Shingeki no Kyojin no me pertenece, es obra del gran Hajime Isayama.

Pues si fuera por mí, Marco no hubiese muerto.

.

.

.

Without Regrets—

«Choices»

Caminó tras su padre en silencio, acomodándose de vez en cuando la capa verde que le protegía de la lluvia. Con una mirada desganada, contempló el bosque, su punto de encuentro diario con Mikasa. Sin embargo, debido al pésimo clima, era obvio que no entrenarían y que esperarían a que el tiempo estuviese mejor.

Qué decepción y él que se había emocionado por su entrenamiento.

—Mikasa se llamaba tu amiga, ¿no? —indagó Grisha, girándose a ver a su hijo con una sonrisa amable, queriendo romper el mutismo que se había formado entre ellos.

Eren asintió, sin decir nada.

—Oh, porque el matrimonio Ackerman tiene una hija: una niña de tu edad, llamada Mikasa también. —Tomó aire, pausando por unos segundos—. De seguro se trata de la misma chica, pues no es nombre común, además de que se nota a leguas de que tiene un origen oriental —comentó, sin detener en ningún momento su marchar lento pero firme.

El chiquillo sintió curiosidad ante lo dicho por su progenitor, interesado en alargar la conversación.

—¿Crees que sea Mikasa? —habló con un poco de entusiasmo reflejado en su rostro, haciendo que su papá asintiera con bueno ánimos. No entrenarían pero, si se trataba de la misma persona, iría a visitarla. De seguro sería divertido. No obstante, la duda volvió a reflejarse en su semblante al recaer en un vocablo que había utilizado su padre—. ¿Oriental?

—Así es, los orientales son personas que provienen un lugar muy olvidado, lejos de aquí. Se encuentra fuera de los muros. Muy poco se sabe de ese sitio debido a la casi inexistente documentación que hay sobre el mundo de afuera —explicó, haciendo énfasis en las últimas palabras, tomando un tono que a Eren se le antojó un poco extraño—. Los orientales son una raza casi extinta y según lo sé, la señora Ackerman es la última oriental viva que queda dentro de las murallas, descendiente del antiguo clan que se protegió tras las murallas hace un siglo —explayó.

El de orbes verdes parpadeó con un poco de confusión.

—Pero Mikasa no se ve muy… normal que digamos —farfulló, sin saber cómo hacerle entender a su padre su punto de vista.

El mayor rió un poco.

—Ella también es oriental, pero debido a que su padre no lo es, no es una oriental pura —expuso, divertido al ver las expresiones tan cambiantes en la cara de su querido infante.

Sin decir más, siguieron avanzando. A decir verdad, con la oscuridad del cielo y la lluvia cada vez más fuerte, el día se había vuelto un poco tétrico. Sin mencionar que el bosque, con sus árboles desnudos y retorcidos, no ayudaban mucho a aminorar esa sensación. Como si se tratara de un escenario sacado de los típicos relatos de terror que usaban para asustar a los chiquillos traviesos.

Al pasar por la arboleda, avanzaron por la ladera un poco más y empezaron a subir por un pequeño cerro que se hallaba camuflado entre las altas montañas de ese lugar tan aislado a pesar de su cercanía con la ciudad.

Mikasa Ackerman.

Era la primera vez que oía lo que suponía ser su nombre completo y eso le daba un poco de pena, ya que se sabía hasta los apellidos de los bravucones que los acosaban a él y a Armin, pero no el de su amiga y entrenadora. Pero, en su defensa, nunca le había preguntado y ella nunca le había dicho.

Un poco más de diez minutos habían transcurrido desde que habían comenzado a subir, cuando no muy a lo lejos, pudieron divisar una pequeña cabaña, perdida entre los árboles. Sin duda era una casa no muy a la vista de cualquiera, eso explicaría por qué era tan difícil el acceso. Hasta se preguntaba cómo no se habían perdido.

—Aquí es —dijo el doctor.

Avanzaron hasta la puerta. Grisha con calma y Eren con ansiedad. Quería comprobar si de verdad se trataba de Mikasa, pues así su tarde sería un poco más entretenida.

