"No, la sangre no siempre es necesaria. Sólo cuando no puedes controlarte de otra manera, sólo cuando es tanto tu odio que no puedes controlarte de otra manera. Entonces déjala fluir y espera. Espera sin pensar en ellos, en todos los demás, porque todos los demás no están pensando en ti. No los quieres. Jamás los has querido. No pienses en todos los demás."


Rumores Blasfemos

Capítulo IV

¿Es mucho pedir?

.

Esquivó el segundo sablazo sin saber cómo sus pies se habían coordinado para moverse sin resbalar sobre la sangre regada por el piso. No le sorprendió, en cambio, averiguar que su instinto de supervivencia era rápido cuando necesitaba salvar su propia chispa vital. Skywarp lo había hecho con una agilidad y un porte natos de su raza guerrera, y sin importar el peso de sus dolorosas heridas, estaba tomándole un gusto enfermo a esquivar los golpes y los espadazos que la psicótica Autobot tiraba en su contra, quizás no queriendo acertarle realmente porque estaba jugando a divertirse…

Se divertía con él.

Skywarp lo había pensado repetidas ocasiones, disgustado, también asqueado por aquellos breves y enfermos pensamientos que decían que una parte de su procesador estaba encantado con la idea de ser el juguete personal de alguien tan sensual y bello como Arcee. Sin importar su sonrisa demoniaca ni la rígida mirada de sus ópticos ámbar, era hipnotizador mirarla moverse con un contoneo gatuno de caderas, saliendo de la oscuridad como una numen prohibida, diseñada para matar. Y si no estuviera loca, se obligó a pensar él, si fuera sólo una enemiga enigmática, llevarla a los confines del placer sobre una cama de recarga hubiera sido una delicia.

¡Estás loco!

Tan loco como cada uno de los especímenes que iba encontrando en este nuevo Cybertron. Lo habían recibido de distintas maneras, le hacían pensar que no había nada rescatable en el planeta. Locura y destrucción. Era la desfachatez de un mundo turbio, como creado por otra especie de seres vivientes. En la superficie: un enorme vacío de edificios y casas que pendían al aire como la sonrisa de una maqueta olvidada. En las entrañas: un mundo de bestias, energon venenoso y muerte andante que aparecía, peligrosa, al doblar la esquina de cualquier mortífero corredor.

Dos golpes con un puño cerrado descolocaron el equilibrio del Seeker, sacándolo del trance de sus pensamientos.

Skywarp chocó contra la pared al tiempo que una de las espadas rozó el aire donde había estado su cabeza, sintiendo la estela energética muy cerca de su nariz. Había estado cerca. A punto de cortarme el cuello. Pero no quiso darle importancia. Por primera vez en su existencia de soldado estaba controlándose, aprendiendo a incentivar su propia lucha por la autonomía y a pensar por sí mismo qué hacer, a dónde ir, y cómo moverse. Estaba siendo él, después de haber vivido como un seguidor de órdenes automatizado para escuchar, no para razonar. Sonrió entonces, impulsándose al frente con tanta velocidad, pese a las limitaciones de sus heridas, que Arcee tuvo poco tiempo para reaccionar y esquivarle. Skywarp la golpeó en la cara con un puñetazo, haciéndola tambalear al tiempo que sus dedos blancos soltaron la espada energética.

-¿Qué te pareció eso, Preciosa? – se rió sin muchas ganas, volteando al piso cuando el tronido del arma anunció su aterrizaje, dando varios giros en el suelo antes de quedar estática, según los ópticos de Skywarp, a los pies de un nuevo invitado.

Fueron tres…

De pronto siete.

Después nueve, diez, llegaron a once y la cuenta se perdió en el quince.

El Seeker no pudo seguir contando porque la sorpresa era demasiado grande como para darle un orden dentro de su cabeza. Después de las diez primeras sombras amontonadas en el centro del corredor, los números habían perdido sentido. Los extraños Transformers se habían cincelado suavemente en la oscuridad, iluminados por el mismo fulgor púrpura que había encintado el cuerpo del Autobot asesinado. Tenían los rostros vacíos y se movían con la paciencia de una máquina sin cerebro, apilándose unos sobre otros, displicentes al dolor de sus heridas, mancillando la penumbra con sus deformadas presencias de luz. Uno detrás de otro. Uno al lado de otro. Todos mirando al Decepticon y a la Autobot como si jamás hubieran visto dos mecanismos Cybertronianos en sus vidas.

Y eran tantos…

Eran tantos que la urgencia de salir corriendo volvió a golpear dolorosamente en los deseos de supervivencia de Skywarp. ¿No era suficiente con Arcee? Los que se iban amontonando a su derecha decían lo contrario. Tantos, que ya no hacían falta más para que el Seeker comenzara a comprender que la guerra dentro de la que estaba peleando era más palpable en este instante, solitario y frío, que lo que había sido en todos sus anteriores millones de años de batalla. Jamás la había sentido tan letal, tan oscura y amenazante. El miedo latía constantemente en su chispa vital, le recordaba que no había nadie a su espalda para protegerle, que sus alas estaban descubiertas, que en los pasillos aguardaban enigmas de pesadilla y una maniática Autobot que deseaba, sólo por haberlo visto, arrancarle la chispa del cuerpo.

¿Dónde quedaban las bromas, las trampas, y Thundercracker pensando en el peligro mientras él pensaba en divertirse?

