Sentí a Blaise removerse a mi lado mientras murmuraba algo entre ronquidos.
Por como sonaron aquellos gemidos, no quise ni imaginar lo que estaría soñando. Aunque quién sabe... Su mente puede llegar a ser... ¿Cómo decirlo? Muy particular. Igual podía estar soñando con zamparse una docena de magdalenas con extra de chocolate que con una barra de strip-tease y un par de piernas largas.
Le miré unos segundos, antes de meter la cabeza debajo de la almohada de nuevo, intentando distanciarme de aquel sonido tan... perturbador.
Blaise tenía la sábana cubriéndole hasta el torso, y, para qué negarlo, era de agradecer; ¡Vaya vistas! Si alguien me hubiese dicho que se podría rallar queso en sus abdominales me lo hubiese creído sin dudar. Lo peor es que el desgraciado no ha pisado un gimnasio en su vida... ¿Como podrá mantenerse? ¿Magia? ¿Brujería? No quiero ni pensarlo, me gusta más imaginar que es natural, es más bonito ¿O no?
Parpadeé un par de veces deslumbrada. ¿Os podéis creer que le hubiese dado por pensar que está gordo?
Lo que oís, increíble ¿Verdad? Pues es cierto. Cuando me lo dijo no puede evitar reírme en su cara, como comprenderéis. No fue hasta que me miró con expresión de dolido cuando me lo tomé en serio. Y me preocupé, como es normal. Como si no tuviese suficiente con un novio así de raro, ahora podía añadir a la lista que además es tonto de remate.
Después de la fase de negación y la de aceptación, empecé a entrar en la fase asesina. ¿Por qué? Os lo diré; Resulta que ``cocino con mucha grasa´´ y ``abuso del aceite´´. ¡Y lo dice él que no ha tocado una sartén en su vida! Vale que la cocina no es que se diga mi pasión y que tampoco sea una chef cinco estrellas... ¡Pero de ahí a refunfuñar sobre lo que hago hay un trecho! ¡Nadie se mete con mi comida! Además, tampoco es que cocine fatal... es aceptable, creo. El caso es que Blaise empezó a protestar y a quejarse sin razón. Así que decidí tomar medidas drásticas... Y a partir de entonces, cocina él.
El problema está solucionado ahora, pero hubo una época en la que no hacía más que comer sándwiches de ``jamón y queso fundido´´ como los llamaba. ¡Fundidos y una porra! ¡Calcinados, querría decir!
Más tarde averigüé que todo aquello era gracias a cierta conversación que mantuvo con Nott... Y digamos que después de una visita en términos no muy amigables, el susodicho no volverá a meterse en la dieta de nadie más. Aunque Blaise sigue mirando el chocolate y todo aquello con hidratos de carbono con los ojos de un yonki seco así que... Sí, yo hubiese apostado mi nueva Nimbus 2014 por que soñaba con las magdalenas.
No pude evitar pensar que si todos los hombres suspirasen por sus chicas de la misma manera que Blaise por un montón de azúcar, habría mucha menos frustración sexual en este mundo.
Apreté con fuerza mis parpados, intentando ignorarle, deseando con todas mis ganas volver a dormirme, como si eso me fuese a ayudar, pero por desgracia sabía perfectamente que no tengo remedio. Una vez me despierto, se acabó; condenada a estar vagando como una zombie medio desorientada todo el resto de la mañana, lo que para mi más o menos es, para que te hagas una idea, como para el resto de la eternidad. Una tortura que, sinceramente, nunca estoy ni preparada ni dispuesta a afrontar.
Tras diez minutos de considerables esfuerzos por volver a los brazos de Morfeo, sin ningún éxito, tomé la que es (y seguirá siendo durante mucho tiempo) la decisión más difícil de mi día a día; salir de la cama, mi odisea personal. Más que haber narrado las aventuras de Ulises lo que tenía que haber hecho ese muggle, el tal Homero del que Hermione no para de hablar, era haber contado mi cruzada personal. Eso si que hubiese sido una gran historia. Lo veo en la gran pantalla y todo... Sí… definitivamete tendría futuro.
