Estamos hechos de penumbra. Surgimos de un núcleo incesante de impulsos, sueños y deseos innatos de hacer lo prohibido: El mal.


Rumores blasfemos

Capítulo V

Forza

La sensación de estar viviendo una pesadilla tendía a desvanecerse en cuanto los límites de la consciencia probaban que ningún sueño, por más espantoso que fuera, podía competir con la crudeza de la vida real. En las figuraciones corruptas que atacaban su procesador cuando entraba en recarga, todo tendía a retorcerse hacia el lado más maravilloso e increíble de la imaginación, pasando cosas sobrenaturales, apareciendo enemigos invencibles que de un momento a otro cedían ante él. Y también las atrocidades, que solían atacar cuando Skywarp se encontraba en sus momentos más débiles e indefensos de resistencia mental, sucumbían en el segundo exacto en el que volvía a la vida del mundo activo. Su procesador era maravilloso.

Pero la realidad era distinta. En la realidad las cosas no dejaban de suceder cuando encendía los ópticos para salir de la oscuridad. En la realidad su vida continuaba amenazando con terminarse, y él, como único pensante cuyo propósito era evitar que eso sucediera, debía enfrentar a su monstruo personal sin esperanzas de desaparecer de pronto. Todo era Real. El mundo tangible le advertía a Skywarp que un paso en falso lo sumiría definitivamente al abismo de la perdición. Moriría, y nada podría evitarlo si no emprendía un pronto camino de vuelta a la superficie.

Tirado de rodillas frente al destartalado escritorio, observó detenidamente su única mano funcional, pegoteada con los residuos del energon que había bebido segundos atrás, profanando la esterilidad de sus tanques internos. El monitor parpadeante de la enorme computadora seguía encendido, iluminando el perfil de su rostro. En la pantalla brillaban caracteres en Cybertroniano antiguo que el procesador de Seeker había descifrado difícilmente, pudiendo rescatar palabas difusas y el extraño conocimiento de la existencia de una sustancia milenaria que era capaz de formarse a sí misma mediante el paso de tiempo y la fusión inédita de varios residuos meticulosamente analizados. Le llamaron Energon Oscuro. Skywarp lo había entendido basándose en el recuerdo de los redondos labios de Arcee pronunciándolo. Energon oscuro. ¿Qué es el energon oscuro? Su mirada se había clavado en la venenosa boca de la demencia mientras ésta hablaba, mirándola moverse, después sonreír, sofocando el aire alrededor de su delgado rostro y sus enormes ópticos amarillos.

El energon oscuro provenía de las fuentes subterráneas de Cybertron. A principios del descubrimiento había sido escaso, demostrando un alto índice de contaminación para cualquier mecanismo viviente que se expusiera a él. Por esa razón habían decidido aislarlo mediante procesos que Skywarp no había logrado entender sin importar la cantidad de veces que se había dedicado a repetir los mismos párrafos, leyendo aburridamente síntesis y procesos que descartó a favor de su ignorancia. Miró fórmulas sin seguimiento y tecnicismos científicos que decidió pasar de largo para no sufrir un sobrecalentamiento masivo, sobre todo al detectar los rasgos químicos y físicos que jamás entendería sin importar cuánto lo intentara.

Los nombres teóricos y reales eran una misma palabra pero con diferentes letras. ¿Por qué se esmeraban en hacer incomprensible lo que podía ser fácil al primer vistazo? Todo para deducir que la energía oscura brotaba milagrosamente de las principales arterias del planeta y sólo emergía en muy pocos abastecimientos subterráneos, acumulándose lentamente hasta formar extensos corredores de cristales, pozos en los corredores y en las cimas alejadas de algunas cascadas de flujo energético. Año tras año creciendo, contaminando fauna mecánica y la vida interna de Cybertron.

La mayoría de los brotes, sin embargo, se apostaban en esa zona: el olvidado sector 0-32. Había sido investigado por científicos Decepticons y Autobots trabajando en una comunión imposible de creer para alguien que, como Skywarp, había vivido una guerra milenaria en la que ambas facciones se habían destruido mutuamente hasta la desintegración total de sus raíces. Pero antes de ello, los absurdos científicos habían establecido un patrón de la fusión de las sustancias, los procesos graduales y las actividades naturales que llevaban al energon puro a combinarse con fluidos con los que jamás debió haber tenido contacto. Ello producía una mezcla única de poder y energía que emitía ondas eléctricas en un radio de miles de kilómetros.

Skywarp entendió que se formaban cristales. Eran enormes, oscuros, y exudaban un brillo purpúreo que en la pantalla holográfica se había visto amplificado por el propio destello del monitor y por el cansancio de Skywarp, que sentía que nada, después de llevar varias horas sobreviviendo a los embates de una psicópata y de un puñado de monstruos, podría sorprenderlo.

Los individuos expuestos a la energía oscura habían caído víctimas de trasgresiones sistemáticas, alteraciones en sus patrones de conducta, mutaciones en los nódulos internos de sus chispas vitales, pero sobre todo habían desarrollado una fuerza exorbitante y una brutalidad instintiva que los llevaba a destruir todo lo que apareciera frente a ellos, sin importar las restricciones con las que los investigadores los habían preparado antes de llevar a cabo el cruel procedimiento.

