Shingeki no Kyojin le pertenece a Hajime Isayama. Si fuera por mí, Grisha Jaeger le hubiese explicado lo del sótano cuando le inyectó el suero de titán a Eren.

Advertencia: Este fic contiene altos niveles de Spoiler.

Advertencia (2): Este fic ha sido escrito por mí, Pandora, exclusivamente para esta página ( ) y si ven este fic en otro sitio web, significa que ha sido plagiado. No nos quedemos callados y denunciemos, evitemos que un crimen como éste pase como si nada.

Ahora sí, comencemos.
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—Without Regrets—

«False Pardise»

Sus orbes oscuros se perdieron en aquel cielo colorido, pintado con matices cálidos y únicos. Como si las nubes y las tonalidades hubiesen sido trazadas por un artista experto sobre el interminable lienzo inalcanzable.

El viento cálido del ya casi terminado verano. La promesa del otoño se acercaba, evidenciándose en las brisas frescas y el descenso de la humedad. Aunque bueno, esa zona no se caracterizaba por ser calurosa. Es más, en general allí el clima en las ciudades amuralladas era templado/frío. El sur era la zona más cálida y húmeda —A la vez que la más acechada por titanes, pero eso no venía al cuento—, mientras que en el norte las temperaturas caían bajo cero. Los frío en Shiganshina era muy distintos a los que había en el área boreal.

Sus manos acariciaron la suave tela rojiza que rodeaba su cuello a la vez que una sonrisa nostálgica se asomaba entre sus labios. Recordó una vez más cuando junto a Eren y Armin caminaban por el bosque, recolectando la fruta fresca de los árboles, jugando con las hojas caídas, las cuales cubrían el suelo con su alfombra de tonos anaranjados, marrones y rojizos.

El otoño era la estación favorita de Eren. Donde la fruta sabía mejor, donde la temperatura era más que agradable y las puestas de sol eran una delicia. Como si lo mejor de cada estación estuviese concentrado en una sola.

Ya habían transcurrido seis meses de ese fatídico e invernal 10 de Marzo, dejando atrás gradualmente todo el dolor que su corazón nuevamente había albergado. Sin embargo, en esta oportunidad puso asimilar todo con más rapidez. Y con un esfuerzo sobrehumano pudo evitar cerrarse aún más, manteniendo a duras penas esa pobre y opaca faceta alegre y amable que con práctica había podido desarrollar. Ahora solo era cuestión de tiempo para seguir escogiendo sus movimientos, sus acciones y reacciones. Quería anticiparse a todo y responder de la mejor manera posible.

—¡Apresúrate, Mikasa, que no tengo todo el día! —le llamó Eren, quien iba varios metros adelantados.

Ambos iban caminando por la calle, andando en silencio y sin hablar más de lo necesario. Ella calmada, él fastidiado. Iban a comprar un poco de pan por pedido de Carla, quien le había dado a ella el dinero para que fueran a la tienda, alegando que Eren lo perdería. Claro está que esto disgustó mucho al castaño, quien ni siquiera la esperaba y desde que salieron no hacía más que apurarla.

—¿Te molesta el hecho de que tu madre me crea más responsable y me diera a mí el dinero? —farfulló, disimulando lo incrédula que se encontraba debido a la infantil conducta del chico. Bueno, tenía nueve años después de todo...

El muchacho refunfuño algo inentendible y se cruzó de brazos, sin siquiera molestarse en girarse.

Ella suspiró a la vez que sonreía cansadamente ante su comportamiento. Corrió hacia él, alcanzándolo en poco tiempo. Una vez su lado, golpeó su brazo juguetonamente, pero él seguía con mala cara y la miraba ceñudo.

Mikasa resopló. Vaya carácter.

—¿Si te doy esto mejorará tu humor? —inquirió, tendiéndole la bolsita con dinero que Carla le había entregado para hacer las compras.

El chico la miró de soslayo y tomó lo que le entregaba, a la vez que un brillo re suficiencia aparecía en sus ojos.

