The Favorite
Los días posteriores a su nacimiento, Kagura había estado muy entretenida y ocupada, practicando las técnicas y habilidades con las cuales había nacido. Enseguida pudo darse cuenta de que tenía el talento innato de controlar el viento a su gusto, lo cual, no era nada descabellado, siendo ella una youkai nacida de dicho elemento… y de Naraku.
Pero, es decir, ¡ella ni siquiera podía ver el aire! simplemente lo sentía; incluso se dio cuenta de que los movimientos de su cuerpo eran guiados por él, como si de un sentido instintivo se tratase. Escuchaba con atención lo que el viento murmuraba, cosa que a los oídos de cualquier otro insulso, le parecerían simples corrientes de aire que vibraban al chocar con los árboles o la tierra, o incluso podrían pasar desapercibidas. Para Kagura no, ella hasta podía olerlo. Antes de intentar cualquier cosa con su abanico, Kagura se había dado a la tarea de conocer el viento, o más bien, de recordar lo que era. Podía oler la esencia misma del elemento. Podía separar los aromas y los hedores de él y alejarlos, dejarlo limpio, sin impurezas, con la esencia misma intacta, aunque, no tenía palabras para describir cual era su aroma, ni podía traducir a palabras que ella conociera lo que el viento decía.
Sólo había una cosa que entendía del viento. Una sola palabra, y era libertad. Nunca antes la había escuchado; en la fortaleza de Naraku esa palabra no existía ni tenía validez, pero aun así ella la conocía. Cuando se dio cuenta de ello, cuando por segundos el viento le gritaba aquello con una inoportuna y refrescante corriente que le alborotaba el cabello, se dio cuenta de que ella, a diferencia del viento que podía controlar, no poseía tal cosa, no era capaz de traducir en hechos la palabra. Su mismo cuerpo era una irrefutable muestra de ello. Una prisión de carne y hueso en la que fue encarcelada contra su voluntad.
Era como si hubiesen profanado el invisible elemento.
Aun no nacía la ira de aquella revelación, pues la relativamente pequeña Kagura aun no comprendía del todo dicha situación, y actuaba como si todo eso fuese un estado temporal.
Si hubiera sabido desde antes lo equivocada que estaba…
Desde que Naraku le diera esos "obsequios", Kagura no lo había vuelto a ver, y supuso estaría perdido por ahí en el castillo, y a decir verdad, así lo prefería. De esa forma podía concentrarse en si misma y aprender todo lo que tuviera que aprender. A la que sí había visto en repetidas ocasiones era a su supuesta hermana mayor (como ese hombre le había dicho), la tal Kanna. Aun no entendía como es que ella podía ser "mayor", si se veía tan sólo como una niña y apenas le llegaba a la cintura. Le pareció extraño que nunca hablara, y de hecho, en alguna ocasión le había preguntado por qué razón siempre estaba tan callada. Nunca recibió respuesta. El asunto quedó ahí.
Cuando Kagura se dispuso a usar las cosas que Naraku le había dado, batalló un poco en ponerse los dichosos aretes. Al principio intentó insertarlos en los lóbulos de sus orejas, pero Kanna le explicó que antes debía perforárselos. Tuvo que hacerlo ella misma con una aguja, y aunque le dolió, ese insignificante piquete no se había comparado con el tremendo dolor con el que despertó cuando su corazón fue arrancado de su pecho.
También, y realmente no entendía como, había aprendido a maquillarse. Le había pedido ayuda a Kanna, pero esta le respondió que ella jamás había usado maquillaje, y tan sólo se limitó a prestarle el espejo. De un momento a otro Kagura se encontró aplicándose sombra rosada en la orilla de los parpados con mucha desenvoltura, como si lo hubiera hecho de toda la vida; con un delgado pincel delineó sus ojos con negro. Esos pequeños detalles habían hecho que sus ojos se vieran más femeninos y mejor definidos, en cierta manera, diferentes a los de Naraku. Desde que se dio cuenta de ello decidió usarlo todo el tiempo. Por alguna razón no le gustaba ser tan similar a Naraku. Pareciéndose tanto a él, le daba la impresión de que ella, le pertenecía aun más.
