Kagura
Estuvo tres días y tres noches encerrado en el sótano tratando de hacer a su nueva creación, pero para su decepción, por alguna extraña razón, no lograba tener el éxito esperado. Con Kanna, lo único que había hecho era invocar una pequeña fracción de los poderes de la perla y elegir sus habilidades, usar los ingredientes necesarios para "materializarlo", sacar una enorme masa de carne cruda, viva, de su propio cuerpo, y esperar a que el nuevo ser surgiera de entre la carne molida, pero con esta segunda creación ese método no había funcionado. Lo único que salía de ello, era… nada. Simple y puro aire que escapaba de entre los agujeros de la carne, como si esta exhalara. Ese fue el primer intento, la segunda vez, salió una especie de ser extraño y sin forma alguna. Una quimera, algo que no se podía distinguir como hombre o mujer, ni siquiera como humano o monstruo, un ser repúgnate que temblaba incontrolablemente al mas mínimo roce, sin voz, sin un rostro formado, incompleto e inútil. Ambas veces Naraku se vio forzado a absorber sus fracasos.
Pensó que quizá estaba haciendo mal el procedimiento, pero, no podía ser. Así había nacido Kanna…
Era como si el aire se resistiera a ser atrapado dentro de un cuerpo ajeno que no fuera el de la libre invisibilidad. ¡Pero por favor! algo como el viento no lo vencería.
Después de una noche entera de pensarlo, Naraku llegó a la conclusión de que tendría que forzar al nuevo ser y al elemento a salir, al fin y al cabo, la tercera, dicen, es la vencida. Afortunadamente era un hombre que sabía esperar, sino habría abandonado su nuevo proyecto desde el primer intento, es mas, no habría sido capaz de esperar cincuenta años por la perla, por lo tanto, sí, poseía la virtud de la paciencia.
Repitió el proceso. La masa de carne cruda, a la vista de cualquiera, una cosa sin forma y repugnante, salió de su brazo como una gangrena con vida propia y se estrelló contra el suelo como gelatina a medio derretir. Naraku nuevamente tomó en sus manos la esfera con el aire atrapado dentro de ella, y la introdujo en la carne. Ya dentro la rompió, permitiendo que el aire quedara atrapado dentro de la deforme masa. Finalmente invocó los poderes de la perla.
Tuvo que invertir un día entero para darle forma a su nueva creación. Poco a poco, la antes asquerosa carne gelatinosa, fue tomando forma y consistencia. Con una delicadeza que no era propia de él, sus manos se dedicaron a formar la figura estilizada de una mujer. Moldeó las piernas largas, la cadera y redondos senos. En la cintura se detuvo varias veces hasta encontrar el diámetro que más le gustara, terminando en una cintura estrecha, como de avispa. Como era de esperarse, para cualquier hombre, incluyendo a Naraku, una mujer estilizada siempre era mucho más grato de ver.
Con aun más delicadeza dibujó el rostro con los las yemas de los dedos. Formo la pequeña nariz y labios elegantes pero un tanto aniñados, como de muñeca. Ojos grandes y rostro pequeño, de rasgos suaves y finos. Las orejas puntiagudas, propias de los demonios, y también se encargó de otorgarle un largo cuello.
Para la medianoche la figura femenina, aunque ideal y hasta envidiable, aun se veía incompleta, como una escultura aun por hornear. Su piel tenía el color rojizo y púrpura de la carne cruda, tenía los ojos cerrados y carecía de cabello.
Antes de ordenar a la perla que le diera vida, se preguntó por qué la había hecho mujer… bien pudo haber creado a un hombre, que seguro resultaría más intimidante que una mujer de frágil y delicado aspecto, y que en una batalla probablemente sería blanco de las burlas masculinas. El corazón de Onigumo le dio la respuesta. Al final de cuentas, Onigumo fue un bandido acostumbrado a tener lo que quisiera cuando quisiera, y eso incluía mujeres, y como todo despiadado ladrón, también estuvo acostumbrado a la presencia de las féminas, aunque estas fueran raptadas. La había hecho mujer por el simple hecho de extrañar estar rodeado de ellas. Tal vez fue esa la razón por la cual su primera extensión fue mujer, aunque la edad con la cual nació realmente no era la ideal.
