The Show Must Go On

Ya había caído la noche, al menos así lo creía Kagura. Con la barrera resguardando el castillo, era difícil distinguir el día de la noche. Solamente si se observaba detenidamente, cuando era de día, las nubes púrpuras que rodeaban el lugar adquirían un tono ligeramente más brillante, más lila. De todas maneras, ella supuso que sería de noche. Ya habían pasado varias horas desde el incidente con Kanna. No había visto en el resto del día a su hermana, ni a Naraku; siendo honesta, lo había estado evitando. Sabía cual era su habitación, seguramente la recamara principal, y conociendo eso prefirió mantenerse lo más lejos posible de ese lugar. Incluso se había cambiado de habitación para dormir esa noche. Después de lo que había sucedido con Naraku esa mañana, Kagura no deseaba encontrárselo ni en broma, y no fuera a ser que la buscara en su habitación. Al menos cambiando de lugar, al tipo le costaría más trabajo encontrarla.

Casi sentía que estaba paranoica.

Otra noche sin dormir, se dijo Kagura, pero esta vez no padecía de insomnio porque estuviera ansiosa por seguir practicando. Era por culpa de Naraku, y también porque se preguntaba como estaba Kanna.

No la había visto, y regularmente se la encontraba una que otra vez caminando por algún pasillo. Quizás aun estaba descansando… y aun le debía una disculpa, pensó apesadumbrada la youkai.

Sabiendo que no conciliaría el sueño hasta que viera a su hermana, Kagura se levantó del futón, se arregló un poco la ropa, y estuvo apunto de amarrarse el cabello, pero al final desistió. No tenía caso perder el tiempo, no iba a hacer nada en especial para que el cabello le estorbara. Sin más, salió de la habitación y se dirigió a la de Kanna, o al menos en la cual regularmente estaba.

El silencio era sepulcral y hasta escalofriante. Mientras caminaba por los pasillos, era un paisaje común encontrarse con esqueletos a medio roer por el veneno. En su trayecto intentaba esquivarlos para que sus pies no tocaran las blancas estructuras muertas. Estaba atenta a todo sonido, pero lo único que escuchaba era el tenue murmullo de sus pasos sobre la madera que crujía con suavidad.

Finalmente se encontró con una puerta de papel. Por fin había llegado, y es que ya no aguantaba caminar por los pasillos de esa mansión sabiendo que Naraku estaba en algún lugar.

Con cuidado, Kagura abrió la puerta y entró al cuarto. Esperaba encontrar a Kanna dormida, pero esta sólo estaba recostada, con los ojos abiertos.

—¿Kanna?— murmuró mientras se adentraba a la habitación. La pequeña albina apenas la miró de reojo, y volvió a posar su vista en el techo. Kagura se acercó a ella y se inclinó junto al lugar donde su hermana mayor descansaba.

—Perdón… por lo de esta mañana— se disculpó, aunque no pudo evitar torcer un poco la boca. Le costaba algo de trabajo disculparse después de que el asunto ya se había enfriado, pero se sentía obligada a hacerlo —No tenía idea de que estabas ahí— prosiguió, pero no obtuvo respuesta, tal y como se lo imaginaba. Kagura rodó los ojos. Tanto trabajo que le había costado disculparse y Kanna actuaba como si nada. Cualquier respuesta podía ser mejor que el insípido silencio.

—¿Cómo siguen tus heridas?— se apresuró a preguntar.

—Bien— murmuró la albina después de varios segundos de silencio.

—Ah, que… bien— susurró Kagura, comenzando a sentirse incomoda ante la indiferencia de la niña. ¿Acaso no se daba cuenta? Ella iba con la mejor de las intenciones a disculparse y la mocosa sólo respondía con un "bien".

En fin… no le podía exigir mucho a la ¿nada?

—¿Y…— Kagura titubeó, preguntándose aun si debía o no decírselo a Kanna, o si de plano lo mejor era retirarse a su habitación. La niña, esperando escuchar lo que sea que su hermana menor quería decirle, la miró muy apenas de reojo —… él siempre es así?— reinó el silencio, tal y como la youkai lo esperaba. Comenzó a exasperarse. De por si la pregunta era difícil, y Kanna sólo se quedaba callada.

