III.

- ¡Misha!

Ay, por todos los diablos… diablos… ¡diablos, cómo duele!

- ¡Misha, mi cielo!

Mijaíl no podía responder ni tampoco incorporarse, tal era el dolor que brotaba desde sus partes íntimas, irradiando hasta la última fibra sensible de su cuerpo. Boqueaba como un pez fuera del agua de tanto que le costaba respirar. Los ojos se le llenaron de lágrimas. A través de ellas pudo ver como Antonina se inclinaba sobre él. Presumió que su rostro reflejaría tanta preocupación como su voz, ya que ni siquiera podía enfocar la vista con claridad.

- ¿¡Cómo te atreves a poner siquiera un pie en esta casa, Karnakov! ¡Eres un traidor! Y para peor, te apareces en compañía de esta bruja…

Si Mijaíl pensaba que con golpearle Aleksei se daría por satisfecho, al parecer estaba en un error. Si tan sólo pudiera convencerle de aceptarle de vuelta… pero ahora lo veía más difícil que nunca. Sobre todo si cargaba con Antonina a cuestas como un lastre. Y bien sabía que Antonina y Aleksei se odiaban cordialmente…

- ¡Sigues siendo un maldito salvaje! ¡Ojalá te hubieras hecho chicharrón en esa prisión de Siberia! ¿¡Cómo pudiste golpearle así! ? ¡Mi pobrecito Misha! Apenas puede moverse…

Antonina no lo está haciendo más fácil… ¡Oh, diantres, parece que me fuera a partir en dos de dolor!

- ¡Poco le he golpeado! ¡Debería destriparlo! ¡Y a ti también, arpía! ¡Es por ti que Mijaíl nos abandonó en un momento crucial, ¿o me equivoco, Antonina? ! ¡Sigues siendo tan caprichosa y despreciable como el día en que te conocí!

- ¡Y tú eres la misma bestia abominable de entonces!

- ¡Ramera!

- ¡Bastardo!

Un instante después, Aleksei tiraba de los cabellos a Antonina, mientras ella le mordía un brazo. La ojeriza nacida en la más tierna infancia que acababa de resurgir entre ambos, se manifestaba de forma tan pueril como entonces. Fiodor y Galina trataban de separarlos infructuosamente. Hasta que Galina, sobrepasada, se impuso a gritos.

- ¡Ya es suficiente! ¿Qué creen que es esto, una feria? ¡Sepárense de inmediato! ¡O si no se largan a pelear a la calle! Aleksei, qué vergüenza, y usted… "señora"… no tengo por qué tolerar que una desconocida se comporte como una verdulera en mi propia casa.

- Perdona Galia. Lo siento, Fiodor… - dijo Aleksei entre dientes, sin desclavarle una mirada de odio a Antonina, quien no hizo ademán alguno por disculparse. Antonina se acercó a Mijaíl y trató de sentarlo.

- ¡Aaaaahhh! – chilló él, retorciéndose y cubriéndose su hombría (o lo que, según temía, quedaba de ella) con las manos - ¡No me muevas! Es peor. Déjame así un momento…

La mujer, afligida, le acarició con torpeza el cabello. Él continuaba ovillándose en el suelo con los dientes apretados, emitiendo sonidos incomprensibles, mezcla de palabrotas y gemidos de dolor. Galina le acercó un vaso con agua, pero sólo logró que se atragantara al intentar pasar el líquido por la garganta y terminara tosiendo y escupiendo patéticamente, desparramado cuan largo era sobre el suelo. Sólo al cabo de cinco minutos pudo incorporarse a medias, y sentarse con la espalda apoyada en la pared. Durante ese tiempo, Antonina observó disimuladamente a los dueños de casa. Fiodor Zubovski era un sujeto alto y delgado, de alrededor de treinta años. Sin embargo, su cabello castaño y crespo, y sobre todo, los gruesos bigotes que llevaba le hacían ver algo mayor. Ahora que le veía más tranquilo, tuvo la impresión de que no se asemejaba en nada a la banda de delincuentes que siempre creyó que eran los camaradas de Mijaíl. Sobre todo cuando su única referencia era esa verdadera calamidad de hombre, ese malnacido de Aleksei. Había que considerar, además, que ni siquiera tenía la mejor opinión de su propio amante (o más bien, ex-amante, pensó apesadumbrada) a quién consideraba un patán, revoltoso, atrevido, insolente, grosero, maleducado, sin respeto por nada y endemoniadamente atractivo, por los mismos defectos ya señalados. Al menos Zubovski no parecía el tipo de persona que fuera a rebanarle el pescuezo. Lo mismo podía decirse de su mujer, pequeñita y tímida, dulce y silenciosa, pero no por eso sin carácter. Para lo que esperaba encontrar, su evaluación fue bastante positiva. El problema era Aleksei… de seguro abogaría porque la metieran dentro de un saco y lanzaran al Neva. Miserable puerco marxista…

Mijaíl, entre tanto, recuperó el aliento. Entonces sus camaradas (o ex-camaradas, no podía decirlo a ciencia cierta), escucharon en silencio su relato (interrumpido con frecuencia por Antonina, quien era incapaz de tener la boca cerrada durante mucho tiempo). Ninguno de ellos supo qué pensar de la propuesta de integrar a Antonina a sus actividades. Ella no les inspiraba confianza. Sin embargo, estaba perfectamente posicionada para proporcionarles información vital. Y pudo haber escapado si lo hubiese querido, ya que Mijaíl no la traía por la fuerza. Más bien, parecía que era ella quien lo había arrastrado hasta allí contra su voluntad. Zubovski habló por fin.

- No lo desecho de plano – dijo, ya recuperado por completo su habitual aire calmado y reflexivo - Tenemos que pensarlo y hablarlo con los demás. Por lo pronto, Antonina Ivanenkova, vuelva a su casa. La contactaremos tan pronto el Soviet tome una decisión al respecto.

- Y pobre de ti que nos traiciones, maldita pécora, porque la pagarás caro – añadió Aleksei.

- Ya te dije que estoy arrepentida, imbécil – replicó Antonina con acritud – No sabía lo del rescate. Tenía miedo de lo que pudiera sucederle a Misha. Pero ahora entiendo que cometí un terrible error y ha…

- Tú no entiendes nada. ¿Crees que puedes venir nada más a pedir disculpas y ofrecer tu ayuda? – la increpó Aleksei - Fiodor, tú no conoces a esta mujer. No podemos confiarle el pellejo. Ella sólo piensa en sí misma… Ni siquiera dimensiona la catástrofe que ha provocado. No le importa. Está encaprichada con Mijaíl y hará lo que sea por recuperarlo. Te apuesto mi cabeza, Zubovski. Y tú, sabandija, ¿Cómo puedes creerle después de lo que te hizo?

