Shingeki no Kyojin le pertenece a Hajime Isayama y esta historia está hecha sin fines lucros, solo para divertirme y fantasear con las cosas que deseaba que hubiesen sucedido en el manga.

.

.

.

Without Regrets―

«Scars doesn't heel»

―Vean hacia mí.

Corrió embravecido hacia su infantil profesora, quien se mantenía en guardia y con una pierna más adelante que la otra. Sus facciones estaban contraídas, mostrando lo concentrada que se encontraba.

Él, precipitado, lanzó puñetazos, con la intención de golpearla. Pero ella logró bloquear su puño con su codo, dando un paso adelante para acto seguido patearle una de sus piernas para desestabilizarlo. Pero justo antes de comenzar a caer, logró tomar su antebrazo y tiró con fuerza, arrastrándola consigo al suelo.

Ambos se desparramaron en el frío suelo, siendo su caída amortiguada por los grandes montones de nieve, y sin siquiera levantarse, se apresuraron a alejarse el uno del otro para recién ahí ponerse de pie. Eren sonrió con suficiencia y Mikasa frunció aún más el ceño, abandonando su anterior postura para simplemente erguirse.

Hacía tres semanas habían comenzado con el entrenamiento. Eren había aceptado sin dudarlo, con una alegría y una ilusión inmensa. Cuando recordaba aquel brillo fascinado en sus ojos no podía evitar reír por aquella efusividad expresada con tanto ahínco.

Por otra parte, Armin se había negado, diciendo que él no valía para eso debido a su debilidad física. Aun así, siempre acompañaba a Jaeger a sus entrenamientos ―los cuales se habían vuelto diarios, mínimo una hora al día― para darle ánimos a su amigo.

Debía admitir que el castaño aprendía rápido y era fuerte, aunque claro que aún le faltaba mucho para asemejarse a ella o a lo que sería en el futuro-que-ya-no-era-más-futuro-sino-un-pasado-que-nunca-existió. Esas prácticas no solo le servirían para aprender a defenderse de los brabucones, sino también para cuando se enlistaran en la milicia. Si ya practicaba de antes y le sumaba las habilidades que ya tenía, de seguro obtendría una mejor puntuación de la que había tenido en el futuro ahora inexistente.

Esta vez, fue ella la primera en avanzar, corriendo con gran velocidad hacia su aprendiz. Se inclinó hacia delante, flexionó las piernas y rodeó la cintura del niño con ambos brazos, levantándolo sin mucho esfuerzo. Prácticamente, eso había sido un tacle.

―¡Hey! ¿Qué haces Mikasa? ―exclamó escandalizado, sorprendido por su acción repentina.

―Entrenarte. ―Y sin más, tomando impulso con un medio giro, lo arrojó contra un árbol.

Arlet jadeó al ver el cuerpo del de ojos aguamarina colisionar contra el tronco de un árbol. Temió por él e hizo amago a levantarse, pero se contuvo a sí mismo. Estaban entrenando, estaba seguro que Mikasa no le habría lanzado con mucha fuerza, sino de seguro no se estuviese levantando en esos mismos momentos.

―¿Estás bien, Eren? ―indagó, tendiéndole una mano para levantarse.

El aludido asintió y aceptó su ayuda con gusto, incorporándose de un salto. Estaba demasiado emocionado como para dejarse vencer así de fácil y caer ante un golpe menor. Quería seguir y mejorar todo lo que había aprendido hasta que pudiese vencer a la mismísima Mikasa Ackerman.

―¿Puedes seguir? ―cuestionó, preocupada, sabiendo que se había pasado un poco de fuerza.

―¡Claro que sí, eso no me tumbará tan rápido! ―gruñó algo molesto, frunciendo el ceño.

―Lo hizo la primera vez ―acotó Armin desde su rincón, recibiendo una mirada fulminantemente helada del muchacho. Alzó las manos en señal de paz y alzó los hombros, como si quisiese evitar que le hiciese daño.

La melodiosa risa de la chica invadió sus oídos, obligándolo a girarse a verla. Sus mejillas y nariz coloradas por el frío, contrastando con su blanca piel y su cabello color carbón. Se veía adorable, eso tenía que decirlo.

Frunció el ceño por sus pensamientos y bufó. Poniéndose en guardia, indicando que estaba listo para continuar con su pelea de prueba.