—Te estoy haciendo una pregunta— dijo con cierta molestia en la voz.

—¿Quién?— inquirió Kanna, aunque ésta ya imaginaba a quien se refería, pero una de las virtudes de la pequeña era ser discreta y esperar el momento preciso, por eso antes debía comprobar hacia donde iba el asunto. Su hermana menor podía ser indiscreta, impulsiva y e incluso descuidada, pero no ella.

—¡Naraku! ¿Quién más? ¿Siempre es así de…?—

—¿Cruel?— la pequeña se tomó la libertad de terminar la frase.

—Sí, eso—

—Es normal— afirmó la niña con indiferencia.

—¿Normal? ¿De que estas hablando?— exclamó agitadamente —¡En la mañana pensé que me mataría!— sus manos, gesticulando su indignación por semejante respuesta, viajaron al compás de las quejas de Kagura —¡Y además él sabía que tú estabas ahí, y simplemente dejó que yo te atacara!—

—Todo depende de Naraku; si vives, o mueres— Kagura se detuvo en seco y dio un respingo hacia atrás, molesta por la aclaración —Sólo somos herramientas para él— añadió escuetamente la albina.

—¿Estas loca o que demonios te pasa? ¿Cómo que sólo herramientas para él?—

—Naraku nos creo con el fin de usarnos como armas contra sus enemigos—

—Pero…— la mujer estuvo apunto de protestar, cuando, sorpresivamente, Kanna habló por su propia voluntad.

—¿Te dijo que eras su favorita?— interrumpió. El asombro en el rostro de Kagura fue imposible de disimular. ¿Cómo es que esa chiquilla lo sabía? Lo que Kagura ignoraba, es que Kanna había observado lo que había sucedido entre Naraku y Kagura, todo desde su espejo, antes de siquiera pensar en sus heridas.

—Sí— murmuró ella en voz muy baja, como temiendo que Naraku estuviese cerca —¿Qué tiene que ver eso?— se aventuró a preguntar.

—Tienes mala suerte, Kagura— sentenció la niña. La youkai se agitó bastante. Digamos que no le sonó como un buen presagio.

—¿Mala suerte?—

—A diferencia de ti, yo no tengo sentimientos, ni emociones. Yo no puedo sentir alegría, y tampoco puedo sufrir; pero tú sí, y todos los que tienen algo que ver con Naraku… sufren— hizo una pausa, cómo pensando en sus siguientes palabras, a pesar de que su rostro seguía tan calmado como siempre —Tú sufrirás— afirmó, y aunque su voz era la indiferencia encarnada, sonaba muy segura de su sentencia. Sobra decir que a Kagura no le gustó nada escuchar eso, y estuvo tentada a gritarle un par de maldiciones a la mocosa, pero en el ultimo instante se detuvo; algo en la apariencia frágil y ausente de la niña la hizo conmoverse… al final de cuentas, si algo tenía claro, es que Naraku era alguien de cuidado, y que además, en este caso ella tenía las de perder, y… al final de cuentas, Kanna también era una victima de Naraku, aunque a ésta le fuera indiferente eso.

En fin, la niña sólo le había dicho la verdad. Kagura se arrepintió de haber usado aquella burla de que ella era "la favorita" de Naraku para importunarla. Ahora parecía que la albina le regresaba dicha burla con creces.

—Por esta noche dormiré aquí. No quiero salir de nuevo a caminar por esos asquerosos pasillos— dijo Kagura con arrogancia, mientras sacaba un futón del armario —Espero que no te importe— murmuró mirando a su hermana, sin embargo la niña sólo se limitó a escucharla, voltear a verla, y volver a mirar hacia el techo.

—Supongo que no…— suspiró Kagura mientras extendía el futón sobre el piso para después recostarse. Tardó un buen rato en sentirse más o menos cómoda, pero después de dar cuatro vueltas, no le sirvió de nada, pues el sueño parecía haber salido corriendo dejándola completamente despierta como si fuera medio día.

