Disclaimer: Once Upon a Time no me pertenece. La idea y los personajes son propiedad de ABC&Kitsis&Horowitz

Basado en una canción de la banda "Mumford and Sons".

Despierta mi alma.

I

How fickle my heart and how woozy my eyes
I struggle to find any truth in your lies

(Cuan liviano es mi corazón, cuan nublado están mis ojos.

Me cuesta encontrar la verdad en tus mentiras.)

Lo último que Emma va antes de que la niebla la invada son los azules, asustados ojos de Henry cerrándose con fuerza, su pequeña mano sosteniendo la suya. Entonces todo se vuelve confuso, y el aire alrededor de ella se espesa, obligándola a ceder ante el peso, a caer al suelo. Nunca cae, sin embargo. Flota en la niebla, en la cálida sensación que la envuelve, en el fuego de una magia tan real como su propio miedo. La siente impregnarse en cada poro de su piel, cambiándola, sacudiéndola, viajando por su torrente sanguíneo, golpeando con cada latido de su corazón. La envuelve entonces una sensación interminable, infinita, desde el centro de su pecho hasta la punta de sus dedos. Es amor, piensa. Ella no ha amado demasiado en su vida, pero aun así lo sabe. Aquello no es más que el amor más puro, más verdadero. Ah, ¡y qué bien se siente! Es casi como si estuviera intentando llevarla a otro lugar. Y es tentador. Emma ya no teme. Algo tan cálido, tan suave y tan hermoso como lo que está sintiendo no puede ser malo. Tal vez puede quedarse allí. Tal vez puede recostarse en eso, flotar, cerrar los ojos y dormir. Dormir. Emma ni siquiera recuerda cuando fue la última vez que durmió, que tuvo una noche de descanso, sin problemas, sin preocupaciones. Ahora. Ahora no tiene ni problemas, ni preocupaciones. Y esa es la mejor sensación del mundo. Pero eso no dura más de un segundo. Un segundo que parece eterno y, sin embargo, no dura lo suficiente. Y entonces, cuando Emma cree que aquella magia va a terminar con ella… la luz vuelve a encenderse. Sus ojos se abren, sin poder contener la curiosidad, revelándole la brillante sala del hospital. Henry aún sostiene su mano, pero sus ojos ya no están cerrados. No hay rastros del miedo que parecía haberlo atacado segundos antes, y Emma se pregunta si él también ha sentido lo que ella acaba de sentir.

- Henry… ¿estás bien?- murmura, tratando de concentrarse nuevamente. Su hijo sonríe.

- Estás… estás brillando…- susurra él, su pequeña mano soltándose de la de su madre, estirándose para tocarle la mejilla. Emma frunce el ceño.

- Henry, ¿de qué estás hablando?- inquiere ella, comenzando a preocuparse. Entonces nota por el rabillo del ojo que el resto de los empleados del hospital la está mirando con la misma expresión de asombro, casi de devoción. Instintivamente, se mira las palmas de sus propias manos. Henry está en lo cierto: hay algo extraño en su piel, algo nuevo. Parece brillar, centelleando debajo de la luz del sol que se filtra por las ventanas. Un escalofrío le recorre la espalda, y su garganta se cierra.

- No tema, Majestad.- le dice una de las monjas, en un tono dulce, casi displicente. Emma se deja caer en la cama en la que, hasta hace unos momentos, Henry yacía inmóvil y al vilo de la muerte. Cree que va a desmayarse. No sabe que la pone más nerviosa, si las miradas atentas de todos, que parecen esperar de ella algo que Emma no puede darles, o el hecho de que su piel brilla intermitentemente, por lapsos, casi al ritmo de los latidos de su corazón.

- ¿Emma?- Henry dice, acercándose a su madre, con una sonrisa tan brillante en el rostro que Emma cree que su cara va a partirse en dos en cualquier momento.- Emma… ellos recuerdan quienes son…- le dice, lentamente, como si quisiera que ella entendiera algo.

- Lo sé Henry, lo sé. Sólo… dame un minuto…

- No, no entiendes…- dice él, entusiasmándose aun más.- Tú rompiste la maldición. Todos recuerdan quienes son.- enfatiza él. Sólo entonces Emma entiende las implicancias de sus palabras. Ellos recuerdan quienes son. Ellos recuerdan quien es ella. Emma… la hija de Blancanieves y el Príncipe Encantador. Todo este tiempo Emma ha estado tan preocupada por Henry que ni siquiera se ha detenido a pensar en sus propios padres.

- ¿Tu crees que ellos… que mis padres…?- no puede siquiera terminar la idea. Pero no es necesario, tampoco. Porque en cuanto está por ponerse de pie para ir a buscarlos, la inconfundible voz de su madre la llama.

- Emma… - dice, al borde del llanto. Esta se pone de pie. La pequeña multitud que se ha formado en la sala se mueve de pronto, y entonces Emma la ve. Está tan feliz. Emma nunca la ha visto tan feliz. Suspira, caminando hasta su hija. Le tiemblan las manos, tal y como a Emma misma.

- Emma…- su madre repite, sus verdes ojos clavándose en los de ella, sus manos tomando sus mejillas, examinándola con detenimiento, como si la viera por primera vez. Lo extraño es que no la está viendo por primera vez. No es Emma lo que ha cambiado. Ella siente una punzada de dolor porque, al mirar a su madre a los ojos, le cuesta un poco reconocerla. Casi no quedan rastros de Mary Margaret, de la dulce e insegura maestra con el corazón roto. No, piensa Emma, esta mujer no es Mary Margaret. Y por un momento ese pensamiento la asusta tanto que considera la posibilidad de salir corriendo. Pero, entonces, su madre la toma entre sus brazos, sosteniéndola con fuerza, llorando de la alegría, murmurando cosas entre lágrimas que le resultan a Emma inentendibles, pero su tono es tan amoroso, tan puro. Emma no recuerda haber sido abrazada con tanta fuerza, con tanto amor en su vida. Suelta el suspiro que ha estado conteniendo, apoyando su frente en el hombro de su madre, dejándose envolver por ese cálido abrazo tal y como hace unos segundos se dejo envolver por aquella niebla oscura y desconocida. Siente entonces una mano en su cabello, una mano fuerte y segura. Se encuentra con el rostro de su padre en cuanto abre los ojos. Él también está llorando, en silencio, sin decir una palabra, como si quisiera dejar que su esposa tuviera su momento antes de interrumpirla. Y si Emma no reconoce del todo a su madre… su padre le representa un misterio aún mayor. Definitivamente, nada queda de David Nolan.

- Yo sabía que vendrías por nosotros, lo sabía…- dice su madre, de forma más entendible, separándose para mirarla a los ojos. Emma sonríe, porque no sabe que más puede hacer, sin dejar de mirar a su padre, esperando a que él diga algo.

