II.
La primera vez que te vi, pensé que eras la última mujer en quien me habría fijado. Tu insufrible soberbia, tu aire de superioridad y el desprecio con que mirabas a la multitud, a Aleksei, a tu hermana, al cochero, y particularmente a mí, opacaba por completo tu belleza. Creo, de hecho, que ni siquiera reparé en que eras bonita, tal fue el desagrado que me causó ese ceño fruncido y esa boca de niña rica que gritaba órdenes a diestra y siniestra, al borde de la histeria.
Debías tener entonces no más de catorce o quince años, pero tu personalidad ya estaba podrida, seguramente producto del exceso de mimos, de dinero, atención y de todo en general. Tu hermana, en cambio, me resultó mucho más agradable, aunque la vi muy poco pues permaneció todo el tiempo detrás de ti, muda y con cara de susto, pero visiblemente avergonzada por tu grosera y despótica actitud.
El coche en que se dirigían al teatro se había atascado en la mitad de la calle, y el desesperado cochero no conseguía destrabar la rueda, por más fuerte que tú le chillaras, en tu particular estilo de darle aliento. Al fin, el pobre hombre ofreció algunas monedas a quienes presenciaban el espectáculo con tal que le ayudaran a sacar el coche del atolladero.
¡Pues eso cambiaba las cosas! Un par de monedas nunca me estaban de más, de hecho, solían estarme de menos, de modo que le indiqué al cochero que me ayudara a acercar unas vigas de madera que estaban amontonadas cerca de allí para hacer palanca. Aleksei, con quien acababa de encontrarme, también se acercó a ayudar. Fue una de las últimas veces que le vi antes de que tuviera que abandonar Rusia con Alraune. Les pedí que bajaran del coche. Anastasia saltó a la calle haciéndonos un tímido gesto de agradecimiento (dirigido más que nada a Aleksei), pero a ti tuve que bajarte de un empellón, porque no querías mancharte el ruedo del vestido. Creo que lo más suave que me dijiste fue "patán". Cuando después de unos minutos de duro trabajo logramos mover el coche, subiste, olvidando mi paga. Te lo recordé, por supuesto.
Dejaste caer cien rublos en mi mano mirándome con desdén, y echándome en cara que un caballero las habría socorrido gratis. Que yo no sabía lo que era el orgullo. Quizás habría ayudado gratis a la dulce Anastasia, pero… ¿a ti? ¡Pffff!… No valías que casi me saliera una hernia y me partiera la espalda por el esfuerzo.
- Si bien trabajo por dinero, jamás lo haría por alguien como tú – respondí sarcásticamente - ¡Recuérdalo bien, preciosa! ¡Que me he arrodillado ante el oro y no ante ti! ¡Puedes seguir con tus bailes y tus fiestas, porque a mis ojos no gozas de ningún encanto! ¡Eso es el orgullo para mí!
No respondiste. Ordenaste al cochero que emprendiera la marcha, pero tu cara de sorpresa y de indignación, tu barbilla temblando de rabia y tus ojos abiertos de par en par, tragándose la humillación, bien valían cien rublos, y algo más, incluso.
Creí que nunca te volvería a ver. Alguna que otra vez me acordé de ti, y pensaba que si te hubieran dado una buena paliza a la edad apropiada quizás hasta podrías haber sido agradable. Al rememorar la escena, siempre me largaba a reír con muchas ganas.
Casi me da un infarto cuando, varios años más tarde, nos volvimos a encontrar, ¡y en qué circunstancias!… Acababa lanzar dinamita al carruaje del marqués Yusúpov, a la salida del teatro Marinski. Le tenía ganas a ese hijo de puta. Fue él quien emboscó en Perm a los soldados que veníamos del frente oriental y nos habíamos tomado un tren intentando llegar a San Petersburgo para comenzar la revolución… Poco después capturó personalmente a Aleksei en Moscú, y mi amigo se había ganado, gracias a él, unas vacaciones en Siberia de por vida con todos los gastos pagados. De modo que, saboreando ya su muerte, me oculté entre los pilares del teatro, acercándome con cautela. Desgraciadamente me vieron, tuve que tirar la dinamita al descuido porque la mecha estaba encendida y no me pude cargar a ese maldito perro del zar. Me escabullí y me metí al primer coche que se alejó del lugar en medio de la trifulca que se armó con la explosión. Tu coche. La oscuridad me impidió reconocerte, sólo alcancé a vislumbrar una figura femenina al interior del carruaje. Te oí decir "¡Terrorista! Tú has lanzado la bomba", y como no me hiciste caso cuando te mandé a callar… te besé. Te quedaste paralizada, pero no te resististe. Fue extraño. Sólo pretendía que cerraras el pico, aún no entiendo por qué, habiendo tantas formas de silenciarte, opté por aquella. Quizás fue el shock adrenalínico producto del atentado, el haber lanzado un explosivo sin saber a quién me había cargado, la persecución y todo eso, que me hacía sentir más audaz que de costumbre. Quizás fue tu perfume mezclado con tu aroma natural, fresco y dulce. Ni siquiera me di cuenta de lo que hacía. Tus labios eran muy suaves, así como la piel de tu rostro, que percibí cuando te tomé por la barbilla. Había logrado mi objetivo. Al fin habías cerrado la boca. Bueno, no exactamente. Tus labios estaban lo suficientemente separados como para permitirme besarte a gusto. Sólo me di cuenta de quien eras cuando me aparté, dispuesto a huir de inmediato.
