IV
"No queremos que su marido vaya a sospechar de usted. Por eso, su primera misión no se relacionará con obtener información de él. Primero tiene que aprender algunas cosas, si lo hace bien, le indicaremos como proceder en casa. Aunque no lo crea, es donde debe ser más precavida porque hay mayor tendencia a confiarse, y por ende, más riesgo de cometer errores. Esto será algo muy sencillo. Deberá entregar un sobre y recibir los documentos que él le dará. Nada más…"
Aunque al principio le pareció pan comido, Antonina ahora imaginaba mil y un motivos por los cuales todo podría fracasar. La mayoría de ellos eran ideas catastrofistas y absurdas, pero en este instante le parecían todos posibles y reales. Las instrucciones de Zubovski se le confundían. En su mente resonaban varias frases a la vez, en un caos total.
"Debe ir a la Ópera este viernes. Salga de su palco terminado el segundo acto, y diríjase al tocador. Hay un cuadro que representa a una pastorcilla descansando a la sombra de un árbol en ese pasillo, ¿Lo recuerda?... muy bien…"
Los aplausos hicieron saltar a Antonina del susto. Ni siquiera se había enterado de qué iba la ópera. No recordaba cuál era ni quiénes la interpretaban. Sentía que el corsé le apretaba tanto, y el corazón latía tan desaforadamente, que acabaría saliéndosele por la garganta.
- ¿Qué te ha parecido?
- ¿Ah? – Antonina parpadeó, volviendo a la realidad. Estaba en el palco de Raisa, una amiga de la infancia. Tenía que deshacerse de ella.
- ¡La ópera, por supuesto!
Antonina iba a responder automáticamente que había estado estupendo, pero al ver la expresión de Raisa detenidamente, pensó que si decía eso, sería muy evidente que no había puesto ni la más mínima atención. Trató de leer en su semblante cuál era su impresión. Raisa no denotaba mucho entusiasmo. Probablemente no había sido la gran cosa.
- Pues… me ha parecido un poco flojo… - dijo, recordando que acababa de terminar el segundo acto de "El príncipe Igor", de Alexandr Borodin. Adoptó un tono desinteresado e indiferente – y la Konchakovna no termina de convencerme. Sin embargo, las danzas polovtsianas estuvieron bien…
- Si las danzas hubiesen estado mal, pediría mi dinero de vuelta – dijo Raisa, sonriendo – es mi parte favorita.
- La mía también – dijo Antonina, y se puso de pie repentinamente. En seguida comprendió que había cometido un error al actuar con excesiva brusquedad.
- Estás muy extraña, Tonia – acotó su amiga. Aunque después de todo, quizás era normal luego del escándalo provocado por su hermana pequeña. Pese a que la familia Kulikovski era muy importante, aquello había afectado enormemente su reputación. De tener menos abolengo, de seguro un bombazo como aquel habría significado el ostracismo social de la familia completa - ¿A dónde vas?
- Al tocador.
- ¿Te acompaño?
- No es necesario…
Raisa se encogió de hombros. Tomó sus gemelos y se entretuvo observando al público, olvidándose en seguida de la actitud arisca de Antonina. Como siempre, el espiar "quién se relaciona con quién" le daba buen material para su actividad favorita: el cotilleo.
"Nuestro contacto le esperará frente al cuadro. Es un hombre de mediana estatura, alrededor de treinta y cinco años, cabellos castaños, bigote. Llevará un monóculo y levita verde botella. Entre al tocador sin mirarle. Cuando salga, pase detrás de él, a poca distancia. Él retrocederá, y entonces…"
Antonina vio al hombre de pie ante el cuadro con el rabillo del ojo, Le examinó fugazmente. Caminó con rapidez y ligereza, ignorándole, y se coló al tocador. Se humedeció la frente. El terror era demasiado visible en la imagen que el espejo le devolvía. Tenía que calmarse. Tenía que controlarse. Respiró profundamente dos veces. Y salió…
"Lo que le entregará usted a Diatlov es un pasaporte falso. A su vez, él le pasará un informe con posibles infiltrados zaristas que tenemos en nuestras filas. Sabemos que está siendo vigilado las veinticuatro horas, por eso ninguno de nosotros puede contactarlo, y atraer cualquier sospecha. Sabemos que su detención está prevista para el lunes. Por ello debe dejar San Petersburgo lo antes posible. Como ya le dije, es muy sencillo. Pero es importante. La vida de Diatlov está en sus manos…"
- Su vida está en mis manos – murmuró Antonina, observando al sujeto de levita verde. Era una responsabilidad tremenda. Si fallaba, ese hombre podía ser apresado. Si era apresado, podrían matarle de la misma horrible forma que había presenciado hacía un par de semanas atrás. Pero antes podría hablar. Podría delatar a sus camaradas, y…
Misha… podría morir si fracaso...
Se acercó, fijando la vista al frente. Pensó que las rodillas se le transformarían en gelatina, y se caería desmayada en la mitad del pasillo, pero se sorprendió al darse cuenta de que se había serenado por completo.
"… cuando él retroceda, le tocará con el codo, entonces usted debe fingir que pierde el equilibro…"
No supo cómo el tal Diatlov supo el instante preciso en que debía retroceder. ¿Acaso tenía ojos en la espalda? Bueno, no importaba. El codo del hombre apenas le rozó un brazo. Dobló un tobillo, sin alcanzar a forzarlo, y trastabilló.
"… no olvide dejar caer su cartera y su estola…"
- ¡Oh, perdone! Lo lamento mucho… déjeme ayudarla.
Ambos se inclinaron sobre las prendas que Antonina había dejado caer.
- No es nada… - dijo ella, sonriéndole con aplomo.
- Por supuesto que lo es, soy un bruto, casi la he derribado como si fuera un jugador de rugby.
