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Pareja: Estados Unidos/México.
Género: Drama, Romance.
Advertencias: AU.
Suspiró por enésima vez en aquella tarde. Miró por la ventana quizá por ocasión milésima, y el tamborileó de sus dedos ni siquiera contaba con un número fijo. Señales fijas de su creciente fastidio mezclado con preocupación.
Pocos eran los asuntos que realmente lo preocupaban, y tales casos, era innecesario decir que se las guardaba para sí mismo. Sin embargo, la naturaleza de su actual suspirar distaba de lo que consideraba como "normal"… tal vez por eso mismo no tenía una idea fija de cómo debía comportarse. Mierda.
Ese pinche gringo, siempre pensando cosas innecesarias…
Desde que cumplió los 14 años comenzó a salir con mujeres. Mayores o menores, altas o bajas, rubias o morenas, él no conocía ninguna limitación en tanto hubiera de por medio una recompensa de orgullo, fama y placer. De ahí que el tema de las relaciones sentimentales no le fuera NADA desconocido, ¡por favor! Conocía cada movimiento, cada coqueteo, cada frase y cada galantería que cautivaba a una dama hermosa. Las variaciones de personalidad sólo hacían el juego más interesante~ ¿y por qué no? Encontrar a una chica que intentara resistírsele, conquistarla y enamorarla representaba uno de los pilares de su "legendaria" fama: nadie se le escapaba.
En tales circunstancias, ocurrió lo que ni él mismo previno: comenzó a salir con un chico.
Bien, el término "salir" era más el de una relación abierta, pero existía. Le había traído desde grandes disgustos, hasta un romance tan intenso como no sintió antes.
No podía esperar otra cosa de Alfred F. Jones, el "gringo" que conoció por accidente en un bar y con el que estableció una amistad competitiva. No desconocía cómo todo terminó así, con ellos devorándose en la cama cada que se veían, o pasando el rato juntos entre conversaciones estúpidas: se trataba de una atracción que no controlaban, una extraña complementación que los alegraba aunque a veces no se soportaran.
Había roces voluntarios, casuales, y palabras que herían, pero que también despertaban "algo" cálido en las entrañas de ambos. Y sin darle un nombre fijo a tal convivencia, tenían poco más de 6 meses así.
En vista de eso, ¿qué demonios había pasado esa noche? Hacía una semana salió del trabajo, y en la puerta encontró inesperadamente a Anya Braginski, una de sus exnovias. Tuvo una relación muy larga con ella, y dado que su rompimiento fue en buenos términos, se alegró auténticamente de verla.
La abrazó, ella le besó como solía hacerlo antes, le correspondió en tanto el gesto le pareció divertido y casual…
Su nombre fue dicho de repente por una tercera voz que reconoció: ahí estaba Alfred pálido como nunca, increíblemente sorprendido.
Jamás había sido bueno disimulando, por lo que fue bastante obvio lo que le cruzó por la cabeza y el dolor que originó.
Él se fue antes de que pudiera decir algo.
No lo había visto desde entonces.
Qué ridículo se sintió los días anteriores, intentando localizarlo por el celular o por el Facebook.
Él, que jamás persiguió a la más hermosa de las mujeres, estaba preocupado por la ausencia de ese gringo que lo sacaba de quicio y las carcajadas más sinceras.
Probablemente ya no lo volvería a ver…
Suspiró y apagó la computadora. Recogió sus cosas y se colocó la chaqueta negra de cuero.
Por otro lado, no existía algo que sostener. No eran nada desde el principio, estuvieron de acuerdo implícitamente. La preocupación, el fastidio, el molesto hueco en su estómago no contaba con base.
Sólo… regresaría a la rutina… y como inicio, podría irse a un bar o llamar alguna "amiga", ¿no? Después de todo, quedarse en casa la noche de San Valentín sería demasiado patético para alguien de su experiencia.
Si tan sólo le hubiera dejado explicarle…
Abordó el elevador. Marcó la planta baja como destino. La música de fondo que se trasmitía por las bocinas sirvió para deshacer ese silencio que lo perseguía desde 7 días atrás.
No importaba, ¿era Sn. Valentín, cierto?