A Skywarp no le importó adentrarse más en la lectura después de enterarse de aquello. Los científicos pertenecientes a la ideología Autobot habían discernido de la arrogancia y de la soberbia propia de los Decepticons y habían exigido que se detuviera la experimentación con individuos Cybertronianos sanos. Ningún Transformer, sin importar sus delitos, merecía ser expuesto a un horror tan inimaginable como la violación perpetua de sus sistemas motrices y cognitivos, aunque su sacrificio fuera a favor de la ciencia. Unos a favor, otros en contra. Armas en mano, intelectualismo olvidado, el conflicto entre facciones también los alcanzó a ellos y la investigación del energon oscuro y sus sustancias adyacentes quedó finalmente olvidada cuando la guerra fue declarada como un hecho oficial en todo el planeta.

Skywarp ya podía atar los cabos sueltos y pensó que, si se encontraba algún día con cualquiera de ellos, podría decirles unas cuantas cosas acerca de sus estúpidos experimentos, recordando desde el primer instante en el que una de esas cosas lo atacó hasta el momento en el que la enorme consola cobró vida frente a él y comenzó a explicarle cosas que sólo Starscream podría entender.

Los infectados perdían por completo el conocimiento, radiando una energía capaz de penetrar las barreras y los escudos de cualquiera. Esa había sido la contaminación que había sentido embargar la esencia de su propia chispa vital cuando había peleado tan cerca del Autobot. Los monstruos no podían razonar, no entendían palabras ni circunstancias y se guiaban por un impulsivo instinto de destruir. Quizás, para sobrevivir, continuaban alimentándose de aquella extraña sustancia cuando sus sistemas internos requerían reabastecimiento. No pensaban, no sentían. No eran ellos mismos ¿Cómo podían vivir así?

El Seeker continuó contemplando su mano, mirando la mugre entre sus dedos y los milimétricos alambres que emergían de entre sus ranuras torcidas, dañadas por las batallas y los golpes.

No podía imaginarse las vidas de esos seres. No sentía la más mínima empatía hacia ellos, pero sabía que de no haber encontrado el cuarto de mando a tiempo para conocer la historia de las infecciones, hubiera terminado como ellos, contaminado, sin posibilidad de ser salvado. Al ser vencido por el hambre y no tener más fuentes de alimento habría probado el energon oscuro.

¿Cómo sería pisar día a día un suelo de dolor y brutalidad sin estar consciente de ello? Un Skywarp sin cerebro. Un Skywarp condenado a vagar eternamente dentro de la hostil soledad de un laberinto de corredores mecánicos siempre cambiantes, atenuado por la luz de las fuentes y los cristales. Un Skywarp dispuesto a lanzarse como una bestia contra todo lo que tuviera vida y se moviera delante de él… Un Skywarp olvidado e inservible, tan inexistente para los demás como para él mismo.

Se puso de pie, ayudándose con el borde del escritorio. Al llegar arriba reprimió un gruñido de dolor. Cansado, su cuerpo prefería estar abajo, sin una lucha constante contra la gravedad y el martirio. Ya había probado que sentarse sobre sus piernas disminuía la agonía y acentuaba la reparación de sus sistemas, pero la desesperación, así como la impaciencia, jamás le habían permitido permanecer inmóvil por mucho tiempo. No estaba acostumbrado a pensar para sí mismo. El seguir órdenes le había convertido, con el paso del tiempo, en un ser poco racional que delegaba la responsabilidad a terceros, y ahora descubría, conforme sus ópticos se paseaban en la fría habitación ruinosa, que generar ideas no era tan complicado como había creído. Si le daba el lugar indicado a cada palabra y generaba las oraciones correctas nacía el inicio de una idea. Una cosa pequeña y casi carente de magia, pero se asomaba en su mente para decirle que continuara intentándolo, que continuara pensando, analizando, detallando su entorno y sus posibilidades.

Ya conocía lo que sucedía con la mayoría de los Transformers en ese lugar, si es que continuaban siéndolo. Respondían al ruido, también a las pulsaciones energéticas de un mecanismo no contaminado, aunque Skywarp podía jurar que los había visto atacándose entre ellos antes de que Arcee los cercenara en miles de pedazos.

Arcee. Su mayor problema era Arcee. Podía cuidar sus pasos para no tropezar con las fuentes de energía no refinada y resistir a la tentación que prodigaba el energon oscuro, pero Arcee era un fantasma que se materializaba desde cualquier parte del subterráneo y atacaba, infectada de locura, abotagada de sadismo.

Skywarp se llevó la mano a la cabeza. La pantalla a su lado no funcionaba para otra cosa que no fuera brindar segmentos informativos. Había intentado utilizarla para generar un enlace directo con cualquier satélite cercano al planeta, incluso con cualquier intercomunicador individual disponible, pero los caracteres que se habían proyectado ante él habían resultado tan indescifrables que tuvo que abandonar la esperanza de llegar a algo. Se conformaba con la creencia de que nadie, ni siquiera Starscream, hubiera podido codificar un lenguaje tan antiguo como el que habían manejado en esas instalaciones.

Dio algunos pasos al frente, alumbrándose con la luz del monitor. Ante él quedaban dos enormes puertas bloqueadas. Ambas parecían similares; sin diseños, cerradas desde adentro con palancas manuales. Tenían símbolos Cybertronianos en los que se leía que una daba paso a una bodega y la otra conducía a un sector de pruebas. Skywarp fue tentado con la idea de abrir la bodega, guiado por la intuición de poder encontrar cosas de utilidad allí dentro, pero descartó la idea tan pronto llegó a su cabeza. Eso es, ya estás siendo racional. La opción viable era la otra puerta… Esa otra puerta o volver por donde había llegado, encontrándose con la demente Autobot en el camino.

-Quisiera volarte la bonita cabeza, preciosa –masculló, empuñando su mano.

