El despacho de Dumbledore no había cambiado lo más mínimo. Aún conservaba todos los cuadros de los anteriores directores de Hogwarts, el pensadero seguía en el lugar de siempre, y el sombrero seleccionador seguía colocado en el mismo únicos cambios habían sido la ausencia de Fawkes, el fénix, que tras la muerte de su amo se había marchado de aquel despacho y el nuevo director. Ahora la mesa central del despacho la ocupaba Severus Snape, el que era profesor de Pociones en los tiempos de Dumbledore.
Snape se encontraba escribiendo de manera muy concentrada en un trozo de pergamino y consultando una y otra vez la pila de libros que estaban sobre la mesa. Había libros de todo tipo: de magia tenebrosa, de pociones, de defensa contra las artes oscuras, de criaturas mágicas, aritmancia, estudio muggles… Libros y más libros cubrían gran parte de la mesa.
-¿Has encontrado algo nuevo, Severus? –dijo una voz detrás de Snape.
Snape de volteó y vio el cuadro de Dumbledore. El retrato miraba al nuevo director con su habitual sonrisa en los labios.
-No Dumbledore. No he visto nada nuevo.
Snape estaba agotado. Llevaba días y días buscando información en aquellos libros, y no encontraba nada interesante. Se llevó las manos a la cabeza y se masajeó las sienes. Estaba realmente cansado.
-Deberías descansar, Severus. Te noto cansado. –dijo el cuadro.
Snape escuchó las palabras del retrato, pero hizo caso omiso a estas y siguió con su trabajo.
-Severus… -insistió el retrato – deberías salir un poco al jardín , a que te de el aire.
El mago de pelo negro se dio la vuelta y volvió a mirar al cuadro del anciano profesor.
-Estoy bien, Dumbledore. –Constestó Snape con tono de aburrimiento y volvió a sus papeles.
-Como veas Severus… como veas –volvió a insistir el cuadro- pero estando cansado no rendirás mucho en el trabajo…
Snape hizo una mueca de burla hacia el cuadro. Dumbledore tenía razón, estando tan cansado no le cundiría mucho, pero le costaba admitirlo. Dejó la pluma encima de la mesa y guardó el pergamino en el primer cajón del escritorio. Se levantó bruscamente de la silla y volvió a mirar hacia el cuadro.
-Está bien… -dijo a regañadientes- Iré a dar un paseo… ¿Contento, Dumbledore? –dijo el mago en tono burlón.
El cuadro sonrió y asintió con la cabeza. Snape lo miró y suspiró "Siempre lo que el señor quiera…" pensó.
-Volveré pronto –anunció el nuevo director a todos los cuadros del despacho y acto seguido salió por la puerta del despacho.
Los pasillos se encontraban atestado de alumnos. Acababa de terminar el horario de clases y todos los alumnos salían de las clases, se movían de aquí para allá, conversaban, reían… Alumnos y más alumnos por todos los lados… "En qué momento salí del despacho" pensó el ex profesor de pociones.
Snape daba grandes zancadas por los pasillos, tanto alumno haciendo ruido le ponía nervioso. Los jóvenes se apartaban a los lados de los pasillos y guardaban silencio cuando lo veían pasar. Snape era muy temido entre los alumnos, todos sabían que era servidor del Señor Tenebroso y eso inculcaba un temor y un respeto a todos que no lo hacía cualquier otro profesor, a excepción de los hermanos Carrow.
Por fin consiguió salir del cúmulo de alumnos. Había llegado al patio interior, que se encontraba prácticamente desiertos en aquella época del año. El frio había hecho que la mayoría de las hojas de los arboles cayeran, por lo que el suelo estaba cubierto de hojarasca.
El viento soplaba débilmente, pero muy frio, por lo que Severus se vio obligado a taparse con la capa para protegerse de éste. Snape paseaba lentamente por el interior del claustro, sin llegar a salir al exterior debido al frío. Paseaba tranquilo, respirando el aire puro y fresco que tanto necesitaba cuando de pronto vio a lo lejos una figura sentada en un banco.
Snape se acercó a aquella figura hasta poder distinguirla. Se trataba de una chica, probablemente una alumna solitaria. Le pareció extraño que una alumna se encontrase sola, en el patio, un día como ese, por lo que decidió acercarse un poco más para ver de quién podría tratarse. A lo mejor podía alegrarse el día bajando algunos puntos a alguna casa…
Cuando estuvo junto a la joven se dio cuenta de que ésta no era ninguna alumna solitaria, sino Marian Wallace, su compañera espía, que al parecer estaba llorando.
Al notar la presencia de alguien, Marian levantó rápidamente la cabeza a la misma vez que se limpiaba las lágrimas con la manga de túnica. No quería que nadie la viera así, ya que perdería todo el respeto y temor que se había forjado. Al ver que se trataba de Snape, Marian sintió una sensación de alivio.
-Ah… es usted… -dijo la joven sin mucho entusiasmo.
-¿Acaso esperaba a alguien, Wallace? –preguntó Snape con ironía, ya que sabía perfectamente que la joven no estaba esperando a nadie.
Marian lo miró fijamente, con enfado. No la gustaba ese hombre, siempre era muy frio y antipático con ella. "Y pensar que solo puedo confiar en… esto" pensó la joven.
-Si no le importa, me marcho – dijo la joven a la vez que se levantaba del banco y echaba una mirada antipática al mago de pelo grasiento.
Snape dibujó una media sonrisa sarcástica en sus labios.
-No me importa, en absoluto. –dijo el mago mientras se apartaba y deja paso a la joven mortífaga.
-Gracias – dijo la joven al director mientras la dedicaba una mirada de lo más hostil.
Marian comenzó a andar en dirección al interior del castillo, cuando la voz fría de Snape pudo escucharse tras ella.
-Por cierto, Wallace…
La joven se dio la vuelta molesta y volvió a dirigir la mirada hacia su ex profesor de Pociones.
-… la próxima vez que vaya a llorar como una débil adolescente procure esconderse mejor. No queremos que nadie sospeche, ¿verdad?
Las palabras de Snape llenaron de ira a Marian, que apretó los puños conteniendo toda la rabia. La joven tomó aire e intentó relajarse. Aquel hombre la sacaba de quicio, de haber podido le habría lanzado una maldición en aquel momento. Marian abrió la boca para contestar al director, pero prefirió quedarse callada. Se dio la vuelta y continuó con su camino.
"Será estúpido… No tiene ni idea de lo que es para mí hacer este maldito trabajo", pensaba la joven mientras andaba. "No sé por qué hice caso a Dumbledore… maldita sea…"
Snape se quedó en el sitio, observando como la joven mortífaga se iba enfadada. En su rostro se volvió a dibujar media sonrisa, le gustaba ver a la joven rabiar, era uno de los pocos entretenimientos que tenía en el castillo. La joven entró en el castillo y se perdió de la vista de Snape, que continuó con su paseo solitario.
