¡Hola! :) Tengo el deseo de agradecer a las personas que ponen en Fav. Alert mi historia y a las que comentan! Les cuento que están haciendo eternamente feliz a una chica (:3). Gracias, de verdad. Bueno, éste tercero, como los demás, está inspirado en un libro que leí hace muchísimo tiempo. Espero les guste, está dentro del mundo mágico y tampoco tiene que ver nada con ellos, créanse que disfruté muchísimo escribiendo de estos dos y espero ustedes lleguen a disfrutar al menos un poco. Saludos y espero leerlos pronto :)
Disclaimer: Rowling es la dueña de los personajes.
P E R F E C T
III / Lucha de poder.
Estaba en sus venas. Verlo y arrugar el cejo, discutirle cada vez que podía, empujarlo de forma ilegal cuando estaban sobre la escoba, mirarlo con odio y desprecio cuando pasaba a su lado, y correr su rostro con repugnancia cuando él la atacaba. Estaba en su sangre odiarlo y estaba en su mente esforzarse por ello. Porque Lily Luna Potter, con tan solo once años de edad, descubrió que aquel rubio era un Malfoy y que tenía que odiarlo; como James, su hermano mayor, le había dicho. Y con tan solo once años de edad aprendió a respetar las ideologías del mundo mágico en sí y respetó tener que odiarlo, aunque tuviera que dejar sus sueños de niña atrás.
Y él... Scorpius Malfoy, era él. Parecido hasta la última punta del cabello a su padre Draco, digno portador de un apellido detestado y repudiado, capaz de sacar su varita para defenderse y no amagar en usarla incluso ante chicos más grandes o con gran influencia en los directivos.
Scorpius Malfoy era más maduro que Lily Potter, y él no se lo hacía saber y menos notar.
¿Por qué? Adoraba demasiado las peleas diarias que tenían, sobretodo las matutinas discusiones cuando él se iba a la casa de los Potter para pasar con su mejor amigo Albus. Añoraba con ímpetu encontrarla por el pasillo, o descubrirla estudiando sola en la biblioteca, o simplemente verla hacer unas galletas en la cocina sola y poder molestarla.
Pero nunca más allá de molestarla. Siempre bufándose de ella, ridiculizándola, llamándola de mala manera... discutían como si la vida les valiera en eso y se miraban a los ojos como si pudieran quitárselos con las miradas. El castaño café nunca se encontró tan poderoso como para poder llegar a luchar con la furia del gris tormentoso. Los ojos de Scorpius hacían mera sobre Lily, quien intentaba no saltar sobre él y quitarle esos cabellos rubios perfectos que poseía.
Él era un príncipe. Físicamente lo era, tan parecido a los de sus sueños. Tenía el cabello rubio, los ojos claros y un porte elegante y fino. Era inútil herirlo en su orgullo y sobretodo no salir herido en el mínimo intento. Podía parecerse todo lo que quisiera a un príncipe, más su apellido y su familia lo delataba y lo transformaba inmediatamente en algo peor que un sapo. Ella no era una princesa; tenía el cabello despeinado, pecas y era muy poco femenina como para poder serlo. Pero para todo el mundo mágico ella lo era, la princesa.
Para Scorpius Malfoy no existía mujer más hermosa que ella... y para Lily Potter, aunque no lo admitiría jamás, Scorpius sí le movía el piso; como el solía mofarse de que hacía, aunque ella lo negara con una risa histérica.
Pero el punto no era ése, el punto era que ellos no podían llevarse bien. No importaba que Albus fuera el mejor amigo de él, ni que Ginny lo tratara con tanta dulzura. No valía nada, ni siquiera que los Malfoy no sean realmente una escoria.
El problema era que ella jamás lo querría a él. Porque como alguna vez James le dijo: "Es un Malfoy. Ni siquiera está prohibido, porque simplemente no existe para tí Lily". O como Draco Malfoy, su padre, le gruñó: "Acercarte a esa familia fue el peor error que cometiste, espero no creer que es por la hija de San Potter".
Si James no la hubiera atormentado desde pequeña, contándole cuentos en donde el apellido Malfoy era el del malvado, probablemente Lily podría mantener una discusión con Scorpius sin sacar su varita. Y si Scorpius no fuera un Malfoy, si no lo fuera, definitivamente se habría tirado de cabeza a la jungla y buscaría al único animal que le interesaba tener: a esa leona con esa radiante cabellera despeinada que parecía querer prenderlo fuego cada vez que lo veía.
Sí son tan poderosos como dicen ser, sí tienen la capacidad de vencer a muchos otros aunque a ellos mismo jamás se vencieron. Porque así de poderosos y todos, Scorpius Malfoy y Lily Potter no eran lo suficientemente fuertes y poderosos para admitir que las ganas que les invadía de besarse los carcomía por dentro. No era falta de valentía, ni de cuentas de orgullo... ambos sabían que por más que admitieran que sí se querían y que la atracción entre ellos era mutua, nadie aceptaría una pareja de esa índole: prohibida, ruinosa, aplastante, ridícula, sin buenos términos, sin final feliz, sin perdices y mucho menos un paseo en corcel como Lily Potter lo esperaba o una mujer que dejaría que él le hiciera lo que exigía y pedía.
Pero claro, ambos eran tan poderosos al tener tantas cualidades, aunque la gran mayoría de ellas eran cualidades defectuosas. Por ejemplo, ambos eran tan tercos y estúpidos que se atrevieron a quererse. A su forma, a su manera, porque las discusiones seguían pero terminaban en besos profundos y apasionados y en ojos iluminados y testarudos por tener que terminarlo. Otro de sus tantos defectos era ser tan incrédulos: tan incrédulos como para llegar a creer que con el tiempo todos a sus alrededores podían ir acostumbrándose. Y un sin fin de defectos más que hizo de esas dos personas una sola pareja, tanto literalmente como no.
Sin embargo, el más fuerte de sus defectos era el que marcaba la diferencia: a ninguno de los dos le importó qué pensaban los otros después de darse cuenta que sólo ellos importaban, porque su mundo era ese y ellos lo llevarían así, y a los que no le gustara que se bajaran rápidamente, o los bajaban ellos. Ah, sí, también eran violentos.