—Aun así le perteneces— susurró Kanna de pronto, haciendo que Kagura súbitamente perdiera la atención de su rostro recién acicalado reflejándose en el espejo.
—¿Qué?— dijo esta, confundida por la frase. La niña jamás hablaba, ahora había pronunciado más de tres palabras por voluntad propia… y, por alguna razón no le gustó lo que había escuchado.
—No importa que tanto lo intentes, o cuanto maquillaje uses. La marca en tu espalda habla por si sola— añadió secamente la niña. Kagura, entrecerrando los ojos con cierta malicia, le dio la impresión de que la chiquilla estaba ligeramente celosa. Sonrió burlona.
—Creí que no sentías nada. ¿Acaso estas celosa de mi?— preguntó la youkai con tono déspota. Kanna no pudo evitar pensar que su hermana menor aun era muy ingenua. Después de todo, era una recién nacida, y no sabía lo que decía al afirmar que ella fuera preferida por Naraku, como la joven parecía suponerlo.
—Naraku no tiene favoritas. Sólo herramientas— refutó la albina, aun más escuetamente de lo normal.
Kagura no prestó más atención y dio por terminada la extraña charla. Realmente ese hombre no le daba buena espina, quería tener que ver con él lo menos posible, ¿y ser su favorita? Bueno, no era una idea que le atrajera mucho, solamente lo había dicho para importunar a la niña, aunque no le sirvió de mucho tal entretenimiento ante la firme impavidez de esta.
Se encogió de hombros y volvió a verse en el espejo. Finalmente, terminó de acicalarse al pintarse los labios con un pincel, dejando en ellos un intenso color granate, haciendo que estos se vieran ligeramente más gruesos. Finalizado eso, sonrió ampliamente, de manera casi infantil, para comprobar si los labios estaban bien definidos y procurando no mancharse los dientes con la pintura roja. Le preguntó a Kanna como se veía, pero ella no respondió. A veces la niña, aunque la conocía poco, la exasperaba, pero por un momento se preguntó si a Kanna después de todo sí le había molestado su comentario, pero, ya que se supone que no sentía nada, pensó que era una idea descabellada y terminó por desecharla.
Entonces, mientras contemplaba su imagen en el espejo, Kagura conoció la placentera y arrogante vanidad, características tan bien heredadas de su creador.
Los siguientes días estuvo aprendiendo y perfeccionando sus habilidades con el abanico y el viento, casi sin descanso. Sentía una extraña y apremiante ansia de saber todo lo que se relacionara con el viento y la habilidad única de manipularlo, y por esa razón apenas era capaz de conciliar el sueño durante las pocas noches que llevaba con vida. De hecho en una de esas, Kagura se levantó en la madrugada, incapaz de dormir y se dispuso a practicar sin más preámbulo, a pesar del alboroto que ello causaba, aunque los dos únicos habitantes más del castillo no se quejaron.
El primer ataque que dominó fue el de las Danzas de las Cuchillas, de hecho fue con ese mismo ataque con el cual accidentalmente destruyó aquel cuarto sin darse cuenta, y en el patio, mientras aprendía a usarlo, había cortado por accidente más de un árbol. Cada vez que pasaba algo así, Kagura reía como una chiquilla. Como si se tratase de una niña, le divertía ver los destrozos que podía causar y destruir los juguetes para ver que tenían dentro sin preocuparse por nada. Fue el ataque más fácil de dominar. Prácticamente fue un juego de niños.
Un par de días después aprendió la Danza del Dragón, con el cual lograba crear múltiples tornados a su antojo, incluso, también aprendió a deshacer las agresivas corrientes de aire creadas por su abanico, tan sólo con un simple movimiento que dirigiera una fuerte brisa a los tornados, haciendo que estos se desnivelaran y rápidamente desaparecieran. Al final del día dejó un sinnúmero de agujeros en la tierra y un chiquero al derrumbar una barda de madera.