Naraku sonrío con una mezcla de desprecio y sarcasmo. Ni en sus creaciones podía evitar la esencia y deseos de ese asqueroso humano, los cuales, en algunas ocasiones como esas, cumplía inconcientemente y para su sorpresa se daba cuenta de ello hasta después. Bueno, a la próxima procuraría crear a un hombre, por ahora, con el nacimiento de esta nueva mujer, esperaba poder calmar momentáneamente los deseos de Onigumo por la presencia femenina.
Sin perder más tiempo en tontas divagaciones, Naraku hizo uso de su nueva habilidad de dar vida.
Poco a poco la piel púrpura de la mujer incompleta fue tomando un color más natural. Adquirió un tono ligeramente dorado, como la de la arena. Como si se tratase del acabado de un mueble, aparecieron uñas en los dedos de la mujer; una melena larga, ondulada y espesa nació de su cabeza rápidamente. Naraku se percató que el cabello de su creación era igual al suyo, inclusive era del mismo tono negro.
Después del cabello, le siguieron los labios, los cuales tomaron un tono rosado, definiéndose. La piel se estiró y se tensó al igual que el cutis de una mujer en plena juventud.
A eso le siguió un momento de calma. A simple vista parecía una joven desnuda y dormida. Pasaron unos segundos antes de que los dedos de la mujer comenzaran a moverse y los parpados a temblar. Algo comenzó a palpitar con fuerza, un sonido que retumbó e hizo eco en todo el sótano. El primer latido del corazón de su creación.
Tenía vida. Naraku había tenido éxito. Su segunda extensión había resultado mucho mejor de lo que esperaba, pensó con una sonrisa mientras observaba detenidamente a la joven. A simple vista parecía una chica apenas rondando los veinte años. Quizá la había creado demasiado "joven".
Entre tanto, ella comenzó a gemir, mientras sus manos raspaban la tierra del sótano con ahínco, como tratando de levantarse. Naraku observó el vaivén que elevaba y bajaba el pecho de la joven. Dentro estaba aun su corazón, los hilos del titiritero. Ese era el momento, antes de que la joven abriera los ojos, o todo habría fracasado. Si abría los ojos antes de que le sacara el corazón habría sido en vano y solamente habría creado a un nuevo ser de su carne, pero libre su control. La joven luchaba por abrir los ojos, pero era como si estos estuvieran sellados, como si las pestañas de sus ojos estuviesen fundidas unas contra otras.
Naraku se inclinó ante la joven y la levantó. Ella gimió un poco ante el roce en su espalda aun lisa, aunque no por mucho tiempo.
Sin dudarlo, el hanyou tensó su mano derecha, sujetó la espalda de la chica con la otra, y con fuerza, enterró su mano en el pecho de la joven, entre los senos, como si no quisiera arruinar la forma en la que tanto había puesto empeño, aunque esta sanaría rápidamente.
La nueva creación de Naraku abrió los ojos de golpe, junto a un fuerte alarido de dolor, que a los oídos de cualquier otra persona hubiese resultado escalofriante, e incluso hubieran podido sentir el dolor de la chica, pero para alguien como Naraku, eso no era nada, y para sus oídos resultaba ser la más bella y armoniosa melodía. Mientras, el hanyou hurgaba dentro del pecho de la joven, atravesando huesos y desgarrando carne en su camino, hasta que llegó al órgano palpitante, que se estremeció aun más y se aceleró a una velocidad abominable mientras era apretado por la mano intrusa. La youkai seguía gritando, y por breves segundos se le escapaba el aire; sus primeras exhalaciones en vida, obligándola sólo a gemir de dolor y mantenerse con vida en una respiración forzada, sus pulmones luchando por seguir funcionando. La misma respiración acelerada intensificaba el dolor con cada bocanada de aire, lastimando más las fibras de los músculos y la carne desgarrada.
