~~~~~ España ~~~~~
Llevaban cinco minutos esperando a que Mark y Nubi se presentaran en la frontera. Aunque también era culpa suya por llegar diez minutos antes. Los ojos azul profundo de la chica miraron por un momento al chico que tenía a su lado. Tenía el pelo negro, que una mecha azul adornaba. Los ojos eran marrón oscuro, casi negros. Vestía una camiseta roja lisa, sin adornos, y unos pantalones vaqueros, el conjunto lo sellaban unas zapatillas rojas. Su cuerpo en conjunto era atlético, y para no serlo, dado que el chico hacía un triatlón todas las mañanas. Primero, nadaba un kilómetro en la playa, 500m mar adentro y otros 500m hacia la orilla, luego corría por el paseo marítimo hasta que este se acababa, donde se daba la vuelta y volvía a su casa, no contento con eso, se cogía la bicicleta y se recorría el paseo unas tres veces más, por lo menos. Muchas veces se preguntaba si el chico dormía. Ella apartó sus ojos y los dirigió a por donde supuestamente aparecerían sus amigos.
El chico, al sentirse observado, miró a la chica que se encontraba a su lado. Esta estaba mirando al otro lado, seguramente para ver si venían los dos a los que estaban esperando. Si hubiese tenido que describirla en pocas palabras, hubiese usado tan solo dos, "Muñeca de porcelana". Bueno, vale eran tres, pero el "de" no contaba. Llevaba dos trenzas que le caían por el pecho, dándole un aspecto más infantil del que ya tenía de por si. Su pelo era rubio platinado, sus labios eran acorazonados y de color rosado, su piel era blanca como la nieve y sus ojos azules y profundos como el mar. Todo aquello le confería un aspecto de muñeca de porcelana que llamaba la atención. "O de fantasma, según como se mire" pensó el chico con sorna, mientras que una sonrisa maliciosa aparecía en su rostro, lo que hacía que a más de uno se le pusieran los pelos de punta. Vestía unos pantalones cortos verde hierba, una camisa que dejaba un hombro al descubierto azul turquesa y unos zapatos abiertos del mismo color. Dirigió la vista hacia donde miraba la chica aburrido.
Entonces vio a dos chicos que cruzaban la acera y se acercaban a ellos. Un chico y una chica. La chica tenía el pelo suelto, unos pantalones vaqueros cortos, una camisa de tirantes fucsia y unas zapatillas de deporte Nike blancas, con el logotipo a los lados fucsia. "Es que ir de compras es un gran deporte" se dijo el chico. El que le acompañaba vestía una camisa que le venía justa. A rayas grises y azules, unos pantalones vaqueros que le llegaban por la rodilla y unas converses grises. Se trataban de Mark y Nubi.
La chica que estaba a su lado se acercó a Nubi y le dio un abrazo, las dos eran mas o menos de la misma altura.
-¡Feliz Cumpleaños! – dijo con una gran sonrisa.
-Gracias Anastasia – dijo Nubi, abrazándola, una vez recuperada de la sorpresa inicial.
Cuando Anastasia soltó a Nubi el chico, que había estado apoyado a una pared cual modelo se acercó a ella. La cogió por la cintura y la elevó en el aire mientras decía:
-¡Feliz Cumpleaños enana!
-Tiago yo también te quiero.– dijo entre risas – Pero me estás aplastando – dijo un poco agobiada.
-Lo siento – dijo Tiago entre risas, mientras dejaba de nuevo a Nubi en el suelo.
-Yo también me alegro de veros. – dijo Mark, apartado.
-Baya Mark, cuando has llegado. – dijo Tiago – No te habíamos visto tío.
Mark encarnó una ceja, lo que hizo que todo el grupo de amigos riera.
-Ya, gracias chicos, sois los mejores – dijo Mark en tono irónico.
-Bueno y, ¿cuál es el plan para esta tarde? – preguntó Tiago. Nubi y Anastasia se miraron y sonrieron.
-¡Ir de compras! – dijeron las dos a la vez.
-¿Ir de compras? – preguntó Tiago fastidiado. – Podríamos ir al King Basting a echar una partida de bolos o a patinar sobre el hielo.
-Es una gran idea – dijo Anastasia – Pero las opciones que hay son ; ir de compras, o ir de compras, o que te parece ir de compras – dijo con una sonrisa infantil en la cara – aunque también podríamos...
-¡Vale, vale! – le interrumpió Tiago – Ya lo he captado. Iremos de compras. – dijo no muy animado.