Después de un largo rato de dar un par de vueltas más, acomodarse nuevamente, cerrar los ojos e inevitablemente abrirlos a los diez segundos, se dio cuenta de que por mucho que lo intentara, no podría dormir, al menos no por el momento. Nuevamente intentó en vano dormir, cerrando los ojos, pero como si no pudiera controlarlos, al minuto, estos se abrieron, y notó que Kanna seguía despierta. Era eso o dormía con los ojos abiertos.

—¿Estas despierta?— susurró la youkai.

—Sí— murmuró la niña de manera casi inaudible.

—Me preguntaba…— Kagura miró hacia el techo, mientras jugueteaba con uno de los mechones de su cabello —¿Hace cuanto naciste?— se animó a inquirir la joven, e inconcientemente se acomodó de lado para ver a su hermana. La escena era extraña, era como observar a un par de hermanas, una aparentemente mayor y otra menor, completamente diferentes, platicando en una noche compartida de insomnio.

—No lo sé— contestó Kanna después de un largo silencio, mientras intentaba calcular el tiempo que había pasado desde su nacimiento, aunque sin éxito.

—¿Cómo que no lo sabes?— Kagura guardó silencio —Naraku dijo que por mucho tiempo solamente estaban ustedes dos—

—Antes de que tú llegaras…— aunque era difícil notarlo, incluso para Kagura, había cierto tono de desprecio en la voz de la niña —… ya había pasado un tiempo desde mi creación, pero no sé cuanto—

—Oh…— Kagura se quedó un momento en silencio, pensando en que decir. Realmente, Kanna no era una compañía muy animada que digamos, mucho menos una buena conversadora, pero intentar sacarle platica sin duda era un poco más entretenido que intentar dormir sin éxito, y quien sabe, quizá la escueta y seca conversación terminaría por aburrirla e invitar al sueño a regresar.

De pronto, un extraño ruido distrajo a Kagura. Provenía de afuera. Era un característico sonido de algo y alguien masticando algo muy duro.

—¿Qué es eso?— murmuró Kagura, muy alerta. Después de lo de esa mañana, tenía los nervios de punta, y ese desagradable ruido no era muy reconfortante que digamos.

—Un demonio. Quizá masticando el esqueleto de algún guardia— contestó Kanna con indiferencia, quien ya estaba acostumbrada a escuchar esas escalofriantes cacofonías. En los dominios de Naraku no había comida ni humanos que pudieran servir de alimento para sus monstruos; no era raro que a veces, en su desesperación, los desagradables youkais se comieran entre ellos, o se ensañaran con el esqueleto de algún humano. En este caso la victima había sido la estructura ósea de algún guardia, aunque Kanna no dudaba que dentro de un rato los monstruos comenzaran a pelear entre ellos.

—¿A veces no te da asco este castillo?— preguntó Kagura torciendo la boca con repugnancia, aspirando sin querer el fétido olor de la muerte y el veneno.

—No. Yo no siento asco—

-Ah, sí, lo olvidaba… estas malditas paredes tienen más vida que tú- comentó con desden la joven demonio.

—¿Te da miedo?— preguntó Kanna de pronto, sorprendiendo por segunda vez a Kagura. No era nada común que Kanna "hablara tanto", si así se le podía llamar, aunque algo le decía que era de las pocas veces que presenciaría eso.

—¿Miedo, el castillo?— Kagura reflexionó un poco antes de contestar —No… más bien me da asco—

—Quizás después te de miedo- Kagura entonces soltó una risotada, pero casi de inmediato se calló. No quería que Naraku de pronto se apareciera por ahí, atraído por el escándalo.

Tal vez Kagura no lo había notado en ese momento, pero el poder y dominio de Naraku sobre sus acciones, por muy simples que estas fueran, parecían comenzar a tomar fuerza sobre ella.

—¿A que te refieres? El castillo esta muy sucio. Hay esqueletos por todos lados y apesta a veneno. Eso es todo— comentó Kagura mientras observaba en una de las esquinas de la habitación la telaraña de una araña monstruo, aunque era muy pequeña y apenas se notaba el color púrpura de su cuerpo.

—Me refiero a Naraku— añadió la chiquilla, provocando que su hermana abriera los ojos como un par de platos; después los entrecerró y arrugó el entrecejo, como si hubiera recordado algo que no le gustaba.