Sintió un dolor horrendo e inexplicable cuando su creador tomó con fuerza su corazón, y de un sólo movimiento, sacó la mano del pecho llevándose con él el corazón de la recién nacida. No le costó ni el más mínimo esfuerzo arrancarlo con rapidez y romper las gruesas venas y arterias que momentos antes rodeaban el corazón y lo hacían palpitar, dejando así el pecho vacío. Cuando terminó de extirparlo, la joven se mantuvo con una mueca de sufrimiento y los ojos abiertos como platos ante su primera sensación experimentada; dolor.
Naraku observó con detenimiento los ojos de su creación. Eran grandes, tal y como los había diseñado, y sus pupilas eran intensamente rojas. Era el mismo color granate que el de sus ojos. Al parecer su extensión había heredado bastantes rasgos de él. Fácilmente podría hacerse pasar por su hija o hermana, aunque, en cierta manera, lo era, pero no era el color de sus ojos o el parecido que tenía con los suyos lo que había llamado su atención. Lo que lo había dejado asombrado era lo increíblemente hermosos que se veían con esa mirada perdida de dolor. A veces Naraku podía tener un concepto de la belleza bastante bizarro.
Naraku sonrió con malicia, algo que la mujer pudo ver, pero que en ese momento no lo identificó como el más malvado gesto que conocería jamás.
El hanyou dejó en el suelo a la joven, con delicadeza, mientras esta aun se retorcía sobre el suelo. El brusco despertar la había hecho moverse con mucha energía, e instintivamente se llevaba las manos al pecho, no tratando de cubrir la herida, la cual había dejado un profundo agujero que aun sangraba a borbotones, sino como buscando algo. En cierto momento intentó introducir sus manos en la herida buscando lo que le habían arrebatado sin permiso alguno, pero el sólo roce de sus dedos contra la carne herida le impedía el paso.
—Tranquila… pronto pasará— le susurró Naraku con falsa ternura, mientras acariciaba su frente y su mejilla en un falso y hasta cierto punto, cínico intento de calmarla.
Esas fueron las primeras mentiras que la nueva creación escuchó de su creador, sin darse cuenta. Quizás fue por eso que tardó un largo rato en tranquilizarse.
Naraku la dejó ahí, retorciéndose y sin un mínimo de compasión, y caminó con tranquilidad hacia un enorme jarrón negro con detalles dorados. Dentro, el traste estaba lleno de sangre fresca, y ahí arrojó el corazón recién arrancado. El sanguinolento órgano palpitaba con fuerza y desesperación, como gritando que ese no era su lugar, incluso salpicando algunas gotas de sangre que fueron a dar al suelo. Mientras, los gemidos de la joven youkai poco a poco iban desapareciendo, y ahora sólo respiraba con un poco de dificultad, la cual gradualmente fue atenuándose hasta transformarse en una respiración normal a medida que la herida sanaba, dejando nuevamente la piel y la forma perfecta con la que nació, solamente con la sangre manchando y escurriéndose por sus hombros, senos y abdomen, como única muestra de lo que había pasado.
Naraku se acercó a ella, escrutándola con la mirada. Una vez curada la herida y ya sin dolor, con los ojos entrecerrados, la joven comenzó a gemir débilmente, como un animal recién nacido. Sus manos volvieron a arañar el piso. Con lentitud, logró erguirse un poco, sosteniéndose con los codos y finalmente con las manos. Cuando estuvo en esa posición, llevo sus manos a su rostro, tocándoselo casi con furia, sin conocer qué era esa nueva forma que había adoptado. Se paso las manos por el cabello. Inspeccionó los mechones que le caían en los hombros, y varias veces se jaló el cabello, lastimándose sin querer, sin entender por qué esos "hilos" negros estaban pegados a su cabeza.