- Yo respondo por ella…

- ¿Sí? ¿Y cómo? ¿Qué podrías hacer si vuelve a traicionarnos?

Mijaíl miró de frente a su (bueno, ya no estaba seguro) amigo.

- La mataré – murmuró sombríamente. Esto impresionó a los bolcheviques. Antonina, en cambio, no se inmutó.

- ¿Ven? Me matará… Simple. No hay problema. En todo caso, no tendrás que mancharte las manos, Mijaíl. No les traicionaré. Haré lo que sea necesario…

- Lo que sea necesario puede ser más de lo que usted sea capaz de hacer, Antonina Ivanenkova – intervino Zubovski – No sabe en lo que se está metiendo. No entiende lo que arriesga.

- No me subestime, Fiodor Zubovski. Aprendo rápido. Seré cuidadosa. Seré mucho más útil que mi hermana, ya lo verán…

- No subestime usted a los suyos. Ahora, márchese por favor. Tome un coche de alquiler, vuelva a su casa y espere noticias nuestras. Diga a su esposo que tuvo que tomar el tren de vuelta antes de llegar donde su tía.

- Bien. Adiós – se despidió secamente. Intentó besar a Mijaíl en la mejilla, pero él le corrió el rostro.

- Márchate ya, Antonina. Nosotros tenemos mucho que hacer. Y que hablar – dijo sin mirarla.

- Misha… - susurró ella tristemente. La paciencia no era una de sus virtudes, pero tendría que desarrollarla. De otro modo, jamás lo recobraría. Y jamás podría superar a su hermana.

- ¿Acaso no se dan cuenta de que esto es una locura? – preguntó Aleksei apenas Antonina se hubo marchado – Está obsesionada contigo, Mijaíl. Todo esto es acerca de ti. ¿Qué piensas hacer? ¿Continuar tu relación con ella? ¿La amas?

- Jamás la perdonaré – dijo entre dientes – Ella sabía lo que significa la revolución para mí. Es todo. Y me traicionó.

- No te estoy preguntando si la perdonas o no. Quiero saber si la amas.

- No – respondió con firmeza, aunque por dentro se sentía sumido en un mar de dudas.

- Disculpa, pero no te creo. Nunca necesitaste involucrarte con ella de ese modo. Según lo que nos informaste, la tenías bien controlada con las amenazas de dañar a su esposo… ¿Por qué, entonces, te arriesgaste a hacerla tu amante?

- Porque creí que podía ser útil. Además quise darle una lección. Ya sabes cómo es. Se cree superior a todos. No soportaba cómo me despreciaba. Quise que se tragara sus propias palabras. Por último, porque es muy hermosa…

Aleksei se sentó a su lado. Al menos ya no se veía furioso. Estaba preocupado. Fiodor seguía la conversación, meditabundo, mientras Galina calentaba agua en el samovar para prepararles té.

- ¿Y después de todo, puedes asegurar que no sientes nada por ella?

Mijaíl bajó la cabeza.

- No. No puedo asegurarlo. Por eso no pude… matarla, antes de cruzar hacia Finlandia. ¡Pero no tolero tenerla cerca después de lo que sucedió…!

Aleksei le sonrió con tristeza. Podría decirse que comprensivamente.

- Nunca pensé que fueses tan torpe, Karnakov. ¿Aún no comprendes que cuando dedicas tu vida a la revolución, se la dedicas por completo? Debemos renunciar a todo lo demás. No hay espacio para los afectos. No podemos dudar por amor a una mujer. No podemos arrastrar a nadie con nosotros a un futuro incierto y peligroso.

No, no podemos. No importa cuán brillantes de amor sean las pupilas que nos tientan. No importa que ella te ofrezca el mundo entre sus brazos, ni que tengas la certeza que a su lado está la felicidad. Si es preciso, debes abandonarla sin mirar atrás. Sin conmoverte por sus lágrimas y su dolor. Alejándola por la fuerza si es necesario. Al fin, es tanto por su bien como por el tuyo… Puede que algunas noches oigas su voz llamando tu nombre en sueños… y eso es todo lo que puedes conservar de ella…

Zubovski y Galina les acercaron una taza de té a cada uno.

- Pese a que creo que el camarada Aleksei acaba de decir una necedad del porte del Kremlin… – dijo Zubovski, mirando con amor infinito a su dulce esposa – no puedo menos que concordar con él en que no llevaste este asunto de la mejor manera, Mijaíl.

- Como sea, no caeré en sus redes…

- El problema es que ella nos ayudará esperando que lo hagas… - dijo Aleksei.

- Pues que traiga una silla y espere sentada. Yo no le vuelvo a poner la mano encima a esa zorra. ¡Antes me la corto!

- ¿La mano, o…? – preguntó Aleksei con malicia.

- Creo que son algo injustos – intervino Galina – Te quejas de su traición, pero sin embargo, fuiste tú quien la sedujo y la utilizó. Creo que están a la par. Ella quizás ni siquiera es tan mala como la pintas.

- Lo es – respondieron Mijaíl y Aleksei a un tiempo.

- Ya lo decidirá el Soviet – Zubovski dio por terminado el asunto – ahora bien, Mijaíl, hay algo más que debemos conversar. Hoy se notificó la sentencia de madame Kolv y los demás.

- ¿Y…? – Mijaíl había viajado cada versta hasta San Petersburgo temiendo escuchar esa noticia.

- Fusilamiento. Dentro de una semana – respondió Aleksei, con la voz ronca del esfuerzo que hacía para que no le saliera quebrada. Y al cabo de unos segundos de pesado silencio, añadió, muy bajo, dolorosamente - Ahora fusilan en la plaza. Para escarmentarnos.

Mijaíl dejó la taza sobre el suelo. Apoyó la frente en las rodillas, se abrazó las piernas y sollozó suavemente.

- Oh, Misha… - dijo Galina, acercándose y poniéndole sus manitas sobre un hombro – Misha, no te culpes. Yo sé que tú menos que nadie quería que algo así sucediera. Debes ser fuerte. Todos debemos serlo. Por ellos.

Mijaíl la abrazó y ella correspondió maternalmente a su abrazo. No es que le tomara por sorpresa. No tenía muchas esperanzas. Pero aún así… esa muerte infame… Le costó recobrar la compostura, pero lo logró, gracias al reconfortante consuelo de Galina. La soltó.

