Nota: sí, lo sé. Si alguien aún sigue esta historia, querrá matarme por tardar casi dos meses en actualizar. Pero aquí estoy, y no la abandonaré. ¡Ño!
Espero les guste este capítulo, pronto vendrán cosas más interesantes.
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—Sigo sin entender a qué viene esto, hermano —repetía Hades por enésima vez, ya cansado de los delirios que su contrario le comentaba.
—¿Cómo que a qué viene? —bufó Zeus, paseándose por el salón como león enjaulado— Viene a que mi querida esposa creó un semidiós, y ahora apareció una extraña profecía.
—¿Y por qué estás tan alterado? Sabes que si uno se empeña en hacer que no se cumpla, con más razón se cumple —se contuvo para no rodar los ojos, y es que sabía lo infantil que era su hermano.
—No. No lo entiendes, deberías haber estado ahí —el Dios de los muertos prestó más atención, la voz ajena sonaba desesperada—. Fue tan… —cerró sus párpados, recordándolo con lujo de detalle.
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La noche caía sublime sobre el Olimpo, dejando ver enormes estrellas que brillaban cual faroles en el manto nocturno. Las Deidades se encontraban descansando en sus respectivos templos, a excepción claro de Poseidón, Hades y Athena, los cuales se mantenían en sus Reinos; sin embargo, poco duró su dulce sueño a manos de Hypnos, ya que un fuerte rayo de luz surcó el cielo y un leve temblor sacudió el Palacio, despertando a todos al instante.
La casi escalofriante voz del Oráculo que vivía por milenios y milenios, se dejó oír entre tanto silencio, captando la atención de las nueve Deidades.
La inexistente luz del Inframundo ha de caer
ante las alas del alado caballero que han de ver.
Las estrellas alineadas se formarán,
y las alas de un nuevo semidiós se crearán.
La muerte y la vida lucharán,
por el poder de aquel ser que amarán.
La existencia de los Dioses a su fin llegará,
si la mano osan en el niño posar.
Los muertos a la vida lentamente volverán,
y la vida a su merced, poco a poco caerá.
La existencia clara de una nueva profecía acababa de conocerse, dejando a todos completamente desconcertados. La luz fue haciéndose cada vez más tenue hasta desaparecer, volviendo a sumirlos en la oscuridad.
—¿Es obra tuya Hera? —preguntó Zeus con molestia, su infantil esposa había creado a un semidiós por puro despecho.
—No soy del Inframundo, por si no te has dado cuenta —respondió ésta con la misma molestia.
—Dijo algo de alado caballero, tiene que ver con Hades —agregó Apolo, recordando la presencia de Tenma.
Si antes la noche era silenciosa, en esos momentos ni una criatura se escuchaba. Todos se observaron, frunciendo el ceño; entonces habían tenido razón al pensar en que el Averno sería un enemigo inminente.
—Mantengan la calma, bajaré a hablar con mi hermano de esto —frenó Zeus, no hizo una reunión ni ayudó a Tenma para que luego atacaran a su hermano favorito.
Si bien todos los Dioses se mostraron recelosos, no les quedó más que aceptar lo que el más poderoso de ellos decía; sin embargo, claramente no se quedarían de brazos cruzados, haciendo sus propias movidas a espaldas de su padre. Aunque eso, no se sabría hasta la hora de la verdad.
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—Eso es…
—Así es —asintió Zeus, acercándose a Hades con aires de dramatismo para tomarlo por los hombros—. Quieren ponerse en contra del Averno, ¿En qué te has metido? —su voz sonó como la de un padre preocupado, y es que él no había salvado a Hades del estómago de Cronos para que quisieran arrebatárselo. Mucho menos sus hijos; si tenía que elegir, se quedaba con el pelinegro, el cual jamás fue un peligro para su existencia.
—Admito que tiene que ver con mi Reino —comentó el Dios de los muertos, retirando las manos de su hermano sin cambiar su expresión. Algo en su interior se había removido con fuerza al pensar en un hijo, pero una sensación amarga se instaló en su estómago al recordar algo—: Tenma es un hombre, no va a quedar embarazado y yo no tendré una esposa que tenga que ver con su constelación.
—¿Es que no lo entiendes? Algo así sucederá, ¡Contra todos los Dioses el Inframundo caerá! Y lo sabes, yo no puedo ayudarte —al Dios del rayo poco le faltaba para entrar en un ataque de pánico, no, no, no. Eso sería un apocalipsis.