Bajó la mirada con curiosidad hacia las dos largas extremidades que estaban bajo ella: las piernas. Hubo algo que le dijo: "levántate", y a pesar de no conocer tal palabra, esa misma voz, llamémoslo instinto, era como si le ordenara que se elevara encima de esas dos extremidades que aun no identificaba como piernas. La chica hizo caso, y con algo de dificultad, fue flexionando las rodillas que temblaban frente a este nuevo peso que acaba de adquirir. Tuvo que detenerse con las manos mientras intentaba levantarse. Lo logró. Logró erguirse y sostenerse, aunque con torpeza, y en uno que otro momento estuvo apunto de caer, pero se dio cuenta de que ahora también poseía algo llamado equilibrio.
Aunque para Naraku parecía un animal, ignorante a todo y torpe, sabía que en poco, muy poco tiempo caminaría con el compás elegante del viento, y sus movimientos cada vez serian más delicados, pero fieros cuando la situación lo ameritara, cosa la cual sería muy seguido. En poco tiempo su mente despertaría por completo y aprendería a hablar correctamente, a seguir ordenes, y a saber cual era su lugar como su sirvienta.
De pronto, algo comenzó a palpitar en su espalda, como si esta tuviera vida propia. La youkai gritó al tiempo que se tiraba de rodillas, vencida ante esta nueva sensación, mientras sentía como su espalda era lacerada por un dolor intenso y ardiente, como si un hierro al rojo vivo estuviera arrastrándose por su piel lentamente. Se llevó una mano a ella, tratando de detener semejante calvario, pero aparentemente nada la estaba tocando. Hubo un clímax en el dolor, el segundo antes de que se detuviera, como si el hierro ardiente se hubiera incrustado en su piel hasta llegar a su columna. Al siguiente segundo el dolor había desaparecido por completo. Se quedó quieta. Lentamente se llevó una mano a la espalda, y lo que sintió no era la piel lisa, como la de su cara o sus manos, sino una piel rugosa, de una textura extraña, incluso estaba caliente.
La youkai no sabía que en su espalda acababa de formarse la cicatriz de una quemadura, en forma de araña, que le abarcaba toda la espalda. El abultado abdomen de la alimaña residía en su cintura y las retorcidas ocho patas se extendían desde la orilla de la espalda con el torso y los hombros, como si la abrazara. La marca que la identificaría como propiedad de su creador, Naraku.
Él se acerco a ella. La chica lo vio aproximarse, e instintivamente dio un paso atrás, pero cuando acordó el hombre estaba detrás de ella. Asustada, volteó, como esperando que algo malo sucediera, pero lo que había hecho ese ser, al primero que veía, fue ponerle sobre el cuerpo desnudo una bata de seda blanca con la cual la cubrió, no sin antes inspeccionar rápidamente la cicatriz. Era idéntica a la suya. La enorme araña se extendía a todo lo largo y ancho de su espalda, arruinando la textura de la piel de su creación. Simples efectos secundarios, pensó.
Cuando Naraku subió su mirada a ella una vez colocada la bata, sus ojos se cruzaron por un momento. Algo le dijo a la youkai que compartía con él un lazo demasiado fuerte, pero aun no sabía lo que era. Lo que sí sabía, es que de alguna forma él era su dueño. Eso no le gusto.
—Kanna— llamó Naraku con voz severa. La pequeña albina apareció frente a ellos con su misma mirada vacía y sosteniendo su espejo.
—Vístela— le ordenó. La niña se limitó a decir un escueto "sí, señor Naraku". Esa fue la primera vez que la chica escuchó el nombre del ser que más odiaría en su vida y el cual significaba el infortunio de su destino.
—¿Naraku?— susurró la mujer confundida, preguntándose que era esa palabra. Nadie le respondió, sólo presencio la sonrisa sardónica del aludido, mientras la pequeña la sacaba de ahí para conducirla dentro del castillo.
Una vez que Naraku se quedó solo, sonrió aun más, satisfecho.
—Fue mejor de lo que esperaba— se dijo, mientras hacia aparecer en su mano el corazón palpitante de su nueva hija, el cual, sólo por esa vez, no recibió agresión alguna.
Kanna le entregó a su hermana un yukata blanco y franjas rosas, de diseño discreto y envuelto cuidadosamente en papel. La youkai lo tomó confundida, sin saber por qué se lo daba, o que era.