―¿Seguiremos o no? ―acalló sus suaves carcajadas, forzándola a centrarse en lo que aún no habían terminado.

Una sonrisa confiada apareció en su rostro a la vez que asentía y separaba las piernas para flexionarlas y alzar los puños. Estaba más que lista para el segundo round.

Para sus adentros, agradecía a Dios que se hubiese conseguido varios pantalones para hacer de los entrenamientos más cómodos, pues los primeros días había tenido que pelear con vestido y aunque no había sido una mayor complicación, prefería tener un pantalón puesto. Le daba más libertad a la hora de moverse, sin necesidad de preocuparse por si se le levantaba o no la falda más de lo debido.

Ambos comenzaron a acercarse poco a poco, esperando, sin saber cuál de los dos sería el primero en atacar. La tensión en el ambiente era palpable y sus deseos de victoria, incluso si tan solo se trataba de una práctica, eran inmensos. No estaban dispuestos a perder.

Pelea.

Eren comenzó a correr en su dirección, con su puño izquierdo a la altura de su mandíbula y el otro en su cintura, listo para golpearla ya fuese en el estómago o darle un uppercut. El brillo de determinación en su mirada era tan fuerte que, un poco más, y la cegaba. Amaba verlo así de radiante y divertido. Pero debía concentrarse, tenía que demostrar que ella sin duda era la más fuerte de todos y que no se dejaría vencer nunca.

Pelea.

Retrocedió, justo antes de su mano diestra llegara a golpear contra su barbilla. Con fuerza, golpeó la cabeza de su amigo con su ante brazo, atontándolo. Aprovechando para avanzar, lo tomó del brazo con cierta brutalidad para jalarlo en su dirección.

¡Pelea!

Cuando lo tuvo lo suficientemente cerca, lo soltó y dirigió su puño a su abdomen para inmovilizarlo, pero Eren interceptó su ataque, sosteniendo su puño derecho con una mano, mientras que con otra, tiraba de su brazo libre. Pensaba lanzarla al suelo. Si le permitía agarrar el cuello de su camisa, acabaría siendo derribada. ¡No lo permitiría!

Si pierdes, mueres… pero si ganas…

―¡…vives! ―Soltó su mano diestra, la cual era apresada fuertemente, para luego, aprovechando que con su oponente sostenía su muñeca izquierda para afirmarse a él y, recargando su peso en una de sus piernas ―la cual se encontraba más adelantada―, se giró levemente hacia atrás para tomar impulso y luego realizó una fuerte barrida con su pierna derecha. Dicha acción logró mandarlo al suelo sin problemas, cayendo de boca.

Y si no peleas, no puedes ganar.

Armin, saltó sorprendido ante lo que acababa de ocurrir. Y ese último grito que había dado Mikasa, tan fuera de contexto, había llamado su atención. Como si se hubiese estado alentando a sí misma para luego gritar una última frase en voz alta, tomando fuerza para derribar a su enemigo.

―Oh, Mikasa, creo que te has pasado ―rió el rubio con cierto nerviosismo, viendo a su amigo tendido en el suelo con mucho cansancio.

La morocha solo sonrió y se encogió de hombros. Si quería alguna vez entrar en la milicia ―de nuevo―, tenía que estar en forma y si lo ayudaba a mejorar su estado físico desde el primer momento, muchísimo mejor.

―¿Está bien? ―inquirió, hincándose a su lado para comprobar su estado.

El chico, aún con el rostro pegado al piso, levantó el dedo pulgar en señal de que se encontraba bien, aun así, no se movió de su lugar ni un centímetro.

.

.

.

Suspiró cansada, sentándose en su cama mientras limpiaba el sudor de su rostro. Había terminado su rutina de ejercicios matutinos, luego solo le quedaba realizar el entrenamiento con Eren y finalmente la ronda nocturna. Debía mantenerse en forma para no solo poder mejorar aún más su estado físico cuando se uniera a la tropa de reclutas del ciclo n° 104. Por dicho motivo, había comenzado un entrenamiento diario, que constaba en abdominales y lagartijas. Ya desde el primer día que había comenzado con la rutina mencionada, pues estaba muy desacostumbrada a no tener sus diarios entrenamientos de la legión y hacer nada no era una opción que aceptaría. Además, era muy exigente consigo mismo, llegando hasta a tonificarse con apenas dos meses gracias a las varias horas diarias en las que realizaba los ejercicios. Dos a la mañana y dos a la noche. A eso se le sumaba que a veces, cuando iba a encontrarse con Eren, llegaba un rato antes para poder correr un poco y calentar antes de sus batallas de práctica.