- ¿Estás bien?- pregunta él, apenas en un susurro, como si le fuera imposible encontrar más que eso. Emma asiente. Su madre se separa de ella, dejándole lugar a su esposo, abrazando a Henry. Emma deja entonces que su padre la abrace, tal y como lo hizo con su madre hace unos momentos. Es más extraño aún. No hay nada familiar en él, no hay una pizca de reconocimiento. Es un abrazo breve, pero seguro. Le basta a Emma para saber que este hombre viene a protegerla, porque cuando la suelta el mundo se vuelve más frío, más incierto, mas indomable. Su piel ha dejado de brillar, y aquella calidez que sentía la ha abandonado. Ahora se siente cansada, ahora quiere irse de allí. No quiere que la sigan mirando como lo hacen. No soporta aquella expectativa que se ha formado alrededor de ella. Ahora quiere tomar a su hijo e irse de allí.

- ¿Y ahora qué?- pregunta Henry, entusiasmado, sujetando con fuerza la mano de su abuelo. Es Blanca la que contesta.

- Ahora nos vamos a casa.- murmura, mirando a Emma. A ella no se le escapa que los ojos de su madre parecen igual de cansados, de intranquilos que los suyos propios. Es casi como si pudiera leer la mente de su hija. Emma se pregunta, por un segundo, si eso es posible. Deberá preguntárselo. Cosas más increíbles, más imposibles aún han sucedido en las últimas horas.

II

And now my heart stumbles on things I don't know
My weakness I feel I must finally show

(Y ahora mi corazón se tropieza con las cosas que no sé.

Mi debilidad, siento, debo mostrar por fin).

Deja que el agua de la ducha corra por su cansado cuerpo, aligerando sus músculos, relajando su mente. No sabe cuanto tiempo ha estado ahí adentro, pero no quiere salir. Su piel ya está roja y arrugada, y su cabello se ha enredado. Pero aún así, Emma prefiere quedarse allí a salir afuera a enfrentar la verdad. En retrospectiva, matar a ese dragón fue mucho más fácil que esto.

- ¿Emma? La cena está lista.- dice la voz de su madre desde el otro lado de la puerta, y por un segundo la familiaridad de todo eso la desconcierta. Emma responde brevemente, cerrando la ducha y comenzando a secarse, dejando que aquella sensación se desvanezca. Henry, James y Blanca ya están sentados en la pequeña mesa de la cocina, esperándola. Las sonrisas de Henry y James son tan similares que Emma siente un escalofrío. Se sienta en el lugar que le han guardado, comenzando a comer su cena en silencio. Macarrones con queso. Su favorito. No se le escapa el detalle de que su madre, aparentemente, recuerda aquella particularidad. O tal vez es sólo una coincidencia. Emma podría preguntarle, pero por algún extraño motivo no se atreve a mirarla a los ojos. Henry está contando la historia de cómo comió el pastel de manzana y de cómo Emma lo despertó, y Blanca y James parecen muy interesados. De hecho, los tres parecen creer que eso es todo lo que ocurrió, y que esa nube misteriosa no fue más que una consecuencia de que Emma rompiera la maldición. Y tal vez lo fue. Emma no quiere pensar en eso. Aún no quiere detenerse a pensar en todas las cosas que no sabe. De hecho, ni siquiera quiere detenerse a pensar en las que sabe. Cómo que estas dos personas son sus padres, o que se supone que ella es la salvadora de quien sabe que.

- ¿Podemos no hablar de todo esto?- pide, dejando sus cubiertos en la mesa, decidiendo que, de repente, no tiene más hambre. James deja de hablar al instante, mirándola con el entrecejo fruncido. Blanca, sin embargo, tiene una triste sonrisa dibujada en el rostro.

- Sí, claro. Podemos.- responde su padre, moviendo la cabeza, casi como si le estuviera pidiendo perdón, sonriendo de una manera tan encantadora que, de pronto, Emma entiende de donde ha sacado su nombre.- Pero sabes que en algún momento, cuando tu estés lista, deberemos hablar de todo esto.- agrega, como si estuviera explicándole la simpleza más grande del mundo. Blanca suspira.

- Creo, James, que la intención de Emma es no hablar de esto nunca.- explica, apilando los platos. Su tono duele. Hay tanta resignación en su voz que Emma siente que la ha decepcionado. Eso la enfurece. ¿Qué pretendían de ella, acaso? ¿Qué saltara feliz por los cielos, que asumiera toda verdad, toda tarea, con una sonrisa en el rostro y una determinación automática? Pues no es eso lo que van a obtener de ella.

- Henry, ve a buscar entre mis cosas algo que te sirva para dormir.- le ordena a su hijo, que se mantiene al margen de la conversación. Henry asiente, subiendo las escaleras del apartamento y cerrando la puerta detrás de él. Emma espera a oír el clic de la cerradura para hablar de nuevo.

- Miren… han sido unos días muy difíciles, y creo que debería… debería irme a dormir ahora y reservar la charla para después, antes de que diga algo de lo que me arrepienta.- explica, mirando a un punto fijo en la pared, hacia la nada misma.

- Emma… se cuan difícil es todo esto para ti…- comienza Blanca, en un tono tan dulce y tan conocido que hace que Emma se ponga nerviosa.

- ¿En serio? Porque creo que no tienes ni la menor idea.- responde ella, rápidamente, poniéndose de pie. Hay una energía distinta en el aire. Emma puede sentirla en su piel.

- Sé que estás… confundida y asustada, pero eso no quiere decir…-

- ¿CONFUNDIDA Y ASUSTADA? ¡Eso es una subestimación!- grita ella, sin poder contenerse, dejando que las palabras salgan rápidamente, antes de que nadie pueda interrumpirla. Mientras más grita, más eléctrico se vuelve el aire.- ¡En las últimas veinticuatro horas vi a mi hijo morir y volver a la vida, vi a un amigo transformarse en madera y a mi mejor amiga desaparecer ante mis ojos! ¡Tuve que… que bajar a los confines de la tierra a matar a un dragón, UN DRAGÓN!

- Emma, escúchame.- su madre pide, poniéndose de pie, apoyando su mano en su hombro. Emma se mueve, negándole el contacto.- Escúchame, debemos mantener la calma… debemos…

- ¿MANETENER LA CALMA? ¡QUÉ FÁCIL DE DECIR PARA TI, MARY MARGARET, QUE TE HAS PASADO LOS ÚLTIMOS VEINTIOCHO AÑOS SENTADA AQUÍ, DEJANDO LOS DÍAS PASAR, CONFORMÁNDOTE CON TU VIDA, MIENTRAS QUE YO HE TENIDO QUE VIVIR UNA VIDA MISERABLE, DE SACRIFICIOS, DE SOLEDAD!- suelta ella, sin pensarlo, descargando toda la angustia que lleva adentro contra la única persona con la que no debería. Las luces de la cocina titilan, apagándose por un segundo, y cuando vuelven a prenderse Emma puede ver los dolidos ojos de su madre llenándose de lágrimas.