Mandé primero mi pie izquierdo de avanzadilla, al más puro estilo expedición militar, animándole a aventurarse al exterior, lejos de la sábana y asomando el dedo gordo con timidez. Me arrepentí al segundo, y volví a refugiarle al amparo del calor de la cama. ¿En que época estaban fuera? ¿En la era glacial? ¡Venga ya! ¡Pero si con aquel frío no me hubiese extrañado nada que un oso polar se pasease a sus anchas por mi salón! Rechiné los dientes.
- Venga, Ginny, ¡Tú puedes! - Me susurré, dándome ánimos a mi misma, por muy patético que suene, aunque no me lo terminase de creer del todo.
Blaise volvió a murmurar entre sueños, como respondiéndome inconscientemente. Por un momento me olvidé de mi propósito y me volví a mirarle, enrabietada, con toda la intención de darle un empujoncito para ``ayudarle´´ a despertarse y salir de la cama a él, ya que tenía la culpa de que ahora yo estuviese sufriendo en silencio… Me imaginé su cara de desconcierto mientras se caía de la cama empujado, como no, por mí, e inconscientemente me relamí los labios, casi como un gato. Sería divertido. ¡Al diablo con lo que dice siempre Papá!; la venganza puede llegar a ser muy pero que muy dulce. ¡A ver si así volvía a poner aquel despertador por hacer la gracia!
Pero en cuanto le vi se me esfumaron las ganas de fastidiarle. Estaba tirado en la cama, medio abrazando a su almohada, hecho un ovillito, mientras seguía gimiendo de vez en cuando, dándole a la palabra adorable nuevos significados con connotaciones que deberían de ser ilegales. Totalmente relajado, así, durmiendo, hasta parece una buena persona. ¡Una pena que se despierte y empiece a hacer de las suyas!
Tenía el pelo revuelto, y aunque normalmente sea de un castaño oscuro, casi del color de la caoba, en medio de la oscuridad parecía totalmente negro. El flequillo le caía sobre los ojos de forma desgarbada, unos ojos en los que, si hubiesen estado abiertos, habría podido ver el color azul claro que siempre despierta envidias en los demás, cosa que no es de extrañar. Creo que son los ojos más bonitos que he visto nunca, sin exagerar. Los míos también son azules, pero de ese azul desvaído casi gris que tiene poca vida, aunque él siempre diga lo contrario. En fin, de vuelta con la descripción... Sus labios son finos, y sin tener la boca muy grande, cuando sonríe tiene una de esas sonrisas que llenan la habitación y que deslumbran a todo el mundo, una sonrisa que, combinada con esa nariz recta y delicada que tiene, le hace completamente irresistible. Por si no fuese poco, Blaise tiene la piel, de forma natural, perfectamente bronceada, aunque no demasiado, lo suficiente como para hacer a alguien pensar si es natural o si se pasa el día tostándose al sol hasta que revienta como una palomita.
Para ser sincera aún sigo preguntándome como es que conseguí llegar a estar con él, con ese cuerpo de infarto. No me extraña que la mayoría de las mujeres me odien cuando me ven con él, yo también me odiaría.
Hablando de otras mujeres... ¡ese es uno de los grandes problemas que ha tenido nuestra relación siempre! No es por que Blaise sea un desgraciado mujeriego que se liaría con la primera que pasa (mujeriego era, pero en Hogwarts y mucho antes de que empezásemos a salir). No, él las ignora deliberadamente y solo parece tener ojos para mí. El problema son las mujeres. ¡Las mujeres! ¿Sabíais que en general somos unas malas zorras? ¡Pues creedme, pero es así! Me duele decirlo, chicas, pero he llegado a esta conclusión después de haber sufrido una serie de incidentes con unas cuantas. Como lo oís, a algunas les sienta tan mal ser rechazadas que hasta se ponen en plan borde y a veces, incluso violento. ¿No os lo creéis? Aquí tenéis un ejemplo: Al principio me lo tomé con calma ya que no me importaba tanto, pero una vez una de ellas, rubia de bote, por supuesto, me faltó al respeto de tal manera y delante de mis propias narices que decidí defenderme. Pasó en el baño de un restaurante, por que desde luego este tipo de féminas no se atreven a montar el numerito y ponerse en ridículo delante de Zabini, así que estaba yo sola contra dos amiguitas y la cosa acabó caldeándose tanto que necesitaron que unos cuatro camareros entrasen al baño para quitármelas de encima, aunque en mi defensa diré que ya me las estaba apañando yo solita muy bien. Nos prohibieron volver a entrar en el local, por supuesto. Aún así, ese día aprendí una gran moraleja, y es que a partir de entonces marco mi territorio muy claramente. Blaise es mío y punto. De nadie más. Y si le miras y eres lo suficientemente atractiva, lo siento pero un moco de murciélago seguro que te queda divino. Y creedme, desde entonces las cosas me van mucho mejor.