Su padre tocó la puerta. Aunque había algo extraño, no se oía ruidos ni movimientos en el interior de la casa. Ni siquiera se veía ningún atisbo de luz de vela. Como si en la casa, no hubiera nadie.

—Tal vez no están en casa —observó al no obtener respuesta—. Señor Ackerman, soy Jaeger —dialogó, volviendo a tocar la puerta con más insistencia, pero nadie contestó, otra vez—. Discúlpenme. —Se resignó a abrir la puerta con cierta timidez, esperando encontrarse con alguien, pero lo que pudo ver lo dejó helado. Ahogó una exclamación y dio un paso hacia atrás, sin soltar el pomo en ningún momento.

El castaño avanzó hacia su progenitor, preocupado por su reacción.

—¿Qué ha sucedido? —inquirió, más no obtuvo respuesta alguna—. ¿Oye, papá?

Contempló el oscuro lugar, encontrándose con los cadáveres de los señores Ackerman. Ambos ensangrentados y con una expresión desencajada en el rostro. No podía imaginarse qué tipo de cosas les habían sucedido antes de morir. El médico caminó hacia los cuerpos, con inquietud. Se acercó a la mujer que yacía tendida en el piso, en un charco de sangre, y le tomó los signos vitales. Era obvio que estaba muerta.

—Esto nos es bueno —musitó, al notar que llevaban varias horas muertos—. Eren —le llamó—. ¿Has visto una chica por aquí? ¿Viste a Mikasa? —le preguntó, intentando mantener la calma. No veía ningún rastro de la niña y eso le preocupaba. ¿Qué había sucedido?

—No, no lo he hecho —respondió con voz queda y con los ojos bien abiertos.

—Ya veo… —Se giró hacia su hijo—. Eren, escúchame bien, yo iré a buscar la Policía Militar para informar sobre lo sucedido —indicó, aún conmocionado por lo que se encontraba presenciando—. Tú espérame en la base de la montaña, ¿entendido?

La voz de su padre, de repente, se había hecho lejana. Su mirada perdida y su rostro escalofriante lo harían ver como un psicópata, pero simplemente no podía explicar con palabras cómo se sentía. ¿Quién había sido capaz de cometer algo tan atroz? ¿Qué clase de ser humano…? No, un ser humano nunca haría algo así. Eso era obra de una bestia, una sin corazón ni alma.

El odia y la ira recorrió su cuerpo, obligándolo a apretar los puños en un intento de controlar todas esas emociones tan negativas que sentía en ese momento. Se habían llevado a Mikasa, su amiga, y él la salvaría.

Estaba decidido, la buscaría, mataría a los cerdos infelices que habían hecho eso y la rescataría.

—¿Eren?

Los destrozaría sin importar qué. Les mostraría que no podían hacer lo que ellos querían con las vidas de las personas, que no eran dioses para decidir quién moría y quién vivía. No eran más que un montón de mierda que se veían como humanos. Ni siquiera merecían respirar su mismo aire.

—¿¡Eren!?

¡Los mataría! ¡A todos y a cada uno!

.

.

.

Sentía su cuerpo pesado y adolorido. Sin embargo, las dolencias se hacían más fuertes en la zona de su espalda, en sus muñecas y en su rostro. Estaba atada, lo sabía perfectamente. Había sido golpeada, mucho más que la vez anterior, eso también lo tenía muy claro.

Sentir el frío en sus mejillas de nuevo… una sensación que hasta hacía poco había creído que jamás se repetiría. Esa inferioridad y debilidad, esas grietas cada vez más profundas que se encargaban de quebrar su alma con una dolorosa lentitud. Tan fuerte, invencible y peleadora mientras se hallaba en los cielos, siendo impulsada por su equipo de maniobras y blandiendo sus espadas. Tan majestuosa e irrefrenable. Y ahora solo tenían que mirarla para ver su vulnerabilidad, su falta de capacidad. Todo lo que alguna vez había sido o se había jactado de ser, reducido a nada en esos momentos. Y si su miedo siempre había sido caer, ahora se había vuelto realidad, de nuevo. Se encontraba más bajo que nunca.