- Gracias, Galia. Fiodor es un hombre muy afortunado al tener a una mujer como tú.

Un silencio largo por los camaradas que pronto les dejarían. Al cabo de un rato, Mijaíl se sintió más sereno. No podían detenerse a llorar. Había que seguir adelante, tal como había dicho Galina.

- ¿Sabes algo, Karnakov? – Aleksei interrumpió el hilo de sus pensamientos - Tenía ganas de darte un buen rodillazo desde que robaste mi faisán.

- ¿Tu faisán? ¿Estás hablando… del día en que nos conocimos? ¿Cuándo me llevé las presas que cayeron en una de las trampas que dejaste en el bosque? ¡Hombre, eso fue hace casi veinte años!

- Imagina cuánto rencor y ánimo de venganza he acumulado desde entonces – contestó Aleksei. Un asomo de sonrisa se dibujó en su boca. Mijaíl se sintió más aliviado, pese a que el dolor paralizante en sus partes íntimas seguía siendo terriblemente intenso.

- Sabes que nunca fue un faisán, apenas una codorniz…

- No lo vamos a discutir ahora, miserable ladronzuelo… – La sonrisa ahora fue franca y abierta. El esperado abrazo al fin llegó – Eres un completo idiota.

- Sí, lo soy.

- ¿Cómo te sientes?

- Creo que no podré ser padre…

- Uuhhh, alguien va a estar sumamente decepcionada… Pero mejor así. El mundo ya es lo suficientemente malo sin que te reproduzcas.

~.~.~

- … y hubieses visto cómo chillaba ese. Como lo que es, un condenado. El pobre se cree que le he matado al cachorro que tenía escondido, ja, ja…

- ¿Qué hiciste con él?

- Lo dejé en el cobertizo. Le di algo de leche y carne…

- ¡Apenas tenemos para nosotros y tú lo desperdicias en un perro! Si serás idiota…

- Bah, es un perrito de lo más mono. Ya te lo enseñaré. Pasando a otro tema, ¿Ya has visto a la nueva? Les tiene a todos alborotados. No se habla de otra cosa.

- Que sí, hombre, la vi la noche que llegó. ¿Qué tal la encontraste?

- ¡Por lejos la mujer más bella que haya visto en mi vida! Con esa piel de porcelana, esos ojazos y esa carita de ángel… Dicen que es noble y se nota. ¿Te fijaste en cómo camina, cómo se mueve? ¡Con distinción, chico! Como si flotara a un pie del piso… A poco se te había ocurrido que un par de mequetrefes como nosotros iba a estar alguna vez tan cerca de una mujer como esa… ¡Menuda suerte, hermano! Una dama que huele a jazmín a nuestra disposición. Claro que se ve un poco mojigata, pero con nosotros se le ha de pasar.

- ¡Ni se te ocurra! Ya te dije que Vasiliev prometió las penas del infierno al que osara ponerle la mano encima…

- Buen dar con el jefecito. De modo que la quiere dejar a su servicio personal. ¡Pero qué egoísta!

- No, idiota. No es eso. Ella es… es especial…

- ¡Especial mis polainas! Especialmente hermosa, querrás decir…

- Sí, pero no me refiero a eso. ¡Tendrías que haberla oído esa noche, pedazo de alcornoque! Cuando tocó para nosotros, yo… Diablos, si no la has oído es imposible de explicar.

- ¡Otro más con la misma cantinela! ¿Qué les ha echado un mal de ojo o qué? ¡Déjate de idioteces! Se supone que está por aquí. Te propongo que la violemos los dos. La amenazamos y se quedará bien calladita.

- ¡Ya te dije que no! Además, si le hacemos eso, ¡no volverá a tocar para nosotros!

- ¡Y eso a quién le importa, imbécil! No se te presentará otra oportunidad en la vida de tener a una mujer así.

- ¡No te atrevas a hacerle daño! Si Piotr Vasiliev se entera…

- Bueno, la tomamos y después la matamos ¿Qué tal? Vasiliev no sabrá quién fue. No va a castigarnos a todos por una zorra bolchevique…

- Por ella es capaz. Y si me entero que le hiciste algo, yo mismo te parto la cara.

- ¡Ya déjate de estupideces! Ayúdame a buscarla. Tiene que estar escondida por aquí…

- Estoy hablando en serio…

- Quítate de en medio.

- ¡La defenderé con mi vida!

- ¿Estás mal de la cabeza? ¿A qué viene tanta faramalla? No seas ridículo, estás hablando como esos bastardos marxistas…

- Estoy hablando en serio.

- ¿Qué fue eso? ¡Un ruido! Ahí, al fondo de la cocina, donde están los sacos… ¡Está escondida en ese hueco! ¡Apártate de mi camino!

- ¡NO!

Anastasia se acurrucó más en su escondite. Cerró los ojos con fuerza, aterrada al escuchar como los hombres se peleaban a golpes de puño. El sonido de las cacerolas estrellándose contra el piso la hizo dar un grito ahogado de terror. La pelea se terminó abruptamente. El que la defendía, a horcajadas sobre su compañero, detuvo el puño que iba directo a su rostro.

- ¡Algo le ha pasado! – exclamó, y dejando al otro en el piso, corrió hacia donde suponía estaba Anastasia. El otro le siguió sobándose la cara. La encontraron hecha un ovillo entre unos sacos de patatas y la pared, temblorosa.

- ¡Anastasia Kulikovskaia (1)! ¿Se encuentra bien? – preguntó el compungido muchacho y la tocó en el hombro. Ella gimió, enterrando la cabeza en las rodillas – Anastasia Kulikovskaia, soy Ilia, ¿me recuerda? El chico pecoso de la otra noche. No le voy a hacer daño, no se asuste. Míreme. Dígame algo, ¿sí? Por favor… está todo listo en el comedor para su presentación… - se rascó detrás de la oreja, contrariado al ver que sus palabras no tenían efecto – La estamos esperando. Todos quieren oírla, y quedarán encantados, ya va a ver… ande, deme la mano.

- ¡No puedo hacerlo!

- ¡Sí que puede! Vamos, confíe en mí. No la voy a dejar sola. No permitiré que ningún baboso como Oleg se le acerque a menos de una versta… - dijo, señalando a su compañero con dedo acusador.

- ¡Ah! Ya basta de tonterías – dijo Oleg. Apartó de un empujón a Ilia y sacó a Anastasia tirándola de un brazo - ¡Sal de ahí, perra!

- ¡Déjala! – chilló el muchacho.

Oleg se hizo a un lado, resoplando con molestia. Anastasia sollozaba. Ilia le pasó un brazo por sobre los hombros, protectoramente.