Sus compañeros aéreos solían decirle que si utilizaba el ingenio que normalmente empleaba en fabricar bromas pesadas para desarrollarse en algo más provechoso como evolucionar mental y militarmente, lograría maravillas. Se lo decían con tanta frecuencia que ahora comenzaba a pensar que quizás tenían razón. Skywarp sabía que tenían razón. Tenían que tener razón, porque de lo contrario cada idea que generara a partir de este momento lo hundiría cada vez más y más hasta que toda esperanza de sobrevivir resultaría completamente inútil. Se llevaría a sí mismo a la muerte. Negro, el vacío de la extinción lo consumiría, sin dejarle voltear a tiempo para liberarse de las garras que la estupidez envolvería alrededor de su chispa vital.

Pensar.

Skywarp caminó hasta el centro de la habitación, mirando ambas puertas con renovado optimismo. Se había prohibido hacer hincapié en el dolor de sus piernas, de sus alas y de cualquier otra parte lastimada en su estructura. Se había arrebatado el derecho de lamentarse por la escasez de sus reservas energéticas; tampoco podía disparar su arma o continuar quejándose por las desgracias de su situación. Podía renguear, porque el dolor de sus heridas era insoportable y no podía evitarlo, pero no quería gastar más tiempo pensando en ello. Dolía, pero no se detendría por ello. Pronto volvería a ver el cielo. Pronto saldría de ese agujero y volvería a ver el cielo.

-Debo encontrar un arma – murmuró, reconfortándose con el sonido de su propia voz.

Pero cuando se decidió finalmente a tomar la puerta de la izquierda, la que se dirigía hacia el enigmático sector de pruebas, ésta explotó ensordecedoramente antes de que su mano alcanzara la palanca, saliendo eyectada y casi atropellándolo en el trayecto hacia la pared del otro lado del cuarto de control. Skywarp fue empujado por la onda expansiva y terminó de espaldas en el piso. Confundido, a punto de purgar el contenido de sus tanques energéticos, fue invadido por el siseo de la estática inundando sus audios, después el pitido agudo, paralizante, de sus propios mecanismos internos luchando por estabilizarse.

Sin saber exactamente lo que hacía, se sentó en el suelo, pero se arrepintió de ello en el instante en el que notó un nuevo y espeso charco de energon acumulándose debajo de sus piernas. Un pequeño fragmento de metal se había incrustado en un extremo de su protector de cadera, y removerlo, sin antes morir de agonía, parecía imposible.

Sin embargo no fue eso lo que provocó que los ópticos de Skywarp se ensancharan con verdadero terror. Fueron ellos de nuevo. Todos ellos. Uno más otro. Tantos. Tantos de ellos. El Seeker gimió cuando logró postrarse sobre sus rodillas, desesperado. Su cabeza se meció en el aire, por un momento creando la burda apariencia de estarse inclinando ante ellos en una ridícula reverencia. ¿Qué pensarían? Nada, estaban vacíos. Querían destruir. Querían consumir la actividad pura y libre que fluía dentro del malgastado cuerpo de Skywarp, que finalmente había llegado a la cima, sosteniéndose sobre sus temblorosas piernas, trastabillando hacia atrás, después hacia el frente. Uno de ellos gruñó. Los demás lo imitaron, plagados de ópticos y luces púrpuras, y varios brazos convertidos en herramientas infernales que auguraban dolor y un descuartizamiento rápido.

Skywarp se llevó la mano a la cadera, y con un grito de rabia, arrancó salvajemente el fragmento. Después lo blandió a lo alto, mirando fijamente a los ópticos al primero de ellos –de todos ellos, que fueron acumulándose bajo el amorfo marco de la puerta reventada. Y segundos después de que Skywarp sopesara con amargura el enorme riesgo de muerte que estaba por enfrentar, ese mismo monstruo, que miraba con firmeza, se lanzó en su contra, aspando sus enormes brazos convertidos en mazos de batalla.

Pensar. Piensa. Sé que puedo pensar.

Un pequeño hoyo como un gigantesco infierno. La entrada al inframundo que normalmente se escuchaba predicar en la incivilizada cultura de una raza tan inferior como la humana. Era un hoyo al purgatorio, frío, tortuoso, con un fondo plagado de fuego y terribles bestias martirizando eternamente a las desdichadas almas de los hombres que murieran en un estado impropio de consciencia moral.

La única diferencia entre esos míticos infiernos y éste, apostado en un planeta que había ardido bajo el furor de una violenta guerra, era el matiz. El hoyo bajo los pies de ambos sólo era negro. Sin más colores, ni fuego, ni decoraciones; sólo negro. Profundo, rodeado de una maraña de cables y una enredadera gigantesca de tubos, láminas y circuitos reventados quizás cientos de años en el pasado, al descender por él una poderosa bomba. Entrar significaba perder la esperanza del cobijo del cielo sobre sus cabezas. Descenderían a la pesadilla que cada Seeker temía más que a su propia muerte: perder la empatía del firmamento. No habría espacio para extender las alas. Carecerían del sentido de la ubicación y los radares pasarían a ser instrumentos obsoletos, capaces de señalizar alertas y presencias hostiles a muy pocos metros a la redonda cuando ya fuera muy tarde.

Dos Seekers, un mismo instinto de preservación. Un hoyo pequeño y al mismo tiempo tan poderoso que los absorbía molécula a molécula, hipnotizándolos con su misteriosa esencia antes de que ninguno de los dos comprendiera realmente qué es lo que encontrarían ahí dentro. La muerte. Respuestas. Starscream lo miraba con aspecto dubitativo, sin darse cuenta de que Thundercracker, de pie a su lado, tenía la misma mueca en su rostro. ¿Podría Skywarp haber ido tan lejos? No era por él, se decía. No podrían abandonar el cielo por otro mecanismo viviente. Era por recurrir a la alarma que Shockwave había reportado dos breems atrás.