No se había atrevido a abrir los ojos, pues sabía lo que vería. Sabía que vería al que le había golpeado con el hacha y al gordito de sombrero. Sabría que el más alto reclamaría por su apariencia o hasta la insultaría por haberle dado semejante zape en el rostro, y luego el moreno le recriminaría por haber matado a su madre; el verdadero objetivo. Vaya lío en los que se vivía metiendo.

En un principio, lo había considerado como destino o simple suerte —mala, a decir verdad—, no obstante, luego de que había pasado todo lo de los Reiss había logrado entender un poco más el asunto. Los Ackerman y los asiáticos, dos clanes que no podían ser controlados por la familia real, pues éstos últimos eran incapaces de manipular sus memorias. ¿Acaso era por ese motivo que estaban haciendo todo eso? Estaba segura que no habían sido elegidos al azar, después de todo, la realeza quería ver muertos a los Ackerman y a los asiáticos. Y justo ella era una cruza de ambas familias. Hija de una asiática y un Ackerman, la peor combinación que puede haber. ¿Acaso los había mandado el rey para aniquilarlos? Podría ser… aunque no estaba muy segura.

—Oye, ¿crees que ella valga algo? —indagó el rubio, quien ya estaba más recompuesto, con una venda alrededor de la cabeza para detener la hemorragia.

—Mira bien su rostro —apuntó el otro, con aburrimiento.

Sintió que era movida de manera descuidada, mas no se atrevió a ver los ojos. Como si aún estuviese inconsciente y no escuchara nada de lo que estuvieran diciendo. Y a decir verdad, no le importaba en lo más mínimo. Pronto, esos malditos asesinos no sería más que un montón de cadáveres. Ésa vez, se encargaría de hacer sufrir al maldito que la había atacado. Lo mataría lentamente y haría que suplicara por piedad. Lo castigaría por todo lo que había hecho.

Frunció ligeramente el ceño. Su humanidad, poco a poco iba desapareciendo. Ya no había escrúpulos en ella. Le daba lo mismo si se trataba de matar hormigas, humanos o titanes, si eran un obstáculo para su misión. Debían ser eliminados.

—Sí, es muy bonita, pero sigue siendo una mocosa —había contestado el que la había girado para examinar mejor su cara—. No es lo mío —zanjó, alejándose.

El rechoncho bufó.

—Me importa una mierda si ella es "lo tuyo" o no —se mofó, mirándole desinteresado—. Ella es una oriental. En el pasado éstos eran un tipo distinto de humanos. —La miró—. Ella es descendiente de la gente proveniente de un lugar llamado oriente, la cual se resguardó tras los muros un siglo atrás —continuó, sin cambiar esa expresión despreocupada—. Se la venderemos a algún pervertido en el mercado subterráneo de la capital. —Hizo una pausa breve—. Todos los demás orientales ya han muerto, de seguro nos darán una buena suma de dinero por ella —zanjó.

Su interlocutor resopló, mirándole por sobre el hombro.

—Su padre no se veía para nada oriental, no es una oriental-pura-sangre —reprochó.

El otro golpeó el suelo con su pie, frunciendo el ceño a la vez que gruñía irritado.

—Eso es verdad —renegó—. ¡La que realmente era valiosa era la madre! ¿Por qué tuviste que asustarte y matarla?

—¡N-no tuve opción, ella se resistió!

Alzó las manos a la altura de sus hombros, como si no hubiese hecho nada malo.

—¿Ésa es tu excusa? —vociferó más que molesto con el imbécil de su amigo.

Por su parte, Mikasa había abiertos los ojos, revelando un par de gemas vacías y opacas. Tal cual se sentía en esos momentos. Con un dolor tan profundo en su corazón al abrir una herida que nunca había terminado de sanar. Algo que tanto le había costado asimilar y aceptar. Había pensado haber estado lista para enfrentar todo, había pensado ser lo suficientemente fuerte… pero no. Se había resquebrajado, cayendo en un abismo tan profundo y oscuro que jamás podría salir de él.