Se puso de pie y caminó hacia el pequeño tocador junto a su lecho, tomando el peine que reposaba sobe éste para desenredar su cabellera oscura. Aún no se acostumbraba a tener el pelo largo, claro que no era mucha diferencia con el corte que tenía antes, pero le resultaba un poco molesto. Por otra parte, le hacía ver más femenina y bella, enmarcando y contrastando con su níveo tono de piel. A decir verdad, no estaría nada mal dejarse el cabello largo en lugar de cortarlo como lo había hecho antes. Aunque claro, seguramente le parecería molesto, pero de todas formas eso lo decidiría más adelante. No debía adelantarse si aún le faltaban tres años más y miles de cosas por pasar.

Salió de su cuarto, caminando descalza por el piso de madera. Al entrar al salón, donde su padre se encontraba encendiendo la estufa y su madre preparando unas cosas, pudo sentir ese ambiente ameno y familiar que hacía ya bastante no sentía. Si bien Eren y Armin habían sido su familia y motor, con las constantes batallas y expediciones eso había quedado en segundo plano. Pero en esos momentos, en los que podía volver a disfrutar de su padre y madre, eran suficientes para sacarle una sonrisa. Una genuina.

―Buenos días ―saludó con energía, arreglando un travieso mechón detrás de su oreja para que no le obstruyera la visión.

Ambos adultos se giraron sonrientes a devolverle el saludo para luego seguir con sus cosas. Vio que allí en la mesa había pan y un poco de té caliente. Suponiendo que ése era su desayuno, se sentó y comió en silencio, pensando en qué podría enseñarle a Eren en esa ocasión. Si bien habían estado manejando la ofensiva, tal vez debería ayudarle a perfeccionar su defensiva para poder interceptar y defenderse de distintos ataques.

Miro por la ventana y no pudo evitar decepcionarse. En toda la temporada no habían tenido más que nevadas o ventarrones helados, pero justo ese día llovía despacio, como si no fuese a detenerse nunca. Y podía asegurar que no faltaba mucho para que una tormenta se formase. Bien, al parecer, no habría entrenamiento ese día. Lo único que podría hacer sería practicar sola en su habitación. Algunos abdominales, flexiones y demás actividad física que no necesitarán tanto espacio para moverse.

Su mamá se sentó a su lado, esparciendo un par de cosas sobre la mesa. Y no fue hasta que se terminó su desayuno que le prestó atención a los utensilios que la señora Ackerman se encargaba de desinfectar cuidadosamente. Abrió los ojos con sorpresa al reconocer los bisturíes y agujas que su progenitora había utilizado para hacer la famosa marca que escondería recelosamente en su muñeca bajo un ajustado vendaje por años.

―¿Para qué es eso, mami?

Mami.

Hacía tanto tiempo que no pronunciaba aquellas palabras tan cariñosas. Y algo que antes le había resultado normal y dulce, ahora le parecía algo extraño y nostálgico. Pues estaba muy consciente de que todo se terminaría allí y cuando al fin lograba acostumbrarse de nuevo a ese ambiente hogareño que tanto le había faltado… se le sería arrebatado en cuestión de tiempo.

La aludida rió un poco, emocionada, a la vez que quería mostrarse relajada para no alterar a la pequeña.

―Hoy, Mikasa, grabaré en tu muñeca el símbolo de nuestra familia. Un escudo que ha ido pasando de generación y generación en mi familia y ahora, es hora de que lo pase a ti ―soltó, asiendo con delicadeza su mano, colocándosela en el regazo para arremangar la manga de su camisón blanco.

―¿S-símbolo familiar? ¿Grabar? ―forzó un tono nervioso, queriendo mostrar terror al ver que tomaba una aguja y la limpiaba cuidadosamente.

