Holi c: ¿cómo andan, cabras? Yo bien xd Les cuento xd Iba a subir esto mañana, pero mañana voi a O'higgins a pasar un buen rato con mis washas (L) y no tendré tiempo así que me apuré en escribirles algo decente y juguetón xd que espero les guste :D

Nos leemos abajo!


Jugando a ser Dios

O

Tu juego, nuestra pasión

O

Alfred frunció el ceño, acomodándose el traje. Suspiró y se tocó el cuello, aflojando un poco porque su respiración comenzaba a cambiar. ¿Qué se supone que Matthew quería lograr estando de esa manera? Se sentaba frente a él con las piernas abiertas y ese puto short de mezclilla que le hacía lucir apetitoso, seguía comiendo su coyac de una forma provocativa. ¿Por qué Arthur no le había advertido que este pequeño dulce tenía una especie de trastorno o algo por el estilo? Tal vez porque sólo le hacía esas cosas a él.

- Lo siento, padre. No quería molestarlo, pero necesitaba confesarme.

- Si pudieses sentarte mejor…

- He tenido sueños muy extraños que me hacen sentir… más extraño.

El sacerdote comienza a preocuparse.

- ¿A qué te refieres, Mattie?

- A veces sueño con usted.

Y eso fue mucho peor.

- Sueño con que usted está frente a mi cama y llega mientras estoy dormido y me despierta y se sube sobre mí… y me hace cosas que me vuelven… gracioso.

- ¿Yo? Pequeño, creo que has estado viendo demasiada…

- Y me toca en lugares que… -Matthew sonríe levemente, abriéndose más de piernas. Alfred se pasa una mano por la cabeza- que yo quiero. Pero se siente muy raro aquí –el niño se lleva la mano a la entrepierna. Deja el coyac en la mesita con el envoltorio y logra hacer sonrojar al mayor. Matt se acaricia un poco más y luego pega un jadeo, un suspiro- Me duele. ¿Le importa si me quito los pantalones?

El sacerdote mira hacia todas partes. La iglesia está cerrada un viernes por la tarde y los abuelos de ese niño se lo confiaron, creyeron en él; pero están solos, las monjas duermen enclaustradas, los demás párrocos han ido en busca de provisiones y en el confesionario, están solo Matthew y él. Están solos. Nadie los ve, nadie puede imaginar qué es lo que pueden llegar a hacer.

- Creo que es mejor que no lo hagas –dice por fin- Alguien puede venir aquí y malinterpretar las cosas.

- ¿Por qué? No es nada malo.

Matthew no hace caso y se desabrocha el short, deslizándolo por sus piernas y dejándolo tirado en el suelo. Alfred no puede evitar que su propia ropa también le apriete y sus ojos se dirijan a la intimidad del pequeño al instante.

- No sé por dónde empezar, déjame llegar a las partes buenas. Puede que quieras cerrar tus piernas, tío Alfred –El niño se le acerca y se acomoda en el vientre del sacerdote, adaptándose porque su espalda baja pica. El mayor mantiene un respiro, mientras las manos de Mattie le empujan el pecho y hace que su pequeña pelvis lo toque. Se acerca a la boca con una sonrisita socarrona y esos rasgos tan infantiles que lucen casi inocentes, pero ambos saben que no es así y cuando Alfred cierra sus ojos para recibir el beso con el que el niño amenaza, siente caer a un espacio vacío del que ya no vuelve a salir, porque hay otra cosa que retumba en sus oídos.

Alfred abre los ojos y mira la luz parpadeante desde su ventana. Estira la mano para apagar el despertador y suspira. Está comenzando a amanecer y hay pájaros que cantan cerca de su oído; él pega un bostezo y se siente un poco incómodo sin saber por qué. Mira entre las sábanas y observa sus piernas, lo que está entre ellas; contempla una muy visible erección que le hace llevar la mano a su cabello y su frente un tanto sudorosa. Recuerda el sueño que ha tenido durante la noche y levanta la vista sin poder creerlo.

Muy bien, tiene que pensarlo. Ha soñado con Matthew. Con un niño. Un niño de trece años. Y él es un sacerdote de 25.

