VI.

No tenía sentido ir al pueblo en sus días de franco después de la muerte de su madre. Anastasia insistió en que salir del penal le haría bien, pero él no estaba totalmente convencido. Llegado el día de permiso aún no había definido qué hacer, cuando de pronto recordó que entre el pueblo y el penal había varias decenas de verstas. ¿Por qué no acampar en los bosques? Anastasia estaba encantada. Habló con entusiasmo del poder curativo de la soledad en la naturaleza. Y él comprendió que era lo correcto al darse cuenta que la idea de separarse de ella por un par de días no le molestaba en absoluto.

Anastasia le había preparado una cesta con abundante merienda, omitiendo deliberadamente el alcohol, pero Vasiliev sólo llevó consigo unos pocos alimentos y abundante agua, dejando lo demás. Sólo le inquietó verla un poco demacrada, algo a lo que ella restó importancia.

- Sólo hago lo de siempre – repuso cuando él le sugirió que posiblemente se esforzaba en exceso haciendo muchas cosas – ayudo un poco en la cocina, zurzo la ropa, toco algo de música, comparto con la gente, nada más.

"Comparto con la gente…"

Eso era, pensó Vasiliev mientras armaba su pequeño campamento junto a un riachuelo.

Se pasa el día completo escuchando las penas de todo el mundo ¿A eso le llama compartir? Aquí cada quién ha tenido una vida de mierda, y mi pobrecita Nastia no es ni stáritsa(1) ni psiquiatra.

Solía pensar en Anastasia como "suya" de un modo muy particular. No como alguien a quien podía doblegar a voluntad. No, era algo distinto, inexplicable con palabras. Etéreo.

Sí, ella tiene esa cualidad que no es de este mundo. Quizás sí podría ser una stáritsa después de todo…

Encendió una fogata. Pronto caería la noche.

pero aún así, todos le exigimos y ella no se mide en nada. No puede transformarse en guía de almas descarriadas si no es capaz de diferenciar entre sus sentimientos y los de los demás. No, no lo hace en absoluto. Absorbe el bien y el mal, la felicidad y el dolor ajenos como una esponja. ¡No lo sabré yo…! Y lo que sobra en ese sitio es la miseria humana.

Lo tenía muy claro, pues a esa primera y tormentosa confesión habían seguido muchas otras. Ella escuchaba con paciencia y sugería con gran empatía. Pero ahora veía que mientras él se aliviaba, ella se desgastaba poco a poco. Nada de lo que tuviera por decir era fácil de asimilar.

Ya ha sido suficiente… de regreso pondré orden en este asunto. Se acabó lo de ir a llorarle en masa y acosarla en todos sitios. ¡Hace una semana la encontré hablando con Rusanov a las tres de la mañana! Estaban sentados en la puerta de su cuartito, calentando las manos en un tazón de té. ¡No tenemos ningún respeto por su tiempo ni su intimidad! Esta situación ha llegado a niveles vergonzosos…

Por supuesto, tendría que partir dando el ejemplo, pues era precisamente él quien más tiempo pasaba con Anastasia. Se propuso requerirla menos y escucharla más. Suponía que debía haber otros dolores en su vida aparte de su amor no correspondido, pero no se había atrevido a preguntar. Ni por eso ni por ninguna otra cosa. Quizás hacerlo no fuese mala idea…

Luego de tomar esta decisión, dedicó el tiempo restante a sí mismo. Pese a la ausencia de otro ser humano en varias verstas a la redonda, Piotr Vasiliev no se sentía solo. Observaba detenidamente el fuego, y en su crepitar, en los sonidos que le traía el bosque, sus pensamientos adquirieron una extraña claridad. Ya fuese allí, o mientras miraba las estrellas recostado en sus mantas, o cuando vadeaba descalzo el riachuelo de aguas heladas. Poco a poco su triste existencia fue cobrando un sentido único exclusivamente suyo. Cada hecho se concatenaba con otros, y él los veía ante sí como si formaran un inmenso mapa de pequeños sitios unidos por centenares de caminos. Desde que asumiera su arrepentimiento por haber cometido tantas bajas acciones, y por primera vez desde la muerte de su madre, podía mirarlas sin sentir ese dolor paralizante que no le había abandonado ni por un momento. Incluso la violencia que había ejercido despóticamente contra otros adquirió sentido. Los hería porque se odiaba. Y como había dejado de odiarse, la violencia se había esfumado. Se sentía ingrávido y libre, aunque intuyó que de vuelta a su rutina habitual estos sentimientos se atenuarían, y era probable que le quedase aún largo trecho por recorrer.

¿Cómo ha sucedido esto tan rápido? No soy el mismo sujeto que hace un año atrás, pero a la vez, lo soy. Quizás no ha sido sólo ella. Quizás es verdad que desde hace un tiempo quería cambiar. Sí, en el fondo me resistía a mi forma de vida, pero no sabía cómo podía abandonarla, o qué encontraría después. Y ella lo ha visto, y simplemente supo lo que debía hacer.

Probablemente también sepa qué hacer en el caso de cada una de esas sabandijas, pero aún así, necesita un respiro…

A su regreso se encontró con que había llegado el médico de reemplazo que esperaban hacía casi un mes. Después de saludarlo, maldijo la exasperante burocracia rusa con un ánimo que no se condecía con sus quejas.

El doctor Kazimir Gólubev era un sujeto robusto, de mediana edad, de pajizo y rubio cabello. Su aspecto en general podía definirse como desabrido. Había estado destinado a distintos penales a lo largo de su vida profesional, y tenía esa mirada ausente de quienes optan por hacer ojos ciegos y oídos sordos a la injusticia y la brutalidad con tal de no acabar perdiendo la cordura.

Este penal tenía particular mala fama, y ni hablar del capitán que estaba a cargo. Gólubev quedó literalmente boquiabierto cuando lo recibió un cortés suplente. En su recorrido por el recinto, notó que los presos tenían buen aspecto, y que desarrollaban sus trabajos forzados con relativa tranquilidad. Las labores eran duras y exigentes, pero los guardias no les hostigaban como era lo usual, limitándose a vigilarlos. Raciones de comida adecuadas, vestimentas bastante aceptables, y buena ropa de abrigo. Todo indicaba que no existía la habitual fuga de recursos por parte de oficiales corruptos. El acabose fue por la tarde, cuando le llevaron a inspeccionar las barracas donde los prisioneros terminaban su cena, la que era amenizada por una reclusa que tocaba "Kalinka"(2) magistralmente en violín.

Le bastó conversar diez minutos con la señora Kulikovskaia para comprender lo que había sucedido. Su historia era ampliamente conocida, pero Góbulev ignoraba que había sido enviada a este lugar. Sin embargo, y por más extraordinario que fuese el carácter de la mujer, lo que había logrado en ese sitio olvidado de la mano de Dios era lisa y llanamente un milagro.

De modo que cuando al día siguiente llegó el capitán Vasiliev, al médico no le sorprendió encontrarse con un hombre de modales toscos pero de impecable amabilidad, quien nada tenia que ver con el ogro inhumano que le habían descrito cuando pidió sus referencias.

Mientras Vasiliev le ponía al tanto de sus futuras labores, reparó en un enorme guardia de negra barba hirsuta, que, sentado a la sombra de un árbol, lanzaba una pelota de trapo a un perrito mezcla de siberiano con cualquier cosa, y luego le rascaba la panza entre alegres risotadas mientras el cachorro meneaba la cola de espaldas sobre la tierra.

~.~.~

Estúpido mujik…

Antonina resopló furiosa y arrastró el pesado bolso un peldaño arriba y otro más. La cestita se balanceaba peligrosamente enganchada en su brazo derecho.

¡Negarse a subirme los bultos tres pisos! ¿Cómo esperaba que lo hiciese yo sola? Qué mala voluntad, qué falta de educación… A eso ha llegado este país, un nido de bolcheviques que no tiene la más mínima decencia ni respeto por nada…

Agotada, se sentó lo más elegantemente que pudo en las escaleras de madera astillada y reseca. El entorno no colaboraba con su afán de conservar su aspecto de dama, ni tampoco el viejo vestido gastado que usaba para pasar desapercibida.

Frunció el ceño al no poder espantar la imagen del cochero riéndose en su cara y lanzándole el bolso por la cabeza luego de recibir su paga, cuando ella le ordenó que cargara su equipaje. Inevitablemente rememoró a Mijaíl gritando a los cuatro vientos que sólo la ayudaba por dinero y que se podía meter su alcurnia por donde mejor le cupiera. Lo mismo que la noche de la emboscada. ¡Tratarla de furcia! ¡Delante de todo el mundo, para peor!

Maldito desgraciado…

Tomó aire y continuó su trabajosa marcha.

Me debe el pellejo y para él es como si tal…

Una rata cruzó el peldaño rozándole el pie y ella dio un chillido ahogado.

¡Pero qué inmundicia! ¿Cómo se puede vivir así?

Ya solo le restaban diez peldaños y medio pasillo.

Pedazo de alcornoque, sabandija miserable… ¡Lo odio! ¡Y ojalá pudiera odiarlo más de lo que le amo! Debí haberlo matado cuando pude… Todo lo que me habría ahorrado. Ahora es tarde. Estoy hasta el cuello con esta gente… con él…

Casi al frente de la puerta tropezó y apenas alcanzó a atrapar al vuelo un trozo de queso que saltó de la cesta.

Ni siquiera es tanto lo que pido. Que me quiera. Nada más. Hasta le toleraría su absurda revolución, al menos al principio para que se quede tranquilo y luego ya veremos… pero así como van las cosas, tendré que conformarme con verlo de vez en cuando.

La verdad es que iba por su propia voluntad, y ni siquiera la esperaban. Iba porque se sentía sola. Iba porque necesitaba hablar con alguien. Golpeó la puerta.

- Galina Zubovskaia, ¿está en casa? – dijo suavemente al oír unas pisadas ligeras y dubitativas detrás de la puerta – soy…

La puerta se abrió. No era la primera vez que le reconfortaba la visión de esa figura menuda de mirada limpia.

- ¿Ha sucedido algo…?

- No, yo solo… necesitaba hablar con su marido.

- No está en casa.

- ¿Puedo… puedo esperarle? Es importante.

- Claro…

- Además le traje algunas cosas.

Galina reparó en el voluminoso bolso a los pies de la mujer, en la cestita, en su cara enrojecida y su respiración agitada.

- ¿Algunas… cosas?

- Sí, unas cosillas, para usted.

Ambas se sonrieron con timidez.

- Qué descortesía, pase, pase…

Julius se acercó y entró el bolso y Antonina dejó la cesta sobre la mesa del comedor. Aunque los pasillos del edificio estaban mugrientos, dentro del pequeño departamento se respiraba limpieza. Todo el mobiliario era viejo y tosco, pero no había una partícula de polvo, un plato sucio o alguna cosa fuera de lugar. Era agradablemente acogedor.

- Espero que no le moleste… - dijo Antonina mientras hurgaba dentro del bolso – bueno… le he traído unos vestidos maternales, para más adelante.

Los ojos de Galina se abrieron de par en par.

- ¡Qué bonito…! ¡Mira, Julius, que preciosos son!

Julius estiró uno de los vestidos apoyándolo en la espalda de su amiga.

- Parece que es de tu talla, a lo más habrá que hacerle un pequeño ajuste.

- También vienen botines para las dos… estos chales… ¡Y un ajuar para el bebé!

Las mujeres estiraron las ropitas sobre la mesa, encantadas de la vida.

- ¡Qué monada!

- Y para que no vaya al mercado con estos fríos… algo de queso, legumbres, arroz, embutidos, fruta y verdura fresca. ¡Tiene que alimentarse mejor! La veo muy pálida, ¿eh?

Galina se empinó para besarla en ambas mejillas, con su carita radiante de alegría. Antonina se preguntó qué edad tendría. Tan baja y menudita, con ese rostro redondo de ojos grandes y castaños parecía poco más que una adolescente. Pero de seguro era algo mayor de lo que aparentaba.

- ¡Gracias!

- No tiene por qué. No es nada.

- Cuando se ha tenido poco, todo se agradece… Mire… La verdad es que no sé a qué hora llegará Fiodor, si es que llega. Con ese asunto de los desertores de la Guardia Imperial de la Villa de los Zares… pero de todos modos, puede quedarse a comer con nosotras, ¿cierto, Julius?

- ¡Claro! Y con lo que ha traído podemos arreglar bastante la cena.

- Sí, menos mal, que estaba algo escuálida – acotó Galina con una sonrisa.

- ¿Irá a venir Mijaíl? – dijo la aristócrata luego de aguantarse la pregunta un buen rato – No le veo desde la emboscada… - añadió en voz baja – Los últimos informes se los he entregado a Kolia, le veo seguido como se ha vuelto el pintor de moda y no se pierde baile ni fiesta…

Por la mirada de entendimiento que Julius y Galina intercambiaron, supuso que la alemana había puesto al tanto a su amiga del grosero comportamiento de Mijaíl.

- No lo creo – dijo Julius tristemente – Como ya sabe están siendo muy precavidos. Aliosha tampoco ha venido en mucho tiempo. Sólo se juntan en la imprenta u otros lugares específicos de reunión.

- Ese par de cabezas de chorlito – dijo Galina, sacándoles una sonrisa – no es por eso que no vienen. ¿Cómo Kolia aparece a escamotearme el vodka cada dos por tres? A la próxima lo correré a escobazos…

- ¡Vaya, con lo que alardean estos hombres de ser entregados a la causa! – refunfuñó Antonina.

- Es que Nikolai es especial… - dijo Julius – es un artista…

- Un hombre sensible… - añadió Galina.

- ¡…Que gusta de la buena vida y la poca vergüenza! – rió Julius.

- "Pero es un camarada" – Galina imitó la recurrente defensa que su esposo hacía del pintor cada vez que se salía de madre, poniéndose los índices sobre los labios para simular bigotes y enronqueciendo la voz – "su entrega a la causa es tan ferviente como la del que más, y arriesga su vida igual que todos nosotros. Dejen que el hombre se beba un cortito de cuando en cuando…" ¡Y al fin soy yo la que acaba financiándole el vicio! ¿O ustedes creen que Fiodor sabe cuánto se gasta y qué se compra en esta casa? Con su corazón de abuela se apiada y me dice… "Galiusha, solcito mío, déjale una botellita a Kolia para cuando venga a cenar…"

- Aleksei y Mijaíl no vienen para no toparse con nosotras, ¿cierto, Galia?

- No, no, fuera esas caras largas, aquí nadie se deprime… Julius, sé paciente… ya hemos hablado antes de esto.

- ¡Lo sé! Pero apenas si me considera para nada… la mayor parte del tiempo no sabemos dónde andan metidos. Fiodor con suerte te cuenta la mitad de las cosas.

- No es que no te quiera, él piensa que es lo mejor para los dos… Ya sabes por todo lo que ha sufrido, para Aliosha es muy complicado.

- Yo sé que te quiere – la interrumpió bruscamente Antonina.

- ¿Por qué estás tan segura?

- Porque cuando te mira pone cara de idiota: es como un perro guardián tentado por un trozo de pollo que no puede comer sin abandonar su puesto.