Nubi y Anastasia se miraron y sonrieron de nuevo, se habían salido con la suya. Los chicos no sonrieron. Tener que pasar un día de compras con las dos chicas era mortal. Podían recorrerse la calle real de punta a punta, incluida la plaza del reloj unas diez veces en lo que quedaba de tarde. Y lo peor de todo, era que a los chicos siempre les tocaba cargar con todas las bolsas, mientras que ellas miraban los escaparates, entraban en alguna otra tienda o se comían un helado, y ellos, cargados como mulas. En ese momento a Mark se le ocurrió una idea. Se acercó a Tiago y le susurró su idea al oído, de tal manera que las chicas no pudieran oírlo. Tiago sonrió de una manera que a las chicas no les gustó nada, es más, les daba miedo. Tiago siempre ponía esa sonrisa cuando iba ha hacer algo realmente malo, y las chicas sabían que ellas eran ahora su objetivo.
-No...nos repartiremos las bolsas, lo prometemos – dijo Nubi, con una sonrisa forzada y un tono nervioso. – Será mejor que vallamos ya a la plaza, si no, no llegaremos nunca.
-Si, será mejor que nos pongamos en marcha. – dijo Tiago, que había dejado de sonreír, pero en sus ojos se veía que iba a seguir el plan de Mark.
Pasaron la frontera enseñando los DNI, en la frontera Española no hubo ningún problema, pero en la Inglesa les pararon al ser Nubi y Anastasia menores de edad. Después de que les enseñaran las autorizaciones para menores, les dejaron pasar. Caminaron hacia el centro de Gibraltar, dónde estaban la plaza del reloj y la calle real. Nubi y Anastasia iban charlando y abriendo camino, ya se habían olvidado de lo de Tiago, los chicos iban atrás y miraban como las dos chicas hablaban mientras ataban todos los cabos sueltos de su plan.
Nubi y Anastasia eran muy buenas amigas desde que esta última entró al instituto. Un día en el que Mark se había puesto enfermo y no fue a clase, Nubi fue a la biblioteca del instituto. Se sentó al lado de Anastasia, a la que solo conocía de vista. Nubi estaba en segundo de la E.S.O. y Anastasia acababa de entrar a primero. Entonces Nubi vio que Anastasia estaba leyendo Crepúsculo, de Stephanie Meyer, un libro que ella había leído el año pasado cuando entró al instituto. Empezaron a charlar y se hicieron amigas, en Anastasia encontró una compañía que no podía darle Mark. Por supuesto el seguía siendo su mejor amigo, tantos años juntos no se borraban fácilmente, a parte de que él siempre sabía que hacer cuando Nubi le contaba sus problemas. Pero cada vez que Nubi le mencionaba algo relacionado con ropa, maquillaje o cualquier otra cosa de chicas a este se le quedaba cara de pan.
Tres años después, vino un chico de intercambio, Tiago. Por lo visto era un primo lejano de Anastasia. Esta se lo presentó a Nubi y a Mark. Mark y Tiago hicieron migas enseguida, pero a Nubi le costó un poco adaptarse al carácter de Tiago, por no hablar de que al principio le daba miedo. Pero después descubrió que era un gran chico y se hicieron amigos. Él estaba en su curso y compartían varias clases.
Llegaron rápidamente a la plaza del reloj, dónde había mucha gente, sobretodo joven. La plaza estaba atestada, los chico y chicas iban de aquí para aya con sus bolsas de haber comprado, también había algunos sentados por los restaurantes y heladerías. La calle real estaba igual, la gente iba y venía, se detenía a ver los escaparates y entraba en las tiendas.
-Bueno, ya estamos aquí – esas fueron las primeras palabras que Tiago dijo después de todo el viaje en silencio.
-¿A dónde vamos primero? – dijo Nubi.
-Pues podríamos ir a la tienda de licores, a comprar un par de botellas de Bacardi.
-¡Mark! - Le recriminó Nubi.
-!Ups¡ Se me olvidaba que eres Miss Responsable – dijo Mark.
-Eso no es verdad – dijo Nubi con la cara un poco roja de la rabia.
De todos los de su clase, ella era la única que no había probado ni una gota de alcohol en su vida, ni tampoco fumado, por eso le habían puesto el mote de Miss Responsable. Por que nunca se arriesgaba a nada. De echo, a Mark le sorprendió mucho su proposición de ir a aquella fiesta.
-Vale, vale – dijo Mark – no quería ofenderte.
-Pues lo has hecho – dijo Nubi, cogiendo de la mano a Anastasia y poniendo dirección hacia la primera de las tiendas.
