¡Hola! :) Agradezco de corazón a las personas que me dejaron un review y a las que agregaron a Alert y Favoritos también, qué bueno es escribir y saber que a la gente le gusta y lee. Todavía no estoy de acuerdo en si hacer todas las viñetas o drabbles totalmente diferentes entre sí, incluso llegué a pensarlas en hacerla AU a algunas. Bueno, por ahora les traigo éste que no tiene absolutamente nada que ver con la anterior. Recuerden dejar sus opiniones al respecto, saludos y nuevamente gracias!

Disclaimer: Rowling es la dueña de los personajes.


P E R F E C T

II / Juego.

A veces uno cree que la palabra juego está relacionada con los niños, la infancia, el poder de imaginación que se tiene a sólo una edad corta y luego parece desaparecer aunque permanece escondida. Pues tal vez así sea, pero el juego que ambos tienen en sus manos no es exactamente infantil, y desde luego las reglas no es para cualquier niño.

Pero ambos ya habían caído. Y estaban encantados con ese juego que era viejo pero lo querían tanto como juguete viejo. Ese juego de miradas, de tacto, de roces y contacto no era para ningún niño: aunque a veces ellos se comportaran como tales.

Si a Lily le preguntan cuál es su enemigo, respondería "Scorpius Malfoy", por inercia. Y si se lo preguntaran a Scorpius, él respondería "Lily Potter", por deber.

Es que cargar con esos apellidos que parecían electrocutar el aire que los rodeaba era simplemente una maldición. Aunque ninguno de los dos negaban que sus apellidos hacían aún más interesante el juego, incluso más que el hecho de que ella sea la hermana pequeña de su mejor amigo y de su enemigo, y que él fuera su rival en todos los partidos de Quidditch.

Los polos nunca se encontraron tan opuestos, ni tampoco tan unidos e inseparables.

Era cierto que te amo, eres mi vida y palabras cursis como ésas nunca recorrieron la boca de Scorpius Malfoy y la de Lily Potter para decírselo mutuamente. Pero claro, lo único que últimamente podía correr por sus bocas cuando estaban cerca eran sus labios. Siempre turgentes y orgullosos, pero estaban allí, después de todo, uno sobre el otro.

Para Lily intentar evadirlo era un proyecto diario, y no poder dejar de esperarlo su perdición. Y para Scorpius su deseo era poder dejar de desearla con tanto ímpetu, pero al mismo tiempo no poder quitar sus ojos de cada parte de ella era tan inútil como intentar no besarla cada vez que la tenía cerca.

Ella era su adicción, parte de él, su prohibición más eterna y la más deseada. Y ella sabía que lo traía así. Como también aseguraba que Scorpius estaba completamente al tanto de que él era un maldito que la había encerrado entre sus propias fauces y era ilógico intentar salir.

Su juego era tan difícil como discreto. Necesitaban verse a escondidas, necesitaban no olvidarse jamás de que aquello era un juego y que aquellos besos se daban solamente para poder ganarse uno al otro, que aquellas manos grandes y fuertes que la recorrían con ferocidad solamente estaban intentando avanzar un nivel de juego. Lo más cierto es que se necesitaban el uno al otro, y que eso no cambiaría nunca ni por más que ellos así lo desearan; porque el único deseo que ambos podían cargar en su cuerpo era el de intentar morderse la lengua y sentirse más adentro... porque ese deseo era tan consumidor y enorme que no había posibilidades de que otro cupiera en sus cuerpos llenos de las huellas de ambos completamente impregnados.

El juego duraría toda la vida, si ambos pudieran seguir viéndose a escondidas. El juego era su perdición y prácticamente su añoro más grande. Ni los libros para Lily, ni la escoba para Scorpius. Él, ella. La mayoría del tiempo sus cerebros tan diferentes pensaban en las situaciones acaloradas que ocupaban aquellas noches en donde no importaba si la sábana tenía los colores de Gryffindor o el aroma de un Slytherin. En donde lo más importante era fundirse el uno con el otro y disfrutar de ambos.

El juego era simple; desenvolverse como los prejuzgados que eran y poder saborear los labios más prohibidos. Poder estar en la misma cama y tocarse hasta desfallecer. Pero ambos, para ese momento, ya habían perdido.

Porque el juego nunca consistió en tener sexo, ni mucho menos hacer el amor. Así como tampoco existió la regla de que se tuvieran que ver todos los días. Ni la advertencia de que el amor aparecería.