Shingeki no Kyojin no me pertenece, sino Petra no hubiese muerto y habría Rivetra bien hard (?)
Advertencia: El fic n general posee un alto contenido de spoiler, junto con escenas de violencia y lenguaje adulto.
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—Without Regrets—
«Tears»
Era algo tan insólito, tan increíble. No lograba asumirlo y mucho menos entenderlo. ¿Acaso se encontraba en Shiganshina antes de la caída del muro María? ¿Pero cómo había llegado allí? ¿Viaje en el tiempo? No, eso era demasiado imposible e inexplicable. No había lógica en lo que le sucedía.
Las puntas de sus dedos rozaron su cuello desnudo. La bufanda roja que Eren le había regalado luego de salvarla ya no encontraba allí. No la tenía consigo desde que había despertado.
¿Acaso todo lo de Eren, la caída del muro María, la muerte de sus padres, los titanes cambiantes y demás había sido un sueño —Más bien una pesadilla—? No, imposible. Recordaba todo con lujo de detalles, las sensaciones, las peleas, los gritos, el entrenamiento... Todo. Además, si fuese una ensoñación creada por su subconsciente sería ridícula y excesivamente prolongada. Pero se negaba a creer que había viajado en el tiempo. Era algo simplemente irreal. ¿Y si es que se encontraba viviendo en aquellos instantes era un sueño? No... Eso tampoco le cuadraba. Ni siquiera un poco.
Ahora que lo recordaba, ¿la luz anormal con sorprendentes capacidades de habla de mujer de mediana edad no había dicho algo sobre segunda oportunidad y enmendar los errores? ¿Acaso a eso se refería?
¡Un momento! ¿Estaba siquiera considerando que lo del destellito parlanchín sí había pasado y que no había sido más que un producto de su retorcida imaginación? Sabía que sonaba algo absurdo, pero si por alguna extraña razón del universo eso fuese cierto: ¿Había sido enviada al pasado?
No le daba la cabeza para entender tan complicada situación. Así que por el momento, se concentraría en disfrutar de sus padres, los cuales aún vivían.
—Mikasa, linda, no has tocado tu plato siquiera —habló la señora Ackerman, mirando preocupada a la niña que jugueteaba desganadamente con su comida. Sin atreverse a probar bocado.
—¿Eh? —balbuceó al salir de su trance.
—Mikasa, ¿acaso ha sucedido algo? Te noto aturdida, hija —interfirió el patriarca de la casa, inclinándose sobre la mesa en dirección a su hija. Escrutándola con sus ojos avellana.
La jovencita solo negó, distante. Estaba muy confundida y no tenía mucha hambre que digamos.
—No es nada, solo estoy muy cansada y no tengo apetito —se excusó, clavando sus orbes oscuros en sus manos—. ¿Puedo ir a mi cuarto?
Necesitaba estar sola y pensar en lo ocurrido antes de que terminara enloqueciendo.
—Claro, cariño —concedió su mamá, aún intranquila ante el errático cambio de humor de su retoño. Primero los abrazaba y lloraba y finalmente se comportaba fría e indiferente. Era como si algo malo le hubiese pasado. Tanto así que su alegría y vitalidad parecían haberse esfumado de repente.
Mikasa cerró la puerta de su cuarto y suspiró. Apoyó la frente en la madera de la portilla y se recargó en ésta.
Estaba perturbada. Finalmente podía volver a sus padres; aquellos que había sido asesinado justo delante de sus propios ojos, sin piedad ni reparo alguno. Eso había sido lo que había marchitado su corazón. Lo que la había obligado a entender la crueldad del mundo, lo que le había quitado la venda de los ojos.
Y a pesar de que se había dejado llevar por el sentimentalismo al volver a verlos, ahora que se ponía pensarlo meticulosamente estaba cada vez más perdida. ¿Qué era eso de la misión? ¿Quién o qué había sido aquel espectro lumínico? ¿Y cuál era la causa para despertar seis años atrás en la línea de tiempo? ¿Qué era lo que debía cambiar o evitar? ¿¡Qué!?
Arrastrando los pies, avanzó hasta su cama y se dejó caer boca abajo en el mullido colchón. Debía pensar con claridad y tratar de entender todo lo que estaba sucediendo.