Mark fue detrás de ella, no quería que estuviera enfadada el día de su cumpleaños. Tiago iba por detrás siguiendo a las chicas y a Mark. Mark llamaba a Nubi, pero esta no le hacía ni caso. Al final Nubi entró a la tienda a la que se dirigía, seguida de Anastasia que se quejaba de que iba muy rápido, luego entró Mark y después Tiago. Mark abrazó a Nubi por detrás poniendo las manos en ningún lugar comprometido.
-Vamos Nubi perdóname – dijo Mark a su espalda.
-Ni lo sueñes – dijo ella, intentando zafarse de su abrazo de oso.
Anastasia observaba la escena avergonzada, todo el mundo en la tienda los miraba. Tiago observaba divertido como Nubi se debatía por soltarse de Mark y como Mark la apretaba un poco más para evitar que escapara. En ese momento Mark se dio cuenta de que era inútil, así que optó por cambiar de táctica. Se puso de rodillas en frente de Nubi, puso sus manos como si fuera a rezar y dijo con tono triste:
-¿Perdonas a este tonto idiota que te ha dicho tantas tonterías?
Entonces Nubi se dio cuenta de que todo el mundo los miraba. No estaba dispuesto a perdonarlo, todavía estaba enfadada con él . Pero al final la presión venció.
-Si, te perdono. Pero levántate ya.
-A la orden – dijo Mark con una sonrisa en su cara mientras se levantaba de un salto.
-Vamos a otra tienda anda – dijo Nubi avergonzada.
Se pasaron toda la tarde de tienda en tienda. Las chicas miraban los escaparates, entraban y se probaban ropa, luego salían de los probadores y los chicos juzgaban. Mas bien, se limitaban a decir que todo les quedaba perfecto, puesto que a Nubi y Anastasia les daba igual lo que pensaran, se lo compraban de todas maneras. Anastasia rápidamente se fundió el dinero que traía, pero a Nubi todavía le quedaba bastante, así que fueron a más tiendas, mientras que las bolsas se multiplicaban, a los chicos les dolía cada vez más los brazos. Al final de la tarde, fueron a un par de tiendas de deporte, a las que los chicos querían ir y donde estos se compraron ropa deportiva. Después fueron a otras tiendas, en donde los chicos se compraron mas cosas. Aún así no se libraron de llevar las bolsas de las chicas.
Cuando estaba a punto de anochecer se fueron a la heladería que siempre iban para tomarse un par de helados fresquitos, por que tenían mucho calor después de todo el día de compras. Dejaron las bolsas en una mesa de las que había fuera y las chicas se dispusieron a entrar en el local cuando los chicos se les adelantaron.
-Tranquilas, ya vamos nosotros, vosotras tenéis que descansar después de esta larga caminata. – dijo Mark con una sonrisa tranquilizadora.
A las chicas esto les pareció extraño, pero les dolían tanto los pies que no se pararon a pensárselo demasiado. Como siempre pedían lo mismo, los chicos sabían lo que pedir. Se dieron la vuelta y fueron a su mesa donde se sentaron. Los chicos entraron al local.
-¿Crees que se nos ha visto el plumero? – preguntó Tiago.
-No lo creo, sino no nos habrían dejado entrar solos. – contestó Mark – ¡Hey! Alex. – Llamó al chico que servía los helados.
-Hola Mark – saludó el chico – cuanto tiempo, no te veía desde que entraste a la universidad.
-Si ya...oye, necesito que nos hagas un favor a Tiago y a mi – dijo Mark. Alex era un año menor que él, siempre le había caído bien.
-¿Qué se te ofrece? – preguntó Alex.
-Verás, quiero que al pedido de aquellas dos señoritas – dijo señalando a Nubi y a Anastasia que estaban sentadas charlando en la mesa. – Le eches esto. -dijo sacando un bote de tabasco del bolsillo.
-De acuerdo, pero si os preguntan, yo no se nada de cómo llegó ahí el tabasco, si lo descubren me despiden. – dijo. Mark asintió. – Y, ¿puedo saber que os han hecho Nubi y Anastasia para que toméis represalias? – preguntó Alex, mientras preparaba los dos batidos helados y les echaba el tabasco.
-Digamos que tenemos una cuestión de peso para hacer esto – dijo Tiago.
-Nos han hecho llevar todas esas bolsas todo el día – explicó Mark.
-¿¡Todas esas!? – dijo Alex alarmado, mirando por un momento por encima de la barra. Mark y Tiago asintieron.
Cuando los helados de Mark y Tiago estuvieron listos, al igual que los batidos helados de Nubi y Anastasia, los cogieron todos y fueron hacia la mesa. Las chicas estaban charlando y ni los miraron, ellos se limitaron a dejar los batidos helados en frente de cada una de las chicas. Estas, como si estuvieran sincronizadas bebieron a la vez. Mark y Tiago esperaron unos segundos a que el picante hiciera efecto. El rostro de Nubi cambió, al igual que el de Anastasia. Dejaron de beber y escupieron lo que les quedaba en la boca.