Tomando sentido. Así estaba todo. Tomando el sentido que Skywarp jamás se había obligado a asimilar. La guerra, que durante mucho tiempo había visto como un gigantesco campo de esparcimiento en el que libraba a la muerte por la grandeza de sus hazañas y su experiencia de veterano, estaba ahora traicionándole. Le había llevado allí, le había rodeado de enemigos esquizoides. Estaba herido gracias a esa misma guerra, que había puesto a tres Autobots detrás de él en una batalla aérea para derribarle y lanzarle al campo de juegos de una fiera sensual pero traicionera. Y estaba solo. No quería reconocerlo, pero estaba tan solo como Starscream, de quien se burlaba cuando éste era expulsado de la base Némesis para lidiar solo con sus problemas, siempre lo había estado.

Pero las diferencias eran enormes y compararse era una burla. Starscream vivía solo, estaba acostumbrado a la compañía de su propia mente como único amigo. No tenía a nadie en la espalda y lo asimilaba con orgullo. Starscream vivía desafiando a la muerte de maneras innecesarias pero fascinantes. Lo hacía todo el tiempo, disfrutando de la sensación lóbrega del miedo y del furor cuando atacaba a Megatron pese a la anticipación de su fracaso. Sabía que perdería, que pagaría su precio, pero no le importaba. Se veía en sus ópticos rojos, siempre cínicos, el ímpetu de actuar por su cuenta para fastidiar a los Autobots, para fastidiar a todo el mundo, para intentar remover a Cybertron de su órbita muerta en un afán de transportarlo a la tierra y alimentarlo de ella.

Solo. Todo él solo. Starscream siempre solo.

Skywarp, por otro lado, olvidaba que no había nadie a su espalda. Solo, pero temeroso de ello, se perdía en la inmensidad de los pasillos subterráneos, encandilado por la luz de las aguas energéticas, enceguecido por la oscuridad de un mundo de tubos y ruinas, poco a poco recordando que lo único que él decidía era lo único que tenía para salir de este inferno o transportase más a fondo en el nido de monstruos que desconocía y rápidamente odiaba.

Al ver a los extraños robots apilarse ante él, se mantuvo con su rifle izquierdo en alto, apuntando directamente a la cabeza de Arcee. Se quedaron ahí por un momento, ambos mirando de reojo a la ostentosa manada de Transformers enajenados que se iba congregando al otro lado del pasillo. Ella sonreía, emanando petulancia, destellando en sus ópticos la misma locura incurable que la había llevado a torturar al único Seeker que había conocido en persona. Él tenía una mueca de rencor e incredulidad que sólo se perturbaba para transformarse en un inconfundible gesto de cansancio. ¿De dónde salían tantos problemas?

-Esto es otro archivo corrupto de mi procesador – se dijo a sí mismo, jugando con la idea de bajar el arma y largarse en dirección contraria a la de todos.

Podría alejarse, se decía; con sólo moverse podría incitarlos a atacar. Podría dejárselos a ella y esperar, casi con resignación, que la destrozaran.

-Pobrecitos – sentenció la melódica voz de la Autobot. Su sonrisa se ensanchó, perforando de nuevo su rostro.

El Seeker giró la cabeza hacia ella, incrédulo, a punto de ceder ante el ataque de rabia que venía amenazando con explotar su procesador, sus circuitos, su chispa entera.

¿Pobrecitos ellos? ¿Qué hay de mí, maldita demente?

Ella giró el rostro hacia él, asustándolo.

-Es una pena, Skywarp – musitaron sus grandes labios azules. Después materializó su segunda espada en la palma de su mano derecha, riéndose con locura al ver la tensión del brazo negro, cuyo rifle se contuvo de volarle la cabeza.- El energon oscuro impedirá que nos conozcamos mejor… Por ahora.

¿Energon oscuro?

Skywarp retrocedió hasta chocar la espalda contra la pared, sin dejar de apuntar su arma contra la cabeza firme de Arcee. La Autobot giró el cuerpo, quedando de frente al tumulto de enajenados Transformers que seguían todos y cada uno de los movimientos de ambos. En su rostro, la mueca de burla había sido reemplazada por el silencio de la tranquilidad, con los ópticos entornados en ellos, la espada bamboleándose en una de sus manos. De pronto el Seeker, ubicado a su derecha, dejó de ser importante. Lo veía por el rabillo de sus sensores visuales, lo sentía, percibiendo todas y cada una de las vibraciones de su cuerpo mecánico, oía su chispa pulsando al otro lado de la agrietada cabina…

Sentía su terror, su odio. Arcee se alimentaba de ello.

Tres pasos al frente la dejaron a pocos metros del seto de monstruos, y sonrió, levantando la espada.

El Seeker miró, entre maravillado y horrorizado, cómo la barrera de monstruos se rompió en dos decenas de robots furiosos que se lanzaron contra la Autobot, obligándolo a él a recorrerse de prisa, rengueando por el dolor y la inutilidad progresiva de sus sistemas internos. No perdió de vista, sin embargo, la masacre que los instintos asesinos de Arcee desenvainaron contra todos ellos. La espada ondeó rápidamente en el aire, cercenando cabezas, cortando brazos. Subió tan alto que arrancó dos pares de alas, bajó tan rápido que tasajeó las piernas, los pies, y la cintura de un desdichado, seccionando también una conexión de tubos en la pared.

Los Transformers gruñían, saliendo de cualquier dirección, llegando a ella, sepultándola bajo una mole movible de cuerpos deformados, llenándola de sangre y de su pulsar desenfrenado de chispas vitales envenenadas por ese poder oscuro del que Skywarp todavía no tenía conocimiento.

Energon oscuro.

