Disclaimer: Once Upon a Time no me pertenece. La idea original y los personajes son propiedad de ABC y Kitsis&Horowits.

Basado en la canción "The Logical Song" de Supertramp.

3

La canción Lógica.

hen I was young, it seemed that life was so wonderful, a miracle, it was beautiful, magical And all the birds in the trees, well they'd be singing so happily, joyfully, playfully, watching me

But then they send me away to teach me how to be sensible, logical, responsible, practical And they showed me a world where I could be so dependable, clinical, intellectual, cynical

(Cuando era joven, la vida parecía tan maravillosa, un milagro, era hermosa, mágica.

Y todos los pájaros de los árboles, bueno ellos cantaban tan felizmente, alegremente, juguetonamente, mirándome

Pero entonces me enviaron lejos y me enseñaron como ser sensible, lógico, responsable, práctico

Y me mostraron un mundo en el que se podía ser muy dependiente, clínico, intelectual, cínico)

Es doloroso no recordar quién eres. Es horrible. Es confuso. Lo pone a uno en una situación de desventaja, de vulnerabilidad, de debilidad. Pero aún así, eso no es lo peor. No, para David lo peor no es no recordar quién es, si no tener la certeza de que se es alguien más, no poder creer que él es el hombre que todos dicen que es. Eso lo enfurece. Eso no tiene sentido. Porque él no recuerda quién es… pero está casi seguro de que no es David Nolan. Aún ese nombre en sí mismo no le significa nada. Aún después de todo este tiempo, a veces le cuesta un segundo o dos darse cuenta de que la gente se está dirigiendo a él.

Camina por la calle, como todas las noches, intentando encontrar un punto de pertenencia entre las pequeñas casas de Storybrooke. Y nada. Por mucho que lo intente, nada le suena a propio. Kathryn ya se ha frustrado tanto que ni siquiera lo acompaña. Y a David no le molesta. Le da tiempo para pensar, para relajarse. Sobre todo, le da tiempo para pasarse por la puerta de la casa de Mary Margaret.

Nunca entra. Nunca toca a la puerta, si quiera. Pero hay algo en eso, en esperar afuera, en mirar hacia las pequeñas ventanas, que lo reconforta en sumo grado. No hay nada mejor que pasar por la vereda de su casa y ver las luces encendidas, sentir el olor de su cocina, tal vez hasta oírla reír. Es como si una parte de él, esa parte escondida y remota a la que ya no puede acceder, volviera a la vida. Es extraño. Muy extraño. Pero aún así… es la única certeza que David tiene en su vida.

Hoy no hay nadie en la casa. David recuerda entonces que las elecciones a Sheriff deben de haber terminado. Tal vez Emma logró ganar y las chicas están celebrando. Tal vez no logró ganar y salieron a beber sus penas. David está seguro que, adonde quiera que Emma esté, Mary estará también. Es esa idea la que lo pone a caminar hacia el diner de la Abuela. No hay nadie en las calles. Hace frío y es algo tarde. Y, después de todo, Storybrooke no se caracteriza por tener una vida muy nocturna que digamos. No, en ese pueblo todo parece correr bajo un ciclo, y los días se repiten uno tras otro sin poder diferenciar ayer de hoy, el primero del siguiente.

Hay mucho ruido saliendo del pequeño local. No se atreve a entrar. Después de todo, él ha estado trabajando para el otro candidato. Así que se queda en la semi oscuridad, mirando hacia el interior, embebiéndose de la alegría de los que adentro celebran. David no recuerda mucho acerca del pueblo, y los pocos recuerdos que tiene le parecen ajenos. Sin embargo, sabe que no ha visto a esta gente tan feliz en mucho tiempo. No pasa mucho hasta que, entre la multitud, encuentra el corto cabello de Mary Margaret. Esa simple imagen le resulta tan familiar, tan propia, que de pronto siente como si hubiera tomado un vaso de licor, una taza de café. Puede verla a través de las persianas, charlando animadamente con Archie, sonriendo brillantemente, sus mejillas rojas y sus ojos centelleando. David cree que nunca ha visto nada tan hermoso en su vida.

- ¿Entretenido?- inquiere una voz, saliendo de la nada, asustándolo. Se encuentra con el cansado rostro de Emma en cuanto se da vuelta. Las bolsas debajo de sus ojos, sin embargo, no logran apaciguar el aura infantil que su rostro adquiere cuando le sonríe a David de forma juguetona, casi malvada. Emma sabe exactamente qué es lo que él está haciendo allí.

- ¡Supongo que debo felicitarte!- dice él, devolviendo la sonrisa, intentando superar el shock inicial. Emma le tiende entonces un vaso plástico, y su expresión se vuelve sombría, preocupada.

- Podría decirse, sí.- responde, sentándose en una de las pocas mesas que reposan en el pequeño patio del diner. David se sienta a su lado, dándole un trago a la bebida. Chocolate caliente.

- ¿Tu también le pones canela ahora?- pregunta, sin poder contener una risita.

- Ha sido siempre un pequeño capricho mío. Pero Mary Margaret se las ha ingeniado para explotarlo al máximo, si.- contesta ella, con un tono cálido en la voz rayano en el cariño, sonriendo para sí misma. Tal vez tenga que ver con el hecho de que David la relaciona con Mary Margaret en su mente, pero por un segundo le parece que Emma es demasiado parecida a su amiga. La mira con detenimiento por primera vez, entonces. Emma es una mujer hermosa, de eso no hay dudas. Pero no es eso lo que David ve. No, cuando David mira a Emma ve a una mujer… asustada. Confundida. Ve a una mujer que no termina de encajar en el lugar en el que está, por mucho que lo intente. Y entonces David siente una oleada de… de algo que no sabría describir. Pero hay algo en los frágiles ojos de Emma, esos que miran hacia la nada, que hacen que él sienta esta necesidad casi incontenible de protegerla. No tiene sentido. Lo aturde un poco, de hecho.

- No le digas esto a Kathryn… pero yo voté por ti.- murmura él, intentando romper el incómodo silencio pero, por sobre todo, intentando alejar su mente de aquel lugar confuso en el que acaba de meterse. Emma frunce el ceño, mirándolo por un segundo, examinándolo.