-¡Agua! – gritó Nubi, con las mejillas coloradas como dos tomates.
Mark y Tiago estallaron en carcajadas al ver a las dos chicas. En ese momento Nubi y Anastasia se dieron cuenta de que los culpables de lo que les estaba pasando eran ellos dos. Se enfurecieron y empezaron a perseguirlos por toda la plaza. Mark en un momento dado se giró, cogió a Nubi que era la que lo estaba persiguiendo, y se la cargó al hombro. Ella pataleaba y le pegaba puñetazos diciendo que la soltara, mientras que el decía:
-¡Se vende saco de papas! A euro, a euro.
En ese momento Nubi empezó a reírse, lo hacía igual que los vendedores del mercadillo, no podía enfadarse con él, y menos cuando imitaba tan bien. Cuando Nubi se tranquilizó, Mark la bajó hasta el suelo. En ese momento llegó Tiago, que llevaba a Anastasia cargada a la espalda como si fuera un mono, haciendo que pareciera mas pequeña e infantil de lo que ya era. Los chicos se disculparon, y ellas los perdonaron. Había anochecido del todo y decidieron volver a casa, cuando el reloj daba las once en punto. Tiago y Anastasia se despidieron de Mark y Nubi, Tiago llevaba todas las bolsas, mientras que Anastasia se comía su helado. Anastasia siempre conseguía lo que quería sobretodo si era su primo y ponía cara de niña pequeña perdida. Nubi y Mark fueron hacia la calle donde los dos vivían, cada uno cargando con las bolsas que les correspondían, pero a mitad del camino Nubi no podía mas con sus bolsas. Y Mark sin decirle nada le aligeró el peso quitándole unas cuantas. Llegaron a sus casas. Cuando Nubi iba a entrar en su casa Mark la llamó.
-¡Nubi! Espera un momento. – Mark se acercó a ella, mientras esta miraba a Mark interrogante – Toma, es para ti.
Le tendió una mano, en la que había una cajita decorada con papel de regalo blanco y con un precioso lacito rojo.
-Mark dije que no quería regalos – dijo Nubi mirándolo con reproche y con gratitud, por comprarle algo.
-Bueno, no puedo devolverlo, puesto que lo he hecho yo. Así que será mejor que lo aceptes. – dijo él con una sonrisa en la cara.
Ella cogió con cuidado la cajita como si en cualquier momento pudiera romperse. La abrió lentamente con curiosidad. Lo que había dentro la dejó sin palabras. Era un colgante con un lobo tallado en madera, un amuleto. El lobo estaba aullando. A Nubi siempre le habían gustado los lobos, le parecían criaturas fascinantes. Apretó el colgante contra su pecho y miró a Mark.
-Muchas gracias. Es precioso. ¿De verdad que lo tallaste tu mismo? – Mark asintió.
Nubi abrazó a su mejor amigo y le volvió a dar las gracias. Luego se despidió y entró en su casa, dejando a Mark en la puerta.
~~~~~ México, En ese momento ~~~~~
Dia y Polly se encontraban en la entrada de una nave perteneciente a la banda. Iban a tener una reunión después de lo ocurrido esa mañana. Dia envió un mensaje contándoselo todo a Marco, este le dijo que se reunieran Dia y Polly con él a las cuatro de la tarde en aquella nave. Después de mandar el mensaje le explicó a Polly el por que de su frenética huída. Dia y Polly entraron, dejando la moto de Dia fuera aparcada, en la que habían venido los dos. Cuando pasaron dentro de la nave, vieron que adentro había varias personas más de las que esperaban encontrarse. Marco se encontraba sentado en una silla detrás de un escritorio, como un auténtico mafioso. Julio estaba apoyado en la pared que había detrás de Marco. En un sillón se encontraban sentados una chica bajita, de metro cincuenta, tenía el pelo rubio suelto y liso cayéndole a los dos lados de su cara, las facciones de su cara eran finas y sus ojos avellanas se giraron hacia ellos cuando los vio entrar. A su lado se encontraba un chico que le sacaba una cabeza, tenía el pelo del mismo color que el de su hermana, este caía desordenado sobre su frente, sus ojos turquesas se pararon unos segundos en Dia y Polly, sus facciones eran elegantes, su piel era blanca al igual que la de su hermana, saludó a Dia y a Polly con un asentimiento de cabeza y luego volvió a mirar la televisión que se encontraba enfrente del sofá.