―Así es, cariño. Un escudo familiar hecho a base de cicatrices. Te dolerá un poco, pero será solo por un momento ―dijo, intentando calmarla―. Aunque, si no quieres, podemos hacerlo otro día…

―¡No! ―interrumpió Mikasa, algo sobresaltada y con el ceño fruncido. Ya no habría otro día―. Quiero decir, no, no. ¿Para qué dejar esto para más tarde si podemos hacerlo ahora? ―Tomó aire―. Además, mientras más rápido pase el dolor, mejor. ―Sonrió, con un deje de tristeza.

Su padre dejó varias papas en el mesón que utilizaba para cocinar, tomó un cepillo para comenzar a limpiarlas un poco mientras tarareaba con suavidad una canción. Se enfocó en esa empalagosa melodía, mientras sentía como la mujer trazaba sobre su piel con una aguja el símbolo que luego marcaría con la navaja. No quería equivocarse ni cortar de más, por eso raspaba la piel como si dibujara sobre ésta para después sí realizar el emblema de manera definitiva.

―Oh, casi lo olvido ―irrumpió su padre, palmeándose la frente a sí mismo por haberse olvidado de algo―. Hoy vendrá el doctor Jaeger, Mikasa. Tal vez podamos invitarlo a quedarse a comer, ¿qué dices? ―comentó, justo cuando el trazo de la aguja se detenía, indicando que ya comenzarían los cortes. Solo pudo sentir un poco de reconforte, pues sabía que él decía eso para distraerla un poco de lo que se suponía le dolería como mil infiernos.

Cerró los ojos al sentir la daga moverse sobre su muñeca, dejando marcas profundas para que nunca se borraran y se mantuvieran allí como un recordatorio de algo. Mordió su labio inferior, pero no por la dolencia, sino porque estaba segurísima de que ése sería el día donde todo comenzaría de verdad.

Levantó los párpados, observando por un tiempo indeterminado a sus dos familiares tan amados. Memorizó sus facciones y sus voces una vez más. Le destrozaba el hecho de tener que revivir algo que la marcó de por vida, algo que incluso con su actual nivel, no podría interferir. Si evitaba sus fallecimientos, aunque fuese solo fuese el de su madre, la historia daría un giro de 180 grados y ya no habría marcha atrás. Todo se volvería incierto y se alejaría de Eren, o al menos no se acercaría como ella deseaba.

Debía ser fuerte y aceptarlo. Los sacrificios eran necesarios, siempre lo eran. Por más mal que le hiciera, debía dejarlos ir y recordar sus momentos felices para utilizarlos como impulsor para ir hacia el futuro. No podía doblegarse, al menos no a esa altura del partido, pues un paso en falso y todo el porvenir que ya conocía se vería destruido y todo eso sería en vano. Seguiría adelante y se refugiaría en la lejana memoria de sus días llenos de luz y paz, preparándose para hundirse en la más profunda oscuridad. Presenciar la muerte, ver la sangre, oírlos gritos y no poder hacer nada para remediarlo, solo luchar y seguir adelante.

Una solitaria lágrima se escapó de la orilla de uno de sus ojos, de manera involuntaria, atrayendo la atención de su madre. Ésta la contempló sin decir nada, como si le pidiese perdón con la mirada y le dijera que pronto ya todo se terminaría, que el "sufrimiento" finalizaría.

Que equivocada estaba.

No tenía ni idea. Su sufrimiento comenzaría cuando golpearan esa puerta y su padre fuese apuñalado. Allí recién iniciaría su infierno y era necesario. Lo sabía muy bien, por eso tenía que resistir. Debía mantenerse cuerda y no dejarse vencer por el miedo. Su deber era reparar los errores del pasado, no cometerlos. Y por más que le matara por dentro, ellos tenían que morir. Ellos debían morir.

Observó a su mamá, con un semblante lleno de añoranza, viéndola tan concentrada y tranquila, pero a la vez con ese cansancio constante. Algo que su enfermedad le ocasionaba y la apagaba de a ratos, pero su actitud amable y afectuosa nunca desaparecía. Era una verdadera luchadora.

Por otro lado, se encontraba su padre. Un cazador que hacía lo que estuviese en sus manos para conseguir dinero y comida, para mantener su familia a flote. Y sin importar qué, esa sonrisa cordial nunca abandonaba su boca. Era como si estuviese cocida. Y juraría que nunca le había visto fruncir el ceño. Siempre tan calmado y bondadoso. Ni siquiera cuando había sido herido de muerte había visto alguna señal de enojo o rencor, sino confusión. Muriendo sin siquiera entender qué era lo que había sucedido. Sin tiempo a nada.