- ¡Tú! – exclamamos a la vez. Creo que estabas tan espantada como yo. El coche ya había avanzado un par de cuadras, de modo que salté a la calle, y esta vez no fui capaz de elaborar alguna frase humillante y burlona para dejarte de recuerdo de despedida. No diste la alarma. Nadie me persiguió. De todos modos, esperé no volver a toparme contigo, pues para la próxima me jugaba el pellejo. Supuse que irías gustosa a mi fusilamiento después de lo que acababa de hacerte. Incluso te imaginaba dando la orden de fuego, o disparando personalmente uno de los fusiles. Me reía, de nuevo, al recordarte. Me reía, sin admitir jamás que ese beso me había resultado muy grato.
Y luego, cuando logré infiltrarme en la policía militar bajo el nombre de Pavel Lázarev, y ganarme a uno de sus altos oficiales… ¡Cuándo iba a imaginar que ese vejestorio era nada menos que tu esposo! Te inventé una serie de patrañas, sobre que tu marido estaba metido en muchos fraudes, que si cantabas le haría parecer responsable, todo para tenerte bajo control. Que si yo caía, le inculparía de espionaje y nos hundiríamos juntos. No sé si te lo tragaste de veras, el punto es que no me delataste. Pero la cara que me ponías cuando él me llevaba a tu casa era indescriptible. Ciertamente colocarían tu fotografía en un diccionario ilustrado al lado de la palabra "odio", de habérsela facilitado a la editorial, no sé si me explico. Si las miradas mataran, me habría vaporizado ahí mismo. El viejo, cándidamente, se empeñaba en que me hicieras compañía, y cuando me sentí seguro de tu silencio, me esforzaba en ser todo lo irritante que podía. Molestarte, burlarme de ti, sacarte de tus casillas y ver como se te encendían las mejillas de rabia llegó a ser mi pasatiempo favorito. Supongo que entonces comenzó todo. Que pese a todas tus rabietas, me gustaba estar contigo. Que algo había, algo encantador, detrás de tus berrinches y tus pucheros, de las amenazas que nunca cumpliste de contarle a tu esposo quién era yo realmente. Todo marchaba sobre ruedas, y podía mentirme perfectamente sobre lo que me provocabas.
Eso, hasta que tuviste la genial idea de asesinarme. Y fallaste.
Me drogaste. Ni siquiera tuviste valor para hacerlo de frente. Una artimaña digna de ti, dejarme inconsciente para asegurarte el resultado. Y sin embargo, hiciste algo tan estúpido como apuñalarme en la pierna. ¡En la pierna! ¡Mujer, ¿realmente querías matarme? ! Me desperté con el dolor, pues usaste muy poco sedante. Pero fue suficiente como para entumecerme los músculos. Apenas podía moverme, o comprender qué sucedía a mi alrededor. Al principio creí que me moría. Te vi a mi lado, con la daga ensangrentada aún en la mano, y pensé que después de tanto esfuerzo, fracasaría cuando estaba a punto de obtener mi traslado a Akatui para rescatar a Aleksei. Fracasaría por imbécil. Te había presionado demasiado, haciéndote la vida tan imposible, que finalmente reaccionaste en mi contra. Te miré, idiotizado. Si hubiera tenido fuerzas me habría largado a llorar. No por miedo. De impotencia. De rabia conmigo mismo, porque nunca hubo necesidad de tratarte como lo hice. Porque comprendí que tan sólo quería llamar tu atención. Porque me indignaba que me consideraras inferior, que creyeras que podías ir por la vida pisoteando a la gente y me empeñé en demostrarte lo contrario. Que conmigo, al menos, no lo lograrías. Y mi error podía costar vidas de algunos camaradas, y la única oportunidad cierta de liberar a Aleksei. Ahora estaba a tu merced y te las ibas a cobrar todas juntas. ¡Qué pedazo de estúpido había sido!
- Antonina… - fue todo lo que se me ocurrió decir. Sólo eso. El nombre de mi asesina.
Pero algo sucedió entonces. Dejaste caer la daga.
- ¡No, no te mueras! ¡No sé qué hacer! ¡Dime qué tengo que hacer! ¡Pavel! ¡Te lo ruego, no te mueras!
Pude incorporarme y ver que la herida no era grave. Bastaba con un torniquete y te expliqué como atarlo alrededor del muslo. Estabas desesperada. Apenas pudiste apretar el nudo, tanto temblaban tus manos. Entonces, ahora que había recobrado algo de lucidez, comprendí lo que sucedía contigo. Me querías. Por eso - y no porque fuera un espía que ponía en riesgo a tu esposo - tenías que eliminarme. Pero te faltó valor. Era obvio, una muchacha malcriada, casada con un hombre viejo, que tenía edad de sobra para ser su padre… No era tan descabellado que te encapricharas con alguien como yo. Joven, guapo, y audaz. Je. Hay que creerse un poco el cuento, ¿no? Al menos le ponía algo de emoción a tu vida rutinaria, vacía y aburrida, ¿cierto?
- ¿Tanto me odias? – te pregunté. Tú, completamente desarmada, no respondiste. Te atraje hacia mí, y tampoco esta vez opusiste resistencia. Tus ojos, atemorizados, confusos, se cerraron apenas toqué tus labios con mis míos. Algo balbuceaste, pero no alcancé a comprender tus palabras. Temblabas, sé que en parte de ira, pero un instante después tenía tus brazos alrededor del cuello, y respondías a mis besos. Eras dulce y suave, tal como recordaba. Me dije que lo hacía por la causa. Jamás habría reconocido que se me había dado la oportunidad que deseaba para volver a besarte.
