¡Oh, si, nenas! ¡BLACK ROSE HA MADRUGADO!... Bueno, son las 12:20… Ya es mediodía… Dentro de poco voy a almorzar… ¡Pero es domingo! Y en domingo, la madrugada lo es hasta las cuatro de la tarde mínimo, así que técnicamente me he levantado temprano… ¡Oh, sí, viva la vida! Viva la pachanga, viva el bardo, viva la el sexo, las drogas y el alcohol… Ok,no. Niños, no tomen, no fumen, no se droguen, no escuchen Justin Bieber. Es perjudicial para la salud. *Insertar foto gore de alguna desgracia*
En fina… ¿Vieron eso que dice que las morenazas saben mover las caderas cuales diosas? Pues… ¡ES MENTIRA! Una vil y cruel mentira. Es feo, ¿saben? Ir de pachanga con tus amigas y ser la única que intenta baila y parece un palo de escoba… Si, shoro *llora*… O sea, ¡Vamos! ¡¿NO PODÍAS DESGRACIARME DE OTRA MANERA, MADRE NATURALEZA?! Con lo que me gusta bailar… xD
En fin… ¿Se nota que no he dormido en toda la noche?... ¿Vieron que siempre que publico es porque estoy desvelada, ebria o con resaca?... Bueno, como sea… Hoy no estoy con ninguna de esas, así que ¡AAAAALELUYA! ¡AAAALELUYA! ¡ALELUYA, ALELUYA, AAAALELUUYA!...
Oh…
Bueno… YA hemos visto que nuestra pareja favorita han pasado de querer matarse a… ejem, ejem… Querer violarse… (Ah, que suave la nena)… En fin… ¡Leed!
La gula no solo es el exceso de comida… Es el exceso de los placeres en sí, los vicios, etc. (O eso me dijo la que me enseña religión)
Profe Marta… Quiero decirle que hace un muy pésimo trabajo conmigo.
*La internan en un convento*
La gula.
El sol apenas si comienza a elevarse en el cielo, aclarando poco a poco el oscuro azul de la noche. Es temprano y nadie ha levantado aún, pues el gong está lejos de sonar todavía. Cosa rara… ¿No? Es decir, no que aún nadie haya despertado, sino que sea temprano y él se encuentre ya listo para salir de su cuarto. Lo cierto es que no ha dormido en toda la noche. Aquella escena con Tigresa en la cocina le ha mantenido en vela, repitiéndose una y otra vez en su mente, llevándolo en más de una ocasión a recurrir a un buen baño de agua fría (muy fría). Que eso de ser macho le estaba jodiendo la existencia. Cuando creía que por fin conciliaría el sueño, una nueva imagen asaltaba su mente. A veces, solo era algún producto de su alterada imaginación, otras solo el recuerdo de aquel dulce sabor en los labios de ella o la imagen de sus ojos, ardientes y salvajes, mirándole de una manera sencillamente indescriptible.
Ahora se encuentra delante del espejo, observando aquellos rasguños que Tigresa le ha dejado en los hombros cuando le apartó. Tan solo son finas líneas rosas, que se esconden fácilmente entre su pelaje, pero todavía escosen levemente. Lleva la mano derecha hacia el hombro izquierdo, presionándolo levemente… Tal como lo había hecho ella. La respiración se le entrecorta, imaginándose como sería sentir aquel escozor en su espalda, que ella lo abrazara y clavara sus uñas desde sus omóplatos hasta sus cortillas.
Como es de esperarse, aquel pensamiento le acarrea otra de sus tantas fantasías.
Está loco, definitivamente loco. Necesita volver a probarla. Aún puede sentir el tacto de sus labios, suaves y cálidos, el sabor dulce de estos. Puede sentir aquellas mordidas, raspando la piel de sus labios, lastimándole de una manera sencillamente placentera.
Oh, santa mierda.
Necesita hacer ejercicio… Mucho ejercicio.