- Ese no es mi nombre.- es todo lo que dice como respuesta, cruzándose de brazos y volviendo a sentarse en la silla más cercana. Emma podría morir allí. Sabe que se ha pasado de la raya. Sabe que su madre no se merece nada de eso. Y, sin embargo, todo lo que parece molestarle a ella es que su hija no la llame por su nombre. Su padre permanece en silencio, sus brazos cruzados sobre la mesa, sus ojos clavados en el rostro de su esposa.

- Tienes razón, no podemos hablar de esto ahora.- es todo lo que dice, después de unos segundos, poniéndose de pie y buscando su abrigo.

- ¿Adónde vas?- inquiere Blanca, limpiándose la nariz con el dorso de su mano, visiblemente asustada.

- Voy a mi casa. No puedo quedarme aquí, no hay lugar para todos.- le responde, con una voz dulce, tomándola de los hombros. Es la excusa más patética que Emma ha oído jamás, y no puede dejar de apreciar el gesto. Blanca suspira entonces, cerrando los ojos.

- ¿Vendrás en la mañana?- le pregunta, tomando su rostro entre sus manos. James sonríe.

- Por supuesto.- murmura él, acercándose hasta ella y besándola en los labios. Emma no quiere mirar. Se siente incómoda. Murmuran un par de cosas más que ella no quiere escuchar, y James está por irse cuando Henry baja las escaleras, calado en una vieja remera de Emma y un par de shorts.

- ¿Te vas?- le pregunta a James, claramente apenado por la situación. James le sonríe, arrodillándose en el piso para estar a su altura.

- Si, pero nos veremos mañana, ¿está bien?- responde. Henry asiente.

- Bien. Tengo un par de cosas que quiero discutir.- dice él, con tono solemne. James lo abraza entonces, deseándole las buenas noches, y vuelve a besar a Blanca. Ésta llora. Emma piensa entonces cuán difícil debe ser para ellos separarse de nuevo cuando han pasado los últimos veintiocho años lejos del otro. Eso sólo la hace sentirse culpable.

- Buenas noches, Emma.- murmura su padre al pasar a su lado, sus ojos deteniéndose brevemente en los de su hija, una media sonrisa en el rostro. El resto se queda en silencio, casi como si cada uno estuviera considerando la posibilidad de salir al pequeño pasillo y pedirle a James que regrese. Es Blanca la que rompe el silencio, volviendo a su tarea de lavar los platos.

- Tu y Henry pueden tomar mi cama, y yo dormiré en la tuya.- dice, en un susurro, sin mirar a su hija. Emma no discute. Es lo menos que puede hacer por ella.

Se sienta en el pequeño sillón del living, después de que acostó a Henry en la cama, y llena la mitad del vaso con el viejo y conocido licor. Blanca sale del baño, vestida ya en sus pijamas, sus ojos rojos de tanto llorar. Apaga la luz de la cocina, y se acerca hasta su hija. Por un segundo, Emma cree que va a sentarse a su lado a beber. Se encuentra a si misma deseando que ese sea el caso. Pero Blanca simplemente acaricia el cabello de su hija, la palma de su mano apenas rozándole la frente, y se agacha para darle un beso en la coronilla.

- Buenas noches.- murmura. Emma puede sentir la tristeza en su voz. Eso le duele. Quiere pdirle perdón. Quiere decirle que sí está confundida y asustada, y que la necesita, y que no quiso gritarle, y que sabe que Mary Margaret no es su nombre. Sin embargo, cuando abre la boca, nada de eso sale.

- Hasta mañana.- dice, mirándola a los ojos por primera vez en un siglo. Blanca sonríe, y es tan hermosa que, por un segundo, su piel parece brillar, sus ojos parecen interminables. Con eso le basta, piensa Emma. Eso es todo lo que su madre espera de ella. Eso es tristísimo. La ve irse, entonces, desapareciendo escaleras arriba. Emma está tan concentrada en no irrumpir en llanto que no se da cuenta de que su piel está brillando de nuevo, con más fuerza que nunca.

III
Lend me your hand and we'll conquer them all
But lend me your heart and I'll just let you fall

(Tiéndeme tu mando y los conquistaremos a todos

Pero si me tiendes tu corazón sólo te dejaré enamorarte).

Es increíble que, a pesar de todo, las cosas sigan siendo iguales. Alguien tiene que educar a los niños, alguien tiene que atender el bar, y alguien tiene que patrullar la ciudad. No importa si ese alguien ahora es Blancanieves o Caperucita Roja. Hay algo reconfortante en eso, al menos para Emma. Ahora puede sentarse en el bar, pedir una porción de tarta y un chocolate y hacer de cuenta que nada ha cambiado. Por unos buenos quince minutos, nadie parece siquiera prestarle atención. Entonces es cuando Emma encuentra eso sospechoso, como de repente todo el mundo parece haber olvidado que ella es… es quien es. No hay mas miradas de adoración. Frunce el ceño, mirando disimuladamente hacia las pequeñas mesas del bar. El resto de la gente parece estar altamente concentrada en otras cosas. Emma se pregunta, brevemente, quienes son. ¿Peter Pan… Aladino… Alicia? Deberá preguntarle a Henry. Está por volver a concentrarse en su trozo de tarta cuando nota que, por detrás de una cortina, Ruby la está observando. Emma no puede evitar sonreír.

- ¿Te parezco divertida, Ruby?- dice, con voz lo suficientemente fuerte como para que ella pueda oírla. La camarera también sonríe, abandonando su escondite y caminando hasta la barra.

- Lo siento, es sólo que… te pareces tanto a ella que me suena increíble que no me diera cuenta antes de todo.- se explica, limpiando distraídamente una taza. Emma asume que Ruby se refiere a su madre, y hay algo en todo eso que la conmueve, que la sensibiliza. Se pregunta entonces si Ruby y su madre son amigas, si eran amigas… antes.

- Tu la conocías, ¿no? Antes cuando vivían… en el otro lugar.- inquiere, restándole importancia, dándole un trago a su chocolate.

- ¿Conocerla? Blanca era mi mejor amiga. Aún lo es. Ella me ayudó en un momento en el que nadie más lo hizo.- explica Ruby, más entusiasmada, dejando la taza de lado y apoyándose en la barra. Emma siente como un nudo se le forma en la garganta.

- Suena como algo que ella haría.- murmura. De hecho, lo que Blanca hizo por Roja es exactamente lo mismo que hizo por Emma cuando ella llegó a Storybrooke. Una sonrisa cruza los rojos labios de Ruby, mientras sus ojos miran hacia la nada, como si estuviera rememorando un momento ameno, hermoso.

