Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos.

-Bhagavad-Gitā-


Rumores blasfemos.

Capítulo II.

La poesía de su rostro.

Al esparcirse el humo fue que pudo verla: la silueta femenina, las piernas fuertes y la misma espada ondeando peligrosamente en lo que componía el principio de un acechamiento y una cacería en la que por primera vez él no sería el persecutor. Skywarp no le quitó los ópticos de encima, detallándola de pies a cabeza como lo hubiera hecho en cualquier otro momento si la hubiera tenido en otras condiciones, especialmente en una habitación cuyo glamor hubiera sobrepasado el desastre de los escombros y del olor a cable quemado. Tenía un mal presentimiento atestándole cada pulsación del núcleo de su chispa vital. Esplendorosa, así la veía, materializada como una numen de cuencas amarillas cuyo fuego entrecerrado le sonreía macabro, taciturno, con la boca torneada en una expresión neutra, más bien aburrida. Siniestra, al mismo tiempo horrorosa por manar de ella una radiación desconocida, de atributos oscuros que ni siquiera un asesino por placer podría compararle.

Skywarp había visto muchas fembots a lo largo de su vida, a la mayoría de las cuales había logrado conquistar para pasar extensas horas de complacencia a sus lados. Cada una tuvo algo especial, un detalle que le dejaba a él distinguirlas pese a que hubieran desfilado como cientos de datos y de recuerdos en su procesador, lo que podía presumir como un lujo y el bendito privilegio de ser un seeker perteneciente a la élite aérea del ejército decepticon. Ésta en cambio, era diferente sin tomar en cuenta el hecho de la peligrosa espada amarilla ondeándose en su mano derecha. A un primer vistazo no reconoció a su enemiga, nada en ella ni siquiera el perdido trance de su mirada, que inconscientemente le advertía a él retroceder aunque su obstinado orgullo –convertido en curiosidad- le mantuviera las piernas quietas y los pies pegados al suelo, con la mano izquierda aún apoyándose de la tembleque pared de escombros.

No fue límite la oscuridad para ver colores rosas y blancos en los contornos del chasis de Arcee, que detuvo su contoneado andar al sortear los últimos vestigios de fuego esparcido alrededor del piso. Cubiertas sus piernas de hollín y sus pies ahogados por la fina capa de óxido que brotaba del piso, de pronto su sonrisa, aquella mueca distorsionada que le transformó cada línea del rostro en la máscara de un espectro lleno de hoyos, hizo al seeker preparar el primer disparo de su único rifle funcional, internamente estremeciéndose. Él mismo no se reconocía como un mecanismo apegado al estereotipo de la cordura, sin embargo, por alguna extraña razón, el transformer femenino ante él le plagaba de una incertidumbre desconocida, casi espolvoreada por el miedo, un miedo que millones de años de oponentes no le habían hecho sentir jamás. Y pese a ello, sus impulsos bravucones, incitados por un ámbito de galán, le instaron a abrir la boca, una vez más haciendo lo que tantas veces sus compañeros aéreos le recriminaban, diciéndole que su vocalizador y su procesador eran dos polos opuestos: Hablar.

-Preciosa –Sonrió con su ego intacto sin importar el daño en su vanidosa estructura- no me gusta decirle que no a una dama, pero –Hizo una mueca de desinterés, señalando a su alrededor con su única mano disponible- Este no es el momento adecuado –Dijo irónicamente, haciendo chasquear levemente su rifle al verla a ella inclinar un poco su desfigurado rostro.

Por respuesta se llevó varios milímetros más de aquella sonrisa ensanchándose, con el tenebroso fulgor amarillo clavado en sus ópticos rojos. El silencio se apostó más poderoso que antes, sumergido en los segundos de batalla en los que las voluntades de ambos transformers pelearon a través de sus miradas, analizándose, una a punto de la risa catatónica y el otro midiendo las posibilidades de esfumarse de ahí sin la asistencia de sus programas de tele-transportación. Ya había intentado usar la habilidad para saltar entre dimensiones en cuanto se vio acorralado, mas un fallo general en sus sistemas, que irónicamente le favorecía a ahorrar la energía que perdía por sus heridas, le lanzaba una burlesca ventana al centro de su visión; No podía tele-transportarse a ningún lado, estaba atrapado entre una posible loca (que cuando no sonreía se miraba bonita) y una pared detrás de sus alas.

-Ah… Ya sé quién eres –Dijo entonces el seeker, inclinando un poco la cabeza.

Muchas secciones de archivos encriptados habían estado corriendo a toda velocidad dentro de las bandas de su procesador mientras Skywarp hablaba y acontecían los segundos de tensión entre él y la extraña, hasta que un dato en específico se detuvo en una esquina de su pantalla visual, con la imagen difusa del rostro de Arcee mirando fijamente a la nada, y debajo de ella una lista de cientos de caracteres en cybertroniano que explicaban brevemente su historia, más bien conformando por puros diagnósticos, crímenes y trastornos que la catalogaban como un transformer imposible de seguir funcionando en el mundo libre. No en el mundo de cuerdos del que Skywarp tampoco sabía nada. El seeker había encontrado los datos gracias a los hurtos cibernéticos que Soundwave hacía en las redes de comunicación e información de los autobots: Arcee, decía el nombre, Arcee peligrosa, Arcee la loca, Arcee la maldita asesina que ondeaba una espada como arma favorita y que ahora había dejado de sonreírle, para gracia de Primus.

-Eres esa autobot loca que está buscando a…

-Te metiste en mi camino, decepticon. –Murmuró la balbuceante mueca de desprecio de Arcee, enloquecida de pronto por los recuerdos y las realidades entrecruzadas que atestaban la inestabilidad de sus emociones.

El seeker frunció el ceño, indignado.