Y tal vez ese dolor había sentido la primera ver era diferente al que sentía actualmente gracias a que nunca se había relacionado con nadie —debido a que de seguro eran los únicos que vivían por esos lares tan aislados de la ciudad— y había formado un fuerte lazo con sus padres, volviéndose dependiente de ellos; y cuando los habían asesinado, había sentido que ya no tenía razón un hogar al que regresar, que estaba sola en el mundo. Que no tenía una razón de vivir. Pero justo en ese instante había llegado Eren como caído del cielo a salvarla. Pero, por supuesto, eso antes no lo sabía. Sin embargo, ahora que sí estaba enterada de qué sucedería y que se había encargado de crear amistades de antemano con los que se convertirían en su familia, esa amargura y abandono pasaba por el simple hecho de no haber podido hacer nada para impedirlo y haber sido sencillamente inútil.

Miró por la pequeña ventana el lúgubre paisaje que ésta mostraba. Estaba rota, desalmada, pero se negaba a llorar. Tenía que recordar que todo eso había necesario, pues de una forma u otra Eren la encontraría y la rescataría. Él sería su luz, su salida. Siempre lo era.

Los escuchó hablar de sus padres fallecidos como si se tratasen de escorias. Como si de verdad merecieran morir. Sus finas cejas se juntaron, con ira. Gente tan buena y bondadosos como ellos —sus papás, claro—, no merecían ese final tan bestial e inhumano. Tanto llanto, tanto enojo, tanta violencia.

Las lágrimas cargadas de impotencia se habían juntado de golpe en sus ojos, luchando por salir y hacer su clásico recorrido. Pero no, no sería débil delante de esos seres inmundos. No eran más que malparidos que no tenían el derecho ni siquiera de pestañear. Les enterraría la daga en el culo y les sacaría toda la mierda que tenían dentro. Les haría sufrir. No pensaba quedarse de brazos cruzados.

Se sorprendió de sí misma ante tales pensamientos. Con tanto odio. Aunque no era para menos. Eso no era ni una cuarta parte de lo que se merecían. Es más, se encargaría de que recibieran el castigo debido y disfrutaría oír sus gritos y verlos agonizar.

Porque sus padres nunca habían hecho nada malo como para terminar de esa manera. Y ella, apegándose a un plan que cada vez era más incierto, había tenido que sacrificar su felicidad por el bien de la humanidad una vez más. Porque Eren la rescataría… No se daría por vencida y esperaría el momento preciso para poder defenderse.

Entonces recordó la daga que había tomado e inconscientemente sacudió —con cierto cuidado para que no la vieran— sus brazos, buscando encontrar el pesado rebote que haría la daga totalmente metálica si ésta se encontrase allí. Sin embargo, para su desgracia, ésta no estaba en ese lugar. De seguro se había caído de lo bestia que habían sido los golpes y zarandeos que había recibido o tal vez los delincuentes lo habían encontrado y se lo habían sacado.

«Papá, mamá, esperad un poco más… esta vez… os vengaré como es debido»

Las bisagras de la puerta chirriaron y el viejo tablón de madera crujió al ser levemente abierto, causando que los dos hombres dieran un respingo y se miraran casi en estado pánico. Reprimió una pequeña sonrisa al poder predecir qué era lo que sucedería a continuación. Se giró para quedar de costado y mirar a la cara al moreno robusto que le contemplaba con cara de pocos amigos. Pronto, conocerían su fin.

—Este… disculpen —habló el chiquillo que se mantenía aún fuera, mirando el interior desde esa reducida brecha que la puerta entreabierta le permitía ver, sin llegar a divisar a la rehén.

El rubio, quien había estado hablando con el otro hombre hasta que había aparecido el intruso, caminó dando zancadas hacia el niño, enojado. Abrió el portal, cubriendo el panorama interior con su cuerpo, mientras miraba desde arriba al crío con desprecio.

—¿Qué es lo que quieres aquí, maldito mocoso? ¿Cómo has encontrado esta cabaña? —gritó en un estado de agresividad.

Eren lo escrutó, con un semblante asustado y un par de lágrimas amontonadas en las orillas de sus ojos. Tenía un brazo detrás de la espalda, ocultando lo que sería la herramienta que le ayudaría a rescatar a su amiga y acabar con esos hijos de perra. Solo debía esperar y cuando tuviese una oportunidad, él mismo los mandaría al infierno por todo eso. Por ahora, solo debía continuar con el show y lograr que esos bastardos se lo creyeran. Tenía que ser paciente.