Sale de su cuarto y camina a hurtadillas por el pasillo, cuidando de no pisar aquellas tablas flojas. Obviamente, sabe perfectamente cuales son. Ser amigo de Mono y Mantis tenía que servirle de algo. Logra salir de barracas y se dirige al Salón de Entrenamientos. Las puertas se encuentran cerradas y desde adentro puede oír el sonido de los distintos aparatos en uso. Obviamente, hay alguien dentro. Se pregunta quién podrá ser. No recuerda haber oído a alguien salir de su cuarto durante la noche.
Toma la manija de la puerta y cuidando de no hacer ruido, empuja suavemente para abrirla. Asoma el rostro, solo lo suficiente para espiar en el pequeño espacio. El interior del salón está iluminado por varios farolillos, solo los suficientes, y Tigresa se mueve frenéticamente por entre los muñecos de madera, golpeándolos y destrozando unos cuantos.
La escucha gruñir y jadear levemente con cada movimiento, inequívoca señal de que lleva varias horas en aquel lugar.
Se pregunta si no llevará toda la noche. No recuerda haberla visto salir, aunque, si lo piensa, tampoco la vio entrar a su habitación.
Se queda parado en su lugar, sin saber si irse o entrar. Sin saber en qué momento, se queda embelesado por los gráciles movimientos de aquel cuerpo. Delicada, elegante, pero fuerte y firme a la vez. Una mezcla perfecta de fuerza y agilidad. Una destreza digna de una felina. La observa saltar en el aire, haciendo varios giros antes de caer agazapada.
Se queda inmóvil en el suelo, respirando de manera forzada, con la mirada fija en la nada. Está de espaldas y Po no puede verle el rostro, pero intuye un entrecejo arrugado por lo tensa de su postura. Parece estar nerviosa o tal vez, enfadada.
Entonces, se endereza, en una postura recta, con el rabo serpenteando perezosamente.
—Sé que estás ahí.
Po pega un respingo al oír aquella voz, grave y baja. Maldición. Hace a un lado la puerta y entra, dando apenas tres pasos cortos y un tanto vacilantes.
—Sí —Responde, con voz calma— Venía a entrenar un poco… Pero veo que está ocupado.
Está dispuesto a irse, cuando…
—Quédate.
Se queda de piedra ante tal petición. Ella voltea. Todo su rostro se nota cansado, parece no haber dormido en toda la noche. Eso explicaría el por qué no la vio pasar por el pasillo, seguramente ni siquiera se fue a acostar.
—Claro —Murmura.
Tigresa voltea y camia hacia las tarimas, sentándose en los peldaños. Po la imita, tomando lugar a su lado.
El silencio se vuelve cómodo y agradable. Ella mira a la nada, con la mandíbula apoyada sobre las rodillas. Tiene las piernas flexionadas y abrazadas al pecho. Po la mira a ella, su perfil, recorre con la mirada hasta el más pequeño rasgo. Es hermosa, ¿qué decir?, realmente hermosa.
—Perdón —Ni siquiera lo piensa— Por todo.
Tigresa voltea el rostro para verle, apoyando la mejilla en las rodillas. Se ve sumamente adorable.
—No importa —Sonríe— Shuo se la buscó.
—No me refiero a lo de él…
—Oh.
Silencio. Se quedan mirándose… y ambos sonríen.
—Perdón por todo. Lo de esta semana, lo de anoche… Creo que, quien se propasó al final fui yo.
Aunque tú no hiciste por detenerme… No lo dice, prefiere guardárselo para sí.
La sonrisa desaparece del rostro de Tigresa. Tampoco contesta. Se queda en aquella postura, observándole, como si estuviera meditando algo… hasta que finalmente se abalanza sobre los labios de Po, capturándolos en un beso que nada tiene que ver con el de la noche anterior. Es mucho más suave, más tierno. Po, en cuanto logra reaccionar, lleva sus manos a la cintura de ella y la acerca a sí, sentándola en su regazo.
El silencio es interrumpido únicamente por el sonido de sus labios devorando los ajenos. Tigresa rodea el cuello de Po con sus brazos y él la pega más a si, estrechándola en sus manos. Cierran los ojos y simplemente se dejan llevar por aquel dulce sabor… O dulce para Po.
Podría estar horas, días, semanas, para toda la vida besándola de aquella manera.