- Aún recuerdo el día en que tu madre nos contó que estaba embarazada.- dice, mirando ahora a Emma a los ojos.- Estaba tan feliz. James estaba entusiasmado, sin dudas, comprándote juguetes y ropas y cosas y cuidando a tu madre como si estuviera hecha de vidrio.- explica, sus ojos llenándose de lágrimas, su voz quebrándose por la felicidad, por la emoción. A Emma la cuesta creer que todo eso sea por ella.- Tu madre… pareció renacer. Nunca la vi tan feliz. Ni cuando recuperó el reino, ni siquiera cuando se casó con tu padre. Tú eras lo mejor que le había pasado en la vida.- finaliza, limpiándose las pintadas mejillas con el pequeño delantal que lleva. Emma también siente que va a llorar en cualquier momento. No sabe porqué, pero oír esas palabras, esa historia, de los labios de otra persona… la hace reflexionar sobre todo aquello que ha estado intentando contener, reprimir. Debe salir de allí. Hay un solo lugar al que quiere ir, de hecho.

- Llévale esto a tu madre. Son de las que le gustan.- dice Ruby, después de que ella pagó la cuenta, entregándole un pequeño paquetito con un par de tartitas de pera.

- Gracias, Ruby.- murmura ella. Espera que la camarera sepa entender que no se está refiriendo al regalo, si no a todo lo demás.

- Roja. Todos me llaman Roja.- agrega, dándole a Emma un apretón en el hombro.

- Gracias, Roja.- responde ella, antes de salir. Es el primer paso, piensa, mientras camina apresuradamente hasta su casa. Es el primer paso y, tal vez, ese sea el más importante.

IV

Lend me your eyes I can change what you see
But your soul you must keep, totally free

(Préstame tus ojos, puedo cambiar lo que ves

Pero a tu alma debes dejarla libre)

Se sorprende cuando, al llegar a la casa, la encuentra vacía. Creía que al menos Henry y Blanca estarían ahí, pero el silencio que la envuelve al llegar la engaña al principio. Entonces nota que la pequeña luz de noche de Blanca está encendida, y la encuentra recostada en su cama, en silencio, sosteniendo la vieja manta de Emma entre sus manos.

- Hey…- murmura ella para llamar su atención. Blanca sonríe, visiblemente contenta por su llegada, sentándose en su cama.

- Hey… James llevó a Henry a pasear a caballo. Espero que no te moleste.- explica ella, limpiándose disimuladamente los rastros de lágrimas de sus mejillas.

- No, de hecho… eso es lindo. Además pensé que podíamos… tomar un chocolate caliente y charlar. Roja te envió esto.- dice Emma, intentando sonar casual. Su madre parece sorprenderse, como si el repentino cambio de actitud de su hija le pareciera extraño. Si así es, termina por ocultarlo bien, porque se pone de pié al instante y se dirige a la cocina a preparar los respectivos chocolates.

- ¿Hablaste con alguien más?- le pregunta, mientras Emma ordena la pequeña mesa.

- No, sólo con Roja. Supongo que el resto ya se desencantó conmigo porque… ni siquiera me miran ya.- confiesa, sin siquiera pensar en sus palabras. Siempre ha sido así con su madre, después de todo. Aún cuando no eran más que compañeras de casa, Emma no podía evitar ser menos que honesta con ella. Blanca sonríe demasiado ante su comentario, lo que le hace pensar a Emma que tal vez la repentina falta de interés de todo el mundo no es ni tan casual ni tan espontánea.- Espera un segundo…- dice, acercándose hasta Blanca, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño.- Tú no tienes nada que ver con eso, ¿no?

- Yo no.- responde su madre de inmediato, de forma casi risueña.

- ¿David?- dice Emma, con un suspiro.

- Ese no es su nombre…- murmura su madre, con voz cansina. -Y sí, puede que tal vez James les haya sugerido que no te molesten por un tiempo hasta que… las cosas se calmen.- explica, tendiéndole la humeante taza y sentándose a la mesa. Emma supone que lo que debe "calmarse" es ella misma, y que para esta gente una sugerencia de su padre es una orden directa. Él era el Rey, después de todo. O aún lo es. Todo eso la confunde. Ambas se quedan en silencio entonces, bebiendo sus respectivos brebajes, nadando en sus pensamientos. De vez en vez Emma puede sentir los ojos de su madre deteniéndose en su rostro, examinándola, y se sorprende al darse cuenta de que eso ya casi no la molesta.

- Solíamos hacer esto todo el tiempo…- dice Blanca, con un dejo de tristeza en la voz que Emma solo ha escuchado un par de veces, y que logra hacerla sentir culpable.- Al menos una vez al día, ¿no? Sentarnos aquí en la tarde, antes de la cena, después de la cena, antes de ir a dormir… a hablar. Siempre… buscábamos el momento adecuado para hablar. Aún cuando a veces no ocurría nada interesante. Y es extraño que ahora que sí hay cosas interesantes de las que hablar… ya no hablemos más.- finaliza, dándole un sorbo a su taza, y Emma la imita sólo porque no sabe que decir. Tiene tantas cosas que quiere decirle que ni siquiera sabe por donde empezar. El sabor de la canela le inunda los sentidos. Todo empezó por ahí, piensa. Esa debería de haber sido la primera señal. Eso es algo que les pertenece, a ella, a Blanca y a Henry. El chocolate con canela. Es el mejor chocolate que Emma ha probado jamás. Es el mismo chocolate que Mary y ella solían compartir. Es la misma habitación. La luz del atardecer le saca destellos al cabello de su madre, los mismos destellos que siempre le ha sacado. Ella es hermosa. Es la mujer más hermosa que Emma ha visto jamás. Ella es hermosa y su padre es encantador y ambos son lo que uno esperaría de ellos, y aún más. Ese es el problema. Emma no sabe si está a la altura de esas circunstancias.

- Yo no sé… no entiendo que es lo que toda esta gente espera de mi.- confiesa, en un susurro, dejando la taza sobre la mesa.- Todos me miran, me hablan, como si yo fuera una heroína, como si de mi dependiera su felicidad, su destino. Y yo no creo poder llenar esas expectativas.- Es extraño que las palabras rueden así por su lengua, que de pronto y sin aviso Emma se encuentre confesando todo aquello que, hasta entonces, no se atrevía siquiera a pensar. Por un momento, considera seriamente si su madre no le ha puesto algo a la bebida. Entonces, cuando ella la mira con dulzura y la toma la mano sobre la mesa y sus cálidos y suaves dedos se aferran a los suyos, Emma entiende que aquello no tiene nada que ver con el chocolate, si no con la confianza ciega que siente por esta mujer que ni siquiera conoce del todo.

- Nadie está esperando nada de ti, Em.- dice ella, con una voz baja y dulce, con una media sonrisa, con un amor centelleante humedeciéndole los ojos, acariciando su mano con su pulgar.