Sonó la campanilla. Al fin estaba en la planta baja.
Las puertas se abrieron automáticamente.
…
Se encontró de frente a frente con Alfred en un segundo, antes de que pudiera pensar en algo más.
…
No hubo una palabra previa. No hubo quejas o explicaciones. Él simplemente le miró con sus ojos azules y le colocó algo en su anular izquierdo.
Un anillo.
— Ahora sí tengo derecho de sentir celos — sonrió con ligereza, con las mejillas apenas sonrosadas — ¿No te parece fantástico, Alejandro?
Devolverle una mirada significativa aclaró el propósito, los medios y las consecuencias.
Ahí estaba, aquello que no había sentido en ninguna de sus experiencias anteriores.
Ese pinche gringo, siempre pensando cosas inimaginables.
— Por supuesto que sí — respondió sonriendo de lado — ¿Qué te parece si vamos a celebrarlo?
— ¡Tienes razón! — su faz era brillante — ¡Hoy es un día muy especial!
Ya lo era, en innumerables sentidos. Y también los que estaban por venir.
Pareja: Gales/Inglaterra.
Género: Drama, Romance.
Advertencias: Crack, Incest.
No era un tema que hubiera pensado hasta entonces. Al menos no de manera tan precisa, dado que sus experiencias básicamente consistían en lo contrario.
Venía darse cuenta que podía ser egoísta.
… bueno, la cuestión no era nueva. Se conocía lo bastante bien como para saberlo de antemano, y más aún: contaba con la capacidad para controlarlo, utilizarlo en el momento que fuera requerido.
Sin embargo, no era el tipo de egoísmo en que actuaba por capricho, tampoco en el que imponía sus preceptos o en que desconocía los errores. No era tan banal ni tan cotidiano como cualquiera lo creería.
Se trataba más bien de uno personal, más introspectivo y sutil. No afectaba al resto, no se descontrolaba con facilidad: sencillamente se mostraba con la selección de información, lo que consideraba importante o lo que podría desechar sin ninguna inseguridad. No tenía que ver con lo correcto o lo incorrecto, con lo bueno o malo, sólo lo útil y lo práctico.
Si tenía que ser honesto, no encontraba mayor problema en el tipo de egoísmo que practicaba. Si no afectaba al resto, ¿qué daños podía ocasionar? Y si existían consecuencias lamentables, cosa rarísima dada su capacidad de discernimiento, contaba con el suficiente carácter para enfrenarlo.
De ahí que el repentino pensamiento provocara una sensación inusual en la boca de su estómago.
Realmente no pensó que alguien resultara molestado por aquello… o mejor dicho, "herido".
Arthur tenía incontables virtudes, pero la paciencia y la disimulación no entraban en ellas. Aunque no era tan fácil como eso: necesitó de una observación detenida, una reflexión de su propio egoísmo y de aquellos detalles del rubio para determinar una conclusión.
Su hermano estaba inquieto sobre su actitud respecto al día de Sn. Valentín.
Los días festivos no eran algo que llamara su atención. A excepción de los nacionales y por tanto, de la historia detrás de ellos, el resto no los tomaba en cuenta. Con el 14 de Febrero pasaba lo mismo, ya que le parecía una celebración sobrevalorada y deformada por el enorme aparato consumista. Claro, no opinaba respecto a quienes pensaran lo contrario.
Nunca antes, incluso cuando comenzó a tener una relación más profunda con Arthur sentimentalmente hablando, se preocupó por hacer algún homenaje en tal fecha. Los besos, los abrazos, las noches en su habitación; los detalles discretos y significativos, los momentos íntimos y espontáneos; cada acción entre ellos no contaba con un día en especial, porque al estar ahí representaba más de lo que podrían decir.
Entonces, ¿qué era ese cambio de Arthur?
Por supuesto que lo notó: últimamente estaba suspirando con nostalgia y se distraía con facilidad; miraba los escaparates de las tiendas por más tiempo del necesario, le llamaban la atención los adornos de los centros comerciales; observaba a esas parejas de colegiales que llamativamente se demostraban su cariño y la conmemoración del día próximo.