- Gracias.- responde. David sabe que lo dice enserio, porque hay una pequeña pizca de orgullo dibujada en su rostro. Aún así, la intriga no ha desaparecido.- ¿Sabes algo, David? No te entiendo. Realmente intento entenderte, por el… por el bien de Mary Margaret. Pero a veces no sé si eres un idiota o, simplemente, un tipo demasiado bueno por su propio bien.- confiesa ella, en un tono de voz neutro, casi distante, como si estuviera pensando en voz alta en lugar de estar hablando con él. David sonríe porque, de una forma extraña, Emma ha sido honesta con él de una forma en la que nadie lo había sido hasta entonces.

- Siendo honestos… yo tampoco tengo eso muy en claro aún.- responde él. Emma asiente, conteniendo en vano una sonrisa. Se figura él que Emma, como toda persona brutalmente honesta, aprecia la honestidad.

- Voy a decirte algo… de ahora en adelante, toda mi opinión sobre ti estará basada en la forma en la que trates a Mary. Ahora me caes bien. No hagas que eso cambie. ¿Entendido?- dice ella, con una nota más seria en la voz, terminándose su propio chocolate y arrojándolo en el cesto de residuos más cercano. David está a punto de contestar cuando la puerta del diner se abre.

- ¡Oh, Emma, estaba buscándote! ¿Podemos ir a casa, no? Ya saludaste a todos…- comienza Mary Margaret, poniéndose su abrigo, conteniendo un bostezo. Sólo entonces ve a David sentado allí, y se sonroja tan de pronto que él cree que su rostro va a explotar.- ¡David! No sabía que estabas aquí, no te… no te vi llegar.- se excusa ella, cruzándose de brazos, sin mirarlo a los ojos.

- Sí yo… salí a caminar y pasé por aquí y creí… que sería bueno saludar a Emma. Felicitarla.- miente él. Emma suspira, como si todo eso le causara fastidio.

- ¿Porqué no nos acompañas a casa? Creo que eso está en tu ruta a tu propia casa.- dice, perdiendo la paciencia, cuando pasan un par de segundos en silencio. David mira a Mary Margaret, buscando aprobación, y ella simplemente se frunce de hombros, como quitándole importancia, pero él puede ver que hay algo de expectativa en sus ojos.

- ¡Claro! Sí… sí, las acompaño, sería… un honor.- responde él.

- Bien.- es todo lo que Emma dice, girándose sobre sus talones, y comenzando a caminar. David y Mary Margaret deben apurar el paso, de hecho, para alcanzarla. Pronto lo hacen, y Mary se acerca a su amiga, tomándola de brazo, intentando contrarrestar el frío. David tiene que reprimir el deseo de rodearla con sus propios brazos para darle calor.

- Y… ¿siempre caminas a estas horas, David?- inquiere Emma, acercándose más a Mary, tal vez inconscientemente, entrelazando sus brazos. David no sabría decir por qué ese simple gesto de complicidad entre ellas le genera tanta ternura.

- Sí. Es un buen ejercicio, ¿no? Físico y… mental también.- responde él.

- Bueno tal vez… podrías pasar por nuestra casa en alguna de esas caminatas. Emma siempre tiene cerveza en el refrigerador…- dice Mary Margaret, casi en un susurro.

- Tal vez podría…- es todo lo que él responde. No sabe porqué, pero aquella simple invitación le significa el mundo. Es más de lo que él podría pedir.

- Este ha sido un día increíblemente largo.- dice Emma, dando el tema por terminado, sin poder contener un bostezo. Mary suelta una risita en adhesión.

- Gracias a Dios que mañana es sábado.

- ¡Y eso es bueno para ti, solamente! Porque el Sheriff no descansa. Mañana es igual a cualquier día…

- ¿Entonces no cuento contigo para ayudarme a ordenar la casa?

- Lamento decirte, Mary, que no contabas conmigo siquiera antes.

- Sí, el orden no es tu fuerte…

- O tu eres una maniática de la limpieza… y, después de todo, ten más cuidado en la forma en que me tratas ahora, Mare. Recuerda que soy el Sheriff. Ten eso en mente.

- ¿Vas a aprovecharte de tu posición y vas a encarcelarme cada vez que diga o haga algo que no te agrada?

- Pasarías el resto de tu vida en la cárcel.- responde Emma, con la sonrisa más grande que David le ha visto jamás, su tono cargado de afecto. Mary también sonríe. De hecho… su sonrisa es idéntica a la de Emma. Literalmente idéntica. Si David no las conociera mejor, juraría que son hermanas. Al menos ambas son igual de hermosas.

- Estoy muy orgullosa de ti, Emma.- murmura Mary, con el mismo cariño, como intentando que David no escuche. Pero él no puede evitar prestar atención a todo lo que ellas dicen, hacen, a la forma en que caminan, que bromean, a las simples pero enternecedoras muestras de cariño y de afecto que de vez en vez se regalan. Eso lo reconforta. Saber que Mary Margaret no está sola. Saber que Emma cuida de ella. Saber que alguien la compaña cuando él no puede hacerlo.

- Gracias.- responde Emma. A David le parece que está al borde de las lágrimas. Por lo poco que sabe de la historia de Emma (aquello que Mary Margaret le contó tiempo atrás, cuando ambos aún eran amigos y podían pasarse tardes enteras hablando de lo que sea), David entiende que gestos como ese pueden significar mucho para ella. Y por algún motivo, eso hace que el cariño y el afecto que siente por ambas crezca.

- Ganaste en buena ley. Realmente te lo merecías.- agrega él, porque es la verdad. Porque no le cuesta nada decirlo, pero sabe que a Emma le vale el mundo.

- Cuán encantador de tu parte…- murmura Emma, y a David no se le escapa la mirada cómplice que intercambia con Mary Margaret. Tal vez esa es alguna especie de broma entre ellas. A David no le importa que se rían de él… siempre y cuando lo hagan juntas.

- Bueno… supongo que nos veremos después, ¿no?- dice Mary. David ha estado tan entretenido que no ha notado que ya han llegado a la casa. Emma juega con las llaves, buscando la indicada.