Antonina pasó una pequeña cigarrera que contenía los documentos, de su mano a la del hombre por debajo de la estola en donde la llevaba escondida, y palpó a tientas otra de similares características que él dejó en el suelo. La tomó, ocultándola entre las pieles.
- ¡No me diga que gusta usted de ese horrible deporte inglés!
Él, con gran rapidez y naturalidad, guardó la cigarrera en el bolsillo izquierdo de su levita, pese a que varias personas les miraban con curiosidad.
- ¡Por supuesto que no…! Dios me libre… - dijo Diatlov. Ambos se pusieron de pie. Los curiosos volvieron a enfrascarse en sus conversaciones – No sé cómo quienes practican esa bestialidad osan acusarnos a nosotros de bárbaros, ¿no le parece…?
- …Antonina Ivanenkova – completó la mujer.
- Es un placer, señora, o señorita… - dijo él, besando el dorso de su mano.
- Señora… - respondió ella, coquetamente. No sabía de dónde había surgido esa seguridad en sí misma. De pronto, el peligro se le había hecho muy estimulante.
- Es una lástima – contestó el hombre en tono galante –Nikolai Diatlov, para servirla.
Antonina se entretuvo conversando con el desconocido por lo que quedaba del entreacto. Incluso lo presentó a Raisa, que había salido a buscarla. Antonina estaba muy satisfecha. En su opinión había actuado con una naturalidad impresionante, y se sentía contenta de sí misma. Habló alegremente con su amiga lo que restaba del espectáculo, tanto así que del palco vecino las hicieron callar varias veces. Terminada la ópera, salió muy animada en busca de su coche. Tarareó el inicio de las danzas.
Tendrán que admitir lo bien que lo he hecho… Misha estará orgulloso de mí…
Subió al coche de muy buen talante, sin dirigir una sola crítica al cochero, e incluso, dándole las gracias por abrirle la puerta y ayudarle a subir.
- "Uletái na kríliaj vetra… (Vuela, canción, sobre las alas del viento…)(1)- canturreó suavemente los primeros versos de las danzas, apoyada en la ventana, imaginando cómo Mijaíl y sus camaradas no tendrían más que felicitarla -Ty v krai rodnói, rodnaia pesnia nasha, tudá, gde mi tebia svobodno peli, gde bylo tak privolno nam s toboiu…" (a la tierra donde nacimos, entrañable canción nuestra. Allí, donde cantábamos libremente, donde nuestra vida fue dichosa…)
Pero de pronto, la imagen de Mijaíl fue sustituida por la de su hermana. Mas no como recordaba haberla visto por última vez, sino como apenas una niña de unos cinco años. Estaba en cuclillas. Las matas de papas en flor la cubrían hasta los codos. En muchas de las haciendas de su familia se cultivaban papas. Antonina recordaba el vivo color verde de esas hojas anchas, y los tonos blancos y lilas de las flores de cinco pétalos. Su hermana tenía la cabeza inclinada hacia el suelo, abstraída en la observación de algo que tenía entre las manos, y que Antonina no alcanzaba a ver. Recordó haberse acercado, picada de curiosidad.
- ¿Qué escondes ahí?
Anastasia levantó la cabeza, sobresaltada, y con esa expresión de temor que Antonina conocía tan bien. La irritaba indeciblemente. La despreciaba por eso. Si hubiese tenido un poco de carácter, si se hubiera atrevido a enfrentarla, le habría tenido más respeto. Pero no.
- Na… nada…
- ¡Déjame ver!
- De veras no es nada… - Anastasia cerró las manos formando una especie de bóveda, y se las llevó al pecho en un gesto protector.
- ¿Qué es? ¿Una mariposa? ¡Quiero verla ahora!
- No, no es eso. No te va a gustar…
- ¡Que me lo enseñes ya! O le diré a mamá que te has ensuciado jugando en el barro…
Anastasia miró el ruedo de su vestido. Estaba salpicado de lodo.
- No le digas, por favor…
- Muéstramelo.
Anastasia abrió las manos, resignada. Antonina retrocedió, con asco, al ver que cobijaba en su palma a un saltamontes.
- ¡Es un bicho repulsivo!
- Es lindo… - dijo Anastasia, sonriendo dulcemente – si lo miras con atención…
Antonina frunció su pequeña nariz, pero de todos modos se acercó un poco más. El insecto era de un verde un poco más oscuro que las hojas de papa. Era graciosa la forma en que movía sus antenitas, tan delgadas que apenas se distinguían, y sus patas traseras. Los ojos eran perfectamente redondos, como diminutas cabezas de alfiler.
- No está tan mal… - dijo. De improviso, el animalito le saltó a la nariz de un brinco. Ella estuvo a punto de dar un chillido, pero su hermana menor la silenció, poniéndose un dedo sobre los labios.
- No lo asustes. No te muevas. Es porque le has caído bien.
- Quí… ta… me… lo…
Anastasia acercó su dedo índice al rostro de su hermana. El saltamontes pasó al dorso de su mano, y luego brincó hasta la planta más cercana. Las dos se acercaron a observar cómo se mecía suavemente sobre una flor. Antonina olvidó su habitual ansia de hostigar a su hermana, concentrada en los movimientos del animalito. Cuando se perdió de vista al dar otro brinco, se echaron de bruces en un surco, buscando más insectos. La plantación era un mundo muy rico que Antonina nunca se había detenido a observar. Cuando se cansaron de aquello, hicieron guirnaldas con las hojas y flores, y se las calzaron como diademas, riendo alegremente. La vieja aya, Dasha, les cambió de ropa a escondidas, y ambas entraron, impecables, al salón cuando su madre las llamó. Esa tarde las visitaba una tía. No recordaba su nombre. Apenas su rostro. Pero curiosamente tenía muy grabado como ambas habían cantado juntas las danzas polovtsianas, mientras ella y su hermana comían buñuelos. Luego, fue una de las primeras piezas que Anastasia había aprendido en violín. Anastasia practicaba pacientemente, repitiendo la pieza una y otra vez hasta limpiar su interpretación de errores. Antonina muchas veces se había desplomado sobre su escritorio, aburrida de estudiar, mecida por las suaves notas del violín y el tibio sol primaveral.