Las instalaciones científicas, cerradas hacía tantos siglos, estaban bajo el suelo, y sólo alguien con consciencia podía haber reactivado los respaldos energéticos. Alguien que quizás quisiera ayuda, hacerse notar, gritarle a un mundo muerto que en las entrañas de su extinta civilización aún había vida.

-Está fresco, no hay duda –murmuró Thundercracker, rompiendo el silencio que flotaba sobre ambos, estigmatizado por bloques de esqueléticos edificios y la profunda oscuridad de la avenida.

Starscream despejó su mente y desvió ligeramente el rostro hacia las brillantes gotas de energon esparcidas a pocos centímetros de los pies de su compañero aéreo. Después volvió a enfocar la siniestra entrada en el inframundo.

-Cómo sea. De todas maneras tenemos que hacerlo –dijo, intentando sonar displicente. Displicente a la desaparición de Skywarp. Displicente a que en poco menos de dos astrosegundos estaría volando en sentido inverso al del firmamento.- Vamos.

Thundercracker asintió, activando sus rifles en el momento en el que Starscream activó la ignición de sus propulsores y saltó al vacío. La negrura que había devorado a Skywarp varios breems atrás los engulló a ambos.

La cabina de Skywarp se estrelló en el piso, sacando una polvareda de rebabas y partículas de óxido. Había perdido el fragmento que había utilizado como arma contra sus tres primeros atacantes; después toda la batalla se había transformado en una especie de locura colectiva en la que los golpes viajaban desde todos lados e iban hacia todas direcciones. Sufrió violentos empujones, dos intentos de decapitación y varias patadas que lo lanzaron al piso tan rápido como muchas manos enemigas lo volvieron a poner de pie. No se había equivocado en su previo análisis respecto a la contaminación del energon oscuro: los hacía pelear los unos contra los otros sin motivos ni razones aparentes, fúricos al detectar los limpios sistemas de Skywarp y quererlo todos al mismo tiempo.

Gritos y maldiciones. Los audios del Seeker no distinguían palabras de gruñidos, berridos, risas y aullidos de rabia. Venían todos en masa, se convertían en una cacofonía pastosa que violaba el centro de su procesador y se combinaban peligrosamente con el sonido de los pasos y las armas destruyéndolo todo. Era un caos del que sólo alguien, con la misma alienación mental de todos ellos, podría escapar. No muy distinto a una batalla.

Skywarp se impulsó para levantarse, pero regresó de cara al piso cuando una mano más fuerte que la suya se afianzó alrededor de uno de sus pies y comenzó a arrastrarle por la habitación, estrellándole contra muchas piernas, los cadáveres frescos de sus primeras víctimas y los antiguos escombros desbalagados a lo largo del suelo. Sus lastimadas alas resintieron cada nuevo impacto con la potencia de una descarga eléctrica, haciéndole gritar y maldecir, luchar por levantarse y escapar de todos ellos. ¿A dónde iba? No podía darse la vuelta. Los movimientos eran rápidos, cada vez más frenéticos. Aparecían las patas enterradas de una antigua mesa contra las que su cabeza rebotaba violentamente, luchando contra la inconsciencia. Después venía el golpe fallido de un enorme Autobot que no podía coordinar los torpes movimientos de sus brazos.

-¡Suéltame!

Skywarp enterró los dedos en el piso, gritando de desespero y frustración. El caos le engullía con la misma rapidez con la que los infectados caían unos sobre otros, asesinados entre ellos mismos por disparos en la cabeza o mortales sablazos en el pecho. El energon volvía a atascar los panoramas visuales de Skywarp, lo cubría todo, deslizándose entre las ranuras del piso, sirviéndose de huellas, manchas y cuerpos desde los que estilaba siniestramente, infectando el aire con un aroma prohibido pero delicioso.

El nuevo golpe que recibió una de sus alas contra el borde de una mesa arrancó otro alarido de dolor y furia, pero no le cegó ante el nacimiento de una nueva idea. Estás comprendiéndolo. Su mano se aferró a una de las patas del mueble antes de que pudieran llevarlo más lejos. Había enfrentado una espectral travesía de doble recorrido dentro de un cuarto lleno de monstruos, salvajismo y violencia, pero había sobrevivido. En el momento en el que buscó apoyo en la base roída del escritorio, y volvió a erguirse sobre sus piernas, no le importó el panorama de mordaces ópticos púrpuras y muchas armas obstaculizando su camino. Había sobrevivido de nuevo. Él solo, sin nadie a la espalda ni nadie dictando órdenes. Él sólo en un cuarto de bestias. Él solo contra una asesina profesional.

-Autobots, siempre han sido ruido y poco procesador –siseó.

Lo siguiente que hizo sucedió demasiado rápido como para que su procesador se diera a la labor de analizarlo. En un mágico instante el cansancio de Skywarp se esfumó, reemplazado por un rugido esquizoide brotando de su vocalizador, sus piernas moviéndose con ágiles saltos, y su mano viajando en contra del bestial mecanismo más cercano a su posición, al que tomó por la cabeza, le quebró el cuello, y acto seguido agarró del brazo, que estaba convertido en un cañón de ácido corrosivo, y apuntó con él a otros tres Transformers que lo habían escuchado y amenazaban con acercarse. Todo al mismo tiempo. Todo en mismo movimiento que cortó el avance de los infectados, convirtiéndose en el pequeño segundo de una película de acción y drama en la que el personaje principal vivía constantemente al borde de la muerte, comenzando a hartarse de su mala suerte y su falta de cerebro.