Me dije una y mil veces que era por la revolución, cuando en el fondo, sabía que nunca fue necesario convertirme en tu amante. A lo más admití que seduciéndote me cobraba todo lo que la gente como tú le hacía a los nuestros. Era una cuestión política. La lucha de clases, claro. El triunfo del proletariado. Marx me habría encontrado razón, de seguro. El camarada Lenin lo habría aprobado como método de lucha… Ridículo. Pamplinas. Me enredé solo en mi propio juego. Pensaba a menudo en todos tus defectos, en tu mal carácter, tus incesantes exigencias, tus rabietas explosivas e histéricas. Y sin embargo, me tratabas con tanta ternura que con frecuencia, estando contigo (al menos durante los breves momentos en que lograbas ser encantadora), se me olvidaba la causa, los camaradas y todo lo demás. He tenido una vida difícil, ¿sabes? Una infancia mísera, seguida de una juventud desperdiciada formando parte de la milicia a la fuerza y luchando en esa guerra infernal contra los japoneses. Y los últimos años, arriesgando el pellejo a cada instante cumpliendo labores de espionaje. No he tenido mucho tiempo para mujeres y no ha habido muchas personas que me hayan tratado con verdadero cariño. Jamás tuve una relación estable. Despertarme en brazos de una mujer bellísima que me revuelve los cabellos con sus dedos finos, y que la primera imagen de día sea una sonrisa no es algo que me haya sucedido a menudo, por decir, nunca. Porque cuando no estabas chillando por alguna tontería, podía apreciar que eras realmente bella. Mucho más que cualquiera otra con la que hubiese estado antes. Incluso tu rostro contraído por un berrinche me resultaba tan hermoso… Y era curioso que pese a tu egoísmo y a tu absorbente forma de amar, no tenías inconveniente en entregarte por completo. Exigías mucho, pero sin que te dieras cuenta, dabas todo de ti. Podías ser tan odiosa e insoportable, pero cuando nos encontrábamos después de una separación, eras toda dulzura. Podía haberse repetido mil veces la misma escena, exactamente igual, y no me habría hartado jamás de representarla una y otra vez. Apenas entro a la habitación, das un respingo, corres hacia mí y entierras el rostro en mi pecho. Dices algo como "al fin", "gracias al cielo", "te extrañé tanto", o "¿Por qué demonios no viniste antes?". Luego alzas la cabeza, sonríes, y me miras con los ojos húmedos, diciendo que me amas. Yo te beso, te abrazo, hago alguna broma, pero nunca te respondo. Y es que me da pánico decir que te amo, y que eso sea la verdad. Ni siquiera me atrevía a pesar en esas dos palabras juntas, referidas a ti. El punto es que, aunque en menos de diez minutos estemos discutiendo, para variar, lo que perdura en mi mente es esa mirada angustiada que devenía en alivio y esa sonrisa temblorosa con que me recibes siempre. Nunca, nadie me había mirado así. Y se siente aterradoramente bien. En esos momentos pensaba que lograría que comprendieras los fundamentos de la revolución, que te unirías a nosotros y entonces no tendría que dejarte. Yo también podría tener una mujer, tal como el camarada Fiodor Zubovski, que hace poco se ha casado con Galina. Mas, conociéndote, era claro que eso no sucedería. Esa no era vida para ti. No te veía viviendo en un edificio desvencijado, sin ninguna comodidad, temiendo cada noche la irrupción de la policía militar, porque así es como vive Galina, y todas las familias de nuestros camaradas. Pero en los buenos momentos que tenía a tu lado me era imposible no fantasear. El amor, la familia, son sueños inalcanzables para la mayoría de los revolucionarios. Muchos de los nuestros han arrastrado a sus seres amados cuando les toca la desgracia, otros han preferido la soledad para no comprometer a quienes aman. Yo era de este bando, por eso sólo podía limitarme a soñar. Pero mientras más irrealizable sea un anhelo, más se desea. Por eso mismo cometí error tras error. Revelarte mi verdadero nombre. Tan sólo porque me gustaba oírtelo decir… Y luego, indicarte dónde podías encontrarme: en el local de madame Kolv… ¡Absolutamente innecesario!... Corrí tantos riesgos con tal de verte más seguido… Estupideces que nos van a costar caras.
Pero eso es todo. Se acabó. No puedo perdonarte por lo que hiciste, ni puedo perdonarme a mí mismo por haber arriesgado a mis amigos por ti. Y tampoco puedo perdonarme haber dudado cuando me suplicaste que huyéramos juntos. No, no puedo… No tengo valor para asistir al fusilamiento de mis camaradas, para ver la decepción de Zubovski, Aleksei y los demás. Es terrible, pero es cierto. Dudé… en medio del horror, de la repulsión que sentía por ti, por lo que me hiciste, dudé. Soy un cobarde. Con tal de no enfrentar la realidad, de no asumir mi responsabilidad, y de no dar la cara a mis camaradas, huir contigo y borrar mi vida de un plumazo no era una mala opción. Era una opción maravillosa. Era lo que quizás, con suerte, podría tener en quien sabe cuántos años más si la revolución triunfaba. Creo que también por eso te levanté la mano. No es algo de lo que me sienta orgulloso. Levantar la mano a una mujer era de las cosas que pensé que jamás haría. Al igual que huir como un cobarde. Pero ya ves. Soy peor de lo que pensaba.
Antonina giró el cuerpo para mirarlo a los ojos. El cañón del revólver se arrastró por su frente hasta quedar en la sien opuesta, pero pese a ello, no demostraba ningún temor. Retrocedió algunos metros, pero no intentó huir. Se quedó de pie, con los brazos inertes, colgando a los costados del cuerpo.
- Bien – dijo – Lo comprendo. Puedes disparar cuando gustes. Sólo quisiera sa…
Antonina no alcanzó a terminar su frase, pues Mijaíl disparó. Sin embargo, las manos le temblaban de tal forma, que el tiro salió desviado varios metros. Bajó el arma y se miró la punta de los pies. La nieve absorbió un par de lágrimas. Apretó los dientes.
- Maldita sea…
- Como te decía – continuó Antonina, con una voz plana e inexpresiva – sólo iba a preguntarte si… si me quisiste algo, al menos.