- Estúpida Anastasia… - murmuró. Reclinó la frente son el vidrio helado, mientras las luces y sombras de la ciudad pasaban inadvertidas a sus ojos – si no fueras tan tonta, podríamos haber estado las dos aquí esta noche…
Se sintió sola.
- Tam, pod znoinym niebom, niegoi vozduj polon…(Allí, bajo el cielo cálido, el aire se llena de gozo) - continuó cantando, pero la alegría la había abandonado definitivamente.
~.~.~
Aleksei levantó la cajita metálica entre los dedos de su mano derecha. Se balanceó en las patas traseras de la silla que ocupaba, dándose impulso y afirmándose a la vez con un pie en la mesa del comedor.
- Pues no me lo creo… - dijo, y lanzó la cigarrera a Zubovski, quien la abrió, extrayendo un sobre doblado por la mitad y sellado.
- No ha estado nada mal… - dijo Zubovski, mesándose el bigote. Lazó el sobre a través de la superficie de la mesa en dirección a Mijaíl. Él lo sostuvo antes de que cayera al suelo, y lo abrió.
- ¿De veras lo hizo sin llamar la atención? ¿No se puso nerviosa, ni nada? – preguntó a Diatlov, junto a quien estaba sentado.
- De veras – dijo Diatlov. Le quitó a Mijaíl el sobre y extrajo de él dos hojas plisadas. Las levantó a la vista de todos – En mi opinión, puede hacer un trabajo útil, sin correr demasiados riesgos. Por supuesto, sigue en pie la recomendación de mantenerla lo más aislada posible de nuestras actividades. Mientras menos sepa, y mientras menos camaradas pueda identificar, mejor.
- Y mientras nunca se entere que le hicimos pasar el susto de su vida por un sobre sin importancia, porque entonces no se molestará en entregarnos. Nos matará ella misma… - acotó Aleksei, y tuvo que echarse bruscamente hacia delante, pues las carcajadas le hicieron perder el equilibro. Zubovski sonrió un poco avergonzado por el engaño que él mismo había fraguado para poner a prueba a Antonina. Diatlov rió de buena gana. Galina, que se acercaba con la bandeja del té, suspiró, he hizo un gesto de reprobación. Mijaíl intentó no sonreír. A su pesar, los berrinches de Antonina le parecían tan graciosos…
- De todos modos, hay que instruirla – dijo Diatlov – ¿Quién se ocupará de ello?
Todos miraron a Mijaíl.
- ¿Por qué yo? – dijo, molesto.
- ¡Porque tú nos encajaste a esa peste de mujer, y tendrás que hacerte cargo de ella! – respondió Aleksei airadamente. A todos les dio la impresión de que su molestia era un poquito forzada…
- Bueno, Karnakov, quedamos en que mañana por la tarde vas a casa de Ivanenkov y retiras el sobre – dijo Zubovski, haciendo caso omiso a los reclamos de Aleksei – si su marido sigue tan ocupado, instándoles a pasar el tiempo libre juntos, la traes contigo.
Mijaíl asintió de mala gana, frunciendo los labios.
- Supongo que yo no podré estar – dijo Diatlov - ¡Qué lástima! Y que suerte tiene este condenado Mijaíl de poder deleitarse con esa belleza.
- ¡Ya les he dicho mil veces que no tengo nada con esa mujer! Mientras antes podamos sacárnosla de encima, mejor.
~.~.~
- ¡Lenin! ¡Lenin, maldito perro marxista, ven acá!
Las botas del hombre se hundían en el fango, haciendo su carrera pesada y lenta. Su presa le sacaba ventaja.
- ¡No huyas!
Sus compañeros le abrían paso entre carcajadas y burlas.
- ¡Corre, corre, Zar! – gritó Vladislav. Hacía un par de meses atrás, jamás habría osado reírse de uno de los guardias. Pero las cosas habían cambiado de un modo tan abrupto, que a veces les parecía imposible creérselo. Ahora, presos y guardias hacían mofa de Oleg en conjunto.
Oleg gruñó por toda respuesta y continuó su carrera tras el cachorro siberiano, llamado "Lenin" por los guardias, y "Zar" por los prisioneros, en un intento infantil de ofenderse mutuamente. Se trataba del mismo perrito que Oleg había quitado a Vladislav, haciéndole creer que le había ahogado. Pero Oleg, un hombrón rudo, de rostro intimidante, cubierto de bigotes y barba abundante e hirsuta, cruel con los humanos, era absolutamente incapaz de dañar a un cachorro. El animalito era ágil, y la salchicha que acababa de robar a Oleg le animaba más en su carrera. Dio un brinco impulsándose en sus patas traseras.
- ¡Te tengo! – Oleg se lanzó al suelo con los brazos estirados para cogerlo en el aire, pero calculó mal, y sus seis fut y un cuarto de largo y cinco pud(2) y medio de humanidad acabaron de bruces sobre la tierra húmeda. Casi se golpeó la nariz contra los únicos zapatos femeninos del campamento. Al mirar hacia arriba vio al animalito acomodarse entre los brazos de Anastasia. Oleg se arrodilló, y observó, desconsolado, cómo la salchicha desaparecía entre sus pequeñas pero hambrientas fauces - ¡Oh… mi salchicha! ¡Y usted le ha permitido engullirla, madrecita! Al menos repréndalo por lo que ha hecho. Muy perro será, pero hay que educarlo como corresponde.
- ¡Chico malo! – le dijo Anastasia al perrito, golpeándole la nariz con el índice y conteniendo la risa – No vuelvas a hacerlo.
El perrito la miró, levantando una oreja, y terminó de tragar con toda tranquilidad.