- Sí, nos vemos después. Buenas noches.- responde él, intentando ocultar su desilusión.

- Buenas noches.- agrega Mary, poniéndose en puntas de pie para clavarle un beso en la mejilla. Y aunque es rápido y un poco incómodo, David puede sentir como una sensación de calidez le invade cada célula de su cuerpo.

- Buenas noches.- responde Emma, mirándolo de forma extraña, casi como si estuviera advirtiéndole algo. David piensa que tal vez tenga que ver con la conversación que tuvieron mientras tomaban el chocolate caliente… pero no está seguro.

Emprende su camino de regreso a casa entonces, cuando la puerta se cierra, enterrando sus manos en sus bolsillos y caminando lo más lento posible. No quiere volver a su casa. Cada paso que lo aleja del apartamento de Mary Margaret vuelve el mundo más frío, más distante, más borroso.

Y aún no sabe quién es. Aún está confundido y un poco asustado. Aún hay un montón de cosas que no entiende, que no le cuadran, que no tienen sentido para él. Él no siente que esos recuerdos que parecen ser suyos le pertenezcan. Él no los siente como propios. Ni a esa casa. Ni a su mujer. Ni siquiera a algo tan simple como a los pijamas que intenta ponerse en silencio.

Pero David ha recolectado en esa noche algo que no tenía hasta entonces: David tiene ahora un par de certezas. David sabe que ama a Mary Margaret. David sabe que quiere a Emma. David sabe que realmente daría todo por ser parte de eso que ellas tienen, por ser parte de esa familia. Y aunque esa sensación no tiene del todo sentido… aún así encaja.

Se duerme esa noche pensando en ellas. En el rosado de sus mejillas cuando sonríen idénticamente. En la fragilidad de los ojos de Emma. En los labios de Mary Margaret en su mejilla. Sueña con espadas y caballos y largos, interminables senderos en el bosque. Sueña con Mary Margaret, durmiendo a su lado, sonriendo en sueños. Sueña con su propia mano acariciándole el vientre, murmurando palabras de amor. Sueña que es feliz, que todo tiene sentido, que la vida es perfecta y sin preocupaciones.

Pero la mañana da por terminada esa ilusión, casi como si se tratara de una horrible maldición de la que no puede escaparse.

II

There are times when all the world's asleep The questions run too deep for such a simple man Won't you please, please tell me what we've learned I know it sounds absurd but please tell me who I am

(Hay momentos cuando todo el mundo duerme, En que las preguntas son muy profundas para un hombre tan simple; Por favor, ¿no me dirías qué hemos aprendido? Se que suena absurdo pero por favor dime quien soy.)

James no duerme aquella noche. Teme, y con razón, que al cerrar los ojos las cosas vuelvan a desmoronarse. Teme despertar y no recordar que Blanca es su esposa, que Emma es su hija, que Henry es su nieto. Teme por todo y por nada a la vez.

Storybrooke duerme, impertérrito, tal y como dormía meses atrás, cuando aquella maldición lo mantenía en el olvido, cuando sus vidas no eran más que una fachada. James se mira por un segundo en el espejo del baño. Su cabello está más corto. Su piel luce más pálida. Pero, a pesar de eso, nada a cambiado. Sigue siendo el mismo. Un hombre que viste camisas a cuadros en lugar de vestir armaduras. Aún tiene las mismas cicatrices. Aún siente el mismo fervor en su pecho. Por sobre todo y, de nuevo, aún tiene los mismos miedos. Pero si hay algo que ha aprendido en todo este tiempo es que detenerse a temer no sirve para nada. No, el miedo sólo te controla, te inmoviliza, te vuelve más débil. Y él no puede permitirse eso ahora.

Así que se levanta a las siete, se afeita, prepara un café, y se sienta en el pequeño desayunador de la casa. No de su casa, porque esa no es su casa. Una parte de él, aquella que preferiría olvidar, le dice que ahí vivieron con Katrhyn desde el momento en que se casaron. Le dice que él eligió esos pisos, y que ella eligió las cortinas, y que ambos eligieron el papel de las paredes. Pero todo eso es mentira. O es una verdad a medias. Ellos no eligieron nada de eso. No se eligieron el uno al otro, para empezar. Alguien más tomó esas decisiones. Alguien más moldeó sus vidas. Y James está acostumbrado a eso.

Años atrás, cuando él no era más que un simple pastor, sus planes para el futuro eran sencillos, realizables. Desposar a una buena mujer de la que estuviera enamorado. Tener hijos. Salvar la granja. Enseñarles a sus hijos el oficio del pastor. Vivir una vida tranquila y sin mayores problemas… y nada más que eso. Esos días le suenan tan lejanos que le parecen mentiras. Memorias inventadas. Tal y como aquellas que rodean a esa casa.

Hay un pequeño golpecito en la ventana, que apenas se oye contra el ruido ensordecedor del viento. James sonríe cuando ve al pequeño pájaro azul que continúa golpeando contra el vidrio. Abre la ventana con cuidado, dejándolo entrar, e inmediatamente el ave se posa en su mano.

- ¿No tienes un mensaje para mi?- le pregunta, acariciándole la pequeña cabeza con su dedo. El pájaro sale disparando por la ventana, y se posa en la alverja blanca que decora el jardín. Inmediatamente, James entiende que es lo que pretende. Se calza las botas y se pone el abrigo con rapidez, cerrando la puerta de entrada y corriendo hasta el pájaro. Este vuelve a emprender vuelo, para posarse en un árbol a unos veinte metros de distancia. James se acerca hasta él. El pájaro vuelve a alejarse. Él sabe perfectamente hacia donde están yendo, pero deja que el animal lo guíe de todas formas. Hay algo tan familiar en eso, tan conocido, que no puede dejarlo pasar por alto.