Soltó el arma del cuerpo muerto, y con la mano apretada en torno a la nueva herida de su cadera, el Seeker rengueó dolorosamente hacia la puerta, cuya absorbente oscuridad se veía menos hostil que la fiesta mortal que estaba llevándose a cabo en el centro de mando. Los intrusos habían abandonado por completo el pasillo, aglomerándose en el interior de la habitación que Skywarp se disponía a abandonar de inmediato.

Seguido de cerca por un Transformer contaminado, el Seeker alcanzó el marco desigual de la entrada al pasillo y se detuvo, volteando sobre su hombro. La sombra del enemigo se cernió sobre él, mucho más grande, tosca, llena de bifurcaciones púrpuras y un par de ópticos desorbitados que tomaron lánguidos segundos para intercambiar una mirada con él, antes de que Skywarp se inclinara, lo más levemente posible, sobre el cuerpo desecho de un enorme robot, le arrancara un mazo de uno de los hombros y le fusionara los bordes del casco con el interior de la cabeza de un solo golpe al Infectado que iba detrás de él.

Cuando el cuerpo cayó al piso, Skywarp se había adentrado en el nuevo panorama de oscuridad y misteriosas malformaciones cibernéticas, huyendo de los desquiciados sobrevivientes, que pronto olvidaron su pequeña guerra interna y se acordaron de él, inundando el corredor para seguirle, haciéndose uno con la penumbra ante la sonriente mirada de Arcee.

Míralo bailar su danza de corazón y uñas…

A compás de sangre,

Un molino de carne y huesos desfigurándose en la noche de lunas.

Tuyo, madama, es tuyo, devóralo…

Arcee se balanceó de un pie a otro, caminando con el equilibrio de un gato sobre una vieja y delgada viga apostada a lo alto del oscuro corredor. En su mente, trastornada por el sopor ensordecedor de cientos de desconocidas voces, lamentos, siseos y risas, sobresalía la atractiva melodía de una canción alienígena que había escuchado en algún extraño lugar de algún extraño planeta.

Devóralo….

Sonrió, ensanchando los ópticos hasta alcanzar el nivel de locura que siempre iluminaba su agraciado rostro. Al otro lado del borde del enorme tubo aparecieron los restos descuartizados de los Transformers que Skywarp había dejado a su paso; sin cabeza, sin manos, sin piernas, con un hoyo en el pecho que les había arrebatado la vida al instante. Decepticon de naturaleza. Arcee se rió, meciéndose fuera del borde con ayuda de las lianas metálicas que colgaban del techo, pendiendo delgada, liviana como una partícula de polvo, luego regresaba a su camino, atraída, casi enloquecida, por el olor del energon derramado.

El número de infectados había disminuido considerablemente. Skywarp era un buen guerrero, hacía un buen trabajo, peleaba por sobrevivir y una vez que había encontrado su fuerza interna para no doblegarse ante el horror, había comenzado a comportarse como un excelente soldado. Sobreviviente. Arcee se sentía emocionada, imaginando al Seeker ante ella, blandiendo el inútil mazo que había colectado como arma, mirándola con dos ópticos furiosos, determinados a asesinarla; las alas tensas, el rostro arriba. Te mataré, preciosa. Ella sacudió la cabeza, estremeciéndose de placer anticipado. La Autobot comenzó a correr, brincando ocasionalmente las uniones del drenaje o agachándose para evitar chocar contra las cajas energéticas que obstruían el paso. De un momento a otro llegó a una intersección, donde el tubo sobre el que corría se partía en dos: izquierda o derecha.

Arcee inclinó el rostro, auscultando el lejano piso con una rápida mirada. Las erráticas pisadas del Seeker iban a la izquierda. ¿Tendría idea del camino al que se dirigía? Había entrado en un sector sin salida. Ella se acuclilló, tomando inercia para arrojarse fuera del borde y caer en el suelo, aterrizando elegantemente sobre sus pies a varios centímetros de un cuerpo al que le faltaba la cabeza y de cuyo cuello borboteaban aún los vestigios de la vida.

El pasillo habría estado oscuro de no ser por las electrizantes aguas azules que brotaban de las ranuras de una de las paredes. Iluminaban los contornos con un blanco cristalino, transformando las sombras en figuras movedizas y el esbelto cuerpo de Arcee en un juego dispar de colores púrpuras, rosas y grises. Alguna vez, en sus primeros días de encarcelamiento en ese mundo muerto, había cometido el error de tocar los fluidos cristalinos, electrocutando sus sistemas internos al instante en medio de una agonía incomparable. Cuando despertó, horas después del incidente, lo hizo desorientada, famélica, con la pintura ennegrecida y su procesador un poco más demente de lo normal. Había sido terrible aún para ella, que de pronto sentía que disfrutaba del dolor y las pesadillas le sabían a consuelo.