Todo el cuerpo le tiembla cuando decide levantarse para ir y darse una buena ducha de agua fría, algo que calme su atareado sentido del sexo. Él no puede permitirse mantener estos pensamientos porque ha decidido consagrar su vida a Dios, y menos con un niño que ni siquiera es mayor de edad, y que es su protegido y que tiene un cuerpo de nena, delgado y amistoso. ¿Cómo puede tener esos pensamientos libidinosos? No es sano. Se castiga a sí mismo, su cabeza debe purificarse, su alma también.

El baño que se da es con agua muy fría porque no puede quitarse la imagen del cerebro, Matthew quitándose sus pantaloncillos y subiéndose sobre él. Tiene razones para soñar de esta manera, de todas formas, el niño se le insinúa muy descaradamente. Él es un sacerdote que debería tener una cabeza limpia, pero no es tonto.

Cuando sale, se seca, se cubre con su típica ropa de presbítero negra y se coloca los lentes. Se mira al espejo cepillándose un poco el cabello y su flequillo y se muerde las uñas. Debe hacer clases en un par de horas más, pero primero necesita conversar con algún superior y preguntar qué puede hacer para que los pensamientos de vayan de él. Se encamina fuera de la habitación y se desplaza por el pasillo silenciosamente a pesar de que no hay nadie a su alrededor, porque las monjas duermen en otro sector, pero tiene que salir y confesarse con el hombre superior rápido.

Sale hasta la capilla que le queda más cerca de la suya, donde sabe que el padre Antonio –conocido de Arthur- mantiene abierto desde muy temprano. Recorre las calles oscuras acariciándose los brazos porque hace frío, y mira hacia uno y otro lado en busca de gente, pero ya nadie transita a esas horas de la madrugada. Observa la vieja plaza, el hostal de flores y la peluquería, los bares y cantinas y en un lugarcito apartado y oculto, la casa de Dios se erecta como algo luminoso. Alfred le regala una sonrisa pequeña y toma rapidez.

Toca la puerta levemente esperando que puedan oírlo y no pasa mucho hasta cuando escucha unos pasos acercándose. Abren y se deja ver a un hombre de ojos verdes y cabello oscuro que tiene una linterna en las manos; al instante la deja y sonríe porque conoce quién es.

- ¡Alfred! Hombre, por Dios, entra, entra, ¿qué estás haciendo aquí?

- Hola, Antonio.

Ambos pasan. Se van conversando mientras llegan hasta el altar principal de la capilla. Antonio hace muecas y le habla mucho y no permite que el rubio hable, hasta que, finalmente, cuando están de pie cerca del confesionario, Alfred le detiene con una mano.

- ¿No vienes para conversar y por un té?

Niega con la cabeza.

- Necesito confesarme, Antonio.

- ¿Confesarte? ¿Has pecado, americano?

- Lo he hecho en sueños.

Rápido, se mueven hasta la caja de madera. Antonio se pone detrás de la cortina y la rejilla y la abre cuando Alfred se ha sentado también. Ambos hombres carraspean y el de ojos verdes se dispone a hablar.

- Ave María Purísima…

- Sin pecado concebida –responde el rubio.

- Bien, Alfred, qué cosas has hecho.

- Hace un mes que no me confesaba, supongo que realmente no había tenido razones para hacerlo.

- ¿Y qué hace que hayas venido cuando recién amanece?

- He pecado, padre. No con la acción, pero con la mente. Y hasta un poco con la vista.

- ¿Has mirado de más a alguna jovencita? Son cosas que pasan, Alfred. Tú y yo somos hombres al fin y al cabo, pero Dios nos da la fortaleza para no caer…

- Ella es hermosa –decide mentir- pero tiene… algunos años menos que yo.

- ¿Cuántos exactamente?

Da un suspiro.

- Doce.

- ¿Alfred? –Antonio se paraliza, las cosas se vuelven tensas- Es una niña.

- Pero no es como si yo quisiera… tener… no la deseo carnalmente –sabe que miente- sólo soñé con ella y ahora me siento sucio.

- ¿Qué has soñado?