El Seeker retrocedió lentamente, sintiendo el espectáculo cada vez más cerca de su campo energético, impregnándose del último hálito de calor de los indeseables. Todos morirían. Todos exterminados por la atractiva y peligrosa locura de Arcee. Arcee, la Autobot demente. Ese demonio que lo perseguía sin descanso, que lo odiaba a él como odiaba todo lo que se movía ante sus dorados ópticos. Estaba acabando con los monstruos que competían con ella en la misma pesadilla que lentamente enloquecía al único espectador coherente. Skywarp, de espaldas ante la enredadera de escombros por la que había llegado, había quedado estático, mirando la danza siniestra de la espada partiendo cuerpos y rebanando cabezas; mirándola a ella contonearse como un hada de luz en medio de la brumosa oscuridad. El halo de su espada dibujaba dóciles figuras geométricas que bañaban de gracia su rostro. El mismo rostro en el que él perdía y recuperaba la esperanza de escapar con vida.

Esa sonrisa.

Skywarp no podía dejar de ver esa sonrisa.

El energon salpicando en todas direcciones, remplazando el fulgor de los cuerpos poseídos que morían por la espada y por los violentos golpes, estaba dejando una interesante decoración en el suelo y las paredes. Ella, en medio de la masacre, se reía, ofendiendo a todos sus enemigos con insultos distintos, inventados por la lógica trasgredida de su procesador incapaz de cotejar palabras y razonamientos banales como los de cualquier otro mecanismo furioso. Era comprensible: ella no podía ser igual a nadie más. Ella era diferente, creada única, se convertía en la esencia del monstruo que nadie quiere pero que todos necesitan a su lado. Fascinante. Toda ella fascinante. Fascinante cómo se movía. Fascinante cómo asesinaba. Fascinantes sus manos y sus piernas rápidas.

En lo que hacía, Arcee poseía un estilo diferente, tan fascinante que tenía a Skywarp rendido a observarla pese a que deseaba marcharse y huir de ella para ponerse a salvo. Pero no podía dejar de ver el brillo de la hoja tocar pasivamente el metal endurecido de los chasises. No podía dejar de ver cómo eran cortados y quemados, cómo ese filo transparente llegaba en un siseo de calor a las primeras aleaciones del cuerpo y las traspasaba sin esfuerzo, rompiendo las placas de la armadura, corroyendo el material blando de los cables y los tubos de funciones vitales, donde reventaba los circuitos de lógica motriz, mental, sensorial. Llegaba la espada al centro mismo de la existencia, perforando las placas internas de las bombas de combustible y los componentes vitales, que explotaban en mil pedazos de metal, sangre púrpura y circuitos que entretejían una maraña de desorden sangriento, dejando huellas letales que jamás sanarían. Arcee exterminaba a las chispas contaminadas con un placer insano que él no podía dejar de observar, sintiéndose parte de la locura.

Esa sonrisa que mataba.

Ni siquiera él, con millones de años de pelear en una guerra de fracciones discernientes, había sentido tanta pasión y entrega al matar a sus enemigos. Vivía guiado por el odio hacia una antigua jerarquía dominante, cuyo fin había sido despedazar pensamientos y esgrimir estatutos sociales inalcanzables por alguien como él, pero ahora podía desahogar la furia de su antigua incapacidad asesinando a los culpables. El odio de Arcee, por otro lado, parecía incrementar cuando sesgaba la vida de una persona. Se veía impetuosa sin importar la amplitud de sus sonrisas, aniquilando por la necesidad de percibirse viva.

Hacía sentir al Seeker tan pequeño e insignificante que por momentos Skywarp dudaba de su propia bravura como Decepticon. Cuando él peleaba en las batallas, sus disparos eran mayormente desde el aire. Mataba y no sentía compasión. Mataba y le gustaba hacerlo, apegado a la ideología del soldado perfecto que estimulaba a la evolución de la causa Decepticon. Se creía privilegiado por la confianza de Megatron. Se veía dotado de poderes únicos, envidiados por todos. Era fiel a la causa y se abrazaba al servilismo hacia su líder como el único prospecto de vida que llevaba desempeñando desde que había entrado en el cíclico acontecimiento de la guerra. Pero él no podía ser como ella. Tan profunda y monstruosa.

Era un soldado y se entregaba a lo que hacía. Pero ella ahora lo hacía ver diferente. Skywarp sentía que su pasado de violencia y odio era una broma al compararlo con el fervor y el amor hacia la muerte que ella exudaba en cada uno de sus movimientos. Lo hacía sentir inútil, quizás perezoso, falto de carácter y entrega -como lo acusaban sus compañeros aéreos-. Pocas veces había tenido el privilegio de acercarse tanto a una víctima para asesinarla y salpicarse de su esencia, arrancándole la vida de una forma tan ilustrativa. No tenía ese amor. Carecía del mismo gusto que ella… No estaba dañado mentalmente.

Aún quedaban en su consciencia ciertos principios básicos de la naturaleza. Quizás aún respetaba ciertas normas civiles. Quizás…

-Primus… - murmuró al sentir que sus tanques internos querían purgar la poca energía que aún poseían.

Tanta sangre, tanta peste.

Arcee lo hacía con gracia. Los despedazaba sin prisa, quedándose con un rostro de sonrisa demente que disfrutaba todos sus movimientos, que imaginaba nuevas formas para blandir la espada y eliminar a una persona, bestializándola con la misma intensidad con la que su chispa vital, también bestializada, pulsaba dentro de su pecho.

Fue solamente su instinto de supervivencia, anteponiéndose más fuerte que su natural curiosidad y morbo, lo que le ordenó a Skywarp largarse finalmente de ahí. Sus deseos por mirar la danza mortal de la Autobot podían irse al carajo. No quería estar ahí cuando ella terminara de despedazar enfermos y se acordara de él. No quería estar cerca de ese monstruo tan fascinante y perverso…

Le aterraba, ahora lo sabía. Lo reconocía. Le aterraba como nada más en su existencia le había aterrado antes.