- Qué intimidante… - dijo Oleg, resignado.
Anastasia le guiñó un ojo y se dirigió al despacho de Vasiliev llevando al cachorrito con ella.
- ¿Me necesitaba, Piotr Vasiliev? – preguntó asomando la cabeza luego de dar tres rápidos golpecitos en la puerta.
"Lenin", "Zar", o como quieran llamarle, brincó al suelo y fue derecho a mancharle las rodillas al capitán, apoyándole las patitas delanteras barrosas sobre el pantalón. El hombre le acarició la cabeza, mientras el cachorro meneaba la cola con entusiasmo. Supuso que había hecho de las suyas en la cocina, por el inconfundible aliento a salchicha que emanaba de su hocico.
"¿Me necesitaba…?" La inocente pregunta de Anastasia, hecha al descuido, quedó flotando en la mente del hombre. Pues sí,se dijo a sí mismo. La necesito de todas las formas posibles en que un ser humano puede requerir a otro, y cada día con más intensidad… Pero usted es demasiado buena para un hombre como yo. Demasiado pura…
Alzó la vista para encontrarse con sus ojos claros risueños y algo maliciosos, y supuso acertadamente, que la bella prisionera acababa de encubrir la fechoría de la mascota.
- Sí, la necesitaba… será sólo un momento, siéntese aquí, por favor – le dijo indicándole la silla desocupada frente a su escritorio.
- ¿Cómo le ha ido en su semana de franco en el pueblo? – preguntó ella, con toda naturalidad. Piotr Vasiliev sabía que aspiraba a más de lo que Anastasia podría entregarle. Sin embargo, le hacía feliz ver que al menos había logrado que su estadía resultara lo menos penosa posible, y que incluso se sintiera segura y protegida en un sitio que para ella debía ser el infierno - ¿Ha descansado? ¿Ha mejorado su madre?
- Me ha ido bien, he descansado y mi madre está mejor – respondió con una sonrisa afable, que hasta hace poco tiempo nadie, ni el mismo, habría pensado que podía esbozar – Además, le he traído algo. Por eso le he pedido que viniera.
- ¿Algo para mí?
- Por supuesto. ¿De qué se sorprende? Al fin y al cabo, ya ha de estar acostumbrada a encontrar flores silvestres en su ventana por las mañanas. Guardias y presos se pelean por cortarlas y dejarlas antes de que usted se levante.
- Son muy amables conmigo… - dijo ella, ruborizándose.
- No… - le replicó el capitán suavemente. Se atrevió a cubrir la mano pequeña que Anastasia extendía sobre la mesa con la suya, y sintió alivio y ternura al ver que ella no la retiraba, ni parecía incómoda por aquel gesto – es usted quien ha sido amable con nosotros, sobre todo considerando cómo la tratamos el día que…
- ¡Oh, para qué hablar de eso! Ya es tema superado para mí.
- Para usted sí, pero no para mí… - Su rostro se ensombreció repentinamente. Anastasia observó un dejo de tristeza en sus ojos oscuros y algo rasgados, indicativos de ascendencia tártara. Ahora se había rasurado la barba, cortado un poco el cabello, y llevaba el uniforme impecable. Anastasia le había reforzado la costura de los botones. Recordó lo estúpido que se sintió al darse cuenta que su reciente preocupación sobre su aspecto personal se debía al interés en ser agradable a aquella mujer. Él, que hasta entonces sólo se había preocupado de si las mujeres le resultaban agradables o no…
- Bueno, bueno… - dijo ella, sonriendo con picardía - ¿Qué me ha traído del pueblo?
Él sacó de su cajón unos cuantos libros y los puso sobre la mesa.
- Pensé que a una dama instruida como usted le haría falta algo para leer…
La expresión de Anastasia se iluminó.
- ¡Oh! – exclamó, tomando los volúmenes entre sus manos - ¡obras completas de Pushkin…! Es como si hubiese adivinado usted que es uno de mis autores favoritos.
- No lo sabía, pero me hace feliz que así sea – dijo él, gratamente sorprendido por la reacción de Anastasia.
- ¡"Almas muertas"! ¿Lo ha leído usted?
- No…
- Tiene que leerlo, se lo prestaré. ¿Sabía usted que esta novela no tiene final? Gogol enloqueció mientras escribía la segunda parte, y la quemó. Una tragedia. Murió unos días más tarde…
- La leeré tan pronto usted la termine. También he traído este, asumo que usted entiende francés. Me parece del tipo de señorita que gusta de la poesía.
- "Las flores del mal"… este no lo he leído, mi madre me prohibió a Bodelaire cuando era pequeña. Decía que era un indecente.
- ¡No me diga que le he traído un libro obsceno…!
- ¡No, no! No es ese tipo de libro. He de admitir que me da curiosidad. Ya le contaré que me ha parecido.
- También… he encontrado esto – dijo bajando la voz, y acercándole un volumen forrado.
Anastasia se tapó la boca con la mano al leer la primera página.
- ¡Pero…!
- No se preocupe, será nuestro pequeño secreto.
- Gracias, Piotr Vasiliev… - dijo la mujer, con los ojos llenos de lágrimas. Guardó en el bolsillo de su delantal la pequeña edición de "El capital".
- No me dé tanto las gracias, que va a gastar la palabra.
Ella rió suavemente y se secó las lágrimas con la punta de su delantal.
- Es que es un gesto hermoso. Lo aprecio muchísimo.
- Eso no es todo… queda algo más – Vasiliev le alargó un periódico.
- ¡Iskra! Es una edición del "Iskra" (3)… ¡cielos! ¿Dónde la ha conseguido? Esto es muy difícil de encontrar.
- Tengo mis contactos – respondió el hombre, con aire misterioso.
Anastasia se quedó pensativa un momento, observando detenidamente la portada del periódico. Vasiliev la miraba embobado, tanto así, que dio un ligero respingo cuando ella volvió a hablar.