—¿Qué es esto?— Kanna no respondió, pero sabiendo que su hermana menor aun no sabía vestirse, ella misma tomó el vestido y lo sacó de su envoltura. Con cuidado lo desenvolvió y prosiguió a vestirla, explicándole escuetamente donde debía meter los brazos, como se amarraba, y los nombres de las tres capas de tela que lo formaban. Eso sí, Kanna tuvo que hacer el nudo del obi, pues los movimientos de Kagura, aunque más despiertos, seguían siendo algo torpes, incapaces por ahora de armar un nudo decente.
Una vez vestida, la ayudó a peinarse. Le dijo que las hebras que invadían su cabeza se llamaban cabello, y que el suyo era de color negro como el de Naraku, ondulado y largo, prácticamente, idéntico al de él.
—¿Naraku? ¿Qué es eso?— preguntó la chica al escuchar de nuevo el peculiar nombre.
—Naraku es tu creador y amo— fue la escueta respuesta de Kanna, mientras esta le amarraba el cabello. Sabía que su hermana necesitaría tener el rostro despejado para poder pelear, no se podía dar el lujo de lucirlo suelto.
—¿Qué significa?— inquirió, sin entender aun que Naraku era un nombre propio.
—Infierno— respondió la albina. Su hermana no supo que era exactamente "infierno", pero algo le dijo que no era algo bueno. La palabra, la esencia de las letras, la carencia de emoción o tono con el que le respondió la niña, resultaba algo escalofriante. Por primera vez, la joven demonio sintió escalofríos recorrerle la espalda.
—Mira…— dijo Kanna, ofreciéndole el reflejo de su espejo para que su hermana viera su apariencia por primera vez. Ella, sin dudarlo, se miró en el espejo circular. Se asombró de ver que tenía los mismos ojos que el tal Naraku. Eran rojos como las pupilas de él, y su cabello también era idéntico, tal y como la pequeña le había asegurado, pero no tuvo tiempo de seguir inspeccionando su nueva apariencia, pues Naraku entró a la habitación sin permiso.
—¿Ya has terminado, Kanna?— preguntó este acercándose a ambas.
—Sí, señor Naraku— murmuró la niña bajando la cabeza en señal de respeto. Naraku sonrió, y miró a su nueva extensión, casi con orgullo.
—Kanna, retírate— la niña asintió y acto seguido, simplemente desapareció. Su hermana menor se quedo mirando el lugar donde antes estuviera Kanna, expresando su asombro por medio de sus grandes ojos, abiertos como platos, sin entender como había hecho eso. Incluso extendió la mano, como para comprobar que realmente se había ido.
—Ella era Kanna. Tu hermana mayor— dijo Naraku, notando la confusión de la chica. Esta lo miró aun desconcertada. Naraku suspiró con desgano, para luego caminar alrededor de la youkai con curiosidad, como admirando una escultura con detenimiento. Se llevaba los dedos a la barbilla inspeccionando que todo lo que hizo estuviera en orden. Mientras, la joven cada vez se sentía más incomoda con esa penetrante mirada sobre ella y no podía evitar seguirlo con los ojos, con una expresión entre asombro y temor. Se sentía como si estuviera sola en medio de un basto terreno despejado, sin lugar donde esconderse, acechada por un buitre.
—Soy Naraku— dijo de pronto, una vez que quedo frente a ella —Soy tu amo y creador, y como mi sirvienta, tendrás que cumplir cada orden que te de al pie de la letra. Además de profesarme completa lealtad— le dijo con voz severa y dura mirada.
—Tú… eres Naraku… y, ella era Kanna— dijo mirando hacia donde había desaparecido la niña, aun con la confusión plantada en su rostro —¿Y… yo?— tartamudeó, señalándose a si misma.
—Ya te lo dije. Eres mi sirvienta— la chica sintió un estremecimiento en su pecho, una sensación extraña, que en ese momento no supo interpretar, pero no le gustaba, sin embargo se lo calló.
