Capítulo 2, para todos vosotros, ¡disfrutadlo! Y gracias por añadir esta historia a vuestros favoritos, ¡es genial ver que os gusta!

Eustass Robin: ya veremos qué hará Kidd llegado ese momento ^^ ¡gracias!

noelia: ¡muchas gracias por tus ánimos! Aquí estamos de vuelta, con el segundo capítulo. ¡Gracias!

Luffy,Rekee66: jejeje madre mía, creo que voy a tener que regalarte algo estas navidad por ser mi lectora más "fiel", por así decirlo ^^ ¡muchas gracias! Sí, bueno, Kidd está muy… mmm… bueno, para mí siempre está sexy xD Pero en este fic me está quedando como muy… misterioso… pero ya se irá viendo todo :) ¡gracias!

Los personajes de OP no me pertenecen, pero sí parte de la trama y todos sus Oc.


- Diálogos.

"Pensamientos"

Memorias/Flash backs/Sueños

Canciones

"Libros/Escrito"


Capítulo 2: Decisiones

Luffy.

Luffy, Luffy, Luffy, Luffy.

- ¡LUFFY!

Se apoyó, prácticamente en estado de shock, sobre la baranda de madera del barco de Eustass Kidd.

"¡Luffy!"

Jadeó con verdadero horror mientras sus ojos se inundaban lentamente de una gran tristeza que se resistía a ser derramada en forma de lágrimas. El grito de su capitán desde la fortaleza de la Marina no tardó en llegar, causando que una pequeña gota de ese triste líquido salado cayese por su mejilla sin ya ser ella capaz de evitarlo.

Aquel sonido había sido… desgarrador. Triste. Angustiado. Dolido. Y con todo lo que representaba: pérdida, desolación, devastación, más dolor… incredulidad… súplica… desesperación.

Robin cayó de rodillas al suelo, llevándose una mano a los labios y sintiendo una mínima parte del dolor emocional de su capitán como suyo. Porque él era… la persona que la había sacado de la soledad, que lo había arriesgado todo por ella, que le había enseñado el significado de la amistad.

No le importó que los "Piratas de Kidd" la viesen en aquel estado, pues no se acordaba ni de su presencia. En lo único que era capaz de pensar era en lo que acababa de presenciar sin haber podido hacer nada por evitarlo.

Ace. Ace se había sacrificado por Luffy. Y Luffy… le había visto morir ante sus ojos, entre sus brazos. Solo. Sin ninguno de sus tripulantes cerca.

El grito de su capitán dejó de resonar en sus oídos por algunos momentos y volvió a alzar el rostro hacia la batalla que aún se sucedía en Marineford. Solo que ahora lo veía de un modo diferente.

Ahora las imágenes de los hechos volaban ante sus ojos, pero no les prestaba atención. Era como si se fuesen archivando en su memoria, de donde luego, más tarde, cuando ya se encontrase mejor, podría estudiarlos a gusto. A penas era capaz de mover sus ojos tras la silueta de Luffy. No fue hasta que el hombre que había estado más cerca que ningún otro de convertirse en el Rey de los Piratas, Edward Newgate, murió a manos de Teach. Aunque no fue la más impresionada a bordo por la habilidad de Barba Negra, no se quedó indiferente; aunque por primera vez en su vida, nada le importaba más que la persona que estaba siendo trasladada con muchas dificultades al submarino de Trafalgar Law.

Trató de calmarse, de respirar hondo y de levantarse, pero al hacerlo, algo en su vientre se rompió y esta vez un jadeo de dolor escapó de sus labios sin previo aviso. Su equilibrio, o el poco que le quedaba, despareció por completo y el mundo que percibía a través de sus ojos dio un brusco giro de 90 grados. No llegó a sentir el golpe contra la madera de cubierta, pues en seguida, sintió como unos brazos la cargaban al interior del barco mientras unas voces alarmadas hablaban algo de una herida abierta en su abdomen. Ella mantuvo en todo rato los ojos cerrados.