Como si de una débil llama de vela ante el arrebatador, impredecible y volátil soplido del viento se tratase.

Ése sin duda, era un mundo cruel…

―¡Listo! ―exclamó la señora, orgullosa―. Ya todo terminó, has resistido como una campeona. Buena chica ―halagó, como si eso pudiese parar toda esa ola de sentimientos tan destructivos que se encontraban asfixiándola. Como si estuviese muriendo poco a poco, sin poder gritar ni expresar su agonía.

Rodeó la herida con un vendaje, rodeando cuidadosamente la zona. De esa manera cicatrizaría y no se infectaría. Lo ajustó lo suficiente como para que no desatara y finalmente liberó a su hija de la "tortura".

Algo mucho pero que ser comido vivo por un titán, pues era una angustia silenciosa y matadora. Algo que no se podía expresar y que hería internamente de una manera grave. Algo que dejaría una cicatriz profunda e imborrable. Imposible de curar y sin oportunidad de olvidar.

―Cuando seas grande, deberás pasarles este símbolo a tus hijos así esta tradición continua ―añadió, alegremente.

«Detente».

Parpadeó, como si estuviese ida. El sonido del cuchillo golpear contra la tabla de madera mientras el hombre cocinaba y la voz de su madre se habían vuelto difusas, era algo parecido a un trance. Recordaba tan bien todo eso que podría predecir exactamente qué sucedería. Pero no quería hacerlo, quería que todo eso no sucediera. Que el tiempo parara de golpe y pudieran salvarse

―¿Hijos? ―indagó, por inercia, siendo incapaz de controlar sus propias palabras y sin pensarlo, comenzó a repetir el mismo diálogo que había pronunciado alguna vez―. ¿Cómo obtendré hijos, mami?

«Detente, por favor».

La vio ponerse nerviosa y mirar a los lados, como si buscase la salvación y luego de unos segundos, procedió a hablar:

―¿Quién sabe? ―Como si fuese algo desconocido para la humanidad, no queriendo revelarle algo que ya sabía, aunque se considerara impensable que una niña de nueve años estuviese consciente de un tema como ése. Claro que no se trataba de una niña normal, sino de una con la mentalidad de una de los mejores soldados de la humanidad, con sus batallas ganadas y perdidas, y sus lutos pesando en su memoria indeleble―. ¿Por qué no le preguntamos a tu padre?

«No, por favor».

―Papi… ―llamó quedamente, aguantando las lágrimas que se habían formado en sus ojos, haciendo que su timbre de voz sonase algo extraño.

El nombrado solo se mostró algo incómodo y rascó su nuca, sin saber cómo explicarse, mientras que la esposa de éste reía por lo bajo al haber esquivado invicta la pregunta. Además, ver a su marido nervioso, buscando una excusa para poder evitar dar tal explicación a una pequeña.

―No estoy muy seguro ―habló por fin―, ¿por qué no le preguntamos al doctor Jaeger? ―Y justo en ese instante, alguien llamó a la puerta. Dando golpes lentos y firmes.

«No, no, ¡no!»

―¡Mira, hablando del rey de Roma! ―exclamó, dejando el cuchillo en la mesada y suspirando más tranquilo al haber zafado de la pregunta de su hija.

En los ojos de Mikasa se podía ver el terror puro. Sabía muy bien lo que iba a suceder en tan solo cuestión de segundos y lo peor de todo ―como ya hacía rato lo venía diciendo― era que no podía hacer nada por evitarlo.

―No abras la puerta ―pensó en voz alta, reprendiéndose a sí misma al decirlo, ya que había sido oída por su papá, quien se giró a verla por unos segundos para luego, sin agregar nada más, realizó lo que le había pedido encarecidamente que no hiciera.

―Doctor Jaeger, lo habíamos estado esperan… ―Y sin más, la intromisión brutal del afilado cuchillo en su vientre lo dejó sin palabras. Mirando el arma incrustada en su cuerpo y luego a los perpetradores, comenzó a retroceder. Siendo incapaz de entender, decir o siquiera pensar nada. Sin más, perdiendo la sangre a una velocidad imparable, se desvaneció en el suelo. Cayendo recostado en una de las patas del mesón donde antes cocinaba.