—Eh.. Y-yo... Me perdí en el bosque y vi esta cabaña.. Y yo... —respondió, con falso miedo. Se encogió en su lugar, logrando parecer alguien totalmente aterrorizado e inofensivo.

El rubio se giró para ver a su jefe, el que le hizo una seña para que acabara con todo rápido, pues su otro camarada podría llegar en cualquier momento y no podía estar ese chico allí molestando y arruinando sus planes. Debían despacharlo lo más pronto posible.

—Bueno, eso no está bien. —De repente su tono de voz se volvió cálido y amable—. Un niño pequeño como tú no debe andar solo en el bosque, hay criaturas terroríficas, como lobos y demás. —Posó una de sus manos en la cabeza de Jaeger, revolviendo su cabellera ya de por sí despeinada—. Yo te llevaré de vuelta a casa y…

No pudo seguir hablando, sus palabras se cortaron de golpe y un agudo dolor en su garganta le había quitado el aire. Impresionado, bajó la vista hacia el chiquillo, quien de repente tenía un gesto psicópata en la cara y sostenía fuertemente una daga, la cual estaba bien clavada en su cuello.

—Muchas gracias, señor, ahora lo entiendo. —Enterró con más fuerza el cuchillo en la garganta del hombre, retirando con desdén esa mano ajena que acariciaba su cabello con anterioridad—. ¡Así que muere, pedazo de mierda! —Quitó su arma de su cuerpo, salpicando con sangre las paredes, viendo como el cadáver se desplomaba inerte en el suelo.

El gordito se puso de pie a la vez que tomaba el hacha que estaba a su lado en el piso, tirando la silla en la que había estado sentado ante lo repentino y brusco de la acción, llevando toda su atención al fallecido y al ahora asesino. Incrédulo, así era como estaba. Si tan solo era un pequeño…

—No puede ser… tú… —No era capaz de hilar nada coherente, la sorpresa era demasiado grande como para pensar en algo claro. Entonces, Eren, con un rostro lleno de sadismo, cerró la puerta despacio. Sin despegar la vista del que yacía de pie, petrificado. Hasta que al fin fue capaz de reaccionar—. ¿A dónde crees que vas, mierdecilla? ¡Vuelve aquí! —aulló desentonado, avanzando hacia la entrada, con claras intenciones de ir tras él.

Pero de pronto, el portón volvió a abrirse y el niño apareció, sosteniendo una escoba, la cual tenía otro cuchillo atado en el extremo de ésta. Con un grito lleno de ira y descontrol, se abalanzó sobre el criminal, incrustando el arma en su hombro, haciéndolo retroceder hasta trastabillar y finalmente caer de espaldas. Aprovechó para subirse sobre él y, usando la navaja antes utilizada para el primer homicidio, comenzó a apuñalar el pecho del individuo. Éste solo podía gritar de dolor mientras agonizaba, sin poder hacer nada.

—¡Tú, maldito animal! ¡Muere! ¡Solo muere! ¡Esto es lo que tú… esto es lo que tú mereces! ¡No te atrevas a ponerte de pie de nuevo! —exclamaba en ese arrebato de ira, mientras seguía con sus cuchilladas hacia el maleante.

Mikasa sonrió al verlo, maravillándose con esa obra de arte que había frente a sus ojos. Sabiendo que de nuevo, Eren Jaeger era su salvador y familia. Todo lo que necesitaba para seguir adelante, para luchar y volver a levantarse. Estaba más que segura, corregiría todos los errores y se aseguraría del bienestar del de ojos verdes. Costara lo que costara.

Esos gritos, ese sentimiento, esa fuerza…

Esa crueldad y hermosura que el mundo aberrante se encargaba de colocar continuamente frente a sus ojos.

Se sintió motivada, aliviada. Logró sentarse con un poco de dificultad, para luego ponerse de pie y caminar hacia él, quien al ya haber matado al agresor, se encontraba aún sobre éste con la respiración agitada. Queriendo recuperar el aliento luego de todo lo que había sucedido. Cuando notó su presencia, clavó sus joyas esmeraldas en su persona, quedando anonadado al verla sonreír tan tranquilamente. Sin más preámbulos e intentando serenarse, se paró y fue hacia donde estaba, utilizando uno de los cuchillos para cortar sus ataduras y soltarla.