Antonina hizo su versión de la cara de Aleksei cuando estaba enamorado y luego tranquilizó a Julius asegurando, con algo de pretensión, tener un conocimiento profundo del carácter de Aleksei. Como disfrutaba ser el centro de la atención, se explayó un poco más contando anécdotas de la niñez de su ahora casi amigo, como que era un mocoso desastroso, que no sabía lo que era un peine, que vagaba por todos lados como un gato callejero, que con Misha se trenzaron una vez a golpes peleando por un pajarraco muerto, que para aprender a tocar destrozó tres violines, que tenía malos modales, que era inteligente pero perezoso y pésimo estudiante, que robaba dulces, y que día por medio su abuela le daba una paliza…

- Es casi lo mismo que ahora, no ha cambiado demasiado… - concluyó muy seria, mientras Julius y Galina se desternillaban de la risa – En fin, tú no deberías preocuparte, tarde o temprano entrará en razón… En cambio Mijaíl…

Los ojos se le llenaron de inmediato de lágrimas ante la ola de autocompasión que le apretó el pecho. Entonces se dio cuenta de que había ido porque en ningún otro lugar encontraría apoyo y consuelo. ¿A quién más podía hablarle de esto? ¿A Raisa? "Es que te mueres lo que te voy a contar… el vejestorio de mi marido me tiene aburrida, así que me he conseguido un amante y no me vas a creer, ¡Es su oficial de confianza! Sí, mujer, ese mismo, el guapo de cabello negro y ojos pardos… Y eso no es todo, linda, en realidad es un espía bolchevique. Bueno, y con esto sí te voy a dejar en shock, ¡yo misma le estoy ayudando a pasar información clave del gobierno a los revolucionarios! ¿Qué me dices? Emocionante, ¿no?". Era impensable revelar algo semejante a Raisa o a quien fuera en su círculo social.

- Misha es un cabeza dura – Galina le tomó una mano cariñosamente sacándola de sus pensamientos – le cuesta aceptar que sean tan diferentes. Y por más que se esfuerce por ayudar a sus camaradas, le es difícil pasar por alto que usted no crea en lo que él cree…

- ¿Acaso usted apoya esta locura? ¿No preferiría no tener que esperar a Fiodor todas las noches con el alma en un hilo?

- Yo amo a mi esposo, totalmente. Y lo que cree es parte de lo que es. Comparto sus ideales y admiro su valor y su tesón. Además, si no fuera por sus actividades políticas jamás le habría conocido, pues él y Aliosha enseñaban a leer a los obreros en la fábrica en donde yo trabajaba antes de… antes de quedarme sola.

- ¿Quedarse sola? No la entiendo…

- Soy judía…

Antonina se echó hacia atrás en su asiento.

- ¡Judía!

- Sí. Mi familia fue asesinada durante un pogromo (3) en 1905. Mi madre y mis dos hermanitos… Los soldados los acribillaron frente a mis propios ojos, me ultrajaron y le prendieron fuego al barrio completo. Se marcharon como si nada, como si no fuésemos seres humanos. Por si eso fuera poco, capataz de la fábrica me extorsionaba con revelar mi condición. .Fue por ese entonces que Aleksei y Fiodor se marcharon a pelear a Moscú y allí los apresaron. De modo que perdí a las únicas personas que me apoyaban, y no tuve dónde ir. Acabé en el local de madame Kolv, en la isla Vasielivski. Fiodor me encontró allí cuando salió de prisión. El abrió mi mente enseñándome a leer, abrió mi corazón aceptándome tal como soy… No le importa que sea judía, ni que me haya prostituido, ni que sea una mujer a penas instruida. Me devolvió mi dignidad. Me ama incondicionalmente. ¿Cómo podría pretender que él reniegue de lo que cree? ¿Cómo podría no admirarlo por ser lo que es?

Galina había resumido escuetamente su corta y triste existencia con una calma sorprendente. Porque en sus ojos no había, odio, resentimiento ni dolor. La misma Antonina sintió que su sangre hervía de ira al escuchar tanta atrocidad. La paz que irradiaba Galina en todo momento era algo que escapaba a su comprensión, que la perturbaba pero a la vez la atraía.

- No sé qué decirle…

- No es necesario que diga nada… Le cuento todo esto para que entienda que para mi marido, para Aleksei, para Mijaíl y los demás, el compromiso con la revolución es una decisión de por vida. Yo sólo puedo hablar por mí, pero le digo que no puedo amar a mi marido sin amar sus ideas.

- Yo… yo no puedo hacerlo. No me nace… no tiene ningún sentido para mí.

- Si no le nace, al menos respételo. No intente cambiarlo.

Antonina asintió en silencio. Sonaba simple, pero el asunto no terminaba allí para ella.

- Si aceptara esto, aunque no lo compartiera… y él me exigiera que adopte sus ideas, que piense, que sea como él…

- …entonces Mijaíl estaría intentando cambiarla y eso sería muy egoísta.

- Pues es lo que ha sucedido… desde un principio – murmuró Antonina con desazón. Las palabras de Galia le hacían ver cada vez más claro el abismo que existía entre ella y el hombre que amaba.

- Y ha hecho bien en no ceder.

- ¡Pero yo lo quiero! Aunque sea un… un canalla… un… - tomó aire conteniendo el llanto a duras penas – No puedo vivir sin él, pero tampoco puedo mentir para mantenerlo a mi lado. ¡No deseo fingir ser alguien que no soy!… ¿Es que valgo tan poco que nunca pudo aceptarme así? Yo podría hacer el esfuerzo por comprenderlo. ¡Pero él actúa como si no hubiese cometido ningún error! ¡Cómo si todo fuese mi culpa! Y lo peor es que pese a amarlo también le guardo rencor. Sí, por como se ha burlado, porque he tenido que humillarme y se da el lujo de tratarme con desprecio siendo que fue él mismo quien comenzó todo… y quisiera que me pague cada lágrima, cada disgusto, que sufra en carne propia lo que yo he sufrido… Misha tiene razón, esto está podrido, estuvo podrido desde el primer día… Y sin embargo, no puedo renunciar a él. Es superior a mí… yo… - se interrumpió, sumiéndose en una angustiante desesperación. Pero poco a poco esta sensación fue disipándose, dejando que se abriera paso un pensamiento terrible. Y ella lo dejó salir con un hilo de voz al comprender que de nada le servía barrer la verdad bajo la alfombra - …a veces no sé qué hacer con mi vida. En verdad, nunca lo he sabido. – Al fin lo había encarado. Quizás lo sabía desde hacía años, pero hasta ahora no había tenido el valor de asumir cuán disconforme estaba con su existencia - Si renunciara a él y me alejara de ustedes, ¿a qué voy a volver? ¿Qué tengo? ¡Detesto mi vida! No soporto a mi marido, mi relación con mi familia es tan distante, mi única hermana está en presa en Siberia ¡y ni siquiera tengo amigas verdaderas! Tengo varias mansiones, tierras vestidos, joyas y dinero, y al final, ¿qué es eso comparado con lo que usted tiene? Usted espera un bebé del hombre que ama. Él la mira como si no hubiese nada más hermoso en este mundo. Tiene amigos, amigos leales… y… y cuando la veo a usted… me pregunto por qué yo no puedo tener algo así. Algo limpio, puro, sano…

- Pues no sé muy bien qué decirle. Es verdad que soy una persona afortunada.

Una ex prostituta judía, cuya familia había sido asesinada, que había sido horriblemente vejada, se consideraba más afortunada que ella. Antonina no podía menos que admirarla. Dio otra mirada en derredor, reparó en los zurcidos de su vestido y en sus palmas encallecidas por trabajos demasiado pesados para una mujer. Recordó la rata en la escala y el fervor con que esperaba cada noche a su marido, rezando por que volviera sano y salvo. Y que si no llegaba no se preguntaba si andaba en malos pasos, sino si acaso no estaría tendido en la calle con una bala metida entre medio de los ojos… Abrumada, rompió a llorar desoladamente.

- Eso es, desahóguese… se sentirá mejor… - oyó decir a Julius, que se sentó a su lado y le tomó una mano.

Galina se ubicó al otro lado y atrajo cariñosamente la cabeza de Antonina hacia su hombro. Ella lloró largo rato, hasta que tal como Julius había predicho, se sintió reconfortada.

- Verá, mucha gente me ha hecho daño – dijo Galina – Pero nunca un ser querido me ha hecho sufrir, de modo que no puedo entender a cabalidad lo que usted está pasando y no seré de mucha ayuda… Sin embargo, hay algo que debe comprender. Lo que usted hizo hirió a Mijaíl en lo más profundo del alma. De hecho, nos hirió a todos. Aquellos que terminaron presos o muertos eran nuestros camaradas, nuestros amigos. No será fácil para él superarlo. Pero lo que él le hizo, seduciéndola y utilizándola de ese modo, pues… tampoco tiene justificación. Ambos se han hecho mucho daño y se guardan tanto rencor… Intente olvidar ese deseo de venganza que de nada le sirve.

- ¿Y si yo lo hiciera, usted cree que Mijaíl dejaría de guardarme tanto rencor?

- Yo no sé cómo se puede resolver algo así, mi historia con Fiodor es muy sencilla, y no he amado a nadie más que a él. Pero creo que Misha la quiere… sea paciente y no se dé por vencida. Y cuando desee, venga a visitarnos. Las puertas de mi casa estarán siempre abiertas para usted.

Cuando Fiodor Zubovski llegó a su departamento, le sorprendió oír un coro de alegres risitas femeninas. Galina, Julius y Antonina estaban sentadas a la mesa. Una mesa bastante más generosa de lo habitual. Y le sorprendió aún más la propuesta que le hizo Antonina.

- Me he fijado en la forma en que manejan el dinero. En muchas ocasiones cargan con demasiado efectivo.

- Son pocas las cuentas que podemos manejar sin que sean rastreadas. Y como usted ya sabe, nuestro financiamiento lo obtenemos fundamentalmente de… aportes involuntarios de los grandes capitalistas.

Una linda forma de decir "atracos a los bancos…"

- ¿Y qué le parece disponer de una cuenta bancaria que con certeza no será asociada con ustedes?

- ¿Cómo podríamos obtener algo así?

- Pues, ¿Qué tal una cuenta a nombre de la mujer del jefe de la policía militar?

- ¿A su nombre?

- Claro… yo podría efectuar retiros, hacer ingresos, triangulaciones… sería útil para blanquear los "aportes involuntarios" de los "camaradas capitalistas" – dijo sonriendo con malicia – me he adelantado, abrí una cuenta secundaria. Mire, aquí la tiene, con mi aporte inicial para la causa.

Zubovski tomó con recelo el documento que Antonina le ofrecía.

- ¡Caramba! Esto es muchísimo dinero…

- Le dije que podía ser útil, ya ve que me tomo este asunto muy en serio.

- Pondré al tanto al comité.

Fiodor parecía bastante conforme con la propuesta. Untó un poco de pan en su sopa con aire satisfecho y relajado.

- ¿Alguien quiere infusión de manzanilla? – preguntó Galina.

- Yo te acompaño con una taza, deja que vaya por ella – dijo Julius.

- Oh, no es molestia, la puedo traer yo…

Galina se levantó de la mesa demasiado rápido y se tambaleó,, pero alcanzó a sujetarse del respaldo de su silla. En dos segundos su alarmado marido la socorría afirmándola por la cintura y recostándola en el sofá.

- ¿¡Te sientes bien! ?

- Si cariño, es sólo un leve mareo…

- Es mejor que llame a un médico.

Galina sonrió y lo sujetó de la manga.

- Amor, es la tercera vez que te lo repito en la semana, los mareos y las náuseas son normales. Ya para el tercer mes debería ir pasando.

- ¿Segura?

- ¡Segura!

- Es mejor que no vuelvas a sentarte a la mesa, quédate aquí recostada. Julius, ¿puedes traerme unos cojines? Tonia, ¿Me acerca la sopa de Galina por favor?

- ¡Puedo comer yo sola, no es necesario que me des de a cucharadas!

- Vamos, no seas porfiada y abre la boca.

Zubovski perseguía a su mujer cuchara en mano mientras ella volvía la cabeza de un lado a otro intentando esconderse entre los cojines.

- ¡No me avergüences así, no soy un bebé!

- Eres mi preciosa mujercita y deberías permitir que te cuiden de vez en cuando… apenas he podido pasar por casa esta semana, deja que te mime un poco, ¿sí?

A Dios gracias y no tengo diabetes… ¿Es que acaso este par no puede ser más azucarado y adorable?

La pareja definitivamente no cuadraba con lo que Antonina esperaba encontrar en la casa de un revolucionario. En realidad ni Fiodor ni los demás eran lo que ella imaginaba. Y había que reconocer que el panorama resultó más positivo de lo que había previsto.

Ni bien Galina había tomado un par de cucharadas, sonaron tres golpes en la puerta. La muchacha se levantó a abrir desoyendo las protestas de su esposo.

- ¡Bon après-midi! ¿Pero cómo, cenando tan temprano y sin mí? – escuchó decir a una voz ya bastante familiar a esas alturas - ¡Querida Galia, ha llegado la alegría del hogar! ¡Oh, milagrosamente tu marido está en casa, qué mala suerte, yo que esperaba encontrarme con dos damiselas encantadoras a solas!

Nikolai Diatlov hizo un teatral ingreso.

- ¡Tú siempre con tus necedades, Kolia! – le reprendió Galina cariñosamente.

- Ya te he dicho, Fiodor Zobovski, que nada más te descuides me llevaré a esta preciosa chiquilla conmigo – continuó bromeando el pintor – , observa, in your face: una rosa para una rosa… - y dicho esto sacó dos rosas que traía bajo el abrigo, entregando una a Galina y besuquéandola en ambas mejillas – otra rosa para otra rosa… - repitiendo lo mismo con Julius – nada para ti… – añadió pasando de su camarada – y…

Al ver a Antonina, improvisó sacándose un clavel rojo de la solapa y prendiéndoselo del cabello.

- Para usted son cuatro besos ya que la flor no ha estado a la altura de su belleza…

Aunque Antonina intentó escabullirse, acabó con dos besos estampados en cada mejilla. Para su sorpresa no se sintió molesta, sino divertida y halagada.

La revolución debe estar muy de capa caída para estar reclutando a sujetos como este… se dijo mientras todos volvían a la mesa.

La mejor prueba de que Fiodor no se tomaba en serio las tonterías de su amigo es que él mismo le sirvió un vasito de vodka.

- ¡Oiga usted! – le recriminó Antonina a Diatlov – Hasta donde sé el marido de mi amiga Raisa le adelantó una buena suma por el cuadro que le está pintando, ¿cómo es posible que venga a cenar sin traer ni un pedazo de pan? ¡Se aparece tan campante, con un par de rosas hurtadas quién sabe de dónde y se sienta a la mesa para que lo atiendan!

- ¡Oh, ma chérie! – exclamó el pintor chasqueando la lengua – fácil viene, fácil se va. Tuvimos que enviarle todo ese dinero al camarada Smerdiakov, para asegurar que se pierda un buen tiempo y se pueda echar algo a la panza… Y eso se lo debemos a usted. Aunque claro, sin su intervención costearle el funeral habría sido mucho más económico, y yo no tendría que venir a comer de la bolsa a esta casa.

- ¡Pero el dinero era suyo! Será usted un pillo de la peor calaña, pero tiene talento y ese era dinero bien ganado…

- Zubovski, tenemos aquí una camarada infectada por el vicio de la propiedad privada – dijo el pintor traviesamente - ¡Hay que tomar medidas drásticas!

- Es posible que su enfermedad esté remitiendo – comentó Zubovski.

Le enseñó el documento bancario, explicándole brevemente la propuesta de Antonina.

- ¡Caramba! ¡Usted sí que no se fija en gastos a la hora de comprar bonos de la revolución! Espero que nadie ponga trabas en el comité, porque este aporte nos viene de maravilla. ¿Tú crees, Fiodor, que con esto podamos hacer algo por los desertores de la Guardia?

- ¿Se refiere a los de la Guardia Imperial? – preguntó Antonina.

- Sí – contestó Zubovski – Varios suboficiales liderados por un oficial de la Guardia Imperial de la Villa de los Zares fueron descubiertos cuando estaban a punto de contactarnos para entregarnos información importante y secreta… Lamentablemente, Kolia, dudo mucho que el dinero nos permita llegar hasta ellos. Tenemos algunos gendarmes infiltrados en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, pero han tratado el asunto aplicando protocolos de máxima seguridad y les ha sido imposible siquiera verlos. Y con un asunto tan grave no podemos arriesgarnos a ofrecer un soborno. De no ser aceptado, nos caerían encima como halcones.