- Yo… - Mijaíl sujetó el revólver con ambas manos, intentando en vano reprimir el temblor que le recorría el cuerpo - ¡Maldita sea…! – repitió.
¡Huye, Antonina! No podré hacerlo mientras vea que aunque te apunte con esta arma, me miras con… Pero no debo engañarme, eso no es amor. No es más que una obsesión enfermiza. Creí que me amabas, y estoy muy seguro de que tú lo crees también. Sin embargo, después de lo que hiciste comprendo que sólo te amas a ti misma, y que eres capaz de cualquier cosa con tal de obtener lo que deseas. De otro modo no me explico cómo pudiste traicionarme de esta forma. Si yo realmente te importara, jamás habrías sacrificado las vidas de mis amigos… nunca me habrías herido así.
- Oh, ¿te incomoda que te mire? Puedo darme la vuelta, si eso te facilita las cosas.
Antonina pensó que debía resignarse a morir con la duda. Era curioso no sentir temor en esas circunstancias. No sentía nada, en realidad. Absolutamente nada. En cierta forma, era una suerte que Mijaíl le ahorrara el trabajo de matarse.
- ¿Cómo podría querer a alguien como tú? – llevo tanto tiempo haciéndome esa pregunta… pensó Mijaíl - ¿No te das cuenta que, precisamente, representas todo aquello contra lo cual he luchado? Tú…. rica, soberbia, indiferente a cualquier cosa que no sean tus necesidades y caprichos… ¡Viviendo como una reina sin mover un dedo, a costa de la miseria ajena y sin siquiera darse cuenta! La gente como tú es la que tiene a este país hundido… la gente como tú que pisotea al débil porque cree que por serlo le debe pleitesía. Dices que me amas, pero no haces más que sacarme en cara lo humillante que te resulta que yo sea… lo que soy… ¡Cómo si fuera, pese a todo, indigno de tu amor! ¡Como si fuera un sacrificio y una vergüenza quererme! Pues entérate que para mí, involucrarme con una mujer de tu clase tampoco es ningún orgullo. Si al menos te parecieras… un poco a tu hermana Anastasia…
- ¿Qué? – gritó Antonina, dejando de lado su apatía - ¿¡Qué quieres decir con eso! ? Acaso… ¿me hubieras querido si fuera como mi hermana? Tú… ¿la prefieres a ella? ¿¡Estabas enamorado de ella! ?
- No seas idiota. Por supuesto que no. No es mi tipo. Pero la conozco bastante bien, y a diferencia tuya, es valiente y honesta, es generosa y de buenos sentimientos… No la he visto con esos ojos, pero me parece una mujer admirable. Y…. ¿sabes algo? Hasta habría preferido haberme enamorado de ella. Si hubiera sido así, nada de esto habría pasado…
Bien, Anastasia. Has vuelto a vencer. Es increíble. Siempre una versta(1)más adelante, haga lo que haga, nunca te alcanzaré… Maldita seas, Anastasia. Maldita, mil veces…
- Hijo de puta… - Antonina se dejó caer sobre la nieve. Se cubrió la boca con las manos, intentando contener sus sollozos – Me has pegado donde más duele, ¿sabes? Dispara ya y termina con esto.
Mijaíl cerró los ojos y volvió a levantar el arma.
Peor, soy peor de lo que pensaba, porque sigo dudando aún ahora. Dejar todo atrás. No más lucha, no más miseria, no más miedo. No más sufrimiento. Nunca más. Despertarme cada día sin ninguna preocupación. Ver cómo te estiras a mi lado, perezosa, y luego frotas la punta de tu nariz en mi hombro, y te ríes. Podría tener hijos. Podría educarlos contigo (o luchar para que no los malcriaras) y darles una vida normal, como la que nunca tuve. Pero… ¿cuánto tiempo podría huir? ¿Cuánto tardarían en rondarme los fantasmas de mi pasado? Lo más probable es que condenen a muerte a todos los que atraparon, así como van las cosas. Y tendría que fingir por siempre que no veo en tu rostro los ojos de quienes van a morir a consecuencia de nuestras acciones. Porque la primera señal, la primera manifestación de todo lo que tendría que callar, sería una declaración de guerra entre tú y yo. Si al menos tuviéramos algo que salvar, si pudieras, realmente, ser mi apoyo y mi consuelo… pero esta relación – si es que se le puede llamar así – nació sobre la base de mentiras y odios. Es un árbol que creció torcido, imposible de enderezar.
Podría marcharme lejos a tu lado, pero acabaría haciéndote sufrir. Sería peor que el infierno. ¿Cuánto podría resistir engañándome a mí mismo? ¿Cuánto tardaría en maltratarte, en hacer de tu vida miserable, cuanto tardarías en odiarme de veras? Y no quiero eso para ti, Tonia. Aunque intentara hacerte feliz, no sería capaz, lo sé. La culpa es demasiado grande. Y está… fuera de mi control… Tengo… tengo que hacerlo…
Disparó a ciegas tres veces más. Se quedó en silencio unos segundos. ¿La había matado, por fin? No se atrevía a mirar.
- ¿Esto va en serio, o no?
Mijaíl abrió los ojos. Antonina seguía echada sobre la nieve, ilesa. Pálida, pero impasible.
- ¡Va en serio!
Mijaíl corrió hasta ella, se arrodilló a su lado y la tomó de la solapa del abrigo. Si no acababa pronto con esto, se volvería loco. Apoyó el cañón en su pecho y apretó los dientes y al mismo tiempo el gatillo. Pero sólo se escuchó un "clic", que indicaba el paso de una recámara vacía. Otro "clic". No había más balas.
- No puedo… no puedo hacerlo. ¡Lárgate de aquí!