Ha estado siguiéndolo por un buen número de cuadras cuando el pájaro se sumerge a toda velocidad por la pequeña rendija de una ventana abierta en el primer piso de una casa. James se siente temblar de la emoción sólo al reconocer la desvencijada pero pintoresca vivienda, sus ladrillos a la vista, su techo a dos aguas. Se trepa ágilmente por el árbol del jardín del frente, sin mayores complicaciones, estirándose hasta posarse en el borde de la ventana, y tocando dos veces al vidrio. El rostro de su esposa aparece al instante, una brillante y alegre sonrisa dibujándose en sus labios.

- ¡Viniste!- murmura ella, tomándolo del cuello de la chaqueta y atrayéndolo hacia el interior de la casa. James sonríe.

- Cómo si hubiera tenido otra opción…- bromea, ingresando en la habitación y cerrando la ventana detrás de sí. Blanca sólo contesta con un beso, fuerte y seguro, lleno de aquella pasión que ella le pone a todo en su vida. Y James le devuelve el beso, rodeándola por la cintura con un brazo y sosteniéndola de la nuca con el otro, embebiéndose en el fuego de su esposa, en la calidez de su piel. Y ella suspira, y suelta una risita que parece casi un gemido contenido, una expresión de absoluta felicidad, de alegría plena. Y él la ama tanto, con tanta fuerza, con tanta claridad, que cree que nunca podrá compensar de ninguna forma esos veintiocho años que pasó lejos de ella.

- Te extrañé… no puedo dormir sin ti.- murmura ella de nuevo, obligándolo a sentarse en la cama y sentándose en su falda. James la mira por un segundo. Detrás del rosado de sus mejillas, de la absoluta alegría de su rostro, se ven un par de marcas debajo de sus ojos. Blanca ha estado llorando. Probablemente toda la noche.

- Lo sé, yo tampoco pude dormir.- confiesa él, rodeándola con sus brazos y recostándose en la pequeña cama, colocando la cabeza de su esposa en su pecho, besándola en la coronilla. Ambos se quedan en silencio, recargándose de la energía del otro, dejando que sus labios se pongan al día, se redescubran, se encuentren una y otra vez. Sólo ahora James se siente verdaderamente él mismo, cuando Blanca está a su lado, cuando su respiración se roza con su suave mejilla, o la frente de su esposa reposa contra su corazón. No es hasta después de un buen rato, cuando el sol ya salió del todo y los pocos pájaros que viven allí comienzan a cantar, que James nota que no están en la habitación de Blanca… si no en la de Emma.

- Emma… - susurra él, sus ojos abriéndose, una sonrisa dibujándose en sus labios. Blanca suspira, sonriendo también.

- Emma.- repite ella, con un tono de dulzura tras el cansancio de su voz, con sus ojos aún cerrados, mientras se acomoda más en los brazos de su marido. James aprovecha para echar un vistazo al cuarto desde donde está.

No hay nada en esa habitación que indique que Emma ha estado viviendo allí por casi un año. Nada, a excepción de dos simples pero significativos objetos: una manta tejida a mano que cuelga sobre la silla, blanca y con ribetes violetas, con el nombre de Emma bordado en una esquina (manta que James reconoce al instante), y una foto en su portarretrato que reposa en la pequeña mesita de luz. James estira su mano para tomarla. Es hermosa. Es de Emma, Henry y Blanca. Los tres están sentados en el borde de algo que parece ser un castillo de madera, con la playa y el mar en el fondo. Los tres sonríen. Sonrisas idénticas, si se puede agregar. Emma está en el medio, un brazo rodeando a Henry y el otro tomando la mano de Blanca. James nunca la ha visto tan feliz.

- Ella nos encontró…- susurra él, sin poder contener las lágrimas que se le escurren por las mejillas. Blanca suelta una risita.

- Por supuesto que nos encontró, Encantador. Ella es tu hija, después de todo.- responde, como si se tratara de la simpleza más grande del mundo, como si no hubieran maldiciones y venganzas y veintiocho años de por medio. Como si, en realidad, todo esto no habría sido más que un juego de escondidas. Pero las palabras de Blanca albergan mucho más que ese simple significado. Blanca confía en Emma. Siempre le ha tenido una fe ciega. Y él mismo confía en Emma también. Él siempre supo que Emma iba a volver por ellos. Él mismo se lo pidió, le murmuró esa súplica antes de encerrarla en aquél ropero, de enviarla a este mundo, de sacrificarse a sí mismo. Emma los encontró. Su hija los salvó.

- Es nuestra hija…- dice él, más para sí mismo que para su esposa. Ella sonríe. Sus mejillas se vuelven rosadas otra vez, sus ojos brillan. James deberá acostumbrarse a que esa sonrisa ahora le pertenece a Emma.

Y es extraño porque él ha sido muchas cosas en su vida. Era un niño feliz y despreocupado, hasta que su padre murió, obligándolo a hacerse cargo de la granja. Y era un pastor sin mayores problemas, con una vida simple y sin lujos, hasta que lo obligaron a llenar los zapatos de alguien más. Y era un príncipe por error y por obligación, pero más que nada por oficio, hasta que el amor candente y verdadero lo convirtió en una paria, en un bandido. Y entonces fue de ella, fue suyo, fue su esposo y fue rey, hasta que lo arrancaron de su hogar y de su mundo para ponerlo aquí. Y fue un enfermo. Y ella lo despertó. Y fue un infiel y un sospechoso y un mal falso esposo. Y entonces fue él de nuevo. De nuevo Encantador. De nuevo su marido. Siempre suyo.

Salvo que ahora también es de Emma. Y de Henry.

Nunca, en ninguno de sus antiguos roles, estuvo tan asustado y tan feliz a la vez.

III

I said now, watch what you say, now we're calling you a radical, a liberal, fanatical, criminal Won't you sign up your name, we'd like to feel you're acceptable, respectable, presentable, a vegetable

(Y digo ahora, que dirías tu ahora que te llaman radical, liberal, fanático, criminal ¿No anotarías tu nombre? Nos gustaría sentir que eres aceptable, respetable, presentable, un vegetal).