De aquella manera y como ella quisiera.
Se separan al cabo de un tiempo, tampoco sabe cuánto, y oculta el rostro contra el cuello de ella, regalándole pequeños besos de vez en vez. Se siente… mal. Mal por todo lo que han hecho. Mal por haberla tratado de aquella forma, mal por haber sido tan arrogante, mal por haberla insultado, por haber golpeado a su amigo. Bueno, eso último no tanto, peo sabe que a ella sí le dolió.
Se endereza, con el corazón latiendo a mil por hora, y engancha la mirada a aquellos hermosos ojos rubíes. Están tan cerca, que puede sentir sus alientos entremezclándose. Levanta una mano para acariciarle la mejilla y vuelve a besarla…
Aquella mañana, cuando todos despierta, se extrañan un poco al no ver ni a Po ni a Tigresa salir de sus cuartos. Todos excepto Shuo, quien parece tener una vaga idea de qué ha pasado. Claro, no dice nada. No por guardarles el secreto a aquellos dos, sino más bien para evitarle un ataque al corazón a Shifu, que parece bastante alterado al ver la ausencia de su hija y el panda. Por un momento, el tigre quiere reír, pero se las aguanta. Se vería raro que, de la nada, empezara a carcajearse. Se concentra en el molesto dolor de su rostro. Ya no está tan grave, gracias a las atenciones de Víbora, pero si duele bastante.
Encuentran a Po y Tigresa en la cocina. Ella está sentada en su lugar habitual, con una taza de té entre sus manos, y Po se mueve de un lado a otro cocinando el desayuno. Todos toman asiento en medio de un buen día a coro, al cual Shuo acompaña con un beso en la mejilla a su amiga. ¿Qué puede decir? Es la costumbre. Mimar a Tigresa es como mimar a una niña.
—¿Algo interesante? —cuchichea, bajo solo para que Tigresa le escuche.
Ella toma un pequeño sorbo de la infusión y le mira sin ninguna expresión alguna.
—No sé a qué te refieres.
—¿Pasó algo con el panda?
Pero como respuesta, Tigresa tan solo sonríe, antes de volver la mirada al frente. Si, algo ha pasado… Y Shuo sonríe porque sabe que ella no se lo contará ni aunque le soborne.
El desayuno no parece de lo más interesante, a excepción por el impresionante apetito de Po. Parece estar más hambriento que de costumbre. Mono y Mantis aprovechan para hacer algún comentario gracioso, Víbora le advierte de que le dolerá el estómago y Grulla se limita a preguntar, de manera poco interesada, el motivo de tal atracón de comida.
Po se encoge de hombros, haciendo a un lado su tercer plato ya vacío, y sonríe.
—Tan solo estoy de buen humor.
Nadie toma en cuenta la pequeña y discreta sonrisa que Tigresa oculta detrás de la taza de té.
Cuando todos terminan de desayunar, Po se ofrece a lavar los platos, lo cual es aceptado a la primera de buena gana. Uno a uno, abandonan la cocina, Tigresa al último… Hasta que una mano robusta le sujeta de la muñeca y jala de ella, haciéndole volver sobre sus pasos. La puerta se cierra y antes de que pueda reaccionar, Po estampa sus labios sobre los de ella.
Se besan sin consideración alguna. Poco les importa que los chicos hayan escuchado el azote de la puerta o que oigan cuando la espalda de Tigresa choca contra la madera. Se besan como si no se hubieran besado hacia tan solo unas horas. Se besan con hambre, devorándose los labios.
Cuando se separan, ambos jadean y tienen los labios hinchados.
—Dile a aquel tigre que deje de tocarte —Gruñe Po.
Tigresa sonríe.
—¿Celoso, panda?
—Oh, claro que no —Le besa. Un beso corto y casto— Sea lo que sea que hagas con aquel gato, no te gusta ni la mitad de lo que te gusta un mero beso mío…
Y mientras lo dice, su mano se amolda posesivamente a uno de los glúteos de la felina.
Luego del entrenamiento, cuando todos abandonan el salón.
A la noche, cuando todos se van a dormir.
Cuando van al valle y nadie está viendo.