-¿Yo? ¡Ja! Yo estaba teniendo un combate aéreo contra tres autobots, lindura ¿En qué parte de tu camino me crucé ahí…? Wow… hey –Levantó la mano que le ayudaba de soporte, extendiéndola al frente en un ademán para pedir calma cuando Arcee dio un paso hacia él- Tranquila –Se animó a sonreír de nuevo, intentando ser displicente a su creciente paranoia.- Las espaditas son armas muy peligrosas, Bonita… Pero podemos arreglar este malentendido de otra manera, si quieres. Qué tal si tú y yo…

El rostro de Arcee se inclinó con una mueca turbia, llena de maldad, que hizo al seeker detener lentamente sus palabras.

-Por supuesto, Skywarp –Murmuró con una voz ronca pero femenina.- Arreglémoslo.

A Skywarp no le dio tiempo de continuar hablando aquella repentina urgencia que lo invadió de pies a cabeza cuando leyó en Arcee las intensiones de una fiera a punto de arrojarse a destrozarlo. Se vio obligado a levantar su rifle en cuestión de un segundo y abrir fuego contra ella, que fue capaz de hacerse a un lado con una grácil agilidad para sortear escombros y no hundir los pies en las zanjas del piso. Todo pasó muy rápido. Los dos cambiaron de posición con tanta velocidad que la espada de Arcee, al asparse en el aire, se encontró con un vacío reemplazando el ala derecha de Skywarp mientras éste último salía dando empellones al otro lado del hoyo recientemente hecho en la pared, consecuencia del derrumbamiento de escombros sobre los que se había recargado.

Un mundo de colores oscuros, hollín y fragmentos afilados terminando de caer junto a él le dieron nueva bienvenida al interior de un cuarto igual de deprimente que el callejón sobre el que se había estrellado. Al ponerse sobre sus rodillas y apoyarse en su mano sana, frunció el ceño con desagrado: Rayas blancas le adornaban las piernas y las alas, y muchas zonas de su cuerpo, en las que había habido energon seco, se habían pegoteado ridículamente con el polvo negro, gris, color óxido del basural, dándole una grotesca apariencia de monstruo con alas. Eso hubiera herido mucho más a su dignidad que a su cuerpo, si sentarse de inmediato para apuntar urgentemente con su rifle al callejón al otro lado de la pared, no hubiera sido la prioridad de su supervivencia. Pero no vio nada. Aturdido por las alarmas de dolor, las irresistibles ganas de no mover una sola pieza del cuerpo y la acrecentante furia de su mirada, se topó solamente con más oscuridad al otro lado del hoyo. No Arcee ni rastro de su espada. Más silencio y mucho polvo intoxicando sus escapes de aire. ¿Qué quería esa autobot loca? Matarlo sólo por haber caído cerca de ella.

Y Skywarp sabía -acabándolo de corroborar con ese absurdo ataque- que por el procesador de Arcee no corría ninguna ética, mucho menos un apego a la aburrida moral de la que todos los autobots eran partidarios. De alguna manera ella se las había arreglado para comenzar a odiarlo de un segundo a otro, pero mucho peor que eso, para tomarlo como un momentáneo objetivo de caza, lo que era humillante, sobre todo por el hecho de la limitada defensa con la que Skywarp contaba. No podía correr para aludir a su agilidad, no podía andar sin activar las alertas de precaución de sus componentes internos, su centro de equilibrio requería de desesperantes lapsos de reprocesamiento para darle pocos segundos de estabilidad antes de volver a fallar y reiniciar el ciclo de compensación… Y su transmisor seguía sin darle señal de sus desaparecidos compañeros aéreos.

«Tú eres el desaparecido»

Masculló una maldición y volvió a la batalla por ponerse de pie, oteando con insistencia en dirección a la pared y a cualquier otro lado de ese sucio y oscuro cuarto. No había nada excepto montañas de escombros, cuencos volcados y muebles rotos; Las ventanas y las puertas estaban taponadas por gruesas láminas de acero. Sólo había, después de inspeccionarlo todo una y otra vez, una ligera entrada al otro lado de la pared, por donde Skywarp tendría que ir si no quería encontrarse de frente con Arcee y la espada que ésta deseaba clavarle en el centro de su chispa vital. No la comprendía ni quería intentarlo, ella era una autobot demente y él un decepticon herido cuya suerte había escogido el peor lugar de todo Cybertron para ser derribado.

Mala, muy mala suerte.

Tantos años de batallas y de cacerías aéreas hubieran podido enseñarle algo, si recordara cómo era mantenerse templado en una situación así. A Skywarp no le gustaba la incertidumbre así como ser él el objetivo se transformaba en una enorme tragedia dentro de su procesador. Sentía que se reían de él, sentía que aunque Arcee fuera un transformer femenino casualmente atractivo, él tenía, por ley de la naturaleza de dos razas enemigas, que triturarle el cuello y separárselo del chasis en cuanto la tuviera en sus manos… pero quizás antes de hacerlo, jugaría un rato con ella.

A pasos cortos, el seeker llegó al otro lado de la habitación, sorteando los escombros, moviendo con su mano las pocas repisas y carpetas que podía empujar o sobre las que podía recargarse. Revisaba meticulosamente cada centímetro de espacio libre con su rifle en alto y con la mirada volteando a muchos lados a la vez. Todo era una cortina de penumbras por la que podía aparecer Arcee con su tétrica sonrisa y su espada lista para cortar una, dos alas a la vez. Sacudió la cabeza. No podía seguir pensando en ello, se dijo, cruzando el estrecho umbral con lentos movimientos que apenas dejaron amenizar las insistentes alarmas y los avisos que pitaban dentro de su procesador. El panorama no cambiaba, salvo la disminución del polvo aéreo y la susurrante quietud de cada centímetro de camino recorrido.