"Luffy… lo siento. Parece que otra vez… cuando más nos necesitabas… no hemos podido estar a tu lado. No he podido hacer nada…"

Su mente viajó de nuevo a su capitán. Él era… la persona más importante para ella, seguido por el resto de la tripulación, pero él en especial, pues él la había salvado la vida. Y ella no era capaz de devolverle el favor. ¿Acaso no podría hacerlo nunca? Tras la batalla contra el CP9, ella sabía que era una tripulante más y que eran amigos, que no importaba si el mundo intentaba matarla, que ellos estaban, literal y metafóricamente, en el mismo barco.

Cuando logró calmarse, fue consciente de que era la primera vez que una persona le importaba tanto como para luchar por él. Suspiró. Debía volver con su capitán, pero… frunció el ceño, tumbada en la camilla de la enfermería. ¿Cómo? ¿Cuándo? Cuanto antes… ¿no?

Si tan solo recordase qué fue lo que ocurrió en Sabaody… cerró los ojos, agobiada por todo lo vivido en aquel pésimo día. Pronto, sus pensamientos se silenciaron y se dejó llevar por el leve vaivén que sentía del barco mientras se sumergían en el océano y varias manos volvían a operar en su herida.


Despertó horas después, sintiendo más cansancio que nunca sobre sus hombros. Se incorporó lentamente sobre las sábanas y observó la silla de la sala, donde le habían dejado algo de ropa. No era femenina, pero le valdría por el momento.

Avanzó un par de pasos hasta la silla y comprobando que estaba sola, se desvistió y antes de cambiarse de ropa dirigió su mirada a la cicatriz del abdomen. Se habían abierto un par de puntos que le habían vuelto a suturar con urgencia, por eso antes había sentido tanto dolor y la sangre había acabado manchando la bata que le habían dejado.

Escuchó unos pasos acercándose por el pasillo y se vistió lo más rápido que pudo. Los pantalones eran negros completamente y demasiado anchos. La camiseta era de manga corta, blanca, y también le quedaba excesivamente grande. Se calzó sus sandalias, que era lo único que ellos la habían devuelto de su ropa y miró la puerta, mientras ésta se abría y Eustass Capitán Kidd entraba por ella.

Se la quedó mirando unos instantes, cambiando su expresión de seria a divertida.

- Creo que tendremos que buscarte algo más pequeño.

- Con un cinturón bastará.

El pelirrojo le lanzó una de las cuerdas que había en el suelo y ella se la ató a la cintura para evitar que el pantalón terminase a la altura de sus tobillos. Una vez se aseguró de que no se soltaría, volvió a dirigir su mirada azul en dirección al capitán de aquel barco. No sabía muy bien cómo empezar la conversación, por lo que esperó a que él lo hiciese.

- ¿Has pensado ya qué harás?

Ella negó con la cabeza.

- Antes tengo que conocer mi situación.

Él alzó una ceja y la miró, entre curioso y burlón, casi incluso incrédulo. Ella se molestó.

- ¿Qué?

- Eres una mujer extraña, Nico Robin. Creí que después de presenciar la desesperación de tu capitán lo primero que me dirías sería que querías volver con él de inmediato.

- ¿Y te rompe los esquemas que no sea así? Él sigue vivo y pronto tendré noticias suyas. Confío en que eso sea así. Confío en él.

Kidd soltó una carcajada.

- Seguramente.

De nuevo aquella mirada expectante. Robin sintió curiosidad.

- ¿Qué me ves, Eustass?

El pelirrojo no contestó, pero le hizo un gesto para que le siguiese. Con un suspiro, la morena decidió no hacerse de rogar.


- Ya veo… así que eso fue lo que pasó en la casa de subastas.

Robin permaneció en silencio, terminando de absorber la información que Kidd y Killer acababan de brindarle. Por lo menos, Keimi estaba a salvo y los Tenryuubito habían recibido algún que otro golpe. Eso era… lo único bueno de aquel nefasto día.