—No. Es sólo que no termino de confiar en él— dijo con desprecio la joven, mientras torcía la boca y arrugaba la nariz. Kanna no contesto nada, se limitó a mirar impasible al techo, como si no hubiera escuchado nada. Se quedó tan quieta, que Kagura por un momento pensó que la niña se había dormido con los ojos abiertos, y no pudo evitar tronarle los dedos frente al rostro.

—¡Hey! ¿Estas ahí? De pronto te quedas quieta como si hubieras muerto— Kanna finalmente reaccionó, y apenas vio de reojo a Kagura. La youkai se quedó en silencio, mientras golpeaba rítmicamente el suelo con sus dedos, mirando ensimismada el automático movimiento. Tenía un par de preguntas más que hacerle a su hermana, pero no estaba segura del todo si debía hacerlo, o cómo debía abordarla.

—Kanna… ¿de verdad careces completamente de sentimientos?— finalmente se aventuró a preguntar.

—Sí—

—No te creo— replicó la joven.

—Naraku me creó así—

—¿Ah, enserio? Naraku me dijo esta mañana…— arrugó el entrecejo brevemente al recordar aquel desagradable encuentro una vez que la niña los dejó solos —… que estabas celosa de mí—

—Yo no siento celos— la niña se detuvo brevemente —pero eres igual de vanidosa que él, por eso creíste eso—

—¿Qué? Oye no te…—

—Eres la favorita de Naraku. Desde un principio supe que traerías muchos problemas. El viento es imposible de domar— la interrumpió la niña, aunque ésta hablaba cada vez más despacio, como si apenas pudiera mover la boca, y ahora mantenía los ojos entrecerrados.

—¿Enserio?— Kagura arqueó una ceja con soberbia —¿Y entonces por qué Naraku me creó, si tantos problemas le iba a traer?— esbozó una vanidosa sonrisa, creyendo que tenía ganada la partida, sin embargo, los segundos pasaron y Kanna no respondió.

—¿Kanna?— no recibió respuesta —¿Ya te dormiste?— susurró en voz muy baja, acercando su rostro al de la niña, pero se encontró con que sus ojos estaban ahora cerrados y respiraba muy pausadamente.

Kagura puso los ojos en blanco. ¿Podía ser posible? Estuvo tan cerca de sacarle algo a Kanna, y la mocosa se queda dormida dejándola con la duda.

—¡Mierda!— exclamó suavemente, mientras se acomodaba de nuevo en el futón —Se quedó dormida y ya no me dijo nada…—


Kagura durmió como tronco toda la noche, y solamente despertó de su pesado sueño hasta media mañana.

Lo youkai despertó entre leves quejas y torpes movimientos de un cuerpo que exigía algo de movilidad, ya muy entumecido después de una cantidad exagerada de sueño. La mujer demonio gruñó más cuando cayó en la cuenta de que no podría conciliar el sueño una vez despierta. Kanna, quien la observaba, no pudo evitar pensar que su hermana a veces parecía una verdadera holgazana. Mientras tanto, Kagura, quien era presa de una tremenda flojera, se irguió sobre el futón con cara de pocos amigos y el cabello medio revuelto.

—Vaya, que madrugadora— dijo sarcásticamente al reparar en la presencia de la niña, quien ya se encontraba vestida, peinada y lista para recibir cualquier orden. Si Naraku hubiera llegado en ese momento ordenándole a Kagura que atacara a alguien, apenas y sería capaz de abrir su abanico, o siquiera abrir por completo los ojos sin sentir ardor en ellos.

La joven demonio se levantó bostezando. Estiró piernas y brazos largamente y después intento peinarse el cabello con los dedos, pero estos se le quedaron atorados en los nudos, haciéndola rabiar.

—¿Tienes algún cepillo por aquí?— preguntó Kagura hurgando en el único armario de la habitación —Ah, ya lo encontré— sin perder tiempo comenzó a peinar su cabellera, cosa que le costó un poco de trabajo pues las hebras realmente estaba enmarañadas después de estar tantas horas aplastada contra la almohada. Cuando terminó de peinarlo y amarrarlo como usualmente lo hacia, sin decir una sola palabra, salió de la habitación. Kanna se quedó en su lugar.