—¿Y qué quieres que te diga? —preguntó Hades, la frialdad en sus palabras era palpable. No es que no apreciara que viniera a decirle todo eso, sino que la idea de tener un hijo era tan imposible que lo ponía de mal humor— Oh, ya sé —hizo como si se hubiera dado cuenta de algo, y justo en ese momento, Tenma se acercaba al lugar de reunión—. Tienes razón, mi queridísimo hermano. Ese niño no deberá existir, no solo es imposible, sino que yo me encargaré de que jamás suceda. Ah, y por cierto, el Inframundo jamás tendrá heredero —si bien era obvio el sarcasmo en sus palabras, para el castaño, que llegó a escuchar todo, fue todo tan real que le atravesó el corazón como una daga invisible.
Dio unos cuantos pasos hacia atrás ya sin escuchar la conversación, su rostro se mantenía incrédulo, estupefacto. ¿Es que su esposo no quería un hijo, entonces? Estaba confundido, demasiado. No quería huir nuevamente ni que le vieran llorando, por lo que tocó un par de veces la puerta con una suavidad alarmante. Su diestra se encontraba en su vientre, pero apenas fue recibido por ambos Dioses, la quitó de allí con miedo.
—Lo…lamento, yo… ¿Interrumpo algo? —musitó débilmente, y Hades no dudó ni un segundo en tomar su mano y atraerlo hacia él, sosteniéndolo firmemente de la cintura.
—¿Estás bien, amor? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño. Le dijo a Hécate que le cuidara, ¿Qué hacía caminando por los pasillos?
—Si…si, perdón. Le dije a Hécate que podía retirarse —respondió adivinando sus pensamientos antes de dirigir su mirada a Zeus, el cual estaba demasiado serio observándole.
—…veo que no hay marcha atrás —suspiró el Dios del rayo, acercándose para acariciar la mejilla del castaño con pena. Ninguno de los dos entendió su acción—. Los vigilaré desde las sombras, con permiso, príncipe —hizo una leve reverencia hacia Tenma—. Hermano —otra hacia Hades, y en un as de luz, desapareció por completo.
—¿Qué quiso decir con eso? —preguntó el castaño, la mirada que le dio parecía como si…como si supiera la vida que estaba formándose en su interior.
—Nada, no tienes que preocuparte. ¿Qué tenías? —a la par que iba hablando, lo jalaba despacito hasta sentarse en el sillón con él sobre sus piernas.
—…solo…dolor de estómago —sonrió con falsedad, ocultando su rostro en el cuello de Hades y aspirando su perfume con suavidad. Las palabras que había dicho no dejaban de rondar su mente, ¿De verdad…impediría la existencia de su hijo…?
—… ¿Quieres pasear por los Campos Elíseos? —musitó el pelinegro, sabiendo que cuando el castaño no quería decir algo, ninguna fuerza divina era capaz de hacerle cambiar de opinión.
Eso sí, apenas se descuidara iría a preguntarle a su hechicera favorita.
Tenma asintió un par de veces, conservaba la túnica azul y su Dios, llevaba una oscura con bordes dorados. Se veía tan perfecto como siempre, verlo a la luz de la Luna era algo que siempre le había gustado hacer.
—¿Por qué no me lo dices? —la voz suave de Hades sonó como una hermosa melodía. Ya se encontraban caminando por los Elíseos, todo se veía tan perfecto como en un cuento de Hadas, de esos que las madres le contaban a sus niños.
—¿Decir? —repitió Tenma sin entender, había quedado hipnotizado por la belleza de su Dios por unos instantes.
—¿Qué tienes realmente? —volvió a preguntar el pelinegro, la paciencia era una virtud que se vio obligado a obtener con el paso de los siglos.
El castaño guardó silencio, deteniendo sus pasos debajo de un frondoso árbol para sentarse debajo de éste. Sus rojizos orbes recorrieron el lugar una vez más, deslizando su diestra por las flores que crecían a su alrededor. Hades se encontraba frente a él, su capa ondeando gracias al cálido viento que allí había y su mirada fija en los movimientos ajenos. Por unos instantes, notó el mismo destello que Hypnos vio denante.
—¿Parezco enfermo? —bromeó el castaño, tomando una flor azul.
—Te ves brillante —respondió el pelinegro, a pesar de saber que había sido una broma—. Tenma…
—Nada —contestó cortante, mordiendo su labio inferior. Se levantó con prisa, mareándose un poco.
—¿Nada? —repitió Hades, ya frunciendo el ceño. No dudó en acercarse a su esposo, sosteniéndolo a tiempo al notar su mareo.