- No es lo que parece…- agrega Emma, dejando que un par de lágrimas bajen por su mejilla. Su madre cierra más sus dedos alrededor de su mano, dándole confort.

- Se les había prometido que tú romperías la maldición… y ya lo has hecho. No les debes nada, Emma. Ni a ellos ni a nadie.- enfatiza, limpiándole las mejillas con la mano libre, deteniéndose un segundo para acariciarle el rostro. Emma medita aquello por un segundo.

- Supongo que tienes razón.- dice, con una media sonrisa. Su madre también sonríe.

- Tú no entiendes lo que significabas para esta gente. La noticia de mi embarazo llegó cuando todo parecía perdido para nosotros, cuando de lo único que hablábamos era de… de defendernos, de luchar, de estrategias. Que un bebé, una niña, llegara a ese mundo… era a la vez trágico y esperanzador. Aún antes de que supiéramos que tú eras, literalmente, la esperanza personificada. Eras un milagro, Emma. Lo eres aún.- finaliza su madre, cortando una de las tartitas cuidadosamente. Peras. Su madre solo come peras. Nunca manzanas. Su madre, la de la piel blanca como la nieve, los labios rojos como la sangre, el cabello negro como el ébano. Su madre, la que construye refugios para los animales del bosque, la que le construyó un refugio a ella misma, la que le dio un hogar.

- Tenías razón, ¿sabes? Sí tengo tu mentón. Y tus ojos.- murmura, esperando que Blanca entienda que quiere decir realmente. Ella suelta una risita.

- Me parece increíble que no nos hayamos dado cuenta antes…- dice ella, terminándose su chocolate.

- Roja dijo lo mismo.- responde Emma, también riendo.

- Veintiocho años llevándole flores a mi esposo sin reconocerlo. ¿Qué dice eso de mi, eh?- bromea, poniéndose de pie y llevando las tazas al fregadero. Emma vuelve a sentir una punzada de dolor al pensar en eso, en cuantos años han estado separados… estando tan cerca el uno del otro. Se deja caer en el viejo sofá, llevándose las rodillas al pecho, mirando hacia el oscuro cielo del anochecer, deseando que Henry vuelva a casa. Siente a su madre sentarse a su lado, a una distancia prudente, casi imposible, como si temiera incomodarla. Emma se figura que la discusión de la otra noche realmente la ha asustado. Eso no es justo. Emma no quería lastimarla. Sobre todo porque, con toda honestidad, la necesita. Necesita a su madre, a su amiga.

- Lamento lo que ocurrió la otra noche…-murmura.

- Lo sé. Yo también lamento… todo lo que ocurrió.- responde su madre, acariciándole tentativamente el cabello. Entonces Emma lo entiende. Su madre también está aturdida, asustada, confundida, dolida. Su madre llora cuando nadie la ve. Su madre también la necesita a ella. Se acerca a ella entonces, dejando caer su cabeza en su hombro, acomodándose a su lado de tal forma que Blanca pueda abrazarla, si quiere. Y quiere, porque la rodea por los hombros con dulzura, casi con urgencia, besándole la coronilla.

- ¿Emma?- le murmura después de un buen rato, mientras sostiene su mano, dibujando distraídos círculos con su pulgar.

-¿Hmm?

- Tu sabes que te quiero, ¿no? Que te amo.- dice, separándose para poder mirarla a los ojos, pero sin dejar de abrazarla. Emma puede sentir sus propios ojos llenándose de lágrimas. Asiente, porque es todo lo que puede hacer. Su madre parece satisfecha. Su madre no espera una respuesta mayor. No espera que Emma haga grandes declaraciones, emotivos discursos. Le basta con que la deje abrazarla. Su madre la conoce, sabe que esperar de ella. Su madre la quiere. Eso mucho más de lo que Emma imaginó jamás.

- Estás brillando de nuevo…- comenta Blanca. Es verdad. Su piel está centelleando otra vez.

- No sé cómo detenerlo ni por qué sucede…- confiesa Emma, mirándose con detenimiento.

- Es hermoso.- dice su madre, también observándola, pasando su mano por el brazo de Emma con delicadeza, como si su hija estuviera hecha del cristal más precioso, más frágil.- Ya lo averiguaremos, sin dudas.- agrega, dándole un apretón en el hombro como para asegurarle que todo estará bien. Y Emma cree que así será. Lo cree cada vez con más fuerzas.

V

awake my soul...
awake my soul...

Despierta mi alma

Despierta mi alma…

Las cenas siguen siendo bastante incómodas. Henry y Blanca se esfuerzan demasiado por mantener una conversación amena, mientras Emma y James simplemente miran sus platos, comiendo bocado tras bocado sin decir una palabra. Es frustrante. Emma lo sabe. Sabe que es frustrante para su madre, sobretodo, que su hija y su marido no se hablen. Emma no sabría explicar por qué no puede hablar con su James. Está más allá de ella. Él es un completo extraño, un desconocido. Y Emma no puede encontrar siquiera el coraje para comenzar a conocerlo. Siendo sinceros, apenas puede encontrar el coraje para mirarlo a los ojos. Y cada noche, cuando él se despide de ellos, Emma siente una punzada de remordimiento, de dolor. Él no se merece eso, estar lejos de su esposa, de su familia. Es injusto.

- Podemos ir al río mañana. Es sábado, ¿no? ¿Podemos? Quiero que me veas montando a caballo….- pide Henry, mirando a su madre de forma suplicante. Emma asiente.

- Si… creo que podemos. ¿Tu qué opinas, James?- inquiere ella, dirigiéndole la palabra por primera vez en siglos. Él parece sorprendido.

- Es… es una buena idea.- responde él, sonriendo. Emma no puede evitar sonreír a la par. Henry está tan emocionado que parece a punto de explotar.

- ¡Genial, eso es genial! Podemos llevar una manta y unos refrigerios…- comienza.

- Blanca prepara unos picnics excelentes, ¿no?- dice su esposo, mientras junta la mesa.

- No se si excelentes… pero si muy buenos, si.- responde ella, casi tan entusiasmada como Henry. Emma se sienta en silencio, terminándose su vaso de vino, observándolos. Blanca está sonriendo brillantemente, hablando con James de algo, recordando una vez en que se escaparon del castillo y corrieron al bosque a pasar el día solos. Henry guarda silencio, escuchando con atención. Emma realmente no escucha. Los rostros sonrientes de sus padres, el tono divertido de sus voces, la tienen hipnotizada. Son felices, piensa ella. No, es más que eso. Emma sólo ve a su madre así de feliz cuando están todos juntos. Emma sólo ve a su padre sonreír así cuando su madre está cerca. No le sorprende, entonces, que alguien pudiera pensar que el amor de ellos era el epitome del amor verdadero, por increíble que eso suene. La adoración que se dibuja en los ojos de su padre cuando mira a su madre no hace más que confirmar eso. A Emma no le cuesta creer que las historias sean ciertas, que estas dos personas fueran capaces de hacer cualquier cosa por encontrarse el uno a la otra, por protegerse.