Aparté la mirada medio deslumbrada, y volví a darme la vuelta, enfurruñada conmigo misma por no ser capaz de jugársela... ¡Hubiese sido tan divertido...!
Por fin me decidí por largarme. Definitivamente, si no podía dormir, desde luego no pensaba desperdiciar mi tiempo viendo a otros hacerlo, por no decir que da un poco de mal rollo. Conté mentalmente hasta tres, y haciendo acoplo de todo el valor que puedo tener, aunque sea poco, agarré las sábanas con una mano y me destapé con contundencia y una mezcla de rabia contenida, sintiendo como el frío invadía mi lado de la cama.
Un escalofrío súper desagradable me recorrió la espalda de arriba abajo. Con dificultad conseguí incorporarme y medio sentarme al borde de la cama, sin terminar de apoyarme en la alfombra, rozándola tan solo con los dedos de los pies. No pude evitar frotarme los ojos suavemente, ni contener un pequeño bostezo, pero después de estirar un poco los brazos pude hilar, aun que con esfuerzo, mi primer pensamiento coherente del día; Café. Fue como si un hechizo me envolviese, y pude sentir el olor a grano molido llamándome desde la cocina, a pesar de que ni si quiera estuviese fuera o preparado, pero, seamos sinceros; ¿Quién soy yo para negarme a la tentación?
Todavía medio atontada a causa del sueño, me levanté con torpeza de la cama y casi me tropecé con mis propios pies, cosa que me suele pasar habitualmente. Murmuré un juramento entre dientes, como ya es costumbre, y por fin logré erguirme, aunque pareciese un intento fallido de orangután, decidida a emprender mi viaje hacia los peligrosos y alejados páramos de mi cocina.
Digo peligrosos, por que realmente lo son. Para llegar hasta allí hay que enfrentarse a los calzoncillos usados de Blaise, que te esperan en algún rincón de la oscura habitación mientras te acechan, y lo más difícil, salir con vida del intento. Sí, sí, reíros... pero lo peor es que no sabes nunca donde atacarán la próxima vez. Al igual que el cinturón y los pantalones. Yo creo que este chico realmente se esfuerza para dejar tirada la ropa en un sitio cada día más original. Y no es que haga un montoncito... ¡No! Lo hace de tal manera que caminar por nuestro cuarto por las mañanas sea la experiencia más cercana que existe en este mundo a pasearse por un campo de minas; un paso en falso y.. ¡PUM! de bruces contra el suelo. Así de fácil; en un visto y no visto. Ya os digo que es una trampa mortal.
Por supuesto, en cuanto me hube levantado, Blaise, como no, invadió mi lado de la cama, despatarrándose todo lo largo que es y quedándose con toda la sábana para él solito. Hasta suspiró satisfecho el desgraciado.
De modo que finalmente emprendí mi marcha con resignación.
Creo que si los Juegos Olímpicos tuviesen una categoría que consistiese en caminar con los ojos cerrados, yo ya tendría mi titulo mundial, por que si me preguntas que pasó durante mi viaje de la habitación a la cocina probablemente no sabría decirte ni cómo llegué hasta allí... es bastante probable que caminando, pero tampoco os creáis que estoy muy segura. Ahora en serio, por las mañanas suelo estar tan dormida que no veo ni a un palmo de distancia, y si a eso le añades que tengo la memoria de un mosquito... ¡Voilá! Ahí tienes tu ración matutina de Coctail de Ginny con extra de confusión y mala leche, invita la casa.
¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba llegando a la cocina. Bueno, tampoco es que haya mucho que contar, ¿no?, quiero pensar que todos nos hemos hecho el desayuno alguna vez. Bien, pues supongo que el mío no es muy diferente que se diga. Sobre todo por que, principalmente, no soy persona hasta que no me bebo mi taza de café. No es muy original, lo sé, pero es lo que hay, y tampoco es como si lo hiciese muy bien de todas formas, pero a mí me vale. Agarré el paquete del café con poco entusiasmo y me puse a la faena, decidida a hacerme uno especialmente cargado, dadas las circunstancias. El resto fue darle tiempo al tiempo y en cuestión de minutos mi espera tuvo recompensa. Fue el mejor momento del día, con diferencia.