Y enseguida de que mirada esos elementos, inmediatamente dirigía sus ojos verde esmeralda a él, con timidez, con un auto reproche que se dejaba ver en su ceño fruncido y sus mejillas apenas rojas.
Por supuesto que jamás lo diría, pero casi podía escucharlo: Arthur quería que celebraran como el resto de las personas.
Desde el principio supieron que su relación no sería normal, aceptable o evidente para el resto; por el hecho de ser hermanos, no podían hacer diferentes actividades en público, aun si compartían y se profesaban un sentimiento más grande que cualquiera. Estuvo bien para los dos, porque en la privacidad se recompensaba con creces.
Empero, por una vez deseaba lo contrario.
Entonces se dio cuenta de lo egoísta que podía ser: jamás dio la oportunidad para que la posibilidad fuera contemplada.
… y del mismo modo, se dio cuenta de lo que quería hacer.
Si el día de Sn Valentín no significaba nada para él, por Arthur esperaba acceder al menos aquella vez. No cambiaría su modo de pensar, ni tampoco los preceptos de una cuidadosa observación, pero eso lo volvía más significativo: estaba dispuesto a esforzarse por un sentimiento mayor.
Era así que ya estaba frente al rubio, extendiéndole tranquilamente un narciso.
El gesto que dibujó fue algo digno de grabar en su memoria.
El tímido beso, el siguiente abrazo, la proposición de una caminata fueron lo que marcaron el comienzo de ese día.
Estaba enamorado, no había razón ni lógica de por medio.
Aquel Sn. Valentín no sería un desperdicio.
Pareja: Alemania/Romano.
Género: Humor, Romance.
Advertencias: AU, Crack.
Si pudiera pedir un maldito deseo en aquel instante, sería DESAPARECER.
Desaparecer de ese parque, de la ciudad, del estúpido mundo que le echaba en cara lo idiota que podía ser. ¡Argh! ¡¿Por qué le pasaban estas cosas?! ¡¿Qué había hecho, eh?! Constantemente se lo preguntaba… o se lo reclamaba desde aquel patético escondite en el que se refugió por inercia.
Era ridículo, ¿qué estaba haciendo entre esos arbustos? ¿Por qué escondía la cara, como si su vida dependiera de ello?
Porque básicamente de eso se trataba: de conservar su existencia con un mínimo de dignidad, aun si su situación no era creíble para algo así.
Ocultó el rostro, se rascó la cabeza con desesperación, ¡¿qué estaba haciendo?! ¡¿Por qué tenía que quedar en ridículo de semejante manera?!
Fácil: por culpa de Ludwig.
Estúpido macho patatas, ¡siempre encontraba la manera de arruinarlo todo! Bastó verlo un segundo, cruzarse en medio de la calle para que la situación se fuera al diablo, ¡lo odiaba!
Por supuesto, eso era una gran mentira.
Sonrojó bruscamente, intentando tranquilizarse… aunque de nuevo regresó su histeria, llegándole a la nariz el aroma de la tierra fresca y de las plantas que lo ocultaban de las miradas ajenas, y sobre todo, de la del rubio.
¡¿Por qué tuvo que encontrárselo precisamente ese día?! ¡¿Cómo?! ¡Estando en una ciudad tan grande, ¿cómo coincidieron en ese maldito parque?! ¡Argh! ¡Todo aquello era una mierda!
Es que había un motivo de fondo, un suceso en particular que lo obligaba evitar al alemán y a colorarse como nunca antes.
Días antes, en un momento en que todas sus emociones se desbordaron sin control, le gritó que lo amaba.
Lo recordaba y ya estaba de nuevo rojo, pegándose en la frente con una palmada sonora, ¡¿en qué estaba pensando?! ¡En nada, evidentemente! ¡De lo contrario, jamás, JAMÁS hubiera dicho algo como eso! ¡Nunca le hubiera dicho que él…!
Maldición, ¡maldición! ¡No solamente se declaró de una forma tan patética, sino que salió huyendo antes de que dijera algo!
Eso estuvo bien. No hubiera soportado ser rechazado directamente.