- ¡Quiero saber más!- pide Henry, sentándose en la falda de James. Él sonríe de nuevo, como si sonreír fuera su pasatiempo favorito.

- Creo que es mejor que te vayas a la cama. Sobre todo si mañana pretendes que vayamos al río…- comienza su abuelo. Henry se despide a regañadientes, retirándose a la vieja habitación de Mary Margaret que ahora comparte con su madre.

- Creo que yo también debería irme…- dice James, suprimiendo un bostezo, acariciándole el corto cabello a su esposa. Blanca asiente, sus ojos volviéndose tristes de repente. Nada queda de la energía que la envolvía unos momentos antes. Emma suspira, mientras la culpa crece en ella a pasos agigantados.

- Buenas noches…- murmura su madre, con dolor, besándolo en los labios, tomándolo con fuerzas del cuello de su chaqueta como si no quisiera dejarlo ir nunca más.

- Te veo mañana.- promete él, y ella sólo asiente. Antes de irse, James se detiene por un segundo, mirando a su hija, acercándose a ella casi con precaución.

- Hasta mañana, Emma.- dice, acariciándole el cabello, la mejilla, dándole una palmadita en el hombro. Ella le sonríe.

- Hasta mañana…- murmura como respuesta. Su padre parece apunto de morir de la emoción, como si ese pequeño gesto de cariño, de complicidad, fuera lo más hermoso del mundo. Emma quiere más de eso. No quiere que él se valla. Pero ya es demasiado tarde, y él ya ha cruzado la puerta, y la casa parece más grande, más fría, más insegura. Blanca se queda allí, sentada en la misma silla, su vista perdida a lo lejos, sus manos jugando con el anillo que reposa en su dedo. Emma supone que su madre debe sentir lo mismo que ella siente, pero multiplicado por mil. Levanta los platos, entonces, para entretenerse con algo, y termina por lavarlos, secarlos, guardarlos y acomodar el resto de la cocina. Y en todo ese tiempo… su madre no se mueve. Emma no sabe que hacer.

- Me voy a la cama. Mañana nos espera un gran día, ¿no?- le dice, buscando una forma de alegrarla. Blanca sonríe a medias.

- Sí, será fantástico.- responde, sin mirarla. Emma sabe que su madre no está enojada con ella, que no la culpa… y tal vez eso es aun peor. Quiere hacer algo, quiere ayudarla a superar la pena, o al menos hacerle saber que aunque se sienta sola… no lo está. Recuerda entonces como en la tarde anterior un simple abrazo de su madre le hizo creer que todo en el mundo era posible. Se acerca entonces hasta la silla, rodeándola con sus brazos, acomodando su mentón en el hombro de su madre. Ella se mueve entre sus brazos inmediatamente, no tratando de alejarse, si no más bien haciendo lo imposible por acercarse tanto a su hija como se le permite. Se recuesta en la silla, de forma de que su propia cabeza cae sobre el hombro de Emma, y cierra los ojos con fuerza. Y Emma la sostiene. La sostiene por un buen rato. La sostiene hasta que ya no puede sentir sus brazos. Y es incómodo, casi doloroso. Pero a ninguna de las dos les importa.

- Espero que puedas dormir bien.- le murmura a su madre, apretándola en sus brazos una vez más antes de soltarla. Ella asiente.

- Buenas noches.- responde, poniéndose de pie y acariciándole la mejilla una última vez.

VI

In these bodies we will live,
in these bodies we will die
Where you invest your love,
you invest your life

(En estos cuerpos viviremos

En estos cuerpos moriremos

Adonde inviertas tu amor

Inviertes tu vida).

Es un día hermoso. Del tipo de días que suelen escasear en Storybrooke. Emma piensa, por un segundo, que los últimos días han sido así de claros, de soleados, de templados. Se pregunta si el clima de antes, el del frío y la lluvia y la niebla, no era producto de la misma maldición que los mantenía a todos en el olvido, en soledad, lejos de sus familias. No quiere pensar en eso ahora. De hecho, de ser posible, no quiere pensar en eso nunca.

James ha conseguido un caballo; Henry se ha pasado toda la mañana montándolo, mostrándole a su madre y a su abuela cuán bueno es en esa tarea. Y no es mentira, el chico realmente sabe lo que está haciendo.

- Está en sus venas…- le comenta Blanca a Emma, mientras tienden una manta en el césped y acomodan las cosas del almuerzo. A Emma no se le escapa el tono casi orgulloso de la voz de su madre. Y no puede evitar sonreír ante eso porque… bueno, ella también está orgullosa de Henry.

- ¿Porqué no lo intentas?- le dice James, cuando Henry se baja del caballo para comer uno de los emparedados que Blanca preparó. Su padre esta tan contento que, por un segundo, Emma contempla la posibilidad de decirle que si. Pero entonces se acobarda a último minuto, sin saber porqué.

- No, gracias. ¿Porqué… no van ustedes a dar un paseo? Asi pueden pasar un tiempo solos, sin que nosotros dos los estorbemos.- responde, después de unos minutos, intentando sonreírle para no hacerlo sentir rechazado. Su padre asiente.

- Volveremos en media hora.- es todo lo que dice, subiéndose al caballo, sin poder evitar su desilusión.. Blanca se sube detrás de él, con una facilidad y una gracia que hacen que Emma no pueda evitar sonreír. Los ve irse entonces, bordeando el río, hasta que desaparecen en una de las curvas. Emma se sienta junto a Henry entonces, tomando también un emparedado.

- ¿En qué estás pensando que estás tan callado?- inquiere ella, acercándose más a él, recostándose en la manta. Henry suspira.

- En que se suponía que cuando tu rompieras la maldición, todos seríamos felices.- explica Henry, sin mirar a su madre, en un susurro apenas audible. A Emma se le rompe el corazón en mil pedazos.

- ¿Y no eres feliz ahora… no te gusta vivir conmigo?- pregunta, casi a la defensiva, volviendo a sentarse.

- ¡Claro que me gusta vivir contigo! ¡Es lo que siempre quise! Pero aún así… algo falta.- dice. Emma cree que Henry está haciendo todo lo posible para no llorar. Lo rodea con sus brazos, apoyando su mejilla en la coronilla de su hijo.

- ¿Qué es lo que falta?- le murmura, intentando llegar al fondo de lo que realmente entristece a su hijo.

- Tú no eres feliz. Y la abuela no es feliz y el abuelo no es feliz. Hicimos todo esto para traerlos de nuevo… y aún así no los tenemos con nosotros.- Henry dice.- Y yo no lo entiendo, porque has buscado a tus padres toda tu vida y cuando los encuentras… es como si no los quisieras…

- ¡Pero sí los quiero!