—Ya todo ha terminado, no hay de qué preocuparse —dijo—. ¿Te encuentras bien, Mikasa? —le indagó, a la vez que la ayudaba a quitarse las cuerdas de las manos. Ella solo asintió.

Su sonrisa aún perduraba, aunque más suave, dejando atrás por unos breves momentos el dolor, concentrándose en su salvador. En su bote salvavidas. Acarició sus muñecas, al fin libres, suspirando. Al fin todo había terminado, ahora solo debían esperar a que el doctor Jaeger y la policía militar llega—

«Eran tres, aún queda uno»

Ese pensamiento, ese recuerdo que llegó de pronto, la alertó. Se giró hacia Eren con un gesto de desespero en el semblante, confundiéndolo. De repente sonreía luego de haber sido secuestrada y haber visto a sus padres morir, y luego se mostraba preocupada. ¿Qué era lo que le sucedía? ¿Acaso la conmoción la había dejado así de… cambiante?

—No sueltes el cuchillo, ellos son tres. —Y sí, ya era tarde ,pues el cuchillo estaba a medio metro de él. Tal vez pudiese haberlo alcanzado a tiempo de no ser porque el último de ellos hizo aparición, quedándose de pie en la entrada mientras los avistaba con un brillo irascible en los ojos. Oh no…

Su futuro hermano adoptivo se había lanzado a por el arma, no obstante, una patada en el estómago lo había mandado lejos. Con horror, vio como el mastodonte violento se acercaba a él, con la intención de seguir con su ataque.

—¿Así que tú hiciste esto? ¿Tú hiciste esto? ¿¡Tú!? —preguntó con odio tomándole de los cabellos para luego agarrarlo del cuello con claras intenciones de estrangularlo—. Te mataré, te matare maldita sea. ¡Estás más que muerto, enano! —exclamó furioso, zarandeándolo un poco a la vez que ajustaba su agarre.

Con prisas, buscó la navaja y al poder divisarla no muy lejos de donde se hallaban aquellos dos, corrió hacia ésta. La tomó y se puso de pie. Sabía muy bien lo que tenía que hacer, sí. Pero no le daría una muerte rápida, lo haría sufrir. Lo destrozaría, lo haría pedazos, lo…

—P-pelea…

Abrió los ojos como platos al escuchar eso. Miró sus manos y notó que estaba temblando. No de miedo, sino de furia.

—Tienes… tienes que pelear —continuó con dificultad debido a la falta de aire.

Mikasa entrecerró los ojos. Debía calmar todo ese fuego que ardía en su interior y dejar las meditaciones para después. Tenía que poner manos a la obra y rápido. No podía hacer a Eren esperar ni un minuto más. Ése era un mundo lleno de crueldad, lo sabía muy bien. No llegaría a nada si seguía meditando. El fuerte devoraba al más débil, lo aplastaba. Lo tenía muy claro. Había presenciado esa misma situación suceder una y otra, y otra vez. Y a pesar de que en un pasado había fingido no verlo, la verdad siempre había estado frente a sus narices. Pero ya no era la misma niña miedosa de antes. Claro que no.

Sin dudas ese mundo era nefasto.

—S-si pierdes, mueres… si ganas, vives…

—¿Pero tú qué mierda dices, imbécil? —indagó con hastío al ver que el chiquillo no dejaba de forcejear para soltarse. Encima decía —según él— gilipolleces.

Y a pesar de la situación, su determinación y espíritu luchador no habían desaparecido. Incluso parecían más fuertes. Con ese deseo de verla pelear, tal como lo había hacía en cada entrenamiento, de que luchara por su vida, agregó:

—Si no peleas, no puedes ganar…

Eso había sido suficiente para retomar el control completo de su cuerpo y dejar de temblar, abandonando su furia para mostrar una frialdad nunca antes visto en alguien de su edad. Los brazos de Eren cayeron, estando éste al borde de la inconsciencia por la falta de oxígeno y eso fue algo que la llevó a actuar. Era ahora o nunca, no podía retroceder. Ya no había más tiempo que perder.

«Soy fuerte, la mejor soldado. Nadie puede superarme. Yo… ¡Puedo hacerlo!»

Tenía que luchar. Debía luchar.