- ¿Pero están seguros de que esa gente quería cambiarse de bando? –intervino Antonina - Es decir, son miembros de la Guardia Imperial, veo muy poco probable que…

- Estos hombres han sido expuestos al escarnio público, degradados ignominiosamente y sometidos a tortura sin revelar una sola palabra… - la interrumpió Zubovski - ¿realmente cree que alguien se prestaría a algo así por su propia voluntad?

Antonina tuvo que reconocer que nadie estaría dispuesto a pasar por algo tan terrible para infiltrarse como espía. Era demasiado extremo.

- Nos hemos partido la cabeza pensando qué hacer por esos hombres – dijo el pintor – Pero hasta ahora no hemos encontrado la forma de sacarlos de allí. Sin embargo, camarada Tonia, hay algo que sí tiene solución. Ya que me echa en cara que venga a escamotear la cena a esta casa, podría conseguirme un nuevo trabajo donde me paguen algo por adelantado.

- Pues no sé, veré si convenzo a alguna otra persona de que le pida un cuadro.

- ¡Para qué otra, si puede hacerlo usted misma! Pídale a Ivanenkov que me contrate para hacerle un retrato. Así disfrutará de mi grata compañía.

- ¡Pero si me lo topo en cada fiesta y recepción, me sale hasta en la sopa! ¡Y ahora tenerlo metido en casa, qué desfachatez la suya!

~.~.~

- Me lo estoy tomando con calma…

- No, no lo está haciendo – sentenció el capitán, en un fallido intento de sonar autoritario. Pese a su instrucción de moderar los acercamientos a Anastasia, tanto guardias como presos hacían caso omiso, escurriéndose a sus espaldas para hablarle, porque ella misma seguía alentándolos.

– Usted no le puede arreglar la vida a todo el mundo… Tiene que aprender a poner límites, no es posible que aquí cualquiera se crea con el derecho de interrumpirla en cualquier momento y darle la lata tres horas.

- ¡No es dar la lata! – Anastasia blandió en el aire el cuchillo con el que trozaba un atadito de verduras – Son sus vidas, y si de algo les sirve que los escuche, los escucharé. Para mí no es ningún sacrificio…

- No me venga con esos cuentos. Aquí nadie va a ir a contarle una linda historia. Serán como la mía, o hasta peores incluso. ¿Cree que no me doy cuenta de que no está durmiendo bien? Antes no tenía esas ojeras. ¡Y está flaca como una escoba! Se está extralimitando. Como vuelva a sorprender a alguno de esos pillos yendo a golpear "el confesionario" a las dos de la mañana…

- Eso es asunto mío…

-… la encerraré en su cuarto con llave desde las diez de la noche hasta que se toque la diana. ¡No se discute más!

Anastasia abrió los ojos como platos y se cruzó de brazos.

- ¡Atrévase a hacerlo!

- ¿Me está desafiando?

Vasiliev acababa de toparse con una faceta hasta entonces desconocida de Anastasia. ¡Era terca como una mula! Sí, con toda su suavidad y su dulzura, cuando se le ponía una idea en la cabeza al parecer no había forma de sacársela.

Sin embargo, su obstinación no le fue desagradable, sino todo lo contrario. Sonrió al darse cuenta de lo teórico que había resultado ser su poder sobre ella. Se vio obligado a razonar. A medias la convenció indicando que enferma estorbaría más de lo que iba a ayudar. Ella entregó la olla con verduras picadas al cocinero, se lavó las manos, y salió raudamente al patio sin despedirse, en una clara señal de disgusto.

El capitán, como era costumbre, la observó por la ventana. Iskra se le acercó meneando la cola y le dio varias vueltas alrededor, consiguiendo sacarle una sonrisa. Pero como aún estaba molesta, torció su camino para salir lo más pronto posible del campo visual de Vasiliev.

Se detuvo a observar a un grupo de prisioneros que trozaban leña. Entre ellos, Vladislav Isakov, quien había recogido a Iskra antes de que Oleg se lo apropiara; y Riurik Lavrenko, un muchacho algunos años mayor que Vlad. Riurik, más fornido que su compañero, intentaba llevarse la parte más pesada del trabajo. Anastasia ya conocía el motivo de esa sobreprotección. Vlad había sido el mejor amigo y compañero de escuela de Zajar, el hermano menor de Riurik. Cuando Riurik se unió a los bolcheviques, Zajar le siguió, y arrastró consigo a Vlad. Sin embargo, los muchachos fueron detenidos cuando intentaban perpetrar un atentado contra un alto funcionario del Ministerio del Interior, y habían sido sometidos a tortura. Zajar no resistió el tormento, y debido a su confesión varios camaradas fueron apresados, entre ellos, Riurik. Éste no tuvo la oportunidad de reencontrarse con su hermano pequeño, quien enfermó gravemente. Sus heridas se infectaron, y murió de septicemia. De este modo, Vlad fue todo lo que a Riurik le quedó de Zajar. Vlad sí había resistido la tortura sin delatar a nadie. Eso era lo que los gendarmes le decían , cuando lo humillaban burlándose de que él hubiese acabado preso al ser delatado por su propio hermano. .

- No era más que un niño, sólo tenía diecisiete años… - fue lo que Riurik había dicho a Anastasia – tiene que haber resistido todo cuanto pudo. ¡Por eso murió! Debió estar en tan malas condiciones al final, que…

Le era imposible hablar de su hermano sin quebrarse.

Vlad, en cambio, no hablaba en absoluto. Ante la sola mención de Zajar, su rostro afable se tornaba taciturno, algo totalmente explicable a ojos de sus compañeros. La gran mayoría de los camaradas estaban familiarizados con los interrogatorios del régimen.

Un silbato dio la señal de descanso. Veinte minutos para comer un trozo de pan y tomar un tazón de té aguado. Riurik palmoteó la espalda de su amigo.

- ¡Buen trabajo, chico! ¿Cómo está tu espalda?

Vlad sonrió, rehuyendo la mirada de su amigo.

- Mucho mejor, sólo ha sido un tirón.

Iskra se separó de Anastasia para juguetear entre las piernas de Oleg, que repartía la merienda. El hombretón le dio palmaditas en la cabeza, y luego el animalillo fue directo a mordisquear los pantalones de Vlad. El muchacho miró a Oleg sin atreverse a tocarlo.

- Anda, ráscale la panza, chico – le dijo el guardia – Te doy permiso, pero no olvides que el cachorro es mío…

Vladislav echó las rodillas al piso para acariciar al perrito, que ya estaba patas arriba. Sonrió. Naturalmente, no como había hecho antes. Había algo en Vlad que no le cuadraba a Anastasia. ¿Era idea suya, o siempre parecía un poco incómodo, sobre todo cuando Riurik hacía algo por él? Lo había catalogado como un muchachito tímido, pero ahora ya no estaba tan segura…

~.~.~

- Buenas noches, solcito.

El alto revolucionario se inclinó mientras su pequeña esposa se empinaba en la punta de los pies para recibir un ligero beso en los labios. Aunque era la rutina habitual de saludo, Galina supo que algo sucedía. Tras su marido entraron Nikolai, Aleksei (provocando una sonrisa de oreja a oreja en Julius) y por último, Mijaíl.

- ¿Y bien? – inquirió la dueña de casa - ¿Cómo les fue, qué se decidió?

- Dijeron que sí. Con bastante recelo, pero lo aceptaron – Fiodor se quitó el abrigo y lo mismo hicieron sus camaradas. Se les veía algo tensos – Les interesa que siga moviéndose un círculo lo más pequeño posible.

Las miradas de los bolcheviques se clavaron en Mijaíl, quien hizo un gesto de hastío y se mordió el labio inferior.

- ¿Por qué tengo la sensación de que algo más pasó? – preguntó la mujer.

Mijaíl se cruzó de brazos hoscamente.

- A ti lo perceptiva no se te quita, ¿eh, Galia? – dijo Aleksei – Adivina quien se opuso tenazmente a que Antonina administre una cuenta bancaria…

- ¿¡Mijaíl! ? – exclamaron ambas mujeres con incredulidad.

- Que nos pase información que puede obtener en su propia casa es una cosa. Pero que maneje esas sumas de dinero es muy distinto. Ustedes no la conocen, no ven como poco a poco se ha hecho más espacio entre nosotros y ni se darán cuenta cuando tenga la nariz metida en todo… ¡Así nunca podremos librarnos de ella!

- Hasta ahora no ha dado ningún problema, es más, ha cumplido con creces lo que le hemos encargado… - dijo Zubovski, continuando con una discusión que parecían mantener desde antes de entrar al departamento – Y no olvides que si no fuera porque Antonina se arriesgó a prevenirnos, nos habrían arrestado…

- ¡No puedo creer la facilidad con que te ha convencido! – exclamó Mijaíl – Ella los está manipulando a todos. Los está enredando en su tela como una araña, ¿y qué sucederá si decide hablar? Ya no será como en un principio en que sólo habríamos caído nosotros… si comienzan a rastrear esos fondos puede resultar un verdadero descalabro…

- Debiste pensarlo antes de encajárnosla – dijo Aleksei secamente – Me parece una desvergüenza de tu parte que ahora nos salgas con eso, cuando fuiste tú quien la trajo…

- Yo la traje para algo puntual… la idea era que todo se restringiera al mínimo, que consiguiera algunos documentos directamente desde su casa y tuviera contacto solo con nosotros… La verdad es que nunca estuve muy convencido de llevar a cabo ese plan, pero… - se excusó al ver que todos los ojos se clavaban en él - ¿Y qué mierda querían? ¡No pude matarla a sangre fría! Además, el soviet pudo perfectamente decidir eliminarnos y no lo hizo. Desde un principio nos pusimos a su disposición, pero nunca pensé que fueran a consentir una imprudencia como esta…

- Misha, con el sólo hecho de traerla contigo nos pusiste entre la espada y la pared – Nikolai habló con inusitada seriedad - ¿No te parece que era arriesgado cargarse a la mujer del jefe de la policía militar?

- Indudablemente eso se habría investigado a fondo – acotó Aleksei – No nos dejaste más alternativa que aceptarlos a ambos.

- ¿Estas insinuando que… - murmuró Mijail, totalmente desencajado – que yo los obligué a que me aceptaran de regreso?

Los bolcheviques intercambiaron incómodas miradas. A Mijaíl se le vino el mundo encima: nunca se le habría ocurrido considerar las cosas desde ese punto de vista.

- Pues verás, Karnakov… - dijo Zubovski como tanteando terreno – Si la hubieras matado en la frontera y luego te hubieses suicidado, todo habría quedado como un lío de faldas… Una fuga de amantes que acabó en tragedia, un asunto escabroso para llenar la prensa sensacionalista… Pero una vez que la trajiste de vuelta a San Petersburgo todo se complicó. Hacerla desaparecer en la ciudad eran palabras mayores. Deshacerse del cadáver no habría sido fácil, y de seguro se habría pensado en un atentado. Recuerda que los tiempos están complicados y no nos conviene incitar a más redadas… en parte por eso el soviet aceptó la colaboración de Antonina, pues podría salirnos peor rechazarla o asesinarla.

Mijaíl se dejó caer pesadamente en una silla, cabizbajo.

- Es decir que aun no han perdonado mi error… - murmuró amargamente.

Más miraditas.

- No es exactamente así – Zubovski estaba visiblemente incómodo – Por supuesto que valoramos todo lo que has hecho y lo que has sacrificado en aras de la revolución. Pero tienes que comprender que nos cuesta restablecer la confianza luego de que perdiéramos doce hombres…

-… por mi estupidez… - completó Mijaíl – Ya veo. Lo entiendo, y hago todo lo posible por reivindicarme. Por eso mismo no puedo callarme, tengo que advertirles que Antonina puede ser muy peligrosa. Es voluble y temperamental…

-… y todos sabemos de quién dependen sus cambios de ánimo – Aleksei soltó como si tal cosa lo que sus camaradas pensaban, pero nadie se había atrevido a decir.

Nuevamente, miraditas por doquier.

- No… ¡no pueden pedirme que me vuelva a enredar con ella!

- Nadie te está pidiendo eso – dijo Zubovski – Pero al menos podrías comportarte como un hombre civilizado en lugar de actuar como un cavernícola…

- ¡La trataste de furcia! – intervino Julius sorpresivamente – La humillaste en frente de todos los camaradas… ¡Yo en su lugar te mato!

- Por si lo han olvidado, Antonina intentó asesinarme una vez…

- …Y si no te interesa, como vas diciendo por allí – continuó Zubovski, pasando por alto las alegaciones de Mijaíl – ni siquiera tenías motivo para insultarla. Comprendo tus aprensiones, pero en verdad hasta ahora no hemos tenido ni una sola queja de ella. En cambio, si persistes en ese comportamiento digno de un niño de cinco años, tendremos quejas de ti.

- Ella se esfuerza, Misha… - Galina sacó la voz luego de haber seguido atentamente la conversación - a mí me parece que es sincera, es más, conmigo ha sido muy amable. No he visto ni asomo de la arpía que nos describes incesantemente.

Mijaíl lanzó una áspera carcajada.

- ¡Ya veo lo que sucede aquí! Antonina es maquiavélicamente astuta. En dos segundos vio que el punto débil de Fiodor es su mujer, por eso se la pasa metida aquí, por eso te trae regalitos y se hace la tierna. Si conquista a Galina, conquista a Fiodor. De se modo puede llegar a mis más cercanos y lograr…

- Misha, aunque Antonina nunca ha sido santo de mi devoción, dudo que sea tan mala como la pintas.

Mijaíl miró a Aleksei de hito en hito.

- ¡No me lo creo! ¿¡Tú también, Brutus…! ? Nadie mejor que tú sabe qué clase de persona es. ¡La conoces desde que tenía siete años! Sabes que es interesada y caprichosa, que no tiene reparo en utilizar a quién sea para lograr sus objetivos… no es más que una mocosa mimada y cruel. Está acostumbrada a que todo el mundo la obedezca, y es tan taimada que ha sido capaz de meterse con nosotros aunque nos desprecie, simplemente porque no puede soportar que yo la haya rechazado. Ella no me ama, no ama a nadie salvo a sí misma y…

- Y fuiste tú quien la sedujo y jugó con sus sentimientos sin que fuese necesario – dijo Galina con una suavidad que contrastaba con sus lapidarias palabras.

- Lo hice porque pensé que podría resultarnos de utilidad.

- Eso no es cierto. Lo hiciste porque quisiste. Mira, Misha, en nombre de nuestra amistad y del afecto que siento por ti, es mi deber decirte esto: eres un hipócrita.

Nikolai dio un silbido por lo bajo y se metió las manos a los bolsillos.

- ¿Hi… hipócrita…? – repitió Mijaíl, ofendidísimo - ¿cómo te atreves…? Tendré montones de defectos, pero nadie puede acusarme de no ser honesto con lo que pienso.

- No estoy hablando de tus ideales. Digo que acusas a esa mujer de utilizar a las personas cuando tu has hecho lo mismo sin asco. De veras no entiendo tu razonamiento, ¿por qué es malo si lo hace ella, pero no es criticable si lo haces tú? Por último, no necesito que ni tú ni nadie me proteja, puedo calar a la gente por mí misma sin ningún problema. Sé que Tonia no es ninguna blanca paloma, pero tampoco es un demonio. Sé que su objetivo es ganarse nuestro afecto para acercarse a ti a través de nosotros, pero es posible que su simpatía sea sincera. Lo creo firmemente y nadie me hará cambiar de opinión. Al menos ella tiene la decencia de admitir sus sentimientos, en cambio tú niegas que la amas.

Mijaíl enrojeció de rabia al verse más acorralado a cada segundo.