Y suponiendo que lo del viaje temporal era cierto —Pues hasta el momento, por más que le costase aceptarlo, era lo que más sentido tenía—, entonces debería basarse en sus memorias para modificar el pasado y por ende, el futuro. Pero, ¿qué debía detener específicamente?
Aferrándose a su almohada, empezó a recapitular y armar los hechos en si cabeza. Si no se equivocaban, estaban a principios de invierno. Las heladas estaban cerca, aunque el frío no era tan acentuado. Y el asesinato de sus progenitores había sucedido a mediados de dicha estación. Debía de estar preparada para poder reaccionar lo más rápido que pudiese a los sucesos, no podía distraerse y mucho menos volver a cometer los mismo errores. ¿Sino para qué diablos se encontraba emprendiendo esa bizarra aventura?
Entonces, notó algo que la colocó en una encrucijada: Si sus padres no morían, jamás conocería a Eren. Si ella lograba salvarlos, aunque fuera a su madre, nunca podría acercarse a los Jaeger. El futuro se vería cambiado y allí sí que no podría predecir absolutamente nada. En síntesis, ese viaje estúpido sería al santo botón.
Se mordió el labio inferior y cerró los ojos, queriendo aguantar las inmensas ganas de llorar de rabia e impotencia. Una vez que los tenía de vuelta y les serían arrebatados... Pero, si eso no pasaba, todo se volvería incierto y perdería lo que podría ser su boleto para la salvación de la humanidad.
Tensó la mandíbula y enterró el rostro en las blandas y pálidas carnes de la almohada. Para poder seguir el hilo de la historia, debía hacer sacrificios. Eso siempre lo había tenido muy claro, pero aun así estaba tan insegura y aterrada. Tanto que le ponía furiosa.
Siempre había sido conocida por su sensatez, frialdad, insensibilidad y fortaleza incluso en los momentos más difíciles. Pero, ¿por qué le costaba tanto tomar esa decisión, aun teniendo dichas cualidades? Tal vez porque el dolor no era verlos morir nuevamente frente sus narices, sino que ella misma los dejaría ser aniquilados.
No quería hacerlo, se negaba rotundamente. Pero, lamentablemente, el destino de la humanidad estaba en juego y no podía negarse a sí misma a utilizar ventaja de las experiencias vividas por un capricho. Dolería muchísimo más que la primera vez, lo sabía, ya que no haría nada para detener a los homicidas sino para salvar su propio pellejo. Pero como Eren le había dicho una vez: En circunstancias como esas, no importaba lo que ella quisiera, sino lo que beneficiara a la humanidad y los llevara a la victoria. Si quería sobrevivir, si quería ganar, debería luchar y estar dispuesta a hacer sacrificios, sin importar qué tan grandes fueran.
Más tranquila, se sentó en la orilla del lecho, con su cordura restaurada y decidida a realizar unos de las cosas más crueles e inhumanas, pero eso ya no importaba. Solo debería fingir normalidad hasta que el día llegara para poner en marcha a su plan.
Sin importar qué, el matrimonio Ackerman debía perecer y Mikasa debería llegar con Eren y con los Jaeger lo antes posible.
Era una decisión tomada y ya no había marcha atrás. En esos momentos, sus opiniones personales y caprichos ya no tenían importancia.
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Le dio un sorbo a su chocolate caliente, perfecto para aplacar la frialdad de aquel día nublado y gris.
Acomodó su saco bordó y alisó los pliegues de su vestido claro. Hacía mucho frío y como nunca necesitaba su bufanda favorita.
Su madre se encontraba tejiendo una chaqueta de color azul, con lana gruesa y calentita. De seguro era para su padre.
—Bueno cariño —el hombre de la casa apareció ya abrigado, con sus botas puestas y la mochila de madera junto con el hacha, listo para salir—, iré a los bosques a recolectar leña, volveré enseguida —indicó, caminando hacia la salida.
Entonces de manera torpe y repentina, Mikasa dejó la taza de la que estaba bebiendo a un lado y se puso de pie.
—¡Espera! —gritó, deteniendo las acciones del hombre en el acto, el cual se giró a verla con consternación.
—¿Qué sucede, hija? —indagó con dulzura, ladeando la cabeza. No entendía para nada los comportamientos de la niña.