Aun le faltaba dominar uno de los ataques más interesantes en su haber; la Danza de la Muerte, pero según Kanna, para eso, necesitaba un cadáver, o en otro caso, necesitaba algún ser sin alma, cortesía de la albina, para que este fuera manipulado por ella. Según Kanna esas técnicas las aprendería una vez estando en batalla, aunque también le sugirió, que si lo deseaba, podía tomar como conejillo de indias a alguno de los esqueléticos soldados muertos que habían quedado regados por los pasillos del castillo. A Kagura le dio algo de pereza hacer tanto circo por un ataque, prefería improvisar cuando la hora llegara. Al final de cuentas, había aprendido a dominar cada uno de los ataque con dos o tres intentos a lo mucho. Durante esos tres días se dio cuenta de que el viento estaba de su lado y a su favor, y que lo podía doblegar como a ella le viniera en gana.
El viento era suyo y de nadie más.
Se sintió invencible con semejante poder en sus manos. Algo como el viento podía resultar ser sumamente peligroso, tan fácil de crear, e indestructible; ideal, por la simple razón de que siempre se encuentra presente, y ella lo único que tenía que hacer era tomar su abanico, doblar un poco la muñeca y asestar el golpe, incluso dándose el lujo de aparentarlo delicado pero firme. Miró su abanico con detenimiento. Tan inofensivo que se veía, y ella, una mujer, tomaría por sorpresa al pobre infeliz con el que le tocara luchar. Esa fue la primera vez que sintió la avidez de la violencia correr por su sangre con ira, producto de su carne proveniente de Naraku y su naturaleza maligna, pero, igualmente desde que su corazón fuera arrancado, sentía otra cosa totalmente opuesta, producto de su etérea naturaleza originaria del viento.
Podía sentir el ansia de la ira gritándole ser satisfecha a base de sangre y la humillación ajena, pero otro deseo se iba acumulando rápidamente en su cuerpo, incluso más fuerte. El viento es agresivo, pero cuando lo desea, también puede ser una simple y refrescante brisa en un día caluroso. Más que desear matar a sus enemigos, a los cuales aun no conocía, lo que deseaba era salir de aquel extraño encierro y volver a recorrer los lugares donde antaño estuvo viajando.
Esa palabra se concretó en su cabeza una vez más. Libertad.
—"Sabía que sería más difícil de lo que Naraku creía"— pensó Kanna, observando a su hermana, sentada en una de las ramas de los árboles del jardín, de los pocos que se habían salvado de las practicas de Kagura. Se había dedicado a ver (o espiar, era una mejor palabra para describirlo) a su nueva hermana estos últimos días. A veces la veía directamente, y en otras ocasiones, la espiaba através de su espejo, comprobando lo que imaginó desde un principio; aquella sensación latente de desconfianza y riesgo. Kanna no sólo era la nada, y aunque nadie lo sabía y quizá ni siquiera Naraku tenía conocimiento de ello, Kanna también podía leer y ver el interior del alma de una persona con sólo reflejarla en su espejo.
Su misma esencia era algo semejante al eterno reflejo de un espejo vacío frente a otro, reflejando al cristal contrario, y que sólo es capaz de adquirir sentido cuando el espejo refleja algo más, como las almas que ella se dedica a atrapar… y ya que eran su especialidad, Kanna podía leerlas, ver en lo más profundo de su esencia, más no comprenderlas.
Sabía que esa palabra, ahora relativamente inofensiva, "libertad", en poco tiempo se volvería peligrosa. No entendía la naturaleza de la palabra, jamás la había experimentado ni sentía deseos de hacerlo, pero sí sabía que se convertiría en una obsesión para su hermana menor y más de un dolor de cabeza para su creador. Esa palabra y la acción de la misma no tenían validez alguna al ser una propiedad de Naraku.
Ya se lo había dicho ella a Naraku. El viento era demasiado arriesgado.
—Kagura— una grave y rasposa voz la llamó, sacándola de sus pensamientos. Al mismo tiempo, la imagen de Kagura en el espejo de Kanna, se desvaneció. La niña notó que, si no hubiera desecho la imagen dentro de él, el cristal se hubiera partido en dos. Mientras tanto, la aludida se giró asustada. No había sentido ninguna presencia (en realidad jamás había sentido una presencia, pues Kanna no poseía aura, y esa era la primera vez que veía a Naraku estando medianamente conciente). Por otra parte, ante la aparición de Naraku, algo le dijo a la joven que lo que estaba pensando segundos atrás no era correcto, no ante los ojos de aquel hombre que clavaba sobre ella su penetrante mirada.
