Pasaron un par de días sin que Marian saliera de su habitación. Los Carrow la habían llamado en alguna ocasión, pero ella había puesto como excusa que se encontraba enferma, pero en realidad había estado decidiendo si quedarse o no en Howgarts, si seguir con el plan trazado por Dumbledore o marcharse de allí para siempre e intentar rehacer su vida.

Quería ayudar, quería que todo aquello hubiera servido para algo, pero no estaba dispuesta a participar en la muerte del joven Potter. Aquel muchacho estaba haciendo lo imposible por salvarlos a todos y, de alguna manera, Marian se sentía en deuda con él. Quizás Severus tuviera razón. Quizás podría encontrar otra forma de hacer las cosas, otro plan en el que la vida de Harry no fuera el precio a pagar...

Marian se levantó de la cama y se dispuso a salir de su habitación por primera vez en dos días. No había salido ni siquiera a comer, por lo que los elfos domésticos la tuvieron que llevar comida a su habitación. Por fin, había decidido que hacer: se quedaría en Howgarts e intentaría ayudar a Severus a buscar una alternativa. Era la mejor opción, o al menos eso le parecía en aquel momento.

Salió del despacho en dirección a las mazmorras. Sabía que a aquella hora Snape estaría allí, rodeado de calderos llenos de pociones de alumnos listas para corregir.

Marian caminaba por el pasillo cuando de repente una mano la agarró del brazo por detrás.

-¿A dónde vas tan deprisa?

Al girarse, Marian se encontró de frente con Amycus Carrow, que la miraba con el ceño fruncido.

-A comer algo. -Mintió Marian.

Amycus Carrow la miró con desconfianza.

-¿No estabas enferma? -Preguntó el hombre.

-Ya me encuentro mejor, gracias.

El hombre esbozó algo parecido a una media sonrisa y la soltó del brazo.

-Menos mal. Por un momento pensé que ya no querías seguir con tu trabajo. -Dijo el hombre mirando con firmeza a la joven.

-Nunca abandonaría mi trabajo, Amycus. Lo único que deseo es cumplir las órdenes del Señor Tenebroso. -Contestó Marian friamente. - Así que la próxima vez espero que no te imagines estupideces como estas.

-Relájate, Wallace. Te veo muy tensa. -El hombre volvió a fruncir el ceño.- Cualquiera podría pensar que ocultas algo...

El corazón de Marian se aceleró por momentos. ¿A qué venía eso? ¿Acaso Amycus Carrow sospechaba algo?

-Vete al infierno, Amycus. -Dijo Marian con desprecio y continuó su camino dando la espalda al hombre.

Amycus Carrow sonrió de manera sardónica y alzó la voz para contestar a la joven, que avanzaba dando grande zancadas.

-Después de ti, Wallace.

-Cabrón malnacido... -Dijo Marian para si misma y continuó su camino.

Snape se encontraba en las mazmorras. Intentaba corregir las pociones que sus ineptos alumnos acababan de realizar y que, hasta el momento, no estaban dando buen resultado.

Se dejó caer sobre la silla de su escritorio y se llevó las manos a las sienes. Estaba muy cansado. Apenas tenía tiempo libre para leer o hacer cualquier cosa, estaba todo el día bajo presión, y se pasaba las noches buscando entre sus libros alguna forma alternativa de poder derrotar a Voldemort. Cerró los ojos para intentar relajarse un momento cuando alguien llamó a la puerta.

-Maldita sea...- de dijo a si mismo. -¿Quién es? -Preguntó el hombre de mala gana.

-Soy Marian. -Contestó la joven al otro lado de la puerta.

Severus negó con la cabeza y suspiró. Estaba seguro de que Marian vendría para decirle que se iba del colegio. Después de aquella discusión en el despacho, todo apuntaba a que así sería.

-Adelante... -Contestó finalmente.

Marian entró en el aula y cerro la puerta. Dirigió una mirada rápida hacia todos los calderos que esperaban las correcciones del profesor.

-Parece que estás ocupado. -Dijo la joven.

-Así es, Wallace, así que si has venido a despedirte, ya lo has hecho. Adiós. -Dijo el hombre con su indiferencia habitual.

Marian se quedó en su sitio y negó con la cabeza.

-No me voy a ninguna parte.

Snape levantó la vista de uno de los calderos y la miró con sorpresa.

-He decido quedarme. Voy a ayudarte a buscar una alternativa.

Severus levantó una ceja y se quedo mirando a la joven sin decir nada.

-¿No vas a decir nada? -Preguntó la joven, confusa.

La verdad, no sabía bien que decir. No esperaba que ella decidiera quedarse. La reacción de la joven le había pillado por sorpresa, pero debía de disimularlo.

-Después de cenar en mi despacho. Hay muchos libros por revisar. -Contestó con su tono habitual.

Marian sonrió disimuladamente y asintió con la cabeza.

-Ahí estaré.

-Bien. ¿Algo mas? -Preguntó el hombre.

-Eh... no... nada mas... -Contestó la joven.

-¿Y bien? ¿Piensas quedarte ahí todo el día? ¿No tienes trabajo que hacer? Que yo sepas llevas dos días de trabajo atrasado. ¿Me equivoco? -Dijo el hombre arrastrando las palabras.

Marian volteó los ojos. Mucho había tardado Snape en echarla de la sala.

-Vale, vale. Ya me voy. Si lo llego a saber no vengo. Que borde, por dios. -Se quejó la joven a la vez que emprendía el camino hacia la puerta. -Por cierto, -dijo la joven antes de salir por la puerta.- no me des las gracias, eh. -Dijo con sarcasmo y salió por la puerta.

Severus se quedó mirando la puerta unos minutos, pensativo. Marian finalmente había accedido a quedarse. Sintió una sensación extraña... ¿estaba alegre? ¿Acaso se alegraba de que la joven se quedara? Sacudió la cabeza de un lado a otro y desvaneció esos pensamientos. Se sentía estúpido. La falta de horas de sueño le estaban afectando más de lo debido.