Ackerman se relajó, mirándolo en silencio. Deleitándose con aquella sonrisa orgullosa que aparecía en los labios de Eren ante su pequeña victoria. Quién diría que algo tan sencillo y burdo como eso podría afectarle tanto. Claro que en esas instancias no tenían que luchar contra titanes, llorar a los caídos ni preocuparse por sobrevivir. En esa rutina tan tranquila y placentera, muy distinta a la vertiginosa e inesperada vida que habían llevado luego de unirse al ejército. Eso hasta se le hacía aburrido, pues ya se había olvidado de la falsa calma y la errónea creencia de que los titanes jamás profanarían los muros. Ya se había acostumbrado a esperar la pérdida; de compañeros, de territorio, de recursos, de vidas...

Esa realidad tan irreal y llena de secretos se le hacía extraña, como si de una venda sobre sus ojos que ocultaba la maldad de ese mundo feroz se tratara. Ese lugar era un infierno solo que estaban demasiado ciegos como para verlo.

Entonces recordó el día de la caída, cuando Eren había discutido con Hannes al estar éste último en estado de ebriedad. Se acordaba de que le había preguntado cómo haría si los titanes justo ese día los gigantes rompían la puerta, si tuviera que luchar para salvar las vidas de los demás. Y a pesar de que en aquel instante se le había hecho imposible o exagerado, al final había sucedido aquel día. Tal y como el castaño lo había predicho.

—Eh, Mikasa. —Sintió como un puño golpeteaba varias veces su cabeza con suavidad, queriendo llamar su atención, logrando quitarla de su ensoñación.

Parpadeó repetidamente y viró su cabeza para ver a su hermano adoptivo, quien fruncía el ceño —otra vez— y señalaba algo a sus espaldas a la vez que con su otra mano tomaba su muñeca. No tardó en notar que estaba intentando arrastrarla hacia la panadería.

—¿Te la pasas en las nubes y tú eres la responsable? ¡Já! —bufó, jalándola detrás de él, ingresando juntos al local.

Había mucha gente ese día, a cual charlaba animadamente y reía con serenidad. La calidez del ambiente la reconfortó por unos segundos y la hizo olvidarse por unos breves instantes del futuro cruel y actualmente inexistente del que provenía. Al parecer, ése día su mente no le daba tregua con lo del macharle su origen y el porqué de su estadía en el pasado.

El panadero, al verlos, les sonrió y les hizo un ademán a modo de saludo. Eren, aun sujetándola, se acercó al mostrador con un gesto relajado en el rostro mientras pedía lo que habían ido a buscar. Algo que hacía mucho no podía ver, algo que había anhelado.

Una gran pena embargó su corazón en aquel momento, poniéndola nerviosa. Ese paraíso lleno de paz tan falso y placentero, pero muy corto y rutinario. Muy predecible y con un final trágico. Una ilusión de corta duración.

Poco a poco —y una vez más—, su alma había comenzado a resquebrajarse de una manera dolorosa y lenta. Anhelando que esa calma jamás se perdiera y que no tuviera que enfrentar lo mismo que antes.

No obstante, sabía muy bien que su deseo era imposible y que tenía una misión que cumplir.

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Caminaban en silencio, mirando al frente y sin dirigirse la palabra. Bah, en silencio no, porque el sonido de Eren engullendo uno de los panes que habían comprado se oía fuerte y claro, cosa que acababa con todo el mutismo que pudiese haber en el lugar.

—Hey, Mikasa —le llamó, algo aburrido—. ¿Quieres? —indagó, meneando un pan frente a su rostro.

Ella suspiró y negó, mirándole de soslayo.

—Sabes que Carla te regañará por comerte el pan para la cena. ¡Y luego te quejas! —exclamó, cruzándose de brazos mientras que una pequeña sonrisa aparecía en sus labios.

Él solo relinchó —sí, como si de un caballo se tratase— y negó con la cabeza, haciendo gestos con una de sus manos, restándole importancia. Como si no tuviese la culpa de nada.