Las paredes iban pintándose con manchas escarpadas tras el escrutinio de Skywarp, desfavorecidas por el paso del tiempo, del clima ácido, muy hostil; las esquinas del suelo estaban oxidadas hasta lo más alto del techo. Sólo mugre figuraba como el recuerdo de una esplendorosa vida cibernética. Mugre y el susurro del pasado. Miró dos cuerpos grises arrumbados en un rincón tras un escritorio, a uno le faltaba la mitad del torso, otro estaba sentado en una vieja silla, con un tiro de gracia entre los ópticos que le había echado la cabeza hacia atrás. El seeker siguió rengueando hacia la salida, brincando una zanja que casi lo hizo caer. Levantó la mirada. Volteó hacia atrás. Más y más mugre alrededor. Las carpetas de metal del techo colgaban de finos alambres, a punto de desprenderse. Mucho silencio. Skywarp odiaba el silencio pero no quería romperlo. No quería sonido en esa interminable tumba de quietud que podía servirle de disfraz. Caminó más aprisa y volvió a mirar hacia atrás, tropezando con un firme amontonamiento salido de la nada que le hizo aterrizar de bruces.

El constante acecho tras su espalda estaba volviéndole loco. Su radar no detectaba nada.

Claramente su visión infrarroja estaba fallando en lo de ayudarle a no chocar contra los viejos muebles volcados. Ya iban dos habitaciones traspasadas y Skywarp comenzaba a creer, por ligeros instantes, que era su propia imaginación la que le estaba jugando la treta de fantasear a una fembot –metida en el papel de arma mortal- intentando asesinarlo. Era una ironía, considerando su fiel apego a las extraordinarias creaciones del género opuesto. Quizás estaba siendo obsesivo. Ahí afuera sólo estaba la soledad de un planeta en ruinas, muchos edificios abandonados, nada de energía para subsistir y su destino aguardándole a muchos kilómetros a la distancia, en forma de sus dos desinteresados compañeros aéreos cuya preocupación hacia él era enternecedora.

Tenía que alcanzarlos antes de que Starscream, que no se preocuparía en lo absoluto por su ausencia, hiciera partir a Astrotrain con todos sus pasajeros a bordo excepto Skywarp, que estaba alucinando con una demente de sonrisa grotesca que quería matarlo.

El golpe que se dio al estrellarse claramente había sido más grave de lo que pensó en un inicio.


La luz de la luna, orbitando por encima de los viejos sectores de Iacon, hizo a Skywarp prescindir de su visión infrarroja cuando logró salir por el maltrecho hoyo de la pared. Otro punto a su favor. Los callejones no estaban en total oscuridad, sólo grisáceos, secos. Los sonidos mullidos de los hidráulicos de las piernas del seeker eran lo único audible en sus propios audios. Había logrado salir del sector donde el sorpresivo ataque de Arcee lo había arrinconado: una serie de tres edificios inclinados los unos contra los otros, fusionados por sus paredes y con una única salida por la que él se había escabullido, tironeando su dolida ala derecha contra un molusco de cables que colgaban del techo y que le habían apresado de la punta, haciéndole una agonía cada movimiento y cada estremecedor tronido de sus junturas.

Maldición. Todo era un desastre. El mismo desastre que tantos años atrás se irguió como el único desahogo de un montón de marginados levantándose en armas. ¿Qué habrían dicho, qué hubieran hecho, todos en esos tiempos de haber sabido que aún ahora, millones de años después, seguirían peleando por defender diferentes tipos de opinión y la libertad del obrero, pero en otro mundo, a cientos de años luz de un Cybertron muerto? Se habrían reído, se habrían olvidado de tanta faramalla y se habrían invitado múltiples tragos de energon de alto grado entre ellos. Aunque a Skywarp tampoco se le escapan las verdaderas razones siempre evidentes en la ambición del imperio: La conquista y ahora mismo la erradicación total de cada autobot activo.

Skywarp los odiaba por costumbre, le eran más bien indiferentes y una constante causa de batalla para la que había sido creado. Eran enemigos, a simple vista, que debían ser eliminados por interponerse en el camino del imperio decepticon, por pelearles recíprocamente por todo, por entorpecer los avances de la tecnología, y también en su tiempo, por ser los culpables de que Cybertron se secara. No lo abastecieron de energía ni dejaron que Megatron saqueara ningún otro planeta para traerle combustible vital al mundo que les dio la creación. Prefirieron largarse, llevar la guerra a otras galaxias, aliarse con formas de vida mucho más inferiores al cybertroniano más retrograda de la existencia y continuar fomentando una anarquía cuyos cimientos seguían tan podridos como siempre. Se quejaban que cada decepticon era un bárbaro sinsentido, guiado por el instinto de matar y la excitación de la guerra, pero aún para Skywarp, que no gustaba nada de adentrarse en complejos debates de opinión pública ni social, no había nada más grotesco que un político con una pistola en la mano figurando ser el héroe. Y los cimientos de la oposición autobot habían nacido directamente del senado. Inocentes no eran. Ni buenos ni malos en la guerra, sólo ideólogos pretendiendo ser soldados.

El callejón por el que Skywarp rengueaba desembocó en una calle larga, muy amplia, con vista a todos lados y amurallada por dos largas cadenas de edificios cibernéticos, una a cada lado de la avenida. Todos carecían de protectores holográficos en las ventanas; se veían oxidados en las bases de sus paredes, no tenían puertas; Los bombazos que habían destrozado paredes eran ahora torcidos hoyos negros que contrastaban como nítidas invitaciones a la oscuridad.

Los agujeros de los disparos eran otra triste historia en el sector alguna vez más rico de Iacon, los había por todos lados: en el piso, en los caídos anuncios que antes flotaban y que ya eran un recuerdo retorcido como las patas de una araña muerta. Había raspones en las esquinas. Había cuerpos disociados con el piso a raíz de tanta lluvia ácida. Agujeros del tamaño de un puño en las carpetas de metal, todos a cierta distancia entre sí y disparados a precisión, databan el recuerdo de ejecuciones en cadena, bien practicadas por decepticons hacia civiles en manera de venganza, bien de autobots ejecutando decepticons a manera de rápido castigo, porque en esos lapsos de guerra recién estallada, se había acabado el tiempo para levantar juicios y dar condenas. Las prisiones habían dejado de existir.