—Oh, lo siento, ¿te asuste?— preguntó este con una sonrisa falsa. Kagura no se atrevió a responder. Era la primera vez que lo veía desde hace casi una semana. Y sí, la había asustado.
—¿Ya has aprendido a usar el abanico?— inquirió él, mirando el objeto con curiosidad, el cual estaba entre las manos de su "hija".
—Sí. Resulto ser muy fácil— respondió ella con un aire de orgullosa arrogancia.
—Bien… muy bien— susurró Naraku con una pequeña sonrisa —Y… ¿tienes alguna duda?— preguntó disimuladamente.
—¿Duda?— Kagura frunció el entrecejo —No, para nada— aseveró desconfiada... ¿a que se estaría refiriendo con duda? Prefirió no prestarle más atención a ello, así que volvió a su tarea de practicar con el abanico, aun con Naraku presente, aunque este procuró alejarse un poco, no por miedo al viento que Kagura estaba apunto de crear y que, debido aun a su inexperiencia, podía resultar ser peligroso o salirse de control, sino para ver mejor el espectáculo.
Kagura intentó de nuevo la Danza de las cuchillas, pero, la presencia de Naraku la ponía un poco nerviosa. Intentando disimularlo, se controló todo lo que pudo, respiró profundamente y se concentró en la dirección hacia la cual soplaba el viento. Estaba lista para atacar. Ya no se percató más de la presencia de Naraku. Este sonrió, y su gesto fue tan endemoniadamente maligno y su mirada tan mezquina, que mientras Kanna lo veía, ésta exhaló con fuerza todo el aire de sus pulmones. Había estado aguantando la respiración desde que Naraku había aparecido, sin darse cuenta siquiera. Estaba segura de que algo malo estaba por suceder; Naraku nunca sonreía de esa manera sin razón alguna.
El segundo antes de que Kagura doblara la muñeca de la mano que empuñaba su abanico, sintió una corriente de aire, muy, pero muy ligera. Era fría, y no tenía aroma alguno. Nadie habría notado tal nimiedad en el cambio del viento, solamente ella podía percatarse de cada fibra y cada brisa que estuviera a metros de distancia. Ese ligero soplo se le hizo familiar, y a la vez extraño, muy diferente al aire común y corriente. Quiso saber de donde provenía, por lo cual atacó hacia dicha dirección. Su muñeca se dobló llevando consigo el abanico que resguardó la misteriosa corriente ajena, regresándola a su punto de origen.
Las brillantes cuchillas no tardaron en aparecer y viajaron rápidamente hacia uno de los pocos árboles que quedaban. Naraku sonrió aun más. Todo eso resultaba una comedia exquisita que, ni por un parpadeo, debía perderse.
Kanna se percató en milésimas de segundo que las cuchillas de Kagura venían directamente hacia ella. Instintivamente, estuvo apunto de poner su espejo entre ella y el afilado viento para protegerse y regresar el ataque, pero entonces Naraku la miró. Sintió sus ojos incrustándose en su ser como un hierro al rojo vivo. La miró a los ojos fijamente. Podía sentir sobre ella las rojas pupilas en las suyas oscuras y opacas, minimizándola. "Ni se te ocurra" escuchó en su mente la chiquilla, y esta, obediente como siempre, y esperando el golpe, simplemente apretó el espejo con fuerza contra su pecho. Conforme avanzaban las cuchillas el viento iba haciéndose más fuerte y agresivo. Mientras se acercaban, sintió su cabello ser arrastrado hacia atrás y su vestido alborotarse. Estaban ya muy cerca. Se preparó lo mejor que pudo para recibir el agresivo ataque, y para cuando acordó vio las danzantes cuchillas frente a ella, y después no vio nada más.
Fue como si no hubiera sucedido nada. Las cuchillas atacaron sin piedad el tronco del árbol y cortaron la mayoría de sus ramas como si de mantequilla se tratasen. Por unos segundos el árbol pareció quedar intacto. Aun seguía altivo y bien plantado en la tierra, pero a los tres segundos de que las cuchillas desaparecieron después de arremolinarse sobre él, las hojas secas comenzaron a caer al suelo. Algunas de ellas estaban trituradas. A eso le siguieron las ramas, que primero, una a una fueron cayendo, hasta que se formó una avalancha de hojas, ramas y madera machacada que terminaron en el suelo. Las ligeras astillas volaron por el aire aun alborotado. Después el grueso tronco del árbol se partió en cuatro pedazos y cayeron uno encima de otro con un pesado sonido.