Tenía que matarla antes de que ella lo matara a él.

De cierta manera, la luz que borboteaba suavemente desde los oasis le reconfortaba. Brotaba de las paredes, inundaba los pocillos interminables del piso, invadiendo el suelo que hacía millones de años no había sido pisado por mecanismos pensantes. Era un fulgor azul claro, casi divino, que delineaba los contornos de las máquinas anexadas a las paredes, recalcaba el borde de las puertas y se reflejaba en las pantallas apagadas, ubicadas en lo alto de los techos llenos de cables y residuos de fauna salvaje. Skywarp se sentía más seguro ahí dentro de lo que jamás se había sentido estando afuera, vagando por los interminables pasillos llenos de bestias y animales irreconocibles.

No perdía la costumbre de mirar por sobre su hombro mientras intentaba echar a andar una de las enormes consolas, apretando botones dormidos, buscándole forma y razón al viejo teclado sobre el que los dedos de su única mano funcional imploraban un milagro; Sólo un chasquido, un pitido, una señal que indicara que podría quedarse ahí hasta que la ayuda arribara y lo sacaran de ese espantoso lugar.

Después de varias pruebas fallidas, empuñó la mano y comenzó a golpear con desespero la parte blanda de los botones, aplastando teclas y conectores por igual, quebrando una vieja carcasa de vidrio que cedió ante su poder y se desmoronó al interior vacío del panel. Skywarp maldijo en diversas clases de Cybertroniano, sumergido en su nuevo arranque de furia. Quiso destruirlo todo, pero una voz interior, la misma que lo había obligado a dejar de mirar a Arcee, le detuvo, pidiéndole calma, recordándole que debía pensar. Pensar como un soldado. ¡Piensa! Y así lo hizo, recargándose en el borde de la mesa, apoyando su peso cansado en su brazo, con las piernas temblorosas y las alas inmóviles detrás de su espalda. ¿Qué era eso? ¿Quién hablaba? Lo escuchaba con más frecuencia, oía un torrente de imaginación zumbar como un susurro en su mente, contaminándole como contaminados habían estado los monstruos robóticos de los corredores.

-Esto es una locura – murmuró, llevándose la mano a la cabeza.- Estúpida suerte. Estúpida máquina -. Sus ópticos miraron con desprecio el enorme monitor apagado delante de él, y su puño volvió a golpear el teclado, dejando escapar un alarido de furia.

Skywarp dio dos pasos atrás, preparándose para dar una patada a las entrañas de la máquina, pero un repentino chasquido de estática le hizo congelar su pie a medio camino. Sus instintos se alertaron de inmediato. Su cabeza se alzó y clavó sus ópticos en el monitor que segundos atrás había estado apagado. Miró los primeros destellos de la interferencia haciendo un mundo de gusanillos blancos y parpadeos azules detrás del sucio vidrio. Después dio un brinco de susto en el momento en el que un par de bocinas ocultas en alguna parte del cuarto, tronaron con un chirrido sórdido, atroz, que comenzó a reproducir los borboteos de un sintonizador en falla. El centro de comando se abotagó de un rechinido infernal apabullando por completo el sutil susurro del agua y de la fauna cibernética.

El Seeker se desesperó al instante, sintiéndose traicionado por el ruido. ¡Lo descubrirían!

-Cállate… ¡Cállate, cállate! - Con la palma de la mano golpeó las teclas y los botones, imponiendo tanta fuerza que por un momento la pantalla perdió los siseos de estática y quedó completamente en blanco, transmitiendo un brillo más poderoso que el de las aguas brotando de las paredes.

Después de dos largos minutos, en los que Skywarp intentó a toda costa adivinar la secuencia de las configuraciones antiguas y los números de las teclas, el fulgor del monitor se trasgredió a un destello negro, y cientos de lecturas pequeñas empezaron a caer en una cascada de comandos, secuencias desconocidas y claves que él jamás había descifrado ni siquiera en sus turnos de monitoreo en el Centro de comando del Némesis. Nunca les había encontrado un sentido lógico y no sabía de nadie, a excepción de Soundwave, que las entendiera de verdad.

-Creo que estoy perdiendo el tiempo y desde luego la paci…

La pantalla dejó de lanzar lecturas y se puso nuevamente en blanco.

Él miró intensamente cada una de las siglas Cybertronianas que comenzaron a encriptarse al centro del holograma, olvidándose de su alrededor cuando sus ópticos distinguieron el significado de una única pregunta:

¿Continuar con protocolo de análisis?

Sí / No

Skywarp lo pensó durante varios segundos, mirando a todos lados con la esperanza de encontrar una respuesta. Continuar con el análisis podría implicar que la pantalla volvería a perderse en otra lectura interminable de códigos y números que lo harían a él perder el tiempo, tiempo que no tenía en lo absoluto. Arcee debía estar tras su pista de nuevo, riéndose sola, incentivada por el olor del energon y el poder de la muerte que tantos Transformers enloquecidos le habían brindado.

¿Sí o no?

Sacudió la cabeza, clavando los ópticos en el monitor. Su mano se posó sobre dos botones en el panel de comando, acariciándolos con la superficie de sus sensores. Jamás has pensado en nada que tenga que ver con esto. ¿Qué te hace querer pensar en algo ahora?

Sí/No continuó parpadeando frente a él, enfureciéndolo.

No lo sé.

Sí/ No.

Sólo es un estúpido protocolo, puedes trabajar sin hacerlo.

Sí/ No.

Diablos.

Sí/No.

-¡No! – gritó, apretando un botón azul con fuerza.

