Marian se apareció en medio de un camino rodeado de altos matorrales, a modo de laberinto. A lo lejos se podía ver la mansión de los Malfoy, custodiada tras una gran puerta de hierro pintada de color negro.

El cielo estaba teñido de un gris oscuro, lo que le daba la mansión un aspecto más lúgubre de lo habitual. Marian se estremeció ante tal paisaje grotesco. Cada vez que tenía que acudir a aquella mansión no era para nada bueno.

Marian comenzó a caminar con decisión hacia la gran puerta de hierro y se paró ante ella. Levantó la varita y con ligero movimiento de ésta, la puerta se desvaneció como si de humo se tratase. Marian cruzó la puerta de humo y acto seguido, ésta se volvió de nuevo sólida.

Cada vez se acercaba más hacia la puerta principal de la mansión de los Malfoy y cada vez tenía más ganas de darse la vuelta y salir de allí corriendo, pero en el fondo sabía que no debía hacerlo, que no podía hacerlo…

Marian llegó a la puerta principal. No fue preciso llamar a la puerta, ya que ésta se abrió nada más llegar la joven al umbral. Marian pasó al interior de aquella fría y oscura mansión. La señora Malfoy la recibió de manera cordial, aunque Marian notó cierto desprecio en su mirada.

-Por aquella puerta. –Indicó la mujer mientras indicaba una gran puerta de madera de roble.

-Gracias –contestó la joven mortífaga a la vez que se dirigía al lugar indicado.

Marian llegó hasta la gran puerta de madera, agarró el pomo de ésta y la cruzó con decisión.

El salón era grande y oscuro, únicamente alumbrado por el fuego de la chimenea. Los muebles estaban arrinconados, pegados a las paredes, para hacer espacio a una gran mesa alargada que se extendía a lo largo de toda la sala. Alrededor de la mesa estaban situadas varias personas, pero aún había huecos libres, por lo que Marian se dio cuenta de que había llegado a tiempo.

La joven se acercó a su sitio habitual en la mesa, junto a Thorfinn Rowle. El mortífago hizo una especie de saludo con la mirada a lo que Marian correspondió con un ligero movimiento de cabeza.

El silencio reinaba en la sala, nadie hablaba ni comentaba nada. Poco a poco fueron llegando más mortífagos y se fueron sentando en sus asientos habituales. Se ponto una figura vestida de negra apareció en la sala. Todos los presentes bajaron la mirada hacia la mesa, intentando no mirar a dicha figura. Algunos se atrevían a mirarlo de reojo, otros como Marian preferían parecer tranquilos y mantener la mirada fija en cualquier punto en la pared de enfrente.

La figura de negro se sentó presidiendo la mesa y se descubrió el rostro, un rostro liso, serpentino, de color blanco y con ojos rojos inyectados en sangre. Lord Voldemort se masajeó las sienes y acto seguido miró a todos los presentes, uno por uno.

-Veo que estamos casi todos… -dijo mientras miraba un hueco vacío a su derecha. –Podemos empezar…

De pronto Voldemort se vio interrumpido. Un mago vestido de negro entró por la puerta. Se trataba de Severus Snape.

Para la sorpresa de todos los presentes, a El Señor Tenebroso no le molestó en absoluto la interrupción de Severus, si no que se alegró de ver a dicho mago.

-Severus, te estábamos esperando –dijo el mago de tez lisa a la vez que hacía un gesto con la mano invitando a Snape a tomar asiento al sitio libre a su derecha.

Snape saludó con una cordial reverencia, y acto seguido se sentó en su lugar habitual. Voldemort volvió a dirigir su mirada a los presentes y volvió a hablar.

-Como iba diciendo, os he reunido a todos aquí, en esta noche, para comunicaros una cosa. Voy a ausentarme un tiempo. Tengo que viajar al extranjero.

Una voz femenina de escuchó de pronto, interrumpiendo a Voldemort.

-Déjeme acompañarle, mi Señor – suplicó Bellatrix Lestrange desde su sitio, a mitad de la mesa.

-No Bella, iré solo. A ti te necesito aquí. –contestó Voldemort a la mortífaga y volvió al tema principal. – Me iré al extranjero una temporada, y no quiero que nadie, absolutamente nadie, me moleste con estupideces – Dijo mientras miraba a Colagusano de reojo.

-Mi Señor –intervino Snape - ¿Y nosotros que haremos en su ausencia?

-A eso quería yo llegar, Severus. En mi ausencia quiero que busquéis a Harry Potter y a sus dos amigos que lo acompañan… y los quiero vivos… a los tres…

-Pero mi Señor…- se atrevió a intervenir Lucius Malfoy – ya estamos buscando a Potter y sus amigos…

-¡PERO NO COMO ES DEBIDO! –Gritó Voldemort con furia. -¡ESTOY HARTO DE FRACASOS Y MÁS FRACASOS! ¡QUIERO A HARRY POTTER! ¡Y LO QUIERO VIVIO! ¿¡HA QUEDADO CLARO, LUCIUS!? ERES EL MENOS INDICADO PARA HABLAR… COBARDE…

Lucius bajó su mirada intentando no mirar a Voldemort. Las palabras del Señor Tenebroso resonaron en toda la sala. Un escalofrió pasó por la espalda de Marian. La joven tenía miedo, estaba muerta de miedo, y hacía todo lo posible por disimularlo.

-Per..perdóneme.. Mi S.. Señor… -Tartamudeó Lucius a modo de súplica.