Kagura sonrió ampliamente mientras veía como varios pedazos de hojas y polvo volaba aun por el aire. Este ataque había resultado ser aun más efectivo que los demás. Quizá, ya había aprendido a dominar a la perfección la Danza de las Cuchillas. Bajó el abanico satisfecha, pero dispuesta a usar un par de árboles más como tiro al blanco.
—Excelente, Kagura— la halagó Naraku. La aludida volteó a verlo, orgullosa. Notó que la sonrisa de ese hombre era sincera, y por un momento creyó que tal vez sí podía confiar en él.
—Pero…— dijo de pronto el hanyou —Creo que no sólo el árbol ha resultado dañado—
—¿Eh?— la sonrisa de Kagura desapareció tan rápido como llegó —Bueno, solamente que hubiera matado a una ardilla accidentalmente— explicó la despreocupada chica, encogiéndose de hombros y restándose culpa
—No, algo más que eso— afirmó. Ahora, su sonrisa se había vuelto hostil y penetrante. Kagura entonces supo que algo andaba mal, y ese algo se comprobó cuando un ligero y débil gemido de dolor se escuchó, proveniente del árbol destruido. Kagura entrecerró los ojos dirigiendo la mirada al árbol, tratando de ver que era… ahora que la youkai lo pensaba bien, el penetrante veneno que invadía el lugar mataría a cualquier ser viviente en cuestión de días, a menos que fuese un demonio. Entonces no podía haber animales en el árbol…
—¿Escuchaste eso?— inquirió la youkai, intrigada.
—Sí, creo que fue Kanna. Ella estaba en el árbol. Puede que la hayas hecho pedazos— los ojos de Kagura se abrieron como platos al escuchar tales palabras. No perdió un sólo segundo más y fue hacia el árbol corriendo.
—"Que te sirva de lección, Kanna… y también a ti, Kagura"— pensó para sus adentros Naraku, regocijándose, mientras también caminaba hacia la miseria que quedaba de árbol, pero a paso neutral, como disfrutando el espectáculo.
Bien lo había dicho, eso sería todo un deleite de espectáculo cargado del más cruel y acido humor negro, donde él era el director, y sus extensiones, aunque talentosas, simples actrices desechables a su antojo, las cuales no conocían el guión, resultando eso en una obra aun más natural. Después se todo, se podría decir que las pobres chicas no eran más que títeres de madera podrida, las cuales se movían al compás del ritmo de los hilos que Naraku manipulaba con regocijo y frialdad.
—¡¿Kanna?— exclamó Kagura mientras se inclinaba ante el destrozado árbol. Sin perder tiempo comenzó a hurgar entre las ramas y a arrojarlas lejos en su camino de encontrar a la niña. No pasó mucho tiempo antes de encontrar indicios de ella. Después de apartar unas cuantas ramas y pedazos de madera, Kagura descubrió retazos de la antes inmaculada ropa de Kanna, que ahora se hallaba sucia y rota, y segundos después divisó una de las infantiles piernas, mientras el resto del cuerpo seguía a medio sepultar.
—¡Kanna! ¡¿Estas bien?— preguntó en vano, pues la niña no respondió. La youkai siguió quitándole de encima los pedazos de árbol hasta que logró desenterrarla.
Descubrió a Kanna herida. Tenía raspones en el rostro y los brazos. ¿Raspones? No, no eran raspones ni rasguños. Kagura, con sumo desconcierto, descubrió que las heridas en realidad se asemejaban a las múltiples fisuras de un cristal maltratado. Una gruesa y larga fisura le atravesaba toda una mejilla. Otra, muy grande, daba dos vueltas en el brazo izquierdo, dando la impresión de que la extremidad se desprendería de un momento a otro; las demás, aunque más pequeñas, invadían el resto de su cuerpo. Tenía el kimono a medio desgarrar, listo para ser considerado basura, y el cabello estaba despeinado y enredado con varias astillas y hojas. La pequeña tenía los ojos cerrados y no movía ni un músculo, y Kagura temió haberla matado en el ataque, aunque era un milagro que siguiera en una pieza.