Fue un recuerdo fresco, vívido, el que se aglomeró en la memoria veterana de Skywarp. Él no había marchado por esas calles pero si había dado fuertes golpes a edificios principales en ese mismo sector, y desde el cielo las cosas no se habían visto muy diferentes. El caos se hizo de Cybertron hasta que todo se sumió en penumbras. Hoy el silencio era más trágico que los estallidos de aquellos días. Los gritos el susurro de la paranoia. Óxido, como en Antilla, el único recuerdo de una raza esparcida en el universo.

Cada paso se transformaba en la delación de su posición. Apuntando hacia arriba, luego hacia los lados, Skywarp internamente desesperaba de no encontrar ningún rastro de la autobot que seguía tras su pista. Algo en sus instintos le decía que no estaba solo. No la imaginó. Nunca imaginó nada. La quietud no le favorecía a su carácter normalmente hiperactivo, y el cielo, que siempre fue su único aliado, esta vez se negaba a abrirle los brazos. Su cuerpo no podía volar, su esperanza estaba sumida al piso, a sus reflejos y a toda la posible paciencia que no estaba siendo capaz de reunir.

De pronto un sonido.

Skywarp disparó con prisa hacia la esquina de la entrada del siguiente callejón -que estaba taponado- atinando en una baldosa suelta que pronto hizo un pequeño derrumbe de escombros y enormes cables hechos bola. Se levantó una nube de polvo de óxido, y él llegó allí en un segundo, inspeccionando el panorama con la mirada. Tenía los dientes apretados, las junturas de las alas en lo más bajo de sus ligeros rieles de movimiento. No la veía, pero sabía que Arcee estaba cerca, estaba sobre él, mirándolo, sonriendo con su risa macabra de hoyos en la cara y ópticos rasgados, fea y hermosa, desequilibrada, quizás con un procesador hecho añicos, pero, y aunque sonara bastante incongruente, endemoniadamente atractiva. ¡Qué locura! No era exactamente que Skywarp pensara con los puertos cuando veía a una fémina, pero las había escasas, y el chasis de ésta era fenomenal, opulento.

Dio dos pasos más en el silencio de la calle, atento a cualquier movimiento, con una menor desesperación al notar que las fugas de sus heridas habían parado, restauradas levemente por la nanotecnología de sus propios sistemas de autoregenación. Eso equivalía a parar de dejar el indignante rastro de energon en el piso y a cesar de mirar cómo sus niveles energéticos decaían. Arcee seguía tras él, oculta, lo peor que podía pasar era que sacara un arma de largo alcance y disparara, estaba expuesto y con la espalda en un buen ángulo de alcance. Pero Skywap, con todo tipo de instintos desarrollados a lo largo de su vida, apostaba un ala a favor de que ella no atacaría a distancia, había visto en sus ópticos la necesidad de entretenimiento, de infringir sufrimiento. Ella gozaba con el dolor ajeno.

Otro sonido, esta vez en una puerta de un edificio al otro lado de la calle. La sensatez del seeker hizo mella de su procesador a tiempo y se ahorró un nuevo disparo, recorriéndose lentamente hasta llegar a una nueva entrada de callejón. Disparar equivalía a gastar más energía, vaciarse lentamente. No podía perder las pocas posibilidades que le quedaban a la mano de salir con vida. Debía comunicarse con sus compañeros aéreos, pedir asistencia, coordenadas, ubicaciones, algo que le diera noción de su propia posición. Con una mirada por sobre su hombro, las penumbras de la callejuela le indicaron el vacío inofensivo que tenía por detrás. Y aún así gruñó, sacudiendo la cabeza. No podía perder más tiempo. Miró en todas direcciones, sosteniéndose el roto brazo derecho con su mano sana. Con sus conocimientos básicos de mecánica podría haber hecho algo consigo mismo, pero no tuvo espacio, la desquiciada autobot lo habría devanado en pedacitos, sin darle tiempo a restaurarse nada.

Piensa, piensa, piensa…

Su roja mirada llegó hasta el fondo de la avenida. Más allá de un bloque entero de edificios reducidos a chatarra, se levantaba una polvorosa calzada atiborrada de edificaciones menores que tenían cruentas cicatrices de bombardeos y disparos; sólo unas pocas casas, convertidas en cuarteles de resistencia, seguían de pie, vacías. No faltó que sus ópticos hicieran un prominente zoom para mirar los rastros de energon y adivinar tirados por ahí algunos cuerpos. Era un mausoleo desolado, lleno de historias, que iba a ser profanado para encontrar una salvación al enorme dilema que estaba cruzando la mente de Skywarp.

Detrás de la población vacía de casitas de ventanas negras, se alzaba la estructura amplia de un enorme edificio base que había sobrevivido a las explosiones y a los atentados con fuerza de titán. Tenía boquetes en casi todos sus pisos, pasillos carcomidos hasta el mismo esqueleto central y astillas metálicas brotando de todos lados, pero era lo suficientemente alto como para poder percibir una señal, cualquier indicio de comunicación, desde alguno de sus palcos, si es que aún le quedaban. Además, detrás de él comenzaba otro sector de la ciudad lleno de más edificios y plantaciones de mediano tamaño. Si a Skywarp no le fallaban los discos de memoria, recordaba haber volado por esa ruta. Había tenido que esquivar el edificio poco después de haber derribado a uno de los cuatro iniciales autobots que habían decidido combatirle a él.

Perfecto, una nueva esperanza. Tiempo contado, pero una nueva esperanza siempre era un buen calmante.