Las lecturas de la pantalla se borraron al instante, despejándola. Apareció la leyenda de "secuencia abortada", lanzándole un furtivo golpe de ansiedad que lo dobló en dos, manteniéndose en pie sólo por la voluntad de no flaquear ahora que había llegado tan lejos, siempre sobreviviendo, siempre peleando.

-¿Ahora qué? – rezongó entre dientes, mirando de reojo un viejo banco de metal arrumbado bajo los escombros de un buró destrozado. Cuántas ganas de sentarse por un momento.

Cuántas ganas de tenderse en el piso a dormir, a no hacer nada, a esperar en silencio y en paz que las soluciones llegaran solas.

Se pasó la mano por la cara, incapaz de reprimir el molesto temblor en sus piernas, que tras varios segundos de lanzar advertencias de descompensación energética, lo dejaron caer al suelo sin oponer la más mínima resistencia. Al intentar levantarse de nuevo, sus rotores lo impidieron. Sus rodillas se negaban a enderezarse. Sus pies no querían seguir soportando su peso. Maldijo en voz baja, inclinando la cabeza, víctima de la indignación y la furia. De no haber sido por el sutil ronroneo de la computadora principal, cuyo monitor se regeneraba lentamente en la forma de un menú bendito enumerando diferentes opciones de comunicación e investigación, Skywarp se habría dado finalmente por vencido, mandando su instinto de supervivencia al carajo.

Estaba cansado, sus reservas energéticas vaciándose rápidamente. Tenía hambre. Sentía dolor. Había muchas fallas y pocas soluciones.

-Al diablo con todo. ¡Quiero salir de aquí! – Se instó a sí mismo, volviendo a aferrarse del borde del tablero, de donde tomó la fuerza para impulsarse nuevamente hacia arriba.- Sólo… quiero salir de aquí… -. Logró ponerse de pie, mirando con más atención todos y cada uno de los botones sobre el tablero.

Esfuérzate, Skywarp.

Un poco más no haría daño. Un poco más nunca hacía daño.

No estaba preparado para morir.

-Transferencia del patrón de reconocimiento a cuadrante 734-8. – transmitió la voz aburrida de Starscream mediante un canal privado.

-Entendido.

Dos breems atrás, la frecuencia personal de Skywarp había interrumpido en los comunicadores privados de ambos Seekers, entrañando un mar de misterio del que fue imposible rescatar algo coherente. Las palabras fragmentadas, al otro lado de la línea, habían sido ininteligibles, reemplazadas por una cruel sintonía de estática que los mantuvo a ambos al borde del suspenso, escuchando la voz de Skywarp distorsionarse en sílabas y desesperados gritos de pánico. Estaba vivo. Después de varias horas de búsqueda, finalmente confirmaban el factor primordial para seguir adelante con la misión de localizar al tercer miembro de su escuadra aérea: Skywarp estaba vivo.

Los balbuceos del Seeker oscuro habían dicho tantas cosas al mismo tiempo que había sido imposible distinguir un dato o una señal de ubicación, pero se sabía que había estado moviéndose. ¿Cómo había podido alejarse tanto en tan poco tiempo? Ruido y estática fueron las únicas respuestas. Nada valioso para localizarlo. Técnicamente, y en lo que a Starscream concernía, Skywarp no había dicho nada inteligente salvo gritar que estaba vivo y necesitaba ayuda. Como siempre, las señales cognitivas cotejadas en su procesador era lentas, la información importante pasaba al segundo plano de su importancia porque en él no habían primeros planos, no había lógica, sólo instinto y patrones. Y eso, en soledad, lo hacía un mecanismo inútil que jamás sabría cómo dirigirse y controlarse a sí mismo para sobrevivir.

Estaba perdido. Estaría perdido para siempre si ellos dos –si Starscream, específicamente- no le daba un paradero y una ubicación fija de localización.

-Reporte de codificación de señal – demandó saber Starscream, desacelerando la potencia de sus propulsores traseros.

Thundercracker se acompasó a su lado, volando ala con ala bajo el manto inacabable de las estrellas y los lejanos planetas del espacio. Se cernían sobre la ciudad, dos Seekers solos como las aves abandonadas de una parvada. Edificios viejos, calles bombardeadas y una espesa neblina de contaminación se expandía en las avenidas vacías, espabilándose levemente cuando el tormento de las turbinas de ambos Decepticons pasaba sobre las azoteas, perturbando la tranquilidad de los escombros y los animales salvajes, cuyos ópticos brillaban como puntillos mordaces, apenas visibles por las dos rápidas máquinas de guerra.

-Ningún progreso, Starscream. Skywarp continúa fuera del rango de triangulación.

Pero vivo.

-O muerto – recalcó el otro, girando hacia un costado para evitar colisionar con la punta de una vieja antena.- No me sorprendería la noticia. Un Seeker de Élite derribado por tres estúpidos Autobots no merece que…

-¿Quién lo dice? - Thundercracker volvió a posicionarse a su lado, más por costumbre de una vida peleando bajo su comando que por gusto.- Tú has sido derribado por los Aerialbots, Starscream, y no es necesario recordarte que son máquinas terrestres con pocos ciclos orbitales de consciencia Cybertroniana.

Fue el estruendoso rugido de los propulsores traseros de Starscream eyectando una explosión de energía lo que obligó al Seeker azul a expandir sus alerones y echar el fuselaje a un lado para evitar que el ala plateada del Comandante Aéreo, que había girado violentamente hacia él, chocara dolorosamente con la suya.

-¡No digas estupideces! Ya estaríamos camino a ese sucio planeta terrestre si el idiota hubiera seguido mis órdenes. ¡Les espeté claramente no salir del espacio aéreo indicado! – gritó, amenazando con volver a atacar a Thundercracker pese a que el peligro de que ambos cayeran por una colisión era latente.- Debería dar la orden de retirada y dejarlo a su suerte.