Continuaron sin decir nada, llegando a la casa en pocos minutos. Ante esto, Jaeger se apresuró a comerse todo el pan y cerrar la bolsa, como si nunca hubiese tomado ni comido de su contenido. Queriendo aparentar normalidad. Aunque claro, en el intento, terminó ahogándose y llamando la atención de los vecinos que pasaban por allí.

Dando una suave carcajada, palmeó su espalda para ayudarle. Éste, luego de un rato, pudo recomponerse. Esperó un poco más para lograr calmar su respiración y finalmente reanudó su marcha para llegar a su hogar lo antes posible, queriendo no preocupar a su madre por su tardanza.

Estuvo a punto de seguirlo, cuando pudo divisar a Grisha salir de unos de los costados de la casa, de una pequeña puertita por debajo del nivel de la suelo de la residencia. Curiosa al notar que Eren no lo había notado, comenzó a desviarse poco a poco.

Durante ese tiempo no se le había escapado la frecuencia con la que el hombre visitaba aquel lugar. ¿Qué sería? ¿Acaso allí tendría guardado el suero-titán? ¿Lo probaría en algún ser vivo? ¿Haría experimentos con humanos para crear titanes?

Bueno, bueno, eso ya era demasiado.

Tenía el sótano y al dueño del mismo frente a sus ojos. ¿Por qué no se lanzaba a exigirle la verdad? Simpe, pues no podría justificar sus conocimientos sobre el supuesto contenido del habitáculo ni sus sospechas. Después de todo, cualquiera diría que allí no había más que material médico. Pero ella quería ver si tenía una chance ese día y si no, lo probaría de nuevo más adelante.

Se encontraba plantada detrás del individuo, sin ser notada por éste, quien se hallaba de espaldas trabando la puerta que conducía al lugar que encerraba tantas verdades. Vio que a su lado, en el suelo, había un maletín cerrado. Otra cosa que llamó su atención.

Aclaró su garganta, viendo cómo él daba un respingo y se giraba a verla de manera brusca, con los ojos bien abiertos. Estaba asustado, sorprendido. Temía que pudiese haber visto algo que no debía. Sin embargo, para su suerte o desgracia, no había alcanzado a divisar nada de nada.

—¿Qué hacía, Grisha? —inquirió, dando un paso hacia delante, mirándole inquisitivamente.

Claro que esto no hizo más que poner nervioso al hombre, empero, logró recobrar la compostura.

—Solo hacía unos estudios y anotaba un par de cosas sobre un par de enfermedades que han estado apareciendo, Mikasa —dijo, de la forma más convincente que pudo. Pero claro, la susodicha no se tragó ni una sola palabra.

—¿Ah sí? —preguntó, acercándose un poco más—. ¿Enfermedades como cuáles? ¿Puedo ver?

Grisha se quedó mudo, sin saber qué contestar. Al ver el gesto impaciente en la cara de la niña, dio una de las excusas más tontas que se pudiesen haber ocurrido con tal de sacársela de encima.

—Las muestras podrían contaminarse si no se tiene el equipamiento adecuado, además, esos no son lugares para que una niña visite. Si no se tiene los cuidados necesarios, hasta podrías contagiarte de los virus que estoy investigando —comentó, tomando la maleta y posando una mano en su espalda, con la clara intención de alejarla del lugar a base de tímidos empujoncitos.

El sol había comenzado a ocultarse y el cielo poco a poco se iba volviendo más oscuro, opacando los pocos rayos de luz que aún perduraban. Un cambio que a Mikasa le encantaba pero por estar tan perdida en esa "rutina" no había podido apreciar. Claro que mientras se encontraba luchando por su vida tampoco tenía tanto tiempo para contemplar el firmamento, pero sin dudas se podía ver de una forma muy distinta a la que ella lo percibía en esos instantes.

Carla se asomó por la puerta, con una sonrisa.

—¡Hora de cenar! —gritó con energía, para luego volver a ingresar a la vivienda.