Ahora, después de tal prueba de su estupidez, el único consuelo era evitarlo. Claro, de alguna manera sabía que no podía pasarse la vida así, ¡pero lo haría hasta que ya no tuviera opción! Y ahí estaba el motivo para esconderse, ¡en cuanto se toparon de frente, tuvo que correr! Saltar sobre los primeros arbustos que encontró y rogar que no lo hallara hasta que pudiera escabullirse.
Tontas mariposas en su estómago lo atacaban, porque contrario a lo pensado, Ludwig salió tras él.
¡¿Por qué haría algo así?! ¡¿Qué quería?! ¡¿Pretendía humillarlo, echarle en cara su patética declaración?! ¿R-Rechazarlo…?
Justo en aquel día, en ese maldito Sn. Valentín…
— ¡Lovino…!
Antes de que se diera cuenta ya estaba de pie, sujetado por los hombros y observando de cerca esos ojos azules claros que lo desarmaban sin remedio.
Oh, no.
Por su mente pasaron muchas intenciones, pero ninguna pudo ejecutar: no tuvo la destreza para soltar algún pretexto, y tampoco para gritarle inconformidades mal enfocadas; no contó con la fuerza para intentar huir, o para golpearlo con una habilidad inferior.
Se quedó así, avergonzado e inútil, sin la mínima posibilidad de evitar el momento.
No soportaría que lo rechazara directamente.
…
No obstante, las palabras de Ludwig tomaron un rumbo diferente. Primero preguntó dónde había estado todos esos días, después por qué lo estaba evitando… para terminar balbuceando cosas incomprensibles y con las mejillas rojas como las propias.
¿Qué intentaba? ¿Por qué era tan macho patatas como para no ir directamente al punto? ¡Si sólo buscaba fastidiarlo, juraba que le daría una patada tan fuerte que jamás olvidaría!
Pero las palabras a medias finalmente tomaron forma y expresaron algo que no imaginó en aquel tiempo de angustioso pudor.
Ludwig dijo que también lo amaba.
Ambos guardaron silencio, uno frente al otro. Evitaban mirarse como el par de idiotas que eran, y ni el más fresco de los tomates podría competir con la tonalidad de sus rostros. El alemán intentaba recuperar el aire por lo dicho y por la búsqueda; él tenía rastros de tierra en su ropa y hojas en su cabello por su frenético escape.
… y del mismo modo, ambos sonrieron ligeramente, para luego reír con suavidad.
Q-Qué tontería…
Con una tímida mirada de él y un ceño fruncido personal, estuvo claro lo que serían a partir de entonces.
E-Estúpido Sn. Valentín, ahora tendría que celebrarlo como un imbécil enamorado…
… n-no era como si lo molestara.
Pareja: Irlanda del Norte/Islandia.
Género: Drama, Humor, Romance.
Advertencias: AU. Crack.
Repasó el plan nuevamente en su mente, sintiendo cómo la respiración se le aceleraba y cómo su estómago amenazaba con jugarle una broma muy mala.
Bien, era sencillo: esperaría a que saliera de la escuela, pasaría a su lado, tiraría "por accidente" su carpeta, y justo cuando él le ayudara a recogerla, le agradecería y se presentaría. Punto.
Una estrategia tan sencilla como efectiva no podía fallar, ¡estaba seguro! Sólo tenía que seguirla al pie de la letra.
Por supuesto, era más fácil pensarlo que hacerlo.
Se frotó las manos e intentó tranquilizarse, ¡faltaba muy poco para las 14:00 pm! Hora en que podría ver a…
Sonrojó.
Era consciente que estaba actuando como un acosador, como un estúpido que no dejaba de pensar en la misma persona día y noche, pero…
Fue obvio deducir qué ocurría: estaba enamorado.
Y llevaba así desde aquella tarde que pasó de casualidad por enfrente de aquella escuela, luego de que huyó de las garras de un perro y en que intentaba saber en dónde rayos se encontraba.
Lo vio entonces, a un chico de cabello ceniza claro corto, piel blanca y ojos azules, de una tonalidad oscura que reflejaba de manera fantástica la luz de la tarde.
Fue amor a primera vista, se atrevía a decirlo a pesar de todo… y del mismo modo, no dejaba de sentirse como un idiota.