- No puedes comparar… ella vendió a nuestros camaradas a propósito… ¡y yo no la amo! Nunca podría querer a una mujer de esa calaña. Nosotros luchamos precisamente contra gente como ella…

- ¿O sea que llevaste a cabo una especie de venganza de clase contra una mujer que no te había hecho nada…?

- No, no es eso, es que…

- Mijaíl, tú no eres mejor que ella ni tienes derecho de dar lecciones de moral. Marxista y todo, eres peor que una vieja pacata que se golpea el pecho en la misa. Tú solo te has hecho un lío… da lo mismo hacia a dónde camines, igual te sigues pisando la cola…

El resto rió estruendosamente al ver que Mijaíl se azotaba la cabeza contra la férrea lógica de Galina, que tenía la dureza de un muro de hierro cubierto por el terciopelo de su voz tierna y sus gestos llenos de dulzura.

- ¡Ah! ¡Váyanse todos a la mierda! ¡Se los advierto, esto nos va a salir muy caro! – Mijaíl hubiera dado cualquier cosa porque Galina fuese hombre para partirle la cara y no una adorable muchachita pequeña, frágil y para peor encinta, que disparaba argumento tras argumento que él no tenía cómo rebatir.

- Y ahí está, otra vez que echa humo por las orejas – le susurró Julius a Aleksei. Él no pudo evitar devolverle una sonrisa pícara.

~.~.~

Anastasia se secó el sudor de la frente con la punta del delantal, y se arremangó la blusa. Al sur de Berdsk, en el distrito de Novo-Nicolaievsk (4), mayo tenía temperaturas agradables. Arqueó la espalda hasta hacer crujir las vértebras, y volvió a hundir las manos en la fértil y oscura tierra de la huerta que se le había permitido cultivar dentro de la prisión. Hacía tres días que había escogido a Vladislav como ayudante en su mini labor agrícola.

- Tomaremos un descanso – anunció la reclusa.

El muchacho se sentó a su lado en silencio.

- Madrecita… - dijo de pronto – Ya sé que el capitán nos ha ordenado que no seamos tan latosos con usted, pero… ¿podríamos hablar un momento?

- Ya sabes lo que me importa la orden del capitán – dijo ella sonriendo. Llevaba tres días esperando esa pregunta.

- ¿Qué debería hacer una persona que no es tan buena como todos creen?

- ¿A qué te refieres?

El muchacho marcó un surco en la tierra con el talón antes de continuar.

- Podría decirse que entre mis camaradas tengo buena reputación…

- Bueno, has sido muy valiente…

Él la miró directo a los ojos, con repentina y viva desesperación.

- Todo es falso – dijo con brusquedad – Es mentira, no soy ningún héroe. En verdad no merezco nada. Y lo que menos merezco es la preocupación y la amistad de Riurik. Ese hombre estaría dispuesto a hacerse matar por mí. Antes de que usted llegara, era capaz de quedarse un día sin comer con tal de que yo no enfermara. No tengo buena salud, sabe… Si no fuera por Riurik no habría sobrevivido aquí ni un par de meses. Y sin embargo, cada bocado de sus mendrugos de pan me duele como una puñalada. Nunca debí aceptar nada, pero mi temor a la muerte es superior a todo…

- Vlad, no entiendo de qué me estás hablando…

Vladislav le estrujó una mano entre las suyas.

- Zajar no delató a nadie… - dijo en voz baja y temblorosa – fui yo.

- ¡Tú! – exclamó ella, conteniendo la respiración.

- Ellos me ofrecieron… - continuó el muchacho con gran dificultad - perdonarme la vida a cambio de… ¡Nos habían atrapado con las manos en la masa! No teníamos ninguna posibilidad de escapar del fusilamiento. No tenía… no tenía alternativa, eso fue lo que me dije. Ya estábamos condenados de todos modos… ¡Yo tenía tanto miedo de morir!. Cuando tienes quince años tu cabeza está llena de ideales románticos. Dar la vida por una causa noble es un deseable acto de heroísmo, y eso fue lo que yo creí desde que a esa edad me uní a los bolcheviques, hasta que nos pescaron dos años más tarde. Sin embargo, cuando pasan los días sin que te permitan comer ni dormir, cuando te cuelgan boca abajo y te dan latigazos hasta dejar la carne viva… cuando sumergen tu cabeza en agua salada durante minutos, una y otra vez… ¡una y otra vez…!

El muchacho temblaba como una hoja, y miraba hacia los lados nerviosamente.

- Shhhh… tranquilo… - murmuró Anastasia, acariciando la cabeza del chico, que estaba al borde de la histeria – no te preocupes, nadie nos está mirando. A esta hora no deambula nadie por aquí…

El muchacho se acurrucó en el regazo de Anastasia. Ella continuó acariciando sus cabellos.

- Entonces… entonces hablé. El que fuera más útil a los intereses del gobierno se salvaba. No me guardé nada y hasta me inventé algunas cosas… pensando que Zajar podía dar más información que yo… pero él no lo hizo. De modo que lo mataron. Después echaron a correr rumores, dejando que el resto de los camaradas se convenciera que él había sido el delator y yo el chico valiente. Luego me juntaron con los que cayeron en la redada y… y durante el tiempo que estuvimos en la fortaleza de San Pedro y San Pablo continué reuniendo información. De Riurik incluso. Él sabía muchas cosas. No se las dijo a ellos, pero me las dijo a mí. Y así se enteraron. .

Un acceso de llanto interrumpió su relato. Estrujaba la falda de Anastasia mientras los sollozos estremecían su espalda.

- Riurik ha cuidado de mí durante tres años. Tres años en este infierno. Si supiera usted cómo se arriesgaba por mantenerme con vida… incluso el resto de los camaradas, siempre han tenido un trato preferente conmigo. Porque yo soy el héroe. Porque soy el más débil, el más joven, y el más leal. Ninguno sabe cuánto asco me doy a mí mismo… Y ya no soporto vivir así, a costa de mi mejor amigo, de su vida y su honor… A veces sueño con él, ¿sabe? Cuando éramos unos críos. Siempre fue más osado que yo. Tenía una sonrisa muy bonita, atraía mucho a las chicas. Yo le imitaba en todo. Y él a su vez imitaba a Riurik. En mi sueño caminábamos juntos a la escuela, conversando chiquilladas, con las almas tan livianas… quisiera no despertar nunca de ese sueño, porque entonces yo era el buen chico que ya no soy , ese chico que todos creen ver en mí…

Anastasia dejó transcurrir algunos segundos para ordenar sus ideas.

- A ningún ser humano se le puede exigir soportar algo tan terrible, Vlad – dijo finalmente - ¿No has pensado hablar con Riurik?

- ¿¡Decirle que dejé morir a su hermano…! ? ¡Ni siquiera me atrevería a mirarlo a la cara!

- ¿Acaso él no ha perdonado a Zajar? ¿No es él mismo quien dice que era sólo un chiquillo? Tú también lo eras, Vlad. Mereces vivir sin ese peso en el alma. Y yo creo que la verdad nunca es mala. Pase lo que pase, yo estaré aquí para apoyarte. Piénsalo.

~.~.~

Cuando el menor descuido puede significar unas eternas vacaciones en Siberia, y eso si tienes suerte, aprendes a no bajar jamás la guardia. Por lo mismo, el sistema de alerta de Aleksei saltó disparado cuando percibió un tenue movimiento tras la puerta de su departamento. Se detuvo con las llaves en la mano. Por el ruido del trajín dedujo que había una sola persona adentro. Rápidamente evaluó la situación. Si se marchaba, el intruso podría encontrar algo que comprometedor de sus camaradas . También podría haber gente esperándolo abajo. Pensó que Llo mejor era intentar capturarlo y hacerlo cantar. Esperó a que los pasos se alejaran hacia las habitaciones interiores y giró con sumo cuidado la llave en la cerradura, casi al mismo tiempo que quitaba el seguro a su Colt .45 modelo 1911. Caminó silenciosamente, hasta que atravesó el pequeño living-comedor. Luego … se asomó lenta y cuidadosamente por detrás de la puerta de su alcoba, y…

- ¡La puta madre que te parió! ¡Antonina, ¿qué mierda estás haciendo aquí!? ¿¡Cómo demonios entraste! ? ¡¿Me quieres matar del susto, joder! ?

Antonina dejó sobre el velador un paño de sacudir y lo miró sonriente.

- Hola, buenos días. Estoy limpiando esta pocilga, entré con esto – y le mostró una ganzúa – y no me interesa matarte, sino que vine a pedirte ayuda.

- ¿Y quién diablos te enseñó a usar esa cosa? – preguntó el bolchevique con una mano en pecho, como si quisiera asegurarse de que el corazón permanecería en su lugar.

- Fiodor, me enseñó, así me es más sencillo hurguetear entre los papeles de mi esposo.

- ¡No se supone que lo emplees contra nosotros! – chilló Aleksei - ¿Y por qué estás limpiando mi alcoba?

- Sólo intento ser amable…

- …porque vas a pedirme un favor, ¿Verdad?…

Antonina pestañeó repetidamente y sonrió de la forma más encantadora que le fue posible. Aleksei suspiró.

- ¡Ah! ¡Eres imposible! ¿Qué quieres ahora? Si se trata de Mijaíl, desde ya te advierto que no voy a hablar con él.

- No es eso. – pasó el pañito de sacudir sobre una silla, y tomó asiento con gran desfachatez - Lo que sucede es lo siguiente. Desde que manejo esas cuentas me estoy exponiendo más. Sobre todo con la pantalla que he montado metiéndome en obras de caridad. Así justifico que salgo a horas inusitadas en carruajes llenos supuestamente de mercadería, cuando en realidad llevo de aquí allá esas publicaciones y documentos ultrasecretos, armas y todo lo demás. ¿No es así? Pues bien, como a veces paso por barrios que no son de lo más granado, creo que sería conveniente que aprendiera a disparar. Una nunca sabe… por si acaso.

Aleksei se rascó la barbilla.

- Lo que dices no carece de sentido… - luego le sonrió – Ea, ven acá. Aprovecharé de enseñarte lo básico con esta joyita.

Antonina no tardó en aprender a manipular el revólver de Aleksei, pero cuando se despidió pretendiendo llevárselo consigo, él la detuvo en seco.

- ¡Ni en tus sueños! Supieras lo que me ha costado conseguirla.

- ¿Pero entonces de dónde sacaré una pistola? ¡Además necesito practicar!

- Ah, pues qué se yo, ese es tu problema. Nosotros estamos cortos de armamento, tendrás que conseguirte una. .

- ¡Esto es inaudito! ¡Ustedes son unos miserables! ¡Con los miles de rublos que les he dado y no me entregan una condenada pistola para mi protección personal!

Aleksei entornó los ojos con picardía.

- Quizá sea mejor así… esta misma historia que me acabas de narrar se la puedes contar a tu marido. Le pones de tu cosecha, que los atentados terroristas, que ya nadie está seguro en las calles, y que no piensas quedarte encerrada por eso… y le pides que te facilite un arma. Como es un hombre taaaan ocupado… - añadió mirándola maliciosamente – es probable que le encargue a "alguien de confianza" que te de unas lecciones de tiro… ¿Me explico?

- Fuerte y claro, camarada… - respondió Antonina alegremente.

Así pues, al cabo de dos días, Mijaíl pasaba a recogerla para llevarla al campo de tiro del cuartel de la Policía Militar. No la había visto desde la emboscada fallida, y esperaba encontrarla con un genio del terror. Aunque jamás lo habría reconocido ante nadie, estaba arrepentido por aquel exabrupto. Sin embargo, como tampoco estaba dispuesto a disculparse, se había preparado durante todo el camino para ser confrontacional si era necesario. Pero no lo fue. Antonina estaba radiante y se comportó como si nada hubiese sucedido. Esto lo dejó tan perplejo que casi ni se enteró de lo que ella parloteó ininterrumpidamente desde que subieron al coche hasta que llegaron al campo de tiro. Sólo reaccionó con sus reclamos cuando él le entregó el arma con que debía practicar.

- ¿Que quieres un Colt M1911? Pero… a ver, punto uno, no tengo un Colt M1911 (que por lo demás, es arma reglamentaria del ejército estadounidense), punto dos, este Nagant M1895 de fabricación rusa es un arma estupenda, y punto tres, ¿¡Qué diablos sabes tú de armas! ?

- Sé que Aleksei tiene un Colt M1911 y anda por allí pavoneándose con él. ¡No quiso regalármela, prestármela, y ni siquiera vendérmela! Si ese es el mejor revólver, yo también lo quiero.

Mijaíl abrió la boca, se tapó el rostro con las manos, y arrastró los dedos por la frente y las mejillas.

- ¡Pues un Nagant es lo que hay y con ello tendrás que conformarte! ¿Por qué tú y Aleksei tienen que transformarlo todo en un pleito?

- ¿Todavía no te das cuenta? – dijo Antonina sonriendo de un modo muy particular, casi melancólico – Pelearnos por tonterías nos hace recordar cosas que hemos perdido para siempre, una época de nuestras vidas en la que no teníamos preocupaciones y no estábamos conscientes de que éramos felices. Pero basta de sentimentalismo barato, ahora a lo nuestro. ¿Todas estas cosas se cargan igual? ¿Lo de poner y quitar el seguro es lo mismo?

Mijaíl le repitió las mismas explicaciones que Aleksei le había dado. Ella concentró toda su atención en manipular el revólver, permitiéndole observarla detenidamente. Se veía muy bonita. En verdad, cuando algo la entusiasmaba se veía mucho más hermosa que de costumbre. Como si una energía vital irrefrenable le brotara por los poros, y eso le resultaba irresistible.

Y ella lo sabe, lo está haciendo a propósito…

- No levantes tanto los hombros… estás muy tiesa.

Antonina bajó los hombros pero curvó un poco la espalda. Sus brazos seguían rígidos. Mijaíl se paró a su lado y volvió a mostrarle la postura que debía mantener, pero aún así ella no logró hacerlo correctamente.

Por supuesto que lo hace a propósito.

Inspiró y dio la vuelta para pararse detrás de ella.

- No – dijo con la voz algo enronquecida – Así.

La tomó por ambos hombros, empujándolos hacia atrás hasta lograr la posición correcta. Desde allí tenía visión directa a su cuello y el escote, que se pronunciaba bastante al tener los brazos extendidos hacia adelante.

Maldita bruja…

Algo perturbado, se alejó para corregir la forma en que afirmaba el revólver. Ella seguía estática con los ojos clavados en el blanco.

Ahora se hace la inocente… ¡Quién la viera cuándo…!

Le ayudó a tomar correctamente el arma moviéndole los dedos, pero esto tampoco fue buena idea. De inmediato vinieron a su mente las imágenes de esos mismos dedos desabrochando traviesamente los botones de su camisa… y luego eran los suyos desatando el corsé mientras ella se reía, maliciosa, reclamando que le hacía cosquillas…

- ¿Ya está? ¿Puedo disparar ahora?

Antonina seguía concentrada sin mirarlo. Él, a su muy a su pesar, se sentía cautivado por sus ojos brillantes y la sonrisa pícara de su boca tentadora. Que se mordiera el labio inferior prácticamente lo sacó de sus casillas. Se dio la vuelta parándose detrás de ella.

- Si, ahora sí. Ten cuidado con el efecto de retroce…

Antonina jaló el gatillo antes de que él concluyera la explicación. El revólver se desvió hacia arriba producto del impulso del disparo, y ella dio un saltito hacia atrás al perder el equilibrio. Mijaíl la aferró instintivamente por la cintura.

¡Mala, mala, pésima idea! Al tenerla recargada contra su pecho de esa forma, por un instante olvidó que estaba en pleno campo de tiro, donde decenas de sus compañeros de armas practicaban, o se paseaban de un lado a otro. De hecho, estuvo a punto de hacerla girar sobre sus talones y besarla… pero ella se deshizo de su abrazo como si nada.