Salió lentamente de la esquina, apuntando hacia las ventanas oscuras, hacia atrás, hacia cualquier resquicio sospechoso que se dibujara en su campo visual. Iba al ras de la pared, cuidándose de los atentados sorpresa. Arrastraba la pierna herida, produciendo un sonidito chirriante, exasperante. Ahora mismo nada podía ser peor que los fallos de sus sistemas de equilibrio. Podía pelear sin un brazo y con un propulsor ardiendo, pero sospechaba que tener el balance de un borracho estaba por ser su condena. Y ¿si la loca se había largado? Una sonrisa curvea asomó por sus apuestas facciones…

Era gracioso lo que un lapso de pánico estaba haciendo brotar en su interior, volviéndose capaz de aprender rápidamente lo que millones de años de guerra siendo respaldado por sus compañeros aéreos no se había desarrollado en su mente: Su vida dependía de dejar de tener pensamientos optimistas. Su vida dependía de dejar de distraerse y de absorberse en donde No estaba Arcee. Su regreso a casa dependía de encontrarla a ella antes que ella lo encontrara a él y, aunque fuera una fembot muy bonita, clavarle una bala entre los ópticos.

Una lástima que hubiera tan pocas como ella; Skywarp sospechaba que esa maldad tan sensual era capaz de prender hasta al más rígido de los transformers.


Y lo que a ella le gustaba era jugar.

Sólo ella y sus audios, las voces, los susurros de la locura, su tormento hecho la necesidad de depender de una venganza, sabían cuánto le gustaba jugar. Le gustaba estar en la cima, mirando hacia abajo, analizando la pobre y escasa ilusión que los condenados abrazaban como el último aliento de sus chispas vitales. Era inenarrable la sensación de gozo por mirarlos enloquecer, haciendo para ellos los sonidos enigmáticos que Arcee misma escuchaba como un tormento una y otra vez al recordarse recluida en una habitación estéril, esperando al que habría de hurgar con su mente. Los pasos tronaban con un raspar liviano, movían cosas al otro lado de la pared, tintineaba el metal, comenzaban los murmullos del científico y los ayudantes, aterrándola hasta convertirla en un manojo de cables embolados que suplicaba ser liberada.

Después comprendía que ya no había habitación en blanco, ya no había científico, ya no había dolor ni experimentos en su cuerpo, y se reía en un llanto de carcajadas incontrolables, azuzada por sus propias ocurrencias.

Había inventado un juego después de ello, cada vez más sonriente, cada vez sus ópticos más rasgados y el rostro ensombrecido. Ahí sólo ella ganaba. Tenía el privilegio de ver a los elegidos de su rencor consumirse, devorados por el pánico, la presión del entorno, el eco rebotando difusamente entre las paredes y los agujeros negros cuando Arcee decidía cazarlos. Se había hecho fuerte sin importar que dicha fortaleza la emancipara de la sociedad. Le decían psicópata. Quizás lo era. Mas cuando necesitaban su locura para cubrir el trabajo sucio volvía a incidir dentro del ámbito normalmente autobot, aunque no supiera lo que era ser un guerrero ligado a una insignia que en nada contribuía a la marejada interminable de voces y programas que diariamente corrompían y reescribían un poco más de significados fantasmas dentro de su procesador.

Se estaba oxidando internamente.

Le gustaba la locura. Se había amarrado a ella como un lazo íntimo, valiéndose de su dejadez para transformarse en un animal salvaje que prefería ser irreverente antes que postrarse de rodillas ante un líder. No tenía partido. Arcee no tenía nada más que su fiero instinto enarbolando miles de emociones y sensaciones en un segundo, ahora mismo conduciéndola a deslizarse como un predador bajo la luz de la luna o la oscuridad de los largos pasillos abandonados, cínicamente brincando de habitación en habitación cada que llegaba al borde de un edificio. La firma vital de su seeker estaba apostada en la calle, moviéndose lentamente. Sonrió. No podría perderlo aunque apagara sus detectores de proximidad. Él estaba herido y algo en ella retumbaba de felicidad al oler el energon profanando el fuselaje negro de Skywarp. Era verlo rendido, absorbido lentamente en un lapsus de paranoia. Era verlo entorpecerse, loco de desespero por su incapacidad de volar.

Arcee recargó los antebrazos en el marco de una ventana, a veinte pisos de altura. El edificio estaba a contra luz de la luna, por lo que la oscuridad favoreció a que sus ópticos brillaran sigilosamente, entrecerrados por su sagaz, lobuna sonrisa. El seeker continuaba deslizándose por la banqueta, mirando a todos lados aunque sus rifles estuvieran descansando a los costados de sus brazos, se le veía agotado y al mismo tiempo determinado a quedarse de pie.

Cuando Skywarp volteó hacia arriba, seguro de que había visto algo, sus ópticos se pasearon por décima ocasión en las mismas muecas tristes de los edificios, todos inclinados, recargados unos con otros, que había visto desde que había empezado ese juego absurdo. No podía dar crédito al hecho de que se estaba quedando sin energía más rápido de lo previsto, considerando que había apagado muchos de sus programas y que varios componentes internos se habían readaptado a líneas de emergencia para dejarle seguir activo. ¿Lo estarían buscando sus compañeros aéreos? Sino ellos al menos alguien más, quién fuera. Skywarp sabía -o quería creer- que era demasiado importante para la causa decepticon. Su pérdida ni siquiera era imaginada, era el único teletransportador del ejército, sólo él el único apto de cumplir las órdenes y las ideas más complejas, por no decir imposibles, de Megatron. Sin él, muchas cosas, muchos planes, se verían abajo.

Thundercracker y Starscream también debían de preocuparse al respecto. ¿A quién más tomarían para reemplazarlo? Nadie volaba como él, coordinado completamente a ellos. Un nuevo seeker tardaría años en ser como él. Un nuevo recluta jamás podría ascender del "cualquierismo" a la élite. ¡Nadie podía tomar su lugar! ¡Debían venir a buscarlo! Skywarp se detuvo en una esquina, asomando cautelosamente la cabeza por el borde de la pared: Un enorme cruce lleno de escombros, polvo, basura y convoys enterrados en la suciedad, le dieron la bienvenida al frente y atrás. Decidió aventurarse al centro de la calle, trotando aunque el agonizante dolor de su propulsor herido taladrara cada que un pie reemplazaba al otro. Brincó una barrera endurecida de metal en polvo, deslizándose agonizantemente sobre ella al acordarse de que una vez que estuviera en la seguridad de la base Némesis, podría volver a hacerse un trabajo de pintura y encerado; sano, reparándose cada minúscula abolladura y raspón.