—¡Ya déjame! —exclamó, empujándolo de tal manera que ambos retrocedieron algunos pasos. Su espalda chocó contra el tronco y su mirada se desvió. Sabía que no podía hacerle eso al Dios, no podía lastimarlo por su inseguridad y sus miedos; sin embargo, las palabras que dijo calaron hondo en su corazón. Le estaba doliendo como los mil demonios; lo que Circe le dijo también rondaba su mente, confundiéndolo hasta darle dolor de cabeza. Ya no sabía lo que estaba haciendo realmente.
—… —entreabrió sus labios, mas nada salió de éstos. Una expresión que jamás creyó formar cruzó su rostro: dolor. El mismo dolor que estaba sintiendo Tenma en esos momentos— Supongo… —habló con voz ahogada, carraspeando un poco antes de voltear. Apretó sus puños, cerrando los ojos con fuerza—…que necesitas estar solo.
El castaño no dijo nada, no hacía falta hacerlo tampoco. Hades se mantuvo por unos minutos allí, esperando en vano que su amor dijera algo; mas como no sucedió, desapareció en un oscuro destello.
Te amo
Fue lo último que se escuchó en un susurro, y entonces, Tenma se dejó caer de rodillas, inclinándose un poco a la par que dejaba escapar las lágrimas que estuvo reteniendo por tanto tiempo. Su corazón se oprimió, sus labios temblaron y sus puños se cerraron, arruinando las flores debajo suyo.
—Hades…. —hipó.
Creyó que con el paso del tiempo maduraría, que estaría a la altura de su esposo, que sabría manejar cualquier tipo de situación y no sería una carga. Pero no, no pudo, no podía con eso. Estaba solo, o eso era lo que su mente se encargaba de hacerle creer; mezclando las palabras de Circe, las palabras de Hades. Mezclando su dolor, la agonía que sentía en esos momentos, la oleada de soledad.
Una presencia se sintió a sus espaldas, y unos delicados brazos le rodearon. El aroma femenino inundó sus fosas nasales, y ni siquiera se molestó en voltear. No reconocía la presencia, algo demasiado raro; sin embargo, los cabellos verdosos que se mecían hacia delante gracias al viento, le hicieron saber quién era la dueña de aquel tierno abrazo.
—Tranquilo… —susurró Hécate, deslizando sus dedos por la mejilla del ex Santo, limpiando las gotas saladas que bajaban sin control— ¿Por qué estás así? —preguntó cautelosa, intentando sonar casual, preocupada.
—¿Por qué? ¿De verdad? —rió entrecortado, creyendo que le estaba gastando una broma— ¡Estoy embarazado! Tú me diste la gran noticia —la falsa alegría en sus palabras provocó un escalofrío en la hechicera—. ¿No te parece genial? Ah… —pareció percatarse de algo— Espera, Hades no quiere herederos.
La joven abrió los ojos lo más que pudo, quedándose estupefacta. Estuvo a punto de indagar más, sin embargo un nuevo cosmos se acercaba a una velocidad impresionante.
—Debo irme —informó, levantándose de golpe; mas recordó que debía seguir con su actuación—. Tenma, querido, todo saldrá bien —aquellas palabras se oyeron como un murmullo lejano, puesto que un aura violeta comenzó a rodearla, desapareciendo de allí.
Lo que el castaño no llegó a notar, fue que antes de desvanecerse por completo, la apariencia de Hécate cambió; y una chica de largos cabellos morados, casi negros, junto con un par de ojos de un extraño color gris se dejó ver.
—¡Príncipe! —llamó Pandora, la cual corría hacia él levantando su vestido para no tropezar. La preocupación marcada en sus facciones, debido a que Tenma jamás había empujado a su señor.
El castaño observó a la joven sin ningún sentimiento en especial, parecía un muñeco de trapo a merced de lo que cualquiera quisiera hacerle. Con una lentitud alarmante, fue levantándose; sus brazos a sus costados caían sin fuerza alguna, meciéndose apenas con sus movimientos.
—Pandor-… —no pudo ni terminar su frase; la nombrada lo rodeó con sus brazos, atrayéndolo hacia ella para concretar así, un fuerte abrazo. En esos momentos el castaño dejó de sentir —aunque sea un poco— la soledad que le embargaba. La calidez de la joven que siempre estuvo a su lado calmó un poco su agitado corazón, correspondiendo el gesto con dificultad.