- ¡Vaya, no pensé que pegara tan fuerte! ¿A ver…? ¡Uf no he pasado ni cerca, menudo fiasco! Lo intentaré de nuevo. Espero mejorar la puntería esta vez – Dijo muy emocionada, y le guiñó un ojo con descaro.

Mijaíl no le contestó, temiendo que si abría la boca balbucearía alguna estupidez. Ella hizo un segundo disparo que dio en el borde del blanco.

- ¡Ah! ¡Ya le acerté! ¿Ves que rápido aprendo? – se ufanó sin obtener respuesta.

Estuvo disparando cerca de media hora más. De vez en cuanto se detenía para saludar a uno que otro oficial conocido, mientras Mijaíl la supervisaba en silencio. Al cabo de ese tiempo decidió que había sido suficiente para el primer día y pidió a Mijaíl, con voz melosa, que la llevara a la cafetería del cuartel. Allí escogió una mesita al aire libre, pues hacía un día muy agradable, y se sirvió un trozo de pastel. Mijaíl bebió un café.

- Tenías razón, no debí despreciar esta pistola, ¿cómo es que se llama?

- Es un revólver, no una pistola. Nagant modelo 1895 – respondió él maquinalmente.

- Ya… - dijo ella con tono lánguido. Pinchó una fresa con el tenedor, se la llevó a los labios y la mordisqueó con coquetería – Lo que sea. Me gusta, me lo quedaré. Aunque me gustaría saber por qué Aleksei es tan aprehensivo con su revólver…

- Tiene valor sentimental… - dijo Mijaíl, dando un sorbo a su café.

- ¿Cómo? – ella comió otro pequeño bocado con suficiente habilidad para no mancharse los labios de crema… de los cuales Mijaíl no podía apartar los ojos.

- Se lo ganó a un camarada estadounidense en una apuesta de quién bebe más – dijo rápido y en voz baja.

Ella soltó una carcajada cristalina.

- ¡Ay, este Aliosha! No tiene remedio… así que emborracharse fue el gran sacrificio que hizo para obtenerlo – sentenció - No sabía que en Estados Unidos había comunistas.

- ¡Shhht!

- Relájate, nadie nos está escuchando…

- Eso no quita que haya que evitar correr riesgos innecesarios. Si ya hemos terminado por hoy es hora de que me vaya.

Mijaíl pidió a un mesero que cargara el total a su cuenta y se disponía a retirarse, o más bien huir, cuando Antonina le ofreció la mano sin levantarse de su asiento.

- No me irá a hacer otro desplante, ¿o sí, capitán Lázarev?

Un levísimo destello de ira cruzó sus ojos claros, mientras la sonrisa permanecía inalterable. Un escalofrío recorrió la columna del bolchevique mientras le tomaba la mano y depositaba en ella beso de cortesía. Por millonésima vez se repitió que la mujer que tenía en frente no valía nada, que Galina no tenía idea de quien era esa arpía y que él debería avergonzarse de no ser capaz de mantener a raya su lujuria. Porque no podía ser más que eso. Vulgar lujuria.

- Buenas tardes…

- Buenas tardes, Pavel Lázarev. Me saluda a los chicos, ¿eh?

Mijaíl se alejó tan rápido como pudo, lo que a ella le causó mucha gracia. Tan pronto lo perdió de vista, llamó al mesero.

- ¿Sería tan amable de traerme un té helado? ¿Con mucho, mucho hielo? Es un día caluroso, ¿no le parece? Cárguelo a la cuenta del capitán.

~.~.~

- ¡No eres mi camarada, no eres mi amigo, no eres mi hermano! ¡Eres una mierda!

Los inesperados gritos de Riurik sobresaltaron a todos quienes se encontraban en la barraca ordenando sacos. Lo más impresionante era la persona a quienes iban dirigidos: Vladislav Isakov.

Vlad se encogió, viéndose aún más delgado y esmirriado de lo que ya era. Retrocedió torpemente hacia la salida ante los asombrados ojos de sus camaradas.

- Lo siento, lo siento, perdóname… - balbuceaba una y otra vez – yo no quería hacerlo…

- ¡Pero lo hiciste! – aulló Riurik con el rostro desencajado de furia - ¡Nos delataste, y dejaste morir a Zajar!

Una generalizada exclamación de sorpresa siguió a sus palabras. Surgieron algunos comentarios de incredulidad.

- ¡Iban a matarnos de todos modos! – gritó Vladislav desesperadamente.

Riurik lo pescó por el cuello y lo lanzó fuera del galpón.

- ¡Traidor hijo de puta! – gritó antes de caerle encima a golpes - ¡Mancillaste el nombre de mi hermano! ¡Se dejó matar antes de abrir la boca, y tú…escoria miserable…!

El muchacho apenas levantaba las manos para cubrirse. Sólo atinaba a seguir pidiendo perdón. El resto de los camaradas apenas daba crédito a sus ojos, sin atreverse a intervenir. Sólo las órdenes impartidas por el capitán los sacaron del estupor.

- ¿¡Qué significa esto! ? ¡Basta ya! ¡Lavrenko, suelta a Isakov de inmediato!

Riurik ni siquiera escuchó la orden, y siguió a horcajadas del muchacho, golpeándolo con saña. Echó a volar lejos a Ilia, que intentó separarlo de su presa. Sólo Oleg pudo alzarlo a tirones y librar a Vladislav de la golpiza. .

Anastasia, que venía tras el capitán, tomó al sollozante muchacho entre los brazos.

- Tranquilo… - le susurró, besándolo en la frente y acunándolo como a un bebé – tranquilo, ya estoy aquí. No voy a abandonarte nunca…

Pero Vlad no la oía, no despegaba los ojos de Riurik, que lo miraba con rabia y desprecio.

- ¿¡Qué demonios significa esto, Lavrenko!? ¿Qué te crees que es esto, un pugilato? ¡Tres días a la celda de castigo! – ordenó el capitán - ¡Isakov, a la enfermería!

Oleg y Anastasia ayudaron a Vlad a ponerse de pie. Iskra, que no se despegaba del guardia, le lamió una mano.

- ¿Puedes caminar, muchacho? – le preguntó Oleg, amablemente.– Vamos, apóyate en mí.

Menuda paliza, hijo… - fue el comentario del médico cuando le examinó la cara – parece que no tienes nada roto.

Otros tres gendarmes escoltaron a Riurik a la celda de castigo. Había andado apenas unos pasos cuando se volvió para hacer una última advertencia.

- ¡No vuelvas a dirigirme la palabra en tu vida, alimaña inmunda! Para mí estás muerto. Como deberías estarlo en lugar de mi hermano.

~.~.~

- ¡Hubiera visto la cara que puso Nikolai cuando vio a Raisa dentro del coche!

- ¿Pero no habrá sido muy arriesgado que llevara a su amiga?

Antonina dio un sorbito a su chocolate caliente y negó con la cabeza mientras se relamía los labios.

- Si pretendo que Borís no sospeche que ando en malos pasos, es lo mejor que puedo hacer. Sé que Katiusha le pone caras raras a Misha, y en cualquier momento puede echar a correr un chisme. Por eso si hay testigos de mis actividades filantrópicas, mejor. Y créame, Raisa no se enterará de nada. Es tonta como un cachorrito nuevo y está tan embobada con Kolia que no deja de transmitir que además de ser un artista excepcional, tiene un alma sensible al sufrimiento humano… ¡en fin! Cuando me empezó a hablar de "consciencia social" me asusté, a poco resultaba que ella también estaba metida con los comunistas, con los tostoianos, o haya leído esas encíclicas católicas, no sé qué será más mal visto, ¡jaja! Algo debe haber oído por allí y le ha parecido una idea muy a la moda.

- Si usted lo dice… - Galina no sonaba demasiado convencida.

- ¡Que sí! En todo caso, esta vez sólo llevamos víveres al orfanato. Nada de folletines. ¿Cómo iba a saber Raisa que de ahí repartirían la mitad a los camaradas y sus familias? Y debo reconocer que eso del orfanato sí que es buena fachada.

- Vivir en la clandestinidad desarrolla la imaginación – acotó la muchacha.

- En eso no podría tener más razón. Ahora que les conozco mejor, realmente me han sorprendido. A todo esto, ¿cómo le quedaron los vestidos que le traje?

- Bien, muy bien, apenas tuvimos que hacerle unos pequeños ajustes en las mangas… Pero no es necesario que se moleste…

- ¡No me cuesta nada! Y usted los necesita.

- Me refiero a que si quiere visitarme no tiene que traerme cosas como excusa. Sólo venga, ya se lo he dicho, aquí es bienvenida. Diga lo que diga el cabeza de chorlito de Mijaíl.

- Qué… ¿Qué le ha dicho ese truhán?

- Que viene a verme por interés, para acercarse nosotros esperando que influyamos en él a favor suyo…

Antonina enrojeció violentamente.

- No le mentiré, inicialmente esa era la idea.

- Ya lo sé.

- ¿Cómo lo sabe?

- No tengo muchos años pero he vivido bastante. Y tal como sé que su interés es ese, también sé que le agrado.

- Usted es una mujer muy especial. Realmente disfruto mucho de su compañía… - Antonina se detuvo. Estaba a punto de hacer una pregunta muy simple, cuya posible respuesta la había puesto inusitadamente ansiosa. Continuó casi con timidez - y me haría muy feliz que me brindara su amistad.

- ¿Por qué no? – dijo Galina, tomando las manos de Tonia entre las suyas – Usted también me agrada, pese a…

- Lo que diga ese troglodita que me quita el sueño.

Las dos rieron de buena gana.

- ¿Dónde está Julius? – preguntó Tonia al cabo de un corto silencio.

- Ayudando a Aleksei con unas traducciones de textos alemanes – respondió Galina, evidentemente complacida – Él la traerá más tarde a casa.

- No pierde el tiempo esa chica, qué bien… - murmuró la invitada. Y luego añadió con nerviosismo – ¿Qué piensa de lo de esta noche? ¿Será información segura?

Galina depositó su taza sobre el platillo y dejó caer las manos sobre su casi nada abultado vientre.

- ¿Cómo saberlo?

- Alguien llama por teléfono y les dice anónimamente que hoy por la noche trasladarán a los presos de la Guardia Imperial en secreto y con poca vigilancia… ¿No le parece sospechoso?

- Por supuesto que sí… y créame, ellos están muy conscientes y han tomado precauciones.

- ¿Y eso le basta? Fue tan repentino que Mijaíl no ha podido confirmar nada con la gente de la policía militar. ¡Ah! No entiendo cómo puede estar tan tranquila

Galina la miró directo a los ojos.

- No estoy tranquila. Yo también tengo miedo, pero si lo demostrara abiertamente, si Fiodor me viera perder la cabeza, él no podría hacer lo que debe hacer. Yo sólo puedo sentarme aquí, esperarlo y rezar. Rezar para que vuelva a mí sano y salvo.

Galina es una prueba viviente de que las apariencias engañan. ¿Quién podría imaginar que una criatura tan frágil pudiese tener temple semejante? Tal capacidad de sobreponerse a la desgracia es casi inverosímil. Ah, si yo tuviera una pizca de esa fortaleza, qué distinta sería mi vida…

- ¿Cómo puede ser feliz así?

- ¿Así cómo?

- En este peligro constante… con miedo.

- Ya la entiendo. Usted dice, ¿cómo el temor no empaña mi felicidad? La explicación es muy sencilla: la felicidad son momentos fugaces que se desvanecen rápidamente. Hay que saber capturarlos y disfrutarlos. Le daré un ejemplo, hoy se hará ese rescate. Antes de ello Fiodor vendrá a casa y cenaremos juntos. Luego se irá. No sé si va a volver. Si esta cena es el último instante que comparto con mi esposo, ¿vale la pena arruinarlo pensando en lo que puede suceder? Yo me digo que no. Así es que temo, y soy feliz.

Antonina se reclinó sobre el sofá de tela desgastada, tratando de comprender lo que acababa de escuchar.

- Puede ser… - dijo más para sí misma – que al serle la felicidad esquiva, la sepa apreciar mejor…

Galina asintió, mientras tomaba un pastelillo.

- Es una posibi… - se interrumpió, dejó caer el pastelillo y se tapó la boca. Antonina se acercó de inmediato y la tomó del brazo – sólo son las náuseas…

- Será mejor que se recueste. ¿Quiere que le prepare algo? ¿Un agua de hierbas?

- Sí, manzanilla, si fuera tan amable.

- Puedo entender racionalmente lo que usted me dice – continuó Tonia, mientras registraba la cocina buscando las hierbas – pero me cuesta comprenderlo a cabalidad. No sé si me explico. ¿Cómo vivía en esa época en que no tenía a nadie? ¿Era feliz también?

- Había algunos buenos momentos. Con las chicas nos apoyábamos como podíamos. Tampoco todos los clientes eran malvados. Le sorprendería saber cuántos pagaban no para acostarse con una prostituta, sino para que alguien los escuchara. Parece que soy buena escuchando. Por supuesto había otros sujetos que eran simplemente repugnantes. Pero todos ellos estaban tan solos, pese a estar rodeados de gente. Con familia y demás. Yo me sentía menos sola aunque solo tenía en recuerdo de mis padres y mis hermanos. Supongo que el recuerdo de haber sido amada alguna vez es lo que me mantuvo en pie.

- Estar solo y rodeado de gente, eso sí lo entiendo, créame que sí.

Antonina suspiró. Cada quien busca la forma de escapar del vacío, pensó absorta, sin notar que Galina había comenzado a tatarear una canción.

Sin embargo, al vertir el agua hirviendo sobre la taza, cuando el vaporcillo le llevó un agradable aroma dulzón, Antonina se dio cuenta de que en ese preciso instante, se sentía muy feliz. Miró a Galina, recostada con los ojos cerrados y las manos cruzadas plácidamente sobre la barriguita. Aun no alcanzaba a comprender cómo ella, siendo aristócrata, atendía a esa muchacha judía de buena gana. Pero aquello no le preocupaba, solo se dejó envolver por el suave canturreo de la muchacha.

- Oi, da ne vecher, da ne vecher, mne malym-malo spalos(5) (Oh, esta tarde, esta tarde, he dormido muy poco)

Era una suave vocecilla, no del todo afinada, pero que completó este ambiente de cálida intimidad. Era inevitable compararla con Anastasia, pero, ¿por qué su hermana le producía tanto rechazo, mientras que Galina le provocaba ternura?

- Mne malym-malo spalos… Oi, da vo sne prividelos… (he dormido muy poco, oh, y vi en mis sueños…)

Antonina puso la taza sobre una mesita de arrimo.

- La dejaré aquí para que se entibie…

- Es usted muy amable.

- ¿Por qué canta esa canción tan triste?

- Oh, todas las canciones de cosacos son melancólicas. Resulta que es la favorita de Fiodor. Pero no estoy segura de que sea triste. Fiodor dice que los cosacos viven al día, como nosotros. Ellos eligen una vida llena de peligros, pero es un precio que pagan gustosos por la libertad de la que gozan. Al menos así entiendo que Stenka haya seguido con su plan pese a la advertencia de su esaul.

Tonia se sentó junto a Galina y se acomodó los almohadones sobre el regazo para que su nueva amiga pudiera apoyarse en ella.

- Otra alternativa es asumir que somos un pueblo adicto a la melancolía. "La dicha de estar triste", como decía Víctor Hugo.

- ¿Víctor Hugo? ¿Está segura? – preguntó Galina, luego de beber un sorbito de agua de manzanilla - ¡Eso debió decirlo algún ruso!

- Le juro que ha sido él.

- ¡Me está timando!

- ¡Para nada!

Galina entrecerró los ojos con malicia.

- Le preguntaré a mi marido. Él es un hombre muy culto, ¿sabe? Muy, muy instruido. – afirmó categóricamente con cierto orgullo.

Antonina le acarició el cabello suavemente. La muchacha encinta continuó su canturreo medio desafinado.