La menor de los Ackerman se encogió en su sitio al notar que su actitud un tanto rara había traído más atención de la esperada. Incluso su madre había detenido su labor para observarla de soslayo.
—Yo... —vaciló. Suspiró ante su indecisión y aclaro su garganta, dispuesta a hablar—: ¿Puedo ir yo a juntar leña?
La petición pareció extrañar a sus dos familiares, quienes lucían confundidos. Ella, en cambio, mantenía una expresión seria y relajada. Un poco apática a decir verdad.
El señor Ackerman parpadeó repetidamente, intentando asimilar el pedido.
—Digo, quiero salir a tomar un poco de fresco y creo que juntar leña podría ser una buena opción —añadió, queriendo convencerlos.
Él pareció titubear.
—Hace frío afuera y tal vez puedas hacerte daño con alguna rama seca, ¿segura que quieres ir? —inquirió.
Claro, el problema no era la distancia o el miedo a perderse ya que tenían el bosque frente a ellos, el tema era que una actividad como esa no era para una niña de nueve años. Podría lastimarse o dificultársele la recolección de los leños. Además, Mikasa nunca solía hacer ese tipo de peticiones. Era algo extraño.
—Sí —enfatizó, mirando con decisión a su padre antecesor. Éste suspiró sabiendo que no podría convencer a la chiquilla para cambiar de opinión, así que dispuso a dejar todo lo que había preparado para ir a juntar los maderos en el suelo.
La chiquilla corrió a su cuarto, se abrigó lo suficiente y se colocó unas botas acordonadas para poder transitar por el terreno más cómodamente. Una vez pronta, volvió al comedor para juntar el contenedor de madera y se despidió de sus padres, marchando rumbo al bosque.
Contempló el cielo opaco y pudo predecir que no faltaba mucho para que lloviera. Debía apresurarse y juntar la mayor cantidad de leña posible en un tiempo récord. Y si seguía manteniendo su fuerza sobrehumana, eso no sería para nada un problema.
Se internó en la arboleda, paseándose entre las interminables hileras de troncos desnudos y gigantescos. Procediendo a comenzar su tarea, comenzó a juntar ramas caídas y arrancar alguna que estuviese a su alcance, clavándose varias astillas en sus manos en el proceso.
—Volverás donde todo comenzó —repitió en voz baja lo dicho por aquel espíritu de luz en su supuesto sueño—. Deberás enmendar el pasado a base de tus experiencias vividas —agregó, con un tono tan suave y taciturno que apenas fue audible.
¿Enmendar? ¿Cómo se supondría que lo haría si ni siquiera podía explicarse como había podido retroceder en el tiempo? Ante sus ojos, todo eso era un misterio.
Selló sus párpados cuando sintió sus ojos arder y las gotas saladas agolparse en ellos. No lloraría. No. Eso no ayudaría en nada. No podía permitirse ser débil, no podía doblegarse.
Aun así, un par de lágrimas rebeldes lograron escabullirse entre sus pestañas y escapar por sus mejillas hasta perderse en su cuello.
Logró calmar su ansiedad a base de ejercicios para la respiración y pensamientos alentadores. Y cuando finalmente volvió a abrir los ojos, notó que se encontraba más sola que nunca. Sin nadie con quien poder compartir sus angustias, miedos y deseos. Estaba sola y eso tal vez era lo más abrumante de la situación. Debía revivir a los muertos de su pasado para poder así luchar por un mejor presente.
Un sollozo se dejó escuchar. Tan fuerte y lastimero como incontrolable. Vale, tal vez no estaba tan tranquila como pensaba.
Se alteró al oír el ruido que provocaba una rama al quebrarse. Buscó al protagonista de dicha acción a su alrededor, paseando sus gemas obscuras por toda la extensión de bosque que se encontraba a su alcance.
—¡Maldición!
Aquel grito molesto la hizo dar un respingo. Retrocedió hasta chocar contra un árbol, perdiendo parte del cargamento que había logrado juntar. A juzgar por lo agudo de aquella exclamación, debía trataste de un niño. Y mentiría si decía que aquella voz no le sonaba de nada. ¿A quién le recordaba?