—Está todo bien —susurró, enredando sus delicados dedos en los castaños cabellos. Y en ese instante, Tenma se quebró.
Se aferró a Pandora como si la vida se le fuese en ello, rompiendo en llanto con más fuerza que antes. Ese abrazo se sentía muy distinto al que le había dado Hécate; ella se había convertido en la madre que nunca tuvo, en la hermana que una vez fue Sasha, en su familia y la mujer de su vida.
—Tranquilo, no llores. Estoy aquí —fue murmurando palabras de apoyo, se le rompía el corazón con solo ver así a su pequeño. Porque sí, eso era. Pasaron años y años como para no haber formado un lazo, era su hermanito, y el niño en su interior no merecía aquel dolor—. ¿Por qué estás así? Es un milagro, Tenma.
—N-no lo es para Hades. Él no lo quiere, no lo hace —respondió con voz ahogada, el hermoso vestido de la joven terminó empapado por las lágrimas ajenas.
—¿Qué? —frunció el ceño, separándose un poco para tomar las mejillas del castaño y observarle fijo— ¿De qué estás hablando? Hades-sama jamás haría eso, y ni siquiera está enterado —lo último lo supuso, puesto que su señor parecía frustrado al no saber lo que le sucedía a su esposo.
—Pero…lo escuché —se hizo chiquito en su lugar ante la mirada de Pandora, claramente estaba diciéndole que le diera un motivo más razonable— …dijo que el Averno no necesitaba un heredero y…
—¿Escuchaste una conversación a medias y estás suponiendo? —su tono de voz ocasionó que Tenma se encogiera aún más en su lugar, sintiéndose tonto de repente. Pandora tenía esa especie de poder sobre los demás— Por Hades —suspiró, negando varias veces antes de limpiar las lágrimas del caballero, dejando el contacto—. Tenma, sabes que a mi señor eso le haría feliz…lo tendrías pegado a ti a toda hora —a pesar de que dijo eso de broma, estaba segura que pasaría.
—¿Le mintió a Zeus? —preguntó bajito, cruzando sus brazos por sobre su estómago, como si quisiera protegerse.
—Claro que no. Seguramente estaba siendo sarcástico, ya lo conoces —le regaló una sonrisa tranquilizadora—. No me enojaré contigo porque le echaré la culpa a tu estado —tomó su mano con delicadeza, comenzando a caminar para salir de los Elíseos.
—…lo siento —se disculpó. Sus mejillas se tiñeron de rojo y no dudó en seguir los pasos contrarios.
—A mí no me debes una disculpa —ladeó la cabeza para guiñarle un ojo—. Y por favor, ya no te alejes tanto del Reino —apretó su mano con preocupación—. Ahora más que nunca tenemos enemigos.
—No voy a dejar que algo le pase a mi hijo —aclaró con seguridad, devolviéndole el apretón a la chica.
—Lo sé, pero es mejor que te cuidemos. Déjate mimar, caballero —se burló, soltando una risa cuando el castaño le empujó a modo de juego.
Pandora suspiró, mirando hacia delante para fruncir ligeramente el ceño. A pesar de las bromas, lo decía enserio.
Esperaba que nadie supiera del estado del Regente del Averno.
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—Esto es increíble —susurraba una y otra vez, paseándose por la cueva que se hallaba más allá del Tártaro.
—Me estás mareando, tía —se quejó otra joven, más baja que Circe. Sus orbes del mismo color que la noche se movían de un lado a otro, siguiendo los movimientos ajenos. Su cabello se encontraba recogido de manera elegante en un rodete trenzado.
—¡Yo me mareo sola! —exclamó con furia, levantando las manos a la par que un destello eléctrico la rodeaba por unos instantes— ¡No puedo creer que Hades lo haya embarazado! —rugió.
—¿Y qué tiene de malo? —suspiró Medea, jugando con una corriente de energía. Sus dedos se movían de forma sublime, mientras sus uñas largas y delicadas formaban distintas figuras.
—¿Qué tiene de malo? —repitió amenazante, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba frente a su sobrina; ésta, ante ese hecho, desapareció la energía y observó directamente los furiosos ojos plomo— No podemos permitir que eso suceda, hay que matarlo.
—¡¿Qué?! No, claro que no. ¡Madre se enfadará! —se levantó con rapidez, refiriéndose a Hécate.
—No me importa mi hermana —siseó, apretando sus puños en un temblor de enojo—. O estás conmigo… —deslizó su índice por el mentón de la menor—…o te mato —terminó, un destello peligroso danzando en sus ojos.