Sus compañeros… sus amigos, habían sido separados por Kuma, quien les habría enviado quién sabía a dónde. Luego estaba Luffy. Tras su huida de Marineford, aún estaba por ver que siguiese con vida.

Y por último, estaba ella. ¿Cómo diantres había acabado en el barco de Eustass Kidd y por qué él había autorizado sus cuidados? Le observó con detenimiento, sin importarle la mirada de desagrado que recibió por su parte. Desde que habían hablado por primera vez, no le había dedicado ni una sola muestra de desprecio o arrogancia. Y según tenía entendido, eso era extraño en él.

- ¿Cómo llegué a tu barco? – Preguntó, sin rodeos.

- Zombie te encontró en un almacén.

"Un almacén… de ahí el frío que sentí la primera vez" pensó Robin, indicándole con la cabeza que podía continuar. Kidd frunció el ceño ante el gesto, pero continuó hablando.

- Tenías un disparo en el abdomen, ya sabes dónde – señaló la zona en la que estaba su herida –, y te estabas congelando, por lo que les di permiso de que te trajeran a bordo.

- No esperábamos encontrarte a ti precisamente en ese estado, pues teníamos entendido que eras… peligrosa – comentó Killer –. Pero cuando el doctor extrajo la bala todo se aclaró.

Ella le enfocó con la mirada. El rubio permanecía apoyado contra la puerta, de pie y con los brazos cruzados ante el pecho, en una postura que le recordó a su capitán.

- ¿Ah, sí? – Murmuró.

- Sí. La bala estaba hecha con un material que, de haberse tratado de un disparo más certero, habría sido letal.

La morena frunció el ceño, pensativa, se llevó inconscientemente una mano hacia la zona de la herida. Lo último que era capaz de recordar era que había estado de compras con Nami. Habían estado comentando acerca de la discriminación existente en el archipiélago hacia los hombres–pez y las sirenas y una vez hubieron terminado, recibieron una llamada alarmada que les alertaba del secuestro de Keimi. A partir de ahí…

Suspiró. Lo último que recordaba con exactitud era que se subió en uno de los peces voladores de los Tobiou Riders para recorrer con más rapidez el lugar. De ahí en adelante, su mente recordaba cosas difusas, imágenes confusas y susurros y conversaciones cuyas palabras no era capaz de recordar con exactitud.

- La bala estaba hecha de kairoseki – sentenció Kidd.

Robin volvió a la conversación y le dirigió una mirada curiosa, pero Killer continuó hablando antes de que pudiese preguntar nada.

- Al estar hecha de ese material, debido al impacto la bala se fragmentó en el interior de tu cuerpo e hicieron falta varias intervenciones por parte del médico para retirar los pequeños fragmentos de ese metal de la herida.

Ella alzó una ceja.

- Os habéis tomado muchas molestias por mí, por lo que parece, pero no puedo evitar preguntarme el motivo.

Observó al pelirrojo a la espera de una respuesta, pero él simplemente le dirigió una mirada calculadora.

- ¿Y bien? – Inquirió ella.

- Digamos que no aparecimos en el almacén por casualidad. Quien quiera que fuese o fuesen los que te hicieron eso, querían que nosotros te encontrásemos. Y lo lograron.

Robin se levantó y observó el mar a través de la cristalera del camarote de Kidd. Así bien, por lo que parecía, había sido una encerrona. A ellos los habían guiado hasta allí quién sabía cómo, estaba segura de que no sería algo de lo que querrían hablar; y por otra parte, ¿cómo había llegado ella a aquel almacén? Según Kidd, el almacén estaba a apenas 2 grooves de la casa de subastas, por lo que algo debió pasarle por el camino, algo que había cambiado drásticamente su camino y la había separado del destino de sus compañeros, algo que por algún motivo le creaba una sensación de pánico en el estómago, algo que no podía recordar y sabía, de algún modo, que hacerlo no sería agradable.

Ante sus ojos, las sombras creadas por el agua cada vez eran mayores mientras se sumergían entre las raíces de los inmensos árboles del archipiélago Sabaody.