La verdad es que la nave por dentro no parecía una nave, mas bien parecía un salón bastante grande. Dia se acercó a donde se sentaba Marco, seguido de cerca por Polly. El aspecto de Marco era bastante intimidante, no pasaría de tener 25 años, pero era el jefe de una gran banda lo que tenía bastante mérito, su pelo era rojo, rojo como la sangre, algo bastante raro en México, sus ojos eran negros como los de Dia, pero en su interior podía leerse la maldad y crueldad que ese hombre poseía, lo que hacía que la gente temblara de terror . Su cuerpo era muy musculoso, y estaba marcado por tatuajes de la banda. Marco miró a Dia directamente a los ojos, a él nunca le había dado miedo el ver esa maldad, pero si que sentía una sensación de incomodidad.
-Dia, me responderías a una pregunta – dijo Marco con un tono sereno, que podía ser bien mortal.
-Por supuesto – contestó Dia con voz calmada.
-¿No te parece que he sido demasiado generoso con esos dos chicos? – preguntó seguía siendo serena, pero había un tono peligroso en esa pregunta que hizo que los pelos de la nuca de Dia se erizaran.
-¿A que se refiere con "demasiado generoso"? – preguntó Dia, su tono se había vuelto algo nervioso.
-A que esos chicos, primero; hicieron remodelaciones en mi coche, y sabes que no me gusta que nadie toque mi coche, segundo; tienen el descaro de amenazarte, tercero; entran en mi territorio, cuarto; os persiguen a ti y a Polly. Y aún así todavía no están bajo tierra.
-Si, creo que ha sido muy generoso – dijo Dia.
-Era lo que pensaba. – comentó Marco. – Dia, Polly, Sebastián y Anni – dijo mirando a cada uno de los nombrados. – Quiero ver como a esos tíos se los comen los gusanos, ¿me he explicado bien?
-Si – contestaron los cuatro a la vez.
-Bien, tenéis hasta mañana por la mañana. Podéis iros.
Sebastián y Anni se levantaron del sofá y pusieron rumbo a la puerta para salir. Dia le dio la espalda a Marco y se dirigió también a la puerta, seguido por Polly.
-Polly espera un momento – dijo Marco.
Dia que ya se encontraba al lado de la puerta se dio la vuelta. Polly con un único movimiento de cabeza le indicó que se fuera. Este asintió, abrió la puerta y la cerró tras de sí, luego se apoyo en su moto esperando a que Polly saliera. Por su parte Polly se acercó a Marco, que se había levantado de su silla. Cuando llegó a su lado Marco la miró desde arriba, dado que era alto, haciendo que Polly se sintiera muy pequeña.
-No quiero que le ocurra nada, cuida de él, como le pase algo... ya sabes cuales serán las consecuencias – dijo Marco con toda su maldad, haciendo que las manos de Polly temblaran como un flan.
Esta asintió y salió de la nave lo más firme que pudo. Afuera se encontraba Dia apoyado en su moto, charlando animadamente con Sebastián y Anni. Ella se acercó y preguntó:
-¿Por donde empezamos a buscar?
-No tengo ni idea – dijo Sebastián.
-Será como buscar una aguja en un pajar – apostilló su hermana.
-Tenemos hasta mañana por la mañana – Dia suspiró – será mejor que empecemos ahora mismo.
-Llevas razón – dijo Polly.
-Bien, vosotros buscad por la escuela y los alrededores – dijo Dia dirigiéndose a Sebastián y a Anni – Yo y Polly buscaremos por el centro. Con un poco de suerte todavía estarán en nuestro territorio.
-¿Y si no los encontramos? – preguntó Sebastián.
-Nos reuniremos cuando anochezca en frente del Parque de la Alameda.
La verdad es que a Polly, Dia siempre le había parecido un gran estratega desde que esta lo conoció. Se montó detrás de Dia en la moto, como hizo esa mañana. Se despidieron de Sebastián y Anni. A estos los habían conocido cuando entraron en la banda. Los pusieron juntos en varias misiones, dado que eran todos unos novatos. Poco a poco, empezaron a hablar con ellos de cosas que no estaban relacionadas con la banda y se hicieron amigos. Pero Dia y Polly, sabían que no podían sustituir la amistad que había entre ellos dos.