Sabes que no lo harías, se dijo Thundercracker, alineándose nuevamente detrás del propulsor derecho de Starscream. No le preocupaban los reproches, mucho menos los amenazantes comentarios de la voz rasposa que invadía su comunicador interno cada cinco minutos. No abandonarían a Skywarp sin dar por concluido que estaba definitivamente fuera de línea, lo que había sido desmentido cuando la comunicación con él se estableció pocos breems atrás.

Starscream era habilidoso con las palabras, pero una vida de escucharlo utilizarlas a su beneficio había inmunizado a Thundercracker de creerle cualquier cosa. Podía leerlo entre líneas tan bien como conocía cada uno de los gestos maliciosos de Skywarp. Y quizás no era preocupación lo que impulsaba a su líder de escuadra a seguir buscando, sino la urgencia de no perder un elemento valioso a su disposición. Cinco millones de años volando en conjunto habían dejado en ellos algo más fuerte que la amistad: la costumbre. Las habilidades de Skywarp y Thundercracker en conjunto eran los asiduos pensamientos tácticos de Starscream para comandar una victoria en una batalla aérea. Conocía las competencias, los defectos y las debilidades de ambos, y si se pensaba más a fondo, la racionalidad militar también había degenerado en algo parecido a una especie de costumbre social dentro de él.

No eran amigos de Starscream. Thundercracker no compatibilizaba esa idea dentro de sus procesadores. Pero eran lo más cercano a un camarada para el Comandante Aéreo. Sólo ellos soportaban su presencia sin largarse. Sólo ellos lo escuchaban explotar en mil insultos y reproches contra Megatron y aun así continuar a su lado. Sólo ellos podían compartir una mesa con él y aguantar un cómodo silencio antes de que Skywarp comenzara a provocar la ira de su volátil carácter. Starscream no era amigo de nadie, pero era inteligente, y esa inteligencia le concedía el juicio de continuar buscando a su compañero aéreo en pos de no perder la valiosa ventaja de sus habilidades teletransportadoras.

-Es maravilloso ver cuánto te preocupas por nosotros.

-Pffs… son una pérdida de tiempo y de recursos. Debería reemplazarlos. Traer mentes frescas y obedientes a mi círculo de confianza me evitaría este tipo de problemas.

-Está vivo – le recordó Thundercracker, analizando dos veces cada una de las lecturas que aparecían en su radar.

Todo podría ser un enemigo potencial escondiéndose en las sombras. La ciudad abandonada, a punto de desmoronarse ante el poderío de sus turbinas, era un laberinto de callejones, escombros y ventanas deformes, negras por el vacío que jamás sería llenado nuevamente. Habían sobrevolado tantas veces la zona donde Skywarp había sido derribado que la tensión en los alerones traseros de Starscream era evidente desde cualquier ángulo. La molestia estaba dando campo a la desesperación.

-Su último reporte fue hace dos breems… Puede pasar cualquier cosa en dos Breems, Thundercracker – dijo Starscream con voz sombría. La ausencia de burla fue precisa en sus palabras, de nuevo escondiendo el significado de sus intenciones e ideas.- Descendamos.

A pocos metros de tocar el suelo, las dos aeronaves se transformaron en sus formas bípedas, cayendo en distintos puntos de la oscura y caliente callejuela donde Skywarp había transmitido su última señal de auxilio cuando fue derribado. Thundercracker inspeccionó por segunda vez el aparatoso callejón, encontrando los mismos charcos de metal fundido, los escombros y la basura que había visto en su primer descenso, varios breems atrás. El humo había ido perdiendo espesor y el color negro había sido reemplazado por una especie de telilla blanquecina que se elevaba a pocos metros del piso, desapareciendo en el aire viciado del planeta. No se necesitaban ópticos expertos para saber que el aterrizaje del Seeker negro había sido duro. Muchas de las piezas del fuselaje de Skywarp podían dar un diagnóstico aproximado del estado de su cuerpo y quizás de su desesperación de ser encontrado. Pero, ¿por qué había decidido moverse?

Skywarp no tendía a actuar con mucha lógica, pero tampoco era estúpido. Thundercracker le daba el beneficio de la duda y prefería pensar que su único amigo tenía un procesador diferente al de cualquier otro Transformer que hubiera conocido en su vida. Imaginaba que las habilidades teletransportadoras del Seeker oscuro eran uno de los porqués más importantes para explicar muchas de sus fallas y de su grave déficit de atención. Su procesador estaba lleno de información geográfica, mapas, triangulaciones y cálculos que debían abarcar casi todo el ancho de sus discos de memoria. Pensaba diferente. Era diferente. Pero ¿eso explicaba que hubiera huido de su zona de aterrizaje?

Thundercracker entró en el callejón, sorteando con cuidado los escombros sueltos que brotaban del piso. Sus ópticos estaban fijos en el fondo oscuro, donde la pared que había detenido el impacto de su compañero aéreo estaba abollada. Las marcas del suelo, en forma de túneles de polvo y óxido, indicaban el esfuerzo de alguien herido por moverse. Detectó energon fresco bajo el ancho de dos enormes carpetas metálicas y se agachó a cerciorarse que el color del fluido no pertenecía a ningún componente vital en peligro. Skywarp era un Transformer impredecible, pero incluso él actuaba conforme a su instinto de supervivencia cuando su vida estaba de por medio. ¿Estaba siendo amenazado aún después de haber sido dado por muerto? El enorme boquete en la pared a su derecha hizo a Thundercracker ponerse de pie, mirando con intensidad el desastre del interior del cuarto, cuyos restos de muebles, repisas y pedazos de techo estaban esparcidos en cualquier dirección.