- No haga caso a este bruto, Anastasia Kulikovskaia… tranquilita. No pasa nada. No llore…

Los interrumpió el sonido de la puerta de la cocina abriéndose.

- ¿Por qué se tardan tanto…? – venía diciendo Piotr Vasiliev, cuando se encontró con Anastasia llorando en brazos de Ilia - ¿Qué ha pasado aquí? ¿Qué le hicieron?

- Este tarado de Oleg, capitán. La asustó con sus idioteces.

Vasiliev tomó a Oleg por las solapas de la guerrera y lo alzó al vilo.

- ¿Qué parte de "nadie la molesta, nadie la toca ni con el pétalo de una rosa", no te quedó clara? – Lo derribó de un puñetazo.

- ¡Ay, no lo haga! ¡No pasó nada! – exclamó Anastasia al instante.

Piotr Vasiliev se tomó a cabeza a dos manos. Olvidaba que no debía desbandarse delante de ella. Ayudó a Oleg a ponerse de pie.

- Sea lo que sea que hayas hecho, que no vuelva a repetirse. Ahora, todos al comedor. Anastasia Kulikovskaia, nos hemos tomado la libertad de llevar su violín.

Anastasia lo miró suplicante.

- No me siento capaz, capitán…

- No me venga con esas cosas – replicó él, sonriéndole con absoluta confianza – si pudo la noche que llegó, perfectamente podrá tocar ahora. Mire, así acabará por ganárselos a todos de una vez y nos quedamos más tranquilos.

- ¿Por qué está tan seguro?

- Porque la he oído ¿verdad, chico? – dijo a Ilia, quién asintió con entusiasmo - ¡Téngase fe! Usted es una mujer extraordinaria.

Extraordinariamente aterrorizada…

Ilia la ayudó a ponerse de pie y la escoltó cuando atravesaron el patio en dirección al galpón que servía de comedor. Los prisioneros, todos en sus celdas dado que el pequeño concierto ocuparía a todos los guardias, miraban con curiosidad entre los barrotes. Anastasia se distrajo observando al viejo a quien tratara de defender el primer día. Como el resto de sus compañeros, miraba boquiabierto el trato condescendiente que recibía Anastasia. Ella, distraída, tropezó. Ilia la sujetó ágilmente, tomándola de un hombro y del brazo. Aprovechando un poco la situación, la tomó de la mano y no la soltó hasta que llegaron al comedor. Entró muy tieso y engreído. Todos esperaban ya, sentados en sus respectivas sillas orientadas hacia adelante. Bañados y arreglados. Hasta peinados, incluso. La mitad de ellos murmuraba con impaciencia, pues aún no comprendían que locura le había dado al capitán. La otra mitad, que ya había presenciado la actuación de Anastasia, les hacía callar a codazos. Ilia la dejó frente a todos, y le besó el dorso de la mano antes de retirarse, con lo que él estimaba, era sofisticada galantería.

Anastasia se quedó estática un momento. El violín ya la esperaba allí. Miró a la audiencia compuesta por una veintena de guardias impacientes, y la imagen se deformó ante sus ojos. Parecía acercarse, alejarse, perder color y brillo, nublarse y luego normalizarse. El corazón le latía a mil por hora. Las manos le sudaban en frío. Miró el violín.

¡Ay, Dmitri! Ayúdame a salir de esta, ¿sí? Yo no sé cómo le hice la otra noche… aún no entiendo qué pasó. Quizás fue porque pensé que moriría. Porque me estaba despidiendo de todos y de todo. Porque era mi última oportunidad de hacer lo que tanto me apasiona y puse mi alma en ello. ¡Pero ahora no me siento capaz!

El violín tiritó ante sus ojos. Se nubló, se alejó, se deformó… y volvió a la normalidad. Entonces recordó la primera vez que lo tuvo entre sus manos. Estaba de visita en casa de los Mijaílov. Corría llorando por el jardín. Iba tan distraída que no prestó atención a la música. Rodeó un arbusto que crecía apegado a un árbol, dio un salto… y tropezó con un par de piernas estiradas con descuido. Se escucharon dos gritos de sorpresa y acabó de bruces sobre el pecho de Dmitri. Levantó la cabeza, avergonzada.

- D… Dmitri, lo siento – dijo al reconocer al primogénito de la familia.

- No es nada – replicó el muchacho de lisa melena negra y expresivos ojos grises, sobándose la pantorrilla - ¿Estás bien?

- Sí…

- Eh… no sé por qué no te creo… - dijo él, al observar su cabello revuelto, signo de haber sido mechoneada recientemente, el cardenal en su mejilla surcada por rastros de lágrimas y las marcas claras de unos dientecillos sobre la piel enrojecida de su antebrazo - ¿Quién te ha pegado así?

- Antonina… - suspiró Anastasia.

- A Antonina le hace falta una buena paliza – observó él – de otro modo se convertirá en una mujer caprichosa e insufrible… Pero tú no tienes por qué dejarte pegar. ¡Defiéndete!

- Me… me da miedo…

- No seas boba. No dejes que te pase por encima. Ya estás grande, ¿no? ¿Qué edad tienes?

- Ocho – dijo ella con timidez.

- ¡Ocho! Mira tú, toda una mujercita. Estás tan grande como ella. Antonina es una matona, te pega porque sabe que no respondes. Ya verás como respondiéndole una vez, dejará de hostigarte.

- No… no me atrevo – hipó.

- Nastia, pequeña… - le dijo el muchacho con dulzura – Eres una niña especial. Te he observado, ¿sabes? Pero te tienes poca confianza y no hay razón para ello. No permitas que los demás te limiten. Estoy seguro de que puedes lograr grandes cosas si te lo propones.

- ¿De verdad? – preguntó ella, olvidando las lágrimas, entusiasmada al recibir un elogio de ese calibre por parte de un muchacho mayor, de dieciséis años. Un adulto, prácticamente.

- ¡Claro que sí! Eres una chica muy despierta e inteligente. Además de aplicada. Para tu edad eres muy madura.

- Ah… - dijo ella, sintiéndose súbitamente orgullosa - ¿Y qué cosas crees que podría hacer?

- Ya lo descubrirás con el tiempo.

Ella fijó su atención en el violín que Dmitri había dejado sobre el pasto.

- ¿Y tú crees… qué podría hacer eso? – preguntó, señalando el instrumento.

- ¡Absolutamente! Tienes todo lo necesario. ¿Sabes qué se requiere para tocar cualquier instrumento?

Ella negó con la cabeza.

