Aquella mañana Marian se levantó de golpe. Esta vez no había sido por ninguna de las pesadillas que solían atormentarla por las noches, no tampoco había sido a causa del frío ni del hambre. Aquella noche la joven había sentido "la llamada".
Un intenso dolor en el dorso del brazo izquierdo despertó a la joven mortífaga. La Marca Tenebrosa había oscurecido, lo que significada que el Señor Oscuro estaba llamando a sus mortífagos.
Marian se levantó de la cama de un salto y miró por la ventana de su habitación. Efectivamente, una enorme calavera de humo, con una serpiente que reptaba entrando y saliendo de la misma, se extendía a lo largo del oscuro cielo nocturno.
La joven se vistió rápidamente y cogió su varita. No tenía tiempo que perder. Si El Señor Tenebroso la requería tenía que ir en aquel mismo instante, no era nada aconsejable hacerlo esperar. Cogió la capa negra que la había regalado su madre hacía unos años y se la echó sobre los hombros, ya que la noche era muy fría. Miró el reloj de pared que estaba enfrente de ella y acto seguido se desapareció.
Aquella noche, como de costumbre, Severus Snape era incapaz de dormir, por lo que decidió ir a su nuevo despacho a seguir con su búsqueda en la gran montaña de libros que descansaban sobre su escritorio. Hacía muchos años que el nuevo director no dormía bien. Siempre le atormentaban las pesadillas de siempre impidiéndole conciliar el sueño, y cuando no era eso, se trataba de trabajo, o de simplemente, insomnio.
Snape entró en el despacho. Los retratos dormían plácidamente, por lo que el ex profesor de Pociones intentó hacer el mínimo ruido posible. Se sentó en su silla, frente al escritorio, con cuidado para no hacer ruido, y retomó la lectura del último libro que había empezado.
-¿Trabajando a estas horas, Severus?
Una voz familiar sonó tras Snape, que se dio la vuelta para verificar lo que había pensado desde un principio. Al igual que él, cuadro de Albus Dumbledore tampoco estaba durmiendo y lo hablaba acompañado de una simpática sonrisa.
-No podía dormir –Contestó el mago de negro y volvió a sus papeles.
-¿Otra vez las pesadillas, Severus? –Preguntó el cuadro del anciano, intentando comenzar una conversación.
Snape se percató de que el cuadro del difunto mago no lo dejaría trabajar aquella noche, por lo que se resignó a seguir trabajando, cerró el libro y se dio la vuelta para contestar al retrato.
-No, esta vez no.
-¿Entonces? –Preguntó el retrato con entusiasmo, ya que a le encantaban los cotilleos.
-Pues verá… -Comenzó Snape- … se trata de Wallace.
-¿Marian?
-Sí, la misma.
-¿Qué ocurre con ella, Severus? A mí me parece una chica encantadora. –dijo el retrato haciendo especial hincapié en la última palabra.
Al escuchar la palabra "encantadora" de la boca de Dumbledore haciendo referencia Marian, Snape levantó una ceja a modo de desacuerdo.
-Lo que usted diga… El caso es que hoy la he vuelto a ver llorando por las esquinas.
-¿Y bien?
-¡Dumbledore, por Dios! –Exclamó Snape- Es obvio. Esa chica no vale para hacer ese trabajo.
-¿Por qué dices eso, Severus? En mi opinión la chica hace un trabajo estupendo. Torturar alumnos no es tarea fácil, y la joven Marian lo hace como una verdadera mortífaga.
-¿Cómo una verdadera mortífaga? Por favor Dumbledore… Es muy débil. Otra persona lo haría mucho mejor que ella.
-Pues yo creo que no, Severus. Deberías confiar más en ella. Al fin y al cabo, sois compañeros.
-Yo no soy yo su compañero, no se confunda – contestó Snape de forma árida.- Es usted quien quiso meter a la chica en esto. Yo me negué desde el principio.
-Lo sé, lo sé. –Contestó el retrato con su tono habitual, pausado, amable, con una sonrisa en los labios. – Aún así, te pido que por favor, intentes confiar un poco en ella. Te será de gran ayuda, estoy seguro.
Snape miró al cuadro de Dumbledore con recelo. No quería tener que estar pendiente de una chica débil e incompetente, pero no le quedaba otra.
-Está bien – dije Snape a regañadientes – lo intentaré.
Dumbledore sonrió e hizo un gesto de aprobación. Snape, mientras refunfuñaba por lo bajo, diciendo palabras inaudibles para el retrato.
De pronto Snape notó un dolor en su antebrazo izquierdo. Una mezcla de escozor y un calor que le abrasaba le produjo una mueca de dolor. Se llevó la mano derecha al otro brazo y se remangó la túnica, dejando al descubierto la Marca Tenebrosa, que estaba más oscurecida de lo habitual.
-Veo que te reclaman. - afirmó el mago de retrato con sorpresa y preocupación.
-Eso parece… -contestó Snape sin levantar la vista del brazo.
-Ten cuidado, Severus.
-Lo tendré.
-Y cuídala también a ella, por favor.
-Está… bien… - Contestó Snape con desagrado. –Debo marcharme. Cuando vuelva le contaré las novedades.
El mago del cuadro asintió con la cabeza, y acto seguido Snape se desapareció del despacho.