—Kanna, despierta— pidió, zarandeándola un poco, temerosa de lastimarla más; literalmente parecía que iba a romperse en mil pedazos. Finalmente la niña abrió los ojos débilmente.
Entonces la albina gimió muy tenuemente, con los ojos apenas abiertos. Sentía cada una de las fisuras de su cuerpo arder, como si se tratasen de rasguños y cortes en una piel humana, y como si estos sangraran, pero Kanna no sangraba. Aun así dolían, sin embargo no era capaz de expresarlo. Eso le daba un espeluznante aire de que no le importaban sus lesiones y de que de un momento a otro se levantaría como si nada.
—Lo siento mucho, Kanna. No sabía que estabas aquí— se disculpó Kagura, con la cara cayéndosele de la vergüenza. No era que quisiese la niña, apenas y la conocía, pero se había portado bien con ella y le había servido de compañía (aunque muy a su manera), y a pesar de su silencio e indiferencia, la verdad, la chiquilla se daba a querer y le caía bien (también, muy a la manera de Kagura). Quien sabe, tal vez era porque simplemente eran hermanas.
Entonces, como si no hubiera escuchado ni una palabra de la improvisada disculpa, Kanna se levantó con la eterna indiferencia plantada en su rostro. Había perdido una sandalia, su cabello estaba enmarañado como un viejo nido de pájaros y una de las violetas que lo adornaban ahora yacía semidestruida entre las ramas.
—¿Kanna?— la llamó Kagura, desconcertada. ¿Cómo era posible que pudiera ponerse en pie? Es más, el ataque debió haberla descuartizado, aunque supuso que, por ser una youkai como ella, los ataques no le afectaban tanto.
Mientras, la niña buscaba algo con insistencia. Había perdido su espejo durante la confusión del ataque, pero en algún lado debía estar. Sólo esperaba que este no se hubiera dañado, o tendría muchos problemas con Naraku.
—¿Buscabas esto?— preguntó una voz. Ambas hermanas voltearon a ver a su amo, quien sostenía el susodicho espejo, intacto. No tenía un sólo rasguño o fisura. Era como si ni siquiera hubiera estado con Kanna durante el ataque.
Con gentileza, Naraku le extendió el espejo a Kanna, quien lo tomó con sumo cuidado. A Kagura le dio la impresión de poder escuchar crujir las heridas del cuerpo de su hermana, provocándole una sensación de cosquilleo incomodo en el estomago.
—Gracias, señor Naraku— dijo la niña, sin emoción alguna. Cualquier otro que no la conociera hubiera pensado que la pequeña estaba fingiendo un muy mal intento de agradecimiento.
—Ahora retírate, Kanna, y descansa hasta que tus heridas sanen— ordenó el hibrido despreocupadamente.
-Sí señor- contestó, y obedeciendo, desapareció poco a poco. Quizás un poco más lentamente de lo usual.
Una vez que se quedaron solos, Kagura, ya más tranquila, aunque terriblemente incomoda por lo sucedido, se levantó. Se sacudió la tierra y las astillas de las manos, y después las de la ropa.
—No sabía que estaba ahí—
—Supongo que está un poco celosa— comentó Naraku negando con la cabeza ligeramente.
—¿Celosa? ¿No se supone que ella no siente nada?— inquirió confundida la joven.
—Después de todo, durante algún tiempo sólo éramos ella y yo— prosiguió Naraku, como si no hubiera escuchado a Kagura. Ella lo miró confundida, exigiendo una explicación con la mirada.
—Es obvio, Kagura. Kanna está celosa de ti— le dijo, esbozando una sonrisa. A cualquier otra mujer la hubiese derretido tal gesto que rayaba en lo perversamente sensual, e instantáneamente se hubiera sonrojado, pero Kagura sí supo interpretarlo como lo que era; una sonrisa cruel y despreciable. Lejos de sonrojarse o gustarle aquello, tuvo un mal presentimiento, pero mantuvo la calma. Volvía a desconfiar de ese hombre como lo había hecho desde el primer día.