- ¿Largarme? ¿Y a dónde pretendes que vaya? No puedo volver a San Petersburgo – Mijaíl hizo un gesto, señalando hacia la frontera - ¿Finlandia? ¿Sola? No vale la pena. Todo esto lo hice para estar contigo, y si tú no estás a mi lado, no me interesa seguir viviendo.
La actitud resuelta de Antonina sorprendió a Mijaíl. Extrañamente no hubo gritos ni llantos de su parte. Su voz sonaba firme, pero cargada de amargura. Con dureza y determinación. Para Antonina era muy simple: su vida se había desmoronado en un segundo, y le urgía acabarla de inmediato. No había nada más que hacer, nada en qué pensar.
- No me importa a dónde vayas, sólo… desaparece de mi vista.
- No pienso moverme de aquí. Mi vida ya no tiene sentido. Si vuelves a Rusia iré tras de ti.
- ¡No iré a ninguna maldita parte! ¿Qué no lo entiendes? ¡Todo ha acabado para mí también! En realidad, ¿Qué sentido tiene matarte? El daño ya está hecho… Quien debe eliminarse soy yo…
- Misha…
- ¿¡Qué! ?
Antonina buscó algo en sus ojos. Un indicio, un rastro. Y dentro de esa mirada llena de ira, de decepción, y de dolor, creyó ver, por un instante, cierta emoción. Nada más que un breve chispazo. Pero eso le bastaba. Se aferraría a la más mínima esperanza como a una tabla de salvación.
- Misha, haría lo que fuese con tal de reparar el mal que he causado… para demostrarte que…
- ¿Y qué podrías hacer? – le respondió él, con furia - ¿No lo entiendes aún? ¿No te das cuenta que varios de mis amigos probablemente van a morir por nuestra culpa?
- Pero fui yo quien los entregó. No tú… ¿Por qué, simplemente, no me matas y vuelves con los tuyos?
- Porque soy responsable de haberte dado demasiada información. Fui yo quien dejó sus vidas en tus manos.
- ¡Y eso lo hiciste porque me amabas!
- ¡Por todos los diablos, mujer! ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Qué importa ya si te quise o no? No podría quererte ahora ni nunca después de lo que ha sucedido. Todo lo que hubo entre nosotros se ha terminado por corromper. Hicieras lo que hicieras, jamás podría perdonarte. Jamás podría olvidar lo mezquina, lo indolente que puedes llegar a ser.
- ¡Puedo cambiar! – dijo ella, apasionadamente. Con un entusiasmo febril y casi enloquecido que a Mijaíl le provocó un escalofrío.
- Sí, puedes cambiar, pero eso no borrará el pasado. Convéncete. – respondió, intentando por todos los medios conseguir que le dejara en paz para acabar con todo.
- ¡Cambiaré! ¿Quieres ayuda con tu revolución? ¡Pues seré mil veces más útil que Anastasia!
- Aunque lo fueras, nunca comprenderías por qué luchamos…
- Pero puedo hacer mucho más que ella…
- ¿Cómo?
- Simple. He dicho a mi esposo que pasaría dos semanas en casa de una tía, mientras él está fuera de San Petersburgo. Estoy a tiempo de regresar, con la excusa de que a medio camino el mal tiempo me impidió continuar. Nadie se enteraría de mi fuga. Tú habías pedido unos días de permiso para preparar el rescate de mi hermana. Pues bien, puedes volver al servicio como si nada hubiera pasado. Y yo tengo a la mano, en mi propia casa, lo que ustedes necesitan saber. También puedo facilitarles dinero y medios materiales, hacer de nexo con los contactos que me indiquen. Hasta ahora me he mantenido al margen, pero si me aceptan, podrían acceder a mucha información de valor en un abrir y cerrar de ojos. No me digas que no les hace falta.
- Los míos jamás nos aceptarían de vuelta.
- Dejemos que sean ellos quienes juzguen.
- Y… aunque nos aceptaran, aunque cumplieras todo lo que me dices y más… por un lado, a la primera duda que tengan sobre ti, te matarán. Y por otro, yo no voy a volver a tu lado. Entiende, jamás volverá a suceder algo entre tú y yo.
- Eso lo veremos.
- No seas terca.
- No me desafíes. Tú me amas, por más que lo niegues… ¡Y volverás a mi lado, lo juro!
Antonina sonrió al ver desconcierto en el rostro de Mijaíl.
- No… yo… no soportaría tener a mi lado a una mujer como tú. Una mujer capaz de lo…
- ¿No quieres redimirte ante tus camaradas? ¿No te importa tanto tu revolución? ¿Vas a huir teniendo la oportunidad que te ofrezco…? ¿Cuándo te transformaste en un cobarde?
~.~.~
Anastasia permaneció largo rato tendida de espaldas, mirando el techo de concreto de su celda. Le daba la impresión de que en la oscuridad, las manchas de musgo se movían formando figuras extravagantes. Animales exóticos, o rostros humanos de rasgos grotescos y prominentes. Reinaba un silencio casi absoluto en aquella prisión ubicada en un rincón prácticamente inhabitable del mundo.
Su cuerpo descansaba sobre un colchón de mala calidad (ex propiedad del capitán) pero, ciertamente, mucho mejor que el suelo desnudo. Se cubría hasta el mentón con una gruesa manta de lana. Era un cuartucho miserable, y sin embargo, ella, dentro de las posibilidades que ofrecía el penal, se hallaba relativamente cómoda y abrigada.