Y así, esa exaltación se convirtió en curiosidad. Una vez que junto todo lo que se le había caído, cargando con los leños en sus brazos sin molestarse en reacomodarlos en su mochila, avanzó en dirección de la cual suponía había provenido aquel grito.
Caminó muda, sin querer asustar a la persona que se encontraba cerca. Pisaba con sumo cuidado, deseando no hacer ningún sonido sospechoso o que la delatara.
Continuó avanzando por un lapso de tiempo indefinido, pero a su parecer, éste había sido tortuosamente eterno.
Finalmente llegó a una especie de claro y cuando posó su atención en la figura que yacía en medio de la escena recolectando las maderas que se le habían caído en un descuido, su corazón se detuvo y dejó de reaccionar.
Era él.
Sus brazos, como si de la nada hubiesen perdido toda su gran fuerza, dejaron caer lo que sostenían haciendo un sonido seco lo suficientemente fuerte como para que el niño la notara. Seguidamente, se dejó caer al suelo sentada, con la mirada perdida y una sensación de vacío incomparable.
Allí estaba; cargando con su bufanda roja alrededor de su cuello y su acostumbrado saco marrón para protegerse del frío. La miraba con la extrañeza brillando en sus ojos verdes, tan brillantes y emotivos como lo recordaba.
¿Por qué, de todos los lugares de Shiganshina, tenía que encontrárselo allí?
Estaba consciente de que esa era su "primera vez" recolectando leña por aquellos lares. Después de todo, antes de mudarse con los Jaeger, su padre solía encargarse de aquellas arduas tareas mientras que ella solía quedarse con su madre aprendiendo a bordar. Y no sabía si eso era destino o simple suerte, pero justo coincidir el mismo día, en el mismo lugar y a la misma hora... Era demasiado para su frágil y desequilibrada mente.
Ni siquiera había notado cuando el castaño se le acercó, hincándose frente a ella antes de murmurar un receloso «¿Te encuentras bien?».
Mikasa fue incapaz de contestar, solo miró las palmas de sus manos, las cuales por alguna razón sangraban y mucho. Si Eren no hubiese notado dicha acción, se hubiera enfadado de sobremanera al ser ignorado.
—¿Cómo te has hecho eso? —cuestionó con el mismo tono de antes, sosteniendo sus manos con delicadeza para no tocar las heridas. Pero cuando su silencio fue todo lo que recibió, él estalló en impaciencia, tal como lo habría hecho en el futuro que ya no existía—. ¿¡Acaso estás sorda o qué!? ¡Te estoy hablan—!
—Me lastimé juntando los maderos —espetó con suavidad—. No me había dado cuenta hasta ahora —añadió.
El chico suspiró y tomó un pequeño pañuelo de tela blanco que justo en esa ocasión consigo. Con cuidado, limpió las lastimaduras y la sangre con el trozo de tela blanco.
Algo que no había pasado desapercibido para el muchacho, había sido el rastro de lágrimas marcado en sus pálidos pómulos. Hubiese dicho que se debían al dolor, pero si analizaba su rostro con cuidado podía notar una profunda tristeza en éste. ¿Qué sería lo que la hacía llorar?
Se reprendió a sí mismo al querer husmear en la vida de una desconocida. Solo estaba ayudándole por la situación en la que se encontraba y nada más. No era que hubiese algo especial en esa niñita. ¿Cierto?
Debía admitir que era bonita. Sus facciones eran extrañas y delicadas. Nunca había visto a alguien con rasgos similares. ¿Sería de aquellas razas extrañas provenientes de lugares extraños que hacía un siglo se habían refugiado en el muro? Seguramente.
—Gracias —farfulló quedamente una vez que el chico terminó con su labor.
Jaeger asintió en respuesta al agradecimiento, debatiéndose interiormente si debía o no preguntar sobre su llanto. Tomó aire y decidido, la miró a los ojos con cierto brillo inquisidor en ellos.
—¿Por qué llorabas? —soltó al fin.
La infanta se mostró avergonzada y desvió la vista, usando como escudo los mechones que caían sobre su frente. Su acompañante frunció el ceño, pensando que la había incomodado. Cuando iba a retractarse, la chica volvió a mirarlo.