- Mne vo sne prividelos, budto kon moi voronoi… (y vi en mis sueños, que mi caballo negro…)

Se inclinó hasta tocar la coronilla de Galina con su mentón. Su negrísimo cabello olía agradablemente a algún producto casero. Como los que usaban las criadas en alguna de las parcelas de veraneo que tenía su familia. Olía a sol, a luz, calor y brisa fresca.

- Razygralsia raspliasalsia, razrezvilsia podo mnoi (jugaba, bailaba, saltaba alegremente debajo de mí)

Finalmente se atrevió a rodearle el talle con los brazos y apoyarle las manos en el vientre. Apenas se pronunciaba, era muy pronto para que alguien más que la madre percibiera la vida en su interior. Pero dentro de poco tiempo, un par de meses, Tonia también podría sentirlo. ¿Qué sería, niño o niña? Pensó en mil cosas con las que podría mimar a la criatura. Se ocuparía de su educación, por supuesto. No permitiría que pasara por las mismas privaciones que sus padres. Al ver esto, Galina tendría que quererla más. Tampoco debería ser una molestia ocuparse del niño; el hijo de dos padres adorables debería ser una criatura encantadora, ¿cierto…? ¿Habría alguna forma de llevar a Galina a su casa? Este sitio no era nada seguro… pero por el momento no veía cómo. Ya pensaría en algo más adelante. Ahora se sentía demasiado bien así, absorbiendo la maravillosa paz que su amiga irradiaba.

- Naleteli vetry zlyie, so vostochnoi storony… (Vinieron los vientos furiosos, vinieron desde el este…)

La puerta que daba al pasillo se abrió lentamente. En seguida se asomó el rostro tenso y agotado del dueño de casa, Sus labios apretados se distendieron en una sonrisa al contemplar a ambas mujeres. Se acercó en silencio para no interrumpir a Galina. Ella, en un entendimiento tácito, continuó su canción.

- Oi, da sorvali chionu shapku, s moiei buinoi golovy. (Oh, y arrancaron el gorro negro de mi cabeza salvaje.)

La muchacha posó su pequeña mano apenas cubriendo la de su marido, y cerrando los ojos, frotó su mejilla contra ella, como haría un gatito.

- A esaul dogadliv byl, on sumel son moi razgadat. (Pero nuestro esaul era muy astuto, y logró descifrar mi sueño.)

Tonia los miró interactuar casi como si no estuviera allí. Es que el hombre no tenía ojos para nadie más que para su esposa. Le acarició una mejilla con gran ternura, y esta comunicación tan sencilla conmovió profundamente a la aristócrata.

- Oi, progadet on govoril mne… Oi, tvoia vuina golová (Oh, perderás, me dijo… perderás esa salvaje cabeza tuya)

La vocecilla se diluyó en el aire, permitiendo que el silencio se expandiera por algunos segundos más. El hombre le besó la punta de la nariz.

- ¿Qué te parece Stepán? Es un nombre muy heroico.

- ¡Tú y tu manía con las historias de cosacos!

- Admiro a todo hombre que luche por la libertad de su pueblo, y eso fue lo que hizo Stepán Razin. Si no te gusta, podría ser el nombre de alguno de los decembristas.

- Stepán está muy bien – asintió ella – Pero de cariño, me gusta más Stiva que Stenka.

-¿Y si es una niña? ¿Te gustaría que llevara tu nombre?

- Pues… - dijo Galina algo pensativa – no sé, no me convence mucho eso de ponerle a los chicos los nombres de los padres.

- Bueno, aún tenemos varios meses para darle vueltas – sentenció el bolchevique.

- Disculpen… - les interrumpió Antonina, incomoda – Creo que ya es hora de que me vaya… Usted tendrá que ir a… a ese asunto dentro de un rato más y…

- Sí, sí – dijo Zubovski – Oiga, gracias por haber venido a hacer compañía a Galia.

- Ha sido un placer – dijo Tonia, tomando su abrigo y su bolso – Ah, creo que hoy podré conseguir una pequeña lista sobre la gente que se ha ordenado seguir esta semana… Puedo entregársela a Kolia, o traerla directamente aquí, como ustedes prefieran.

- Venga a verme mañana y me deja la lista. – sugirió Galina.

A Tonia le pareció una idea fantástica. Ya se iba, cuando la dueña de casa la detuvo con un gesto, para luego dirigirse a su esposo.

- Mi amor, ¿quién dijo que "la melancolía es la dicha de estar triste"?

- "La mélancolie est un crépuscule. La souffrance s'y fond dans une sombre joie. La mélancolie, c'est le bonheur d'être triste." – dijo el bolchevique en perfecto francés - Víctor Hugo. ¿Por qué lo preguntas, solcito?

- ¡Ah! ¿Ya ve que le decía la verdad? Es de "Los trabajadores del mar".

Galina rió, y sin dar explicación, alabó coquetamente el acento de su esposo. A Tonia le hizo gracia la expresión de desconcierto en el rostro del bolchevique. Pero a la vez estaba profundamente preocupada. Obedeciendo a un impulso, tomó al bolchevique del antebrazo.

- Oiga usted… cuídese mucho, ¿eh?

Fiodor se despidió con torpeza, pues aún le constaba asimilar las expresiones de afecto de Tonia hacia ellos, que eran cada vez más frecuentes. Lo que en un principio calificara como interés mezquino ahora le parecía sincero.

Tonia dio tres efusivos besos en las mejillas a Galina, según la costumbre rusa.

- Hasta mañana, querida.

- Hasta mañana.

La imagen de la pareja, antes de que la puerta se cerrara, se le quedó muy grabada. Él, rodeando los hombros de su pequeña esposa y Galia, con la cabeza apoyada en su marido, afirmada de su cintura. Los dos sonrientes, tan increíblemente sonrientes pese a todo… Se marchó con el corazón liviano al comprender que sentía afecto por ambos y les deseaba sinceramente lo mejor. Pensaba, además, que si lograba comprender la dinámica de esa relación tan sana y feliz, entendería por qué con Mijaíl todo había sido un desastre tras otro y podría solucionarlo. Jamás se le pasó por la cabeza lo doloroso que sería recordar este momento en el futuro.

~.~.~

Despertó con los lametones de Iskra y su pata presionándole el vientre. Estaba tan cansada que no había oído los golpecitos en la puerta de su cuarto.

- Psss… madrecita…

Abrió lentamente para evitar que crujiera la madera. Vasiliev aún la mantenía en un toque de queda que continuaba siendo violado sistemáticamente a sus espaldas. Se encontró con que Vladislav le sonreía en el umbral.

- Te ves mucho mejor – comentó sentándose al borde de la cama mientras Vladislav ingresaba en la celda. - ¿Has hablado ya con Riurik?

- No – contestó el chico – aún no quiere dirigirme la palabra…

- ¿Y el resto de los camaradas, sigue igual?

- No podría decir que se lo hayan tomado bien tampoco – comentó – Es gracioso que sea Oleg Tolbuzin quien más se me ha acercado. Un gendarme. Yo creo que soy tan penoso que le doy lástima.

- No es eso, desde antes le agradabas a Oleg – dijo Anastasia - ¿Me acompañas a beber un té? Voy a poner el samovar, y charlaremos un poco…

- No, no es necesario. Ya me voy. Sólo venía a saludar.

- ¿A las tres de la madrugada, Vlad? – dijo ella dando un bostezo.

- No, en realidad venía a darle las gracias… ha sido muy buena conmigo.

Vlad se levantó, pero se movió torpemente de un lado a otro, como si estuviese desorientado o no fuese capaz de decidirse entre ir a dormir o aceptar la invitación de Anastasia.

- ¿Lamentas haber dicho la verdad? – preguntó ella – Tienes que darle tiempo, no es un golpe fácil de asimilar. Riurik te quiere mucho, yo lo sé.

- Ya estoy mejor - respondió evasivamente – Sólo quería agradecerle, y verla un momento. Ahora me voy. Si me pillan fuera de la barraca a esta hora no me libraré del castigo.

- Eso es muy cierto – dijo Anastasia, tomando la manija – Que descanses.

- Buenas noches, madrecita.

Vlad se detuvo en el umbral de la puerta, y de improviso giró, enfrentando a Anastasia. Sin decir palabra, la estrechó entre sus brazos y la besó en los labios. Ella se quedó estática de la impresión. Pero ni siquiera alcanzó a reaccionar cuando Vlad ya la había soltado. Fue un beso muy extraño, que no le provocó temor ni la sensación de haber sido agredida. Había sido el beso inocente de un niño pequeño, no el que se esperaría de un muchacho de veinte años.

- ¡Vlad! – exclamó la mujer – No… no vuelvas a hacer eso…

- Lo siento – dijo él, como si no lo lamentara en absoluto – Ha sido un arrebato.

- No estoy enojada, pero…

- No se preocupe. Le prometo que no lo volveré a hacer. Buenas noches… - le dijo con una gran sonrisa, y volvió a repetir – Ahora sí me voy…

- Bue… buenas noches – masculló Anastasia antes de cerrar la puerta, roja como una cereza. En seguida volvió a meterse en la cama, y se durmió sintiendo el peso de Iskra sobre sus pies.

~.~.~

No podía creerlo. No. Tenía que ser una horrible pesadilla. Pero por más que recorriera con los ojos una y otra vez la pequeña estancia, ahí seguían el montón de vecinos, ahí estaba Mijaíl parado en un rincón, con los puños apretados y la cabeza gacha. Aleksei, pálido, con un brazo en cabestrillo. Y Fiodor, sentado con los ojos vacíos, perdidos en la nada. Y en medio, el ataúd.

Había pasado la noche anterior prácticamente en vela. Pese a que Mijaíl no participaría del rescate, no lograba conciliar el sueño pensando en el destino de "los demás". El idiota de Aleksei, el payaso de Nikolai, y Fiodor (para Fiodor no habían insultos) ¿Qué sería de Galina si su esposo moría o era enviado a prisión otra vez? No quería ni imaginarlo. Los planes para protegerla en el peor de los casos brotaban espontáneamente, pero los rehuía atemorizada. Supersticiosa como casi todos los rusos, creía que pensar en eso traería mala suerte. Se dio varias vueltas en el lecho, frunciendo el ceño. Esto era lo malo de querer a las personas, que aunque no lo desees, te preocupas por ellas.

Cerca de las cuatro de la madrugada oyó sonar el teléfono en el despacho de su esposo y se dirigió en puntillas hacia allá. Borís estaba tan alterado, que no le llamó la atención topársela en el pasillo a esa hora. No le costó nada tirarle la lengua. Desastre total, habían perdido a todos los presos sin capturar a ninguno de los asaltantes. Lo más extraño es que habían sido, al parecer, dos grupos distintos los que les atacaron para quitarles a los prisioneros, y que acabaron a los balazos entre ellos. Sí, un caos espantoso. No, hasta donde se sabe, ninguno de los grupos tuvo bajas. Al menos no habían encontrado cadáveres en las inmediaciones.

Se calmó al saber que aparentemente no había muerto ninguno de sus compinches "bolches", pero ¿qué diablos era eso de los dos bandos? ¡Tenía que haber sido una trampa! Pero, ¿de quién, y para quién?

Sólo después de almuerzo pudo escabullirse a casa de Zubovski. Apenas entró, Julius, demacrada y con los ojos hinchados, le echó los brazos al cuello.

- Está muerta… anoche, esos infelices de la policía militar… ¡Oh, por Dios! ¡Tanta maldad, tanta maldad!

Antonina no alcanzó siquiera a hacer una pregunta, cuando la muchacha alemana ya la había soltado. En seguida, Julius se ocupó de ofrecer algo comer y beber a los presentes, según la costumbre rusa. Al ser la única mujer entre los deudos, la responsabilidad había recaído en ella, y trataba de cumplirla lo mejor que podía. Sin embargo, la pobre chica temblaba tanto que las tacitas de té tintineaban sobre la bandeja y derramó buena parte de su contenido.

Aleksei completó el relato en voz baja. Que luego del rescate, él y Fiodor habían vuelto a casa para atender una herida leve que Aleksei había sufrido en un brazo, y nada más por minutos no se cruzaron con los asesinos. Y ella no podía, no quería creerlo. Pero bastaba con mirar a los vecinos que llenaban la estancia y murmuraban oraciones en una interminable letanía entre miradas nerviosas, a Mijaíl, cuyos ojos echaban chispas de amargo rencor, y a Zubovski, que parecía no estar allí. Aleksei no fue capaz de darle mayores detalles, pero al cabo de unos minutos Julius volvió junto a ellos para explicarle el resto.

Luego de oírla, Antonina caminó a duras penas hasta el féretro. Parecía dormida. Pero estaba muerta.

- Galia me hizo esconder en un compartimento bajo el piso, dijo que todo estaría bien, que ella manejaría la situación… – fue lo que Julius le dijo. Y sus palabras le resonaban en la cabeza mientras observaba con espanto el cadáver de su amiga – Los sentí trajinar, luego oí… gritos, una discusión… pensé que estaban registrando los muebles, revisando cada rincón. Finalmente se marcharon. Pero Galina no venía. Y cuando salí, la encontré tirada en el suelo en un charco de sangre, agonizando. Esas bestias… ¡La violaron, la golpearon, y luego la apuñalaron! ¡Y ella no gritó, no pidió ayuda! Porque sabía que si me hubiera dado cuenta y hubiese salido de mi escondite y entonces… Ella me protegió a costa de su propia vida y la del hijo que esperaba…

Quiso creer que abriría los ojos, que le sonreiría y le tomaría las manos con esa sencilla calidez suya. Quiso creer que podría venir a verla a diario y confiarle sus tristezas, su soledad, sus miedos, como a la amiga que jamás había tenido, y que hasta entonces había negado que necesitaba. Pero estaba muerta, porque una tropa de alimañas había visto en ella un pedazo de carne en lugar de un ser humano con un corazón de oro.

Las piernas le temblaban cuando se dirigió hacia Fiodor. Se dejó caer frente a él, incapaz de articular palabra, mirando con ojos desencajados su rostro vacío. Y cuando el hombre apoyó la frente sobre su hombro, tuvo que admitir que no era ninguna pesadilla. No supo cuánto tiempo estuvo rodeándolo con sus brazos, sin que él reaccionara. Hasta que de pronto se levantó, agradeció a los vecinos con una voz ahogada que no parecía la suya, y los despidió maquinalmente.

A lo lejos, Tonia oyó a Julius intervenir nerviosamente, pidiendo a los vecinos que dieran un respiro a Fiodor y regresaran más tarde. La gente fue retirándose entre frases de consuelo apenas murmuradas. Una mujer flacucha de cabellos pajizos se comprometió a avisar al pope que retrasara unas horas su visita.

La mirada que Fiodor dio a Galina dejó helada a Antonina. Sonreía como si no tuviera consciencia de dónde y en qué circunstancias se encontraba. Como si por ese instante hubiese podido olvidarlo o negar lo que era grotescamente real, para poder besarla en la frente y decirle "Solcito mío".

Tonia no había cruzado palabra con Mijaíl. Por eso, cuando la vió acercarse hacia donde él estaba, deseó desesperadamente correr hacia ella, apretarla contra su cuerpo tratando de encontrar algún consuelo… Pero fue a Aleksei a quien ella buscó, fue en su pecho donde enterró el rostro entre sollozos entrecortados. Fue él quien acarició su cabeza, mientras lágrimas incontenibles rodaban por las mejillas de ambos. Mijaíl se detestó con toda el alma al por tener celos de su mejor amigo, pero a la vez reconocía que la reacción de Antonina tenía mucho sentido. Pese a las bravuconadas de ambos, Aleksei había demostrado reiteradamente que le tenía estima a su otrora enemiga de la infancia. De Aleksei ella podía esperar apoyo y consuelo. Mijaíl, en cambio, sólo le había ofrecido insultos y desprecio. Probablemente Antonina aún le quería, pero a Mijaíl le quedó muy claro que a la hora de acudir a alguien en un momento difícil, él ocupaba alguno de los últimos lugares de su lista.