- ¿Qué puedo hacer para quitarme esto, padre?

- Reza mucho, hijo mío. Reza por tu alma. Pídele a nuestro Señor que te proteja y no te deje caer en las tentaciones. El diablo consigue aspectos muy bellos, Alfred. Recuerda eso.

- Lo sé.

- Reza esta noche diez padres nuestros y cinco aves maría.

- He mentido.

- Agrégale dos a cada uno y cierra tu mente, deja que en ella sólo entre Dios.

- Padre, yo simplemente deseo no caer…

- Y no lo harás.

Alfred cierra los ojos, ruega, ruega a Dios que le de la fuerza necesaria para mantener esos orbes violeta fuera de su cabeza para siempre.


- Tío Alfred, ¿puedes leer otra vez el fragmento de Alicia en el país de las Maravillas, por favor?

Alfred sonríe a la niña y repite lo que acaba de leer. Este cuento le gusta mucho porque su padre se lo leía antes de dormir. Todos los pequeños están callados para oírlo mejor y tomar atención, después deben hacer una crítica sobre el fragmento y entregarla. Obtendrán una calificación y luego leche y galletas.

Acaba de leer y toma asiento. Los alumnos comienzan de inmediato a preguntarse entre ellos qué es lo que opinan y cómo pueden interpretarlo. Alfred levanta la mirada y observa algo nervioso y sin tratar de ser visto, a Matthew. El chico está con la cabeza gacha escribiendo concentradamente, y no presta demasiada atención a sus compañeros, que están gritándole sobre el oído. El tiempo pasa rápido y pronto Alfred tiene entre sus manos los papeles de cada uno y les comunica que ya pueden irse hasta su casa. Todos pegan un gritito emocionado, toman sus chalecos, sus mochilas y se alejan del aula, despidiéndose del sacerdote. Alfred cree que ya todo está hecho y se pone de pie también, observando su alrededor.

No todos se han ido, un niño que él conoce muy bien está de rodillas buscando algo en un arcón y le da una buena vista de su trasero pequeño; el mayor desvía la mirada y sólo abre la boca.

- ¿Qué estás buscando, Matthew?

- ¡Ah! –se voltea. Tiene una sonrisa en la cara y algo en las manos. Alfred lo observa bien.

- ¿Qué tienes ahí?

- Tío Arthur nos dejaba jugar con las cosas de Alicia luego del cuento. A mí me gusta mucho el vestido.

Alfred se ríe un poco, acercándose.

- Pero los vestidos son de niñas.

- Pero yo luzco similar.

Está de acuerdo.

- Dame eso, Mattie.

El pequeño frunce el ceño y no se lo quiere dar. Ambos forcejean lejos del arcón y entre la lucha llena de risas por parte de Matthew, Alfred pierde el equilibrio, cayendo contra el suelo y llevándose al niño con él. Cuando acaban un poco la revolución, se toca la cabeza, se ha mareado. Tiene a Matthew bajo él aún con el vestido en la mano y esa expresión, la misma de sus sueños.

- ¿Te gustaría verme con un vestido, tío Alfred? Sé que has querido jugar conmigo desde que llegaste aquí.

Alfred niega.

- Qué estás diciendo…

- ¿No te gustan las niñas? Entonces sin vestido –lo tira lejos. El mayor le ve hacer eso sin creerlo.- Vamos a jugar, tío Alfred.

Matthew le rodea el cuello con sus brazos delgados y el rubio no puede moverse. Su cabeza está diciéndole que es un sueño como el de la noche anterior, pero las sensaciones en su cuerpo prueban que es realidad.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores…

- Shh… sé que conoces a Dios, pero vamos a conocernos nosotros ahora.

Mattie le caya con un dedo, porque Alfred mantenía los ojos cerrados y le obliga a abrirlos.

Ese niño será su perdición, está sucumbiendo ante la tentación.

Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.


:Z ¿Qué pasará? Alfred, darling, no eres tan fuerte... ¿o sí? xd Yayayaya espero les guste xd Gracias por sus reviews, saben qué? los contestaré pronto, lo prometo xd Nos veemos! ¿reviews?