Para Kagura, su hermana Kanna le parecía extraña e incluso un poco escalofriante, pero a Kanna le parecía sumamente extraño y ajeno a ese lugar la naturalidad y espontaneidad con la cual su hermana menor actuaba. Aunque generalmente parecía estar malhumorada, le veía fresca e incluso, sus movimientos gráciles, contrastando con su forma de hablar, a veces dura y en otras ocasiones voluptuosa, la hacían ver más libre de lo que realmente era.

Kanna aun no comprendía el por qué Naraku había creado a alguien así, el por qué había decidido crear a una mujer tan dual. Por eso mejor había preferido hacerse la dormida anoche.


Al cabo de un rato Kagura regresó a la habitación de su hermana, con varias cosas en la mano y un par de pinceles. Ya estaba vestida y peinada.

—No sé donde dejé mi espejo. Tendrás que prestarme el tuyo— mintió. La realidad era que, mientras se vestía en su alcoba y la somnolencia quedaba atrás, recordó la incomoda charla que había tenido con su hermana en la madrugada, y… no pudo evitar buscar cualquier pretexto para abordarla una vez más. Tenía muchas preguntas más que hacerle, y a decir verdad era la única compañía que tenía en ese castillo, a la única a quien podía preguntarle.

Como si nada, Kagura se sentó en el suelo, quedando a la altura de la niña, quien al menos tuvo la iniciativa de levantar el espejo para que su hermana pudiera verse. Kagura no tardó en comenzar a delinear sus ojos con rapidez.

—¿Tus heridas ya sanaron?— preguntó la youkai haciendo una pequeña pausa en su tarea, mirando de reojo la mejilla de su hermana, donde ya no había ninguna marca.

—Sí— respondió a secas la albina.

—Ah, que bueno…— susurró Kagura. Al cabo de unos minutos la joven terminaba de acicalarse. Iba a dar la última pincelada de rojo a sus labios, mojando el delgado pincel con la tintura, y cuando levantó la mirada al reflejo del espejo, se encontró con el rostro de Naraku detrás de ella, reflejándose en el cristal, observándola.

Kagura dio un respingo y su mano tembló, dejando caer el pincel, y entonces volteó hacia atrás, encontrándose con Naraku parado justo detrás de ella.

—Yo diría que así está bien— dijo el hombre con cierto tono de burla en la voz, haciendo referencia al maquillaje de Kagura. Ella de inmediato se levantó. Estar sentada le daba la sensación de estar a merced de ese hombre. Hubo unos tensos segundos de silencio absoluto, hasta que Naraku lo rompió.

—¿Qué esperas, Kanna? Retírate— dijo este, sonando un tanto agresivo sin razón aparente. Incluso, la siempre impasible Kanna se encontró así misma sorprendida. Usualmente no le hablaba con esa brusquedad, y dentro de lo que cabía, la trataba bien, incluso a veces con gentileza… aunque, desde que en su amo nació la idea de crear a otra extensión, él parecía estar más hosco con la albina.

Kanna, antes de desvanecerse, no pudo evitar mirar de reojo a su hermana, con una frialdad no inexpresiva, sino casi hiriente. Definitivamente ahora Kagura era la favorita. Naraku no pasó desapercibido eso.

—Vaya, parece que esta niña cada vez esta más rebelde— suspiró el hanyou imitando el comportamiento que tendría cualquier padre con su hija —Parece ser que siempre sí cometí errores con ella— dijo para si. Kagura lo escuchó atenta, pero se quedó callada. En realidad no entendía muy bien de que hablaba.

—Creo que eres mala influencia para ella. Esta aprendiendo tus mañas— espetó contra Kagura. Ésta de inmediato se mostró indignada, y sin perder tiempo protestó.