Apretando con fuerza el mango del cuchillo —a tal punto que éste se rompió por la presión ejercida— y, en silencio para que su enemigo no se la viera venir, corrió hacia donde se encontraban ambos. Esa fuerza e impulso que había sentido en el pasado, volvían a repetirse, pero incluso podía sentirlo aún más que antes. Una explosión de poder y valentía, algo que caracterizaba a los Ackerman.

Al sentir los pasos apresurados a sus espaldas, el más alto se giró, viendo justo antes de que ésta saltara y rebanara su nuca —como si de un titán se tratara—, unos irises grises excesivamente fríos e insensibles.

Los ojos de un monstruo, uno que ellos mismos habían creado.

.

.

.

—Fue un corte mortal en la nuca, luego una puñalada por detrás justo directo al corazón y finalmente un profundo corte en diagonal en su espalda. Y a juzgar por la violencia con la que se han efectuado los ataques y el hecho de que haya recibido todo en la espalda, fue todo demasiado rápido. Además, siguió siendo atacado incluso después de muerto —informó un oficial de la Policía militar, iluminando el cuerpo con una lámpara de aceite, igual de perplejo que su compañero.

El que se encontraba a su lado tragó en seco.

—¿Acaso esos niños hicieron todo esto? —farfulló el otro joven con nerviosismo, sin creerlo.

¿Unos chiquillos cometiendo tal acto bestial?

Fuera de la cabaña donde todo había sucedido, se encontraban más agentes de la Policía Militar, junto a Mikasa, Eren y Grisha. El doctor había llegado junto a los soldados poco más de una hora después de todo lo sucedido, sin poder creer todo lo que había pasado en aquel lapso de tiempo en el que él había dejado solo a su hijo.

Al enterarse de lo ocurrido, lo había abrazado fuerte, aliviado de que se encontrase bien. Había hecho algo muy precipitado y tonto, aunque estaba muy consciente de que si no lo hubiera hecho, Mikasa no se encontraría allí con ellos. Luego de unos minutos, decidió separarse un poco para verlo a la cara, aun tomándolo por los hombros. Todavía lucía preocupado y hasta enojado.

—Eren —le llamó—. Te dije que esperaras por mí en la base de la montaña, ¿no es así? —Indagó, con un tono suave, para luego tomar un poco más de fuerza—. ¿Acaso tienes idea de lo que has hecho?

El niño frunció el ceño y enfrentó a su progenitor.

—Solo acabé con unas bestias peligrosas. ¡No eran más que monstruos con apariencia humana! —afirmó, sin amedrentarse en ningún momento.

—¡Eren!

—Mira cuánto le tomó a la Policía Militar llegar aquí, de seguro ellos ya se hubieran ido hace mucho. ¡No hubieran llegado a tiempo! — pronunció, un poco más débil, sin comprender la reprimenda de su padre. ¡Él había hecho lo que cualquier persona hubiese hecho en su lugar!

—Incluso si eso es verdad, si salvaste a Mikasa y evitaste que una tragedia sucediera, solo ha sido suerte, Eren. —Frunció aún más el entrecejo—. ¡Te estoy riñendo porque has menospreciado tu propia vida!

—Pero… yo solo quería salvarla lo más antes posible —murmuró, bajando la mirada, a la vez que unas pequeñas lágrimas se agolpaban en sus ojos.

Todo esto hizo que el señor Jaeger suavizara sus facciones y suspirara. No podía luchar contra ese espíritu guerrero que Eren tenía. Sin duda, era un gran chico. Dándose por vencido y finalizando la conversación, se puso de pie para dirigirse hacia Ackerman. La pobre había quedado sola en ese mundo, ya no tenía a nadie.

—Mikasa —convocó, atrayendo la atención de la aludida—. ¿Me recuerdas? Nos vimos muchas veces en las consultas de tu madre cuando eras más pequeña —comentó, para ayudarla a evocar algún recuerdo que lo incluyera y para que así notara que debía confiar en él, que solo buscaba ayudarla.