Aún no podía creer lo que había sucedido hacía apenas una hora. Lo atribuía a un milagro, pues no se convencía que su música tuviera tal poder. Había sido una pieza improvisada, plagada de errores. Había tocado poniendo todo su ser en ello, es verdad, pero ¿acaso era posible lograr que el alma se expresara a través de la música, y con ello tocar el alma de otras personas, de desconocidos, de hombres embrutecidos y crueles? Ella estaba convencida que hasta en el más ruin de los seres había algo de bondad, pero dada su modestia, no se atrevía a atribuir a su arte la capacidad de hacer aflorar de aquella forma sentimientos nobles en otras personas. Sobre todo en ese tipo de personas. De modo que prefería pensar en un milagro. Y se preguntaba, llena de temor, si al día siguiente se acabaría su buena suerte. El capitán se había mostrado sinceramente arrepentido de haber intentado abusar de ella, pero… ¿y si cambiaba de opinión? Nunca había tenido tanto pánico como cuando ese hombre la había sacudido brutalmente, agarrándola con sus manos que parecían tenazas, y enterrándole los dedos en los brazos. Cuando le ordenó que abriera los ojos percibió en su voz un matiz de sadismo que la hizo comprender cuánto podía llegar a sufrir en un sitio como ese. Tanto, que era preferible la muerte. Si aquel sitio era un infierno para un hombre, de seguro era cien veces peor para una mujer. En aquellos breves segundos pensó en las innumerables vejaciones que la aguardaban. Y en quién sabe cuántas mujeres habrían estado antes en su lugar. Ahora, aunque seguía pensando que Aleksei bien valía cualquier sacrificio, esta idea ya no le servía para apaciguar su miedo. Lo que había vislumbrado como posible la noche anterior era un horror que ni siquiera había imaginado en toda su vida. Creyó que no podría pegar un ojo, sin embargo, el agotamiento físico y mental fue más fuerte, y finalmente se quedó dormida.
La diana la despertó muy temprano. Era verano, por lo cual el día ya estaba claro a esa hora. El ánimo se le vino al suelo al comprender dónde se encontraba. Sollozó largo rato aferrándose a la manta, pues, aunque era una persona que siempre daba su mejor esfuerzo por salir adelante y de una u otra forma, aprendía a ser feliz con lo que tenía, su situación actual era demasiado desalentadora. Jamás había experimentado tal sentimiento de soledad y abandono. ¿Serían así todos los días que le quedaban por vivir?, se preguntó. Se vistió y se acercó a la puerta de su "habitación". No le habían echado el candado, pero no se atrevió a salir.
Observó por entre los barrotes de la ventana como los prisioneros iban saliendo de varios galpones ubicados a corta distancia entre sí, al interior de los cuales estaban las celdas. Los guardias daban órdenes a gritos, distribuyéndolos en diversos grupos para realizar los trabajos forzados del día. Estaban en pésimas condiciones. Flaquísimos, sucios, con las ropas raídas. Algunos iban descalzos.
Mi pobre Aleksei, ¿así pasaste ocho años de tu vida…? Si no te faltó valor, a mí tampoco me faltará ahora…
Uno de los prisioneros llamó especialmente su atención. Era un hombre viejo, o al menos, eso parecía por la mata de cabello entrecano y enmarañado que cubría su cabeza. Se desplazaba más lento que el resto, rengueando dificultosamente. Llegó junto a una pared en la que se amontonaban decenas de sacos, y se echó uno al hombro a duras penas. Comenzó la marcha hacia una bodega, pero su lentitud pareció exasperar a uno de los guardias, quien le insultaba a gritos, blandiendo un látigo de forma amenazante. El hombre no contestaba, y su rostro contraído denotaba que guardaba toda su energía en no caer, para no ofuscar más al carcelero. Pero no pudo avanzar más que unos cuantos metros, las piernas le flaquearon y cayó de rodillas. El castigo no se hizo esperar.
- ¡Levántate, basura! – exclamó el guardia, al tiempo que descargaba el látigo sobre la espalda del pobre hombre. Éste estaba tan débil, que ni siquiera alzó los brazos para cubrirse. Anastasia no pudo soportarlo. El sufrimiento era algo que siempre la había conmovido profundamente, y eso, añadido a la tremenda injusticia que se cometía era algo que no podía tolerar. Sin pensarlo, abrió la puerta y salió corriendo en dirección al prisionero caído.
- ¡Basta, basta! – gritó, arrojándose junto al viejo y cubriéndolo con su cuerpo. En seguida sintió un dolor lacerante desde el cuello hasta la mitad de la espalda, y perdió el conocimiento.
Cuando despertó, la primera sensación que percibió fue ardor en la zona en que había sentido el golpe. Estaba tendida de bruces. Reconoció su celda. Trató de incorporarse, pero el dolor la hizo desistir de su intento, además de emitir un gemido ahogado. En seguida escuchó pasos acercándose a la cama.
- ¡No se mueva, señora Anastasia! Acabamos de vendarla…
- Me duele… - dijo intentando ahogar un quejido.
- Quédese quieta, por favor… - El hombre se inclinó para quedar a la altura de Anastasia. Era el capitán – no sabe cuánto siento este lamentable… accidente…
- ¿¡Accidente! ? – replicó ella – Pues me parece que estaban golpeando a ese pobre hombre de forma bastante intencional…
La faz del hombre se ensombreció enseguida.
- Señora… No olvide que se le está dando un trato preferente. Le ruego que se limite a aceptarlo y no intervenga en los asuntos del penal.
Anastasia se incorporó con gran esfuerzo. La espalda le escocía cada vez más. La piel se sentía tirante cuando logró sentarse. El hombre la sujetó de un brazo por reflejo al verla tambalearse. Cuando sus ojos se encontraron, a Anastasia le pareció una persona muy diferente de la que había visto la noche anterior. No había rastros de ferocidad y sadismo. Más bien lucía una expresión turbada y nerviosa. Se sintió un poco menos insegura en ese espantoso lugar.
El hombre había desistido de cualquier intento de violencia en su contra. Al menos esa impresión tuvo Anastasia cuando él la escrutó con la mirada en silencio. La mujer no desvió la vista, y para su sorpresa, tampoco le costó gran esfuerzo.