—¿Qué? Se supone que ella no tiene sentimientos, no me eches la culpa a mi— se defendió enérgicamente —En todo caso es tu error— Kagura estuvo apunto de sonreír burlona al echarle en cara esa verdad, sin embargo su altanero gesto no se atrevió a mostrase en su rostro al ver como de pronto, la mirada de Naraku se ensombrecía y la veía a los ojos con hostilidad. Era la misma mirada del día anterior, y algo en el abdomen de Kagura se tornó caliente, haciéndola sentir nauseas.

Kagura podría jurar que sentía una especie de sonido salir de sus oídos, retumbar en las paredes cada vez más fuerte y más rápido, mareándola en medio de aquellos caóticos ecos. Creía que en cualquier segundo caería al suelo. No sabía que esperar de ese hombre y esa perturbante mirada; era como si le impidiera desafiarlo.

De pronto, todo ese caos imaginario se desvaneció de repente, como si nunca hubiera existido. Naraku esbozó una media sonrisa y rió por lo bajo, frente a su ahora confundía extensión.

—Kagura, sinceramente, al principio parecías perfecta, pero ahora no sé si también cometí un error al crearte. Pareces demasiado rebelde—

—No sé por qué lo dices. No he hecho nada malo— argumentó la youkai encogiéndose de hombros —Sólo estoy aquí encerrada, y este castillo no es muy animado que digamos— se quejó cruzándose de brazos.

—Así que estás aburrida…— murmuró él —Creo que se te pasará. Tengo tu primer trabajo listo—

—¿Trabajo?—

—Por supuesto. ¿Qué esperabas? ¿Que te dejara a tus anchas vistiéndote y tratándote como a una reina sin nada a cambio?— dijo Naraku, emitiendo un especial tono sarcástico. Kagura gruñó muy bajo. No sabía exactamente como era eso de "tratarla como reina", pero sospechaba que su actitud hacia ella distaba mucho de ser así.

Antes de que Kagura pudiera seguir pensando en cualquier otra cosa o responder, Naraku habló, cambiando el tema de conversación súbitamente.

—¿Ya aprendiste a usar tu abanico?— Kagura se quedó un momento en silencio, un tanto confundida por el cambio de tema.

—Sí— se apresuró a contestar, y si hubiera tenido su abanico en sus manos, lo habría apretado con fuerza, como para afirmar su respuesta, pero su mano derecha se encontraba vacía. Apenas se percató de su arma faltante y dirigió su vista hacia donde, según ella, la había dejado. Se suponía que debería estar sobre uno de los pocos muebles de la habitación, pero el lugar estaba vacío.

—¿Buscabas esto?— Naraku le mostró el abanico, poniéndolo delante de ella y manteniéndolo cerrado —Creí haberte dicho que lo llevaras contigo siempre— el hanyou levantó una ceja inquisidoramente —¿Estas segura de que puedes dominarlo? Un descuido como este podría costarte la vida…— dijo, riendo mórbidamente, y después le dirigió una maliciosa mirada a su extensión —Es una suerte que lo hayas olvidado aquí, conmigo, a que lo olvidaras estando en plena batalla—

Kagura entrecerró los ojos, ofendida. Tal vez no sabía exactamente quien era aun, ni que demonios hacia ahí ni como funcionaban las cosas a su alrededor, pero de lo que estaba segura era de que su poder sobre el viento, con ayuda de su abanico, era algo totalmente suyo, de su propiedad, ¿Quién demonios se creía Naraku para venir a decirle lo contrario?

Sumamente molesta, le arrebató a Naraku el abanico.

—No me mires así. Ni siquiera te diste cuenta del momento en el cual lo tomé. No es mi culpa que descuides tu propia arma. Que no vuelva a suceder— ordenó. Kagura se mordió los labios y después susurró que no volvería a pasar.

—¿Y bien, cual era ese trabajo?— se aventuró a preguntar. Naraku cerró los ojos un momento y esbozo una tétrica pero pequeña sonrisa. Parecía como si ese hombre no se cansara de hacer esos odiosos gestos.