- Sensibilidad. Cuando tocas, pones tu alma en ello. Canalizas tu ser a través de la música. Puedes llegar a transmitir cosas muy bellas a los demás. Puedes describirlo todo deslizando el arco sobre las cuerdas. Sé de sobra que podrás hacerlo.

- Qui… quisiera aprender… - murmuró. Las palabras de Dmitri le hacían sentido. Cuando le vio tocar por primera vez sintió que el muchacho transmitía todo aquello de lo cual le estaba hablando.

- ¡Excelente! Estoy seguro de que aprenderás mucho antes que mi hermano. ¿Sabías que Aleksei también está aprendiendo a tocar el violín? – Dmitri sonrió, malicioso y comprensivo al ver cómo Anastasia se sonrojaba nada más nombraba a - Ya ha roto dos en arrebatos de furia, le falta desarrollar la tolerancia a la frustración. Pero al menos es perseverante. Ven aquí. Hoy tendrás tu primera clase, y luego recomendaré un buen profesor a tus padres. Tómalo, eso es, con confianza… Que no muerde, ¿eh? Apoya ahí la barbilla, muy bien. Sujeta firme el arco…

Anastasia, emocionadísima, apoyó el arco sobre las cuerdas. Y lo deslizó sobre ellas suavemente… Y ahora volvió a apretarlo entre sus manos, tal como esa vez.

Puedo hacerlo.

Afinó con calma. Confiada. Alegre, incluso. Recordaba con mucha claridad todos los detalles de lo ocurrido ese día. Ahora, mientras se preparaba para tocar, sentía como Dmitri volviera a enseñarle lo básico. Se sorprendió de la pieza que le salió de las manos. Nada docto. Nada triste. Una alegre melodía folclórica, rápida, energética. Cerró los ojos y regaló a la audiencia una amplia sonrisa.

Eso es, Nastia. Muy bien.

Acarició el instrumento con la yema de los dedos. Había sido el violín de Aleksei, también. Ahora le parecía oír nuevamente la voz juvenil de su primer dueño.

Afírmalo con confianza. Presiona con seguridad sobre las cuerdas. Exactamente así, Nastia. Ahora desliza el arco. Con fuerza. También en otras ocasiones habrás de hacerlo suavemente. Sí, así. Deja que vibre, aprende a manejar ese temblor a tu voluntad. Tú mandas. No olvides nunca que el violín es expresión de ti misma. Tú hablas a través suyo. Levanta el arco. Ojo con esos hombros, no es necesario que te tenses. Ahora pósalo de nuevo…

Alguien marcaba el ritmo con la bota sobre el piso de madera. Otro acompañó con las palmas. No los vio, pero muchos oscilaban la cabeza de un lado a otro. Pronto más palmas se unieron, y algunas risas. Voces de ánimo. Alabanzas.

Vuelve a pulsar las cuerdas. Rápido y con presión… bien. Rápido y suave. Ahora, al revés. Lento y empujando el arco. Lento y el arco más flojo. Suena muy diferente, ¿no?

- ¡Es cierto, Dmitri! – Escuchó su propia voz infantil dentro de su mente. Pasó la tarde completa sin que apenas notara el transcurso del tiempo.

- Tienes condiciones. Llegarás lejos, pequeña Anastasia…

- ¿De verdad lo crees? – Su corazón de niña latió aceleradamente. ¡Qué cumplido! Y no provenía de cualquiera, no señor. Un prodigio del violín la alababa cuando daba apenas sus primeros pasos.

- No te mentiría, Nastia. Estoy seguro de que antes de que te des cuenta te veré en un gran escenario. Algún día, incluso podríamos tocar juntos… Qué te parece, ¿eh? Un gran cartel a la entrada del Marinski anunciando a Anastasia Kulikovskaia y Dmitri Mijaílov… Algún día…

- ¡Sí, Dima! ¡Será espectacular! Promete que lo haremos…

- Es una promesa, Nastia.

Su cuerpo se movía suavemente al ritmo de la música. Los ojos aún cerrados. Dejó la última nota en suspenso, haciéndola vibrar, mientras su público la ovacionaba.

Hemos tocado juntos, ¿verdad, Dmitri? Estuvimos en San Petersburgo, en Moscú, en Londres, en París y en Viena… ¡Ahora nos presentamos exitosamente en Siberia! Fusionado en este trozo de madera también hay algo de tu espíritu. Tuyo y de Aleksei… Puedo sentirlo. Gracias, Dima… donde quiera que estés…

- ¿Ve, Anastasia Kulikovskaia? – escuchó a Ilia en medio del jaleo que se había armado – le dije que podía hacerlo.

Ella saludó con una inclinación de cabeza.

- ¿Puede tocar otra pieza?

- ¿Qué tal Ochi Chiornye(2), para que cantemos algo?

- ¡No, no, otra más alegre!

- ¡Algo clásico!

- Lo que la señora escoja – Dijo Piotr Vasiliev, zanjando la discusión.

- Lo que decida la mayoría – dijo Anastasia, sonriente – pero sólo le quiero pedir una cosa a cambio.

- Lo que quiera.

- ¿Me permite tocar también para los prisioneros, Piotr Vasiliev?

Una veintena de rostros la observaron boquiabiertos. Luego dirigieron la vista hacia Piotr Vasiliev.

- ¿Para los prisioneros?

- No olvide, Piotr Vasiliev, que no he venido aquí de gira ni estoy de vacaciones – dijo, tomando confianza y provocando algunas risas – Yo también estoy tan presa como ellos.

- Pero…

Anastasia entornó los ojos dulcemente. Y descubrió que nunca era tarde para que una mujer aprendiera las arteras técnicas de la manipulación. El capitán sonrió y tomó asiento, admitiendo de buena gana su derrota.

- Está bien. Ahora, voten por lo que quieren oír a continuación.

- ¡Ochi Chiornye! – insistieron varios.

- Perfecto – dijo Anastasia - ¿Alguien me acompaña con una balalaika?

~.~.~

- No hay de qué avergonzarse, Pavel Lázarev. Deja de culparte por lo que sucedió en Akatui. Eres un buen oficial.

- Señor, no puedo dejar de pensar en que no hice lo correcto. No supe manejar bien ese intento de fuga…

Boris Ivanenkov (3) llenó dos vasos cortos de vodka de la mejor calidad. Bebió un sorbito y hundió los dedos en su cabello entrecano, peinándolo hacia atrás.