Caminó tranquilamente por el centro del corredor, contoneando las caderas, meciendo los hombros; con una mano empuñando la espada, con la otra quitando del camino las tiras de metal que pendían desde las infinitas entrañas de Cybertron. Encontraba muertos, agonizantes y mutilados a su paso, muchos de los cuales habían caído al canal de fluidos, donde se desintegraban lentamente, lanzando chispas y siseos energéticos que crispaban en los agudos audios de la Autobot. De Skywarp no había rastro. ¿Habría muerto? Era muy pronto para decirlo. El energon que Arcee encontraba derramado estaba infectado, brillaba con un fulgor opaco, proyectando luces negras, siniestras. Excelente. El Seeker cuidaba muy bien sus pasos, no dejaba pistas, no dejaba marcas a excepción de sus víctimas. No había sonido que lo delatara, sólo el chapoteo constante del agua y los lejanos ecos de la deforme fauna mecánica. Muy emocionante.

Arcee dejó atrás al último muerto, mirándolo de soslayo con una mueca de satisfacción. Después dribló a la derecha y entró en un largo pasillo cuyo suelo estaba laminado, lleno de óxido, escombros y esporádicos pozos de energía contaminada por brotes de enormes cristales púrpuras. Energon oscuro. Cómo había querido probarlo para comprobar si las leyendas eran ciertas, para enloquecer dentro de su inusitada demencia y ceder ante el arrebato bestial que se liberaba a dosis lentas en su procesador. ¿Cómo sería? Sonrió de nuevo, deteniéndose frente a la filosa punta de un largo cristal que dividía el pasillo en dos. Sería la oscuridad abotagándola con una tranquilidad ensoñadora. Se detendría, dejando de pensar en lo que existía y no la llenaba, en lo que hacía y no la complacía. Sentir, vivir, razonar como ellos, que felices consumían a sus víctimas dentro de sus atormentados mundos de pesadillas, sin saber lo que sus manos hacían, cómo asesinaban, cómo consumían y se untaban la energía y la vida ajena, sobajándose a una naturaleza profana. No tendría consciencia. No tendría pecados.

Blandió la espada, recargándola entre las uniones de su hombro, sin importar que la dorada energía del filo le quemara el chasis. Jamás había visto una transformación por contaminación de energon oscuro. ¿Cómo sería verlos sucumbir bajo el hechizo del veneno púrpura antes de mirarlos resurgir sin pensamientos, convertidos en un salvaje ímpetu de muerte? Su bonito rostro neutralizó su expresión, auscultando con interés su reflejo en la base sólida de los cristales. Cuando había regresado a Cybertron, después de cientos de años de ausencia, los infectados ya habían poblado las entrañas del planeta. Arcee se había dedicado a exterminarlos en un principio, después aburriéndose de la falta de inteligencia de todos ellos, optando por dejarlos tranquilos para regresar a vagar por la superficie, donde ocasionalmente encontraba supervivientes con inteligencia a los que asesinaba por gusto y por necesidad de combustible.

Crack.

Volteó velozmente hacia la dirección del sonido, pero fue demasiado tarde. Antes de que los rápidos servos de su cuello terminaran de girar, un fuerte puño conectó con su mejilla, mandándola a estrellarse contra la pared, donde, aturdida por el golpe, evitó caer a uno de los pozos de fluidos por la suerte de sus reflejos. Pero no tuvo tiempo para recuperarse y comenzar a defenderse; después de usar sus manos para separarse del muro, dándose cuenta de que había perdido su espada, otro aturdidor impacto a la altura de su hombro izquierdo, la mandó al piso, sacando chispas cuando su cuerpo se arrastró por sobre metal poroso de las carpetas. Al detenerse, gracias al abultamiento de la basura, reinició el desorden de sus sistemas neuronales y localizó la salvaje figura del Seeker, aún blandiendo el mazo con una sola mano, en medio del corredor, parado ante el precioso cristal que ella había estado observando y por el cual había descuidado peligrosamente su guardia.

-Esto es muy divertido. – Sonrió, localizando el brillo de su espada en alguna parte entre los escombros.- Fue una excelente idea dejarte canibalizar al Autobot, Seeker. - Se puso de pie, apenas sintiendo los chasquidos que varias de sus piezas hicieron a reacomodarse. También palpó con la punta de la lengua la abolladura de su mejilla.- Te hizo fuerte… - siseó, recargando una mano en la cintura, la otra la dejó colgando inerte a su costado.

Planea algo…

Los desorbitados ópticos de Skywarp siguieron todos y cada uno de sus movimientos, sintiéndola atrapada. Por fin, después de sufrir siendo su presa, de huir incansablemente por un mundo que no tenía cielo, de temer por su vida y sentirse desahuciado, había logrado ponerse un paso frente a ella, atacándola, sorprendiéndola en un campo que parecía ser solamente de ella y que él no había podido penetrar hasta este momento. Es tu momento. Skywarp volvió a blandir el mazo y, sin perder más tiempo en cavilaciones, corrió hacia Arcee, que lo recibió esquivando el golpe, riéndose de él con tanta fuerza que el energon comenzó a hervir nuevamente en los conductos internos del Decepticon, sobre todo cuando en un solo movimiento, Arcee le dio una ágil patada en los servos traseros de las piernas, lo mandó al piso de rodillas y recuperó su espada al mismo tiempo, ondeándola en el aire con una peligrosa habilidad que estuvo a punto de cercenarle la cabeza a Skywarp, quien atinó a tirarse cabina abajo para evitarlo.

-Lo haces excelente… -Escuchó el ronroneo femenino acompasándose suavemente con los susurros del agua.- Podría sobrecargarme sólo mirándote intentarlo.