—¿Mi nombre?— preguntó ella, con cierto temor, pero comenzando a mostrar una mirada cada vez más altiva. Conforme pasaba el tiempo, su mente comenzaba a despertar cada vez más rápido, y adoptar el comportamiento que se le había dado.
—Vaya, aprendes rápido— susurró Naraku con una sonrisa, al darse cuenta de que su extensión ya lograba diferencias las palabras y encontrarles significado. Se quedó un momento en silencio, pensando, mirando hacia todos lados, como buscando algo. La joven miraba hacia donde él lo hacia, tratando de encontrar ese algo que el hombre buscaba, pero no veía nada interesante en la oscura habitación. Naraku seguía en silencio, y el ambiente comenzó a tensarse, al menos así lo sintió ella.
—Kagura— dijo de pronto Naraku, rompiendo el silencio, mirando a la recién llamada Kagura a los ojos.
—¿Kagura?—
—Sí. Ese será tu nombre. Kagura, la manipuladora del viento— aseveró.
—¿Puedo manipular el viento?— inquirió desconcertada —Pero… ¿viento? Yo…— susurró confundida, sin poder terminar la frase. No podía recordar nada, no podía recordar nada antes de haber visto por primera vez a ese hombre que se hacia llamar Naraku y que aseguraba ser su creador y dueño, como si apenas hubiera nacido, pero no era así… ella ya existía desde mucho antes, no sabía cómo, pero así era, pero por ahora, lo único que recordaba antes de eso y muy vagamente, era el mundo que el viento había recorrido mucho antes de que su misma esencia fuera capturada y tomara esa nueva forma.
Naraku la ignoró. Kanna había dicho que el viento sería demasiado difícil de domar, pero nadie, ni siquiera tal elemento, podía resistir su poder, así tuviera que usar la fuerza. Por ahora, Kagura iba bastante bien, y esperaba que así siguiera. Sin hacer mucho caso, de entre sus ropas sacó tres objetos envueltos. Los colocó sobre una pequeña mesa.
—Esto…— dijo desenvolviendo un abanico y enseñándoselo a Kagura —es un abanico. Pronto aprenderás a usarlo. Será tu arma y con el manipularas al viento y a los muertos. No es necesario que te diga que debes llevarlo contigo siempre— acto seguido, se lo entregó. Kagura lo tomó entre sus manos y lo miró con curiosidad, abriéndolo y cerrándolo en repetidas ocasiones. Algo le dijo que lo tomara con la mano derecha, con suavidad, y que lo blandiera delicadamente pero con firmeza frente a ella. Así lo hizo, pero sin querer el movimiento provocó que una ráfaga de viento fuera hacia ella y que al chocar con el abanico crearan varias cuchillas brillantes, hechas de viento y youki maligno, que con una rapidez impresionante fueron a dar contra la pared con furia, provocando que esta se hiciera pedazos al ser arrasada por las cuchillas de viento.
Kagura se quedó boquiabierta sin reaccionar, sin mover un músculo, sosteniendo el abanico, el cual al cabo de unos segundos se le cayó de las manos sin darse cuenta.
—¡¿Qué fue eso?— exclamó sorprendida, mirando el abanico sobre el suelo, aparentemente inofensivo, tratando de encontrar de donde habían salido esas cosas. Naraku le dio un pequeño vistazo a la pared destruida con una mezcla de indiferencia, aunque también parecía estar apunto de carcajearse.
—Parece que tienes talento— dijo con burla, volviendo a su tarea de desenvolver los otros dos objetos, mientras Kagura levantaba del suelo el abanico. Procuró no abrirlo.
—Kagura, acércate— le ordenó, a lo cual la joven más o menos reaccionó. Apenas se acostumbraba a ser llamada "Kagura", pero lo obedeció.
Naraku siguió con su tarea, y de una pequeña cajita sacó un prendedor, una perla de jade, con dos plumas blancas incrustadas en ella.
—Esto lo llevaras en la cabeza. Cuando quieras, las plumas pueden aumentar de tamaño y te servirán como medio de transporte, pero debes aprender a usarlas correctamente, y mientras estés sobre la pluma debes concentrarte, o de lo contrario caerás— Kagura extendió la mano queriendo tocarlas, sin entender como algo tan pequeño podría aumentar de tamaño como para ser capaz de cargarla en el aire.