En la cocina, a la hora de lavar los platos.
Cualquier momento es el indicado para probar aquellos labios, tan dulces, tan apetitosos. No se cansa. Siempre quiere más… Y cuando lo tiene, aun así no es suficiente. Es como probar alguna sustancia adictiva. Cree tener suficiente, pero no es así. Sus labios son adictivos. Sus labios, la manera en sus manos le acarician la nuca, aquella mordida que le regala al final de cada beso. Todo en ella lo enloquece y le deja con la sensación de no tener suficiente.
Y luego era como si nada hubiera pasado. Él volvía a lo que fuera que estaba haciendo y Tigresa igual. No se hablaban, ni siquiera se miraban cuando estaban con los demás. Su relación seguía siendo la misma; áspera, dividida por algún rencor cuyo motivo principal ya no recordaban.
A veces, entre aquellas miradas encendidas por el hambre que les consume en ese momento, se proponían volver a la normalidad, volver a los que eran antes, pero solo bastaba dos segundos para que sus mentes, traicioneras, le recordaban los principales motivos por el cual no deberían dar el brazo a torcer. El orgullo se había vuelto clave entre ellos.
Es de noche ya y Po sigue despierto, yendo y viniendo por su cuarto. Se encuentra nervioso, pisa fuerte y sus labios tiemblan con un bajo gruñido. Ya todos se han ido a dormir… Todos menos Shuo y Tigresa, quienes ni siquiera se han presentado a cenar. No tiene idea de a dónde han ido, solo que salieron juntos esa mañana y no han vuelto hasta entonces. La intriga se instala en su estómago, revolviéndolo y provocándole nauseas. La idea de aquellos dos le pone malo.
Entonces, escucha pasos en el pasillo y sonríe. Una sonrisa torcida y pícara. Cuando la agarre…
El cuarto de Shuo queda mucho más adelante, por lo que cuando Tigresa llega hasta esa zona, está completamente sola… Apenas si tiene tiempo de reaccionar. Tan solo escucha la puerta abrirse, antes de sentir que es tomada del brazo y jalada hacia dentro de aquel cuarto. Tampoco pone resistencia. Sabe quién es desde antes de sentir sus labios besándola.
Sus manos e dirigen casi por acto reflejo a los hombros del panda y se deslizan por su cuello, sujetando y jalándole el pelaje a su paso. Siente aquel doloroso agarre a sus caderas y su espalda chocar contra la puerta, brusco, como siempre.
Tigresa… ¿Y si el panda solo quiere lastimarle? Las palabras de Shuo se repiten en la mente de la felina, a la vez que los dedos de Po se clavan en su piel, seguramente dejando algunas marcas. Pero no le importa. Es más, le gusta. La enloquece y le incentiva a corresponder a aquel beso, que como todos los demás, de tierno no tiene nada.
Cuando se separan, ambos jadean y sus labios están hinchados…
—¿Dónde estuviste? —Demanda Po saber.
Estuvo todo el día sin verla. Todo el día sin saber nada de ella… Sin besarla.
Tigresa sonríe.
—Donde no te incumbe.
—Con Shuo…
Y Po gruñe.
—Sí, con Shuo… ¿Te molesta?
—Como no tienes idea.
Todo pasa demasiado rápido. Un jalón de su brazo y su espalda choca contra la cama. De un momento a otro, Po está sobre ella y besa bruscamente sus labios, mordiendo su mandíbula luego y recorriendo su cuello. No pone resistencia alguna, no quiere, ladea el rostro, alza la mandíbula, dejando un mejor acceso a los labios del oso. Le es imposible contener aquel bajo gemido, que parece provocar aún más a Po. Le es imposible no buscar sus labios y besarlo.
Sabe lo que provoca en Po, sabe lo que él siente por ella. Por eso no le importa aquello, por eso se deja hacer, por eso lo disfruta. Porque si hay algo que a Po se le da pésimo, eso es mentir y como en muchas otras cosas, no puede engañarla en cuanto a sus sentimientos. Lo ve en sus ojos, en cómo le enfurece verla con Shuo, en lo celoso que se pone. Es demasiado evidente… Y a ella le gusta.