- ¡Pero ellos no lo saben! Especialmente el abuelo. El está tan triste todo el tiempo…

- Parece gustarle pasar el tiempo contigo…

- Pero yo no soy su hijo. Él me quiere, y lo se. Pero a quien él más quiere es a ti.- finaliza Henry, casi perdiendo la paciencia. Emma lo medita por un segundo. Tal vez todo este tiempo ha estado concentrándose en las cosas que no conoce de su padre, que no comparte con él, en lugar de pensar en las que si tienen en común. James haría lo que sea por ella. Lo ha hecho, sin ir más lejos. Emma lo sabe. Sabe que su padre estaba dispuesto a sacrificarse, a sacrificar su vida por darle a ella su mejor oportunidad, para salvarla. Y Emma conoce esa sensación a la perfección. Emma sabe lo que se siente cuando tu hijo está en peligro, sabe cuan doloroso y frustrante eso puede ser. Le cuesta creer, por un segundo, que alguien la quiera tanto, que alguien la ame de esa manera. Entonces piensa en Blanca, y en Henry, y en como ellos la quieren, la protegen, la cuidan. Ellos son su familia. Su propia madre ha estado sacrificando su felicidad al estar lejos de su esposo sólo para hacerla sentir mejor a ella. Emma no está acostumbrada a ese tipo de amor. Henry está en lo cierto.

- Tienes razón.- dice, más para ella misma que para su hijo. Henry sonríe, satisfecho.

- Lo sé.- agrega, con aquel tono de superación que suele usar. Emma suelta una risita.

- ¿Qué haría yo sin ti?- le dice, con más seriedad. Henry no contesta, pero se acomoda más en los brazos de su madre, apoyando su cabeza en su pecho.

- ¿Puedo comer otro emparedado?- inquiere.

- Puedes comer cuantos quieras. Te los mereces.- concede ella. Es la verdad.

Henry se merece eso y mucho, mucho más.

-oo-

Ya ha oscurecido cuando vuelven a la casa. Henry se ha quedado dormido en la mitad del camino, así que James debe cargarlo en sus brazos. Emma lo mira por el rabillo del ojo, mientra su padre lleva a Henry a la cama y lo acuesta con cuidado, quitándole las zapatillas y besándolo en la frente con cariño, con ternura. Su madre le tiende un vaso de agua, y a Emma no se le escapa que la sonrisa que portaba en su rostro está desapareciendo de a poco, como si la inminente partida de su esposo ya estuviera doliéndole. Emma le da un trago a su vaso, sintiendo como la ansiedad crece en sus entrañas.

- Antes de que te vayas… debemos hablar.- le dice a su padre, cuando él regresa a la cocina. Su tono suena duro. Tal vez demasiado duro, a juzgar por la expresión de asombro rayana en el miedo del rostro de él.

- Por supuesto. ¿De qué… de qué quieres hablar?- inquiere, intentando sonar casual y fallando en el intento, sentándose en uno de los banquillos del desayunador. Blanca escucha con atención.

- Creo que ya es hora de que… de que te mudes con nosotros.- explica Emma, casi en un susurro, mirando al fondo de su vacío vaso. Su padre suelta un suspiro, claramente aliviado.

- ¿En serio?- dice James, entusiasmado, casi incrédulo, dedicándole una mirada de adoración.

- Bueno… no hoy, claro, porque no… no hay lugar para ti. Pero tal vez mañana por la mañana podríamos… podríamos llevar a Henry a comprar una cama. Y él y yo dormiríamos arriba y tu y Blanca podrían…-comienza ella. No puede terminar, porque su padre se pone de pie y la envuelve en sus brazos, besándole la coronilla.

- Gracias.- murmura. Emma no puede verlo, pero sabe que está llorando. Este hombre, probablemente, llora más que cualquier mujer que Emma conozca, incluida su madre.

- Tú no tienes que agradecerme… esta es tu familia, después de todo.- se explica ella, cediendo ante los brazos de su padre, dejándose abrazar. Él se separa entonces, tal vez temiendo incomodarla.

- Entonces será mejor que me vaya ahora mismo si tengo que empacar, ¿no?- dice, intentando contener la emoción. Les desea las buenas noches, besando a Blanca en los labios, sonriéndole brillantemente, murmurando algo que Emma no llega a escuchar. Antes de irse, mira a su hija por una última vez, como esperando que ella se arrepienta de lo que acaba de decir. Y entonces Emma recuerda la conversación con Henry de esa misma tarde. Su padre no ha hablado con ella hasta entonces porque se sentía culpable. Todo ese tiempo que ella ha pasado sin hablarle le ha enviado el mensaje inadecuado, equivocado. Su padre cree que ella no lo aprecia, no lo quiere, no lo respeta. Y eso no puede estar más lejos de la verdad. Tiene que trabajar en eso. Tiene que hacerle entender que ese no es el caso. Vuelve a mirar a su madre entonces, dispuesta a hablar de eso, pero la alegría del rostro de ella es tan contagiosa que Emma se olvida de lo demás.

- ¿Qué?- inquiere, alzando las cejas. Su madre suelta una carcajada.

- Nada… sólo que estoy feliz, eso es todo.- dice, frunciendo los hombros, mientras comienza a desarmar la cesta del picnic. Emma sonríe, abriendo la heladera y sacando dos cervezas.

-¿Porqué siento que me estás tomando el pelo?- murmura, dándole un sorbo a su bebida, ganándose otra carcajada por parte de su madre.

- Es sólo que sabía, tenía el presentimiento, de que tarde o temprano ibas a ceder ante los encantos de tu padre.- se explica, quitándose el delantal y doblándolo cuidadosamente, tomando la pequeña botella que su hija le tiende- Y me alegra que lo hayas hecho. Me alegra mucho. Sobre todo porque para él era muy difícil estar lejos de nosotros.

- ¿Sólo para él? Tu parecías a punto de llorar cada vez que él cruzaba la puerta…- dice ella, sin medir sus propias palabras. Los hombros de su madre se caen, y su expresión se vuelve triste, casi distante.- Lo siento…- se disculpa ella, rápidamente, dejando a un lado su bebida y apoyando sus manos en los hombros de su madre. Ésta sonríe.

- Lo sé.- murmura, palmeándole cariñosamente una mejilla, algo que a estas alturas ya parece ser un gesto distintivo.- ¿Puedes hacer algo por mí, Em?- inquiere. Emma adora eso. La voz dulce que su madre usa con ella. Los pequeños sobrenombres que inventa.

- Sí, lo que sea.- contesta ella al instante, sin dudarlo.