Está bastante seguro de que nunca en su vida ha sido tan feliz. Sí, está preocupado. Sí, aún hay un millón de cosas por resolver. Y si, tal vez nunca van a volver a casa, a su antigua casa, al lugar adonde él creció y se educó y comenzó su familia. Sin embargo, todo eso pasa a un segundo plano ahora, en ese momento, cuando acomoda sus cosas en los cajones vacíos que Blanca le dejó en el pequeño armario. Cuando se siente en casa aún cuando este lugar le es extraño, aún cuando a veces le cuesta usar el televisor, o cuando no le gusta del todo la luz que dan las bombillas. Pero la casa huele a canela y a flores, y hay un par de pequeñas zapatillas que deben de pertenecer a Henry tiradas debajo de la mesa de la cocina, y la manta de Emma reposa en el sillón. Y James ha estado sonriendo por las últimas horas sin poder contenerse.

En cuanto termina de ordenar sus cosas, sube al cuarto de Emma para comenzar a ensamblar la cama de Henry. Echándole un vistazo al reloj, calcula que falta al menos una hora para que todos vuelvan a casa, así que tal vez pueda tener todo listo para cuando ellos regresen y darles la sorpresa. Así que toma las pocas herramientas que encuentra, se quita la camisa, y pone manos a la obra, con la radio de fondo como única compañía. Y es entretenido, de hecho. No ha hecho nada así en mucho tiempo. Está tan entretenido que no siquiera nota que Emma ha vuelto a casa hasta que ella no le da una palmada en el hombro. Se asusta tanto que termina por clavarse el destornillador en el brazo, cayendo al piso.

- ¿Qué…?

- ¡Oh, Dios! ¿Estás bien? No quise asustarte…- comienza Emma, preocupada, ayudándolo a levantarse. James le sonríe, solo para calmarla.

- Sí, estoy bien. Supongo que estaba demasiado entretenido…- responde él, aún sosteniéndole la mano. Su hija sonríe a medias.

- Sí, eso parecía.- murmura, sin mirarlo a los ojos, soltándose de su mano lentamente. A James no le molesta. Sabe que Emma no está del todo cómoda con él todavía. Sabe que les falta mucho por recorrer. Pero el hecho de que ella lo esté invitando a vivir con ella, con Blanca y con Henry le dice a James que, al menos, su hija quiere conocerlo. Tiene la intensión de conectarse con él. Él puede esperar. Puede darle su tiempo. No tiene (y no tendrá nunca) nada más importante que hacer.- ¿Necesitabas ayuda?- pregunta ella, intentando romper con el incómodo silencio.

- ¡Sí, claro! Podrías… podrías tener esto…- responde él, mostrándole la forma en la que debe sostener la madera. En realidad no necesita ayuda, de hecho ya casi estaba terminando de armar la cama él sólo, pero no está en condiciones de desaprovechar los pocos momentos a solas con su hija que se le permiten. Así que por unos momentos se quedan en silencio, con el sonido de la radio de fondo, mientras James atornilla y Emma sostiene.

- Eres bueno en esto…- comenta ella, con una risita.- Puedes agregar esto a la lista de las cosas que sabes hacer, ¿no? Debajo de "Lucha con espadas", "Cabalgar" y "Rescatar damiselas en peligro".- bromea, ganándose una carcajada de su padre.

- No fui siempre un príncipe, ¿sabes?- le explica él, limpiándose el sudor de la frente con su mano. Emma frunce el ceño, sin entender del todo, y James toma eso como una señal de que debe explicarse mejor.- Yo nací en una granja. Mi padre era pastor. Mi madre tejía para las mujeres del pueblo. Crecí ahí, ahí me eduqué.

- ¿Eras un pastor?- Inquiere ella, visiblemente sorprendida. No de mala manera, sin embargo. James puede ver un brillo en sus ojos rayano en la diversión.

- Si. Un simple y pobre pastor. Pero feliz, si se me permite.- agrega él, poniéndose de pie y acomodando el colchón sobre la cama recién armada. Emma ha abandonado su tarea por completo, y se sienta en el borde de la ventana, de brazos cruzados.

- ¿Y cómo te dejaron casarte con… con ella, si no eras de la realeza?- pregunta, dudando por un segundo acerca de cómo llamar a su madre.

- Digamos que no nos "dejaron". Lo hicimos, y ya.- simplifica él, porque no sabe hasta qué punto Emma está dispuesta a oír de la historia de sus padres, de aquél otro mundo del que ella viene.

- He vivido en una mentira, entonces. Creyendo, todo este tiempo, que debía buscar a un príncipe encantador… cuando en realidad él no era más que un simple pastor.- murmura su hija, sonriendo, mirándose los pies. Y James tiene que contener un suspiro porque Emma se parece tanto a Blanca allí, con la luz de la tarde de fondo, que hace que le dé un vuelco el estómago.

- Lo que tienes que buscar es un hombre que te quiera y te respete. Lo demás… no tiene tanta importancia.- dice él, colocando con cuidado las sábanas que Blanca compró para Henry. Por alguna razón desconocida, no se atreve a mirar a Emma a los ojos. Tal vez tenga que ver con el hecho de que se siente emocionado, al borde de las lágrimas, y mirar a su hija solo lograría propulsar eso. Tal vez es porque se siente culpable, porque una parte de él aún siente que debe pedirle disculpas.

- ¿Qué es eso?- pregunta Emma, como si quisiera cambiar de conversación lo más rápido posible, señalando la caja envuelta en papel del regalo que James dejó sobre el aparador.

- ¡Oh, lo había olvidado! Esto es para ti… es un regalo por… por dejarme vivir aquí contigo.- explica él, tomando la caja y dándosela a su hija. Emma se sienta en la cama y comienza a desenvolverla con cuidado.

- No tenías que darme nada. Esta es tu casa, después de todo, es tu familia y tu…- se interrumpe a si misma cuando termina de abrir la caja y se encuentra con el brillante móvil de cristal.- Esto estaba en la tienda de Gold…- murmura, mirándolo con detenimiento por un segundo, antes de mirar a su padre a los ojos.

- Estaba allí, si. Anoche fuimos con Gruñón a ver si encontrábamos algo extraño allí y… bueno, cuando lo vi no pude evitar sacarlo. Es tuyo, después de todo. Yo lo había comprado para ponerlo sobre tu cuna.- comenta él, colocándose de nuevo la camisa.- ¿Te gusta?- inquiere, inseguro, puesto que Emma se queda en silencio sin decir una palabra, jugando distraídamente con los hilos del móvil, examinando cada pieza.

