Reconquista
Lamento, en verdad lamento muchísimo el haber abandonado Reconquista, entre otros muchos fanfics que llevan muchísimo tiempo abandonados en esta página, acumulando el polvo cibernético entre otras historias que sí están terminadas. No, no tengo perdón, pero para expiar mi culpa y rogar que recuerden esta bizarra historia, les traigo el cuarto capítulo.
Que por cierto, va dedicado a todo aquel que se quedó esperando una actualización, pero principalmente, para Alice In Funnyland , gracias a cuyo review, he recordado que no importa qué tan fail sea, hay gente que me lee y que aguarda, pacientemente y con la esperanza a punto de morir, a que me digne a actualizar. No te conozco, y quizá suene extraño, pero este capítulo va para ti. Gracias.
Ya saben. Hetalia es mío, nunca lo ha sido y nunca lo será. Yo solo me divierte con esto.
Capítulo cuatro.
Lovino llegó, más a fuerzas que por gusto, a la estación de policía. Habló unos momentos con el oficial, mostró una identificación y esperó a que el policía revisara la base de datos de la computadora. Todo esto, con una cara de pocos amigos que bien ponía nervioso a cualquiera.
Momentos después, se encontraba frente a la celda donde estaba recluido el trío de imbéciles.
Me va a matar, me va a matar, me va a matar… pensó Antonio, buscando apoyo moral en sus amigos. Nos va a matar, leyó en la mirada de Francis. Bien muertos, contribuyó Gilbert.
Hizo una señas al oficial para que les dejara solos.
-¿ES QUE ERES IMBÉCIL O QUÉ?- explotó.-¿QUÉ DEMONIOS HACEN AQUÍ, PARA EMPEZAR? ¿Y POR QUÉ CARAJOS MOLESTAN A MIS CIUDADANOS? ¿ES QUE QUIEREN GUERRA? –zarandeó a Antonio por el cuello de la camisa, mientras este sólo se dejaba hacer.
-Lovi, verás, es que yo… Nosotros… -buscó ayuda en sus amigos. No podía decirle que lo había estado siguiendo, o todo el plan y lo que había logrado con las rosas (que no era mucho, a decir verdad) se le iría abajo.
-Es que… es que vinimos a visitar a una de mis siguientes novias- dijo repentinamente Francis.
Lovino se puso pálido unos segundos, dejó a Antonio y fue a darle tremendo cabezazo al francés
-Vete a la mierda y deja a mis ciudadanas en paz-dijo, zarandeando ahora al rubio
-¿Quieres que se meta con tus ciudadanos?-se burló Gilbert-. Tan adorable como siempre, Lovi
-¡Que no me digan así, merda!- El trío se rió y el joven italiano se dio cuenta de que estaba perdiendo el control de la situación- De cualquier forma, ¿Por qué no pagaron la estúpida fianza y ya? ¿A qué clase de estúpido se le ocurre salir sin dinero? ¿Y qué hay de sus embajadas?
-Pues verás: Nos gastamos todo el dinero en cosas-explicó Francis, pensando en el costoso ramo de rosas, el desayuno que habían tomado en un lujoso restaurante antes de comenzar con el plan y en el montón de chucherías que habían conseguido para disfrazarse-. Y en cuanto a las embajadas…
La verdad, es que ni a Antonio ni a Francis ni a Gilbert se le había ocurrido llamar a sus respectivos embajadores. Intercambiaron miradas atónitas unos segundos e inmediatamente se echaron a reír.
-Tomando en cuenta que yo no tengo embajada… -comentó el pruso entre risas.
-El embajador del estúpido macho-patatas pudo venir por ti, idiota-Lovino salió de la celda, con la intención de irse de una buena vez. No tenía nada más que hacer ahí.- Váyanse de una vez.
El trío se quedó estático unos segundos.
-¿Y ahora qué?-preguntó Antonio, una vez que Lovino estaba fuera de su campo de visión-¿Nos vamos y ya? ¿Lo persigo?-sonaba desesperado. Y vaya que lo estaba.
-No, claro que no, pero…-Gilbert puso cara de pensar.
-Es que si adelantamos la segunda parte del plan, todo podría arruinarse- el español estaba entrando en crisis.
-Y todavía no puedes llevar a cabo la parte del sexo intenso en la parte de atrás de un auto-reflexionó el rubio-¿Qué tal sí…
Lovino llevaba media calle recorrida cuando escucho a Antonio llamarle a gritos. El ojiverde corrió hacia él, que se detuvo un momento.