- Mira, Pavel… Son cosas que pasan. Claramente la idea no era que murieran esos prisioneros, pero fue a lo que ellos mismos se arriesgaron. No podemos tratar a esa gente con mano blanda. Como oficial de la policía militar eso lo sabes muy bien. Hiciste lo correcto. No por nada me la he jugado por ti, muchacho. Sé que pediste tu traslado allá para estar con el tío que te ha criado en sus últimos días, pero que luego del incendio y de que tu único pariente haya fallecido, hayas querido volver a la policía militar… pues cómo te lo explico, no es muy bien visto. Sin embargo, moví mis hilos para tenerte de nuevo bajo mi mando porque eres irremplazable. Nunca quise que te marcharas a Siberia, pero comprendí tus razones para irte. También entiendo tus razones para volver. Ya van tres meses desde que regresaste del este y ¿me he quejado de ti, acaso?

- No, señor – Mijaíl saboreó el vodka, dirigiendo a su interlocutor una estudiada mirada de pesadumbre.

- Entonces deja ya de recriminarte por esa tontería. Si lo ves de otro modo, hasta ha sido beneficioso. Ese fracaso fue un duro golpe para los bolcheviques. La muerte de Aleksei Mijaílov en Siberia sin duda les ha desmoralizado. Ahora debo marcharme. Perdona la grosería de hacerte venir hasta aquí para atenderte apenas cinco minutos… Haré llamar a Antonina para que te haga compañía un rato.

- ¿Está seguro, señor? – preguntó Mijaíl representando perfectamente su papel – Ya sabe que su mujer me odia.

- Ah, Antonina no tiene el mejor de los genios, no le hagas caso. Es caprichosa, nada más – tocó la campanilla que tenía sobre su escritorio y a los pocos momentos se presentó una sirvienta – Dile a la señora que baje, por favor.

La mujer asintió y se retiró.

- Bueno, señor, si a usted le parece…

- Me parece bien. No puedo dedicarle mucho tiempo a ella tampoco, ya ves. Pero ustedes son jóvenes, han de tener de qué hablar.

Antonina se quedó de pie en el umbral al ver a Mijaíl.

- Buenos días, Pavel Lázarev – saludó inclinando la cabeza, sin mirarlo a los ojos.

- Buenos días, Antonina Ivanenkova. ¿Cómo se encuentra hoy?

El viejo oficial intervino sin darle tiempo de responder.

- Ya me voy. Lamento no poder quedarme más, pero tengo demasiado quehacer. Vamos, salgan a dar un paseo en troika y relájense un poco. El día está precioso. – se acercó a su mujer y la besó en la frente – Hasta la noche, cariño.

Apenas se cerró la puerta, Antonina corrió hacia Mijaíl.

- Misha… - susurró intentando echarle los brazos al cuello.

Él la detuvo.

- Regla número uno, ya la conoces bien: las paredes tienen ojos y oídos.

- Lo sé, lo sé… es que… estoy nerviosa, pasaban los días sin saber nada de ustedes. ¿Qué han decidido?

- Estás al servicio del Soviet de San Petersburgo a partir de este instante.

El rostro de la mujer se iluminó como si hubiese ganado la lotería.

- ¿Qué tengo que hacer?

- Ya te diré. Pero antes debes pasar una prueba. Ve por tu abrigo. Daremos un paseo en troika.

~.~.~

La nueva vida de Anastasia resultó mucho más fácil de lo que esperaba. Con el correr de los primeros días de encierro iba conociendo tanto a guardias como prisioneros, descubriendo rasgos de humanidad en los primeros que en un principio creyó inexistentes; una mezcla de desazón y fe en los segundos, y adoración absoluta hacia su persona en todos ellos.

Las relaciones humanas al interior del penal se suavizaron de forma impresionante. Pronto notó como los guardias evitaban gritar o golpear a los prisioneros cuando ella estaba presente. Esperaba que llegara el momento en que no lo hiciesen, estuviese ella o no. Sus camaradas, por otro lado, en cierta forma creían haber recobrado en algo la dignidad como seres humanos que les había sido arrebatada, con la drástica disminución de la dosis diaria de gritos, golpes y humillaciones a la que estaban acostumbrados. Anastasia sabía que era por ella. Ella lo había logrado, y pese a ser muy modesta, se sentía inmensamente orgullosa. Era lo que se había propuesto, se tuvo confianza, y resultó. Tal como Dmitri le dijera cuando era apenas una cría timorata.

Anastasia ayudaba en lo que podía. Se metía en la cocina. Zurcía. Limpiaba. Al principio Piotr Vasiliev trató de detenerla, pero ella dijo que si no la dejaba se aburría. Que no podía estar de ociosa. Y por último, que un toque femenino le hacía falta al recinto. Sólo tenía que entornar los ojos con dulzura para obtener de él o de cualquiera lo que le viniera en gana. A veces la llamaban "madrecita". Eso fue después de que un día curara una herida a uno de los prisioneros, un muchacho llamado Vladislav. Él observó el vendaje con agradecimiento.

- Miren, camaradas – dijo alegremente – tenemos a nuestra propia Sonia Simonovna… (4)

- Nuestra propia madrecita… - acotó otro.

Ella se sonrojó. Feliz.

Ahora comía con sus camaradas en el barracón que les servía de vivienda a todos, salvo a ella. Tenían mucho de qué hablar, pues Anastasia había conocido a gran cantidad de revolucionarios mientras colaboró con los bolcheviques, y traía noticias frescas de sus amigos. Luego de la frugal comida, desenfundó, como de costumbre, su violín.

El sonido de los primeros compases hizo remecer a cada uno de los presos. Ella sonrió con malicia, pues lo que se proponía era muy audaz. Ilia y Vasiliev entraron justo en ese momento, y se quedaron parados, mudos de estupefacción.

- Ca… Capitán… ¿le va a permitir esto también?

El capitán vaciló un instante. Enseguida una sonrisa afloró en sus labios.

- Sí. Al cabo, nadie los escuchará, salvo ellos mismos. Vamos, chico.

Caminaron unos pasos por el patio. Entonces escucharon alzarse sus voces.

¡Arriba, parias de la Tierra!
¡En pie, famélica legión!
Atruena la razón en marcha:
es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.
¡Legión esclava en pie a vencer!
El mundo va a cambiar de base.
Los nada de hoy todo han de ser.
(5)

Ilia se zafó de la compañía del capitán con un pretexto y volvió al galpón de prisioneros. Se sentó bajo la ventana a escuchar…

Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano
es la Internacional.