- Tú fuiste un pastor. Y luego un príncipe. Y luego el Rey. Y… y el esposo de alguien. Y luego fuiste… padre.- dice ella, como si en realidad no estuviera hablándole a él, como si estuviera más bien pensando en voz alta. James se sienta a su lado en la cama.- ¿Cómo haces eso? ¿Cómo te amoldas a todos esos roles, a esas expectativas, a los que todos esperan de ti, a tus responsabilidades?- agrega ella, y una lágrima se le escurre por la mejilla. James estira su mano tentativamente, limpiándosela con su pulgar, acariciándole la mejilla a su paso.

- ¿Sabes que fue lo que me hizo a hacer todo eso, lo que me dio la fuerza para hacerlo sin dudar, sin pensarlo dos veces?- dice él, teniendo que contener el impulso de sostenerla en sus brazos. Emma niega con la cabeza.- El amor de mi madre. El amor de tu madre. El amor que sentía por ellas y el que sentía por ti. Mi deseo de proteger a mi familia. La noción de que no estaba solo. De que tenía que cuidar a mi familia por eso mismo, porque al final del día no importaba si era un príncipe un pastor… importaba que siempre era el hijo de alguien, el esposo de alguien, el padre de alguien. Esas cosas, las que se mantienen, las que no cambian, son las importantes. El resto… el resto viene y va.- finaliza él, conteniendo sus propias lágrimas, regalándole a su hija una breve sonrisa. Emma también sonríe.

- Gracias.- es todo lo que dice, pero a James le vale el mundo.- ¿Podrías colgarlo ahí, en la viga esa?- le pide, quitando el móvil de la caja con cuidado, y poniéndose de pie. James obedece, subiéndose a la silla que Emma tiene en su habitación y atando el móvil con cuidado a la viga, de manera que queda suspendido sobre la cama de Emma, la luz del sol filtrándose entre las figuras de cristal y dibujando coloridos destellos en el suelo y las paredes. Emma lo admira por un segundo, estirando su mano para acariciar uno de los unicornios.

- Es hermoso, en serio. Muchas gracias.- repite. James asiente, sonriendo, estirando su mano para colocar uno de los rebeldes mechones del cabello de su hija detrás de su oído.

- Tu eres hermosa.- le dice, porque no puede evitarlo. Porque la piel de Emma centellea y su efecto es casi hipnótico. Porque su hija se parece tanto a Blanca que es increíble que nadie se haya dado cuenta antes de que estaban emparentadas. Porque Emma está triste y confundida, y él no quiere que eso ocurra. Porque la ama con locura. Porque aún tiembla cuando piensa en esa vez en que la metió en el ropero mágico, rogándole que los encuentre. Y ahí está, veintiocho años después, parada frente a él, brillando bajo la luz del sol. Viva y rota, pero viva al fin.

Emma lo mira por un momento, midiendo la situación, y a James le parece que aquella incomodidad que solía signar sus charlas acaba de desaparecer o, al menos, se ha apaciguado. Se acerca hasta él y lo rodea con sus brazos, abrazándolo por los hombros, soltando un suspiro. Y James la abraza, también. La sostiene por un segundo, por un instante, dejando que sus dedos rocen las puntas de su largo cabello, tratando de no pensar en que la última vez que la sostuvo ella cabía en sus brazos, no era más que un bulto, un pequeño paquete. Entonces ella se separa, limpiándose las mejillas, soltando una risita.

- Voy a… a comprar algo para cenar. Blanca y Henry volverán en cualquier momento. Tú podrías darte una ducha o algo así…-

- Sí, suena bien.- adhiere él, sonriéndole. Emma se detiene antes de llegar a la puerta de la habitación.

- ¿James? Tal vez otro día me puedas contar toda la historia. Sobre tu madre y la granja y… todo eso. Me gustaría oírla.- dice, tímidamente.

- Me encantaría.- responde él, convencido, entusiasmado incluso. Y Emma sonríe. Y desaparece escaleras abajo. Y a James le toma un segundo procesar todo lo que acaba de ocurrir.

No es mucho. Una charla franca. Un abrazo. Un acercamiento.

Pero por algo se empieza.

IV

But at night, when all the world's asleep, The questions run so deep for such a simple man. Won't you please (Won't you tell me), (You can tell me what) please tell me what we've learned; (Can you hear me?) I know it sounds absurd,

(Won't you help me) please tell me who I am, who I am, who I am, who I am.

But I'm thinking so logical; Did you call, one two three four It's getting unbelievable

(Pero en la noche, cuando todo el mundo duerme, las preguntas son muy profundas para un hombre tan simple; Por favor, ¿no me dirías qué hemos aprendido? Se que suena absurdo pero por favor dime quien soy; quién soy, quién soy. Pero estoy pensando tan lógico; se está poniendo increíble.)

Cierra silenciosamente la puerta detrás de sí, intentando por todos los medios de no despertar a nadie. La reunión del Concejo Real ha demorado más de lo normal, por lo que a James no le sorprende que, al regresar, el resto de su familia ya se encuentre en la cama.

- ¡Por fin llegas!- murmura Blanca, saliendo de la habitación, colocándose la bata que suele usar sobre su pijama. James asiente, suspirando, y se deja caer en una de las sillas de la cocina. Inmediatamente, su esposa pone agua a calentar para preparar unas tazas de té. Blanca se coloca detrás de él, abrazándolo por los hombros, besándolo en la mejilla, y James se deja envolver por la calidez de su esposa.- ¿Cómo estuvo todo?- pregunta ella. Él intenta acomodar las ideas antes de hablar.

- Bastante mal, de hecho.- responde, preparándola para lo que debe decirle. Blanca se sienta en la silla contigua a la de su esposo, tomándolo de la mano, invitándolo a continuar.- El Consejo cree que debemos salir a buscar a Regina. Ha pasado más de un mes desde que la maldición se rompió, y no hemos sabido nada de ella. La gente está comenzando a impacientarse.

- Y tu aún crees que es una mala idea, ¿no?

