera faz. Poco a poco Earl Brooks intentaba volver a la vida, retomar el control de sus actos y someterlo al poder de la tentación.
Pronto mi sed de sangre será más fuerte que mis fuerzas y volveré a caer en las redes de las tinieblas. Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que si puedo y la sabiduría para conocer la diferencia; viviendo un día a la vez, disfrutando un momento a la vez; aceptando las adversidades como un camino hacia la paz; pidiendo, como lo hizo Dios, en este mundo pecador tal y como es y no como me gustaría que fuera; creyendo que Tú harás que todas las cosas estén bien si yo me entrego a Tu voluntad; de modo que pueda ser razonablemente feliz en esta vida e increíblemente feliz Contigo en la siguiente. Amen. La Oración de la Serenidad escrita por Reinhold Niebuhr se había convertido en su preferida pues creía que reunía todos los deseos de su corazón.
Mientras tanto en una ciudad de la Costa Oeste una detective de homicidios guardaba en un cajón el expediente del asesino sin rostro.