Ambas féminas que se encontraban dentro de la casa se mostraban sorprendida, aunque la mayor fue la que se mostraba más aterrorizada al ver a su amado desangrándose sin ser capaz de hacer nada para ayudarle. Por su parte, Mikasa intentaba mantener la calma, pero las lágrimas habían sido irrefrenables. Si la primera vez no había llorado, había sido por la sorpresa, pero ahora que todo el malestar se duplicaba puesto a que sabía que eso ocurriría desde el principio, hacía que su llanto silencioso fuese irrefrenable.

No… no otra vez.

―Perdón por la interrupción ―habló el que había acuchillado al rubio, manteniéndose sereno e impasible.

Entonces, el imbécil que cargaba el hacha, también de cabellera clara y corta, ingresó con arrogancia a la casa. Como si fuese el dueño del mundo y ellas tuviesen que inclinarse ante él, un supuesto ser inferior. Y de repente, algo que antes ni siquiera había notado, se había revelado ante sus ojos. Comenzando a estudiar las actitudes de los asesinos, ya que eso se lo había esperado. Como si su cerebro buscase más información de la que ya conocía y actuase a una velocidad increíble para poder procesar la información, prestándole atención hasta al más mínimo detalle.

―Oigan, ustedes dos, permanezcan tranquilas y no se precipiten a menos de que quieran que les parta la cabeza en dos con esto. ―Señaló su arma con desgano, sin alejar ese gesto desagradable y petulante de su cara.

Sintió náuseas. Ese maldito infeliz…

Y sin previo aviso, su madre había tomado un bisturí y se había abalanzado contra el que sostenía el hacha. Gritando desaforadamente, desesperada por ganar un poco de tiempo y defender a su hija.

―¿Qué demonios…? ―blasfemó el que estaba siendo atacado, luchando por mantener a la mujer controlada, por más que ésta no dejase de gritar ni moverse violentamente.

―¡Mikasa, huye! ―le ordenó.

Con falsa confusión, miró a los lados y en el momento justo, tomó una las dagas que había sobre la mesa y la ocultó en su manga.

―¡Mikasa, rápido!

Y allí sucedió el detonante de todo.

Ver de nuevo como aquel bastardo liberaba la mano en la que sostenía el hacha, alzaba su brazo para hacer ―con un salvajismo incomparable― una herida exageradamente profunda en el hombro de su madre y posteriormente hacerla caer al suelo en un charco de sangre, le había impactado mucho más de lo que recordaba. Y sobre todo cuando la había visto estirar su brazo en su dirección, rogándole mudamente que escapara.

―¿Pero qué mierda has hecho? ―gritó el más bajito de los tres―. ¡Se suponía que solo matarías al padre!

―¿Pero qué querías que hiciera? ―cuestionó el rubio―. ¡Esa perra se salió de control!

Frunció el ceño y apretó los puños. ¿Cómo podían hablar de algo como asesinar personas de una forma tan… despreocupada? Aunque, ahora que recordaba, ella también había asesinado a varias personas como soldado de la legión de reconocimiento. Pero eso había sido por una causa justa, para salvar a Eren y a Historia de Rod Reiss. Además, si no los hubiese aniquilado, la aniquilada hubiese sido ella. Lo comprendía perfectamente: en ese mundo, era matar o morir.

―No des excusas de mierda ―reclamó nuevamente el que parecía ser el líder―. ¡Ve y agarra a la niña!

Con un suspiro exasperado, el que había matado a su progenitora caminó en su dirección, desganado. Se dio el lujo de fulminarlo con una mirada gélida. Por lo menos, él sería el primero en morir.

―Será mejor que no compliques las cosas o… ―En ese mismo momento, le había pateado justo en la entrepierna, aprovechando que estaba lo suficientemente cerca. Éste gritó adolorido y se arrodilló en el suelo sosteniendo con ambas manos la zona afectada y soltando el hacha―. Maldita mocosa de mierda ―maldijo sin poder moverse, alertando a sus camaradas, quienes corrieron a socorrerlo.