—Doctor Jaeger —expresó, con la vista clavada al suelo, repasando las palabras que diría. Aquellas que había utilizado en el pasado. En su semblante se podía ver claramente la depresión y tristeza—. ¿Adónde iré ahora? Hace frío y ya no tengo adónde ir. —Se cubrió mejor con el saco que Grisha le había dado para protegerse del frío, ya que estaba descalza y con un camisón ligero. Ni siquiera había podido vestirse, aun sabiendo qué sucedería.

El hombre se compadeció de la niña. Pobrecilla, había sufrido tanto. También estaba muy golpeada, podía ver desde allí el hematoma en su mejilla, el labio roto y la herida en su ceja. Sin mencionar el traumatizante hecho de tener que ver a sus padres morir frente a sus ojos. Sin duda, era demasiado para una pobre criatura como ella.

Al oírla, Eren resopló y caminó hacia ella. Se quitó la bufanda y la colocó alrededor de su cuello. Aunque esta vez, no había sido de una manera descuidada y desprolija, sino con cuidado y cariño. Cosa que la pilló desprevenida. La bufanda era tan cálida y suave como recordaba. Tenía el olor de Eren. No era como si pudiese describirlo, pero era algo característico en él. Un olor a roble y tierra mojada.

—Ten, ahora te pertenece —señaló, terminando de envolver su fino cuello con la prenda—. Es cálida, ¿no es así? —Algo que más llamó su atención, fue el ligero sonrojo en sus mejillas. Uno aún más pronunciado del que había tenido la primera vez.

La morena asintió, acariciando la tela rojiza con una de sus manos, con una ola de sentimientos en su interior.

—Es cálida —reiteró, pero en afirmación. Su mirada no se despegó de la suya en ningún momento.

—Mikasa —retomó la palabra el doctor—. Puedes venir con nosotros y ser parte de nuestra familia —ofreció algo tan preciado para su persona, haciendo que se encogiera en su lugar. Añoraba tanto esos días de falsa paz, donde la tranquilidad era fingida pero buena—. Has experimentado mucho dolor, necesitas descansar.

Miró a Eren, como buscando su aprobación.

—¿Qué? —Tomó su brazo, para llevarla consigo—. Vamos a casa; a nuestra casa. —La miró por sobre el hombro, esperando su reacción.

Para la niña, eso había sido algo demasiado conmovedor y dulce. Incluso más de lo que recordaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sin poder retener ninguna de ellas. Como había extrañado esas palabras. Las había extrañado tanto.

—Eren —le habló, evitando que volviera a voltearse para comenzar a caminar. Y de sorpresa, le abrazó con fuerza—. Gracias, por todo…

El chico, sorprendido y muy ruborizado, solo pudo atinar a corresponder torpemente el abrazo. Cerrando sus ojos, sintiéndose más tranquilo de que estuviera bien. Se separó de ella y le secó las lágrimas. Queriendo sonreírle para transmitirle calma.

—Ahora sí, volvamos a casa, Mikasa.

.

.

.

Continuará...


Hoooooola :D

Sí, este capítulo es por poco el más largo y pesado hasta ahora. Bueno, ya estamos más cerca de los verdaderos hechos importantes. Y había pensado en narrar un poco sus primeros días, pero pensaba saltarme un año directamente. Decidme, ¿qué preferís vosotros? Y bueno, no quiero alargarme mucho porque estoy a media hora de irme de viaje y acabo de terminar el capítulo xDD

Os agradezco vuestros reviews y lecturas, os invito a darme ideas sobre qué queréis ver en el próximo capítulo y os aviso que a partir de ahora no podré subir tan seguido ya que se me dificultará mucho el acceso a la laptop, pero me las arreglaré-

Os pido disculpas si este capítulo tiene muchos errores, repeticiones o redundancias, es que de verdad ando a las corridas y quería terminar este capítulo.

De nuevo os doy las gracias por vuestros hermosos reviews y os pido que, si os ha gustado, tomaos el tiempo de dejad uno. Me motivan mucho a escribir, incluso si es de dos palabras.

Bueno, me voy despidiendo ya que Morgana en cualquier momento me corre.

Adiós y nos vemos en el próximo capítulo.

Pandora.

Editado por Pandora: 06/02/16.

Me he comido un diálogo y no sé cuántos errores más. No podía dejarlo así.

Eso me pasa por actualizar a las apuradas. Soy un desastre XDD