Ante tal anuncio, ambos intercambiaron miradas y se dirigieron a la puerta. Y, aprovechando que se encontraba delante, se frenó en medio de la puerta, impidiéndole el paso. Le miró por sobre el hombro, con sus gemas frías y escépticas, haciendo que el hombre sintiese un escalofrío.

—¿Qué son los titanes —interrogó, despacio— y por qué comen gente?

El doctor frunció el ceño, confuso ante sus preguntas.

—¿Perdón? —No supo que más alegar ante sus repentinos planteos.

—Olvídelo, vayamos a cenar…

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Caminó por el tejado, sujetando fuertemente sus pistones, viendo las cuchillas que había utilizado para matar a un sinfín de titanes llenas de sangre que poco a poco iba evaporándose. Sus orbes grisáceos miraban con parsimonia aquel escenario tan desolador y tenebroso.

Titanes por doquier, cuerpos desparramados en charcos de sangre, gritos. Era una visión tan apocalíptica e infernal.

Vio a Armin arrodillado sobre el mismo tejado, apoyado contra una de las paredes de las torres del edificio. Tenía la cabeza baja, con el flequillo cubriendo sus gemas azules. Tenía los puños cerrados y estaba muy tenso.

¿Armin? —Quiso llamarle, pero su voz no salió, solo se pudo escuchar un gemido débil e inaudible.

Frunció el ceño y siguió intentando, alzando la voz —o eso suponía— hasta tal punto de que le doliese la garganta. ¿Por qué no salían más que onomatopeyas y sonidos guturales de su garganta? ¿Por qué no podía hilar nada coherente?

El rubio alzó la vista en su dirección, mostrando las lágrimas que recorrían sus mejillas de forma copiosa y descontrolada. Se puso nerviosa ante la expresión de su amigo y su incapacidad de hablar. Todo lo que pudo hacer fue hincarse frente a él, queriendo comunicarle su preocupación. Queriendo saber por qué se encontraba así.

Perdóname, Mikasa —habló él, haciendo que abriese los ojos con sorpresa, intrigada. ¿Por qué eso se le hacía familiar?

Quiso calmarlo, preguntarle qué le sucedía, pero no pudo. Los sonidos directamente habían dejado de salir de su boca. Ni siquiera un solo gemido podía oírse de su parte. Estaba comenzando a exasperarse. ¿Por qué no podía comunicarse como persona normal?

Eren… Él murió en mi lugar… yo debía haber muerto con él en aquel momento. No merezco estar vivo, lo siento —imploró el muchacho, cubriéndose el rostro con ambas manos mientras sollozaba—. No pude ayudarlo, no pude salvarlo. No fui capaz de hacer algo útil. Yo… —Y su voz se quebró, a la vez que sus lloriqueos se volvían cada vez más fuerte.

Se quedó quieta en su lugar. Sin poder creer lo que oía. Estaba petrificada, asustada, impresionada, dolida. No, no, no. Eso no era posible. Eren no podía estar muerto, no podía. ¡Por supuesto que no! ¿Por qué? ¿Cómo era posible aquello?

No tenía sentido.

Apretó los puños, mirando con los ojos bien abiertos a Arlet, quien seguía llorando imparablemente. Quiso consolarlo, quiso decirle que todo estaría bien. Sin embargo, no podía ni calmarse ella. Estaba muriendo por dentro, siendo carcomida por un dolor inimaginable. Uno interminable y tortuoso.

Uno malditamente familiar.

Las lágrimas no pudieron salir. No pudo mover ni un solo músculo. No podía… no quería… No, no, ¡no! ¿Qué era lo que había pasado con el mundo? ¿Cómo podía ser que todo eso estuviese pasando? ¿Por qué motivo?

Y en medio de su trance, Armin había sido tomado por un titán. Mikasa no podía reaccionar, solo miraba. Se quedó inmóvil, observando como el gigante estrujaba al de ojos claros hasta hacerlo escupir sangre, para luego colocar su cabeza en su boca y arrancársela sin piedad. Con eso, todos sus quejidos y gritos fueron acallados.