- Mire, se me acaba de ocurrir una cosa. Este bandido – dijo señalando al perrito, que corría en círculos tratando de cazarse la cola – necesita un nombre definitivo. ¿Qué le parece si le llamamos Iskra? ¿Me lo permite usted?
- ¿Por qué me lo pregunta, si sabe que nada puedo negarle?
- Yo no pretendía… - balbuceó ella, visiblemente incómoda.
- ¡Lo que pasa es que la tenemos muy mimada! – se apresuró a decir el capitán, intentando de ese modo cambiar el sentido de sus palabras. Sonrió, nervioso – Hemos aumentado las raciones de los presos porque usted no quería comer un zolotnik(4) más de lo que se les daba a ellos. Les hemos dado más mantas porque usted tiró las suyas por la ventana cuando se dio cuenta que ellos sólo tenían una cada uno. Si el enfriamiento que tuvo después de eso hubiese pasado a mayores, todos los habitantes de este penal, y me refiero tanto a presos como guardias, me habrían responsabilizado, y me habrían colgado del mástil de la bandera. ¡No, no se ría! Lo digo muy en serio. Sobre todo porque sus intervenciones en la cocina han sido muy exitosas, además, sabe zurcir la ropa como corresponde. Y por supuesto, toca usted el violín maravillosamente. Así que si le da la gana, ese perro endemoniado se llamará Iskra.
- ¿Le gustaría oír algo en retribución por su amabilidad, ya que no quiere que le dé las gracias? No lo distraeré, tocaré mientras revisa sus papeles.
- Vaya por su violín. Aquí la espero.
Ella salió tan rápido como había entrado, pero le costó cerca de veinte minutos volver. El capitán vio por la ventana como cada cinco pasos se le acercaba alguien que la saludaba ceremoniosamente quitándose la gorra o haciendo reverencias diciendo "¡Buenos días, madrecita!", y la detenía para conversar. Supuso que el cocinero le consultaba sobre el menú de la semana entrante, que Kostoglotov le pedía consejo sobre cómo contentar a su caprichosa mujer, cuyo amor parecía haberse enfriado con la distancia, y Rusanov le consultaba sobre el color con el que habrían de pintar su cuarto, pues se había decidido que la estancia ocupada por Anastasia debía ser más femenina y acogedora.
- ¡Pobre Kostoglotov! Su mujer es terrible… - dijo alegremente apenas volvió a entrar al despacho. Pero en seguida su faz se tornó melancólica – Me recuerda a mi hermana.
- Aquí todos sufrimos de nostalgia.
- ¿Qué quiere escuchar? – preguntó Anastasia, intentando sacudirse la pena de encima.
- Algo que la haga sonreír.
Anastasia se mordió el labio inferior y miró hacia arriba. Vasiliev ya sabía que hacía ese esto cuando trataba de decidir algo. A estas aturas, Vasiliev había memorizado todos esos pequeños gestos inconscientes, y atesoraba en su memoria hasta el más ínfimo detalle de su fisonomía.
- Ya lo tengo… espero que esto le agrade.
- Claro que sí… eso es de Borodin…
- Lo conoce usted…
- Por supuesto. No sería ruso si desconociera las danzas polovtsianas.
Vasiliev olvidó en seguida sus papeles y se dedicó a contemplar a la violinista, como ya era su costumbre. Ella cerró los ojos y sonrió, como siempre hacía interpretaba una pieza, pero poco a poco su alegría se esfumó. Su ceño se contrajo en un gesto doloroso, mas no dejó de tocar. Vasiliev también se sintió invadido por una poderosa sensación de tristeza y melancolía.
- "Tam pod govor moria…" (Allí, donde envueltas en el murmullo del océano) – susurró el capitán, casi sin darse cuenta. Anastasia se sobresaltó al oírlo, pero ni abrió los ojos ni interrumpió su interpretación – "Dremliut gory v oblakaj. Tam tak yarko solntse svetit, rodnye gory svetom zalivaia…" (Las montañas, coronadas de nubes, sueñan. Allí, donde el sol resplandece alumbrando nuestras colinas nativas)
Dos lágrimas se deslizaron por las mejillas de la mujer. Sus labios temblaron ligeramente.
- Nastia… - la llamó él en un murmullo apenas audible, sin darse cuenta, en ese momento, de que le daba un trato demasiado cariñoso y de excesiva confianza – Nastia, míreme…
Ella abrió lentamente los ojos. Ambos sostuvieron una triste mirada.
- Deténgase. Mire lo que ha hecho… ¿Por qué escogió una canción que la puso tan triste? ¡Por poco y me hace llorar también a mí!
- Nunca pensé que fuera a producirme este efecto… perdone – dijo ella. Dejó su violín dentro del estuche.
- No se lo estoy criticando. Es sólo que no me gusta verla así. No quiero que nada la haga sufrir. Sé que es difícil estando en un sitio como este…
- Para estar en un sitio como este, vivo muy tranquila, capitán. Ya ve que le he hablado de mi hermana. Esta canción me la recuerda.
- ¿La extraña?
- Sí. Pese a que no nos llevábamos bien. Traté muchas veces de acercarme a ella, pero siempre sentí que me rechazaba. Nunca comprendí por qué.
- Mmm… - murmuró Vasiliev – Pues debe tener un muy mal temperamento si se parece a la mujer de Kostoglotov… no conoceré yo a esa zo… eh… perdone…
- Ya ve, aunque nuestra relación nunca fue la mejor, la extraño. Ni siquiera alcancé a verla cuando me trajeron de Viena. Esta canción me recuerda cuando éramos pequeñas. Alguna vez tuvimos buenos momentos juntas. Ahora todo está tan lejos.