Medea se quedó en silencio, al parecer iba a preferir la muerte; sin embargo, las próximas palabras de su tía la convencieron.
—O tal vez, Jasón sea una mejor opción —sonrió con frialdad, aquel estúpido mortal que llevaba loca a su sobrina, la cual le seguía en todas sus reencarnaciones.
—No sé por qué haces esto —comentó, arrugando el delicado vestido azul que llevaba—; pero acepto…Circe —asintió, desviando la mirada.
Lo siento, madre.
—Perfecto, dulzura —canturreó—. Debemos salir de aquí, tenemos una misión que cumplir.
—¿Misión? —preguntó desconcertada.
—Así es… ¿O crees que los Dioses se enterarán solos de esta maravillosa noticia? —volteó para salir de la cueva, carcajeándose sola.
Porque claro, si Hades no era de ella, no sería de nadie. En la antigüedad, solía convertir en animales a aquellos que no aceptaban su amor. No así con el Rey del Inframundo, puesto que era el Dios más poderoso —se atrevería a decir.
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Silencio.
Un silencio tan sepulcral que se podía cortar con una simple aguja.
Hades se encontraba en silencio, sentado en el sillón de la gran biblioteca de Giudecca. Frente a él, Tenma apretaba su túnica, observando cualquier cosa menos a su esposo. Sentía como si su corazón fuera a salirse de su pecho, mientras el calor se apoderaba poco a poco de sus pómulos.
—Si no es nada… —habló, por fin, el Dios— Iré al Palacio —avisó, levantándose de su lugar con pesadez. Había creído que su marido haría algo con respecto a lo ocurrido; mas se equivocó, y…dolía. Por primera vez, algo en verdad le lastimaba.
—Estoy embarazado.
El pelinegro se detuvo justo en la puerta. De sus labios no salió palabra alguna, y cada segundo que pasaba era una horrenda eternidad para el castaño. Dudando, fue acercándose a su esposo, rodeándolo por detrás para abrazarle.
—Hades… —susurró con algo de miedo, hundiendo su rostro en la espalda ajena— Estoy…tengo… —mordió su labio inferior, apretando el cuerpo del Dios— Estoy esperando un hijo t-tuyo y… —de golpe Hades se soltó del abrazo, volteando con una perfecta rapidez. Tomó las mejillas de Tenma, observándolo fijamente.
—Repite eso —ordenó, clavando su penetrante mirada en la contraria. El tono con el que habló no le daba pista alguna al castaño, por lo que, tartamudeando un poco, repitió.
—Estoy…e-embarazado —se sintió débil de golpe, el aura que Hades desprendía estaba cambiando.
—…Tenma —susurró, su expresión se suavizó y su corazón latió como nunca antes. Una alegría que solo se comparaba a la que sintió cuando se casó con el chico frente a él, le recorrió por completo.
Formó una perfecta sonrisa, de esas que pocas veces se podían ver en sus labios. En sus azules orbes un brillo de amor se dejó ver, y no dudó en estrechar el pequeño cuerpo del ex pegaso entre sus brazos, llenando su rostro de besos. Recorrió las finas hebras castañas con sus dedos, pasando su otra mano por su espalda hasta rodearlo por la cintura.
—Creí que nunca pasaría… —comentó con voz ahogada, una cristalina lágrima se deslizó por su pálida mejilla para enorme sorpresa de Tenma. El cual observaba estupefacto el rostro de su Dios.
Embelesado, levantó su diestra para limpiar aquella lágrima, acercándose hasta los labios ajenos para poder regalarle un beso de amor. En ese instante se preguntó por qué antes había dudado tanto, por qué dejó que las palabras de la hechicera calaran en él de esa manera.
Rodeó el cuello contrario, aferrándose a él sin querer soltarlo más. Probó sus labios con ansiedad, desesperación, sintiendo que ya nada podría salir mal. Entre esos fuertes brazos, entre la calidez de su amor.
Pudo sentir cómo la diestra de Hades se deslizaba hasta su estómago, notando la sonrisa que se formaba en los labios ajenos a través del beso. Él mismo soltó una risa de felicidad, prácticamente colgándose del pelinegro.
—Te amo…te amo, te amo, te amo —repitió una y otra vez, apretándolo un poco más para elevarlo unos centímetros del suelo, dando un par de vueltas con él.
—O-oye, que ahora me mareo más fácil —se quejó entre risas, entrecerrando sus párpados con ternura—. Gracias, Hades…gracias —musitó, apoyando su frente contra la ajena. Un cálido suspiro escapó de su boquita, sintiéndose tranquilo, relajado.
