II La Fortaleza

Hace ya un mes que se habían mudado.

¿Las Razones? Muchas y muy validas.

Primero, él ya es un adulto… un joven… o un niño grande, era igual. El punto es que a su edad las responsabilidades y su forma de ser tienen que apegarse a un lineamiento que la gente suele llamar "vida de adultos". Ese era el tipo de vida que él quería llevar, lo pensó desde los dieciséis años pero ahora estaba aquí, tangible y real. Y daba miedo, claro.

Pero por alguna suerte o buen deseo, no tuvo que hacerlo sólo.

Sus hermanos, todos más jóvenes que él, desearon tener un independencia viva, alejarse de una vida que comenzaba tras de ellos. Sí, incluso después de un mes no pueden olvidar que su madre, quien les dio la vida a los cuatro, estaba a punto de ser madre por quinta vez.

Su mamá llevaba dos meses en cinta, dos meses completamente incómodos puesto que de un tiempo a la fecha sus progenitores habían actuado muy raro, con tantas peleas y problemas absorbiéndoles el aire para respirar.

Eso fue un impulso no premeditado que orilló a Peter a tomar las riendas de un mejor futuro.

Una casa, un lugar suyo, donde podía ser independiente. Y di sus hermanitos querían compartir esa experiencia con él, simplemente rehusarse no era una opción.

Esa mañana era turno de Lucy preparar el desayuno, era como una regla generalizada. Quien hacía la comida del día debía asegurarse de tenerla lista a las ocho, que era cuando la rutina de los cuatro comenzaba.

Peter bajó a la cocina, siguiendo, embelesado, el olor a pastel de manzana y café recién hecho. Era lunes y la única forma de aclarar su mente en un día tan odioso como ese era con una gran taza de humeante sustancia negra.

Un par de minutos después bajó Edmund, su rostro enfurruñado y sus ojos rojizos, difícilmente centrados en despertarse y hacerse a la idea que tenía que ir al Instituto. El uniforme, parecido al que él usaba años atrás, se acoplaba a la figura de su hermano, quien en muchas ocasiones comentaba el mal gusto de los fundadores del colegio. Todos se limitaban a reír, aunque Lucy no discordaba de aquella opinión.

–¿Dónde está, Su? –preguntó el rubio cuando tres de ellos tomaron su lugar en la mesa y devoraron con ansia los pedazos de pastel. – Se nos hará tarde para ir a la Universidad. Pronto la terminaré y no quiero llegar tarde.

–Sobre eso, Pet, ella se fue temprano.

Frunciendo el ceño miró su reloj de muñeca. Apenas eran las ocho quince. Susan odiaba levantarse antes de esa hora, era como despertar a un gato a base de una ducha. Imposible y doloroso para quien lo intentaba.

–No puedo creer que se fuera sin mí. ¿Y desde cuando se despierta antes?

–Desde que Matt tiene esa estúpida moto y viene a buscarla. –recriminó Edmund sabiendo que Lucy sólo estaba aminorando los hechos, omitiendo detalles. Pero él tenía un buen oído y Susan podía ser muy patosa.

Matthew Keppler. Ese chico de la secundaria que persigue a su hermana como una plaga enfermiza. A Peter y Edmund no les cae bien, tienen motivos, empezando por lo influenciable que es su hermana a veces. Porque Matt se metió con su novia de ese tiempo, Sophia, o porque Susan esta vilmente engañada. Y puede que ella sea la más lista de los cuatro pero a la hora de elegir novio…

Desastre.

–Va a oírme cuando la vea. –masculló el rubio. No iba a decir que estaba preocupado, pero tranquilo tampoco era una palabra que reflejara algo en ese momento. –Me tengo que ir, cuídense chicos.

– Adiós. –escuchó a sus espaldas cuando el aire de ciudad le golpeó.

El mayor salió a las calles de Londres y, pasadas unas calles, volvió el rostro a su hogar. A pesar de que la casa no era la más extravagante de todas, le gustaba, era muy acogedora y, de frente, le recordaba mucho a una fortaleza, como las que creaba en el patio cuando era sólo un crío.

Sonrió ante el recuerdo.

¿Quién le diría que el futuro le deparaba estas cosas?

Se sentía muy bien tener esa casa, con sus hermanos.

Era la fortaleza Pevensie y eso era fantástico.

Ahora sólo pensaba en que lo mejor sería correr hacia la universidad y guardar energías. Debía trabaja por las tardes pues sabía, que un contra de esa vida, era el alquiler.