- Sí… - dijo él, y llevado por un impulso irresistible, tomó las manos de la violinista entre las suyas – Todos estamos… muy lejos de casa. La soledad consume el espíritu. No quiero que a usted le suceda. No quiero que llegue a los niveles a que hemos llegado nosotros…
- Eso no sucederá. Se lo prometo – dijo, intentando sonreírle – Fue un mal momento, ya ha pasado. Si bien estamos lejos de casa… todos nosotros seguimos siendo rusos aún…
- Sí… y pareciera que solo con su llegada lo hubiéramos recordado – dijo Vasiliev – La forma en que vivimos ahora es un pequeño milagro. Y todo se lo debemos a usted.
- ¡Hará que me sonroje!
- Pues sonrójese entonces. Es la verdad.
Se quedaron en silencio. Al cabo de un rato, Vasiliev, que no había cesado de contemplarla con disimulo, le hizo una pregunta que le rondaba en la cabeza desde hacía mucho.
- Dígame una cosa… ¿Por qué una mujer de su clase terminó involucrándose con los bolcheviques?
Ella se sonrojó y ocultó el rostro. Eso dejó las cosas muy en claro para el capitán.
- Fue por un hombre, ¿no es cierto? – preguntó, ofuscado. Se levantó y preparó dos tazas de té, sin preguntar a Anastasia si deseaba beber. No quería que ella notara sus celos absurdos. Pero ¿Cómo no sentir celos de quién motivara a aquel ángel a un sacrificio semejante? - ¿Por quién lo hizo? – preguntó, dándole aún la espalda.
Anastasia no respondió en seguida.
- Por un hombre que nunca correspondió a mis sentimientos…
- ¿Qué no la correspondió nunca, dice? – exclamó Vasiliev, en el colmo del asombro. Puso las tazas en la mesa y volvió a sentarse frente a la prisionera - ¿¡Y quién diablos es semejante pedazo de idiota! ?
- A… Aleksei Mijaílov… - respondió ella, colorada como un tomate maduro.
- ¿Mijaílov, ha dicho? ¿No era ese el hermano pequeño del famoso violinista que resultó ser un revolucionario?
- El mismo. Me involucré con sus compañeros para intentar liberarlo…
- Pero el rescate fue un desastre. Me admira su entereza, él está muerto, y sin embargo usted… - Vasiliev notó que los ojos de Anastasia refulgían con una intensidad que nunca antes había contemplado en ellos, con una alegría casi salvaje. Y tuvo una sospecha que rápidamente se transformó en certeza - ¡Dios Santo! ¡Aleksei Mijaílov está vivo!
Anastasia comprendió que su reacción había sido muy evidente.
- ¡No, no es así!
- No tiene necesidad de mentirme. Además, usted no sabe mentir. El amor que siente la ha delatado… pero no se preocupe. Ahora tenemos dos pequeños secretos…
~.~.~
- Katiusha, ya puedes retirarte.
- ¿Va a salir la señora? – preguntó la criada, mirando con suspicacia a su ama y al guapo oficial que la visitaba con el consentimiento de su propio marido.
- Sí Katiusha. Estaré fuera toda la tarde. Y ya he avisado al señor, para que no vayas con chismes – replicó Antonina, gélidamente – deja el té y retírate.
Apenas la muchacha se hubo marchado, Antonina sacó la cigarrera de su manguito, la abrió, y le mostró el documento de supuesta importancia trascendental. Mijaíl alargó la mano para cogerlo, pero ella lo quitó de su alcance.
- ¿Sabes qué es esto? – preguntó mirándolo dulcemente.
- La lista de infiltrados de la policía militar – respondió él. Creyó necesario dirigirle un cumplido – Lo has hecho muy bien, Antonina…
- Claro que lo hice bien. Les dije que lo haría. Es una lástima que mi esfuerzo haya sido en vano… - y sorpresivamente, le abofeteó con la misma mano que sostenía el sobre - ¡Porque esa rata de Diatlov, si es que así se llama, me entregó un papel en blanco! ¡Nada más tuve que ponerlo a trasluz para darme cuenta! ¿Qué se han imaginado? ¿Me están tomando el pelo?
- No… - Mijaíl se sobó la mejilla. La reacción de Antonina le había tomado por sorpresa, y le hizo hervir la sangre. De tanto negarse lo que sentía había olvidado la facilidad que ella tenía para provocarle esa sensación de rabia, deseo, frustración y ternura. Se contuvo, a duras penas – No es eso… teníamos que probarte antes…
Antonina se le fue encima como una gata engrifada y le golpeó el pecho con las manos empuñadas.
- ¡Idiota! ¿Cómo se atrevieron a hacerme esto? ¿Qué no sabes el susto que he pasado? ¡No! ¡Suéltame! ¡Granuja! ¡Debería entregarlos a todos! ¡Miserables comunistas!
Él la redujo con mucho esfuerzo. Logró inmovilizarle las manos detrás de la espalda, pero ella intentaba soltarse furiosamente.
- ¡Cállate, loca! ¿Quieres que venga toda la servidumbre?
Antonina se tranquilizó un poco, aunque su respiración seguía siendo jadeante. Lo miró enfurecida. Al inmovilizarla de esa forma Mijaíl la había pegado completamente a su cuerpo, y ahora tenía su rostro a corta distancia del suyo. Y tarde recordó que cada vez que ella se enfurecía, a él le entraban unas ganas terribles de besarla con violencia. Ella también pareció recordarlo, pues sus ojos se tornaron seductores y lujuriosos. Entreabrió la boca y se empinó en la punta de los pies, acercándose lentamente.
- ¡Señora! ¿Está bien? ¿Necesita algo?
Mijaíl aprovechó la interrupción de la sirvienta, que golpeaba la puerta repetidamente, para huir de los brazos de su ex amante. Había estado a punto de caer tan fácilmente, que llegaba a darle vergüenza.
- ¡Sí, Katiusha! – respondió Antonina, iracunda al ver como una oportunidad se le resbalaba entre los dedos como arena - ¡Vete, mujer, vete!