Llegando al otro lado de la colina, la comunicación con su escuadra aérea se vería liberada de la estática y de las barreras comunicativas que tantas explosiones atómicas hicieron a lo largo de la guerra. Rengueó lentamente, acordándose de su enemiga fantasma cada que volteaba sobre su hombro para auscultar el panorama, fatigado por la sensación de estar siendo constantemente acosado, de no recibir de una vez el golpe mortal que exterminaría su chispa de un solo tajo. Puso una mueca inquieta, frunciendo el ceño.

¿Cómo podría matarla de un maldito disparo entre los ópticos si la miserable vivía escondiendo su trasero entre las ruinas?

Pasos.

Pasos livianos

Skywarp se congeló en medio de la calle, indeciso. Pensando. Estaba pensando en lo que tardaría en recorrerse hasta un lugar segundo ¿Cuánto tiempo para llegar hasta aquella viga destartalada que parecía resistente a uno o dos disparos antes de sucumbir? «Y qué me dices de los sablazos de esa loca ¿eh?» Los espadazos de Arcee destrozaban el metal con una simpleza dolorosa, lo partían, lo separaban en dos impresionantes cobijas de lámina. «Muévete, muévete, muévete» Se obligó a recorrerse hacia su costado izquierdo, siguiendo el ras de la sólida barrera de polvo y remache, pisando manos grises, dedos que como garfios se habían clavado al piso a lo largo de los años. Dos, tres pasos. Los pasos de la loca se oían cada vez más cerca. Los pasos de Arcee se acercaban y él no tenía un buen ángulo de disparo.

Pasos.

Más pasos.

Él llegó de espaldas contra una malla oxidada por el energon salpicado y el imperdonable paso de tormentas ácidas, que se desmoronó en cuanto las doloridas alas del seeker se recargaron en ella. Se quedó quieto, esperando, tenso, con el radar descompuesto y sus sentidos a punto de un desatrampe total. Movió los cursores de sus ópticos. Nada en las ventanas huecas de enfrente. Nada en lo poco que se veía al fondo de la avenida. Nada detrás. Nada en el cielo, sólo estrellas, sólo negrura en el espacio y luz de la luna matizando el piso de un azul platinado. Sólo basura. Basura y sonido. Sus pasos. Los pasos de ella. «Dispárale en cuanto la veas. Dispárale y no la dejes acercarse». Eso era lo más atinado en un momento de semejante tensión y semejante inferioridad física. No estaba pensando con claridad. Skywarp no era bueno pensando para adelantar los pasos de un enemigo. Skywarp sólo combatía en el aire y aguardaba órdenes, sobreviviendo en peleas directas e improvisadas. Era bueno escuchando, pero no planeando. No era bueno pensando.

Deslizó los pies sobre el piso, yendo con la espalda recargada en la débil malla oxidada. «Es sólo una loca» Una loca armada. Tenía una espada enorme. Una espada que cortaba metal y lo partía en dos como cobijas de lámina. No quería ceder ante la paranoia, pero Arcee era peligrosa y aprovechaba sus ventajas, ahora mismo lo tenía al borde del desquicie total, jugando con su incapacidad, haciéndolo moverse contra toda posibilidad física, rompiendo los bordes de la resistencia de su cuerpo. Skywarp debía reabastecer sus tanques de energon, estaba vacío, herido, fastidiado y muy molesto de estar siendo la víctima de una demente. Gruñó entre dientes, atento a los pasos cuyo eco rebotaba en todos lados, amplificando la confusa acústica entre los edificios, los callejones y las avenidas solitarias pero abastecidas de escombros.

-Sal, Maldita Ramera –Masculló con un siseo metálico, con su único rifle funcional activo, listo para usarse.

Arcee se rió, escondida en alguna parte entre la distorsionada esquina del edificio de la izquierda y el inicio de la barrera de escombros que Skywarp había brincado, provocando en él un colérico impulso de lanzarse tres pasos al frente, caminando con firmeza pese a los martilleros en su propulsor herido. Iba a gritarle cualquier cosa, lo primero que viniera a su cabeza, quizás los insultos cotidianos que gastaba contra los autobots en cada batalla, pero el verla materializarse repentinamente al frente, a pocos metros de él, sonriente y airosa, en una mano la enorme espada de energía amarilla y en la otra una pequeña pero peligrosa pistola, lo hizo detenerse, con los instintos disparados en la búsqueda de una nueva salvación.

Qué sonrisa tan horrible; Esos hoyos en su rostro, las divisiones deformes que cruzaban sus mejillas. Qué sonrisa tan indigna de un ser que estando serio se veía precioso. Esa mueca tan perdida…

Cuando sonreía, el mundo se marchitaba a su alrededor.

-Te encontré, Decepticon. –Murmuraron los redondos labios azules, con la misma mueca desquiciada agrandando sus ópticos en dos órbitas yendo a diferentes direcciones.

Skywarp reinició su vocalizador al menos tres veces antes de poder hablar, ocultando la sorpresa y el miedo humillante que cada vez más crecía en su interior. Lo logró, porque su voz salió tan plácida e imprudente como de costumbre.

-¿Quieres dejar de hacer eso? –Dijo, con un gesto de asco, perturbado, moviendo la mano en círculos ante su propio rostro para reforzar el significado de sus palabras.-No… No hagas eso con la cara

Arcee serenó su expresión, claramente confundida dentro de su tenebrosidad.

-Primus… ¿No te pudieron dar una sonrisa más grotesca? Es horrible. Tu creador te odiaba. Así… –Sonrió él, con la esplendorosa mueca galante que utilizaba para conquistar a las escasas fembots que veía cada milenio.- es cómo se sonríe y se atrae a los demás. Así –Volvió a sonreír, logrando un efecto perfecto sin importar los golpes que tenía en el casco y en el rostro gracias a su estrellamiento.- ¿Ves? No hay nada en mi cara abriéndose hacia ningún lado. ¡Tienes una sonrisa horrible!