-Lovi, ¿Te importa si me voy contigo? Me gustaría ir por mi guitarra
-Como quieras.
-Y… ¿Te importaría si fuéramos a dar una vuelta? Ya sabes, perder el tiempo por ahí… Hace mucho que no venía a Italia…-Aventuró el español.
Porque no has querido venir pensó el italiano. –Como quieras-repitió.
La casa de Romano se encontraba relativamente lejos, y no sentía muchas ganas de realizar tan largo camino con Antonio, quería que el bastardo se fuera pronto. Preguntó al español por su automóvil.
-Me lo he dejado en casa- se disculpó, con una sonrisita nerviosa. La verdad es que le había tenido que dejar las llaves a Francis y Gilbert para que pudieran regresar. -¿Te parece si rentamos uno? Ahora no traigo dinero, pero podemos pasar a mi embajada y que me den algo ahí…
Lovino accedió, sin notar el nerviosismo de su amigo. Realizó una llamada a la concesionaria más cercana, y después caminaron rumbo a la plaza donde, horas antes, el trío se había peleado. Allí, ya les esperaba un empleado de la compañía, junto a un bonito auto descapotable. Antonio se dedicó a maravillarse con el auto, mientras que el italiano firmaba unos papeles y entregaba cierta cantidad de dinero junto con su identificación al encargado. Momentos después, abordaron el auto.
-Te toca manejar- dijo Romano, mientras se recostaba en el asiento y dejaba que Antonio pusiera en marcha el auto.
-Claro-accedió alegremente-. ¿Te importa si pasamos por mi guitarra antes de ir por ahí? La extraño.
-Ni que fuera un ser vivo, idiota-gruño.
-A ti también te extraño -. Antonio sonrió, e incluso Italia del Sur, siendo tan insensible como era, noto que era una sonrisa diferente. Era más tristeza que sonrisa.
-Como quieras- acordó, apartando la vista del ojiverde.
España consultó el reloj dentro del radio del auto. Faltaba poco para las cuatro, y era tiempo perfecto para llevar a cabo la adelantada y modificada segunda parte del plan. Encendió la radio, dejándola en la estación predeterminada. Canciones que no conocía, pero que Lovi parecía disfrutar. Sonrió y continuó manejando en silencio.
La primer parte del recorrido, fue, obviamente, a la embajada. Transcurrió rápido, tanto la llegada como el proceso de saludar, pedir dinero y dar algunas explicaciones. Tan rápido, que Romano ni siquiera se apeó del auto. ¿O todo fue tan acelerado por no hacer esperar al italiano? Antonio sabe que fue por la segunda. Su embajador le caía bien y le hubiera gustado charlar un rato. La segunda parada, fue en casa de Lovino. El italiano pensó que la guitarra era de los objetos más preciados para el ojiverde.
-Es que sin ella, la vida se me va, sin que me dé cuenta-explicó. Escuchó a Romano gruñir algo estilo "Entonces cásate con ella", por lo que agregó: -. Y sin ti, la vida se me va lenta y dolorosa, como si cada movimiento de la manecilla del reloj fuera una puñalada que me recuerda que no estás, Lovi.
-Cállate y vámonos-. Lovino bajo la mirada, intentando que su sonrojo no fuera notado. Salió de su casa, dirigiéndose al auto, dejando a un apenadoAntonio atrás, quien rápidamente salió tras de él, cerrando la puerta de la casa con la llave que Lovino había dejado dentro. Situó cuidadosamente a la guitarra en los asientos traseros y se dirigió a la puerta del conductor -. Toma-. Le dijo el italiano una vez que estuvo también dentro del auto, ofreciéndole un par de gafas de sol, parecidas a las que él llevaba puestas.
-¿Te parece si vamos a Bari? Nunca he estado ahí-sabía, por información de Veneziano, que Bari era de los lugares favoritos del sureño-. Ah, pero antes deberíamos pasar a comer algo, ¿No crees?-sonrió, mientras se colocaba las gafas de sol
-Hay un buen restaurante de pasta en el camino- sugirió
-En marcha, pues.
El automóvil salió de la calle casi sin hacer ruido. Tenía el tanque lleno y era un modelo perfecto para pasear, además de que el detalle de las gafas los complementaba. La guitarra, recostada en los asientos traseros, le brindaba a Antonio una especie de seguridad, el presentimiento de que todo saldría bien. Sonrió y se enfocó en el camino que el GPS le dictaba para llegar al restaurante.