La ley nos burla y el Estado…

~.~.~

La ley nos burla y el Estado
oprime y sangra al productor…

Antonina, horrorizada, apretó la mano de Mijaíl. Él la soltó con brusquedad. Los ojos fijos adelante, en los condenados que cantaban a todo pulmón mientras los fusileros se ubicaban frente al paredón. No es que no temieran morir. Claro que temían. Antonina podía ver las manos temblorosas de la rolliza madame Kolv, una mujer de mediana edad y de mejillas sonrosadas. Los rictus duros y los ojos abiertos de los otros, que, según le dijeron, se llamaban Gleb, Arkadi y Andrei. De los demás no recordaba los nombres.

Giró la cabeza. Cerca de ella, Zubovski y su mujer estaban muy juntos, tomados de la mano y mirando a sus camaradas como si quisieran confortarlos en sus últimos momentos. En medio de la multitud, nadie más se fijaba en que sus labios se movían de forma casi imperceptible, repitiendo los mismos versos que cantaban los condenados, los versos de esa extraña canción que Antonina oía por primera vez.

nos da derechos irrisorios
no hay deberes del señor.

Aleksei, del otro lado, también cantaba con la misma actitud. Al igual que Mijaíl.

Basta ya de tutela odiosa,
que la igualdad ley ha de ser:

Una voz se alzó sobre el canto, sobresaltándola.

- ¡Atención! ¡Presenten armas!

Los diez fusileros se pusieron firmes, extendiendo sus fusiles hacia adelante, en forma vertical.

"No más deberes sin derechos,
ningún derecho sin deber".

- ¡Preparen!

La mitad de los hombres echó una rodilla a tierra, el resto permaneció de pie. Antonina aún podía ver a los bolcheviques por entre sus espaldas.

- ¡Apunten!

Agrupémonos todos,
en la lucha final.
El género humano…

- ¡Fuego!

- ¡Muerte al zar! ¡Viva Rusia!

Un estruendo apagó el grito del que se había llamado Andrei. Antonina se estremeció como si la descarga completa la hubiera alcanzado. Era irreal. No podía ser. No estaba pasando. No podían agitarse así los cuerpos humanos al ser penetrados por la balas… como muñecos desarticulados, entre gritos de histeria y de dolor. Una mujer, incluso… una mujer como ella.

A su lado, escuchó a Mijaíl susurrar.

es la Internacional…

Luego, humo azuloso y silencio. Las cabezas inertes colgaban hacia abajo. Las extremidades laxas goteaban sangre, formando rápidamente un gran charco.

Cuando Antonina pensó que nada más sucedería, Gleb alzó el rostro, emitiendo un estertor agónico y escupió un chorro de sangre. En seguida recibió un tiro de gracia.

- ¡Ya se ha acabado! ¡No hay nada más que ver aquí! ¡Largo, fuera todos! ¡Y no olviden cuál es el trato que se dará a los perros marxistas como estos!

- No lo olvidaremos… - musitó Aleksei, dando media vuelta en dirección a la salida de la plaza.

Mijaíl se acercó a Antonina. Ella creyó que la abrazaría, pero sólo le habló al oído.

- ¿Recuerdas que te pregunté qué me habías hecho, ese día? - le preguntó con rencor - Esto es lo que me hiciste, querida Tonia. ¿Qué te parece?

Ella retrocedió, mirándolo con ojos desencajados de espanto. No podía respirar. El piso se movía bajo sus pies.

- No… - gimió - ¡No!

Corrió hasta topar con una pared. Allí el cuerpo dejó de obedecerle. Se dobló por la cintura. Vomitó. Vomitó hasta vaciar todo el contenido de estómago, y luego se quedó haciendo arcadas, aunque ya no tenía que más devolver.

Sus nuevos camaradas se acercaron lentamente. Mijaíl se quedó de pie mirándola con una dura expresión, pero no hizo ademán alguno de socorrerla. Fiodor consolaba a Galina, que lloraba con el rostro escondido entre las manos.

- No llores, mi amor – le decía. Y Antonina envidió a la dulce Galina por un instante, incluso más de lo que envidiaba a Anastasia – Ellos saben que este sacrificio dará frutos, y valdrá la pena, Galia. Todo sea por un mundo mejor.

Mijaíl tuvo palabras mucho menos amables para ella.

- No olvides lo que ha dicho el comandante de los fusileros, Antonina. Probablemente esta no será la única vez que tengas que presenciar un fusilamiento. Incluso tú, yo, o cualquiera de nosotros podría ocupar el lugar de ellos...

Antonina comenzó a llorar, con las uñas arañando el muro, arrodillada, sintiendo el olor nauseabundo de su propio vómito. ¿Es que nadie se compadecería de ella? ¿Nadie la consolaría? ¡Ah, sí, una mano sobre su hombro! Alzó el rostro, esperanzada. Pero quien la levantó por el brazo fue Aleksei. Mijaíl no se había movido de su sitio, seguía ahí, petrificado, la faz endurecida y los ojos secos. Sin decir una palabra, Aleksei la arrastró hasta una fuente cercana. Le lavó las manos. Quizá no fue muy delicado, pero al menos era su forma de ayudarla. Antonina no le agradaba, posiblemente nunca la toleraría, pero después de haber vivido tantas miserias, pensaba que no sólo nadie merecía morir así, sino que además, nadie merecía presenciarlo. ¿Acaso gran parte de su sufrimiento no había consistido en presenciar el dolor ajeno? Nada más pensar en ello, sintió esa punzada ya tan familiar en el pecho. ¿A cuántos vio morir durante esos ocho años? Ya había perdido la cuenta. Muertos a palos (las balas cuestan dinero), congelados, torturados... Hombres convertidos en guiñapos babeantes, enloquecidos, perdido hasta el último ápice de dignidad. ¿Quién podría culpar a los que en esas condiciones delataron a sus compañeros? ¿Quién podría no comprender que muchos prefirieran perder la razón (sí, aunque parezca extraño, perderla a voluntad) antes que seguir consciente de estar día a día en el infierno? Suponía que los gritos de sus camaradas mientras se quemaban vivos el día de su rescate le perseguirían despierto o dormido en lo que le quedaba de vida. Estaba seguro que lo único que le había impedido enloquecer era la firme convicción de que tenía el deber de sobrevivir en honor a ellos. A su hermano. A Alraune, dondequiera que se encontrara ahora. Y el recuerdo de unos ojos brillantes, un cabello rubio y desordenado, con restos de hojas secas. Y una voz llamándole por un nombre que ni siquiera era el suyo: "Klaus". Ahora, al recordar a Anastasia, se alegraba de haber dejado a Julius atrás.