Aprovechó el momento y de un movimiento rápido tomó el hacha que había caído a sus pies. Se alejó unos pasos y sin dudarlo, le golpeó en la cabeza. Pero no con la parte afilada, sino con la parte trasera de la hoja, creándole un corte pero sin llegar a matarlo.

―¡Maldita sea, no te vayas a desmayar! ―vociferó el gordito, sosteniendo al rubio por los hombros, el cual estaba sentado en el suelo, un poco atontado por el golpe.

El más alto se dirigió más que furioso hacia Ackerman para poder aprisionarla. Y no se lo había esperado, pues se había concentrado en el que había golpeado y se había olvidado del tercero. Sin tener tiempo a reaccionar siquiera, aquel ser repulsivo pateó sin piedad su estómago, teniendo mucha más repercusión negativa en su cuerpo debido al impulso con el que venía.

Cayó al piso de espaldas, varios metros hacia atrás, soltando el hacha en el mismo momento en el que había recibido el golpe. Había perdido el aire y estaba inmovilizada.

―¡Maldita puta, estás más que muerta! ―aulló totalmente fuera de sí, en un estado de cólera, lanzándose a por Mikasa.

―¡Ni se te ocurra matarla, que la necesitamos viva para venderla! ―intervino el "jefe" del trío, deteniéndolo solo unos instantes, ya que luego reanudó su ataque.

Intentó arrastrarse lejos, pero éste le sujetó del pelo con fuerza, la levantó por el cuello del camisón y la arrojó hacia la pared con tal fuerza, que la madera cedió y se rompió un poco. Sintió varias astillas clavarse en su espalda y un inmenso dolor en el abdomen. Era un animal.

Y por más entrenamiento que hubiese hecho, estaba tan conmocionada que apenas podía reaccionar. Sin importar cuánto se hubiese preparado ni cuanto hubiese estado entrenando para mantenerse en forma y así hacerle frente a ese día, no era lo mismo. Su cuerpo era más pequeño, tenía menos fuerza y sus sentimientos eran un revuelo incontrolable que no hacía más que entorpecerla.

Fue nuevamente apresada por las grandes manos de aquella bestia, las cuales de seguro era mucho más grandes que toda su cabeza. Se encogió en su lugar por la brusquedad y cerró los ojos, preparándose para lo que vendría.

―Buenas noches, princesita.

Y sin más, todo rastro de consciencia en su mente, desapareció...

.

.

.

Continuará…


¡Hoooooooooooola! :D

Seeeh, otro capítulo. ¡Por fin! Me estaba frustrando por no poder empezar a escribir.

Y de verdad, sé que este cap, al igual que el otro debe ser un poco equis, pero os juro que en el próximo comenzará la verdadera historia. Solo tenedme paciencia que ya me encargaré de hacer lo capítulos mejores y mucho más elaborados.

Espero que os guste como quise retratar a Mikasa, pues Morgana me estuvo molestando para que hiciese una acentuación en eso de que era algo que no podía evitar ya que eso traería consecuencias negativas para su plan, aunque tal vez positivas para su vida. En fin, quise mostrar ese sentido del deber que tiene Mikasa, queriendo permanecer sensata, aún luego de haber vuelto a presenciar la muerte de sus padres. Y sí, tal vez yo quise ponerla como si estuviese preparada para todo pero luego me detuve a mí misma y me recordé que sería como reabrir una herida en su corazón. Eso la haría mantenerse algo renuente al hecho de que debía tomar acción y la llevó a dudar, dejándose llevar por la tristeza. También quiero aclarar que Mikasa no estaba preparada emocionalmente para luchar, pues, si estuviese con su actitud fría e impasible como siempre, ésos no salían vivos de allí ni de coña.

Agradezco un montón sus reviews, de verdad os agradezco y no os agradeceré uno por uno esta vez porque son exactamente las 7:34 A.M. aquí en España y no doy más. Me desvelé toda la noche escribiendo. Habré comenzado tipo diez por ahí, pero entre las ediciones y las distracciones, perdí tiempo. Y quería hacer la parte en el rescate en este capítulo, pero eso no solo le quitaría el suspenso sino la gracia. Aunque bueno, todos ya saben qué va a pasar :p

Besos a todos y muchas gracias por su apoyo.

―Pandora (Sí, sí y Morgana también ayudó xD)