Los hechos no representan necesariamente la realidad, aunque muchas cosas aquí mencionadas, existen.
Los personajes, naturalmente, no me pertenecen, sino que son propiedad del asombroso escritor de thrillers, Dan Brown, responsable de haber despertado en mi la pasión por la lectura.
Espero que les guste...
II
Peter y Robert se removieron incómodos en el asiento del avión que los conduciría lejos de Estados Unidos. Luego de dos semanas de su reencuentro y sin otro familiar que pudiera hacerse cargo del muchacho luego de la trágica muerte de sus padres, su amigo había decidido llevárselo consigo fuera del país, sin tener idea de qué les depararía el futuro.
Se ciñeron el cinturón de seguridad en silencio y esperaron a que el aparato despegara.
Los motores cobraron vida y el fuselaje vibró. Langdon tragó saliva y esperó. Sintió que el avión comenzaba a correr sobre la pista y tuvo la sensación de que su mundo se quedaba atrás con ella. Los recuerdos, los momentos, lo que conocía. Todo.
- ¿Estás cómodo?- Preguntó Peter, notando su nerviosismo.- Relájate, llegaremos dentro de un par de horas. Francia es un lugar encantador.
- Francia.- Repitió él en un susurro y poco a poco comenzó a relajar sus músculos.
El avión despegó, alejándose con rapidez de los Estados Unidos de América.
Varias horas estuvieron volando, hasta aterrizar, finalmente, en el aeropuerto de París. Incrédulo y algo mareado, Robert Langdon se bajó del avión Air France, apenas aceptando la idea de haber dormido durante casi todo el trayecto.
Guiado por su amigo, pronto dejaron el aeropuerto y se dirigieron al apartamento donde se quedaría por tiempo indefinido.
Se hallaba en el sexto piso.
Era un lugar cómodo, cálido y bien decorado. Las paredes de la sala principal estaban salpicadas de suaves tonos de amarillo y marrón, sobre las que descansaban algunas pinturas de arte moderno. Había también un retrato de la familia Solomon en uno de los costados.
Robert esbozó una sonrisa cuando vio una graciosa fotografía de Peter encima de un mueble junto a la ventana que daba a la terraza. Con ternura propia de un niño, sonreía ampliamente a la cámara, orgulloso de los agujeros que habían dejado sus dientes de leche. Junto a ella estaba la imagen Katherine.
- Robert, ya llevé las maletas a tu pieza para que acomodes tus cosas.- Dijo Solomon desde la cocina, entremedio del ruido de abrir y cerrar cajones.
Desganado, Langdon se acercó al equipaje y lo dejó a un costado.
Observó su nueva habitación. Era amplia y moderna, con un televisor plano sobre un mueble junto al ropero y una laptop encima de un ostentoso escritorio.
Se fijó en la cama. Tenía un hermoso cobertor de plumas. Las almohadas eran mullidas, gigantescas y maravillosas. Se derrumbó sobre ellas y apagó la luz. La luna relucía con esplendor fuera de la ventana, iluminando tenuemente el espacio.
Permaneció inmóvil un largo momento, embelesado en la suavidad de la cama. Sus párpados comenzaron a cerrarse.
Oyó el chorro de una ducha en una de las habitaciones contiguas.
Por fin, Robert Langdon se durmió profundamente.
Por favor, continuen leyendo, esto apenas comienza...
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Los quiero