- Intenta… intenta acercarte a él. Yo se que a ti te cuesta un poco más acercarte a las personas, conocerlas, dejarlas entrar. Pero él es tu padre. Es un hombre maravilloso, y no lo estoy diciendo solo porque es mi esposo y debo decirlo.- dice, con una media sonrisa.- Ustedes tienen mucho en común. Creo que se llevarían bien. ¿Puedes hacer eso por mi?- finaliza, tomándola de las manos. Emma lo medita. Es la segunda vez en el día en que alguien le pide eso. Es triste, piensa, que su madre tenga que estar rogándoselo. Es lo menos que puede hacer por ella, por ellos dos.

- Claro que lo haré.- susurra. Su madre parece a punto de morir de la emoción. La abraza fuertemente entonces, besándola en la mejilla, y Emma le devuelve el abrazo, relajándose en sus brazos. Es extraño cuán rápido se está acostumbrando a todo eso, a tener a su madre, a ser la prioridad de alguien. Tal vez, si se esfuerza, pueda lograr lo mismo con James. Piensa entonces en cuan extraño será eso, tenerlo en su casa, vivir con él. ¿Y qué si no se llevan bien, si no congenian? ¿Qué pasaría si de pronto su padre descubriera el tipo de persona que Emma es, que solía ser, los problemas en los que se metía?

- Vas a tener que ayudarme con esto…- le dice a su madre, acomodándose más en sus brazos. La puede sentir sonreír por un segundo antes de que ella se separe un poco para mirarla a los ojos.

- Yo creo que lo harás bien.- dice.

- ¿Cómo puedes saberlo?

- Porque tú nunca te tienes fe en ti misma y, sin embargo, las cosas te terminan saliendo bastante bien.- le explica.- Tú no creías servir para compartir una casa conmigo, y eso funcionó, ¿no?- dice con dulzura, acomodándole el rebelde cabello con una de sus manos, acariciándole la mejilla.

- Puede que tengas razón…- concede Emma, sólo porque no quiere discutir con ella. Se quedan en silencio de nuevo, terminando de ordenar la cocina y de guardar las cosas. Se sientan otra vez a tomar un chocolate caliente, con la televisión encendida de fondo, sin sonido. Su madre vuelve a hablar, y Emma tiene la impresión de que está midiendo sus palabras con mucho cuidado.

- Sé que está en tu naturaleza ser insegura. Lo sé. Pero Emma… no debes temer. Tu eres mucho mejor de lo que tu padre y yo imaginábamos. Sé por cuanto has pasado, cuan difícil ha sido todo… pero eso me hace sentir más orgullosa de ti, de ser tu madre. Eso… me hace amarte más aún.- finaliza, frunciéndose de hombros, casi como restándole importancia. Emma suspira, sin poder contener las lágrimas. Ni siquiera sabe como se las ha ingeniado su madre para decir exactamente lo que ella necesitaba oír. Tal vez tiene algún tipo de poder especial. Tal vez, simplemente, realmente la ama.

- Yo también estoy orgullosa de ti. También… también te quiero.- confiesa. Porque por mucho que aquello la asuste, por mucho que le tema, esa es la verdad. Es triste que todo esto le suene tan extraño a ella, tan ajeno. Emma sabe como estar sola, como escapar con rapidez, como evitar los conflictos y las conexiones profundas. Pero no sabe cómo ser feliz. Tal vez pueda aprender. Tal vez es tan simple como dejarse invadir por aquella sensación burbujeante que la envuelve cuando su madre sonríe, cuando sus ojos se llenan de lágrimas, cuando la abraza con fuerzas en el pequeño sillón.

- Creo que me iré a la cama.- dice después de un buen rato, conteniendo un bostezo. Emma no quiere que se vaya. Emma quiere sentarse con ella en el viejo sillón, dejarse abrazar, y quedarse en silencio por el resto de la noche. Huele demasiado bien. Y el suéter que lleva es de una lana suave, y Emma quiere quedarse entre sus brazos por el resto de su vida. Por un segundo, considera la posibilidad de pedírselo, a sabiendas de que su madre no dirá que no. Pero por algún extraño motivo, se siente estúpida por solo pensarlo.- Buenas noches, Emma.- agrega al ponerse de pie, besándola en la frente, deteniéndose un momento. Emma cierra los ojos, cediendo ante ese simple contacto.

- Buenas noches, mamá.- murmura, sin pensarlo, soltando aquello que siente desde hace un tiempo, desde hace un singlo, tal vez desde la primera vez que la vio. Blanca suspira, abrazándola de nuevo, sosteniendo su cabeza contra su pecho. Y sonríe. Y es hermosa. Emma no se sorprende de que la llamen la más hermosa de todas. La besa en la frente por una última vez, y Emma la ve desaparecer detrás de la puerta que, otrora, fuera de su cuarto.

Se dirige a su propio cuarto entonces, recostándose en la cama, mirando hacia el techo y cerrando los ojos, y Henry inmediatamente se mueve a su lado, apoyando su pequeña cabeza en su hombro. Emma le besa la coronilla, acariciándole el suave cabello, tal y como su madre hizo con ella unos momentos antes. Piensa en el día siguiente, en cuánto cambiarán las cosas, en cuán contento estará Henry, y cuán contentos estarán su padre y su madre. Ella está feliz, al menos. Eso es mucho decir. Está feliz porque los ama a ellos, y ellos la aman de vuelta. Meses atrás, Emma no tenía siquiera una persona que la quisiera. Y ahora tiene tres.

Siente un escalofrío que nada tiene que ver con la temperatura de la habitación. Para estas alturas, ya lo reconoce. Presiona sus párpados, haciendo lo imposible por no abrir los ojos, para no ceder ante la curiosidad, pero eventualmente se siente tan atraída por la idea de echar un vistazo que termina por abrirlos. Su piel brilla. Más que nunca, tal vez. Son destellos tan dorados que terminan por llenar la habitación con una tenue luz naranja, similar a la del crepúsculo, dibujando estelas en el techo de madera. La vieja Emma, la Emma de otros tiempos, se asustaría. La nueva, sin embargo, se duerme aquella noche mirando al techo, contemplando el cálido resplandor de su propia piel, sintiendo la pesada respiración de su hijo, abrazándolo con fuerza. Se pregunta, antes de dormirse, si tal vez esta no es la verdadera Emma. Si la vieja Emma no era más que una caricatura, que una marioneta, tal y como Mary Margaret y David lo eran. Se pregunta si la verdadera Emma es esta, la madre de Henry, la hija de sus padres.

Se responde que sí.

For you were made to meet your maker
You were made to meet your maker

(Porque tú fuiste creada para conocer a tu creador

Tu fuiste creada para conocer a tu creador).

N/A: Cuando terminé de escribir esto se me ocurrió que, tal vez, podría hacerlo Multichapter. No sé, tal vez de acuerdo a las reviews pueda escribir un par de capítulos más acerca de James y Blanca, y de la magia de Emma.