—¿Y por qué habría de estarlo?— inquirió con algo de ingenuidad. Ella no esperó que la reacción de Naraku ante sus palabras, fuera que éste se acercara a ella como un animal apunto de atacar a su desprevenida presa. Kagura sintió el miedo atravesarle el pecho y dio un paso hacia atrás, y ante esa feroz mirada, se habría alejado rápidamente, pero Naraku se lo impidió cuando la tomó bruscamente del brazo y la atrajo hacia él sin el más mínimo esfuerzo.
Como es lógico, Kagura tomó dicho gesto como una agresión, y por consiguiente comenzó a forcejear, pero apenas lo hizo, Naraku la inmovilizó apretando más su brazo, casi encajándole las uñas. La youkai gimió tenuemente cuando sintió su piel tensarse bajo los intrusos dedos, cuando de pronto Naraku llevó la otra mano a la nuca de la joven y la obligó a verlo de frente. El desgraciado no desaprovechó la oportunidad de jalar del cabello a la youkai, arrancándole un par de gemidos.
—¿Qu-qué estas haciendo?— balbuceó aterrada. La voz le temblaba. No entendía a que venia tal agresión, sólo sabía que el muy maldito lo estaba disfrutando. Con su única mano libre intentaba alejarlo de ella, pero era en vano empujar; él no se movió un sólo centímetro. Se dio cuenta de que ese hombre la superaba por mucho en fuerza.
—Respondiendo a tu pregunta— le dijo, acercando su rostro al de ella, sin dejar de mirarla directamente a los ojos. En fin, ¿Qué podía decir a su favor? Era uno de sus pasatiempos favoritos el regocijarse escrutando una mirada de confusión y miedo en los ojos de alguien. Para él siempre era grato ver una expresión de terror y odio, sobretodo si dicho gesto era por su causa y más si se trataba de una indefensa y hermosa mujer asustada.
Los labios de Naraku se acercaron a uno de los oídos de Kagura con una desesperante lentitud.
—Kanna esta celosa porque…— y en el acto, los labios de Naraku rozaron el lóbulo de su oreja, haciendo que Kagura se estremeciera.
—Eres mi favorita— siseó con voz grave, como aterciopelada, y a la vez áspera, como una serpiente. Kagura sentía palpitar algo dentro de su pecho, con fuerza. Al menos así lo habría sentido si tuviera un corazón. La pobre se limitó a apretar la ropa de Naraku con su mano libre, aun tratando de empujarlo lejos, pero ese gesto sólo le sacó una muda risilla al despiadado hibrido.
Naraku mantuvo a Kagura así unos segundos más, lo suficiente para satisfacerse. Casi podía oler el miedo y el rechazo que emanaba del cuerpo de su "hija" al escuchar su respuesta. Naraku finalmente la soltó, incluso se dio el lujo de hacerlo con una desesperante y repugnante gentileza. Antes de irse, el hanyou hasta se tomó la descarada libertad de retirarse muy lentamente, dejando que la mano que momentos atrás aprisionaba el brazo de su extensión, viajara con suavidad por encima de las clavículas de la chica, como si fuese una gentil caricia, sin separar un sólo instante las yemas de sus dedos que pasaban por encima de la ropa con engañosa docilidad. Ante ese gesto y sin saber que esperar, Kagura se estremeció aun más, y le temblaron las piernas. Temió caer al suelo al sentir como sus piernas desfallecían cada vez más rápido.
Kagura conoció lo que significaba un sutil gesto de dominación, pero dominación, al fin y al cabo, pero había tenido suerte; las siguientes afirmaciones de su poder sobre ella no serian sutiles.
Naraku desapareció, Kagura se quedó quieta en su lugar, sin atreverse a mover un sólo músculo, reteniendo la respiración. En cierto momento miró de reojo hacia atrás. Naraku ya se había ido, entonces tuvo la fuerza para exhalar con cansancio y ansia. Se había estado aguantando la respiración todo ese rato, el cual se le había hecho eterno. Pensó que jamás se iría.
Inmediatamente una sensación de pesadez e incomodidad se apoderó de su pecho. La misma sensación fue aumentando de fuerza, incrustándose en ella como una espada caliente. Si hubiera tenido corazón, este habría latido tan fuerte que la amenaza de que se saliera de su pecho casi podría ser palpable, pero esa sensación de "no sé qué" era el único sustituto que su cuerpo tenía para compensar la falta de un corazón que latiera.