Y no logró encender en Arcee ni un ligero chispazo de simpatía. En cambio, había logrado borrar de su rostro todo rastro de expresión y ahora los amarillos ópticos le veían de vuelta, entrecerrados, adornando una máscara de frialdad y desprecio. La espada y la pistola seguían apretadas dentro de las blancas manos, estáticas, con su maniática dueña enajenada pensando dentro de un mar de vicisitudes, revuelta entre el placer de la locura y la perdición de la realidad. Arcee miraba a Skywarp como un objetivo que traspasaba rápidamente la línea entre lo personal y lo casual. Lo había escogido por azares del destino y ahora, conforme él se metía en terrenos que invocaban las raíces de la creación de su estado genérico, sentía que un fuego interno crecía en su negra chispa, plañendo eliminarlo como se elimina a un científico que ha jugado con sus víctimas por mucho, muchísimo tiempo.

Apenas un poco del labio superior de Arcee se curveó hacia arriba, en un gesto de asco que pasó desapercibido por el seeker. Y de pronto, ella se le echó encima, acortando entre ambos los quince metros que los separaban, encajando uno de sus puños –El que traía la pistola firmemente agarrada- en la quijada blanca de Skywarp. Lo vio y lo escuchó retroceder varios pasos con la cabeza echada hacia atrás, luego Arcee tuvo que agilizarse hacia un lado para evitar el rápido rifle negro que se alzó en su contra y disparó una ráfaga de plasma donde había estado su cabeza. Se rió. La risa macabra de su voz asquerosamente femenina reverberó en el silencio de la noche, timbrando muy profundo en los audios de su presa, que había recobrado el equilibrio tan pronto lo había perdido.

Skywarp se apuró en poner nueva distancia. No la había visto venir ¡Se había acercado tan rápido! «No es que sea rápida. Piensa… Tus sistemas son cada vez más lentos. ¡Mis programas están dejando de leer!». Skywarp pudo moverse con un sobreesfuerzo que embruteció los pocos avances de regeneración en la herida de su brazo derecho, pero eso evitó que un sibilante espadazo le quitara la cabeza de su lugar. Bueno, con ello acababan de demostrar que la política no funcionaba tan bien saliendo de su boca como salía de la boca de un hipócrita Starscream o de un serio y aburrido Thundercracker. Tal vez ellos dos si hubieran retrasado un poco la ira de La Loca Arcee en lugar de incentivarla.

Sucedieron varios golpes y patadas que arrojaron al seeker a recorrer un camino de tropiezos, maldiciones y pocos y mal dados contraataques que hacían que Arcee riera y riera cada vez más alto, sin molestarse a evadir esplendorosamente el único negro puño que bailoteaba en el aire. Ella estaba feliz; él estaba agotado. Se veía encantada de tenerlo tan desesperado, dolorido, sangrante. Los espadazos eran los más difíciles de evitar y Skywarp estaba comenzando a sospechar que La Loca estaba fallando a propósito, a esas alturas de la batalla, él era un blanco tan fácil como lo era una lata rodando sobre un plano ligeramente inclinado; No se movía, rengueaba. No esquivaba, se tropezaba. Estaba perdido, siendo una burla tanto para su propio ego como para la diversión insana de una psicópata. Llegó al borde de un hoyo en el piso, con la punta de sus propulsores pisando el metal emblandecido por el ácido de las lluvias.

Arcee, a dos, tres pequeños metros ante él, tenía la mano firme al frente, la pistola en línea recta, apuntándole a la cabeza. Y de nuevo estaba aquella sonrisa agrietada deformando su bonito rostro.

«Rogar le ha servido de mucho a Starscream» Skywarp peleó por neutralizar completamente su rostro. ¿Qué haría Thundercracker en una situación así? Rogar no estaba dentro de las prioridades del Jet azul, ni siquiera lo estaba el guardarse sus opiniones y sus comentarios para sí mismo cuando estaban ante Megatron, lo que era desconcertante y peligroso. Rogar era digno de Starscream. Permanecer estoico, esperando con dignidad y orgullo el disparo final estaría entre las prioridades fundamentales de Thundercracker mucho antes que abrir la boca y decir «por favor, no me mates». Pero Skywarp no quería morir. Después de todo, después de pelear por conseguirse una vida digna, no quería verse morir a manos de una autobot casi anónima que había desarrollado una locura incomprensible.

El dedo de Arcee se tensó en el gatillo.

Haz algo ¡Haz algo!

-Espera –Dijo él, sacándole una bonita expresión de sorpresa, que Skywarp sospechó como fingida- No hay que llegar tan lejos –Se encogió en hombros, arrepintiéndose cuando los cables pelados de dos circuitos se comprimieron entre sí y mandaron una agonizante corriente eléctrica que recorrió todo su brazo derecho- Podemos empezar de nuevo, conocernos como si nunca nos hubiéramos visto –Le sonrió con todos sus metálicos y perfectos dientes al aire- Muchas veces hacemos o decimos cosas por impulso y costumbre. Verás, en realidad eres muy bonita… Sólo no sonrías –Murmuró, desviando el rostro en otra dirección.- Es que…

La pistola chasqueó, haciéndole callar. Mas cuando sus ópticos rojos se clavaron en los de Arcee, Skywarp no distinguió nada, ni odio ni locura ni satisfacción, sólo una mirada vacía que estaba clavada en su rostro como un punto de referencia, perdida, lejana a miles de nódulos cerebrales desconectados. Por ello, y por hipnotizarse con esa ausencia poderosa, no vio venir el momento exacto en el que Arcee se dio la vuelta con la velocidad de un cyberninja, girando medio tronco de su cuerpo, para conectar un pie directamente en el pecho negro de Skywarp, justo en su turbina izquierda. Todo sucedido en un milisegundo. Todo hecho tan rápido que lo único que se escuchó fue el «Tumb» del rebote metálico entre pie y turbina, después los lastimados bordes y puntas de las negras alas reventaron entre crujidos los contornos oxidados del hoyo en el que cayó de espaldas, donde fue devorado rápidamente.