Me atrincheré en mi silla, totalmente inclinada sobre la encimera, aferrando mi tacita como si me fuese la vida en ello, con los ojos cerrados y disfrutando del calor del café recién hecho en mis manos, dando pequeños sorbitos. Dios… amo esos momentos. Llevo con esta rutina desde los 16; mismo café, misma taza, mismo silencio. Es mi momento.
Una vez mi madre, hace unos años, intentó tirar a la basura mi taza, alegando que está vieja y cutre. Ni que decir tiene que semejante ultraje no se ha vuelto a repetir desde entonces, me aseguré muy bien de dejarlo bien claro.
No se cuánto tiempo suelo estar así, en mi estado zen, pero seguro que mucho. No es hasta que empecé a oír los pasos de Blaise por el pasillo que empecé a salir de mi trance auto infundido.
La puerta se abrió con poco ruido y Zabini entró en la cocina como una visión angelical el muy desgraciado, solo con los pantalones del pijama, el pelo revuelto y esa sonrisa ladeada que hace que quiera matarle por ser tan atractivo.
Me abrazó por detrás, como siempre, y empezó a besarme el cuello, nuestro pequeño e íntimo ritual mañanero
- Buenos días.- susurró con la voz aún ronca por el sueño. Me volví para besarle y su sonrisa se ensanchó de forma deslumbrante, mientras me perforaba con la mirada somnolienta.- Madre mía, Gin, eso huele fenomenal...- murmuró dientes mientras olfateaba discretamente mi taza- ¿Queda un poco?
- En la cafetera, pero no se si estará ya frío. – respondí, sin moverme.
Blaise se despegó de mí y fue en busca de una nueva taza, dejándome extrañando su compañía, el calor de su cuerpo, y aunque nunca lo reconoceré en voz alta, me recorrió un pequeño escalofrío por la espalda.
- Asumiré el riesgo.
Rebuscó en uno de los armarios de encima del lavabo hasta encontrar la taza que le regalé hace tres años, cuando empezamos a ser amigos, la que tiene un bigotito hipster con el motto que reza Like a sir, y empezó a servirse con concentración, intentando no derramar nada, probablemente por las ganas.
Sinceramente, Blaise es un hombre increíble, no podría estar con nadie mejor, incluso teniendo en cuenta sus particularidades. Se que odia esa taza, y él sabe que yo sé que la odia, y aún así, todas las mañanas la usa para el desayuno y la saca siempre que puede, sin embargo, jamás ha hecho un comentario sobre el tema. Parecerá una tontería desde fuera, pero es una de esas pequeñas cosas que hacen funcionar una relación; esa taza fue el primer regalo que le hice desde que nos empezamos a llevar bien, y aún la conserva, es como uno de los símbolos de nuestra relación, una broma interna. En el fondo, es un sentimental, y le adoro por ello, aunque sea un ñoño.
Fue entonces cuando mi querido Terminator (nótese la ironía) se coló por una de las ventanas del salón y decidió volar dentro de MI cocina con las noticias de la mañana y un par de cartas.
Hasta ahí cualquiera asumiría que todo bien, ¿No? ¿Qué podría salir mal? Simplemente nuestra ave mensajera trayendo un par de periódicos y revistas… Sí, si, todo bien… ¡De no ser por que siempre me las tira encima! Además, tiene una puntería de escuadrón de bombardeo, el muy cabrón. Y lo hace apropósito. Totalmente apropósito. Dios, odio a ese puñetero pajarraco. Qué decir tiene que si me pilla con alguna taza en la mano, lo disfruta todavía más, el desgraciado.
Fue en un visto y no visto, en un abrir de ojos; cuando Terminator se cierne sobre ti con las alas extendidas no hay tiempo de reaccionar, creedme, lo sé por experiencia. A esa pequeña bestia no hay quien la gane en velocidad.
Dos revistas cayeron del techo cual proyectiles militares, precipitándose sobre mi cabeza en un tiempo record hasta ahora. He de admitir que el bicho tiene talento, es casi mejor que uno de los delanteros de mi equipo.