Una silueta con alas se paró en medio de la entrada del callejón, haciendo nada de ruido ni siquiera cuando el siseo de sus servos al moverse despresurizaba el aire a su alrededor. Sus ópticos rojos, llenos de hastío y maldad, se entrecerraron al mirar directamente el perfil del Seeker azul.

-Recibí una transmisión de Shockwave – dijo, cruzándose de brazos cuando Thundercracker volteó a verlo.- Debemos irnos.

-¿Qué pasa? - Thundercracker olvidó por un momento el interior de la sala derruida.

-Se reactivaron los sistemas internos de una de las refinerías subterráneas a pocos kilómetros de aquí – explicó Starscream con aburrimiento, preparando su mecanismo para activar su transformación.- Andando. Nos encargaremos de Skywarp más tarde.

El Seeker azul evitó gruñir en voz alta, entrecerrando los ópticos.

-¿Así de fácil lo das por saldado?

Starscream sonrió, mirándose los dedos de una mano en una clara muestra de displicencia.

-Esto es importante, tonto. Todo indica que los Autobots encontraron una de las viejas fuentes de energon del planeta y es mi deber impedir que la conserven si actualmente mantiene energía activa… - Cliqueó el vocalizador, neutralizando su sonrisa en una mueca más serena. -Donde quiera que esté Skywarp, si se ha alejado tanto por su cuenta y aún conserva la fuerza para comunicarse, puede resistir un poco más sin ayuda.

Thundercracker aparcó los punteros de sus ópticos en los profundos rasguños de la pared a su izquierda, notando la seriedad de las heridas en el metal y la manera secuencial en la que éstas se repartían en varios puntos de los escombros y el piso. No tenían el patrón del aterrizaje; parecían haber sido infringidas recientemente por algo muy afilado, algo que podría penetrar hasta el centro mismo de la corteza de un cuerpo para despedazarlo al instante.

-No te estoy pidiendo que vengas conmigo, Thundercracker – masculló Starscream, sacándolo de sus pensamientos.- Te lo estoy ordenando.

Energon oscuro, le había dicho Arcee, con el sonido escapando de sus labios como un néctar prohibido. Lo había revelado con gracia y cinismo, divertida por las reacciones que sacaba de él, por todo lo que sucedía alrededor de él. Lo había dicho por añadir otra mágica preocupación al golpeado semblante de su presa, que aún no dimensionaba sus problemas como era adecuado. Ella, sin embargo, vivía atormentada por las maravillas que sólo su oscura chispa vital podía disfrutar como ningún conquistador, villano o dictador jamás podría comprender. Arcee lo quería todo. Amaba lo que pasaba en el paraje de su mundo como amaba blandir su espada y destrozarlo todo. Pero no se comprendía a sí misma como comprendía al fiero instinto de ansiedad que brotaba de su pecho y escapaba como un disparo de sus manos, borbotando en su garganta con un grito atroz e interminable que se transformaba en una carcajada siniestra.

Él estaba en el salón de comando.

Las alarmas de reactivación de las computadoras principales lo habían delatado. Arcee las había escuchado durante los eternos minutos que chilló la chicharra a través de los conductos de ventilación, taladrando sus audios por sobre el susurro de las cascadas de energía y las descompresiones de vapor de la maquinaria del planeta. Sabía dónde estaba Skywarp sin necesidad de ponerse a otear las señales del aire y del suelo como un perro cazador. Años enteros de soledad le habían enseñado los caminos, las casas, las habitaciones vacías y los senderos donde habitaban las bestias robóticas que Cybertron había creado como una defensa natural ante la catástrofe de sus propias creaciones.

Arcee había navegado en cada una de sus calles externas y subterráneas, convirtiéndose en parte de ellas.

Su mano soltó los cables de la cabeza que había arrancado a la última de sus víctimas y guardó su espada, desmaterializándola en alguno de sus compartimientos internos. Luego levantó la cabeza, sonriendo. Sería más fácil llegar por los conductos de refrigeración. Más rápido también, considerando que las reservas energéticas de Skywarp estaban por terminarse y lo único que encontraría de él sería un cuerpo en estasis. Qué lástima. Se rió, dando un gran salto que la dejó sostenerse de la base deteriorada de un tubo de descontaminación. Después se deslizó rumbo a la superficie de un grueso caño oxidado, cuya base apenas soportó el peso de su cuerpo.

Detrás de ella se abría la maravillosa vista de un fondo de tuberías, expresos autómatas volando en cualquier dirección y un sinfín de pequeñas bestias moviéndose sobre sus nidos cibernéticos. Los grandes cristales de energon oscuro y la peligrosa energía azul que supuraba de las paredes alumbraban los contornos desiguales de las entrañas robóticas, rodeadas de maravillosas explosiones eléctricas y tormentas de gases corrosivos en los puntos donde la energía atómica de ambos fluidos se fusionaba.

Las piernas de Arcee se agilizaron en una carrera veloz sobre los tubos y las vigas, brincando de unos a otros en una total displicencia al vacío que se abría bajo sus pies. Las alarmas en el centro de comando habían dejado de sonar pocos minutos atrás, pero sabía que el Seeker continuaba adentro. Sabía que Skywarp, herido y necio por sobrevivir cuando no tenía más alternativa que yacer muerto, estaba esperándola, planeando cómo defenderse, cómo detenerla, cómo sanar su orgullo de soldado herido.