Polly y Dia se pasaron toda la tarde buscando por el centro, en los parques, por las calles, miraban a través de los escaparates por si estaban dentro de una tienda... pero nada. Decidieron ir ya al Parque de la Alameda dado que ya se acercaba la hora a la que habían quedado con Sebastián y Anni. Las calles volaban a su paso por la velocidad con la que conducía Dia y en menos de lo esperado tenían el parque en frente. Dia aparcó al lado de un coche verde pistacho, que para su gusto era horroroso. Bajaron de la moto y se apoyaron en el coche sin hablar. Tuvieron que esperar un poco, dado que todavía no había anochecido del todo. Unos diez minutos más tarde, una moto roja aparcó al lado de la de Dia, se trataba de una Kawasaki Ninja 250R. La conducía Sebastián, su hermana iba detrás de él y lo agarraba por la cintura. Sebastián y Anni bajaron de la moto y se quitaron los cascos.
-¿Alguna novedad? – preguntó Sebastián a Dia, a lo que este negó con la cabeza.
-¿Y vosotros? – preguntó Polly.
-Que va – dijo Anni – Esos asquerosos se han escondido como ratas.
-¡A quiénes llamas ratas! – dijo una voz.
Ese fue el único aviso que tuvieron antes de que comenzaran a dispararles desde algún lugar del parque. Rápidamente los cuatro se tiraron al suelo y se arrastraron hasta quedar detrás de coche verde pistacho. Pero eso no hizo que los disparos cesaran. Pedazos de los cristales rotos del coche cayeron sobre sus cabezas. Sebastián, Anni y Dia sacaron sus pistolas. A Polly la suya se le había caído cuando se tiró al suelo y estaba desesperada.
-Cuando yo cuente tres – dijo Dia – disparad al parque, a donde sea, ¿entendido? – preguntó, Sebastián y Anni asintieron mientras Polly intentaba alcanzar su pistola con una mano. – Bien, una ... dos ... ¡tres! – gritó.
Se incorporaron rápidamente a la vez y empezaron a disparar. Los otros tenían ventaja, puesto que sabían donde se encontraban, mientras que Dia, Sebastián y Anni tenían que disparar a ciegas con la esperanza de darle a alguien. En ese momento se oyó un grito y Dia supo que le había dado a alguien, se guió por el grito y empezó a disparar a aquella zona a bocajarro, lo mismo hicieron Sebastián y Anni. Entonces los disparos cesaron y se oyeron pisadas, estaban huyendo. Ellos también dejaron de disparar.
-¡Cobardes, volved aquí! – gritó Sebastián.
Este cruzó la calle corriendo para ver si al que le había dado Dia estaba muerto. Y en efecto, lo estaba. Era el chico que esa mañana había reconocido a Dia, estaba tirado en el suelo. Sus ojos estaban cerrados y su pelo moreno le tapaba parte de los párpados. De su pecho rosas rojas florecían a borbotones, mientras que varias se desperdigaban por el suelo que había a su alrededor, decorando el césped del parque. Su pistola estaba unos metros por detrás de él. Sebastián se acercó y le pegó una patada en el pie, no se movió. No había ni rastro de sus compañeros.
En ese momento un grito de Polly rompió el silencio que se había formado después del tiroteo y la huída. Sebastián corrió de vuelta hacia donde estaban los demás preocupado.
-¡Dia, tu brazo! – chilló medio histérica Polly.
En ese momento Dia miró a su brazo alarmado y todo su cuerpo se tensó. Le habían dado. Un disparo había impactado contra su brazo, y por lo visto la bala seguía dentro de él, puesto que no había agujero de salida. No había sentido nada debido a la adrenalina que le circulaba por el cuerpo. Y en ese momento el dolor se hizo presente.
-¡Joder! – gruñó.
Con la mano del otro brazo se taponó la herida para que no le sangrara y perdiera mucha sangre. Lo raro era que casi no salía sangre de la herida, aunque eso a él no le importaba mucho. Le dolía, y dolía demasiado. Dia había recibido disparos antes y claro que dolían, pero no tanto como aquel, y temió que le hubiera alcanzado algún tendón o nervio.
-Hay que llevarlo a un hospital – dijo Polly histérica.
-No podemos llevarlo a un hospital – dijo Anni – ¿Qué haremos si preguntan que le ha pasado?
-Tenemos que hacer algo, sino se morirá – contestó Polly señalando a Dia que se había puesto de rodillas en el suelo.
-Polly, tranquilízate – dijo Sebastián, sacudiendo un poco a Polly. Cuando se tranquilizó, este se acercó a Dia y se puso en cuclillas a su lado – Tío, ¿te duele mucho?
-No, es que grito por que soy fan de Marilyn Manson, ¡no te jode! – exclamó enfadado.
Cuando a Dia le herían era mejor no acercarse a él, se ponía furioso por el dolor. Se ponía a decir palabrotas a diestro y siniestro, de hecho Anni y él aprendieron un par de palabras nuevas. Además, era como un tigre herido, impredecible.