- Pronto dejará de llegar la luz del sol a nuestra posición – murmuró.

Kidd lanzó a su compañero una mirada significativa y éste, captando el mensaje, salió del camarote, dejándolos a solas. Aprovechó para ir dando las luces del barco.

Por su parte, Kidd observó el póster de "Se busca" de la joven que ahora le daba la espalda deleitándose con la visión del océano.

- ¿Cuál es tu papel en el barco del mocoso?

Ella sonrió, casi melancólica, sorprendiéndole levemente.

- No estoy segura aún.

- ¿No lo sabes?

Ella negó con la cabeza, dirigiéndole una mirada algo cansada.

- No es que no lo sepa. Es… que me resulta difícil de comprender.

El pelirrojo alzó una ceja, aguardando a que continuase, pero un gesto de ella le indicó que no lo haría.

- Es por algo de mi pasado, no tienes por qué saberlo tú – murmuró, con suavidad.

Esperó que se enfadase, pues los rumores sobre él no eran muy alentadores. Se preparó mentalmente. Si él atacaba primero, ella podría defenderse y buscar una vía de escape. Ya se preocuparía después por los metros y metros de agua que rodeaban al barco. Lo primero era sobrevivir.

Pero lo único que recibió del joven fue una última mirada antes de que volviese a repasar un mapa de la zona. Aquel gesto rompió sus esquemas, pero los rehízo a gran velocidad, como siempre hacía.

Se sentó en una butaca y continuó observando la vida submarina hasta que la única luz que sus ojos azules lograron percibir fue la del propio barco. A partir de ese momento, su mente viajó de nuevo al pasado. Las imágenes que su esquemática mente de arqueóloga había guardado sobre la guerra volvieron a pasar por sus recuerdos y se concentró en los pequeños detalles.

Y así pudieron pasar horas. Kidd permanecía sentado en la mesa de navegación, de vez en cuando se levantaba malhumorado y refunfuñando, salía del cuarto y cuando se había dado un paseo inspeccionando con un aura amenazadora el trabajo de sus hombres, regresaba al dormitorio y volvía a sentarse sin dirigirle a la joven ni una mirada. Robin permaneció estática en todo momento. Incluso en una ocasión creyó que quien entraba por la puerta era Sanji para ofrecerla un delicioso té, pero en ninguna ocasión fue así. En todo aquel tiempo, la morena se dedicó a poner en claro las ideas que tenía hasta el momento. Kidd no parecía querer acabar con su vida, o al menos no por el momento, y eso la quitaba un peso de encima. Ahora sólo había dos cosas por hacer: averiguar el misterio del almacén y regresar junto con su capitán. Pero ¿cómo hacerlo? Dirigió una mirada al pelirrojo. Él la había dado la libertad de elegir incluso lo que iba a hacer, ni siquiera la obligaba. ¿Qué pasaba exactamente por su mente en aquellos momentos?

Finalmente, el joven se dejó caer sobre el respaldo de su butaca, con una maldición bastante más audible que las demás. Ella todo lo que podía ver de él era la nuca, pues se encontraba sentado de espaldas a la ventana por la que ella miraba. Kidd llevó una mano a su pelirrojo pelo y la dejó caer ahí, largo rato. Suspiró y se levantó. La joven alzó la mirada hacia él, quien cruzó sus ojos dorados con los azules de ella.

- ¿Qué harás?

Robin se incorporó de donde estaba y permaneció seria.

- Me bajaré en la próxima isla que visitemos tras la de los hombres–pez.

- Pues hasta ese momento estarás bajo mis órdenes – al ver su mirada sorprendida el pelirrojo le dedicó una sonrisa burlona –. Nadie viaja gratis en mi barco, señorita.

Robin simplemente trató de mantener la calma. Volvió a darse la vuelta y enfrentar su mirada con el océano. Por lo menos… no se había negado.


Continuará…

Lo sé, no hay mucho diálogo… pero no puede haberlo con la situación que tienen entre manos. Ya se irán soltando, prometido ;)