De ahí en adelante lo siguiente fue borroso.

Skywarp se sintió tragado por una negrura absoluta, mirando a la sonriente Arcee desvanecerse cada vez más pequeña detrás de un halo de luz plateada, de pie, devolviéndole un gesto entre severo y divertido mientras él era absorbido por los primeros golpes, las primeras peleas de resistencia entre la gravedad y los nudos de cables que iba rompiendo en su cruel trayecto de descenso, sin esperanza a que lo detuvieran aunque estuvieran lastimando sus viejas heridas. Iba hacia abajo, hacia donde no había cielo ni estrellas. Iba cada vez más rápido, a veces rebotando contra metal maleable, a veces teniendo suerte al pasar rozando las paredes enmohecidas por líquido cargado de tanta energía dañina que podría perder el núcleo de la chispa si llegaba a tocarlo. Se revolvió el espacio en negro, en azul tenue fluorescente, en gris, en café, en oscuridad. Se perdió Arcee allá, en aquel cielo lejano y fue reemplazada por una maraña de tubos gigantes, piezas movibles, óxido, dolor. El eco de su propia caída inundaba sus audios y no podía hacer nada por detenerla.

Skywarp quiso volar, pero sólo pudo encender un atisbo de fuego en sus propulsores, y ello le evitó la muerte cuando llegó pesadamente al suelo, envuelto por una nube compuesta de rebabas, moho espacial y suciedad. Rodó y rodó tras caer sobre sus pies, llenándose de manchas que salían de su propio cuerpo y que se empanizaban con el polvo del piso. Golpes, sacudidas, alas dobladas, manos golpeadas. Llegó un cable en torno a su cuello que pudo reventarse antes que los tubos de su garganta lo hicieran, salvándole la vida. Vino una bofetada de algo sólido que lo arrancó del viaje a la inconsciencia. Y al final, cuando todo se detuvo, el sonido en su cabeza era tan ensordecedor que no lograba dilucidar que todo estaba nuevamente en silencio. Su rostro contra el piso con la cabina agrietada, boca abajo. Una mano colgando de un borde, a milímetros de un resaltante charco de líquido azul. El cuerpo transformado en un dolor total, con el vocalizador incapaz de reactivarse para expresarse con palabras ni siquiera con sonidos amorfos, le empezó a temblar a favor de la lucha por levantarse.

Ópticos rojos se encendieron, parpadeando. Cansado, miró por sobre los grumos de óxido y metal, el fondo interminable de un pasillo lleno de cilindros, vigas, barrotes y entrañas de cables, iluminado levemente por los charcos de energía que brotaban del suelo tras haber chorreado de lejanos hoyos en las paredes. Energía que caída de todos lados. Todos lados…

Skywarp había caído como caía esa energía, estaba junto a ella en todos lados… En todos lados con él.

«Todos lados» estaba en su cabeza, rebotando con la cacofonía de los primeros gritos que profirió su vocalizador junto a los golpes y los raspones de su estructura. Las maldiciones que dijo contra la Loca mientras ella lo observaba, complacida, ser tragado por las fauces de Cybertron.

Dolor.

Sus programas databan error. Dolor. Sólo dolor. Quiso moverse, pero no pudo. Su mente databa error global. Dolía. Todo dolía. Intentó levantarse, pero no pudo.

Estaba doliendo.

Apagó los ópticos, con la mitad del rostro enterrado en el polvo. Los encendió. Volvió a apagarlos, derrotado. «Voy a destrozarte, Escoria Auto… autob… at…»

Dolor le sacudió las alas, deteniéndose en sus piernas. Bendito dolor que de un corto le cortó automáticamente el infortunio de continuar pensando, choqueando su procesador hacia un automático pero temporal estasis pro reparativo.

Y ahí, ahí ya no había dolor.

Continuará…


Bah. Había superado en ese entonces muchos bloqueos, pero fueron llegando más. Así pasa, supongo. También me he replanteando muchísimo el desarrollo de este fic y me he visto cambiándole el contexto más de dos veces, dejando ya un camino como definitivo y que empieza realmente a partir de aquí. Me di cuenta que el otro sendero no era realmente lo que yo quería sino lo que un capricho por sólo escribir algo quería. Ahora, las actualizaciones serán ocasionales, pero seguras, también soy dibujante (por hobbie) y estudiante de ciencias QB, lo que me trae de un mundo en otro en menos de un salto (:

En este capítulo hice (seguiré haciendo) ciertas referencias al mundo interno que existe en Cybertron en el juego de WFC. No quiero espoilear (por lo que si no lo han jugado ya no lean), pero especialmente en el capítulo en el que puede utilizarse a los seekers, quedé encantada con la variedad de paisajes subterráneos, líquidos y peligrosos por los que tienen que volar tanto como caminar, sorteándose la vida (adoro la interacción de los tres ahí, por cierto) incluso en buenas peleas contra variedad de autobots aéreos (aerialbots). Quienes ya lo habrán jugado sabrán de lo que hablo. Sé que al final (tras lo que cometen los decepticons) ya no quedó la suficiente vida en el planeta para continuar reabasteciéndose de energía, pero la ficción de mi cabeza supone que tras millones de años de espera y revitalización constante, las entrañas de un mundo como ese podrían irse regenerando lentamente. | Haré también ciertas alusiones a Transformers Prime en el futuro. Pero no hace falta leer, ver ni jugar nada. En sí, lo que falte o suceda trataré de dejarlo claro. Sólo concentrémonos en un Skywarp G1 y una Arcee demente para esta historia.

Pido disculpas por los errores tipográficos que puedan encontrar. Cualquiera que vean, por favor, háganmelo saber, carezco de Beta Reader y me lo aviento a la brava aunque dé varias correcciones antes de actualizar (:

Muchas Gracias por leer y por dejar Review. Son un gran incentivo.