—Gracias a ti por existir, eres…perfecto —comentó flojito, el cosmos de su hijo se sentía muy bien. Era una mezcla perfecta de ambos, una vida creada a base de amor y nada más que amor.
El ambiente se tornó cálido, romántico; y por unos instantes se permitieron olvidarlo todo, centrándose en ellos y en nada más. Olvidaron las preocupaciones, a los demás Dioses, el peligro y amenazas.
En ese instante, tan solo existieron ellos dos.
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—Sabes que si esto es una mentira te irá mal, ¿verdad? —preguntó Ares, cruzado de brazos con la espalda apoyada en un pilar.
—Hace poco una profecía fue dictada, ¿me equivoco? —atacó Circe, observando a Medea con el ceño fruncido por no ayudar.
—Ah…así es. ¿Qué esa profecía no tenía que ver con el Inframundo? —alegó la otra hechicera, soltando un suspiro resignada—. Tenma está embarazado, y su hijo será más fuerte que todos los Dioses juntos.
—No entiendo, ¿qué tendría en nuestra contra? —habló Poseidón, su expresión era seria al igual que todos los presentes. La única que no había ido fue la Diosa de la Tierra.
—Mi ex yerno ha enloquecido —bufó Démeter—. Les creo que intente exterminarnos a todos.
—Madre, no estás ayudando —negó Perséfone.
—¿Y te atreves a defenderlo? ¡Te engañó con un hombre! —rugió la Diosa.
—Por favor, Démeter —Afrodita rodó los ojos—. O te quejas de que tiene a tu hija, o de que no la tiene. ¿No deberías estar feliz?
—Lo estaré cuando lo vea sufrir —siseó la nombrada.
—Esto está decidido, debemos matar al chiquillo —casi ordenó con decisión.
—Ares, no eres nada para darnos órdenes —Hefesto casi se lanza contra él, ¡¿Qué se creía el Dios de pacotilla?!
—Mantengan la calma —musitó Artemisa, parecía pensativa.
—¿Qué sugieren? —Apolo bebió de su copa, recargando su mentón en la palma de su mano con aburrimiento.
—Nosotras nos encargaremos de traerles al hermoso Regente del Inframundo —sonrió Circe, paseándose por la gran sala del Olimpo.
—Hades aún no ha hecho nada en nuestra contra. Claro…que debemos quedarnos aquí apenas traigamos al príncipe —agregó Medea—. Seguro querrá nuestras cabezas.
—Tengo curiosidad —habló la Diosa de la Caza, acomodando su largo cabello—. ¿Por qué quieren hundir así a Hades? —y no es como si le importara, pero aquel Dios tenía algo que le daba mala espina. Mejor no meterse tanto con él.
—Algo personal —se apresuró a responder la hechicera mayor—. Ahora, ¿aceptan o no el trato? No tenemos tanto tiempo.
—Tienes agallas para ser una simple hechicera —se burló Ares—. Acepto.
—…no me metan en sus estupideces —escupió Zeus, saliendo del Templo con la molestia marcada en sus facciones. Debía advertir a su hermano; mas le sería imposible si los Dioses se interponían en su camino. No había manera de intervenir sin entrar en guerra.
—¿Hay manera de permanecer neutral? —preguntó Artemisa con tono calmo.
—Serás nuestra enemiga —bufó Démeter.
—¿Se dan cuenta de que quieren atacar…al Dios que quisimos traer de vuelta? —se metió Afrodita.
—Prefiero ser su enemigo —rugió Hefesto, haría de todo menos ser aliado de Ares.
—Entonces serás el único, porque aquel que no participe, será desterrado —sorprendentemente, la que dijo aquello fue Hera. Se había mantenido callada la mayor parte de la conversación pero ya no, suficiente tenía con la profecía como para que el Inframundo se metiera en sus narices—. Ahora, el que desea eso, un placer que abandone la habitación.
Todos se quedaron en silencio, y no fue sorpresa que Hefesto saliera de allí. A él nadie le mandaba, menos de esa manera. Estaría neutral, o ayudaría a Hades. Lo que viniera primero.
—Entonces…hablaré con Athena —comentó Circe con satisfacción.
—Con su permiso —susurró Medea; y sin agregar nada más, ambas desaparecieron para ir directo al Santuario.
La semilla de la discordia estaba sembrada. Y pronto, todo se convertiría en un perfecto caos.