El cuerpo de su mejor amigo aterrizó justo frente a ella, todo aplastado y lleno de heridas. En un charco de sangre. Ya no había nada a su alrededor: ni el tejado, ni titanes, ni el cielo, ni el suelo. Nada. Solo oscuridad y el cadáver de Arlet.

No pudo llorar, no pudo reaccionar. Solo se puso de pie, en estado de shock. No podía procesar lo que había presenciado. No, simplemente no podía.

Se giró, queriendo evitar ver aquello. Una muestra de la crueldad y aberración de ese mundo. No obstante, el escenario que antes había estado a sus espaldas era peor.

¿Qué...? —Pero de nuevo, nada.

Eren…

O lo que quedaba de él—.

Su cabeza, llena de sangre, con los ojos bien abiertos y unas expresión desencajada en el rostro. A su lado, su cuerpo, o bueno… trozos de él. Las piernas por una parte, el torso y las costillas despedazadas desperdigadas por todo el lugar, al igual que las tripas y demás órganos. Era un espanto.

Tensó todo su cuerpo y abrió su boca, queriendo dar un grito de terror, solo lastimándose la garganta. Apretó los puños hasta clavar sus uñas en sus palmas, sin poder apartar la mirada de tan atroz espectáculo.

¿Qué? No… Eren… ¿Por qué?

Se dejó caer de rodillas, mirando el cadáver hecho pedazos. Y por primera vez en todo ese lapso de tiempo, su voz volvió. Dio un alarido. Uno desgarrador y lleno de sentimientos. Las lágrimas salieron de sus ojos sin reparo, mojando su cara. Un bramido tras otro, reclamando que le devolvieran lo que se le había quitado.

Se negó a creerlo, golpeando el suelo con sus puños, negando repetidas veces, dando aullidos tan penosos y cargados de odio. Y de tanto llorar y gritar, le comenzó a faltar el aire y la garganta comenzó a arderle.

No… Eren… N-no te vayas —rogó, con un débil matiz en su lastimera voz.

Se sentía tan devastada, tan rota. Le habían arrebatado a su familia, a su amor. Su felicidad. Ya no tenía nada, no era más que un cuerpo vacío. Un envase sin alma alguna, rompiéndose, quebrantándose poco a poco. Estaba desarmada, cansada, dolida, desolada, desesperanzada, angustiada. No podía expresarlo con palabras. Era como si le hubiesen arrancado el corazón. Como si le faltaran las piernas o los brazos. Como si su vida hubiese perdido el sentido.

No.

No era como si su vida hubiese perdido sentido; su vida había perdido el sentido.

Por alguna extraña razón, fijó su mirada más, atreviéndose a levantar el rostro. Y observó una postal del horror. Algo tan digno de temer y odiar. Muerte, destrucción, sangre, titanes, gritos…

Pérdida.

Sobre todo, pérdida.

Por favor, piedad.

Era algo inhumano, inaguantable. No podía soportarlo. Era incapaz de ver toda esa catástrofe, toda esa barbarie. Sentía ganas de vomitar, ganas de secarse toda el agua de su cuerpo debido al llanto, de cerrar los ojos y no despertar nunca jamás.

Que Dios tuviese misericordia de su miserable vida. No quería continuar con eso. Su pobre e inestable estado mental ya no podía soportarlo. Simplemente perdería la razón si continuaba con eso. No podía ni levantarse. Temblaba y su cuerpo no le respondía.

¡No, no, no!

¡Que eso se detuviera! ¡Ya no podía soportar más!

No… no… ¡NO!

Abrió los ojos sobresaltada, mirando su alrededor intranquila, alterada. Y al reconocer que se encontraba en su cuarto —antigua habitación de Eren, pero ahora la compartían—, se calmó. Solo había sido una sueño.