—Pareces ansiosa—

—Lo estoy. Este encierro me tiene aburrida— hizo una pausa, no muy segura de sus recientes palabras —Ya dime que es lo que tengo que hacer—

En cualquier otro caso, si alguien se hubiese atrevido a dirigirse a Naraku de una manera tan irrespetuosa como lo estaba haciendo Kagura, el monstruo de inmediato lo habría cortado en dos, pero con Kagura… en fin, era tan interesante ver esa gama de emociones reflejadas en el rostro de su extensión. Desde que la creó, Naraku se había sentido más tranquilo, equilibrado, más centrado en sus objetivos, sin embargo, deshacerse de lo indeseable depositándolo en alguien más que había sido creado a su imagen y semejanza, a largo plazo no era una solución viable. Tal vez esa fue la razón por la cual Kagura fue la única extensión que llegó a parecerse más a Naraku. Era demasiado chocante ver en alguien tan semejante a él todas las cosas que no le gustaban de si mismo.

Por otro lado, en cierta forma, perdonaba la altanería visceral de Kagura. Después de todo había depositado en ella parte de sus propias emociones y sentimientos, las cuales sólo representaban un obstáculo para sus objetivos.

—¿Naraku?— Kagura lo llamó, confundida. Parecía que Naraku se hubiese desconectado del mundo por unos momentos. El hombre de pronto le prestó atención, y sonriendo, se acercó a ella. Kagura, recordando lo que había pasado el día anterior, retrocedió unos pasos, pero para cuando acordó Naraku ya la había tomado por la barbilla con delicadeza, mientras sonreía, sin embargo sus rojizas pupilas brillaban como si el sol reflejara un río teñido de sangre.

Kagura volvió a sentir esa sensación de desconfianza y con un gruñido se apartó bruscamente de él, haciendo que la soltara. Cuando estuvo lo suficientemente lejos elevó su abanico y lo abrió, dispuesta a atacarlo.

Naraku soltó una risotada, desconcentrado a la joven; sus dedos se trabaron con torpeza en el arma mientras Naraku reía.

—Kagura, querida, no me tengas miedo— susurró con voz grave. Antes de que Kagura fuera capaz de recuperar la concentración, Naraku ya había caminado hacia ella; apenas unos cuantos centímetros los separaban, y sin su permiso, acarició su mejilla con gentileza. Kagura miró con desconfianza los dedos que tocaban su rostro, con la sensación de tener un bicho caminándole por la cara —Ni se te ocurra atacarme, Kagura— advirtió, mirando de reojo como la joven pretendía levantar nuevamente su arma —Si no me das razones, no tengo porque hacerte nada, además… recuerda que eres mi favorita—

—¿Podrías explicarme eso de favorita?— dijo mientras refunfuñaba molesta, arrugando las cejas con fastidio. Estaba hastiada de escuchar todo el tiempo que era la dichosa "favorita".

—Como te decía…— habló Naraku, soltando a Kagura e ignorando la pregunta —En una de las habitaciones he colocado un fragmento de la Perla de Shikon; falsa, por supuesto— hizo una pausa antes de proseguir —Existe un clan de hombres lobo liderado por un demonio llamado Kouga. Ellos vendrán pronto, y tú, querida, te encargaras de darles una calurosa bienvenida—

—¿Una… bienvenida?— Kagura entrecerró los ojos, sin entender del todo —¿A que te refieres con eso?— Naraku arqueó una ceja, como diciendo "¿acaso no es obvio?".

—Sólo hazlos danzar— dijo con una maligna sonrisa plantada en sus labios —Es tu primera presentación, Kagura, y como eres mi favorita, tendrás el papel protagónico. Espero que eso haya respondido a tu pregunta—

Kagura estuvo apunto de exigir una explicación más sólida que las respuestas a medias que Naraku le daba, cuando de pronto este habló.

—Procura no ensuciar de sangre tu lindo rostro— le dijo con una sonrisa casi tierna, y con uno de sus dedos le dio un leve golpecito en la nariz, como si se tratase de una niña, y acto seguido, salió de la habitación.

Kagura entonces comprendió todo. No sabía que era lo que Naraku realmente pretendía con ese dichoso clan de lobos, pero algo dentro de ella, un instinto, una especie de gen implantado en su naturaleza, le dijo que debía matarlos, y si a danzar se refería Naraku, entonces debía usar el único ataque que aun no estrenaba. La danza de la muerte.