-Se a dónde podemos llevarlo. – dijo Sebastián mirando a Polly y a Anni aún sin levantarse – ¿Crees que podrás aguantar un viajecito en moto? – preguntó a Dia.
-Todo con tal de que me quitéis esta puta bala del brazo.
-Esta bien. – dijo ayudando a que Dia se levantara. – Anni, yo llevaré a Dia, tu lleva a Polly en mi moto.
-¿A dónde? – preguntó.
-A casa de Andrés. – dijo Sebastián, a lo que Anni asintió.
Sebastián ayudó a Dia a montarse en la moto, mientras que las chicas ponían rumbo a la casa de Andrés. Sebastián se montó en la moto y siguió a las chicas. Andrés era un antiguo miembro de la banda, un día conoció a Isabela y decidió dejar la banda para formar una familia. Claro, eso tenía un precio. Andrés había estudiado medicina, por lo que era el médico de la banda para los casos graves como este. A cambió, la banda les brindaba protección ante cualquiera que quisiera hacerles daño y los dejaban en paz. Su casa estaba cerca de aquel parque, donde a menudo iba con su mujer y su hija, María. Llegaron en unos pocos minutos, y menos mal por que Dia empezaba a quejarse de verdad.
Anni tocaba a la puerta de la casa repetidas veces mientras que Polly y Sebastián ayudaban a bajar a Dia de la moto. La casa era de una sola planta, de color blanco. Tenía un bonito porche, y en el patio delantero había varias flores y plantas. Justo cuando Sebastián y Polly llegaron con Dia a la puerta, esta se abrió. Tras ella apareció un hombre de no más de treinta y cinco años, su pelo era castaño claro y sus ojos verdes miraron a los cuatro chicos con una mezcla de amabilidad y curiosidad. Anni se apartó hacia un lado, dejando ver a Andrés el brazo de Dia, que estaba manchado de sangre. No hizo falta decir nada, los ojos de Andrés pasaron de la curiosidad inicial a la comprensión.
-Pasad – dijo con voz firme.
Anni pasó la primera al interior de la casa. Sebastián y Polly pasaron con Dia cuando Andrés se hizo a un lado. Cuando todos entraron, este cerró la puerta detrás de ellos. Los condujo a través de un gran salón. Tenía una chimenea con un sofá al lado, lo que le daba un aspecto bastante acogedor. También había otro sofá delante de una televisión, ahora apagada. En las paredes había varias estanterías con libros, la mayoría de medicina. Todo aquello, creaba una atmósfera bastante agradable. En el salón, al lado de la chimenea se encontraba una mujer con una niña dormida en brazos. La mujer tenía el pelo dorado, la piel tostada y unos profundos ojos chocolates. Cuando Andrés pasó por su lado le dijo:
-Calienta una barra de hierro.
La mujer asintió. Por lo visto estaba acostumbrada a ver a gente desangrándose en su casa, por que ni se inmutó cuando Dia pasó por su lado apoyado en Sebastián y Polly. Y se predispuso a hacer lo que su marido le había pedido. Andrés los guió hasta una habitación que se parecía mucho a una sala de operaciones de un hospital. Había de todo, desde gasas hasta bisturís y calmantes.
-Ponedlo aquí sentado, encima de la camilla – dijo Andrés mientras sacaba un par de cosas de los cajones.
Sebastián y Polly ayudaron a Dia a que se sentaran en la camilla, mientras que Andrés volvía con gasas, pomada, aguja e hilo para seguramente coserle la herida, unas tenazas y un de cosas más. Sebastián y Anni decidieron salir de la sala, para dejar más espacio, dado que no era muy grande.
-La bala no ha salido, ¿verdad? – dijo Andrés inspeccionando la herida.
-No, cree usted que a podido tocar un tendón o algo, dice que le duele mucho – apostilló Polly.
-Creo que ha llegado al hueso pero no estoy seguro, tienes el brazo muy tenso, lo que ha tapado los vasos sanguíneos haciendo que no sangres, pero también a tapado el interior de la herida, por lo que tendrás que relajarlo para que pueda llegar a la bala – explicó Andrés, haciendo uso de sus conocimientos médicos – Toma esto para morderlo – dijo Andrés tendiéndole un trozo de cuero que puso en su boca – Te va a doler – comentó Andrés ante la mirada de Dia.
-¿No le puede poner calmantes o algo? – dijo Polly mirando a Dia preocupada por el sufrimiento de su amigo.