—No las toques— ordenó Naraku antes de que Kagura pudiera siquiera rozarlas —Después de eso, será mejor que las uses afuera— dijo mirando con cierto agrado el destrozo que el descuido de Kagura había provocado. En cierto modo, a Naraku le parecía que la torpeza de Kagura resultaba adorable, claro que el gusto no le iba a durar más de una semana.
—Y por ultimo…— el hanyou abrió otra pequeña caja, de madera. Dentro se encontraban dos aretes igualmente hechos de perlas de jade como el prendedor, y unos pequeños detalles en coral negro colgaban al final de las cinco perlas verdes —Son aretes. Se usan en las orejas— Kagura instintivamente se llevó una mano a la orejas, toqueteándolas con curiosidad. Notó que eran puntiagudas, y también se dio cuenta de que las orejas de Naraku, eran redondas. Se preguntó a que se debía tal diferencia, pero no se atrevió a decir nada.
—¿Y para que son?— inquirió.
—Para nada, en realidad. Sólo son adornos que usaras para mi gusto— le respondió. Kagura lo vio con cierto desprecio. Esas últimas palabras no le habían gustado nada. Estuvo apunto de protestar, pero notó que Naraku nuevamente se había quedado muy pensativo, como si estuviera tratando de recordar algo.
—Ah, casi lo olvido…— esta vez se dirigió a un armario que estaba en la habitación, y de ahí sacó unos pequeños envases que coloco en la mesa.
—¿Y eso qué es?— se apresuró a preguntar Kagura, picada por la curiosidad.
—Maquillaje. Para resaltar tu belleza— Kagura frunció el entrecejo. ¿Resaltar su qué? ¿Belleza?
—¿Y… también lo usare para tu puro gusto?— preguntó esta con algo de desconfianza, entrecerrando los ojos.
—Por supuesto— respondió el hanyou, con una sonrisa que Kagura finalmente pudo interpretar. Le pareció una sonrisa despreciable. Comenzaba a desconfiar de ese ser. Había algo extraño con él, algo que no terminaba de cuadrar. Definitivamente no debía confiar plenamente en él, pero, por ahora, no sabía nada del mundo; tendría que… confiar.
Sin decir nada más, Naraku se dispuso a salir de la habitación, pero antes de que pudiera salir, Kagura lo detuvó.
—Naraku— lo llamó, con el nombre ahora bien memorizado en su mente. Era un nombre que jamás olvidaría. El aludido apenas volteó la cabeza, mirándola de reojo, esperando escuchar la razón por la cual lo llamó.
—¿Qué significa Kagura?— Naraku sonrió con ironía.
—Danza de los Dioses— respondió, y finalmente salió de la habitación.
Kagura se quedó quieta en su lugar, apretando con fuerza su abanico, mirando atenta el lugar por donde había salido Naraku. Por ahora, no sabía casi nada. No supo como fue que aprendió a hablar, a moverse, a caminar, ni porque estaba ella en ese castillo oscuro y que olía a veneno, ni porque ese hombre se hacia llamar su amo y creador, ni sabía que ordenes, según el, estaba obligada a cumplir. Había algo mal aquí, algo extraño, que le causaba desconfiar de todo a su alrededor. Simplemente algo estaba mal, y lo más raro es que no era lo que la rodeaba, más bien… algo estaba mal con ella. Algo estaba atrapado y en su ser, ese algo pugnaba por salir. Fue la primera vez que sintió el deseo por la libertad, aunque aun no lo llamara con esas palabras.
Kagura se acercó a la pared que ella misma había desecho, la cual daba hacia uno de los patios. Se encontró con un ambiente pesado y denso, que apestaba a muerte y veneno, y un cielo negro, como niebla púrpura, rodeaba todo el cielo que alcanzaba a ver. Se preguntó que habría detrás de esa espesa niebla que se movía con pesadez, y algo le decía que ella antes había estado afuera de ahí y por todos los lugares, y que ahora, por culpa de ese hombre llamado Naraku, estaba atrapada dentro de ese cuerpo que no era el suyo, y más que nada, literalmente, estaba atrapada entre las manos de ese hombre.