- Esto no puede quedar así… - dijo Antonina entre dientes – Aliosha, tenemos que encontrarlos… ¡Tienen que pagar! Y cuando los encontremos, ¡los mataré a todos, con mis propias manos…!

- No – la voz opaca de Zubovski sobresaltó a todos. Parecía haber regresado violentamente de donde fuera que había estado hasta ese instante – No se cobrará venganza. En primer lugar, porque no sabemos quiénes son. Si algún vecino sabe algo, no hablará por temor, un temor más que justificado. Además Julius no los vio, y no podría identificar a nadie. En segundo lugar, incluso si pudiéramos matarlos, podrían relacionar los hechos y caernos encima. No necesitamos más muertos. Y nada va a devolverme a mi mujer y mi hijo. ¡Nada, ni nadie!

- ¡Pero eso no es justo! – le rebatió Antonina al borde del descontrol - ¡No puedo permitir que esos infames hayan cometido esta atrocidad y queden impunes! ¡Deben recibir un castigo!

- Tonia, cálmate – intervino Aleksei – Fiodor tiene razón…

- ¡No, no me resigno…! – exclamó Tonia, con los puños apretados - Ella era buena y dulce, y había sufrido tanto ya… Galina y Fiodor merecían ser felices… ¡Y el bebé, por Dios!

- Es su decisión, no la nuestra… - Aleksei le tomó las manos delicadamente, y habló con un tono suave y tranquilizador - Debes respetarlo.

- Ha… hablaré con mi esposo. – insistió ella, aún temblando - Si le pido que se investigue…

- ¿Qué se investigue el homicidio de una ex prostituta judía, mujer de un bolchevique prófugo, que supuestamente habría sido cometido por miembros de la policía militar? – dijo Zubovski – Aprecio su intención. Pero no se me ocurre nada más imprudente que lo que está proponiendo, Antonina.

Tonia no encontró apoyo ni en Aleksei, ni en Julius, ni mucho menos en Fiodor. Sólo Mijaíl le devolvió una mirada de odio febril y contenido que hervía a la par de la suya.

~.~.~

¿Qué era ese sonido? Anastasia frunció el ceño y movió los pies, sin encontrar peso alguno al final de su camastro.

- ¿Iskra? – murmuró soñolienta. El perrito no dormía junto a ella como de costumbre… Se incorporó, identificando el ruido como lastimeros aullidos, provenientes de las barracas – Qué extraño… - dijo en voz alta mientras buscaba su ropa – Apenas amanece, nunca sale tan temprano…

Oleg fue el primero en llegar junto al animalito, pensado que se habría herido o estaría enfermo.

- ¿Qué pasa, bandido? – preguntó al verlo en aparentes buenas condiciones, pero raspando frenéticamente con una pata la puerta del galpón que servía de bodega. Al ver a su autodenominado amo, aulló fuertemente, y se alzó en dos patas empujando la puerta. Oleg, que confiaba más en el instinto de los animales que en el de los hombres, la abrió presintiendo que algo malo ocurría. .

Se topó de lleno con dos pies que oscilaban macabramente frente a él. Era Vladislav. Había pasado una cuerda por sobre la viga principal que sostenía la estructura del galpón. Su cuerpo pendía de un extremo, sujeto del cuello. Oleg de una zancada estuvo a su lado aferrando las piernas e intentando impulsarlo hacia arriba.

- ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda, rápido!

Entre sus gritos desesperados y los no menos angustiosos aullidos de Iskra, en cosa de segundos un montón de guardias y presos se aglomeraron a su alrededor. Anastasia se abrió paso entre ellos, y su corazón se petrificó de espanto al ver la escena. Varios arrastraron un cajón, uno se encaramó de un brinco y cortó la soga con su cortaplumas.

- ¡Oh, Dios mío! – gimió ahogadamente, y retrocedió algunos pasos incrédula, hasta que tropezó con Vasiliev, que venía llegando al lugar. Las piernas le flaquearon, pero él la sujetó con firmeza.

- ¡Está vivo aún! – oyeron gritar a alguien.

Oleg se inclinó junto al cuerpo y comenzó a insuflar los pulmones del suicida, soplando dentro de su boca. Anastasia intentó acercarse, pero Vasiliev la arrastró hacia atrás, al tiempo que impartía órdenes.

- ¡No se aglomeren, dejen espacio, dejen espacio! ¿¡Dónde está ese puto médico!? ¡Rusanov, ve por él de inmediato! Oleg, cuidado con el cuello…

El doctor Gólubev llegó corriendo unos instantes después, despeinado y con la chaqueta mal abotonada. Oleg hizo ademán de hacerse a un lado, pero el médico le ordenó que continuara con la maniobra, dándole algunas indicaciones.

- Levanta un poco la barbilla, yo intentaré un masaje cardíaco. (6)

Varios minutos transcurrieron en tensión y crispante silencio, mientras Oleg continuaba traspasando grandes bocanadas de aire a los pulmones del muchacho, y el médico ejercía presión rítmicamente sobre su pecho. Hasta que Gólubev se sentó sobre el suelo y se secó el sudor de la frente con una manga.

- Detente, Oleg. No hay pulso.

Oleg Tolbuzin estaba absorto en su tarea y continuó con la maniobra, ignorando la instrucción del médico. Continuaba soplando aire en la boca de Vladislav, y le presionaba el pecho con sus enormes manos.

- Tolbuzin, no hay más qué hacer. El chico está muerto – le advirtió Gólubev.

- Vamos, Vald, haz un esfuerzo… - Oleg estaba sordo a las exclamaciones de los presentes que comenzaban a pedirle que se hiciera a un lado.

- Es suficiente, Tolbuzin – insistió Vasiliev.

- Ya basta, ¡déjale!

- ¡Apártense, idiotas! – gritó el hombre, espantando a manotazos a varios que intentaban separarlo del cuerpo - ¡Respira, Vlad, maldita sea!

Sólo se detuvo cuando un tétrico chasquido indicó que le había fracturado una costilla. Se sentó tomándose la cabeza entre las manos. Iskra olfateó el cadáver, volvió a aullar, y en seguida se arrimó a Oleg, quien lo abrazó escondiendo el rostro en su pelaje lustroso.

Anastasia vio como uno a uno los presentes se despojaban de su shapka (7) y se persignaban. Únicamente Riurik la mantenía puesta, y miraba el cadáver con ojos desorbitados de horror.

- Ya no podrá entrar al reino de Dios… -murmuró un guardia.

-Se ha condenado al infierno…(8) - añadió otro.

Aprovechando que el capitán la había soltado para hacer la señal de la cruz, se lanzó junto al cuerpo, apartó el cabello de su frente y le besó repetidamente el rostro.

- ¡Vlad, Vlad, ¿qué has hecho, niño mío! ?

- Quítese de ahí, Anastasia… - oyó decir al capitán.

- ¡No, déjenme…!

Como no hiciera caso, el hombre volvió a sujetarla, forzándola a ponerse de pie y sacándola fuera de la barraca. Ella se debatió con fiereza.

- ¡Suéltame, suéltame! – gritaba histérica.

Piotr soportó estoicamente que ella tratara de librarse de él golpeándole el pecho e incluso arañándole la cara, hasta que finalmente, ya sin energía, le echó los brazos al cuello y dejó caer la cabeza sobre su hombro.

~.~.~

- Sea quien sea, dile que me encuentro indispuesta. No quiero ver a nadie.

- Es el capitán Lázarev, señora – insistió Katiusha – dice que el señor le ha ordenado pasar a recogerla.

- Ah, la práctica de tiro… - murmuró Antonina con un tono que denotaba entre cansancio y hastío – Supongo que habrá que ir. Dile que pase.

Cuando Katiusha se retiró, se dio un vistazo en un espejo. Tenía los ojos sin brillo y su peinado algo desordenado. Los tres últimos días habían sido un calvario. Durante ese tiempo había pensado obsesivamente en Galina. En todas las circunstancias escabrosas y crueles de su muerte, en el dolor de ese buen hombre que era Fiodor. Por otra parte le habían quitado a esa persona que, inesperadamente, se había ganado su afecto. Y en su maraña de pensamientos , se le colaba la imagen de Anastasia. Era inevitable no pensar en ella, o detener el torrente de horrorosas especulaciones en torno a su destino. Se angustiaba aún más al no poder controlar sus pensamientos, dado su convencimiento de que eso traía mala suerte. Aún se observaba cuando oyó la puerta cerrarse.

- ¿Cómo estás?

Ni siquiera recordaba cuando fue la última vez que Mijaíl le había hablado con la calidez que acababa de emplear. En otras circunstancias el corazón le habría saltado hasta la garganta, pero ahora se limitó a encogerse de hombros.

- Ya veo. Pero tenemos que ir al campo de tiro, no sería bueno levantar sospechas… No es habitual que te la pases encerrada en casa tanto tiempo.

- Ya. Pediré que me traigan un abrigo.

- Tonia… - Mijaíl la detuvo cuando ella se disponía a tocar la campanilla para llamar al servicio – Espera. Necesito hablar contigo antes de salir.

- ¿Es sobre Zubovski? ¿Le has visto, cómo está? – preguntó con vivo interés.

- Pues… no se ha dado un respiro. Se ve bien, sin embargo, ¿quién podría estarlo realmente en esas circunstancias? Pero no es de eso de lo que quiero hablar.

- ¿Entonces?

Mijaíl vaciló un momento, al cabo del cual bajo la voz y le dijo rápidamente:

- Ya sé quienes asesinaron a Galina.

Antonina se sacudió de encima el abatimiento.

- Pero cómo… ¿Cómo lo descubriste?

Mijaíl echó el pestillo a la puerta y se sentó a su lado en la poltrona, hablando en un susurro nervioso.

- Ya llevo tiempo en esto — habló en susurros - , conozco muy bien a esa gentuza. Como tienen poder para hacer lo que les da la gana, suelen alardear de sus "hazañas". Anoche fui a una taberna que frecuentan estas alimañas, esperando oír algo, y escuché a un grupo de ellos hablar sobre…

- ¿Estaban hablando… sobre lo que le hicieron…? – murmuró ella con horror.

Mijaíl asintió y le entregó un papel con algunos nombres escritos.

- ¿Estás seguro? ¿Qué decían?

- Estoy seguro de que eran ellos, eso es todo lo que hace falta que sepas.

- Pero, ¿y si te equivocas? ¿De qué hablaban, qué dijeron exactamente? ¿Sabes si son sólo ellos o hay más involucrados?

- Tonia, no… no quieres saberlo, créeme.

- ¡Necesito saber!

- ¿Por qué? ¿Qué falta te hace? ¡Fueron ellos y ya! – exclamó él, a punto de arrepentirse de haberle revelado su descubrimiento.

- ¡Quiero saberlo! ¡Dímelo! – insistió ella, tomándole de la manga, clavándole los ojos ansiosos.

Mijaíl se soltó bruscamente, y cuando continuó hablando, la voz le temblaba de ira.

- Se estaban riendo, Tonia. ¡Se reían! Se reían de que ella les hubiera suplicado que no le hicieran daño, porque esperaba un bebé.

La sangre se le agolpó en las mejillas.

- ¡Cómo puede existir alguien tan cruel!

- Dijeron que si se quedó callada y no pidió auxilio, fue porque debía haberle gustado…

- ¡No! Ya basta, no quiero oírlo…

- ¿Ahora no quieres oírlo? ¡Demasiado tarde…! Uno se lamentó de haberla apuñalado, porque daba para hacerle otra "visita"…

- ¡Misha! – gimió ella, cubriéndose el rostro con las manos.

- Lo que te estoy diciendo es una mínima parte de todo lo que oí. No te imaginas lo que me costó contenerme y no caerles a golpes ahí mismo…

- ¿Y qué quieres que haga al respecto? ¿Acaso no ves que ya he sufrido lo suficiente con todo esto? - y lo miró casi con rabia.

- No sé lo que busco al contarte, Tonia. Supongo que simplemente no podía guardarme esto y no tengo a quién más confiárselo. ¿O qué esperabas, que fuese a atormentar a Zubovski contándole como esos miserables se ufanaban de haber violado y asesinado a su mujer embarazada? El resto de los camaradas se habría negado a tomar represalias, porque no podemos anteponer nuestras rencillas personales si eso implica poner en riesgo nuestros planes. Y en el fondo lo entiendo, pero no puedo conformarme. No puedo… y sé que tú tampoco…

- Viniste a pedirme apoyo – dijo ella – porque ese día fui la única que habló de venganza. Sé que mi plan no pudo ser más estúpido, pero estaba desesperada y fue lo primero que se me ocurrió. Tú, en cambio, traes información de primera mano, y asumo que una mejor idea…

- Si me ayudas a convencer a Aleksei al menos… yo…

Aleksei se había vuelto más prudente y reflexivo con la edad, pero su naturaleza arrebatada seguía siendo la misma. Antonina sabía que si lo presionaba lo suficiente podría obtener algo de él. Dudó, pero se impusieron otras preocupaciones no menos importantes.

- ¿Y si les siguen la pista? ¿Crees que eres el único que se ha enterado de esta historia si como dices, son una banda de bravucones? ¿Qué pasaría si varios miembros de la policía militar aparecen muertos, y casualmente todos alardearon de haber participado de un mismo crimen?

- Pensé que no querías que esto quedara así, sin castigo.

- ¡Quiero venganza! Pero si eso significa un riesgo para ti, o incluso para esa tropa de chiflados que tienes por camaradas, no podría soportarlo. Sí, reconozco que ustedes no son mala gente. Aunque estén locos de remate. Zubovski tiene razón al decir que nada le devolverá a Galina. Lo siento, de verdad que sí, pero no puedo apoyarte en esto… ahora – plisó el papel y lo guardó en una manga. Bajó la voz – Sin embargo, podríamos esperar un tiempo prudente.

Mijaíl asintió.

- No es lo que hubiera querido, pero tienes razón. Lamento haber venido a incomodarte No estoy siendo racional, lo sé. Quizás vine aquí para que me detuvieras. Mi única excusa es que mis camaradas son mis amigos, y mis amigos son mi familia. Es todo lo que tengo en esta vida, Tonia.

¿Cómo era posible que jamás hubiese visto las cosas desde ese punto? Ella sabía que a Mijaíl lo había recogido de la calle un camarada que años más tarde acabó sus días en prisión, y que siendo apenas un chiquillo ya colaboraba activamente con los revolucionarios. En su afán por ser todo para él, los había odiado por considerarlos un estorbo, pero…

- Tu familia… - murmuró con los ojos llenos de lágrimas – eso es lo que te he quitado…

Él dijo que no había venido a pelearse, y acompañó sus palabras posando la mano sobre su hombro. Pero ella parecía inmune a sus gestos conciliadores.

- Pide tu abrigo y salgamos, un poco de sol y de aire fresco te sentará bien… - añadió.

Tonia asintió algo ida, y fue a tocar la campanilla, pero se detuvo antes de llamar. Mijaíl se le aproximó alarmado al verla afirmarse de la pared, apoyando allí la cabeza y respirando entrecortadamente.

- ¿Qué te sucede, estás bien…? ¡Tonia! – Exclamó al sujetarla cuando se le doblaron las piernas. Tenía las manos muy frías - ¿Qué te pasa, estás enferma?

- Anastasia… - murmuró ella, con la frente hundida en su pecho.

- ¿A… Anastasia? ¿Qué…?

Ella le dio una mirada dolorosa.

- ¿Tú crees…? ¿Tú crees que a Anastasia pudo ocurrirle lo mismo que a Galina?

- No lo sé… - respondió él con un nudo en la garganta.

- ¿No puedes decirme una mentira piadosa? ¿No ves que no puedo vivir en paz pensando en que mi hermana puede haber corrido esa misma suerte en prisión?