Esta vez tuve suerte y pude esquivar, no sin hacer un par de malabarismos acrobáticos y por los pelos, El Profeta, El Quisquilloso, y una serie de cartas de los amigos de Blaise. Mi único error fue celebrar la victoria antes de tiempo y bajar la guardia, ahí fue cuando atacó con la artillería pesada; La revista Corazón de Bruja salió disparada cual Bludger certera en medio de un partido, dando el punto ganador al otro bando.
No sé que me dolió más; si el propio golpe o mi orgullo herido estrellándose contra el suelo.
-¡Peque!
Perfecto, lo que me faltaba. Por supuesto Blaise tenía que dar la nota. Poco contento con que su pájaro psicótico me atacara, ahora él tenía que darle la bienvenida. Aquello era de locos.
Pude ver como Zabini llamaba al halcón con una sonrisa de oreja a oreja en la cara, como un niño en una tienda de caramelos, mientras el animal acudía raudo a su llamada y se le posó en el antebrazo.
Y os preguntareis; ¿Por qué Peque? Bueno, pues es muy simple: Resulta que el nombre oficial del bicho ese es Terminator, cortesía del humor negro de Malfoy, que se lo regaló a lunático novio haría un año. Ahora bien, digamos que no es un nombre muy práctico y, como lo tenemos desde polluelo, a ojos de Blaise se ha quedado con Peque, abreviatura de Pequeñín, su mote cariñoso.
Aún recuerdo la primera vez que le vi, después de que abrieran su cajita de regalo, escondido entre varios trocitos de manta que le habían puesto dentro para que no se enfriase durante el viaje que hay de Malfoy Manor a nuestro apartamento. Nadie lo diría ahora, por lo majestuoso que se ha puesto como el digno espécimen que es, pero hay que ver lo feo que era por aquel entonces; con tan solo un par de días de edad parecía un pollo escuchimizado, sin apenas plumas, con miles de pelillos blancos colgándole por todas partes y unos ojos saltones que ya por entonces daban mal rollo, colocados en una cabeza desproporcionadamente pequeña. Y, por supuesto, también recuerdo como me mordió el dedo con todas sus fuerzas cuando intenté acariciarle… Lo nuestro fue odio a primera vista.
Fue así como comenzó la bonita amistad que hay entre ellos dos; con Blaise nutriéndolo y cuidándolo y yo observándolo desde la distancia. A veces creo que el hurón lo hizo aposta.
Me agaché lo más dignamente que pude a recoger la revista del suelo, mientras se hacían fiestas y mimos el uno al otro, y la dejé caer sobre la mesa haciendo un estruendo importante y no sin algo de rabia, aunque no creáis que se inmutaron. Literalmente, les resbalaba a ambos lo que yo estuviese haciendo.
Bufé, intentando no enfadarme, al fin y al cabo, esto ya era parte de la rutina diaria, solo tendría que esperar y resignarme hasta que el ave envejeciera, después, ya veremos quien reiría el último, pensé con malicia.
Al menos, mirando el lado bueno, hoy había salvado mi café evitando un desastre de magnitudes inimaginables. Eso eran palabras mayores, teniendo en cuenta los antecedentes del pájaro, en los que en todos suelo aparecer yo medio abrasada, con la camiseta pringosa, instintos asesinos y teniendo que darme una buena ducha.
- Odio a ese bicho, Blaise.
El chico me miró como si estuviese blasfemando, o como si hubiese ofendido a sus grandes ancestros.
- No le hagas caso, Peque.- Dijo mientras acariciaba las plumas de la punta de la cabeza del ave en plan juguetón, quien le había subido hasta quedarse en sus hombros.- No lo dice en serio.
Terminator graznó con aire satisfecho, frotándose contra el cuello de Blaise territorialmente mientras no me quitaba ojo. Os juro que ese halcón busca pelea.
- Lo que tú digas… - Respondí, manteniendo el contacto visual con su mascota.
- ¿Crees que ya habrá cazado el desayuno? – Se rascó la cabeza, como siempre que duda, reflexionando sobre algo, en un gesto que me encanta.- Espero que sí por que creo que ya se me ha acabado la reserva de carne limpia que teníamos… Hay que ir a comprar más, por si acaso tenemos una emergencia o algo.