Sin embargo, conforme siguió "pasando por casualidad" a la hora que salía, el sentimiento no sólo se acentuó, sino que se incrementó al grado de animarse a dirigirle una palabra.
Contrario a lo que se pensaría, no tenía una aspiración más grande que la de saludarlo: un "hola" sería suficiente. Encontrarse por una vez dentro de su visión le haría feliz. Sólo por un momento, por un insignificante segundo, quería que supiera que existía. Simplemente así.
Y quizá por eso había escogido el día de Sn. Valentín para hacerlo: tal vez de alguna manera, por lo que representaba tal fecha, se daría cuenta que… que en ese saludo existía algo de… de amistad y de amor…
… qué cursi.
Si sus hermanos lo escucharan, le meterían la cabeza en el excusado. No los culparía…
Le invadió un agresivo escalofrío cuando, de repente, se escuchó el timbre: anunciaba el final de las clases.
Más intentaba calmarse, y más ocurría lo contrario.
El plan, debía seguir el plan, pero… enrojeció violentamente al verlo salir.
El palpitar en su pecho le recordó cuan enamorado estaba… y eso mismo le impulsó a caminar hacia él… T-Todo saldría bien…
…
E-Exactamente como dijo, p-pasó a su lado. El aroma de pino, hierba, romero y violetas le inundó la nariz, pensando que nunca olvidaría tal loción. Con aquello se sentía tan feliz… pero quería serlo más, al menos hasta donde se propuso. Era hombre de palabra.
Movió su carpeta nerviosamente entre las manos… y más que actuación, en verdad se le cayó por accidente. Las hojas se esparcieron por la acera sin orden, ¡eso era demasiado! ¡L-Luciría como un tonto…!
— ¿Necesitas ayuda? — dijo de pronto una voz que no escuchó antes, pero que le hizo enrojecer como el estúpido que era.
N-No podía creerlo, ese chico ya estaba agachado y ayudándole a recoger los papeles, ¡en verdad funcionó! T-Tenía a unos cuantos centímetros esos ojos azules, al cabello cenizo claro, a esa piel blanca y las facciones tan finas que muchas veces quiso observar de cerca…
No obstante, la tarea resultó más rápida de lo que imaginó: el chico juntó casi todos los papeles –a comparación de su nerviosa lentitud- y se los extendió al instante.
Se pusieron de pie, de frente antes de que se diera cuenta… y a pesar de ser más alto que el otro por media cabeza, se sentía pequeño, como un niño tímido. Solamente podía pensar en el tiempo transcurrido sin que alguna palabra saliera de su boca.
No, no, no, ¡no podía irse sin decirle "Hola"!
— G-Gracias… — fue lo único que pudo emitir, aun si tenía aquel saludo atorado en medio de la garganta.
Quería estar en sus ojos al menos un momento…
…
…
— Disculpa… — dijo poco después, consciente de que arruinó su oportunidad. Los minutos que desperdició en silencio jamás se los perdonaría…
— Emil.
…
— ¿Eh? — lo miró confundido, inseguro de haber oído aquella frase — ¿Qué?
— Yo… soy Emil.
De repente distinguió un hermoso rojo en sus mejillas, a la vez que le sostenía la vista con trabajo. La forma en que apretaba sus manos en forma de puños le recordó la manera en que él movió su carpeta momentos antes.
No podía ser…
— H-Hola Emil — sonrió con más soltura, no creyéndose la situación — Soy Ryan. Un placer en conocerte.
Al fin sucedió, ¡dijo ese "hola" que tanto imaginó…!
— ¿Sabes? El tonto de mi hermano mayor me avisó de último minuto que no podría pasar por mí — bajó la mirada un tanto tímido. La visión fue tan increíble… — A-Así que… n-no tengo nada que hacer por el resto de la tarde…
—… en ese caso, ¿te gustaría ir por algo de comer? P-Podríamos… t-tal vez podemos hablar un poco más… y también…. J-Jajajaja me vendría bien un poco de ayuda para acomodar mis hojas. No soy muy ordenado que digamos…
Al fin sucedió.
— S-Si, me parece bien.
— ¡Qué bien! ¡G-Gracias!
Y muchísimo más que eso.