- ¿Intervenir? No veo cómo podría intervenir. Sólo soy una prisionera. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme cómo ustedes pueden vivir así.
- ¿Vivir así? – repitió el hombre, sin comprender sus palabras.
- Así… cómo si este sitio no fuera lo suficientemente inhóspito, actúan con tanta crueldad… con tanto desprecio por sus semejantes, cuando estar aquí también ha de ser un infierno para ustedes… ¿De veras les satisface azotar a un viejo moribundo, o… - la voz le tembló al recordar el ultraje que casi había sufrido la noche anterior – o forzar a una mujer…?
El capitán no contestó en seguida. Hasta ayer habría respondido que sí, sin dudarlo. Hasta que Anastasia puso el arco sobre las cuerdas de su violín, habría afirmado sin vacilación que humillar a otro ser humano era de lo poco que le satisfacía en esta vida. De hecho, de no haberla oído tocar, no habría vacilado en violarla, tal como había hecho en otras ocasiones con otras menos afortunadas. Sin embargo, ¿cuál era el sentido de tener por la fuerza a una mujer como Anastasia? ¿Para qué apoderarse de su cuerpo, si así perdía todo lo demás que le maravillaba de ella? Sus ojos dulces, esa sonrisa cálida que adivinaba que podían esbozar sus labios. Su voz armoniosa. Y esas melodías que brotaban de su violín, extensión de sus dedos, extensión de su alma… esas notas que traían viejas memorias a su mente, que le hacían evocar la felicidad pasada con melancolía… y avergonzarse del presente. Ella se exponía ante ellos, y el efecto era hacerles mirar dentro de sí mismos. No había pegado un ojo pensando en ella. O más bien, en su propia vida. En que no se explicaba cómo había llegado a ese sitio, ni por qué se conformaba con vivir de esa forma. Se preguntaba qué otras cosas podría evocar al oír a la señora Kulikovskaia…
- Que este sea un sitio miserable e inhóspito, es precisamente lo que nos inclina a actuar con crueldad. Pero una persona como usted no lo comprendería jamás – dijo al fin – Usted viene… de otro mundo.
- ¿Una persona como yo? Usted no sabe nada de mí, capitán…
- Piotr Vasiliev. Ese es mi nombre.
- Piotr Vasiliev – repitió la mujer - ¿Por qué cree conocerme?
- Porque la he oído tocar. Y es como si… - Como si hubiese visto dentro de su alma.
- ¿Cómo si… si qué?
- Usted tiene un don. ¿Nadie se lo ha dicho? ¿No se ha dado cuenta?
Anastasia lo miró sin comprender.
- ¿Un don? Si se refiere al violín, hay intérpretes muy superiores a mí. Me falta mucho para pulir…
- No es la técnica. Usted… Diablos, ni siquiera puedo explicarlo con palabras. Usted obliga a mirar hacia adentro, ¿me entiende? Usted transmite paz, aunque haga ver lo peor que tenemos. Si no hubiese sido por eso, nosotros… ¿se imagina lo que le habríamos hecho ayer?
- Oh, por favor… - ella se estremeció.
- No, no tema. Nada le sucederá. Ya le he dicho que procuraré hacer su existencia lo más llevadera posible. Y mejor no lo imagine. Nos habría pedido que le diéramos muerte.
- ¿Por qué me dice algo tan horrible?
- Porque no podría ocultarle nada…
- Creo que está imaginando cosas que no son.
- Oh, sí son. Si no lo fueran, usted habría corrido una suerte muy distinta y yo no habría tenido ningún remordimiento. Pero ya le he dicho, no tema. Quizás tiene razón. Quizás con usted aquí, las cosas cambien en algo. Porque… - el hombre sonrió, un poco avergonzado – no quisiera disgustarla. Quisiera oír de nuevo su violín… y lo mismo le ha sucedido al resto.
Anastasia lo miró aún con incredulidad.
- Entonces, ¿Qué sucedió con el prisionero…?
- Día libre en las barracas. Y en cuanto al guardia…
Vasiliev se interrumpió. Se dio cuenta de que había cometido un error. Anastasia se asomó a la ventana. El guardia estaba de pie frente a un árbol. Tenía las muñecas atadas a una cuerda que colgaba de una de las ramas. La longitud de la cuerda no le permitía sentarse en el piso, de modo que llevaba varias horas alternando entre mantenerse de pie equilibrando el peso del cuerpo entre ambas piernas, o dejarse colgar sin alcanzar la nieve con las rodillas y lastimándose las muñecas. Anastasia miró al capitán con expresión demudada.
- ¿A eso le llama "cambiar las cosas"?
El capitán comprendió que sus nuevas y buenas intenciones no eran tan fáciles de cumplir. Tomó un cuchillo, salió al patio y cortó de un solo tajo la cuerda que ataba al castigado. Se quedó con el cuchillo en la mano, observando al hombre que se retorcía débilmente, intentando recuperar la movilidad. Se preguntó en qué momento todos ellos se habían transformado en salvajes. La señora Kulikovskaia tendría que ayudarle a descubrirlo.
~.~.~
- ¿Por qué vamos primero con él?
Mijaíl tenía la frente perlada de sudor, pese al frío endemoniado de San Petersburgo.
- El camarada Zubovski es menos temperamental y más razonable que Aleksei. Creo que si alguien puede escucharnos, será él. Si él no nos escucha, podemos darnos por muertos.
- Ah…
El entusiasmo inicial de Antonina había decaído dramáticamente. Recién ahora comprendía que no tenía idea en lo que se estaba metiendo. Pero todo fuera por reconquistarlo… si acaso alguna vez él la había querido de verdad.