Kagura comenzó a respirar con fuerza. Cualquiera hubiera creído que era el tipo de inhalaciones que daba una persona el segundo antes de romper en llanto, pero no eran lagrimas lo que Kagura iba a derramar, sino todo ese miedo y repulsión acumulados que salió de su boca por medio de tenues gemidos, como un niño que tiene una pesadilla y es incapaz de gritar dentro de ella, hasta que despierta.
Sólo que Kagura se dio cuenta de que no iba a despertar en un grito, para después darse cuenta de que todo había sido una ilusión de mal gusto provocada por su mente, y después echarse a reír por ser tan asustadiza y tonta. No, no iba a ser así, ahora ni nunca, porque ésta era la realidad. Su realidad.
No era ningún sueño ni ilusión… aunque fácilmente se le podía calificar como una pesadilla en vida.
—Favorita… vaya forma de demostrarlo— susurró Kagura con desprecio, cuando finalmente tuvo la fuerza para hablar.
Bueno, hasta hace poco tenía pensado hacer de este el ultimo capitulo, ya que tengo un cuarto capitulo en desarrollo, pero, creo que al final de cuentas sí habrá cuarto –y ultimo- capitulo. Y es que siento que la metáfora de esta historia no podía llegar hasta aquí, aunque no me caería nada mal alguna idea, sugerencia o recomendación, a veces mi caprichosa musa se va de vacaciones y ni adiós dice.
También, espero que Kanna no haya resultado demasiado OOC. Es un personaje difícil, y aunque la niña no tiene sentimientos, creo que sí podría haber experimentado cierto resentimiento o algo parecido al momento de que Kagura apareciera.
La cosa es que quise indagar un poco en sentimientos que Kanna quizá hubiera experimentado, o algo parecido. Estoy casi convencida de que posee emociones, por pequeñas que sean. En fin, en parte reflexioné esto gracias a Eylillythia, pues ella misma me explicó que a su manera de verlo, Kanna es justamente como el reflejo de un espejo a otro, que sólo adquiere sentido cuando refleja algo más, como un alma y los sentimientos de esta. Por así decirlo, Kanna "es" dependiendo del alma que su espejo refleje. Por ejemplo, con Naraku sólo puede reflejar maldad, pero con Kagome, es capaz de reflejar pureza, e incluso aprecio (como en Kanketsu-Hen, cuando Kagome le dice que es libre y Kanna recuerda a su hermana con algo que podría interpretarse como nostalgia). En fin, todo esto es algo muy parecido a la Teoría del Espejo de la psicoanalista Françoise Dolto; "una persona se forma como sujeto en relación a una tercera persona y dependiendo de como este la vea, generalmente es la madre"
En cuanto a Naraku y Kagura; estoy plenamente convencida de que para Naraku, Kagura siempre fue su favorita. No puedo pensar otra cosa ya que, desde la primera o segunda traición (y que fueron bastantes) él pudo haberla matado y quitarse el problema de encima, incluso con el tiempo Kagura se volvió un fastidio e incluso un potencial peligro para él, sin embargo la mantuvo con vida hasta que finalmente se pasó de la raya. Creo que para él era divertido ver que alguien tuviera el suficiente temple de ponérsele al tú por tú aunque llevara las de perder, y de paso ver como, al final de cuentas, Kagura siempre tenía que humillarse ante él por mucho que protestara. Para mí, Naraku es un personaje sádico que disfruta de la humillación ajena y de paso le saca provecho; un sociópata con todas las de la ley (¡Nombre! Un tipo como él sería un caso de lo más interesante para cualquier psicólogo).
Bueno, me despido. Espero les haya gustado el capitulo. A mí en lo personal me encantó, sobretodo la ultima escena. No puedo evitarlo, adoro a esta pareja, pero no puedo concebirla más que en una relación enfermiza llena de violencia en la cual los dos están inevitablemente conectados. Algo como si "amaran odiarse". Y mejor lo dejo aquí o si no terminare aventándome un psicoanálisis completo con todo y diagnostico.
Me despido
Agatha Romaniev