- Buena idea, por que te recuerdo la conversación no tan agradable que tuve el otro día con la señora Abott, la vecina del bajo – Me encogí, solo de recordar el incidente.
Digamos que, después de una media hora de griterío por parte de la histérica mujer, le tuve que comprar un conejo nuevo a su hija de cuatro años para reponer el que se había perdido. O al menos esa fue la versión oficial para encubrir el verdadero paradero de Mr. Bigotes. Gracias por aquello, Terminator…
Blaise hizo un gesto para quitarle importancia al asunto.
- Ya nos disculpamos, mujer, tampoco hay que ser rencorosos…
Con estas palabras se volvió y empezó a revolver la despensa en busca de alguna chuche que darle a Peque. Lo puso todo hecho un desastre en su intento; desordenó las magdalenas, los croissants quedaron bocabajo, los cereales prácticamente volcados y tampoco estaba segura de que un hubiese roto una que otra de las baquettes que había comprado el día anterior, por si quería hacerse una tostada o algo, aunque siguiera con su estúpida dieta.
Fue entonces cuando me dí cuenta de la inevitable realidad que me llevaría hacia un mortificante ridículo; no había comido nada hasta ahora. El hambre me azotó en una sola oleada, mientras el horror invadía mi cuerpo.
- ¡Eureka! – Alzó una mano con un pequeño trozo de galletita que había encontrado por ahí.- ¡Lo tengo! Aquí tienes, guapo.- Extendió la palma de la mano, con las migajas en las que lo había descompuesto en el centro, y lo colocó a la altura de su hombro, donde el ave comenzó a picotear su premio por haber ejercido de cartero.
Yo, mientras tanto, seguía a lo mío, distraída por mi negligencia.
¿Cómo había podido olvidarme? Por Merlín, era algo elemental… ¡Un error de principiante!
Pude sentir como venía antes de que hubiese una manifestación física si quiera. El infierno de mi vergüenza personal estaba a punto de desatarse, mientras yo intentaba resistime en un inútil esfuerzo de mantener la poca dignidad que ya me quedaba.
Fracasé en mis intentos.
Mi estómago rugió como si fuese una leona en celo. Y para variar, el estruendo resonó por toda la habitación haciendo eco.
A mi pobre novio se le quedó una cara de póker de las épicas. Incluso el pájaro había dejado de comer para mirarme. Fantástico. ¡Cómo no! Mis entrañas volviendo a traicionarme. ¡Qué sorpresa! Si hay algo que se me da bien es arruinar momentos como éste. En serio, tierra trágame.
Tras unos minutos de silencio incómodo, una sonrisa lobuna se fue instalando en la cara de Zabini, hasta que fueron sus propias carcajadas las que invadieron la habitación.
Mis mejillas empezaron a arder, señal de que ya me había puesto roja como un tomate.
- ¡No tiene gracia! – Las risas siguieron, para mi desesperación.- ¡Blaise!
Las risas de Zabini siguieron atormentándome, hasta que empezaron a llegarme palabras entre cortadas, aun que aún inteligibles. No pude evitar defenderme.
- ¡Oh! ¡Venga ya! No ha sido tan malo…
- ¡Dios! … ¡Créeme!- Masculló entre dientes, sin parar de reír- ¡Ha sido buenísimo!...
Rodé los ojos ante su respuesta, en un intento de reprimir mis las mías propias. ¡Maldita sea! ¿Por qué la risa de Blaise tiene que ser tan contagiosa?
Cinco minutos después, ambos estábamos intentando recomponer la compostura después de que estallásemos en carcajadas juntos, aún con las lágrimas residuales de la risa en los ojos.
Blaise se acercó a mí, trayendo un trozo de bizcocho en un plato para aliviar mi hambre recién hallada, y se sentó en la silla de al lado, habiendo dejado previamente a nuestra ave mensajera en el pequeño soporte de madera que teníamos preparado para ella en esos momentos sobre la encimera. No era su residencia habitual, por supuesto, pero suele dar el pego mientras desayunamos.
- Aquí tienes – Me sonrió ampliamente, colocando el plato en frente, junto con un pequeño tenedor.- ¡Que aproveche!