Skywarp se ahorró un gruñido, enfocando sus nuevas dotes estratégicas para pensar en algo más certero que una respuesta hecha de palabras. Afortunadamente no había perdido el mazo que le había robado a los infectados, y lo usó, desde su lugar en el piso, para golpear las piernas de la Autobot cuando ésta quiso acercarse una vez más a él. Al ondearlo con su mano izquierda, alcanzó a rozar un pie blanco que se quitó al instante, provocando que la demente explotara en carcajadas y se alejara corriendo, desapareciendo de la vista del Seeker. Skywarp logró incorporarse con dificultad, tomando un segundo para estabilizar la alborotada carrera de sus sistemas internos y exigirle un mejor curso de acción a su inestable computadora de batalla.

-De nuevo escondiéndote – le gruñó a los escombros, mirando al techo, al piso, a las paredes. El mazo pesaba en su mano, le inclinaba el cuerpo hacia un costado, le afectaba el equilibrio.- Sal, maldita sea ¡Sal y termina con esto!

Pero no obtuvo más respuesta que otra vulgar, infinita, carcajada.

¿Dónde estaba? Sus radares no funcionaban más para localizarla, aunque sospechaba que su enemiga podía difuminarse de ellos y quizás, aún teniéndolos, no le servirían de mucho. Skywarp se quedó en silencio, auscultando las marañas de cables, los sitios de oscuridad y las repentinas sombras que eran formaban por los destellos de los cristales. De pronto todo parecía sospechoso. Sus sentidos, disparados en alerta máxima, ponían atención en cualquier cosa sin importar lo natural y monótona que ésta fuera. El sonido del agua, los rechinidos naturales de la estructura interna del planeta, el vapor viajando a presión dentro de los tubos de cañería, el siseo de las lianas pendiendo en el aire. Pasos. Skywarp giró hacia atrás.

Pasos de nuevo. Volteó hacia el frente.

Arcee se rió.

¿Dónde estás, dónde estás, dónde estás?

Era un blanco fácil en medio del pasillo, pero Skywarp temía que al moverse, el ruido de su propia estructura física le evitaría escucharla a ella, sin añadir el hecho que la demente poseía un oculto arsenal de armas de fuego que podría usar desde lejos, oculta en cualquier lado. Un solo disparo, viniendo del lugar que fuera, lo asesinaría al instante. ¿Dónde estás? La tensión volvió a contraer sus alas, haciendo que el dolor se hiciera insoportable a la altura de su hombro derecho. Cansado. Estoy muy cansado.

Apretando entre sus dedos el mango del mazo, miró hacia arriba, penetrando más allá de las delgadas uniones de las barras de tubos que colgaban como un segundo piso por encima del corredor. Miró hacia los lados, de pronto descubriendo enormes huecos por los que un Transformer tan delgado como Arcee podría escurrirse. Giró levemente el cuello y echó finalmente un vistazo hacia atrás, desorientándose al percibir que todo parecía lo mismo sin importar que los pozos de energon contaminado y los brotes de cristales le indicaran el inicio y posible final del camino.

Algo se bamboleó por encima de los tubos del techo.

Skywarp quiso levantar su rifle funcional por inercia, pero el peso del mazo en su mano se lo impidió, recordándole que estaba limitado a la acción de esa primitiva arma mientras sus niveles energéticos continuaran peligrosamente bajos. Cuando su rostro se alzó, preocupado y furioso por localizar a su enemiga, Arcee apareció por el pasillo de abajo, frente a él, brotando como un hálito de oscuridad de uno de los hoyos de la pared. Skywarp tuvo tiempo de mirarla por el rabillo del óptico antes de que unas manos lo empujaran fuertemente y se viera a sí mismo chocando de espaldas contra la muralla de escombros más cercana.

Desorientado, se dio tiempo de intentar levantarse, después de comenzar a pelear con desesperación cuando el frío empeine de una pistola se contrajo contra los cables de su cuello y las fuertes manos de Arcee, que la asían como palanca para meter presión, se dispusieron a estrangularlo. Skywarp dejó caer el mazo al instante, llevando su mano a rodear las muñecas de la Autobot. Pero fue inútil luchar contra la fuerza de alguien que no estaba herido, de alguien que tenía sus tanques llenos de energía y deseaba asesinarle sólo por diversión. Sus fuerzas comenzaron a flaquear con rapidez, haciéndole sentir pequeño mientras sus piernas perdían rectitud y le deslizaban la espalda sobre la pared, con la fría y divertida mirada de dos soles calándole hasta el interior de su núcleo vital. Gigante, imperiosa, reduciéndolo a la amargura de la derrota. Moriría humillado, moriría empequeñecido por la locura de una numen tan transparente cuyo nombre se perdería en la inmensidad del papeleo de la guerra. Maldita ella. Maldita la guerra…

Las manos imprimieron más fuerza. La mirada de Skywarp, abrumada, ensanchó los ópticos. Su procesador se quemaría, sus tarjetas, sus discos, sus chips se fundirían en la hoguera del sobrecalentamiento. Fulgor dorado abatiendo a fulgor rojo, que empezaba a parpadear sobre el apuesto rostro Decepticon. Se desvanecía. Sus dedos no podían arrancar la funcionalidad de las muñecas. Sus dedos, inútiles pese al esfuerzo, no podían quitársela de encima.

El energon dejó de circular gradualmente hacia el procesador de Skywarp. Los fluidos se detuvieron. El calor incrementó y sus sistemas de enfriamiento se activaron al instante. Sentía la cabeza pesada, el procesador vacío. ¿Qué hago? Cerró los ópticos con fuerza, apretando la mandíbula. ¿Qué hago? No podía pensar y su mano, sus piernas, sus alas, dejaron de contestar demandas. Seguía aferrado a las muñecas de Arcee, llegando a sus brazos y a sus hombros, queriendo alcanzarle la cara para golpearla. Pero se rendía cuando ella echaba el rostro a un lado y negaba con la cabeza, susurrándole palabras que él no podía escuchar porque sus audios estaban llenos de estática y del pitido alarmante de sus alertas internas, de sus emergencias y de las terribles peticiones por proveer de líquidos vitales y enfriadores a sus centros de procesamiento, que amenazaban con incinerarse y detenerse por completo si no se veían abastecidos de combustible rápidamente.