No, no era matarlos o usarlos. Como si todo esto fuera una obra teatral, los actores debían danzar; embellecer su propia muerte.

Después de todo Naraku le había brindado a Kagura el don de la belleza, y no sólo eso, él mismo la había concebido para que fuera hermosa y mortífera a la vez; el sutil y difícil arte de embellecer la muerte.

Kagura, olvidándose de Naraku y su extraña personalidad, ahora ansiando la llegada de los hombres lobo, mientras su mano temblaba sosteniendo su abanico que parecía estar esperando despilfarrar sangre por los suelos, procuró retocar sus labios y pasar sus manos sobre su cabeza para aplacar cualquier cabello rebelde. Debía verse hermosa y plena para su primera presentación. El pobre clan de los hombres lobos, que desconocían su próximo y fatal destino, al menos tendrían la suerte de ser asesinados por una bella youkai.

Kagura de pronto sintió la presencia y el olor de los lobos acercándose. Faltaban unos cuantos kilómetros para que llegaran, según le dictaba el viento que traía consigo su olor. Tenía tiempo de sobra para darse una vuelta por el castillo e incluso buscar el dichoso fragmento. Todo estaba listo para que el telón se abriera. El espectáculo de su vida estaba apunto de comenzar.

Y aunque su propio final terminaría en una tragedia, con el maquillaje descascarado, despeinada, sin recordar el guión de su vida, el cual jamás conoció, cubierta de sangre, sin príncipes azules que la salvaran y sin finales felices… el espectáculo debía continuar.

Fin


¡Estoy muy orgullosa de este capitulo! Es el primer fanfic de más de dos capítulos que termino, y me alegra que haya sido de Inuyasha.

Bueno, con respecto al capitulo; la verdad estaba apunto de desistir, pero milagrosamente volví a escuchar la canción "The show must go on" de Queen, y la inspiración me golpeó como un rayo.

El capitulo es una especie de metáfora con respecto a lo que dice la canción; no saber la razón por la que estamos viviendo (en este caso, la interrogante que tiene Kagura sobre "quien es" y que hace en ese lugar, o para qué fue creada, más allá de ser una herramienta para Naraku). También habla sobre el dolor y la tristeza detrás del escenario y que se esconde detrás de una sonrisa al salir a él, o también cuando menciona que el maquillaje se arruina, que existen crímenes sin razón y romances fallidos, pero la sonrisa persiste y el show continua, desde mi punto de vista una metáfora perfecta para la vida de Kagura; por ejemplo, el hecho de que estaba enamorada de Sesshoumaru y nunca pudo estar con él, o los crímenes de Naraku, quien con sus trampas parece manejar a todos los personajes de Inuyasha como si se tratase del director de una obra de teatro.

La canción también habla de sobreponerse a las tragedias de la vida o la desesperanza de no saber que se hace en ella o de no saber donde estas, de sentirte perdido, de que los cuentos de hadas crecen pero nunca morirán, y de dónde debes sacar las ganas para continuar el espectáculo, cosa que Kagura hace durante toda la historia de Rumiko, que aunque el conseguir su libertad parezca un sueño casi inalcanzable y a pesar de todas las cosas que se le atraviesan, ella no se rinde, continua con el show y consigue su libertad, aunque eso le haya costado la vida.

En fin, me he extendido mucho así que aquí lo dejo. Sólo quería dar a conocer mi interpretación de la historia y el trasfondo de ella, y hay muchas cosas más que me hubiera gustado mencionar, pero sería demasiado. ¡Por cierto! Con el propósito de mantenerme más en contacto con mis lectores, he creado un Facebook para mi, Agatha. Pueden encontrar los datos en mi profile. Siéntanse con la libertad de contactarme, que no muerdo.

Muchísimas gracias a los que leyeron la historia, a los que me dejaron review, a quienes me hicieron ver mis errores ortográficos (después de esta historia mejoré muchísimo mi ortografía), y le mando un agradecimiento especial a Madame Morgana (me caíste a toda madre y tus reviews me encantaron) y a Eylillythia, quien me ayudó bastante con el fanfic y sus puntos de vista con respecto a los personajes.

¡Gracias a todos!

Me despido

Agatha Romaniev