- Es aquí – Mijaíl detuvo la troika frente a un edificio viejo, de pintura descascarada. Antonina no conocía esa parte de la ciudad. No sólo la perspectiva de morir a manos de los "amigos" de su amado se le hacía terrorífica. El barrio tampoco le inspiraba mucha confianza.
Mijaíl, por su parte, no temía tanto que le mataran, como que le echaran a patadas. Eso era lo peor que podría sucederle. Lo más degradante.
¿En qué momento me dejé convencer por Antonina? Si yo estuviera en el lugar de ellos, jamás podría volver a confiar. ¡Diablos! Pero he luchado por esto más de la mitad de mi vida. No puedo abandonar así nada más. Al menos que me oigan. Y si no, pues me matan y se acabó. Al fin, es lo mismo que estaba dispuesto a hacer por mi propia mano…
Pero por más que tratara de convencerse, las rodillas le temblaban. Subieron una vieja escala apolillada hasta el segundo piso. Mijaíl inspiró y golpeó tres veces. Cuando oyeron pasos tras la puerta, Antonina le estrujó una mano con la suya. Estaba aterrorizada. Mijaíl dio un respingo y se soltó con brusquedad. La puerta se abrió lentamente. Apareció ante ellos una figura pequeña y menuda. Una muchacha de cabellos negros y ojos oscuros. Nada intimidante, a decir verdad. De hecho, a Antonina le dio la impresión de ser frágil, dulce y definitivamente inofensiva. Pero nada más ver a Mijaíl, la chica dio un chillido, al cual Antonina, nuevamente asustada, respondió con otro más estridente.
- ¡Galina! – se oyó una voz desde el interior, seguida por pisadas a la carrera - ¿¡Qué sucede, Galia! ?
Casi al instante aparecieron el dueño de casa, Fiodor Zubovski, y detrás de él… Aleksei Mijaílov. Ambos los miraron de hito en hito.
- ¡Mijaíl Karnakov! – gritó Zubovski. Aleksei no salió de su mutismo.
- Ca… camarada Zubovski…
- ¿Qué haces en mi casa, Mijaíl Karnakov? – preguntó Zubovski con aspereza. Fiodor Zubovski era un tipo sosegado. Mijaíl jamás le había visto furioso. Ahora realmente lo estaba.
- Yo…
- ¿Y cómo explicas… - continuó Zubovski, las palabras silbando entre sus dientes apretados de ira – haber sido el único que faltó a la reunión en casa de madame Kolv? ¿Cómo explicas tu ausencia durante la última semana? Porque si tienes una explicación, al menos a mí me gustaría saberla. Me gustaría pensar que, después de todo, no eres un cobarde, un sucio traidor…
- Yo puedo explicarlo – tres pares de ojos se dirigieron hacia Antonina. Ella hizo acopio de todo su valor para sacar la voz – yo… fui quien impidió que asistiera…
- ¿Quién es esta mujer? – preguntó Zubovski.
- Es la mujer de Ivanenkov, el jefe de la policía militar.
- Ya veo. – musitó Zubovski – Idiota. ¿Le has contado nuestros planes a tu amante?
- ¡Ella no sabía que era a su hermana a quién íbamos a rescatar!
- Eso te hace aún más estúpido.
- Estoy aquí para asumir mi responsabilidad. Recibiré el castigo que decidan imponerme…
Zubovski le dio la espalda.
- Yo no tengo nada que decir.
Galina y Aleksei habían seguido la conversación en silencio. Mijaíl les miró buscando algo… sin saber lo que quería encontrar en ellos. No se le ocurría ninguna reacción que no le humillara.
- ¿A… Aleksei? – dijo Mijaíl. Quería sonar firme, pero el coraje lo abandonó tan pronto como se encontró con la mirada furibunda y decepcionada del ex presidiario. El discurso prefabricado que meditara durante todo el camino de vuelta a San Petersburgo se fue al cuerno. No se sintió capaz de pararse mirando de frente y "dar explicaciones como un hombre". Lo único que pudo hacer fue balbucear el nombre de su amigo con voz suplicante.
Aleksei no dijo nada. Caminó hasta quedar ambos frente a frente.
¿Qué hará? No parece que fuera a decirme "Camarada Karnakov, nos has decepcionado, pero teniendo en consideración el firme compromiso con la revolución que siempre demostraste hasta este lamentable incidente, te daremos una nueva oportunidad"… Quizás me aseste un buen puñetazo en la cara. O en el estómago. No sería tan malo, sé que me lo merezco…
Sorpresivamente, Aleksei puso las manos sobre los hombros de Mijaíl, quien creyó advertir un ligero cambio en la dura expresión de sus facciones.
¿Qué es esto? ¿Un abrazo de bienvenida? ¿Podrán comprenderme mis camaradas? ¿Me recibirán como al "hijo pródigo"?
El compungido muchacho había alcanzado a alzar las manos para corresponder al esperado abrazo de Aleksei, cuando éste último levantó violentamente una rodilla, asestándole un fortísimo golpe en la entrepierna.
(1)Versta: antigua unidad de longitud rusa equivalente a 1066 metros aprox.
Más notas: Esto me saldrá lento, porque es raro escribir sobre una historia que nadie conoce, por lo que la tendencia natural es dar más explicaciones y ahondar un poco en los personajes. Ikeda prácticamente no utiliza los diminutivos de nombres de pila rusos, según explica, porque le parece complicar demasiado las cosas. Pero como los rusos los usan tanto o incluso más que el nombre de pila, y además, me gustan mucho (algunos son graciosos, otros muy tiernos) incluiré algunos.
Arjuy: Gracias por leer aunque no conozcas este manga, realmente lo aprecio! Y además te das la lata de escuchar la música. Es muy amable de tu parte. Y gracias también a los que leen y no comentan.