Primus…

Skywarp dejó escapar un gemido de frustración, peleando por liberar su cuello, arrojarse al frente o mover las piernas, pero Arcee empujó el arma y le congeló en medio de cualquier movimiento que pusiera en peligro su victoria, amoldando los vitales tubos de su garganta al cilíndrico empeine de la pistola. Ugh. Con fuerza. El cerebro se quedaba sin energon. Cada vez más fuerte. Skywarp apretó los dientes, luchando por empujarla. Ella negó con la cabeza, flexionando los brazos para recargarse en la amarilla cabina, encajando el arma hasta que los tubos del cuello se hendieron y varios circuitos se rompieron. Se rió. Un cable se reventó a un costado de la garganta, provocando un daño considerable dentro de la cabeza del Seeker y que sus ópticos iniciaran un peligroso parpadeo; su boca se abrió y se cerró, sin decir nada excepto más desesperantes gemidos que complacieron a su enemiga.

-Un poco más, cariño… Un poco más y todo terminará pronto…

Skywarp encendió los ópticos y la miró fijamente, aterrado.

Arcee le devolvió una sonrisa fría, asesina, dejando de apartarse cuando él levantó la mano para posarla en su femenino rostro. Los dedos púrpuras se deslizaron por el contorno de su casco, le palparon las mejillas, tocaron las macabras divisiones que al separarse surcaban hoyos en su boca. Skywarp tocó los labios, delineó la nariz, se detuvo a escasos centímetros de los ópticos y la contempló estático en su lecho de muerte, perdido en el sutil encanto que su belleza producía pese a ser tan monstruosa. Tan peligrosamente sensual. Su mano llegó a la cima del casco blanco, donde acarició el haz de luz dorada que provenía de una pequeña linterna, y ahí, sumergiendo sus dedos en el rectángulo brillante, Skywarp retomó sus bríos y empujó con fuerza, de repente cegado por el último impulso de supervivencia que aún quedaba en la necedad básica su chispa vital.

Uno de los ópticos de Arcee se reventó por la presión de los dedos púrpuras, y su cabeza, firmemente agarrada por la mano del Seeker, perdió la pelea cuando fue rudamente inclinada hacia atrás, casi separada de los servos de su cuello, recordándole por un fugaz momento de lucidez, que Skywarp seguía siendo más grande y fuerte que ella pese a la magnitud de sus heridas y el debilitamiento por la pérdida de energía. Para evitar morir decapitada, Arcee lo soltó, retrocediendo lentamente hasta que él levantó una pierna y la empujó de súbito, lanzándola al otro lado del pasillo al tiempo que él, rendido por el cansancio, se deslizaba por la pared, llegando al piso sin poder hacer nada más por levantarse.

Estaba exhausto. Sus servomotores no contestaban, sus computadoras habían cedido a la demanda de hibernación. Su cabeza dolía, a punto de estallar por el repentino flujo de energon y fluidos que habían vuelto a abastecerla una vez que su cuello se había visto libre de obstrucciones. No puedo más. Dejó caer la cabeza hacia atrás, y llegó a sus audios un agudo alarido que le estremeció el cuerpo entero.

La filosa punta de un cristal se había incrustado en el hombro izquierdo de Arcee cuando había aterrizado de espaldas entre el piso y la pared, tropezándose con los acumulamientos de escombros. ¿Cómo había pasado? De lado a lado, el cristal sobresalía de entre su armadura, lanzando chispeantes viborillas de electricidad que comprometían el cuerpo entero de la Autobot y le arqueaban la espalda hacia atrás y hacia adelante, activando su vocalizador en un agudo alarido de rabia y dolor que podría paralizar de miedo a cualquiera que la escuchara.

Lo último que Skywarp miró, antes de caer en la inconsciencia, fue el esbelto cuerpo de la Autobot contorsionándose diabólicamente a pocos metros de sus pies, bañada en salvajes corrientes de energía oscura y convulsiones tan feroces que los berridos que salían de su garganta eran propios de un animal siendo asesinado.

Estoy en problemas…

Continuará


NA:

Bueno, estamos llegando a un punto culminante en esta historia, lo cual es bueno, considerando el tiempo que la tuve abandonada. Tengo el próximo capitulo terminado y el otro avanzado hasta un poco más de la mitad. No le falta mucho en realidad, lo que es emocionante, porque tengo pensada una secuela que, aunque tendrá que ver porque este es el punto de partida primordial, se desarrollará en otro ambiente muy distinto y ahora si, con la participación de un gran porcentaje de los Decepticons apostados en la tierra, en la base del Némesis ;-P

Pero primero esto, y mis agradecimientos también, que van hacia todos los que se toman un segundo para leer y hacia los que, por supuesto, se preocupan por dejarme un review. No se me olvida tampoco mencionar a mi socia Taipan Kiryu, de quien me aprovecho vilmente para que betee mis monstruosidades ortográficas y se quiebre la cabeza un rato pensando cómo corregirlas, jeje. Sin ella, algunas de las escenas e ideas que surgieron para esta historia no se hubieran llevado a cabo, así que un enorme Gracias ;-)

Nos leemos a la próxima.