Anastasia... de sólo pensar en lo que te has metido por mí, en lo que has de estar pasando se me hiela la sangre. Quisiera haberme dado cuenta antes de la gran mujer que siempre has sido. Haber sabido apreciarte... De más está decir que no me siento merecedor de un sacrificio como ese. Por lo mismo, no me rendiré. Cueste lo que cueste, te sacaremos de allí... Intentaré soportar a tu hermana, por ti. Porque sé que siempre la has querido...

Antonina tiritó al contacto del agua de la fuente. Y como ella no dejará de gritar y gimotear, Aleksei la tomó por la cabeza y se la hundió en el agua fría. Ella se sentó en borde, estilando y temblando.

- Perdona, estabas histérica...

Ella sólo pudo escupir un chorrito de agua por la boca.

Quizás Aleksei no es tan malo después de todo…

Quizás Antonina tiene corazón…

- Ahora que conoces tu posible destino, ¿te unirás a nuestra causa? – preguntó Mijaíl.

Ella se levantó con las manos empuñadas. Le clavó sus ojos celestes, encendidos como carbones ardientes. Al miedo y al horror por lo que acababa de presenciar se imponía otra emoción: la ira. Nadie iba a ningunearla. Nadie le diría qué era capaz de hacer y qué no. Y por sobre todo, ninguno de esos malditos bolcheviques se llenaría la boca diciendo que su hermana era mejor que ella. Y contestó, con la voz ronca y rasposa:

- ¡Sí!

(1) Nota del capítulo de hoy, por Krimhild: algunos antecedentes sobre los nombres rusos y la forma de tratarse. Los nombres rusos se componen de tres partes. El nombre de pila, el patronímico (que es un derivado del nombre de pila del padre, para los hombres generalmente se le agrega la terminación "ich", "evich", "ovich", para las mujeres, "vna" "evna", "ovna") y el apellido familiar (Terminan usualmente, para los hombres en "in", "ov", "ev", "ski" y para las mujeres en "ina", "ova", "eva", "skaia"). También se puede escoger libremente el apellido de la madre, pero es poco común. No usan segundo apellido como nosotros. Fijándose en la terminación se puede diferenciar un patronímico de un apellido, y si se trata de un hombre o una mujer. Por ejemplo, si un tipo se llama Ivan Ivanovich Ivanov, Ivan (equivalente a Juan) es el nombre de pila, Ivanovich el patronímico (o sea, que el padre de este tipo también se llamaba Ivan) e Ivanov es el apellido. Para el caso de una mujer, Ivanna Ivanovna Ivanova. Fíjense que en el caso de las mujeres el patronímico y el apellido suelen ser muy similares. Los rusos son bastante raros para tratarse, si no están en su círculo íntimo (en que se llaman por alguno de los centenares de miles de diminutivos que tienen para cada nombre de pila), son extremadamente formales. Nosotros, hispanoparlantes, en el trato formal tratamos a la gente de "señor" o "señora" más el nombre de pila o el apellido. El equivalente ruso a este trato es llamar a la persona por el nombre de pila y el patronímico. El apellido solo, suele usarse al referirse a una persona por un cargo, un título, etc. Como soy maniática me gusta adaptar las historias aunque sea un poco a las costumbres del sitio y época en que se ambientan, pero como en este caso Ikeda no nos informó del patronímico de ninguno de los personajes rusos, (Salvo el de Aleksei) en este caso, si el pecoso Ilia trata formalmente a Anastasia, debería llamarla "Anastasia" + "patronímico". Pero no sabemos cuál es su patronímico (Aunque también podría ser "señora" + "Kulikovskaia", pero eso me gusta más la otra forma…). Así que lo reemplazaré por usar, como trato formal, nombre de pila + apellido. Se me había olvidado dar esta explicación antes. Ahora, ¿por qué mi manía? Simple. Tuve bastantes quebraderos de cabeza leyéndome muchos mamotretos de novelas rusas clásicas, con quinientos mil personajes nombrados por el nombre de pila, el diminutivo, el nombre y el patronímico, el título de nobleza y el apellido, etc. ¡Un lío! Mi edición de "Guerra y Paz" incluso trae una lista de personajes y la forma en que se refieren a cada uno ellos y aún así era difícil no perderse. Para peor el número de nombres y apellidos rusos es bastante limitado (aunque parece mayor por el uso y abuso de diminutivos), por lo que entre los personajes había miles de tocayos. Como guinda de la torta, los rusos utilizan un alfabeto llamado cirílico, por lo cual las transliteraciones al nuestro suelen diferir mucho, es decir, cada cual escribe los nombres como le da la gana… ¡Uf! Pero que esto no desanime a nadie para leer ese tremendo pedazo de obra de arte. La literatura rusa es extraordinaria.

(2) Versta: antigua unidad de longitud rusa equivalente a 1066 metros aprox.

(3)Ochi Chiornye (Очи чёрные, ojos oscuros) Es una canción popular rusa muy famosa. Si la "youtubean", de seguro se darán cuenta que la conocen.

(4) En el manga sólo se menciona como Ivanenkov al marido de Antonina, así que le inventé un nombre de pila.

(5) Sonia Simonovna es un personaje de la novela "Crimen y Castigo" de Dostoievski. Al final de la historia (¡alerta de spoiler! Repito, ¡alerta de spoiler! Que nadie diga después que no lo advertí) Acompaña al protagonista a su destierro en Siberia, donde el resto de los presos la llamaba cariñosamente "madrecita".

(6) Letra original de la Internacional, que data de 1888 y fue adoptada como himno de los trabajadores en 1910. Luego se han hecho muchas versiones en distintos idiomas y de distintas corrientes políticas (comunista, socialista, anarquista). La versión rusa es de 1902 (y fue himno nacional de la URSS entre 1919 y 1943) pero la que he puesto aquí es la traducción al castellano de la versión original en francés para no complicar tanto la cosa.


Notas: Aparte de todas las notas que ya le he puesto a este capítulo, va una última aclaración. No estoy haciendo proselitismo ni nada de eso, que quede claro. Sólo sigo el estilo que Ikeda imprimió a este manga, donde se presenta una visión (extremadamente) idealizada y romántica de los bolcheviques.

Además, ya me di cuenta que me es casi imposible escribir una historia corta, se me ocurren más y más ideas, y si bien dije que sólo serían cinco capítulos de esta, creo que se va a alargar un poco más. Por eso voy más lento con los otros fanfics que tengo a medio hacer. Lo cierto es que pese a que este fanfic es mucho menos popular y por lo que me indican los hits, casi nadie lo lee :p, me tiene mucho más atrapada que los que empecé antes de VnB. Pero los actualizaré de todos modos.

Como siempre, se reciben comentarios, críticas, reviews, tomatazos y demases.