- No es sólo eso…- explica él.- Ha habido… quejas acerca de tu ausencia en las reuniones. Y de la de Emma.

- No podemos pedirle a ella que vaya. Dijimos que no lo haríamos…

- Y no lo hemos hecho. Hasta hoy, eso sonaba como una buena idea. Pero las cosas… se complicaron un poco más…

- James… dime que no les dijiste acerca de la magia…- dice ella, suspirando, frotándose los ojos.

- ¿Qué magia?- inquiere la voz de Emma. Su hija aparece entonces, saliendo de la oscuridad, y a juzgar por la expresión de su rostro no está contenta. James y Blanca se quedan en silencio, sin saber qué decir.- ¿No van a contestarme? Quiero saber de qué están hablando.- dice, sentándose del otro lado de la mesa. El sonido del agua hirviéndose le da una excusa a Blanca para ponerse de pie.

- Emma… debes saber antes que nada que mi prioridad, la mía y la de tu madre, es tu bienestar. El tuyo y el de Henry. Nunca haríamos nada que pueda perjudicarlos.- comienza él, intentando dejar eso en claro desde un principio. Emma sólo asiente, sin mirarlo a los ojos, tomando la taza de té que su madre le tiende.- Dicho esto, debes saber que además de ser tus padres nosotros somos los Reyes. La gente lo percibe así, así es como lo recuerdan. Y esperan de nosotros… soluciones, respuestas.

- Aún cuando a veces nosotros no podemos dárselas.- agrega Blanca. Emma vuelve a asentir.

- Como es el caso ahora. Tu madre y yo… desde que oímos acerca de esta maldición por primera vez hemos estado tratando de encontrarle una solución, de protegerte a ti, a nuestra familia, a nuestro pueblo, pero nunca nos detuvimos a pensar que ocurriría después. Que ocurriría cuando tú volvieras, cuando la maldición se rompiera. Tenemos ante nosotros ahora un tipo de magia con el que no nos habíamos encontrado nunca antes, y con el que no sabemos de qué manera enfrentarlos. Nosotros no somos expertos en esto. No como Regina o como Gold.- continúa él, sin modificar la voz, hablando en el tono más monótono posible. No quiere asustar a su hija. No quiere preocuparla. Pero, por otro lado, sabe que ella es una mujer fuerte y segura que no parará hasta encontrar respuestas. Lo sabe porque ella es hija de Blanca. Y no hay forma de detener a mujeres como ellas.- El Concejo cree que debemos… debemos buscar a Regina. Debemos encontrarla. Ella es quien comenzó con todo esto. Ella merece pagar por todo lo que hizo. Están muy enfadados.

- Y tienen razón.- murmura Emma. James asiente.

- Sí, la tienen, pero a veces el enojo no nos deja ver las cosas con claridad. Esta gente no entiende que la magia aquí es… distinta. No sabemos con qué poderes cuenta Regina. Pero lo que sí sabemos es que hay un motivo para su desaparición.

- Tú crees que es ilógico que ella no aparezca todavía…- dice su hija, intentando entender hacia dónde va eso.

- Sobre todo considerando que nosotros tenemos algo que ella valora.- responde su madre, mirándola a los ojos. Por un segundo, a James le parece que ambas están manteniendo una silenciosa conversación. Entonces Emma deja su taza sobre la mesa y se cruza de brazos.

- No.- dice, conteniendo la voz, como si tuviera que hacer un esfuerzo para no gritar.

- Emma…-

- ¡No! ¡De ninguna forma! ¿Qué me están pidiendo acaso? ¿Usar a mi hijo como señuelo? ¿Han perdido la cabeza?- exclama, poniéndose de pie y caminando por la habitación. James nota que, de pronto, las luces de la cocina han comenzado a titilar.

- ¡Por supuesto que no, Emma! ¿Cómo crees que podríamos hacer algo así?- dice Blanca, dolida, dejando también su propia taza.- ¡Que el Concejo crea que es una buena idea no quiere decir que vaya a ser implementada!

- ¡Claro que creen que es una buena idea! ¡Es porque Henry no es su hijo! ¡Mi trabajo es protegerlo, es cuidar de él, y bastante me cuesta ya para que además vengan un montón de idiotas a pedirme que lo exponga a quien sabe que cosa!- está gritando, a estas alturas. Su voz se quiebra bajo la presión, y James puede sentir su corazón rompiéndose con cada palabra que sale de la boca de su hija.- ¿Son estos los mismos idiotas que creyeron que ponerme en ese armario era una buena idea? ¿Esperas que confíe en esa gente?

- ¡Espero que confíes en mi!- la interrumpe Blanca, igual de dolida que su hija, poniéndose de pie y caminando hasta ella.- ¡Eso es lo que te pido, Emma! Que confíes en mi y en tu padre. ¿Tú recuerdas lo que te prometí? Te dije que haría lo posible por mantenerlos a salvo. ¿Lo recuerdas?- le dice, y James la conoce lo suficiente como para darse cuenta de que está intentando por todos los medios no llorar. Emma asiente, sólo asiente y mira al piso, limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano.

- Lo siento.- murmura, mirando a su madre. Blanca sonríe, tomándola por los hombros y guiándola de nuevo hasta la silla. James las mira con detenimiento, casi con adoración. Porque no puede evitarlo, porque el amor que siente por estas dos mujeres es incontenible.

- Escúchame, Emma. Mi trabajo, antes que ningún otro, es el de proteger a mi familia. Ser Rey, eso viene después. Yo sé cuáles son mis prioridades. Las mías y las de tu madre. Te amamos a ti a Henry demasiado como para ponerlos en riesgo. Nos preocupamos por ustedes.- explica él, dándose coraje y tomando a Emma de la mano. Está hirviendo. Casi como si estuviera enferma. Sólo entonces James nota que está pálida, triste. La expresión de la cara de Blanca le dice que ella también ha notado el drástico cambio en su hija. Blanca lo mira por un segundo, antes de hablar.

- Es esa preocupación la que nos lleva al siguiente tema…- comienza, sentándose entre su hija y James.- Emma… creemos que es tiempo de que hablemos acerca de tu magia.- dice, tentativamente. Emma frunce el ceño.