Muerde los labios del oso y ladea el rostro, jadeante, dando por terminado aquel contacto. Cierra los ojos, esperando sentir aquel recorrido de besos por su cuello, pero este no llega.
Po se ha quedado observándola. La contempla con mirada serena, pero aún oscurecida por aquella ansiedad de hace unos minutos. No sonríe. Se inclina y lentamente desliza su nariz por las clavículas de ella, subiendo por su cuello y terminando justo sobre su garganta. Le encanta su olor… Y más esos últimos días, que parece ser distinto. Más dulce, más atrayente.
Sabe a qué se debe, pero no piensa siquiera insinuarlo.
Poco a poco, el agarre a las muñecas de ella se va aflojando, hasta finalmente soltarlas. Cree que lo empujará, como hace siempre, pero para su sorpresa, Tigresa tan solo le rodea el cuello con sus brazos, atrayéndolo más hacia ella. No parece molestarle que él esté encima, ni mucho menos que prácticamente le haya obligado a entrar al cuarto. Es más, parece estar a gusto ahí.
—No soporto verte con Shuo—Murmura él, de pronto.
Ella mantiene la mirada fija en el techo. Sus manos acarician suavemente la cabeza del oso.
—Po, entre Shuo y yo no pasa nada.
—¿Y por qué te besó?
—Que no me ha besado, panda tonto.
El entrecejo de Po se arruga, molesto. Cree que ella le está tomando el pelo. Se endereza nuevamente, observando con molestia aquellos rubíes.
—No estoy ciego. Sé lo que vi.
Tigresa sonríe. Sus manos se deslizan hasta quedar en las mejillas del oso y lentamente, se acerca hasta besar nuevamente sus labios. Un beso corto, casto.
—¿Viste eso? —Pregunta, burlona— ¿O esto…?
Y nuevamente vuelve a besarlo, pero esta vez, en la mejilla, cerca de la comisura de los labios, tal como suele hacer Shuo para animarla cuando sabe que algo le pasa.
Po se queda quieto. Si lo piensa bien… No, no está seguro. Él no vio sus labios tocarse, solo sus rostros cerca. Aunque, el mero hecho de que la haya tocado, ya le enfurece, así que no cambia nada. Sigue enojado y la pregunta ahora pasa a ser; ¡¿Por qué demonios ese gato faldero te toca tanto?! ¿Qué no conoce el espacio personal?
Tigresa se contiene de reír de la cara del oso.
—Shuo jamás me ha tocado, tonto.
—¿Por qué lo quieres tanto?
De repente, el semblante de Tigresa se vuelve más sombrío.
—Nunca vi a alguien de mi especie, Po… Y él tampoco.
Oh, mierda… A veces, acepta que puede ser un imbécil.
No responde, se limita a guardar silencio. La entiende. Él tampoco vio jamás a otro panda, seguramente sería parecido si, de un día para el otro, encontrara a más de su especie. Tal vez, todo lo que él venía mal interpretando, no es más que un simple cariño fraternal, la sensación de ser hermanos por perteneces a una misma especie que, en mucho lugares, se consideraba ya hasta extinta.
Aún sin responder, se inclina para volver a besarla. ¿Qué decir? La carne es débil. No puede resistirlo. La gula, nunca mejor nombrada, se apodera de él al ver aquellos dulces y apetecibles labios. Los devora lentamente, saboreándolos, deleitándose con ellos tanto como ella se lo permite. Tigresa no pone resistencia, claro que no. Ella se encuentra en iguales condiciones.
—¿Acaso no te cansas de besarme? —Murmura, risueña.
—Jamás, mi amor… Te devoraré los labios.
—Pero que goloso.
Y ambos ríen… Po por la broma y Tigresa, contenta, porque por primera vez ha escuchado aquellas palabras ser pronunciadas por Po; Mi amor. Realmente suena hermoso.
Continuará…
*12:35. Via convento de monjas La Santa Maria*
Bueno… La madre superiora me dio un minuto para "charla con mi familia", así que… ¡Bye, nenas! Que me escapo esta noche… MUEJAJAJAJAJAJAJAJ