Cuando le miró de nuevo, ya estaba distante y frío como de costumbre. Al menos, externamente.
- ¿Y bien? – dijo él – ¿Vienes conmigo?
- Voy por mi abrigo – respondió ella, abandonando su juego de seducción. Sabía que ser hostigosa sería contraproducente. Al menos, al tenerlo cerca, siempre habría nuevas oportunidades.
Antonina estuvo silenciosa casi todo el camino, ofuscada aún por, según ella, haber hecho el loco.
- Aleksei no vendrá esta tarde – comentó Mijaíl cuando detuvieron la troika frente al edificio donde vivía Zubovski – tenía una misión especial fuera de la ciudad.
- Por mi mejor, así menos tengo que verle la cara… - dijo Antonina, ásperamente.
Mijaíl se encogió de hombros. La inquina de su amigo y su ex amante (¡ex, ex, ex!) le parecía de lo más ridícula. Sin embargo, antes de golpear la puerta escuchó hablar a Mijaílov.
- ¿Ese no es Aleksei? – preguntó Antonina.
- Eso parece… esto es extraño.
- …entonces eso quiere decir que los capitalistas están tramando algo en nuestra contra… - le oyeron decir. Zubovski les abrió la puerta y les invitó a pasar.
Efectivamente, Aleksei se encontraba en casa de Zubovski. Y no sólo él, además, sentada a la mesa había una muchacha de alborotada melena rubia, que vestía como varón. Ambos la miraron sorprendidos. A Antonina se le hizo cara conocida.
- Es tal como les he dicho. Ese tal Kerenski, Ustinov y los suyos hablaban de acercarse al marqués Yusúpov – decía la muchacha cuando Antonina y Mijaíl entraron al comedor – Creen que Rasputin está detrás del homicidio de su padre, de su destitución como comandante de la guardia de la villa de los zares y su destinación al cuerpo de defensa de San Petersburgo, e incluso de su divorcio de la sobrina del zar… Algo sucio están tramando, y quieren involucrarlo. Por eso les pido, por favor, que avisemos a Leonid…
¡Pero si es la muchacha que estaba en casa de los Yusúpov! ¡La que resultó herida el día que Misha lanzó una bomba sobre su carruaje y luego me besó dentro del coche! ¿Qué demonios hace aquí? ¿De dónde conoce a Aleksei?
Aleksei se levantó violentamente y golpeó la mesa con el puño, haciendo tintinear las tazas de té sobre sus platillos.
- ¡Es que no puedes dejar de repetir su nombre! ¿¡Tan preocupada estás por él! ? ¿No te das cuenta contra quién luchamos? ¡Leonid Yusúpov también es nuestro enemigo!
- Pe… pero Aleksei… - balbuceó la muchacha – no puedo permitir que le hagan daño…
- ¡Tu querido marqués, por si no lo sabes, me atrapó personalmente y le debo todos los años que pasé en Siberia! ¡A mí me importa un carajo lo que le suceda, para nosotros estaría mucho mejor muerto!... Es el mejor hombre con el que cuenta el zar, y ha causado estragos en nuestras filas... Si mi relato de cómo nos aplastó en Moscú no te basta, tengo un camarada que puede darte los detalles de cómo los embaucó en Perm, de las cifras de muertos en esa masacre y de los capturados vivos y posteriormente ejecutados. ¡Si tantas ganas tienes de verle, haré ahora mismo que te lleven a su lado, de donde nunca debiste salir, siempre y cuando no te vuelvas a aparecer ante mi vista!
Aleksei salió raudamente del departamento. Estaba tan furioso, que ni siquiera reparó en Antonina y Mijaíl. Pero ella sacó rápidamente muchas conclusiones interesantes de lo que acababa de ver.
- ¡Aleksei! – le llamó la muchacha, y rompió en lastimeros sollozos al ver que él no se detenía- ¡Aliosha, no te vayas!
Zubovski salió tras su amigo.
- Pero hombre, no te pongas así… - le oyeron decir – es natural que esté preocupada… ella no entiende todo lo que está pasando, sé comprensivo…
¿Comprensivo? Un hombre celoso es cualquier cosa menos comprensivo. Y a Aleksei lo están matando los celos… Esta muchacha le conoce y le ama también. Si logro reunirlos… será como acabar para siempre con todas las ilusiones que Anastasia tenía con él…
- ¿Qué diablos ha sucedido? ¿Quién es ella? – preguntó Mijaíl a Galina, que trataba de consolar a la muchacha.
Antonina se dispuso a escuchar la explicación de la dueña de casa, sonriendo malignamente.
- Su nombre es Julius. Había venido desde Alemania siguiendo a Aleksei. Ha tenido un accidente y sufre de amnesia. Vivió varios años en casa de los Yusúpov, al parecer el marqués le ha revelado su identidad al fin, enviándola de vuelta a Alemania, y convencido de que Aleksei ha muerto. Camino a Moscú sufrió una emboscada, fue rescatada por Ustinov, en cuya casa se enteró de este complot. Hasta donde sé, Ustinov es un burgués acaudalado que en su tiempo colaboró con los mencheviques, por la época en que Fiodor y Aleksei decidieron irse con los bolcheviques a Moscú… Al parecer ahora ha vuelto a cambiar de bando y está con este tal Kérenski. Julius escapó y volvía a San Peterburgo para advertir al marqués Yusúpov cuando se topó con Aliosha.
Mijaíl se sentó y se rascó la cabeza, intentando digerir el exceso de información que acababa de recibir. Antonina, en cambio, había reaccionado mucho más rápido. Se sentó junto a Julius y le acarició el cabello maternalmente.
- Creo que nos hemos visto alguna vez, pero dudo que me recuerdes…
Julius la miró, y negó con la cabeza.
- Mi nombre es Antonina. Soy la hermana de Anastasia Kulikovskaia.