Voldemort se recostó en su silla y volvió a masajearse las sienes. La sala se quedó totalmente en silencio durante unos minutos. Unos minutos que a Marian le parecieron horas. La tensión en aquel lugar era tan intensa que podía cortarse con un cuchillo. De pronto el silencio se viño interrumpido de nuevo por la fría voz de Voldemort, que había vuelto a emplear su tono habitual.

-Solo se me llamará cuando tengáis a Potter o a cualquiera de sus amigos. Única y exclusivamente para eso.

Voldemort se levantó de la silla y volviendo a mirar a todos los presentes dio por finalizada la reunión.

-La reunión ha terminado. Desapareced de mi vista ahora mismo.

Voldemort no estaba de humor. El comentario de Lucius lo había endafado, por lo que Marian se apresuró a salir del salón, peor justo cuando la joven se disponía a abandonar la sala, la voz de Voldemort la detuvo.

-Wallace, espera un momento. Quiero hablar contigo.

Marian se quedó quieta en el sitió y dirigió una mirada a Snape, que salía a su vez por la puerta. Snape la devolvió la mirada y continuó su camino. Marian se dio la vuelta y caminó hacia donde se encontraba el señor Tenebroso. Tenía miedo, mucho miedo, más miedo que había tenido en años. ¿Para que la querría el Señor Tenebroso?

Todo el mundo se marchó rápido y Marian y Voldemort se quedaron solos en el salón. Voldemort caminada de un lado a otro sin decir palabra, mientras Marian se limitaba a quedarse quieta en el sitio sin decir palabra.

-Tengo entendido que estás haciendo un trabajo estupendo en Hogwarts –se decidió a decir Voldemort.

-Para mí es un honor servirle, mi Señor. Intento hacer mi trabajo lo mejor posible. –dijo Marian.

Voldemort se acercó a la joven mortífaga y comenzó a dar vueltas alrededor de ella. Marian se empezó a poner nerviosa. Nunca antes había estado tan cerca de Voldemort, y nunca antes el mago se había dirigido a ella de ese modo. Voldemort la miraba fijamente sin parpadear y seguía caminado alrededor de ella.

-Estoy muy contento con tu trabajo, Wallace. Muy contento…

-Gracias mi Señor. Muchas gracias…

Marian seguía sin entender la actitud de Voldemort, y cada vez tenía más miedo. No sabía a qué se debía tanta amabilidad.

De pronto, Voldemort se paró enfrente de la joven, y acercó una mano al rostro de ésta. Los fríos, largos y blancos dedos del mago se apoyaron en la barbilla de la joven y levantaron la cabeza de ésta ligeramente, de manera que ambos se pudieran mirar a los ojos. Los rojos ojos de Voldemort se clavaron en los de Marian.

Marian sintió un escalofrío. El miedo había llegado a su punto límite, ¿Qué demonios estaba pasando? Marian empezaba a temerse lo peor.

-También me he fijado que eres una joven muy hermosa –dijo el mago mientras miraba a la joven a los ojos.

En ese momento Marian no sabía qué hacer. ¿Qué demonios pretendía Voldemort?

-Que te parece si… -comenzó a decir el mago.

De pronto Voldemort se volvió a ver interrumpido. La puerta del salón se había abierto de pronto y una voz interrumpió la escena.

-Mi… mi Señor... –dijo la voz

Marian se dio la vuelta y pudo ver de quién predecía aquella voz salvadora. Colagusano se encontraba en la puerta, con la mirada fija en el suelo.

-¡¿QUE DEMONIOS QUIERES AHORA, COLAGUSANO?!

El mago regordete y de pequeña estatura se estremeció ante el enfado de su Señor, lo que le hizo dar un paso hacia atrás.

-Mi… mi Señor… yo… siento molestarle… pero… pero…

-¡PERO QUÉ!

Colagusano volvió ha estremecerse y dio otro paso hacia atrás.

-Se trata de su serpiente, mi Señor…

-¿Qué ocurre con Nagini? –Preguntó Voldemort con preocupación.

Para Voldemort, Nagini lo era todo. Su mascota, su fiel compañera… Eran prácticamente inseparables. Si a la serpiente le hubiera pasado algo, Voldemort entraría en cólera, de eso no había duda alguna.

-No… no está en su lugar habitual, mi Señor… Se… se ha perdido.

Voldemort suspiró. Al parecer no le había dado importancia alguna al comentario de Colagusano, pero por lo menos dicho comentario lo había distraído, y Marian se había apartado dos o tres pasos de él.

-Serás necio… -dijo Voldemort a Colagusano. –Nagini sabe cuidarse sola, estúpido. Y ahora vete y déjame en paz.

Colagusano obedeció y se marcho casi corriendo de aquel lugar.

-Mi señor… -se aventuró a decir Marian- Creo que yo también debería marcharme, tengo mucho trabajo por hacer en Hogwarts, y no quiero hacerle perder más el tiempo…

Voldemort miró a la joven fijamente y tras unos segundos esbozó algo parecido a una sonrisa.

-Está bien, puedes marcharte. Ya hablaremos… en otro momento…

Marian se despidió con una reverencia. Su comentario había funcionado, podría salir de una vez que aquel horrible lugar. Aligeró el paso y salió de la mansión de los Malfoy lo más rápido posible. Aún no podía creerse lo que la acababa de pasar. No podía olvidar la actitud de Voldemort, el miedo que sentía en su presencia.

Marian cruzó la verja de metal que custodiaba la gran mansión, y acto seguido se desapareció, dirigiéndose a Hogwarts.