Me abalancé sobre el dulce sin piedad alguna, decidida a acabar con él en cinco segundos. ¿Veis? Esto es lo que tiene ser jugadora profesional de Quiditch; la dieta híper calórica. ¡Buffet de todo el dulce y calorías que quiera! ¡Chupaos ésa, modelos de pacotilla! En serio, adoro mi trabajo.
Escuché a Blaise pasar hojas con tedio a mi lado, mientras que yo me concentraba en comer por los dos, mientras curioseaba la revista. Levanté una ceja, sin apenas levantar la mirada, pues sabía perfectamente que revista era.
- ¿Corazón de Bruja, Blaise? ¿En serio?
Pasó otra página, sin ponerle mucho interés a su contenido.
- Es importante estar bien informado, Gin. ¡Nunca sabes cual puede ser tu nuevo horóscopo de hoy!- Bromeó, arrancándome una sonrisa.
Bromas a parte, la verdad es que le tengo seria manía a ese tipo de publicaciones.
No me malinterpretéis, tengo mis propias razones, aparte de por el incidente de antes. Es una de las cosas que tiene ser capitán de las Arpías de Holyhead, inevitablemente publicarán sobre ti, y digamos que Corazón de Bruja no le presta especial atención a mi técnica…
En resumidas cuentas, no la encuentro prensa deportiva relevante, y no me interesa lo que la sección de moda diga sobre mi vestuario, por muy mal que lo pongan.
Tampoco me parece precisamente bien que mi novio estuviera en el Top 6 de famosos masculinos más atractivos del mundo mágico, junto con un comentario no muy amable con respecto a su estatus personal y a mi relación con él.
En serio, necesitan superar ese complejo de diosas griegas que tienen esas escritoras y dejar de comentar sobre la vida privada de la gente. Un poco de cortesía profesional no les vendría nada mal.
De repente, pude escuchar como a mi lado Blaise apretó los puños arrugando el artículo que debía estar leyendo, haciendo gala de una rabia que pocas veces le había visto exhibir.
- ¡Hey! – Intenté echar un vistazo por encima de su hombro a las páginas que tenía abiertas- ¿Pasa algo? – Se me ensombreció el semblante.- No me digas que han vuelto a publicar sobre Azkaban… Por que ya si que les mato. – Les mandé a Terminator la última vez y me aseguraron que no volverían a comentar nada más sobre vuestros padres…
Un puñetazo contra la madera de la mesa me interrumpió, haciendo que un par de gotas del café se escapasen de nuestras tazas.
Arrancando tres páginas, hizo una bola de papel y la lanzó con fuerza a la papelera, con una puntería asombrosa.
- Tu hermano es gilipollas.
Con estas palabras se levantó y salió a todo correr de la habitación, dejándome con atónita por la reacción con la boca abierta y todavía con la mitad de mi bizcocho en el plato.
Su voz volvió a llegarme desde el salón, sonando iracundo.
- ¡Voy a matar a ese bastardo!
Y después solo escuché el familiar ¡POP! que suena cuando uno de nosotros desaparece fuera de caso, dándome a entender que me había quedado sola en casa.
Genial, la perfecta mañana de domingo. ¿A quién no le gusta que su novio vaya camino de partirle la cara a uno de sus hermanos? Simplemente perfecto.
Definitivamente, hoy no deberías de haber salido de la cama, Ginny… Me dije, frotándome las sienes. Podía presentir problemas acercándose.
He de admitir que la curiosidad pudo conmigo, y no pude evitas dirigirme hacia la papelera y deshacer el desastre que Blaise había organizado con las hojas de la famosa publicación de prensa rosa. Al volver a la mesa, las extendí sobre la superficie, intentando alisarlas lo máximo posible para poder leerlas yo. Fue un trabajo algo chapucero, pero bastó como para poder leer el título y ver las fotos con claridad.
No pude evitarlo, se me escapó un gritito de sorpresa mezclada con horror al darme cuenta del tema principal del artículo, y al salir corriendo para vestirme, una de las tazas cayó al suelo, haciéndose añicos mientras salía de la cocina, aunque no me importó.
¿Cómo había podido? ¡Maldita sea! ¿Es que se le habían subido las pecas a la cabeza? ¿Cómo podía haberlo hecho?
Esperaba que Blaise no se lo hubiese cargado aún, por que esperaba poder acabar yo misma con ese cabrón.
Se arrepentiría de esto.
Como que me llamo Ginevra Weasley.