Julius hizo un esfuerzo por recordar.
- Sí… su hermana intentó hablarme de Aliosha hace algún tiempo… en el teatro Marinski...
- ¿En serio? Vaya… Mira… no te preocupes por la reacción de Aleksei. Él es así, un poco… bruto.
- ¡Yo sólo quería ayudar!
- Lo sé, lo sé… pero pronto se le pasará. ¿No lo ves? ¡Está celoso! ¡Terriblemente celoso!
- ¿De verdad lo cree? – dijo Julius, serenándose un poco al recibir una pequeña esperanza.
- ¡Claro que sí! Y deja de tratarme de "usted". Llámame por mi nombre.
- Está bien… Antonina…
- Ahora, cálmate y bebe el té. Yo conozco bien a Aleksei. Le conozco desde pequeño. Y te ayudaré con él.
~.~.~
- ¿Ocúpate de tus asuntos, quieres? Y de traer la información que te hemos pedido.
- ¡En eso estoy! Calma, calma… sólo quiero ayudarte…
Aleksei miró a Antonina con recelo. Había pasado una semana desde la aparición de Julius. Se encontraban en el piso que ocupaba el ex-presidiario. Esa tarde, él era el encargado de darle instrucciones, debido a que Mijaíl no se encontraba en la ciudad.
- Tú no quieres ayudarme. Algo tramas. Me detestas tanto como yo a ti.
- Eso no es verdad, Aleksei… ya estamos creciditos para aferrarnos a esas odiosidades infantiles…
- Pues no veo qué tanto te interesa lo que suceda entre Julius y yo…
- Pasa que me he enamorado por primera vez, y el amor cambia a la gente. Y aunque Misha no quiera estar conmigo… me alegra que otras personas que se aman puedan disfrutar de estar juntas. Tú amas a Julius…
- ¡No la he visto en años!
- …y ella, evidentemente, te ama a ti.
- ¿Si me ama a mí, por qué se preocupa tanto de Yusúpov? ¡Le debo mi desgracia a ese hombre y Julius no hace más que hablar de él!
¡Definitivamente está celoso! Aunque la haya abandonado hace años, salta a la vista que nunca la olvidó. Y ahora, saber que su peor enemigo ha cuidado de ella durante todo este tiempo... que ella le quiere y se siente agradecida con el hombre que lo envió a Siberia... ¡Uf! No me gustaría estar en sus zapatos. Pero puedo sacar provecho de esta situación...
- Julius está confundida. Piensa que durante todo este tiempo, ha creído que él la protegía. Esa familia era todo lo que tenía. Ha de ser doloroso renunciar a ellos… pero lo hizo ¡Y lo hizo por ti! ¿Qué otra prueba de amor más grande puede haber que renunciar a todo por el ser amado? Por otro lado, no puedes tenerla viviendo con Galina y Fiodor eternamente... Deberías llevarla a vivir contigo, Aliosha...
- ¿"Aliosha"? ¡Nunca me habías llamado así! Algo estás tramando… - repitió Aleksei – y ya es hora de que te vayas. Hemos terminado por hoy.
Cogió su violín y le dio la espalda. Antonina puso su abrigo, y ya se marchaba, cuando él comenzó a tocar. Se quedó petrificada, de pie en medio del modesto saloncito. Y volvió a sentirse triste, muy triste…
- ¿Qué, aún no te largas? – le dijo Aleksei sin dejar de tocar, al darse cuenta de que ella permanecía aún en su casa.
- Borodin… - dijo ella.
- Sí, las danzas polovtsianas… ¿Qué tiene de especial?
Antonina, en vez de responderle, canturreó suavemente.
- "V dolinaj pyshno rozy rastsvetaiut. I solovi poiut v lesaj zelionyj …." (En los valles florecen rosas espléndidas. Los ruiseñores cantan en los verdes bosques)
Aleksei la miró boquiabierto. Antonina parecía estar a punto de llorar. Y esta vez, la emoción era real.
- Sigue, sigue – dijo ella, cuando él se detuvo.
Aleksei continuó.
- "…, I sladki vinograd rastiot.Tam tebe privolnei, piesnia, ty tuda i ulietai" (… y crecen las dulces uvas. Allí, magnífica y espléndida canción, ¡vuela hacia allá!) – terminaron ambos de cantar los últimos versos.
Aleksei continuó tocando la parte musical hasta terminar la pieza. Antonina le miraba sonriendo, pero parecía ver más allá de él.
- ¿Sabes? Ella toca mejor que tú.
(1) Acá va un video de la ópera: www.youtube.com/watch?v=t8C8frqCKKg&feature=relatedwatch?v=YfHPHLmP5Bs, una versión pop de Natasha Morozova que me gusta mucho (escuchando esta versión se me ocurrió este capítulo) www.youtube.com/watch?v=oKNmEKGiZ74 y una versión muy bonita en viola: www.youtube.com/watch?v=K_uixt5xLXs
(2) El fut equivale a 30,5 cm. y el pud equivale a 16,3 kg., por lo tanto, Oleg mide 1.90 metros, y pesa 90 kilos aprox.
(3) Periódico publicado por revolucionarios rusos en el exilio, entre 1900 y 1905.
(4) Un zolotnik equivale a 4 gr., más o menos.
Bueno, este es mi fic menos leído, pero es el que más me gusta. Así que por culpa de este fic las otras tienen actualizaciones lentas. Y es definitivo, esta historia se alargará bastante, porque para variar, nada más empezar a escribir se me aparecen otros personajes que cobran relevancia, como el capitán del recinto penal, Alexei y Julius. No pensé que me entretuviera escribir sober Alexei, porque como personaje nunca me interesó mucho, pero enfrentarlo con su enemiga de la infancia ha salido divertido. A Yusupov no tengo pensado incluirlo, porque si lo hiciera, sé que terminaría escribiendo exclusivamente sobre él (L)