-Los calmantes tardan tiempo en hacer efecto, a demás sería perder un tiempo precioso – contestó Andrés, mientras que le ponía a Dia una goma atada fuertemente en el brazo para disminuir el flujo de sangre en lo que durara la intervención, no quería que muriese desangrado por un disparo – Bien, ahora necesito que relajes el brazo para que pueda sacarte la bala.
Lentamente Dia relajó en brazo, lo que hizo que un reguero de sangre bajara como si se tratara de una cascada por su brazo hasta llegar a la camilla. Enseguida sintió como Andrés metía por el agujero de su brazo unas tenazas esterilizadas. Llegó al final, donde se encontraba la bala incrustada, abrió las tenazas y cogió la bala. Eso hizo que una oleada de dolor se extendiera por el cuerpo de Dia hasta llegar a su cerebro. Automáticamente mordió el cuero con toda la fuerza de sus mandíbulas, mientras intentaba reprimir un gemido. Andrés sacó la bala de un solo tirón, lo que dio paso a una nueva oleada de dolor. Dia agachó la cabeza y jadeó, haciendo que la tira de cuero se cayera al suelo. Había perdido mucha sangre a pesar de la goma que la había puesto Andrés y eso juntado con el dolor hacía que la vista se le nublara, y estaba a punto de desfallecer. Su cuerpo estaba cubierto de un sudor frío y temblaba como gelatina. En ese momento alguien le tomó el rostro con las dos manos y lo alzó. La cara de Polly apareció borrosa en su campo de visión.
-Que ni se te ocurra morirte, Diaboli Fuentes. – dijo seria.
Toda su cara reflejaba seriedad, pero si mirabas atentamente a sus ojos, veías que detrás de aquella seriedad había un miedo atroz. Miedo por perder a su mejor amigo. Miedo por no poder seguir gastándole bromas. Miedo por no verle reír mas. Y debajo de todo aquello, miedo por tener que enfrentarse a Marco y a su padre.
Si Dia pudiese haber sonreído, lo habría hecho, no le había llamado así desde ese día en el que se conocieron. Pero no pensaba rendirse así como así, iba a vivir si o sí. "Además, como voy a dejar a todas esas muchachas que están deseando tener una cita conmigo solas y sin compañía" pensó. Mas tarde se daría cuenta de cuán irónicas eran sus palabras.
-Puedo cerrarte la herida con unos cuantos puntos, – dijo Andrés – o también puedo cerrártela sellándola con un hierro caliente.
-El hierro – dijo Dia con voz rota. Tubo que hacer un esfuerzo enorme para poder decir aquellas dos únicas palabras.
-Dia, no lo puedes estar diciendo enserio – dijo Polly, soltando su cabeza, haciendo que quedara en la misma posición que antes. – Los puntos no te dolerían nada, ¿es que quieres sufrir más? – preguntó alarmada.
-¡Escúchame pequeña idiota! – dijo Dia aparentemente enfadado – En cuatro años que estoy en la banda, mi madre todavía no se a dado cuenta de que estoy metido en los Latins Demons. Y ahora no estoy dispuesto a estropearlo por cinco segundos mas de aguantar el dolor.
-Pero aún así tu madre verá la quemadura.
-Es más fácil explicar la quemadura que la herida cerrada por un disparo – dijo Dia cogiendo la tira de cuero. – No se hable más. – terminó mirando a Polly a los ojos y poniéndose la tira en la boca.
Una corriente eléctrica recorrió la espina dorsal de Polly. Esos ojos la habían atrapado, haciendo que todos los pelos de su cuerpo se pusieran de punta. Un sudor frío recorrió su espalda. Estaba asustada, y mucho. Los ojos de Dia habían cambiado. No es que Dia fuese el hombre más bondadoso del mundo, pero si que era buena persona. Y en ese momento vio una maldad en su interior equivalente a la mirada de Marco, no mucho mas allá, equivalente a la mirada de su padre. "Está despertando" pendo Polly.
En ese momento llegó Andrés con el hierro que estaba incandescente y Dia apartó la mirada de Polly para mirar a Andrés. Polly volvió a respirar, dado que había estado inconscientemente aguantando la respiración. Andrés se acercó a Dia hierro en mano.
-¿Preparado? – dijo, acercando un poco el hierro.
-Hazlo rápido – contestó Dia.
Andrés cogió el brazo de Dia para que no se moviera y luego puso la parte incandescente encima de la herida para sellarla. Dia creía que nada había peor que lo que le había pasado antes. Y no sabía cuanto se equivocaba. Tenía la sensación de que le habían puesto un sol en miniatura en el brazo, que le abrasaba la carne. Su cuerpo no pudo aguantar más. Y todo se hizo negro.