Se dio cuenta de que ya no era el viento libre de antaño. También se dio cuenta de otra cosa, algo que la perturbó aun más… se tocó el pecho, y no escuchó ni sintió nada dentro de él. Sintió angustia por ese algo que le faltaba. Esa sólo era la primera angustia de las muchas que sufriría a lo largo de su corta vida.
Antes que nada, muchas gracias por el buen recibimiento y claro, por felicitarme por mi cumpleaños. Los reviews que recibí especialmente me gustaron.
En fin, con respecto al capitulo, sé que con Kagura se podría pensar que caí en el OOC, pero pensé: la chica, que no lleva ni una hora de nacida no se va a poner al tú por tú con Naraku, porque ni siquiera lo conoce, no intentará escapar, ni sabrá hablar del todo bien ni moverse adecuadamente porque, como todo recién nacido, se necesita un poco de tiempo para ello, además de que no conoce nada del mundo y todo es nuevo para ella, fue por eso que, intentando contrarrestar eso, mencione varias veces que Kagura sentía angustia de ese "algo" que le faltaba, o sea su corazón, y que también sentía ese "no sé qué", esa sensación de que ella no pertenece ahí, lo que se traduce como su deseo de ser libre a pesar de que aun no lo llama exactamente de esa manera, pues la idea que estoy usando aquí es que Kagura prácticamente esta hecha, no sólo de carne y huesos, sino que lo que le da vida es el viento, literalmente.
También quizás sea considerado algo de poca importancia el mencionar de donde obtuvo sus ropas y las armas que usa Kagura. Bueno, quise mostrarlo como una especie de "intercambio". Para mi, los aretes, el abanico de Kagura y demás, son las pocas cosas que Naraku le dio, o le regaló, los escasos "premios" que le dio a ella, además de que quise mostrar todas las cosas, materiales y no materiales, que fueron formando al personaje que conocimos en Inuyasha, tanto física como mentalmente. Sobre los aretes y el prendedor, no estoy segura si sean de jade, pero supongo que sí, además tengo entendido que desde hace 5.000 años el jade se usa en China para fabricar accesorios y utensilios, aunque no sé que tanta comunicación habría entre Japón y China en ese tiempo.
Con respecto a cómo Naraku crea a Kagura; no sé si recuerden que cuando crea a Musou, Naraku expulsa una parte de su cuerpo que básicamente es carne cruda, y de ahí sale Musou, y se sabe que con algunas otras extensiones usa partes de su cuerpo, como cabello. Yo supongo que la manera en la que les da vida es por medio de los poderes de la perla, y que quizás sólo necesita ciertos "ingredientes" para otorgarles ciertos poderes, pues todas las extensiones de Naraku tienen características determinadas y diferentes unos con otros.
Con el nombre de Kagura, existe una antigua ceremonia teatral de origen japonés llamado "Kagura", que significa "Danza de los Dioses", y obviamente es en honor a ellos, y es de la religión sintoísta. Me pareció que el nombre del personaje, era lo más lógico que significara eso (y quizás Naraku hasta se basó en esa misma ceremonia para llamar así a su extensión), si contamos además que todos los ataques de Kagura tienen la connotación de "danza". Con Naraku, según leí, su nombre sí significa "infierno" en japonés antiguo (no crean que lo mencione nomás por hacerme la dramática, además le va bastante bien, ¿no creen?).
Bueno creo que ya me alargué bastante dando explicaciones, cualquier duda que les quede sobre el capitulo sólo mándenme un review y yo con gusto contestaré. Ya saben, acepto sugerencias, ideas, (¡halagos!) y también criticas constructivas. Espero el capitulo les haya gustado y sigan leyendo, no tardaré demasiado en subir el siguiente capitulo, ya prácticamente está escrito.
Me despido
Agatha Romaniev