- Puedo mentir si es lo que quieres, pero ¿de qué serviría?

Mijaíl había visto llorar a Antonina infinidad de veces. La mayor parte de ellas para manipularlo, tratando de hacerlo sentir culpable mediante un chantaje emocional al que él siempre había sido inmune. Las otras veces, de rabia ante el fracaso de sus chantajes. Pero nunca de este modo, nunca con tanta angustia, desgarradamente. Tanto, que verla así le partía el corazón.

- Creo que te bajó la presión… - fue lo único que atinó a decir. Se sentía lento y torpe en extremo. Le tomó una de las manos heladas, pero ella no parecía no escucharlo – Ven, siéntate.

- Mi hermana está sufriendo, lo siento aquí – dijo ella entrecortadamente, apretando un puño contra el pecho – Le ha sucedido algo terrible.

- ¡Hey, hey! Mírame – Mijaíl la tomó por los hombros y la sacudió suavemente – No lo sabemos. No des nada por hecho, ¿está bien?

- ¡No, tú no lo entiendes! ¡Yo lo sé…! Parece un sinsentido, pero lo sé…

- ¿Es por eso que me has preguntado lo que hablaron esos hombres?

- Sí, es por eso… Hace tres días que no duermo, no como, no vivo pensando en… No solo en Galina. Quizás hay algo que une a quienes comparten la misma sangre más allá de lo que pueda explicarse con simples palabras, algo que me grita que Anastasia está sufriendo. Siento en el corazón un dolor que no es el mío… ¡Y si yo no hubiera abierto mi estúpida boca…!

- ¡Por todos los diablos, ya basta! – exclamó atrayéndola hacia su cuerpo e intentando consolarla Le tomó por sorpresa que ella no reaccionara. No se había percatado de lo acostumbrado que estaba a ser el esquivo y distante, el preciado objeto de afecto… Y sin embargo ahora, aunque sus brazos la envolvían, la apretaban buscando tranquilizarla, ella continuaba temblando, rígida y distante – No te tortures, pensando así sólo te harás más daño… - añadió hundiendo los dedos en las sedosas ondas de su cabello.

Pero el cruce de sus miradas no calmó a Antonina. Logró crear una pequeña distancia entre sus cuerpos al empujar las palmas contra el pecho de Mijaíl, como si el torpe consuelo que recibía sólo hubiera servido para exaltarla.

- ¿Acaso tú mismo no me has repetido hasta el cansancio que todo esto es mi culpa? Ah, si odiaba tanto oírtelo decir es porque es la verdad… Arruiné la vida de tus amigos. Arruiné la única posibilidad de escapar de mi hermana… - estrujó entre sus dedos una solapa del uniforme de Mijaíl, pero su acceso de ira contra sí misma se apagó rápidamente – En toda mi vida no he hecho una sola cosa que valga la pena. Y pareciera que todo lo que toco se pudre…

Mijaíl no contaba con una reacción de ese tipo. Lo esperable era precisamente un ataque de rabia dirigido contra alguien o algo que tuviese la culpa de todas sus desgracias. Eso lo podía manejar de una u otra forma. Si ella gritaba, entonces él gritaba el doble. Si ella amenazaba, él la mandaba al demonio. ¿Pero qué hacer con ese sufrimiento descarnado que Antonina irradiaba, tan quieta y ausente, replegada sobre sí misma? Sus ojos se rebalsaban una y otra vez de lágrimas, y su pecho se agitaba a penas entre distanciadas y cortas inspiraciones.

– Por favor, no llores más, no lo resisto… - dijo él en un susurro de voz quebrada, acariciándole la barbilla – No llores más, preciosa… Shhhh… no llores más… - repetía una y otra vez, mientras la besaba en la frente, en las mejillas, sobre los párpados. Desarmado por la vulnerabilidad y la tristeza de Antonina, no hacía más que obedecer al impulso de confortarla. Ella habría agrietado su coraza sin proponérselo. Quizás, precisamente por eso lo había logrado. Y Mijaíl supo que no había remache en el mundo que capaz de componerla. Pero por una vez, no le importó. ¿Acaso no estaba harto de esconderse de ella detrás de un muro de cemento, rodeado por un foso y más allá una trinchera cercada de alambres de púas y un campo minado de diez verstas a la redonda? ¿No era él mismo quien intentaba respirar aplastado por el miedo y el resentimiento? Pretendiendo que su vida tenía un único objetivo, sólo un sentido y lo demás no existía. ¿Cómo había acabado así, si nunca lo había querido?

Y ahora se escapaba como una masa líquida que ha encontrado una fisura en el recipiente que la contiene. Filtrándose gota a gota, henchido de ternura. Y de la comisura de los labios pasó a presionarle la boca con la suya. Al principio dulcemente, en una leve caricia que buscaba sacar a Antonina de su pequeño infierno personal para traerla de vuelta junto a él. Se alejó apenas lo suficiente para captar la mirada de extrañeza de sus ojos húmedos sin dejar de percibir su cálido aliento. La habría contemplado por una eternidad si su deseo de besarla no fuese aún más fuerte. , Antonina se estremeció y sus labios se abrieron para él como tantas veces antes en un beso lento y suave. Pero bastó que ella dejara escapar un minúsculo suspiro para que de la ternura pasara violentamente a la pasión, a apretarla entre sus brazos recorriéndole la espalda, abarcando con las manos la estrechez de su cintura, mordiéndole los labios con algo que sólo podría definirse como hambre. Hambre de la gama completa de contradicciones que la hacían ser quien era; desde la criatura dócil que se acurrucaba en su pecho después de hacer el amor, a la bruja obsesiva e histérica que demandaba más atención de la que él podía dar; la mujer que podía actuar con un egoísmo cruel y brutal, pero que sorprendentemente demostraba tener un alma compasiva. De genio volátil y obstinados afectos, de dulzura infantil y coquetería maliciosa.

- Me amas… me amas, ¿verdad? Dímelo… dime que me amas…

Mijaíl se deshizo bruscamente del abrazo, aún jadeante. ¿Por qué tenía que mirarlo de esa forma, con esa aterradora adoración? Cada vez que ella hablaba de amor, cada vez que lo miraba así, temía perder toda su capacidad de raciocinio. Lo que hacía un segundo se sentía correcto, una vez más se volvía imposible a sus ojos. El muro nuevamente alzaba entre los dos.

- Yo no… - dijo torpemente. – Tú sabes que esto no tiene ningún destino.

Una vez más un pequeño espacio de felicidad se había esfumado cuando apenas alcanzaba a vislumbrarlo, pero en esta oportunidad el errático comportamiento de Mijaíl la había exasperado. Él actuaba tan cobardemente, y ella estaba tan cansada de luchar…

Antonina respiró hondo antes de responder.

- Lo tendría si hicieras un esfuerzo. Un pequeño esfuerzo por aceptarme tal como soy.

- ¿Yo, hacer un esfuerzo? ¡Cuando has sido tú quien por todos los medios ha tratado de apartarme de mis convicciones!

- ¿Cómo puedes decirme eso? – Se defendió ella, con más frustración que enojo - ¿No te basta con todo lo que he hecho por ti? Le he mentido a mi esposo, he robado información, ¡les di una pequeña fortuna para que hagan lo que les plazca! La noche de la emboscada hasta me podría haber ganado un balazo… Pero no, no es suficiente… ¡Para ti nada es suficiente!

- No creas que no agradecemos lo que has hecho – contestó Mijaíl, como si repitiera un discurso memorizado - Cumpliste cabalmente tu palabra de ser útil a la causa revolucionaria. Pero no crees en ella.

- Así que esa sigue siendo tu condición – dijo ella con profunda amargura.

- No es una condición. Simplemente nunca podré darte lo que esperas de mí. No dejaré todo lo que soy para complacerte y largarme contigo al fin del mundo…

- No te pido eso. Estaría dispuesta a seguir tal como antes y a tolerar tu…

- "Tolerar"… - murmuró él, contagiándose de la amargura de Antonina - Como si la causa a la que he dedicado mi vida fuera un juego.

- No he dicho eso…

- ¿Y qué es para ti si no eso? ¿Por qué te involucraste con nosotros? Poniendo tanto en riesgo por algo en lo que ni siquiera crees… ¿Has pensado cómo me siento cuando veo todo lo que haces? Sé muy bien que no es más que un capricho para ti. Un día estás arrendando una bodega para esconder armas, y por la noche ofreces una fiesta en que gasta el doble de lo que vale el cargamento que logramos traer a costa de las vidas de algunos camaradas. Me dirás que haces todo por mí, pero lo que en realidad veo… es que disfrutas la emoción del riesgo, la novedad, porque se ha transformado en una vía de escape para la vida que tanto odias. No dimensionas lo que hay detrás. No lo entiendes, y nunca lo harás porque venimos de mundos distintos. El modo en que vives, la forma en que piensas, es todo lo que repudio.

- ¡Eres tan injusto e hipócrita! – exclamó Antonina, quien no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer – Si es tan poco lo que valgo, explícame por qué te acercaste a mí de ese modo. Fuiste tú quien lo comenzó todo. ¡Tú! Desde ese día en el teatro… Y luego me provocaste, ¡me hostigaste hasta enfermarme de los nervios, hasta que perdí por completo la cabeza! Lo mismo hoy. Yo no había hecho nada, por una vez no pretendía nada contigo, pero tú me besaste. ¿¡Por qué demonios me haces esto!?

Por toda respuesta, Mijaíl la tomó del brazo y la arrastró hasta un espejo de cuerpo completo. Oír de labios de Tonia la misma acusación que le hiciera Galina era más de lo que podía tolerar.

- Mira… - dijo sin conseguir serenarse – mira y dime lo que ves.

- Somos tú y yo. – dijo la mujer con aspereza – No entiendo a qué viene esto.

- Mírate, Tonia. Dime si hay algo en la imagen que te devuelve el espejo que no sea bello y perfecto…

- ¿Qué quieres decir? –Creyó comprender el mensaje. Pese a su aspecto desaliñado, sus facciones seguían siendo armónicas y hermosas, y su figura esbelta, delicada y elegante... pero no quería convencerse de que Mijaíl hubiera querido decir algo tan…

- No te imaginas la cantidad de hombres que matarían por estar contigo, tan sólo basándose en la imagen que estás viendo frente a ti. Eres una mujer bellísima, Antonina… - le susurró al oído - Y yo no soy diferente a esos hombres…

…tan ofensivo…

"¿No es una nenita preciosa?... Mira qué monada, con esos ricitos…"

Voces, voces de muchas personas y en distintas épocas surgieron de golpe, recreándose caóticamente en su mente. Mil adulaciones de las que creía sentirse orgullosa…

"Es una muñequita de carne y hueso"... "¿Me concede este baile?"... "Querida, sin duda llegarás a ser una de las mujeres más hermosas de la corte"… "A nadie le sentaría mejor ese vestido que a ti…" "¡Ah, ojalá yo tuviera la mitad de tus pretendientes!"... "De veras te envidio, no puedo creer que no uses nada en especial para tener ese cutis de porcelana"… "Cariño, el conde Vólkov no te ha quitado los ojos de encima en toda la noche. Es uno de los solteros más codiciados del momento, quién como tú que se puede dar el lujo de regodearse…" "Se lo digo en serio, si usted me lo pide me lanzo de cabeza al Neva, tanto así me ha hechizado su hermosura"… "¡Título, fortuna y belleza! ¿Qué más podría desear una mujer? Tienes mucha suerte…"

-…no estoy orgulloso de mi conducta – continuó diciendo Mijaíl – No debí hacerlo y te pido…

Pero ella ya no lo escuchaba. Volvió a su poltrona y se echó en los cojines acurrucándose con los ojos abiertos de par en par.

"¿Qué sucede? ¿Te sientes bien? ¡No, no te inquietes, no estoy ocupada! ¿Quieres que hablemos? ¿Quieres quedarte a tomar el té conmigo...? Ah… Ya veo, entiendo, tienes otros compromisos… pero si lo deseas, otro día… pues, pienso que deberíamos hablar más a menudo… ¿Cómo me preguntas por qué? Eres mi hermana y te quiero, Antonina."

"…Y cuando desee, venga a visitarnos. Las puertas de mi casa estarán siempre abiertas para usted…"

- Tonia, levántate, si comienzan a sospechar de ti…

- ¿Si levanto sospechas, qué? – le interrumpió bruscamente - ¿A quién diablos le importa lo que yo haga? ¡No será más que otra pataleta, un nuevo berrinche! A nadie va a extrañarle, créeme. No eres el único que piensa que soy una mujer ociosa, estúpida y caprichosa.

- Por un demonio… – masculló Mijaíl entre dientes- No he querido hacerte daño, es sólo… que soy un grandísimo pedazo de idiota. Eso es. No puedo perdonarme por lo que sucedió con mis camaradas. Cada día ese es mi primer y mi último pensamiento. Es injusto haberme desquitado contigo cuando era mi responsabilidad… Ahora, por favor… levántate, vamos al campo de tiro…

- No voy a ir a ninguna maldita parte, ya lo has oído.

- ¿Qué te está pasando, Antonina…?

- No lo sé. No tengo idea. Pero no quiero salir, no quiero ver a nadie. Necesito… necesito estar sola. Márchate. Mañana iremos al campo de tiro. O después, otro día… Vete y déjame en paz, Mijaíl.

.

.

.

(1) Stáritsa, es el femenino de stárets, quienes son una especie de sabios y guías espirituales rusos, que generalmente viven en los monasterios ortodoxos. Se les consideraba personas virtuosas y santas y eran muy populares y respetados.

(2) Kalinka es una canción tradicional rusa bastante famosilla que quizás conozcan: www(punto)youtube(punto)com / watch?v=FAT3G-1mdBw

(3) Se llama pogromos a las agresiones masivas a un grupo de personas, en Rusia por lo general las víctimas fueron judíos.

(4) Actual Novosibirsk, la tercera ciudad más poblada de Rusia.

(5) "Ой, да не вечер" (Oi, da ne vecher: Oh, esta tarde) Es una canción tradicional cosaca sobre Stepán (Stenka) Razin, un cosaco de la zona del río Don que vivió en el siglo XVII, héroe popular que se alzó contra el zar con el objetivo de eliminar la esclavitud, establecer la igualdad y eliminar los privilegios de la aristocracia. Luego de una rebelión que se extendió por una amplia zona de Rusia, fue derrotado, capturado y ejecutado por descuartizamiento. Esta canción trata de un sueño que Stenka tiene poco antes de su captura y que es descifrado por un esaul (capitán) cosaco, que le anuncia su próxima muerte. Esta es una versión muy hermosa interpretada por Pelageia, una cantante rusa que me gusta muchísimo: www(punto)youtube(punto)com / watch?v=PwGMO9Y56B0

(6) Para esas fechas no existía la reanimación cardiopulmonar como se realiza actualmente, pero la "respiración boca a boca" se practica desde antiguo. El llamado "masaje cardiaco" se conocía desde el siglo XIX, pero cayó en desuso hasta mediados del siglo XX, así que podemos presumir que este médico es un ñoño que se había leído los estudios de Friedrich Maass, que había desarrollado esta técnica hacia 1890. Ya, no puedo ser más ñoña. Voy a tirarme a un pozo y vuelvo.

(7) Shapka o ushanka, es una gorra de piel con orejeras flexibles.

(8) Para la Iglesia Ortodoxa Rusa el suicidio es un pecado que no tiene absolución, de hecho en la época en que se ambienta la historia ni siquiera se permitía dar cristiana sepultura a los suicidas.


Notas:

Gracias a quienes se dan el tiempo de leer esta historia, y por sobre todo a fertuliwithejarjayes quien a partir de este capítulo es oficialmente mi beta y ha trabajado como una china leyendo este mamotreto (yipi, tengo beta, soy feliz).

Como siempre, se agradecen comentarios, sugerencias, felicitaciones, tomates, etc.