Abrazó su bufanda, la cual aún seguía enredada en su cuello, e intentó tranquilizarse. Lloraba y su hipo no había tardado en notarse. Se talló el rostro, frustrada, desvelada. ¿Qué clase de sueño o pesadilla había sido esa? ¿Y por qué la había tenido a esas alturas?

—Mikasa. —Dio un respingo al oír el llamado de un somnoliento Eren, quien sesentava en su cama para luego mirarle con los ojos entrecerrados—. ¿Sucede algo?

Ella se apresuró a secarse las lágrimas a manotazos, asintiendo en silencio. Aunque el muchacho, ya más despierto, frunció el ceño al poder sentir su respiración entrecortada, como si estuviese llorando.

—Parece que si sucede algo —soltó con pesar, haciendo a un lado las mantas, parándose y luego sentándose en el lecho de su hermana adoptiva—. Cuéntame. —Fue una orden.

— Solo fue… una pesadilla. —Quiso despreocuparlo, pero eso no funcionó. Se mantuvo con despierto hasta que finalmente accedió a contarle su sueño —aunque claro que no le contó lo que en verdad soñó, se inventó algo sobre la muerte de sus padres.

Luego de casi una hora de charlar de cosas triviales, Eren, una vez que notó su tranquilidad, procedió a acostarse nuevamente a dormir. No pasaron ni tres minutos y el joven Jaeger ya se encontraba durmiendo profundamente, roncando como nunca.

Por su parte, Ackerman no pudo dormir. Tal y como le había pasado ni bien había llegado a la casa de su nueva familia. No podía dormir y tenía pesadillas, pero Eren siempre estaba allí para calmarla y ayudarla a dormir. Algo por lo que le estaba muy agradecida —además de por haberle salvado la vida, claro.

Recordó, como la primera noche que había dormido allí, había descansado en el lecho del castaño y éste en un pequeño pero cómodo sofá que había allí en el cuarto. Recordaba como éste se quejaba por lo reducido de su espacio para dormir, pero al recordar que era por ella que hacía eso, luego se le pasaba. Aunque eso no había sido por mucho, pues a los días habían vendido ese sillón y le habían conseguido una cama. Claro, compartía el cuarto con el de ojos claros, ya que no había una cuarto extra ni dinero como para construirlo.

Suspiró, mirando el techo a la vez que entrelazaba sus manos en la parte posterior de su cuello. Una vaga sonrisa se instaló en sus labios, recordando todos los momentos vividos con sus amigos y su nueva familia. La alegría que le habían traído a su vida, por más que ésta fuese corta temporal, ayudaba a reparar su destrozada alma.

Una pequeña sonrisa se formó en su rostro, a la vez que cerraba sus ojos. Pensó en toda la paz que le daba el ver a Eren dormir, el recordar todos los momentos que había disfrutado con sus amigos, las sonrisas de Carla al anunciar que la comida estaba lista, el ser recibida en una nueva familia.

Le daba felicidad, que por tuviese una segunda oportunidad para poder reparar todo.

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Continuará...


Hooooola :D

Capítulo corto, sufrimiento largo. Por Dios, como me costó escribir este capítulo y eso que es bastante aburrido.

Quiero que vean esta pausa que Mikasa hace, esa paz que tiene por un corto periodo de tiempo. Quería transmitir todo lo que ella sentía, todo lo que la inquietaba. Espero que me haya quedado bien. Les pido que perdonen los errores y repeticiones, quería terminar este capítulo lo más antes posible ya que hacía diez días que no actualizaba —Además Morgana me empezó a meter presión.

Bueno, les agradezco sus reviews y las invito a leer esta historia. Si te gustó, no dudes en dejar un review. Por más corto o sencillo que sea, de verdad, me ayuda mucho y me impulsan a continuar. A apresurarme para darles más de esta loca historia.

Espero vuestras opiniones.

Ojalá les guste.

Y feliz Día de los Enamorados —Tarde, pero seguro XDD

Besazos.

Pandora —Con presión y corrección de Moragana—.