- ¿De qué magia estás hablando?- inquiere su hija, sin entender. James cree que, en realidad, Emma se está reusando a entender, pero no la culpa.

- Sabes de qué magia estoy hablando, Em. Yo la he visto. Tu padre la ha visto. Y sé que tú misma lo notas, me lo has dicho. Sé, sobre todo, que haces un esfuerzo por contenerla. Pero creemos que es tiempo de que alguien más la vea. De que alguien nos explique de qué se trata todo esto.- finaliza ella, acariciándole el cabello. Emma suspira.

- No quiero esto. No lo quiero, no quiero nada de esto.- comienza, en un susurro casi inaudible.- No quiero la magia, no quiero ser la Salvadora, no quiero vivir en este pueblo en el que todo el tiempo estamos en peligro. No lo quiero.- Blanca comienza a llorar, abrazando a su hija por los hombros, acercándola hacia su cuerpo. James aún sostiene la mano de Emma en la suya, apoyándola, dándole confort.- Me siento cansada y enferma todo el tiempo. Me estoy volviendo paranoica. Y no quiero esa vida. No quiero esa vida para Henry, ni para mí, ni para ustedes.- finaliza. No llora. No grita. Pero está resignada. Y tal vez a James le duele eso mucho más que si su hija hubiera irrumpido en llanto.

- Vamos a encontrarle una solución. Te lo prometo. No voy a parar hasta encontrarle una solución.- le dice, buscando sus ojos en la tenue luz de la cocina. Emma lo mira por un segundo, y después mira a su madre. Ésta asiente, apoyando a su esposo, sonriéndole. James entiende entonces que aún después de todo, aún después del tiempo que ha pasado y de cuánto han cambiado las cosas… Emma todavía no sabe del todo si puede confiar en él. Confía en su madre, sin embargo. A Blanca le tiene una fe ciega. Y James se consuela con esa idea. Se quedan en silencio por unos momentos, mientras Emma se termina su taza de té. Aún está pálida. Aún tiene fiebre. James puede ver su propia preocupación dibujada en los ojos de Blanca.

- ¿Porqué no duermes conmigo esta noche? Dices que te sientes enferma, ¿no? Así puedes despertarme si te sientes mal. Y yo estaría más tranquila…- propone Blanca. James sonríe, porque su esposa sabe exactamente como tratar a Emma. Emma no aceptaría ese favor, nunca le pediría algo así a su madre por mucho que lo quisiera; pero si Blanca se lo pide, si le hace creer que es Emma la que le está haciendo un favor a ella, su hija dirá que sí. Y lo dice.

- Si así lo prefieres.- responde, frunciéndose de hombros. Blanca la abraza con fuerzas.

- Sí, así lo prefiero.- dice su madre. James se pone de pie y pone las tres tazas en el fregadero.

- Eso significa que deberás prestarme tu cama.- le dice a su hija, con una sonrisa. Blanca se acerca hasta él, tomándolo de las mejillas y besándolo en los labios. Y James suspira porque sabe, con seguridad, que va a extrañarla tenerla a su lado en la cama, dormir con ella en sus brazos.

- Hasta mañana. Te amo.- le murmura, besándolo otra vez y metiéndose en su habitación.

- Hasta mañana. Buenas noches, Emma.- responde él, besando a su hija en la coronilla. Sabe que a Emma no le gustan ese tipo de cosas, no al menos de su parte, pero él siente que de alguna forma debe demostrarle cuanto la ama, cuanto se preocupa por ella. Ella no responde al principio, como si estuviera debatiéndose a sí misma algo.

- Buenas noches, papá.- murmura, y si James no le hubiera prestado tanta atención se habría perdido eso. Y no puede perderse eso. Ya se ha perdido demasiadas cosas. Y Blanca le sonríe sin disimulo y hasta Emma sonríe, conteniendo una risita, como si las caras sorprendidas de sus padres le resultaran graciosas. Se pone de pie y se retira a la habitación de Blanca, dejando a sus padres solos.

- Buenas noches, papá.- repite Blanca, aún sonriendo, besándola de nuevo en los labios. Y James está tan feliz que no puede decirle nada, que no puede agradecerle por darle lo más increíble que ha tenido en su vida, por darle a su hija.

Sube las escaleras lentamente, intentando no hacer ruido, no despertar a Henry. Su nieto duerme pesadamente, y las sábanas han caído prácticamente hasta el suelo. James las acomoda, intentando no despertarlo, acariciándole el corto cabello y dándole un beso en la frente.

Se recuesta en la cama una vez que se quitó la ropa, para quedar solo en sus bóxers y su camiseta, y suelta un suspiro. Ha sido un día largo. Y mañana también lo será, probablemente. Pero Emma estará ahí y Henry estará ahí y Blanca estará ahí. James recuerda como, no hace mucho tiempo atrás, solía acostarse todas las noches para pasarse horas sin dormir, intentando responder a respuestas básicas como quién era, de dónde venía, porque nada tenía sentido. Ahora sabe las respuestas. Ahora sabe que es Rey, que es Príncipe, que es James. Ahora sabe que viene de un lugar adonde lo quisieron, lo cuidaron, y tenía una vida simple y sencilla, sin preocupaciones. Ahora sabe que ha tenido que luchar contra viento y marea para llegar adonde está. Ahora sabe que todo tiene sentido siempre y cuando lo dejen cumplir con su papel de padre, de esposo, de abuelo.

Porque ese es quien es, después de todo. No un pastor. No un falso príncipe. No un Rey. No un paciente del hospital sin nombre. No un veterinario post comatoso al borde del divorcio. Él es el esposo de Blanca. El padre de Emma. El abuelo de Henry.

Él es el hombre que los ama.

An: Hey cómo están? Espero que bien! Yo aquí con otro capítulo de "Despierta mi Alma". Quería agradecerles a todos por las reviews y los mensajes que me enviaron. Realmente aprecio mucho la devolución de ustedes porque me impulsan a seguir haciendo esto que amo que es escribir!

Nos vemos en el próximo capítulo! Gracias!