—Tengo miedo —"confesó", más bien era un mentira para darle una razón a sus lágrimas ya secas. No podía decirle la verdad porque la tacharía de loca.
—¿M-miedo? —reiteró confundido el de pozos aguamarina.
Carraspeó.
—Porque no soy libre, porque estos muros no nos protegerán para siempre. Estas jaulas además de prohibirnos el mundo exterior, de arrebatarnos algo que alguna vez nos perteneció… algún día caerán y no podremos hacer nada para salvarnos —apretó los puños, ignorando el dolor—. Lo titanes devorarán a todos a su paso una vez que la muralla maría caiga y avanzaran hacia la muralla Rose y seguirán avanzando hasta acabarnos de una vez por todos —Sí, estaba sacando todo aquel discurso desde el fondo de su corazón—. Los humanos somos débiles y destructivos. Si no nos matan los titanes… nuestro odio y avaricia lo harán —concluyó.
Y es que era verdad. Era algo que había admitido desde el principio, algo que la acompañaba desde que había sucedido lo de sus padres. Y a pesar de que se había mantenido estoica y ciertamente indiferente para no mostrar su debilidad, por dentro estaba destrozada y dolida. Alguien roto e inestable escondida tras una armadura de frialdad e ira.
Eren se sorprendió al oírla. Al fin alguien podía entenderlo. Incluso si Armin había sido aquel que le había implantado sus deseos de libertad para explorar el mundo exterior, no tenía esa vista tan retorcida como la suya. Incluso con tan solo nueve años, ese odio hacia aquellos que lo tenían como prisionero entre esas paredes era algo tan grande e incontrolable, algo que no se los perdonaría jamás.
Por fin alguien lo entendía por completo y compartía sus ideales. Incluso si recién la conocía, había cierta familiaridad entre ellos que le resultaba extraña pero bastante cómoda para expresar todo lo que él pensaba sin necesidad de contenerse.
—Te entiendo —fue todo lo que pudo decir luego de varios minutos de mutismo—. Yo también pienso así. Esta falsa realidad en la que la gente tonta cree que está a salvo, cuando no somos más que un ganado acorralado esperando su muerte sin poder hacer nada para evitarlo —se mostró decidido, apasionado; tal cual como lo recordaba. Incluso logró sacarle una ligera sonrisa que para él no pasó desapercibido—. Yo saldré de estos muros y conoceré lo que se me fue arrebatado. ¡Recuperaré lo que me han quitado! —finalizó con un rito de júbilo.
Se sonrojó al ver que la chica sonreía ante su emoción. Se había dejado llevar por todo los sentimientos que tenía guardado en su interior y que solo su amigo rubio conocía bien.
—Soy Eren —se presentó, queriendo cambiar de tema.
Mikasa dejó ir una suave risita. Era tal como lo recordaba. Tan romántico y expresivo, confiado y perseverante. Y ciertamente, se alegraba de haber salido a cortar leña ese día. Y a pesar de que apenas hacía poco y nada había llegado allí, su misión comenzaba a hacerse más clara.
No importaba cuán duro fuese el camino o los sacrificios que se vería obligada a hacer, mientras Eren estuviera a su lado, podría sonreír y tener la fuerza necesaria para enfrentar la crueldad de aquel mundo nefasto.
Era todo lo que necesitaba.
—Y yo Mikasa.
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Continuará…
Vale, vale. Han pasado… ¿cuántos? ¿Dos? ¿Tres días?
No quiero tardarme mucho en actualizar, pues quiero tener este fic lo suficientemente avanzado como para poder así publicar otro que aún está en desarrollo.
Espero que les haya gustado este capítulo algo corto a comparación con el anterior. Y el reencuentro con Eren lo tenía programado para más adelante pero me pareció tierno hacerlo ahora.
He querido hacer que Mikasa cambie sus actitudes que sabe molestan a Eren para poder acercarse a él más rápido y tener su confianza. No quiere que él tenga ese trato algo enfadado y chocante con ella como cuando ya son grandes, por eso comenzará creando un vínculo desde el primer momento.
¿Qué les ha parecido?
Les agradezco mucho sus lecturas y por favor recordad que les agradecería profundamente si dejáis un review.
Besos babosos.
Pandora (con un poco de ayuda de Morgana para escribir este capítulo)