Arcee rió de nuevo, llegando al final de la larga tubería, donde dio un descomunal salto de varios kilómetros de descenso antes de estrellarse rudamente en la maraña de cables de la pared más cercana, de donde se sostuvo con una sola mano, meciéndose de un lado a otro a voluntad hasta dejar de sentir el desenfrenado pulsar de su chispa vital, que muy en el interior de su pecho aún reconocía el peligro de morir por culpa de una mala lectura de reflejos. ¿Qué más emociones podía pedir de la vida cuando ella misma había sido convertida en una aventura sin identidad?

Arcee comenzó a escalar la pared con ayuda de las lianas y las aperturas transformables que sus dedos encontraban, displicente a los autómatas voladores que pasaban rozando su espalda y no la reconocían como un peligro. No la veían pese a sus colores blancos y rosáceos; era pequeña e insignificante, camuflada en una selva de cables, circuitos y enormes tarjetas de nodos y chips. Arcee hubiera adorado asesinarlos si en ellos hubiera existido un poco de conciencia, pero la idea de encontrar a Skywarp y volver a ver su rostro aterrado estaba convirtiéndose en una obsesión. Debía sanar esa necesidad cuanto antes… debía escucharlo gritar.

Grita, Decepticon.

Se estremeció de cuerpo entero, riéndose. Cuando llegó al borde de un conducto oscuro, se sujetó con fuerza y se impulsó arriba, introduciéndose hasta ennegrecer por completo su cuerpo. Sus ópticos ámbar brillaron con locura, conduciéndola a cuatro patas por un camino desigual en el que muy pocos Transformers se habrían atrevido a aventurarse. ¿Cómo le iría al Seeker en un lugar así? El sólo pensarlo la hizo gritar de gusto, ensanchando su sonrisa, que se mantuvo viva en su semblante hasta el momento exacto en el que llegó frente a una ventanilla de tejas destrozadas y miró el gratificante halo de luz azul que violaba la privacidad de las sombras.

El rostro de Arcee se iluminó con sorpresa y curiosidad, mirando su objetivo al otro lado de la habitación.

Siempre lo encontraba. Era emocionante lo mucho que él batallaba en esconderse y lo fácil que ella continuaba encontrándolo. Inclinó la cabeza, sintiendo la morbosidad nublar el juicio de su procesador. Al otro lado de las tablillas estaba Skywarp, dándole la espalda. El Seeker estaba hincado en el piso, con las alas abajo y muchas de sus heridas nuevamente abiertas. Se veía exhausto y a punto de ceder ante un estasis de emergencia, pero los movimientos fluidos de su único brazo funcional decían que aún tenía las fuerzas suficientes para atacar los restos de un cuerpo inerte que estaba tirado frente él. Mas lo que terminó de fascinar por completo a su espectadora fue descubrir, después de unos minutos de observarlo, que la mano del Seeker estaba hurgando desesperadamente en el abdomen del muerto, haciendo a un lado componentes oxidados y mangueras reventadas que se desmoronaban a su paso.

Tras varios jaloneos y gruñidos de desespero, Skywarp sacó de entre la masa de metal una especie de tanque compacto que apenas podía sostener con sus dedos. Con movimientos temblorosos lo agitó cerca de su audio izquierdo, escuchando con atención lo que había dentro. Éxito. Por la manera en la que el apuesto perfil de su rostro se iluminó en una especie de irónica felicidad, el cilindro contenía lo que él buscaba.

El pobre moría de hambre. Las manos de Arcee se aferraron a las tabillas de la ventana, ensanchando sus ópticos.

Tantos años de permanecer muerto no habían hecho que el Energon almacenado dentro del tanque de emergencia del anónimo Transformer se secara. Muy inteligente. Arcee sonrió, mirando a su Seeker arrastrarse de rodillas hasta una mesa volcada, cuyo borde afilado utilizó como navaja para rasgar la tapa soldada del contenedor, que cedió después de dos, tres golpes directos, cayendo al piso con un tronido seco que desprendió partículas de óxido y metal en polvo.

Skywarp se quedó quieto. Con los hombros tensos y el semblante cabizbajo observó el interior del tanque. ¿Cómo había llegado a eso? Desobedeciendo órdenes, como siempre hacía, queriendo lucir su habilidad ante la destreza aérea de sus compañeros de escuadra, quienes daban poco mérito a sus triunfos, sólo a sus fracasos. Los sistemas internos del Seeker expulsaron una ligera compresa de aire caliente. Era lo más bajo que había caído.

Arcee se acomodó mejor frente a la ventanilla, enarbolada ante la vista de los profundos golpes en el herido fuselaje del Seeker, pero sobre todo ante la mirada de su decepcionado rostro, completamente sumido en la vergüenza. Skywarp dejó de contemplar el tanque de energon que tenía entre los dedos y se lo llevó a los labios, bebiendo de un solo trago la poca o mucha energía que contenía. Después lo lanzó a un costado, tapándose la boca con fuerza para evitar que sus tanques internos, completamente asqueados ante la idea de consumir energon previamente procesado, purgara el desagradable líquido que había hecho contacto con sus sensores gustativos.

Tan repugnante, tan excelso.

La espada volvió a materializarse en la mano de Arcee, segura de que las interrupciones se habían terminado por completo. Skywarp se había dado a sí mismo la energía suficiente para vivir y resistir su propia muerte. Ahora tenían tiempo de sobra.

Continuará…


N/A: Feliz apertura de año 2013 para todos :P Y como realmente no se me ocurre nada por decir, excepto que espero que hayan disfrutado este capítulo, ceso mi vocabulario no sin antes agradecer de nueva cuenta a Taipan Kiryu, cuya ayuda de Beta reader empuja mucho la evolución gramatical y ortográfica de este fan fic, también al ánimo y a las ideas por escribirlo. ¡Gracias!

Y gracias por leer.

Hasta luego.